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3 de marzo de 2026

Deidades celtas: funciones e imagen








Imágenes, de arriba hacia abajo: el llamado Bronce de Bouray, con un dios Cernunos antropomorfo, con un torques al cuello; bajorrelieve de Reims con el dios Cernunnos, flanqueado por Mercurio y Apolo; Taranis-Jupiter con un rayo y una rueda. Le Chatelet, Musée d'Archéologie Nationale, París; Epona como señora de los animales, con dos caballos y un cesto con frutos. Historisches Museum, Viena; un bronce del dios galo Sucellus, con una túnica gala y un caldero. Siglos I-III; Ara dedicada a Belenos en Aquileia; Ogmios o Heracles galo arrastrando humanos por las orejas. Boceto del pintor renacentista alemán Alberto Durero a partir de la descripción de Luciano de Samosata y; mural de Brigid en la localidad de Kildare, en Irlanda, obra del artista Michael Thompson.

En el mundo celta y en todos sus territorios, existieron deidades comunes, pero también divinidades que eran adoradas en una determinada región o por parte de una específica tribu. A partir de las inscripciones se han detallado cerca de cuatrocientas deidades, si bien es probable que en ocasiones, un mismo dios o diosa portase diferentes nombres dependiendo de la región en la que su culto tuviese relevancia.

Uno de los dioses de mayor presencia en las inscripciones en Cernunnos, Señor de los Animales, deidad astada y cornuda, que se encargaba de proteger los bosques y los animales, pero que también se relacionaba con la fecundidad. Este dios pancéltico era representado sentado y con las piernas cruzadas, con cornamenta y un torques en el cuello, y rodeado de animales (osos, toros, sierpes). A veces aparecía con un falo de gran envergadura. Es el dios que se aprecia en el célebre Caldero de Gunderstrup danés, sosteniendo una sierpe, símbolo de abundancia, y rodeado de animales, así como en un relieve en Reims en el que, barbado, aparece al lado de Apolo y Mercurio. Este último sostiene un saco en su regazo del que parece extraer granos o monedas.

Pudo estar asociado al romano Dis Pater, señor del inframundo y la muerte. Al estar ataviado con una cornamenta se ha sugerido que fuese más un sacerdote o un chamán que una deidad. El hallazgo de cuernos de ciervo tallados como amuletos fálicos podría orientar su figura hacia este sentido. Su parecido al fauno le ha reportado la denominación de señor de los bosques. Su representación más antigua es la de Val de Camonica, en la Galia Cisalpina, en donde se observa una figura de astado con torques vinculado a un sol. Otra de sus representaciones principales es la del bronce de Bouray, localizada en el antiguo entorno geográfico de los Parisii. Aquí está con las piernas cruzadas y porta un torques al cuello. En los Nautae Parisiaci, monumento en honor a Júpiter de época de Tiberio, se ve con orejas de animal, cuernos y barba, además de un par de torques, colgados de cada cuerno.

Debido a sus atributos fue asociado por el cristianismo a Satán, si bien en Britania se relaciona con el santo Korneli, patrón de los animales con cornamenta, y se halla estrechamente vinculado con San Cornelio. En las leyendas irlandesas y galesas medievales lo hallamos en la figura de Conall Cernach, en el ciclo del Ulster.

La diosa Epona, del galo epos y, por tanto, caballo, era un deidad de la soberanía, una diosa madre, y una entidad que acompañaba a los fallecidos al otro mundo. Protectora y cuidadora del hogar, se la asociaba con la muerte y el agua, pero también con la curación, el agua y la naturaleza. Suele representarse encima de un caballo, alimentando potros o de pie entre manadas de équidos1, aunque en la Galia aparece como una ninfa acuática. Aparece con la cabeza cubierta con un manto y vestida con ropas largas, si bien puede mostrarse, asimismo, desnuda. En las manos porta una cesta con frutos, una pátera y una cornucopia. En relación al mundo funerario, algunas de sus representaciones (como el relieve de Agassac), la muestran con la rueda, un símbolo del sol. Epona y otras deidades psicopompas se asocian al agua, puesto que los indoeuropeos creían que la separación entre la esfera mundana y la ultramundana la conformaba una masa acuosa, que el difunto debía atravesar en barco. El viaje, lleno de obstáculos, consistía en atravesar un río al lado de la diosa Epona y en una embarcación conducida por el barquero Belenos2.

