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20 de mayo de 2020

Nuevo libro: Hablar, decir y contar. Historia y mitos para aprender. Enseñanzas desde la Antigüedad (2020)



Amigos y amigas: la presente obra recoge pequeños escritos centrados principal, pero no únicamente, en el complejo y simbólico mundo de los mitos. Estos escritos, hechos con la necesaria minuciosidad profesional, son breves historias contadas y ceñidas a realidades históricas. Los vericuetos de la mitología o las peripecias fácticas de la historia antigua, así como algunos cuentos y relatos, se entretejen y configuran una trama con héroes o superhéroes, personalidades míticas o antiguas divinidades. Las religiosidades, la muerte, la historia y los historiadores, cuentos que enseñan y moralizan, el mundo de las ideologías, además de la antigua literatura, la arqueología y la geografía de la historia antigua se reúnen en armonía en noventa y cuatro comprimidos en forma de reflexión, comentario o crítica, íntimamente asociados a la formación académica del autor. Reflexiones vertidas en contextos académicos o en encuentros algo menos formales.
A la venta ya en las principales librerías online para todo el mundo y dentro de poco en otras librerías. Si alguien desea la versión digital (la habrá en pdf y epub y será mucho más económica), tendrá que esperar algo más. Puede hacer llegar algún ejemplar gratuito al que lo desee, por privado. 
Saludo cordial, 

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, mayo, 2020

15 de octubre de 2019

Arqueología: el mapa de Nuzi (Ga-Sur)




El mapa más antiguo que se conoce es el denominado mapa de Nuzi (en la imagen), una pequeña tablilla de arcilla que fue hallada en las ruinas de una ciudad de nombre Ga-Sur, al norte de Babilonia. Ha sido fechada hacia 2500 a.e.c., si bien algunos autores creen que posiblemente pueda ser un milenio más antigua. El documento aquí representado tiene una finalidad administrativa pero también un evidente valor cartográfico, pues incluye una serie de anotaciones en escritura cuneiforme en las que se aprecia la atribución de parcelas de una particular superficie a varios propietarios específicos. El elemento central del mapa es un río, casi con total seguridad el Éufrates, cuyo sinuoso curso aparece flanqueado por un conjunto de montañas, representadas en forma de semicírculos apiñados. El curso fluvial es dibujado con líneas rectas, que se ensanchan en una especie de delta, y acaban desembocando en una gran masa de agua. Este documento cartográfico es el primero en el que hay constancia de la orientación. En el mapa se señalan los orientes principales por medio de referencias a los vientos característicos de la región, un recurso clásico en mapas posteriores.

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, octubre, 2019.

17 de junio de 2017

El ámbito geográfico en la mitología egipcia





Imágenes (de arriba hacia abajo): disco solar con la cobra Wadjet protegiendo el nombre del faraón egipcio Tutankamon. Dinastía XVIII, hacia 1350 a.e.c.; Hapy llevando una corona de flores de loto. Muro del templo de Seti I, bancada occidental del Nilo, Luxor y; Osiris paseando o navegando por las estrellas en su barca estelar de la eternidad. Techo estelar en el templo de Hathor, en Denderah.

