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5 de mayo de 2025

Aves y sierpes fantásticas en la mitología persa




Imágenes, de arriba hacia abajo: plato sasánida con el Simorgh en el centro y con motivos de palmetas estilizadas. Siglos VII-VIII, Museo de Pérgamo en Berlín; rapto de Zal por el Simorgh. Sarai Albums, Tabriz, c. 1370 CE Hazine 2153, folio 23a; relieve del Simorgh sobre un muro de la iglesia de Samtavisi, en Georgia y; óleo sobre lienzo con el retrato de perfil del rey Fereydun, o Thraetaona en avéstico, de mediados del siglo XIX. Se le representa en un balcón dentro de un espacio circular.

Muchos de los monstruos del ámbito persa o iranio son de origen zoroástrico, si bien unos pocos tienen sus raíces en el Islam. Algunos son agentes de creación o destrucción, traviesos o provocadores de tentaciones. Otros representan un conjunto de angustias, desde el temor a la amenaza de gobernantes extranjeros hasta los peligros propios del parto.

En los mitos persas proliferan aves fantásticas y criaturas parecidas a pájaros en una enorme cantidad de formas. Probablemente el más célebre es el Simorgh, un gigantesco pájaro que semeja una montaña o una nube negra y puede arrastrar grandes animales como panteras, elefantes o cocodrilos. El Simorgh aparece en epopeyas y poemas que van desde Ferdowsi a la Biblia.

Como un símbolo de la esencia divina aparece por primera vez en el Avesta como el Saena o Senmurw, un ave todavía más enorme, que extiende sus alas sobre toda la tierra, formando una vasta nube de lluvia. El Saena está asociado con la buena fortuna y vive en medio del mar celestial, Vourukasha, en un árbol que contiene las semillas de todas las plantas del mundo. Cuando el Saena se posa en el árbol, las semillas se esparcen y una segunda gran ave, Camrosh, las recoge y las lleva hasta donde Tishtrya (ser divino identificado con Sirio) recoge agua, la mezcla con las semillas y hace llover esta mezcla sobre la tierra.

En el Revayat de Darab Hormazyar, un pájaro de nombre Amrosh ocupa el lugar del Saena. En el Bundahishn, colección de textos cosmogónicos zoroastrianos, el Saena tiene un homólogo maligno y asimismo enorme llamado Kamak. En lugar de traer la lluvia, atrae la sequía, extendiendo también sus alas sobre la tierra, pero en este caso provocando que los ríos se sequen. En vez de devorar a los enemigos de Irán, como hace Camrosh, este maligno pájaro se alimenta de la gente y los animales de Irán. Kamak es asesinado por el héroe escatológico Karshāsp, conocido en la mitología persa por matar monstruos, entre ellos el dragón cornudo Azhi Sruvara, el monstruo marino de talones dorados Gandarewa, el puño de piedra Snavidhka y el temible lobo Kapud.

En el tiempo en que Ferdowsi escribe su Shāhnāmeh, el Saena se conocía como el Simorgh, convirtiéndose en una presencia esencialmente benévola. Cuando Zāl, el bisnieto de Karshāsp (Garshāsp en el Shāhnāmeh) y padre del héroe Rostam, nace siendo albino, su padre, Sām, creyendo que es un div (demonio), lo abandona en las montañas. La Simorgh, aquí hembra, rescata a Zāl y lo lleva a su terrorífico nido.

De joven, Zāl regresa con su padre, pero antes de que abandone el Simorgh, le regala algunas de sus plumas, diciéndole que si tenía algún problema arrojase una de sus plumas al fuego, y así aparecerá de inmediato. Zāl tiene que hacer esto cuando su esposa, Rudābeh, está enferma de muerte mientras está embarazada de Rostam. Aparece de la nada el Simorgh y ayuda a Zāl a practicar una cesárea. Con otra de sus plumas, además, cura a Rudābeh. Años más tarde, cuando Rostam ha sido gravemente herido por Esfandiār durante un combate singular (después de que el padre de Esfandiār, el sha, mandara la captura de Rostam), Zāl invoca de nuevo a la Simorgh para que salve a su hijo. Cura a Rostam y le enseña a fabricar flechas con la madera de un tamarisco para matar a Esfandiār la próxima vez que se enfrenten en batalla. Este es un poder curativo enraizado en el zoroastrismo. El motivo es recurrente en los cuentos populares kurdos y armenios, donde el Simorgh se le denomina como Simir o Sinam.

El Simorgh también regala plumas en el Hamzenāmeh, un cuento en prosa basado en la tradición oral del oriente de Irán, muy popular a posteriori durante los periodos safávida y mogol. El héroe, aquí Amir Hamza, intenta que el Simorgh le lleve a través de los siete mares encantados de Suleyman para rescatar al emperador y a su familia, prisioneros de los divs o demonios (aunque también pueden ser ogros, gigantes o el mismo Eblis o diablo, vid infra). Por su parte, en el Shāhnāmeh, el Simorgh posee una contraparte maligna (también femenina), a la que Esfandiār mata durante una de sus siete pruebas (semejantes a las de Heracles en la mitología griega), junto con su descendencia, un evidente eco de Karshāsp matando al Kamak. Sin embargo, unos siglos después, el Simorgh se transforma en una suerte de guía espiritual. Ya en el Manteq al-Teyr de Ottār, el Simorgh es el sha de todas las aves del mundo, así como una metáfora de Dios, que vive muy alejado, más allá del monte Qāf, la mítica montaña considerada el pico más lejano de la Tierra y el hogar de los jinn o genios1. El viaje hasta allí simboliza el sendero que ha de transitar el Sufí.

En el arte de la época sasánida (entre los siglos III y VII), a veces se representa al Simorgh con cabeza de perro, garras de león y con alas y cola de un pavo real.

Homólogos míticos de esta especial ave son el Paskuch armenio, cuyo apelativo es similar al que aparece en los textos zoroástricos del Persa Medio Menog-e Khrad, como un lobo alado de color gris azulado que también habría sido asesinado por Karshāsp), el Anzû sumerio, el Paskudji georgiano, el Qonrul turco, el Simargl de los eslavos orientales, los Ziz y Pushqansā talmúdicos, y el muy conocido Garuda indio, famosa vahana o montura del dios Visnú. En la obra Las mil y una noches, y en su directo precursor persa, Hezār Afsāneh, Las mil fábulas, el Simorgh también se asocia con el monstruoso Rukh (o Roc), aunque se ha sugerido que el Roc procede del árabe “Anqā”, un pájaro gigante pre islámico con el rostro humano y cuatro alas.

Otros relevantes monstruos aviares presentes en el arte persa son el Gopat, el Lamassu y el Shedu, todos ellos variaciones de un toro o un león alado con rostro humano; el Shirdal, un león con cabeza de águila; y el Homā, mítica ave que otorga la soberanía a cualquiera persona que toque su sombra. Aunque comparable con el grifo griego, también se pueden apreciar las similitudes del Simorgh con el ave fénix, en tanto que ambas aves poseen poderes curativos. Al igual que ocurre con el ave mitológica china Fenghuang, el Simorgh y todos sus homólogos se representan con mucha frecuencia en combate con serpientes o azhdahās, es decir, dragones.