Comparada a Cibeles, en la península Ibérica la vemos representada en la inscripción del siglo II, de la portada de la zamorana iglesia de Paramio, en tanto que entre los cántabros adquiere la denominación Epane. Aunque divinidad doméstica vinculada con la prosperidad, fue muy venerada por el ejército romano, y en algunas monedas aparece con cabeza de caballo. En la cultura popular moderna se la ha referenciado en canciones (A Rose for Epona, de la banda Eluveitie, que habla de una mujer que solicita ayuda a la diosa) y videojuegos (La Leyenda de Zelda, donde el protagonista se desplaza en una yegua de nombre Epona).

Lug o Lugh, era un dios de las artes, encargado de garantizar que los contratos comerciales fuese efectivos. Equiparado con Mercurio por Julio César en la Guerra de las Galias, era la divinidad que nombraba la festividad de Lughnasad (día primero de agosto), fiesta de la primera cosecha. El cuervo era el animal que lo representaba y en la mitología irlandesa es una entidad que procede de los Tuatha Dé Danann. Muchos nombres de ciudades europeas rinden homenaje a este dios, como Lyon, Lugo, así como denominaciones de etnias o tribus (como los Luggones, parte de los Astures, o la tribu de los Luigne, en Irlanda). Su acompañante es la diosa Rosmerta, cuyo culto fue relevante en la Galia y en Bretaña.

Se le ha considerado como rey de los dioses. Surgido de una dualidad primigenia, una pareja que formarían, del lado masculino Taranis-Teutatis-Sucellus, probables epítetos de una divinidad suprema sin nombre, y del lado femenino las matres (diosa triple representada como Dana, Brigid y Tailtiu), es un dios solar, brillante, si bien en la mitología de Irlanda es una deidad de la guerra, asociada con los cuervos, el lobo y en ocasiones, con el jabalí (un símbolo de realeza entre los galos). Como Mercurio galo se relaciona con el número tres (tres falos, tres caras).

Aparece mencionado en varias inscripciones, como en la celtibérica de Peñalba de Villastar, en la inscripción latina de Uxama (Lugovibus sacrum L. L(incinius) Urcico collegio sutorum d(onum) d(at)), o en varias de la provincia de Lugo (Lucuobu Arquieni(s) Silonius Silo ex voto, Outeiro de Rei). La cristianización del dios pudo estar detrás de la historia de San Lorenzo así como del festival de Saint Laurent en Lyon, que se celebra durante tres días en el mes de agosto.

Taranis, por su parte (Taran en gaélico, Tutatis en la Galia), una deidad comparada con el Júpiter romano y, por ende, una deidad soberana celestial al que se le solían ofrecer cabezas cortadas, se asocia a la guerra y al trueno. Sus símbolos lo conforman la espiral y la rueda de cuatro radios, lo que le aportaba un carácter solar. La creencia celta advertía que el astro solar viajaba por la noche para volver a surgir al día siguiente (como en Egipto), y el encargado de transportarlo a caballo era precisamente Taranis. El dios suele aparecer representado con un rayo en la mano, considerado un arma. También este deidad ha dejado rastro en la toponimia, en especial en Asturias, como Taraña o Tárano, entre otras localidades.

Una de las principales referencias al esta deidad se encuentra en la Farsalia de Lucano, donde afirma que esta entidad, además de Eso y Teutades, suelen ser aplacados con sacrificios humanos3. Representado como un corpulento hombre barbudo, simboliza el hombre adulto en forma de padre que guía al pueblo tanto en la paz como en la guerra, y de ahí su asimilación romana a Júpiter. Tal vez este vínculo indicaría que estaríamos ante un dios principal de los celtas, que ha dejado rastro en la toponimia y en las leyendas, como un protector tribal y una deidad guerrera. Habitualmente representado con una rueda de seis o de ocho radios (quizá una referencia a la flor del agua), estaría próximo a un símbolo solar. Pequeñas ruedas de metal han sido halladas entre los Belgas asociadas a Taranis. Harían las veces de amuletos, cuyos antecedentes ya aparecían en entornos religiosos de la Edad del Bronce y del Hierro entre los galos.

En algunos altares con inscripciones en latín se le representa con el rayo, la rueda, un mazo y, en ocasiones, rodeado de animales como aves, caballos o sierpes.

Sucellos o Sucellus, deidad solar y de la agricultura, se asociaba al más allá. De forma análoga al dios irlandés Dagda, sus símbolos eran el caldero y el mazo. En tal sentido, en el relieve de Vienne, en Isère, se le muestra con el mazo y una olla, además de una piel de lobo encima de su cabeza. Su pareja, de nombre Nantosuelta, se vincula en la Galia con las aguas, pues su nombre podría significar río sinuoso. En algunos bajorrelieves aparece al lado de aves como un cuervo o una paloma, lo que podría relacionarla con la Rhiannon galesa y con la deidad irlandesa Morrigan. La pareja que conforman Sucellus y Nantosuelta podría relacionarse con Dagda y Morrigan, tal vez las mismas deidades, con los mismos atributos y funciones pero con nombres distintos.