El duat, el mundo subterráneo a través del cual el dios del sol y los seres humanos fallecidos tienen que viajar, se encontraba atravesado por un poderoso río, contenía desiertos infestados de serpientes, lagos de fuego e islas misteriosas. En una sección de los Textos de los Sarcófagos conocida como El Libro de los Dos Caminos, existían mapas que mostraban la localización de los cielos para el muerto, como el Campo de las Ofrendas y las Mansiones de Tot y Osiris.  Uno de los senderos a través del mundo subterráneo era por el agua, mientras que otro por tierra[1]. Los paisajes míticos se han inspirado, en consecuencia, en la peculiar geografía egipcia.
Los afloramientos rocosos y las colinas cónicas que asemejan las pirámides posteriores fueron marcas del terreno y lugares de reunión. Las tierras húmedas y verdes con hierba eran el hogar de una gran variedad de vida salvaje. Muchos animales, como el buitre, el león, el chacal o la gacela, entre otros varios, fueron asociados con las deidades egipcias. La ausencia de precipitaciones regulares hizo imperativo que la gente buscase fuentes permanentes de agua. Algunos grupos, los más, se asentaron en los márgenes del valle del Nilo y se aventuraron hacia las zonas pantanosas entre animales como hipopótamos, cocodrilos, toros salvajes o serpientes. En el IV milenio a.e.c. la gran mayoría de la población se encontraba asentada en el valle. Las zonas pantanosas fueron drenadas y liberadas de vegetación, de manera que comenzaron a florecer granjas de cereales y la agricultura se practicó a gran escala. Estos acontecimientos fueron hechos comprensibles a través del mito en el que Osiris viajaba entre la humanidad enseñándole las artes agrícolas[2]
El río Nilo es un factor geográfico omnipresente sin el que Egipto no se entendería. En el Delta del Nilo unas pocas colinas arenosas permanecían sobre el nivel de inundación. Este factor puede explicar porqué se decía en Heliópolis y en los sitios del norte de Egipto, que los montículos primigenios presentes en el mito estaban hechos de arena pura. En la cosmología, tanto el reino celestial como el inframundo poseían un río que discurría a través de ambos. En Egipto, la luna, el sol y las estrellas se mostraban navegando los cielos en botes. Tal es así que uno de los nombres para Egipto fue el de Dos Bancadas, en tanto que el río unificaba y, a la vez, dividía el país.
Nunca hubo puentes en el Nilo en la antigüedad, de forma que atravesar de una orilla a la otra suponía un riesgo de muerte, bien por ahogamiento o por la elevada posibilidad de ser devorado por un cocodrilo. El peligroso viaje en barco llegó a ser una parte central en el mito egipcio. El barco del dios del sol siempre era atacado por una manada de asnos salvajes o por la sierpe del caso, Apep-Apofis. La barca que llevaba el cuerpo de Osiris debía pasar a través de un conjunto de enemigos antes del que el dios renaciese de nuevo. Es bien conocido que la bancada oriental del Nilo, donde nace el sol, era el reino de la vida y, por consiguiente, el más apropiado lugar para erigir templos y ciudades, mientras que la bancada occidental, en donde se ponía el sol, era designada como  el reino del muerto y, por tanto, el lugar apropiado para edificar tumbas, cementerios y templos mortuorios.
Los egipcios contemplaron su territorio como dividido en dos zonas, la fértil Tierra Negra de la llanura inundable, la peligrosa Tierra Roja de los desiertos que rodean a la primera[3]. Isis, Osiris y Horus fueron las deidades asociadas a la primera región, en tanto que Neftis, Anubis y Set, lo fueron a la segunda. La Tierra Negra estaba bajo la constante amenaza del mar Mediterráneo y del desierto circundante. El Mediterráneo era conocido como Gran Verde, aunque un término más genérico fue el Enceñidor, el que circunda o rodea (y, por tanto, puede constreñir). De hecho, se creía que el océano primigenio, desde el cual el creador había emergido, rodeaba el mundo. La costa egipcia necesitaba elevados depósitos de limo para mantener la costa encima del nivel del mar. Una tierra contaminada con sal era inútil para el cultivo. Es por eso que un mito presentaba al Mediterráneo como un monstruo codicioso que amenazaba con cubrir la tierra entera a menos que se le ofrecieran tributos, que incluían una bella deidad, en este caso Astarté. Set, el más fuerte de los dioses, será el encargado, finalmente, de devolver el monstruo al mar[4].
Se pensaba que la fuente principal del Nilo estaba en el océano primigenio. La inundación anual era descrita, en consecuencia, como el retorno de Egipto a su estado primigenio. Las aguas de las crecidas tenían que ser cuidadosamente controladas por sistemas de de canales y diques para, de esa manera, impedir desastres.
Por tal motivo, se ofrecía más una adoración a los controladores divinos del Nilo, como los dioses creadores y las diosas de las estrellas, que al río mismo. Dieciséis vasijas, o el mismo número de figuras de Hapy, quien personificaba los aspectos benevolentes de la inundación, solían ubicarse en algunos templos para representar el nivel perfecto de agua. Con el paso del tiempo, ciertos mitos fueron reconfigurados para explicar la crecida y asegurar, así, su uniforme continuidad. De tal manera, las lágrimas que vierte Isis por su marido, así como las sustancias que transpira su cuerpo, se convirtieron en causas de la inundación. El poder de la inundación, para traer vida y muerte se vincula con el mito del Diosa Distante, una hija de Ra, la cual tras un altercado con su padre, se fue a vivir al desierto, y a la que se persuadía para que regresase.
Los desiertos que rodeaban la Tierra Roja contenían importantes recursos vitales para los egipcios, como minerales o piedras necesarias para las construcciones. Por ese motivo, se enviaban expediciones para explotar tales recursos, aun a riesgo de morir de cansancio, de calor o por alguna tormenta de arena. La imperiosa necesidad de mantener limpios de arena los canales de irrigación era tan importante que, incluso, se esperaba que fuese también un trabajo que había que desempeñar en la otra vida.  En virtud de estas condiciones medioambientales no es sorprendente que la mitología egipcia haya estructurado la vida como una constante lucha entre las fuerzas del orden y las del caos. En esa batalla todos debían participar.