En la mitología persa, los azhdahās conforman una variedad de monstruos gigantescos parecidos a serpientes que habitan en el aire, el mar o la tierra. El término procede del avéstico azhi, que significa serpiente. Según el Bundahishn, fue Ahriman quien las creó. Actúan como antagonistas de los héroes del mito persa, en su rol de custodiar tesoros o reservas de agua, representando pecados o pruebas que hay que superar o, incluso, encarnando a poderosos enemigos extranjeros.

En el Avesta aparecen varios azhdahās. Así, Azhi Sruvara (también conocido como Azhi Zairita), un azhdahā amarillo que será asesinado por Karshāsp, que tiene cuernos, escupe veneno y se traga enteros a seres humanos y caballos; Azhi Raoithrita, un azhdahā alado de color rojo; Azhi Vishapa, especializado en ensuciar las aguas (como las Harpías griegas con la comida); y Azhi Dahāka, quien posee tres bocas, tres cabezas y seis ojos. Azhi Dahāka (o Dahāg), aunque dragón en el Avesta, se vuelve más humano, si bien conservando ciertas cualidades ofidianas, en mitos y epopeyas posteriores, donde aparece como descendiente de Ahriman, o incluso como uno de los Pishdādiān, shahs míticos descendientes de Hushang, el asesino de la Divinidad Negra, y Tahmures, aglutinador de demonios. En el Avesta, Dahāg es asesinado por Thraetaona (posteriormente llamada Fereydun). Sin embargo, en el Denkard (un resumen de las creencias y las prácticas zoroástricas del siglo X), cuando Dahāg es golpeado por el garrote de Fereydun, empieza a convertirse en reptil y en khrafstar (nocivas criaturas propias de la mitología zoroástrica), por lo que, en lugar de matarlo, Fereydun le encadena al monte Damāvand, donde permanecerá hasta el fin de los tiempos, momento en que se soltará de sus cadenas y Karshāsp despertará para matarlo definitivamente. Este relato se asemeja a otros mitos indoeuropeos muy similares, como el que refiere a Zeus encarcelando a los Titanes en el Tártaro, o Tyr haciendo o propio al lobo Fenris. Unos y otros lo que hacen es restringir en lo posible a un poderoso enemigo cósmico.

En el Shāhnāmeh, Dahāg se arabiza como Zahhāk y se representa como un gobernante extranjero tiránico, aunque inicialmente humano, de Irán, del mismo modo que en la mitología armenia, Azhidahāk es de forma similar la encarnación de la tiranía extranjera. Zahhāk acepta que Eblis, entiéndase el Diablo en el mito arabo-islámico, asesine a su padre, a la sazón un rey árabe, después de que le tiente con la irresistible promesa del poder. Eblis entonces besa cada uno de los hombros de Zahhāk, y un par de serpientes negras brotan donde lo hace. Eblis, haciéndose pasar por médico, convence a Zahhāk de que los ofidios estaban predestinados a aparecer y que debía dejarlas en paz. El rey serpiente se apodera entonces del trono de Irán, donde reina a lo largo de un milenio, permitiendo que florezca el mal por doquier. Al igual que Azhi Dahāka, Zahhāk acabará siendo derrotado por Fereydun.

Fereydun caza a Zahhāk y destroza el casco del rey serpiente con su gran maza con cabeza de buey, pero el ángel Sorush, una figura del Islam iraní que ocupa el lugar de la antigua deidad Sraosha del zoroastrismo, advierte a Fereydun de que todavía no ha llegado el momento de la muerte de Zahhāk. En consecuencia, Fereydun lo captura y lo encarcela en el monte Damāvand. El Shāhnāmeh asimismo contiene la historia de la hija de Haftvād y su kerm gigante (gusano, serpiente o dragón). La hija de Haftvād descubre un kerm enroscado en una manzana y lo cuida y lo alimenta hasta que, con el tiempo, este kerm comienza a crecer y su piel se vuelve negra con manchas de color azafrán. Al cabo de un lustro, ha crecido tanto como un elefante y vive enteramente de leche y miel. Haftvād se ha hecho tan poderoso y ha reclutado tantos soldados que ha llamado la atención del sha, Ardeshir, descendiente de Esfandiār y fundador de la dinastía Sasánida. Ardeshir mata al kerm como luego hará lo propio con el mismísimo Haftvād.

En las fuentes zoroástricas y maniqueas, como el pre citado Bundahishn y el Pahlavi Zand, se encuentran otros monstruos con forma de ofidios, como Gozihr y Mushparig, adversarios del sol, la luna y las estrellas. Gozihr es un imaginario dragón que se extiende por el cielo. Al final de los tiempos caerá a la tierra y su fuego derretirá las montañas, creando un río de metal fundido necesario para purificar a la humanidad. Mushparig, por su lado, es responsable de robar la luna, causando así los eclipses lunares. Referido como un dragón en la cosmogonía maniquea, es llamado Mush Pairikā o hechicera rata en el Avesta, en donde se le asocia con el div Āz2.

Naturalmente, existen personalidades que matan dragones o serpientes. Amir Hamza, ya mencionado anteriormente, mata a varios dragones. En el Garshāspnāmeh (El libro de Garshāsp, una epopeya del siglo XI), Zahhāk ordena a Garshāsp que mate a un azhdahā que emerge del mar después de una tormenta, en tanto que en el Shāhnāmeh, Sām mata también a un azhdahā que emerge del río Kashaf. En el Jahāngirnāmeh, El libro de Jahāngir, un asesinato semejante se atribuye al héroe Rostam. Mata a la criatura desde si interior y luego se hace un abrigo con su piel. Muchos de los descendientes de Rostam e incluso su enemigo, Esfandiār, matarán azhdahās.

En definitiva, estos monstruos, además de otra serie de ellos acuáticos y terrestres, reflejaban genuinos temores ante la presencia de gobernantes extranjeros, catástrofes naturales, ciertas dolencias físicas y cualquier otra serie de fuerzas destructivas. Estas criaturas del mito persa simbolizaban el caos del mundo, en contraste con los héroes que intentaban forjar el orden y que, en consecuencia, debían vencerlos.

Bibliografía selecta

Behravesh, P.A., “Pearls from a Dark Cloud. Monsters in Persian Myth”, en Felton, D. (Ed). The Oxford Handbook of Monsters in Classical Myth, Oxford University Press, Oxford, 2024, pp.417-431.

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Darmesteter, J. The Zend-Avesta, Franklin Classics, 2018.

Davis, D., Shahnameh: The Persian Book of Kings, New York, 2006.