En el relieve de Sarrebourg (siglos I-II), en las proximidades de la ciudad de Metz, Nantosuelta, a la izquierda de Sucellos, lleva un vestido largo y en su mano izquierda mantiene un objeto en forma de casa con techo a dos aguas, tal vez un palomar. En la derecha tiene una pátera que inclina hacia un altar. Sucellos, barbado, con túnica y una capa, lleva en su mano izquierda una olla romana y en la derecha un mazo. En algunas inscripciones, como la de la antigua Augusta Rauricorum (hoy Augst), se asimila a este dios con Silvano.

Este dios galo-celta probablemente se sincretizó en época romana con Hércules. En algunas figuras en bronce hispano romanas (provenientes de Badajoz y Almería), este dios barbudo cubre sus hombros y cabeza con una piel de lobo, semejante a Hércules, pero con piel de león. Ambos van armados, Hércules con un garrote o maza y Sucellus con un martillo o mazo. Probablemente la secuencia Heracles-Hércules, Sucellus y Thor correspondería a varias versiones de un mismo y arcaico dios. No obstante, los dos últimos se identifican asimismo con el roble, el trueno y el rayo, la soberanía y la lluvia (como Júpiter y Zeus, por ejemplo). Sucellus se relaciona con el mundo de ultratumba a través del lobo, animal vinculado con el más allá y con las hermandades de guerreros. El mitificado lobo guiaría al guerrero fallecido al ámbito ultramundano. El lobo, con sus fauces abiertas, devora la cabeza del guerrero (para los celtas el alma reside en la cabeza).

Entre las tribus de los boyos y los arvernos fue específicamente reverenciado como una deidad creadora.

Las Matres o Matronae eran deidades que se representaban como tres figuras sedentes, simbolizando las edades o ciclo femeninos, de distintas edades; una de ellas, una joven, otra una madre de mediana edad, y una tercera anciana. Aparecen representadas con cestas colmadas de panes, frutas, granos, y acompañadas de niños que se sientan en sus regazos. Son símbolos relacionados con la protección del hogar, de las enfermedades y de la pobreza, así como con la fertilidad.

Belenos es una divinidad de la salud, encargado de llevar en su barca a los fallecidos a través de las aguas del Danú para que puedan renacer en el más allá, en tanto que Ogmios (u Ogma en los ámbitos insulares, aunque con una imagen diferente, como un fuerte y elocuente guerrero), se relaciona con la elocuencia. Ogmios fue comparado con el semidios Heracles por Luciano de Samosata, quien lo describe viejo y calvo. Es la imagen del anciano maestro y sabio, de ahí que haya sido el creador del relevante alfabeto ogham. Símbolo del poder de la palabra ritual vincula la esfera humana con la divina. La representación más sobresaliente de esta deidad gala lo muestra con una cadena de oro que conecta su lengua con hombres atados de las orejas, lo que implica dominio sobre la comunicación y capacidad de persuadir. Se podría decir que simboliza la tradición oral, a través de la cual se transmiten enseñanzas de generación en generación. Se conecta con el empleo de la palabra como una herramienta de poder.

Belenos, que porta el epíteto Vindonnus (brillante) en toda el área céltica del Occidente, tuvo un culto relevante en la Galia Cisalpina, en Britania y en la península Ibérica. Su dispersión es comparable a la de Lugh. Uno de sus santuarios principales estaba en Aquileia, si bien se documentan templos de Belenos en Narbo y en Nimes. Además, Ausonio menciona otro en Massalia. En Aquae Sulis, en Bath, en un templo de aguas medicinales un gran dios solar allí representado puede ser Belenos4. La leyenda de la tumba de Belenos relacionada con un islote cercano al Monte Saint Michel sugiere un vínculo entre esta deidad y el arcángel cristiano de ese nombre.

Por su parte, el etnónimo pelendones en Hispania parece probable que se relacione con los que veneran a Belenos. Asimismo, en la toponimia hay recuerdo del dios: Beloño en Gijón o San Juan de Beleño, también en Asturias. Belenos se asocia con el moderno festival de Beltane (día 1 de mayo), con la rueda y con los caballos. En la Historia Augusta se puso en relación con Helios. Modernamente, ha sido motivo principal en canciones (Los Fuegos de Belenus, de Salduie), e incluso ha inspiado el nombre de grupos musicales de rock, como la banda Bëlenus de Jerez de la Fortaleza.

La diosa Brigit, la Elevada, fue la diosa titular de la tribu de los brigantes. Esta multifuncional deidad era protectora de los partos, la prosperidad y la poesía, destacándose como diosa territorial y soberana. Su festividad asociada era Imbolc, que se celebraba el primero de febrero. Aparece vinculada con Anú y con Dana, siendo reverenciada por poetas, bardos y también médicos.

Brigid puede haber evolucionado a partir de múltiples diosas e incorporado, por tanto, varios arquetipos.

Como deidad triple céltica, a veces se la veneraba como diosa del fuego, lo que hace que se la relacione a menudo con un papel como divinidad de la herrería y la metalurgia. En contraste con esto, también se la consideraba una entidad relacionada con los pozos y los ríos, así como una diosa de la música y varias otras formas de arte. En tal sentido, se pensaba que inspiraba canciones, la poesía, la artesanía y sabiduría.

Con el cristianismo se convierte en una santa muy reverenciada, Santa Brígida. De hecho se dice que Santa Brígida fue una monja en el siglo V, fundadora de un monasterio y un convento en Kildare, en el emplazamiento de un santuario de la arcaica diosa pagana. Al igual que el emplazamiento del santuario, un buen número de leyendas sobre sus hazañas la vinculan a la diosa pagana. La veneración de Brígida como santa cristiana permitió a los irlandeses seguir invocándola como antaño. Su fiesta sigue siendo el 1 de febrero y en algunas regiones de Irlanda era popular dejarle ofrendas de comida hasta bien entrado el siglo XVIII. Hoy se considera patrona de Irlanda.

Otros dioses de relevancia (de entre muchos) que podrían mencionarse, serían Andarta o Dea Artio, deidad en forma de oso, patrona de la vida agreste; la diosa Coventina, representada como una ninfa acuática; el dios de la juventud, conocido como Maponos, que suele representarse como un joven desnudo con una lira. Por tal motivo, ha sido asociado a Apolo por los romanos; Bormo o Borvo, deidad asociada a las fuentes termales, cuyo consorte sería Bormana o Damona; la diosa jabalí Arduinna, relacionada con las montañas y vinculada con Diana por parte de los romanos; una deidad de la primavera que se representa como una madre lactante, al lado de perros (relacionados con el más allá), y con cestas de frutas, de nombre Aveta; o Nemetona, quizá vinculada a la tribu germánica de los nemetes. Es posible algún vínculo con una diosa irlandesa de nombre Nemain, en virtud del cual podría velar por los espacios sacros.

Bibliografía básica

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Sayas, J.J. & García Gelabert, M.P. & Marco Simón, F. & López Monteagudo, G. & Blázquez, J.M. & Martínez-Pinna, J. & Montero, S. & Díez de Velasco, F., Historia de las religiones de la Europa Antigua, edit. Cátedra, Madrid, 1994.

Sjoestedt, M-L., Celtic Gods and heroes, Dover Publ., 2000.

1 Epona al lado de un caballo es una representación común, si bien en varias aras votivas aparecen solamente los animales y una inscripción alusiva a la deidad.

2 Los difuntos podían llegar al mas allá a través de las aves carroñeras, como los buitres. Los cuerpos de los guerreros muertos en la lucha eran devorados por los cuervos, de forma que las aves, después de comer, ascendían al cielo, lo que simbolizaba que los fallecidos se reunían con las divinidades.

3 Esus es una deidad venerada en la Galia que aparece mencionada en el monumento conocido como Nautae Parisiaci del siglo I (vid supra), en donde se le representa barbado y con ropas de artesano al lado de un árbol, al que corta las ramas con una hoz. Es el señor de los bosques, donde se ubica el mito de Tarvos Trigaranus (toro de las tres aves), en cuya persecución destruye los bosques en donde se esconden los animales. La costumbre consistía en el ofrecimiento de víctimas humanas colgadas de un árbol.

4 Belisama, diosa de la buena fortuna y una deidad asociada a los ríos, pudo hacer las veces de paredro del dios Belenos.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AHEC-AVECH-AEEAO-ICA-UFM, marzo, 2026.

 

1 de noviembre de 2024

El arte celta: rasgos y periodizaciones








Imágenes, de arriba hacia abajo: el torso del dios en bronce de Bouray-sur-Juine, el casco celta de Canosa, el de Leiro y el ceremonial de Agris; además, la cabeza de Msecke Zchrovice; el escudo en bronce de Battersea, el guerrero de Glauberg, así como un par de estatuas de guerreros galaico-lusitanos con caetra en el frente.