Encyclopadia Iranica, online. https://iranicaonline.org/articles/

Goodell, G., “Bird Lore in Southwestern Iran”, Asian Folklore Studies 38 / 2, 1979, pp. 131-153.

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Sarkhosh Curtis, V., Mitos Persas, edit. Akal, Madrid, 1996.

Wolpe, S., The Conference of the Birds, New York, 2017.


1 Se trata de seres sobrenaturales creados a partir de fuego sin humo. En ocasiones se advierte que son hijos de Eblis o diablo. Se dividen en tres clases; los que tienen alas, aquellos que parecen serpientes o perros y los que se mueven como los seres humanos. Mientras en los textos religiosos los genios se describen a menudo como hermosas criaturas, en los textos profanos son seres monstruosos con cabezas largas, grandes colmillos y un único ojo. En cualquier caso, en los cuentos populares persas, los jinn son criaturas típicamente malévolas. Los peores son los ghuls, a veces un sinónimo de div.

2 El demonio conocido como Āzi o Āz (de los āsreshtārs) representa la lujuria, la avaricia y la gula. En el Avesta, Āzi es masculino y enemigo del divino Ātar (fuego), mientras que la Āz maniquea, sin embargo, es femenina. Se encargó de crear el cuerpo humano para aprisionar el alma.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, mayo, 2025.

1 de diciembre de 2023

Iconografía y mito de Heracles en el mundo iranio



IMÁGENES, DE ARRIBA HACIA ABAJO: RELIEVE DE HERACLES KALLINIKOS EN BISOTUN; ESCULTURA DE HERACLES-VERETHRAGNA DE SELEUCIA DEL TIGRIS. MUSEO DE BAGDAG Y; ESCULTURA DE MASJED-E SOLAIMÂN, CON HERACLES Y EL LEÓN. MUSEO SUS.

La figura del héroe y dios griego Heracles fue especialmente favorecida por Alejandro Magno como ancestro mítico de la dinastía de los Argéadas. Su imagen fue introducida en Irán sobre bases oficiales al comienzo del gobierno macedónico en el último tercio del siglo IV a.e.c. sobre los rasgos de Alejandro. Encarnando la fuerza física y la superación de adversidades, sería la imagen del perfecto campeón para los soldados en campaña greco-macedónicos, así como para aquellas tropas asentadas en el oriente, alejadas de su lugar de origen. Un joven Heracles imberbe suele aparecer en los reversos de las monedas de Alejandro. No obstante, no se puede descartar que hubiese habido una transmisión independiente del Magno así como del patrocinio de la corte seléucida.

Así pues, la producción y circulación de la iconografía de Heracles se incrementaría con posterioridad a la conquista macedónica. Numerosos testimonios de su imagen cruzaron Irán sufriendo permutas, lo cual puede posibilitar la presencia de algunas trazas de sus mitos que se hayan incorporado en el folclore y el arte iranio, en función de su movimiento y popularidad.

Se ha reconocido una relación entre el héroe dorio y un ser divino iranio (yazata) llamado en persa medio Vahrâm y en el lenguaje propio del Avesta Verethragna, hasta el punto de que esta deidad iraní se expresa visualmente haciendo uso de la imagen del hijo de Zeus y Alcmena1. En el siglo I a.e.c., en Armenia, bajo el control de los gobernantes arsácidas, Heracles se asoció al dios Vahagn, matador de dragones, también relacionado con Vahrâm-Verethragna.

Una de las imágenes emblemáticas de Heracles en Irán es el desnudo y sin barba Heracles Kallinikos (de hermosa victoria, un epíteto común del héroe en el Mediterráneo), que sostiene una copa en su mano izquierda apoyándose sobre una piel de león, en un relieve esculpido en un promontorio en el monte Bisotun (Bagastâna en persa antiguo), próximo a Kermânshâh, en el occidente de Irán. Aquí se observan las armas del héroe, la maza, el arco, el carcaj con las flechas y el gorytos. Un olivo parece ofrecerle sombra. Además, hay una estela con una inscripción (del 148 a.e.c.), en la que se aprecia la dedicación de Jacinto, hijo de Pantauco. Heracles aparece representado como un simposiasta reclinado y un arquero. De un modo u otro, la imagen de Heracles fue aceptada y apropiada por las narrativas locales. La posición era la adecuada para la protección de los viajeros. Bisotun, en la época del gobierno seléucida, era un sitio sacro iranio que fue muy favorecido por el aqueménida Darío I.

Una imagen contemporánea del Alcida aparece en las monedas de los dinastas iranios. Aunque no se muestra etiquetado, se aprecian leyendas griegas para el título del rey. Es el caso de una figura caminando sobre un tetradracma del arsácida Mitrídates I, que fue acuñada en Seleucia del Tigris con posterioridad a la conquista parta de esta región (hacia 141 a.e.c.), así como una figura sentada en el reverso de una tetradracma de Caracene (Meshan-Mesene), del 127 a.e.c. Heracles, como el que se ve en Bisotun, destila cualidades similares a Verethragna, en tanto que ambas deidades se conectan a la fertilidad, la curación y la virilidad.

Tácito (Anales, 12-14), describe un mito iranio de Heracles que puede complementar la visión de Bisotun como un dios arquero descansando. El complemento se hace efectivo si se acepta la asociación del historiador romano del santuario de Heracles en el monte Sambulos con Bisotun. Según Tácito, el rey parto Gotarces II ofreció votos, en el 49 a.e.c., a las deidades locales de este monte, entre los que destacaba el hijo de Zeus. El Heracles caballero y cazador era algo extraño a la consideración helena del dios, lo que implica que esta constituía una interpretación local del héroe que enfatizaba las virtudes militares iranias relativas a la monta del caballo y la arquería. El patrocinio de la caza de grandes animales, por otra parte, remite al dios babilónico Nergal. Este dios, una deidad solar babilonia, invocada en tiempos de plagas y guerras, presidía el inframundo. Al igual que el héroe panhelénico difundía un aspecto apotropaico, protector2.

La referencia de Tácito puede entenderse como una gradual transformación del héroe dorio en el período parto, que es absorbido en una colección de narrativas locales.

Otra de las imágenes relevantes sobre Heracles es la desnuda figura barbada y musculada, que apoya su mano derecha en la cadera, de Seleucia del Tigris. La escultura, posee una inscripción parta y el mismo texto también en griego3, que fue añadida con posterioridad a la victoria del rey arsácida Vologases IV sobre el rey de Caracene Mitrídates IV en 151. La estatua fue sacada de Caracene por los victoriosos partos y llevada hasta el templo del dos iranio Tir (el Tistrya del Avesta) en la localidad de Seleucia del Tigris.

Este ejemplo, considerado una copia del Heracles Fatigado de Lisipo, es un testimonio del contemporáneo doble significado de una misma imagen; esto es, la traducción simultánea de Heracles y de Verethragna. No obstante, pudo habérsele atribuido otra identidad en su previo contexto mesenio (Meshan), aquella del mencionado dios Nergal.