El arte celta se extiende por regiones extensas y de gran diversidad, entre los siglos V y I a.e.c. Su serie de características regionales no impiden su unidad. Aunque influido por el arte griego, etrusco y de poblaciones de la Europa oriental, el arte celta supo reinterpretarlas, creando un estilo propio y original adaptado a los códigos mentales de las poblaciones célticas.

Es un arte de objetos de pequeño y mediano tamaño, centrado en el mundo de la guerra, caso de los escudos, las espadas o los cascos, el ornamento personal, como los brazaletes, torques, broches o fíbulas, la vajilla, en metales como la plata, el oro o el bronce, en cerámica o en madera, y las prácticas y creencias religiosas (amuletos, sítulas, calderos, cráteras). La escultura y el relieve, tanto en piedra como en bronce, suele ser, salvo excepciones (como los famosos guerreros galaico-lusitanos), también de pequeño tamaño, destacando la deidad en bronce de Bouray-sur-Juine. La escultura representa el universo religioso céltico pero también el de los guerreros, de ahí la presencia de figuras votivas de aristócratas guerreros.

Es un arte, rico y complejo, con su propia personalidad, con diferentes estilos y períodos. La primera sistematización de este arte la llevó a cabo Jacob Jacobsthal en los años cuarenta del pasado siglo. Estableció un primer estilo llamado Early Style, entre los siglos V y II a.e.c.; una fase llamada de Waldalgesheim, y una tercera fase que comprendía el estilo de las espadas húngaras, el estilo plástico y el estilo de las máscaras. Ruth y Vicent Megaw, por el contrario, han señalado, en los años noventa, que cualquier periodización del arte celta es insatisfactoria y parcial.

No obstante, V. Kruta en el año 2000 estableció una estructuración en cuatro períodos. Un primer periodo, formativo (siglos V e inicio del IV a.e.c.), con un arte influido por el mundo mediterráneo y del Próximo Oriente, con motivos como el árbol de la vida, la flor de loto, grifos o esfinges; un segundo período, de plenitud (comienzo del siglo IV e inicio del II), una fase de contacto celta con el mundo itálico, con presencia de formas vegetales e imágenes animales y antropomorfas. Se destaca en ella la producción de armas para la aristocracia militar, así como la cerámica pintada en negro y rojo con diseños geométricos; un tercer período, llamado de los grandes oppida (del siglo II a la mitad del I a.e.c.), con cerámicas con decoración zoomorfa, iconografía monetal, torques de oro y esculturas en bronce; y finalmente, una cuarta fase, que sería un periodo de supervivencia insular, del siglo I a.e.c. hasta el V.

Bibliografía básica

Aldhouse-Green, J.M., Arte celta. Leyendo sus mensajes, edit. Akal, Madrd, 2007.

Cunliffe, B.W., The Ancient Celts, Oxford University Press, Oxford, 2018.

Eluére, Ch., L’Or des Celtes, edit. La Bibliotèque des Arts, París, 1987.

Garrow, D. & Gosden, Ch. & Hill, J,D., Rethinking Celtic Art, Oxbow Books, Oxford, 2008.

Megaw, R. & Megaw, V., Celtic Art. From its beginnings to the Book of Kells, edit. Thames & Hudson, Londres, 1996.

Stead, I.M., El arte celta, edit. Akal, Madrid, 1999.

Vitali, D., Celtas. Tesoros de las grandes civilizaciones, edit. Numen, Madrid, 2008.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, noviembre, 2024.

 

14 de septiembre de 2024

Celtas: mitomanía e identidad



Imágenes: arriba, estatua de Viriato en Zamora, de Eduardo Barrón González; abajo, cajetilla de los cigarrillos Celtas, con un guerrero como emblema. 

A comienzos del siglo XVIII, la Archaeologia Britannica de Eduard Lhuyd entendía que los celtas descendían de un hijo de Noé, concretamente de Jafet, lo que los convertía, súbitamente, en los primeros y más arcaicos pobladores del Europa y en los que habían erigido los célebres megalitos. Los celtas, asociados a la emergencia y reforzamiento de los estados nación, eran el paradigma de un noble y prestigioso pasado. Pero para hacerlos reales merodeadores de la cultura popular había que representarlos; es decir, para creer en ellos había que visualizarlos. Y ello empezó a ocurrir en carteles y en los manuales escolares franceses. En los libros del académico e historiador Ernest Lavisse apareció un especial “saber escolar”, un singular discurso para educar moral y políticamente, si bien pleno de errores, omisiones y tergiversaciones. Es el inventor de la célebre “Nuestros ancestros los galos”, en tanto que estos se veían como la base identitaria y fundacional francesa y, por tanto, como los ancestros nacionales. Se tomaba un determinado y “prestigioso” pasado para presentificarlo.

A tales imaginarios escolares se sumaría una suerte de manía escultórica así como la siempre grandilocuente pintura histórica. Baste recordar solamente unos pocos ejemplos: la decimonónicas estatuas de Vercingétorix en Clermont-Ferrand y en Alesia; las del lusitano Viriato en Zamora y en Viseu, de principios del siglo XX; la del rey de los Eburones, de nombre Ambiorix, en la localidad belga de Tongeren (es un héroe fundacional para ese país); o la de la britana reina Boudica en Londres. Los celtas llegarían a la publicidad francesa; así, Les Gaulois, inspiración de publicidad gráfica de alimentos, como queso o carne; de cigarrillos Gauloises (ese pitillo tan delicadamente francés); de jabones, neumáticos o de bebidas, alcohólicas o no (tisanas, cervezas, elixires varios). En España, cómo no recordar los cigarrillos Celtas (al principio sin boquilla), de gran impacto en las siguientes décadas posteriores a la Guerra Civil. Asimismo, no se puede olvidar el “renacimiento” de castreños o celtíberos en cómics, caso de Os Barbanzons, La Estrella del crepúsculo numantino (relativamente reciente, del 2006), o Thurrakos, del 2012, unos singularmente interesantes celtíberos de la comunidad de Aragón. T

Todos sabemos la popularidad de los celtas en el marketing actual, fruto de una romántica celtomanía, en grupos musicales (los ya legendarios Celtas Cortos vallisoletanos), tabaco, marcas de leche o clubes deportivos (Celta de Vigo, Boston Celtics, Celtic de Glasgow). Cada cierto tiempo histórico los celtas siempre se reinventan, por eso insisten, resisten y persisten. Así, como advertía Jacquetta Hawkes, cada época tiene los celtas que merece o que anhela.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, septiembre 2024.


11 de diciembre de 2023

Los galos en la península itálica (siglo VII-225 a.e.c.)




Imágenes (de arriba hacia abajo): cuadro titulado Galos a la vista de Roma, del pintor Évariste Vital Luminais, siglo XIX. Musée des Beaux-Arts de Nancy; pintura Combate entre romanos y galos, también de Evariste Vital Luminais. Musée des Beaux Arts de Carcassonne; y, del mismo artista, La invasión, en la que se muestra a jefes galos volviendo con prisioneros romanos. Museum of Fine Arts, Boston.

Los grupos de gentes de origen celta llega a la actual Península itálica, en distintas oleadas migratorias, desde finales del siglo VII a.e.c. Penetran a través de los Alpes occidentales y de los conocidos pasos de San Gotardo y del Brenner. Con anterioridad a tales migraciones, la presencia de celtas en la península mediada la Edad del Hierro aparece constatada en relación directa con la llamada cultura de Golasecca, en la región de Lombardia. La investigación arqueológica, que ha sacado a la luz tumbas (Sesto Calende) así como la presencia de un dialecto céltico, testimoniado en los conocidos como textos leponzios, confirman esta presencia. Esos celtas iniciaron su participación en los diferentes procesos culturales propios de la antigüedad en la península, como es el caso de la adquisición de la escritura, impulsada por los etruscos de Bolonia, según constatan las inscripciones de Lezzo de Este, en la zona paleo véneta, o las de Castelletto Ticino.

Diferentes contactos mercantiles y sociales entre celtas de Golasecca, etruscos, villanovianos y vénetos debieron de ser comunes, sobre todo si se atiende a los movimientos de permeabilidad en el interior de grupos que acogían individuos de otras zonas, tal y como se refleja en las necrópolis gálicas de Casalecchio di Reno y de Bolonia, o se refiere en la documentación onomástica de celtas en Mantua o Spina.

En cualquier caso, sea por motivos demográficos o por sentirse atraídos por nuevas tierras, los celtas transalpinos comenzaron a movilizarse al comienzo del siglo VI a.e.c., dando lugar a diferentes invasiones o migraciones. Se ha obtenido la información de tales invasiones de autores clásicos como Tito Livio (V, 33-36); Polibio (II, 17-20); Apiano (Céltica, II, 1); Dionisio de Halicarnaso (XIII, 10-11); Trogo Pompeyo, a través de Justino (Epit. Hist., XX, 5-6); y Aulo Gelio (XVII, 13), entre algunos otros. Se puede señalar que existen dos versiones referidas a la invasión gala; la primera, centrada en una anécdota legendaria; en tanto que la segunda, basada en una explicación lógica, que menciona una infiltración de gentes que acabaría convirtiéndose en una suerte de invasión.