La representación más habitual del héroe panhelénico en Irán, particularmente en numerosas figuras de terracota, le muestra apoyado sobre su maza y algunas veces con la piel de león sobre uno de sus brazos. La pose que se aprecia en esta escultura difiere de la que mantiene en el Heracles Farnesio, mostrándose más afín a la del Heracles de Villa Albani. No se puede asegurar si la figura mantuvo una asociación con los mitos del héroe entre aquellos que la vislumbraron tanto en Caracene como entre los partos, si bien se puede apreciar que la representación visual de Heracles que incluyen indicadores de sus mitos, influyeron en la definición de las representaciones del dios Verethragna.

En la Elimaida, en el santuario de Masjed-e Solaimân, al pie de los montes Zagros, no muy lejos de Susa, se encontraron diversos fragmentos de relieves que fueron asociados con Heracles. En uno de ellos, hoy en el Museo Sus y datado entre los siglos I y III, parece mostrarse al héroe en el desempeño de su primer trabajo, luchando contra el León de Nemea. En este caso se pueden ver algunas adiciones locales a la iconografía típica del héroe, pues porta brazaletes y un torques alrededor de su cuello. El pequeño tamaño del león, en comparación con la figura de Heracles, tiene algunos precedentes bien conocidos: así ocurre en el arte neo asirio, con la finalidad de enfatizar la fuerza del héroe. El luchador contra animales, generalmente un gran rey, fue un motivo familiar a las tradiciones iconográficas tanto iranias como mesopotámicas, como se destaca en el relieve, del siglo VIII a.e.c., en el Palacio de Sargón II en Khorsâbâd, en el que la figura se ha identificado con el héroe-rey sumerio Gilgamés. Al igual que el héroe dorio tras derrotar al felino de Nemea, Gilgamés porta orgulloso las pieles de los leones que abatió. Además, también el motivo de los luchadores regios aqueménidas que luchan contra leones, ha sido recurrente.

En cualquier caso, es muy problemático identificar un mito específico detrás del motivo, pues el mismo no fue una acción distinta en el arte iranio, en tanto que a buen seguro pertenece a la narrativa de más de un individuo. De hecho, la lucha contra el león ni fue monopolizada ni remplazada por la imagen de Heracles en la Elimaida. Es un motivo también apreciable en las impresiones regias sobre bullae de cerámicas del período helenístico tanto en Babilonia como en Seleucia del Tigris. Ni su poder de atracción sobre las audiencias locales, ni su uso limitado o su patrocinio por parte de los colonizadores greco-macedonios o mercaderes itinerantes, pueden explicar de manera cabal la presencia de la figura de Heracles en el arte sobre rocas en el siglo II en esta región. Asimismo, hay que pensar que las imágenes que se originan en narrativas mitológicas, pudieron emplearse por diversas otras razones y, en consecuencia, no necesariamente indican una narrativa sostenida en el tiempo ni, por supuesto, el establecimiento de prácticas cultuales oficiales.

En la Elimaida pueden verse otras dos figuras de Heracles en los relieves. Muy probablemente, su imagen fue reapropiada para encajar en los temas locales, sin que haya referencias a su ciclo narrativo, al margen de la inclusión, eso sí, de sus atributos más típicos (piel de león y maza o clava).

El específico motivo de mantener una copa delante del pecho, al modo de lo que se ve en Bisotun, fue adoptada en un relieve en Simbâr (Tang-e Botân o Valle de los Ídolos), de principios del siglo III. Se ha asumido que el relieve representa sucesivos, un altar y la figura de Bel. En este caso concreto, la iconografía heraclea fue utilizada para representar el dios semítico Bel más que el Vahrâm iranio. Este Bel (Señor), estuvo a la cabeza del panteón en la región de Elimaida, siendo habitualmente vinculado con Zeus en las fuentes literarias clásicas (Diodoro Sículo, 29, 15; Estrabón, XVI, 1-18-20; Justino, XXXII, 2, 1-2. Se le conoce por mostrar características análogas a Heracles o a sus mitos asociados.

La específica formulación de la imagen de Heracles manteniendo una copa en su mano delante del pecho, se integró en la práctica cultual local, jugando un muy destacado rol en la conmemoración de la investidura de los gobernantes locales o regionales.

En el relieve de Nasq-e Rajab, finalmente, en el que se representa al rey Ardasir y al dios Ahura Mazdâ (Ormuz), parece que también se aprecia representado a Heracles, siendo en este caso, el único ejemplo de su imagen empleada en los relieves en roca sasánidas.

La popularidad de Heracles en el período helenístico fue catalizado por la de Verethragna, lo que alteró las cualidades de la divinidad zoroástrica. No existen testimonios ciertos de la concepción visual de Verethragna-Vahrâm previo a la dispersión de la imagen heraclea por Irán, Asia central y Mesopotamia. A pesar de la popularidad de la imaginería de Heracles, da la impresión de que el repertorio mitológico con él relacionado no llegó a establecerse en las tradiciones locales o a integrarse en los conceptos que rodeaban a Verethragna. Las características de ambos seres divinos, virtudes y valores, muestran, no obstante, claras semejanzas. La imagen de Heracles en Irán ha seguido representando la figura del guerrero viril, retratado bebiendo, pero a la manera de un gobernante, no al modo del ebrio cómico de la escultura helenística.

Por otro lado, no hay indicaciones de que las representaciones de la época parta de los luchadores desnudos contra leones se refieran directamente al León de Nemea. Además, lo habitual son las figuras regias vestidas, y no las deidades desnudas. Es cierto, en cualquier caso, que se puede ver la adopción de la imagen de Heracles en la etapa de domino parto en las prácticas religiosas de la región de la Elimaida, en donde la asociación de Heracles con una deidad local parece más evidente. No obstante, el héroe panhelénico sufrió la expurgación de su canon mítico, siendo únicamente su imagen la retenida para representar una deidad local, incluyendo las referencias visuales propias que actúan como identificadores; esto es, la piel del león y la clava. En definitiva, la retención de su ciclo mitológico no se registra en el ámbito literario y visual del Irán pre islámico.

Bibliografía esencial

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Carter, M.L., “Aspects of the Imagery of Verethragna: the Kushan empire and Buddhist central Asia”, en Fragner, B.G. (Ed.), Proceedings of the Second European Conference of Iranian Held in Bamberg, 30th Septembrer to 4th October 1991, by the Societas Iranologica Europaea, Roma,1995, pp. 119-140.

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Shenkar, M., Intangible spirits and Graven Images. The Iconography of Deities in the Pre-Islamic Iranian World, E.J. Brill, Leiden, 2014.

Vande Berghe, L. & Schippmann, K., Les reliefs rupestres d’Elymaïde (Iran) de l’époque parthe, Gante, 1985.

1 Las cualidades de Verethragna, descritas en Yast 14, son similares a las de Heracles, si bien existe escasa narrativa mitológica concerniente a esta deidad. Parece muy probable que la concepción visual y las narrativas relacionadas con el dios, tanto en la mitología persa como en la tradición zoroástrica sean independientes de cualquiera de las asociaciones establecidas con el héroe dorio, a pesar de la similitud de cualidades entre ambos. Por otra parte, es destacable el parecido entre los Siete Trabajos de Rostam, el héroe iranio de la conocida épica Sahnâmeh del siglo X, que luce una coraza de piel de tigre, y Heracles.

2 La función apotropaica y de guardián de Heracles se muestra en una inscripción griega (siglos IV-III a.e.c.) aparecida en el complejo de cuevas de Karafto. La asociación con Ares se refleja en una inscripción que nombra Artagenes, Ares y Heracles en Comagene, aunque también a partir del nombre del planeta Marte como Nergal en la astrología babilonia y como Verethragna en lengua pahlavi.

3 El hecho de que la inscripción parta tenga su réplica en griego podría sugerir el reconocimiento local del héroe griego, así como una potencial retención de aspectos de su ciclo mitológico en el marco de las comunidades locales. 

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, diciembre, 2023.

 

2 de agosto de 2021

Zoroastrismo. Una semblanza de la religiosidad persa aqueménida



Imágenes, de arriba hacia abajo: el dios Mitra, el rey Ardashir II (Artajerjes) en el centro y el dios Ahura Mazda a la derecha, que le entrega el poder. Siglo IV; Figura en terracota de un sogdiano, datada en el siglo VIII, con velo de capucha. Puede ser un sacerdote zoroastriano oficiando un ritual en un templo del fuego. Museo de Arte Oriental del Turín y; moneda de plata de Yazdegerd II, con presencia de un altar del fuego y dos presuntos sacerdotes o ayudantes.

La política religiosa persa aqueménida fue esencialmente tolerante. Este notable hecho contrasta con la práctica habitual, y mucho más tradicional en el Próximo y Medio Oriente, que era la de perseguir o desterrar la divinidad tutelar del pueblo vencido en combate, aislándola de su lugar de origen y residencia habitual.

La religión aqueménida se suele vincular a un individuo llamado Zoroastro. Lo poco que se sabe de este personaje procede de los gathas del Yasna, uno de los libros del Avesta. La situación político-social del mundo de Zoroastro estaba impregnada de valores guerreros, reflejando una distribución espacial fragmentaria que nada tenía que ver con la sociedad homogénea aqueménida y su estricto régimen monárquico. Por tal motivo quizá la presencia de Zoroastro haya que retrotraerla al tránsito entre el II y I Milenio a.e.c., lo que explicaría el escaso carácter mazdeísta de la dinastía fundadora de los persas. La formación del zoroastrismo se puede encuadrar, de modo genérico, entre 1600 y 1200 a.e.c., en la región del noroeste de Irán. Se trata de una de las primeras religiones henoteístas conocidas.

La religión irania parece haberse desarrollado, de modo genérico, en tres fases. En principio, una fase que supone un sistema politeísta, que sería la religión de los nómadas indoeuropeos; en segundo término, una etapa de renovación, propuesta por Zoroastro, para adecuarse a las nuevas estructuras sociales y económicas, y que supone ya un monoteísmo ético dualista, abiertamente opuesto al politeísmo previo; finalmente, un período de parcial recuperación del politeísmo a través de procesos sincréticos, elaborados teoréticamente por el clero (los sacerdotes avésticos y los magos medos), por necesidades de la política imperial. En el sistema religioso aqueménida Ahura Mazda no será el dios único, sino el más grande, un hecho que favorecía la política de integración de los territorios conquistados a través de un aparato ideológico. Los reyes persas se asimilarán a esta deidad, considerándose sus representantes en la esfera terrenal, lo cual les facilitaría la posibilidad de justificar el sometimiento de la población.

La religión en Irán antes de la reforma de Zaratustra-Zoroastro presentaba rasgos análogos a los de la India védica, como el sacrificio de animales, aquellos dedicados a la entidad divina llamada Geush Urvan, y el empleo de la bebida ritual haoma (soma védico). Los seres divinos pertenecían a dos clases, los ahuras o señores y los daivas o dioses. Se trataba de una religión que correspondía a la aristocracia guerrera. Con la reforma de Zaratustra (Zoroastro), se rechazaron los sacrificios sangrientos y se propuso un cambio en el panteón, que pretendía ser monoteísta y dualista al mismo tiempo.

Entre las fuentes del zoroastrismo, puestas por escrito entre los siglos IV y VI, se destacan el mencionado Avesta y los escritos en pahlavi o persa medio, redactados tardíamente (durante el siglo IX), entre los que deben señalarse el Zand, una interpretación del Avesta, el Bundahishn o génesis zoroastriano, el Denkard y el libro Namag, entre otros.

Con el zoroastrismo asistimos a una revolución puritana de las costumbres. El recurso a la idea del libre albedrío no supera, sin embargo, una contradicción lógica, pues Ahura Mazda, señor supremo, creador de los contrastes, tiene dos hijos gemelos, Spenta Mainyu (Espíritu Benefactor) y Angra Mainyu (Espíritu Negador), que deben escoger entre la verdad asha y la mentira druj, pero ambas consisten, a la vez, en pensamientos, acciones y palabras malas o buenas. Tal dualismo ético tiene aspectos cosmológicos, teológicos y antropológicos.

Ahora los ahuras son dioses que optan por asha, y los daivas demonios que eligen la mentira. Los intermediarios entre el espíritu benefactor y los seres humanos son los Anesha Spentas, Inmortales Benéficos, en realidad un conjunto de virtudes (pensamiento, verdad, devoción, plenitud, entre otros varios), propias de Ahura Mazda, pero también atributos de los mortales que se acogen al orden de la verdad.

Los sacerdotes avésticos orientales, y más tarde los sacerdotes occidentales, conocidos como magos, llevaron a cabo síntesis de los aspectos tradicionales. Recuperaron antiguos dioses y transformaron otros, como Indra, en demonios; además, aparecen otras divinidades mazdeas que son reinterpretaciones de la diosa indo-irania conocida como Sarasvati y de Mitra. En el panteón mazdeo Mitra preside, al lado de Sraosha y Rashnu, el juicio de las almas tras la muerte. Otras divinidades relevantes son ahora Verethragna, deidad de las victorias o Vayu, dios que preside el viento.

Como características cruciales del zoroastrismo derivado del mazdeísmo podríamos señalar las siguientes: la presencia del Faravahar, símbolo del alma antes de nacer y después del fallecimiento; la preeminencia del fuego como elemento sacro, lo cual redunda en el hecho de que la práctica funeraria no haya sido la cremación; y la creencia en una resurrección además de la existencia de un paraíso, en tanto que se espera un salvador, de nombre Saosyant al final de los tiempos, que hará resucitar a todos los fallecidos. Las almas tendrán que cruzar un puente y serán juzgadas tanto por sus actos como por sus palabras y hasta por sus pensamientos. Una vez eliminado el mal, la salvación se universaliza.