La leyenda, que recoge Dionisio de Halicarnaso, Plutarco (en Camilo, XV), y Tito Livio, afirma que los galos fueron inducidos a atravesar los Alpes por el anciano Arrunte de Chiusi (Clusium), quien les dio a conocer el sabor dulce del vino de su tierra. Le habría despertado, así, el deseo de conquistar aquellas tierras que producían ese tan notable vino. La oculta realidad consistía, sin embargo, en el deseo de Arrunte de vengarse de Lucumón, un rico terrateniente de Chiusi (o un jefe etrusco), quien había seducido a su esposa, Una variante comenta que la venganza iba destinada al hijo de Lucumón, quien habría confiado al joven a la tutela de Arrunte. El mito sitúa la acción a inicios del siglo IV a.e.c., si bien fue decantándose poco a poco hasta el fin del siglo II, cuando fue recogida por Catón el Censor en Orígenes de Roma, una obra actualmente desaparecida.

La versión oficial romana, por su lado, relataba que el pueblo celta de los bituriges, a causa de un exceso poblacional, se había visto en la necesidad de movilizar a sus gentes en un par de grandes expediciones con dirección al valle del río Danubio, la una y hacia la península itálica, la segunda. Aquella que se encaminó hacia la península itálica, iría comandada por Belloveso, un sobrino del soberano celta biturige de nombre Ambigato, al frente del pueblo de los insubros. Este Belloveso, cuya historicidad es más que dudosa derrotaría, tras atravesar los Alpes, a los etruscos cerca del lago Tesino. Posteriormente, fundaría la ciudad de Mediolanum, Milán, al oeste de la destruida Melpum. A continuación seguirían otros pueblos celtas, denominados genéricamente galli por los romanos.

Sería el caso de los cenómanos, comandados por su jefe Elitovio, que se instalarían en la región de Verona y Brescia; así como de los libuos y saluvios, que harían lo mismo en las inmediaciones del citado lago Tesino. Una oleada posterior, formada por los hoyos y los lingones, llega a la Transpadana y la encuentran ocupada por estos pueblos celtas previamente señalados. A consecuencia de ello, se vieron obligados a atravesar el Po en busca más de botín que de tierras, enfrentándose a umbros y etruscos. Consiguen derrotarlos y ocupan toda la Emilia.

Por su parte, los senones, uno de los pueblos celtas que habían arribado a las costas del mar Adriático, se convirtieron, en su búsqueda de botín, en la vanguardia de todo el movimiento celta que acabaría expansionándose hacia el sur. Según relata Diodoro de Sicilia (XIV, 112-115), en 391 a.e.c., lograron atravesar la cordillera de los Apeninos llegando ante la urbe etrusca de Chiusi, a la que le exigieron tierras. Era un enclave etrusco, aunque desde la conquista por Roma de la Etruria meridional, se encontraba en la esfera de influencia romana. Em consecuencia, fue allí donde galos y romanos tomaron contacto por primera vez. Los romanos quisieron ejercer de mediadores entre estos galos senones y los etruscos de Clusium. Sin embargo, fracasan las negociaciones, así como también la captura de Chiusi1.

Por tal motivo, los galos, dirigidos por el famosos caudillo Breno, se dirigieron hacia Roma. Muy cerca de Fidenae, los romanos fueron derrotados, poniendo los galos sitio a la propia Roma, cuya mayoría de población había tomado refugio en Veyes. Roma sería, entonces, saqueada e incendiada fruto de una derrota militar en torno a mediados del mes de julio de 390 o de 387 a.e.c. (si nos atenemos a Polibio y Diodoro). Hacia esta misma época, los galos invadieron áreas etruscas. En manos de los boyos cayó Felsina (Bononia gracias al nombre de estos galos), y también ocuparon zonas de Apulia así como la legendaria Alba Longa.

Únicamente recuperaría su libertad después del pago de un botín compuesto por mil libras de oro, según afirman tanto Diodoro de Sicilia (XVI, 115-117), como Polibio (I, 5-6; II, 18-20). Tan enorme suma fue pactada por el ex tribuno militar Quinto Sulpicio Longo con la finalidad de obtener la retirada de los galos. Los objetos sacros, que pudieron ser salvados, fueron trasladados por las vestales a la ciudad etrusca de Caere (Tito Livio, V, 39-40). Los senones, aculturados bajo influencias helénicas, poseedores de territorios propios en áreas de la costa del norte del Adriático, según reza el Periplo de Escilax, y organizados en una estructura política articulada, pactaron con el tirano de Siracusa, a la sazón Dionisio I el Viejo.