Las enseñanzas de Zoroastrismo, como religión monoteísta y dualista a la par, se focalizaron en la naturaleza espiritual y moral del ser humano, así como en el determinante encuentro entre el bien y el mal, destacando la libertad humana para elegir moralmente entre uno u otro. Acabaría siendo sustituida por el Islam a partir del siglo VIII.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, agosto, 2021.

 

12 de marzo de 2021

Ciudades del mundo antiguo (II): urbes del Próximo Oriente Asiático e Irán





Imágenes (de arriba hacia abajo): panorámica de los restos de Biblos, con las huellas de un templo fenicio en primer término; ruinas del asentamiento de Qumram; relieve que muestra la campaña del rey asirio Asurbanipal y el saqueo de Susa en 647 a.e.c.; vestigios del palacio real aqueménida en la ciudad de Susa; y fachada de El Tesoro, en Petra (Jordania).

En esta segunda entrega se hará un acercamiento a Jericó, Biblos, Beirut, Jerusalén, Meggido, Qumram y Petra, todas ellas en el espacio del Levante del Próximo Oriente de Asia, y a Susa y Persépolis, ambas en la región iraní. 

Jericó, Ariha en árabe y Yériho en hebreo (que significa luna, y por ello evoca a una diosa lunar), es una antigua ciudad en Cisjordania, en Palestina, próxima al río Jordán y cerca del mar Muerto. Posee una historia de más de diez milenios. Se trata de la ciudad cananea citada en la Biblia, cuyos muros cayeron ante el sonido de las trompetas del ejército de Josué, el sucesor de Moisés. En este libro sacro se le llama Ciudad de las Palmeras.

Aunque el recinto había sido excavado previamente a mediados del siglo XIX por el militar, ingeniero y arqueólogo Charles Warren, sería la arqueóloga británica Kathleen Kenyon en los años 50, quien encontraría hasta 23 estratos de civilización y habitación. Sus primeros habitantes, del período protoneolítico de la cultura natufiense, habitaban viviendas semienterradas de forma circular. A ese período siguió el neolítico Precerámico A o Sultaniense. Más tarde, en el IV milenio se constata su conexión con grupos sirios.

Si bien durante siglos Jericó estuvo deshabitada, en la octava centuria a.e.c., se documenta como una ciudad amplia que será destruida cuando Babilonia conquiste el Reino de Judá, dos siglos después. Luego sería un centro administrativo de la provincia de Judá bajo control persa, siendo después parte del imperio Seléucida, momento en que Jericó es fortificado para enfrentar la revuelta de los macabeos. Tras la caída de Jerusalén ante los romanos de Tito, Jericó no será más que un diminuta guarnición romana. Con el cristianismo en época bizantina, la ciudad volvió a poblarse y revivió a base de construcciones religiosas (monasterios y sinagogas) hasta la conquista musulmana del siglo VII.

Biblos, originalmente Gubla (según las Cartas de Amarna), la Gubal cananea, y también Ciudad de la Colina, Jebail y Gibello, es una antigua ciudad costera del norte de Líbano. En origen una ciudad cananeo-fenicia, tuvo gran relevancia en los milenios III y II por su decidida vocación comercial, sobre todo con Egipto, de donde importaba papiro, y por su privilegiada posición estratégica.

Fue el francés Pierre Montet quien hizo excavaciones destacadas en Biblos en los años 20 del pasado siglo, descubriendo el sarcófago del rey Ahirám I, además de una serie de estelas e inscripciones votivas. Biblos fue una de las tres urbes fenicias que controlaron el comercio en el Mediterráneo oriental, al lado de Tiro, urbe del dios Melkart, y Sidón, ciudad de la realeza. Sus orígenes se remontan al VI milenio, estando englobada en la región de los emitas cananeos. Según la tradición habría sido fundada por el dios El. Destacaba por sus templos dedicados a Baal Shamin y a la Señora de la Ciudad, así como por sus murallas. La ciudad estaría gobernada por reyes que recibirían el apoyo de un Consejo asesor (Señores de la Ciudad o Consejo de Ancianos).

En el III milenio se convierte en el principal imperio comercial próximo-oriental, contando con una gran flota de naves mercantes y de transportes. Por su posición geográfica obtuvo una relevancia estratégica notable, ya que en ella confluían rutas comerciales del Mediterráneo y el interior, incluyendo Mesopotamia y Anatolia, además de Egipto. Los grandes imperios (acadio, asirio, hitita), vieron Biblos como una fuente de suministros durante la Edad del Bronce (sobre todo metales, tintes y maderas). La ciudad sería ocupada por los amorreos hacia 2200 a.e.c., que pusieron fin a las dinastías cananeas, mientras que hacia 1750 los hicsos arrasarían la ciudad, pasando a reconocer la soberanía egipcia en tiempos de Tutmosis III.

Sufrió el acoso de los Pueblos del Mar, pero se recuperó gracias al comercio de las maderas (pino, cedro, encina). De Egipto traería papiro, soporte ideal de la escritura; recuérdese que es Biblos el lugar de nacimiento del alfabeto. Tales relaciones cuentan con una excepcional fuente, el Relato de Wenamún, denominado Papiro Pushkin. Finalmente eclipsada por Tiro, en el siglo VI cayó en manos persas, aunque conservó su autonomía, para unos siglos después quedar en poder de Alejandro Magno.

Beirut es la antigua Berut, lo cual alude a pozos de agua; en árabe Bayruth y también Berytus, tras ser controlada por Roma. Esta antigua ciudad es hoy capital de la República de Líbano; una de las arcaicas ciudades que han estado ininterrumpidamente habitadas (como Alepo, Susa, Biblos o Luxor, por ejemplo). Se constata presencia humana asentada hacia 3000 a.e.c. Se la menciona por vez primera en las Cartas de Amarna. A mediados del siglo II a.e.c. cae en manos seléucidas, sufriendo una remodelación helenística que le cambia el nombre a Laodicea. Un siglo después adquiere el rango de colonia, con el nombre de Iulia Augusta Berytus, destacando sobremanera por su escuela de derecho, en la que sobresale Ulpiano, originario de la ciudad. Conquistada por los árabes en el primer tercio del siglo VII, se vio superada como centro comercial por la famosa Akkra o San Juan de Acre.

Jerusalén, del hebreo Yerushalaim, es una antigua ciudad ubicada en los montes de Judea. Es llamada la Ciudad de la Paz, lugar sacro para cristianos, judíos y fieles del Islam, que cuenta hoy con algo más de 800.000 habitantes. Los asentamientos históricos más antiguos se remontan al V milenio. Habitada inicialmente por los Jebuseos en el calcolítico, no contaba con murallas y era un núcleo bastante pequeño. Pero más tarde llegaron las tribus hebreas nómadas a Canaán, hacia 1290 a.e.c., comenzando el núcleo a adquirir mucha relevancia.

De acuerdo a la tradición, sería la capital del Reino de Israel y del de Judá, así como del posterior reino franco jerosolimitano. Los escritos más antiguos que la mencionan son los Textos de Execración, del siglo XIX a.e.c., que mencionan una Joshlamen, así como las Cartas de Amarna, que hablan de Urusalem. La tradición, de nuevo, dice que fue fundada por los ancestros de Abraham, aunque es probable que lo haya sido en realidad por un pueblo semítico occidental. Siempre según la tradición, el rey David, se la conquistaría a los Jebuseos, llamándola Ir David. Su hijo Salomón construiría el templo y extendería los límites de la ciudad.

Tras ser capital del Reino de Judá, estuvo dominada por asirios, babilonios y los persas del Ciro II. Después del paso inevitable de Alejandro, el Magno, quedó en poder ptolemaico y poco después bajo control seléucida (fines del siglo II a.e.c.). Con posterioridad será capital del Reino de los Asmoneos, hasta la conquista romana, autoridad que acabará instalando al conocido rey Herodes I el Grande en el poder. Tras la toma de la ciudad por Tito, el emperador Adriano será el encargado de reconstruirla como una ciudad plenamente romana, con el nombre Aelia Capitolina.

Meggido era una antigua ciudad ubicada en el llamado Camino del Mar (Via Maris). Llegó a ser un relevante enclave comercial y estratégico. Su situación estratégica es ilustrada en el relato de una batalla que aparece en el Templo de Amón en Karnak, donde se explica cómo el faraón, a la sazón Tutmosis III, conquistó Meggido en 1479 a.e.c. Sus restos arqueológicos datan de, al menos, mediado el IV milenio a.e.c.

El yacimiento de Meggido presenta varios estratos que suponen la presencia de unas catorce ciudades o épocas de ocupación. Tales restos revelan que la ciudad fue también un centro religioso, pues ha aparecido un gran altar circular y tres templos de planta rectangular. No debe pasarse por alto que la tradición señalaba que al final de los tiempos los ejércitos de Satán se enfrentarían en el Harmaguedón (de Har Meggido, Monte Meggido).

La ciudad, que estuvo amurallada durante unos dos milenios fue, asimismo, una de las ciudades imperiales del rey Salomón (reina entre 965 y 928 a.e.c.). En la época de este soberano se construyeron varios palacios. Lo que se conoce como Establos de Salomón, tal vez almacenes, cuarteles militares o mercados, son edificaciones destacadas, así como un pozo de abastecimiento de agua, con una sala-depósito, que quizá fuese parte de un sistema de conducción de aguas de época del rey Omri o Acab, y un gran silo, datado en el siglo VIII a.e.c., cubierto por un techo abovedado. La decadencia de la ciudad coincidiría con la época en la que el faraón Necao mató al rey Josías. Ya a fines del período persa (desde fines del siglo VI al 332 a.e.c.), la ciudad quedó finalmente en ruinas.

El sitio de Qumran, en el desierto de Judea, aparece relacionado, tradicionalmente, con la célebre secta judía de los Esenios. Sin embargo, se ha apuntado que el lugar fue una parada de caravanas que abastecía a los viajeros que se desplazaban por la “ruta de la sal”, que discurría entre Jerusalén, Arabia y la región de lo que hoy es Somalia, así como una villa de invierno de ciertos acaudalados jerosolimitanos. Incluso se ha dicho que fue una fortaleza militar. Es muy probable, no obstante, que Qumran sea la Ciudad de la Sal, una de las seis ciudades del desierto de Judea que menciona Josué.

Habitada por primera vez en época israelita, como una fortaleza en el desierto, quedó abandonada al caer el reino de Judá. A partir del siglo II a.e.c. el lugar estuvo siempre habitado. Las datación arqueológicas, en cualquier caso, apoyan la idea de que la ciudad era centro de una sociedad comunal, aunque no hay evidencia directa entre los esenios y el lugar, y es muy escasa entre los esenios y el grupo que se describe en los manuscritos del Mar Muerto. Autores como Flavio Josefo, Filón de Alejandría y Plinio el Viejo han comentado que los esenios conformaban unos cuatro mil individuos en toda el área de Palestina, que vivían en casas comunales y que su afiliación se restringía solamente a los varones.

Los famosos manuscritos fueron escondidos en diversas cuevas de Qumran entre los años 68 y 70 por los habitantes del sitio. Lo remoto del Qumran proporcionaba un sitio adecuado para refugiarse y un lugar ideal para la custodia de tales manuscritos. La ciudad contaba con edificios comunales en los que aparecieron recipientes de arcilla como platos, jarras, bandejas, vasos y tinajas, que pudieron usarse en el servicio de comidas comunitarias. También había un magnífico sistema de suministro de agua, con varios canales que distribuían el líquido en varias cisternas. Al lado del asentamiento, se halló un cementerio con más de un millar de tumbas dispuestas en hileras. Los difuntos, tendidos de espalda, orientan su cabeza hacia el sur. En las tumbas excavadas solamente se han hallado restos de hombres (mujeres y niños han aparecido en las afueras del cementerio).

Petra, llamada Raqmu en árabe nabateo, fue una antigua ciudad en Jordania, capital de los nabateos, cuyo prestigio se forjaría gracias a las rutas comerciales de caravanas, lo cual propiciaría que tanto gobernantes como mercaderes enriquecidos construyesen admirables edificaciones excavadas en la roca (entre las que destacan la Fachada del Tesoro, el Monasterio o el Templo de los Leones Alados). La arquitectura tallada en la piedra corresponde, mayormente, a las tumbas de los ricos comerciantes, de nobles y monarcas. Sin embargo, en la ciudad destacan también palacios, viviendas, templos, almacenes, talleres y espacios públicos.

A pesar de su ubicación geográfica, en un laberinto de cañones horadados en la roca, la ciudad estuvo siempre abierta al establecimiento de extranjeros. El origen de la riqueza de Petra estuvo en el comercio caravanero, sobre todo de especias, seda, marfil, incienso y objetos suntuarios, pues en ella confluían varias rutas, desde donde se distribuían productos hacia Alejandría, Jerusalén, Damasco o Apamea. Las fuentes literarias, caso del Periplo del Mar Eritreo y de Plinio el Viejo, detallan las tasas a las que estaban sujetas las mercancías que atravesaban el reino nabateo. No obstante, la ciudad fue también un centro religioso y político-cultural destacado.

Ha habido, desde el Neolítico, asentamientos sedentarios en la región, como demuestra el yacimiento de Beidha, datado entre 10000 y 6000 a.e.c. En cualquier caso, el establecimiento más arcaico en Petra se fecha en la Edad de Hierro. La ciudad fue fundada a fines del siglo VIII a. C. por los edomitas, para ser ocupada en el VI a.e.c. por los nabateos, nómadas árabes, que provocan el desplazamiento de los edomitas hasta Hebrón. La ciudad pudo tener una extensión de unos diez kilómetros cuadrados un par de siglos después, aunque su periodo de esplendor, tal vez con unos 25000 habitantes, se produjo mediado el siglo I.