El historiador Tito Livio menciona siete ataques de los galos, presentes en asentamientos de Apulia y Campania, contra Roma entre 367 y 348 a.e.c. A pesar de ello, los romanos lograron defenderse, acordando con ellos una paz hacia 335 a.e.c., tal y como relata Polibio (XIX, 1-2). Del mismo modo, se instalaron contingentes galos en la zona yapigia, que cumplirían el rol de tropa de apoyo de los tiranos de Siracusa, además de defender el Adriático de la piratería ilírica y etrusca.

Después de una fracasado ataque galo, en 236 a.e.c., a la colonia de Ariminium (hoy Rímini), los galos prefirieron lanzarse, desde la llanura del Po, hacia Etruria, apoyados en una coalición de taurinos, boyos, gesates, insubros y lingones, mandados por los caudillos Aneoresto y Concolitano (Polibio, II, 22-23), llegando en 225 a.e.c. hasta Clusium, ciudad que fue arrasada. Roma, al saber de tales acontecimientos, movilizó la Liga itálica, formando un gran ejército para frenar la invasión gala.

Al final, en la península itálica, ocupada en buena parte de su territorio por los galos, según refiere Justino (XXVIII, 2), Roma expulsaría a estos galos después de infringirles una derrota en la batalla del cabo Telamón, en la toscana (Polibio, II, 26-31). En ese lugar, en 225 a.e.c., los ejércitos consulares romanos de Cayo Atilio Régulo y Lucio Emilio Papo, lograron detener y acabar con unas cuantas tribus galas. Las demás serían desalojadas de toda la Galia Cisalpina en los siguientes años.

Seguidamente a este episodio, comenzó la etapa colonizadora romana por el valle del Po, en donde se establecieron dos colonias militares, Cremona y Piacenza. La presencia de los galos en la península terminaría diluida de dos formas distintas. Por un lado, los pueblos celtas ubicados en el valle del Po y el litoral adriático, en directo contacto con etruscos y ligures, terminaron por aculturarse, fundiéndose con ellos. Se convirtieron en pueblos agricultores, adoptando las costumbres etruscas, como se evidencia en los ajuares hallados en las necrópolis de Montefortino, Filottrano, Omavasso y Castiglione delle Stiviere. En estas tumbas, al lado de espadas características de la época de La Téne y de torques celtas, se hallaron espejos y candelabros específicamente etruscos. Por el otro, los galos que atacaron la peninsula, y que mantuvieron su tipo de vida de aventureros en busca de botín, terminaron siendo expulsados o, en el mejor de los casos, incorporados como mercenarios de etruscos y de algunos otros pueblos itálicos.

Un tiempo después de tales acontecimientos, varias leyendas se hicieron eco de ciertas acciones meritorias romanas durante el asedio galo. Se destaca la resistencia de los senadores a abandonar Roma ante la amenaza, permaneciendo sentados en sus sillas de marfil en sus hogares; el célebre graznido de las ocas de Juno ante la presencia de los invasores; la defensa de la ciudadela efectuada por el cónsul Marco Manlio, etiquetado por esta hazaña como el Capitolino; el grito Vae Victis! de Breno al arrojar su espada sobre la balanza que pesaría el pago de la derrota; y, en fin, la victoria del héroe de la guerra de Veyes, Marco Furio Camilo, sobre los galos cuando ya se retiraban de Roma.

Bibliografía básica

Campbell, B., Historia de Roma. Desde los orígenes hasta la caída del Imperio, edit. Crítica, Barcelona, 2013.

Cornell, T. J., The Beginnings of Rome: Italy and Rome from the Bronze Age to the Punic Wars, edit. Routledge, Londres, 1995.

Cotton, T., Rome: City-state to Empire. Lulu Press-Phaselus Publishing, Rhosilli, 2014.

Ellis, P.B., Celt and Roman: the Celts of Italy, St. Martin's Press, Nueva York, 1998.

Lara Peinado, F., Los etruscos. Pórtico de la historia de Roma, edit. Cátedra, Madrid, 2007.

1 En un principio la ciudad solicitó la ayuda de Roma. Ésta, primeramente, intentó negociar con los galos a través de una embajada dirigida por tres hijos de Marco Fabio Ambusto. La ciudad se suele identificar con la Clevsin etrusca y con la Camars de la que habla Tito Livio (X, 25-26). Los orígenes del asentamiento etrusco conectan míticamente con Cluso, el hijo de Tirreno, y con Telémaco, vástago de Ulises. La tradición la convirtió en la patria originaria del famoso rey Lars Porsenna, aliado de Tarquinio el Soberbio, a quien quiso ayudar a recuperar el trono de Roma después del fin de la monarquía.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, diciembre, 2023.