Fuentes como Diodoro Sículo, Estrabón o Flavio Josefo, constatan la existencia de una familia real a mediados del siglo II a.e.c. Aretas I es considerado tradicionalmente el primer rey nabateo. Aretas III, por su parte, será capaz de extender el reino hasta Damasco. Entre 64 y 63 a.e.c., los territorios nabateos fueron conquistados por Pompeyo y anexados al Imperio romano, aunque Petra obtuvo una cierta autonomía. Con Trajano, Bosra se convierte en la capital de la provincia romana de Arabia, aunque Petra no pierde relevancia. Adriano, a principios del siglo II le da el nombre de Petra Hadriana.

La apertura de las rutas marítimas en época romana asestaría un golpe mortal a Petra. La modificación de las rutas comerciales y algunos terremotos provocaron que los habitantes la abandonasen en el siglo VI, durante el período bizantino.  Los dibujos de los arqueólogos franceses León de Laborde y Louis Mauricio Linant de Bellefonds en 1828 serán los que establezcan los fundamentos del mito nabateo. Unos años después, vinieron las primeras misiones arqueológicas, como la de Jules Bertou, la de Edward Robinson o la de la asirióloga Austen Henry Layard. Sin embargo, no va a ser hasta 1924 cuando comiencen las verdaderas excavaciones científicas en el lugar.

Susa es una ciudad iraní, cerca de los montes Zagros, cuya primera impronta se data en el Neolítico, pero cuyo protagonismo principal corresponde al período protoelamita, centrado en la Edad del Bronce. Aparece documentada en textos sumerios y es mencionada en escritos hebreos y bíblicos. El asentamiento puede remontarse al séptimo milenio a.e.c., si bien los primeros indicios de organización urbana se producen en el V milenio. Sustituiría a asentamientos como Choga Bonut o Chogha Mish. Hacia 4300 a.e.c., la ciudad tendría una extensión en torno a las 17 o 18 ha.

En su primera fase sus dos grandes asentamientos serían la Apadana y la Acrópolis. De esta etapa únicamente quedan vestigios cerámicos de carácter funerario. En su segunda fase, que alcanza el 3000 a.e.c., la ciudad recibe la influencia mesopotámica de localidades como Uruk, que propiciaría la escritura y la arquitectura en la ciudad. La fase III, que alcanza el 2700 a.e.c. sería la etapa protoelamita. En esta época las tablillas anuncian la presencia de un Estado que será el fundamento del Reino de Elam, de la que será capital.

La ciudad tendrá período de autonomía con otros de sumisión a los sumerios y luego a los acadios del gran Sargón. A finales del primer milenio, de la mano de Kutik-Inshushinnak,  y hasta mediado el siglo VII a.e.c., Susa será el centro neurálgico del reino de Elam. Hacia 1400 se produce el momento de apogeo, cuando se funda un centro religioso próximo a la capital, de nombre Choga Zanbil. A mediados del siglo VII a.e.c., Elam cae bajo dominio asirio a manos de Asurbanipal, pero pocos años después pasa a manos persas aqueménidas, que convierten a Susa en su capital (con Ciro el Grande, Cambises II y Darío I). Conquistada por Alejandro Magno se mantiene como ciudad-estado griega hasta la presencia parta, cuando de nuevo Susa adquiere relevancia, ahora como capital al lado de Ctesifonte.

Después de ser destruida por los árabes y mongoles en los siglos siguientes, la ciudad desaparece de la historia hasta el siglo XIX. Serán arqueólogos británicos (Henry Rawlison, Layard, William Loftus) y franceses (Auguste Dieulafoy, y De Mecquenem y Jean Perrot, ya en siglo XX), los primeros en escavar el yacimiento en ese siglo. Hoy, la nueva Susa se llama Shush, una población relativamente pequeña de poco más de setenta mil habitantes. 

Persépolis o Parsa, fue una rica capital imperial persa de la época aqueménida, concebida como nueva capital por Darío I, con la idea de impresionar a los súbditos del Gran Rey en el momento en que le ofrecieran tributos o le homenajearan. Mucho tiempo después de su construcción se la asoció al gran rey mítico iraní, ğamšid, recibiendo el nombre de Taxt-e ğamšid, Trono de ğamšid, en tanto que en la Edad Media se denominó sad stun, Las Cien Columnas. Su construcción se empezó entre 518 y 516 a.e.c. en el centro de la región de Fars, no muy lejos de Shiraz, manteniendo la actividad durante dos siglos.

El objetivo que se buscaba con la ciudad era mostrar la unidad en la diversidad del imperio aqueménida, mostrar la grandeza del imperio y, sobre todo, justificar la legitimación del poder regio. Persépolis era en realidad un masivo complejo palaciego, ulteriormente ampliado por Jerjes I y Artajerjes I. Las capitales administrativas aqueménidas eran Susa, Babilonia y Ecbatana, de forma que la ciudadela de Persépolis desempeñaba la función de capital ceremonial, lugar de celebración de las fiestas de Año Nuevo. Erigida en una región bastante montañosa y remota, se trataba de una residencia real apenas visitada en los meses primaverales. La zona de edificación parece coincidir con una ciudad identificada con Uvādaicaya, de la cual hablan algunas tablillas babilonias, presentándola como un activo centro urbano que mantenía relaciones comerciales con Babilonia.

La ciudad fue conquistada y en parte destruida por Alejandro Magno en 331 a.e.c., convirtiéndose en la capital de Persis, una provincia del Imperio macedónico. Poco a poco, la ciudad entró en declive ya durante el reino seléucida. Muchos siglos después, tras la revolución iraní, el ayatolá Sadeq Jaljalí, con intención de erradicar las referencias culturales al período pre islámico y a la monarquía, quiso arrasar Persépolis, pero las movilizaciones de los habitantes de Shiraz, por suerte, lo impidieron.

Las primeras excavaciones arqueológicas del sitio se llevaron a cabo a finales del siglo XIX, dirigidas por Motamed Farhad Mirza, gobernador de Fars, en las que se descubrió parte del Palacio de las cien columnas. Poco después, trabajaron en Persépolis Charles Chipiez y Georges Perrot. En el primer tercio del siglo XX, se llevaron a cabo excavaciones por parte Ernst Herzfeld y Erich Friedrich Schmidt, del Instituto Oriental de Chicago. En los años 40, André Godard y el iraní A. Sami, prosiguieron las excavaciones gracias al Servicio Arqueológico Iraní. Además del Palacio de las Cien Columnas, la Puerta de Todas las Naciones, flanqueada por toros alados (lamassu) y la sala de audiencias de Persépolis, esto es, el Apadana, con una doble escalinata, son restos arquitectónicos de especial relevancia de esta especial ciudad.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, marzo, 2021.