Los egipcios podían, eventualmente, dejar el mundo ordenado y penetrar en una zona pantanosa o desértica. Las áreas de marjales se localizaban en  las proximidades del valle del Nilo y, sobre todo, en ciertas zonas del Delta. Estas regiones pantanosas eran representadas en el arte egipcio y empleadas en la literatura como lugares de deleite pero también de extremo peligro. Eran territorios sacros para Hathor-Sekhet, la Gran Diosa Vaca, Sobek, el Señor de los Lagos, o Wadjet, la diosa cobra. En ocasiones, los fallecidos eran mostrados en las pinturas murales de las tumbas cazando o pescando en el dominio de esas divinidades. Los tranquilos cañaverales del Delta inspiraron el paraíso egipcio conocido como el Campo de las Cañas. No es difícil imaginar que las altas y delgadas plantas de papiro ocultasen la isla flotante de Chemmis, en donde la diosa Isis había dado a luz a su hijo Horus. 
Del mismo modo, peligrosos seres sobrenaturales podían hallarse más allá de las colinas que bordeaban el valle del Nilo. Hasta alrededor de 1500 a.e.c., el desierto fue imaginado como la casa de monstruos tales como felinos con cabeza de sierpe, grifos, o del dios Set, que mezclaba en sí elementos diversos de animales exóticos. Así, la gran Esfinge de Giza, con su cuerpo leonino y cabeza humana, se concebía como un monstruo del desierto que luchaba para el beneficio del orden. El profundo desierto era, asimismo, el reino de la Diosa Distante o la que Anda Errante en la Lejanía. Su historia se localizaba, en ocasiones, en el desierto occidental, en Libia, en el del sur (nubio), o, incluso, en la remota tierra de Punt. La diosa andaba vagando en la forma de un gato salvaje, una leona o un grifo hembra. Los dioses que eran enviados en su busca para encontrarla debían disfrazarse ellos mismos de monos o simios para correr menos riesgos al aproximarse a ella. El mismo Tot, el dios de la sabiduría, tuvo que emplear toda su elocuencia para persuadir a esta hija de Ra para que dejase su medioambiente salvaje y regresase a la sociedad civilizada en el valle del Nilo. El dios describe cuán desolado se encuentra Egipto sin su radiante presencia.
En muchas historias ocurrían cosas terribles a las gentes que dejaban Egipto. Es el caso, por ejemplo, de un príncipe que es atacado por un perro, una sierpe y un cocodrilo (El Príncipe Condenado), o de un sacerdote que es saqueado por piratas (El Viaje de Wenamun). El regreso del héroe a Egipto, con mayor sabiduría que la que poseía al salir, era el normal y apropiado final de estas historias.  El caso bien conocido de Sinuhé también es paradigmático. Al comienzo de esta historia Sinuhé se ve obligado a huir de Egipto después de haber sido implicado en un complot para asesinar el rey Amenemhet I (1985-1956 a.e.c.). Es forzado a exiliarse y vivir entre los moradores de las arenas.
Desde tiempos arcaicos, cada asentamiento, de cualquier consideración, poseía un santuario dedicado al dios o diosa que presidía la región. En ciertos períodos el gobernador hacía las veces también de gran sacerdote de la divinidad local. Eventualmente, cada uno de los cuarenta y dos nomos o distritos administrativos de Egipto tuvieron su deidad local o grupo de ellas. Esos nomos estaban representados por símbolos similares a los escudos heráldicos, que debían vincularse a la deidad del nomo o al título original del mismo. El décimo quinto nomo del Alto Egipto fue denominado el nomo de la Liebre, y estaba representado por uno de estos animales, aunque las divinidades que lo presidían eran Tot y la Ogdóada de Hermópolis. El décimo séptimo, por su parte, se llamaba el nomo del Chacal, y estaba representado por un chacal sentado con una pluma. El dios que presidía era, por supuesto, el dios chacal, Anubis.
Las tradiciones locales fueron, muy a menudo, registradas en listas de seres, lugares y objetos sacros. En este sentido, un papiro hallado en Tanis enlista los festivales, cementerios, tabúes, animales sacros, peces, deidades-sierpe, montículos, lagos y árboles sagrados de cada nomo[5]. Tales listas persiguen mostrar la variedad de creencias más allá de la uniformidad impuesta en el arte de los templos.
Los rasgos topográficos como los montículos con antiguos árboles o los huecos en los acantilados que asemejaban las legendarias montañas del horizonte, debieron dar comienzo a una mítica asociación, si bien tales asociaciones  serían reforzadas en ciertas épocas por acciones rituales. Las asociaciones debieron ser fomentadas por la manipulación artificial del paisaje. Los montículos serían construidos para llegar a ser el montículo primigenio o el lugar de residencia de Osiris. Lagunas o piscinas rituales fueron excavadas en los templos. Fueron empleadas para simbolizar el océano primigenio o el lugar en el que se desarrolló el gran combate acuoso entre Horus y Set.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP, Granada. Junio, 2017.



[1] El camino del sol diurno podía ser concebido como una vaca celeste o como la diosa desnuda Nut, mientras que el camino del sol nocturno era, en ocasiones, pensado como un sendero bajo tierra o dentro del cuerpo de Nut.
[2] Inicialmente, las personas que llegarían a ser los antiguos egipcios eran cazadores y pastores de ganado y tenían un modo de vida semi nómada. 
[3] Kemet, tierra negra y desheret, tierra rojiza. Esta última representa el desierto, los países foráneos y los terrenos áridos. El rojo simboliza desolación, muerte, en oposición al negro o verde, que implica regeneración.
[4] La historia, que parece una adaptación de un mito ugarítico de Siria, fue casi trascendente en el Delta oriental, en donde Set, quien a la postre hizo huir al monstruo hacia el mar, fue una deidad muy popular.
[5] Un rollo ilustrado conocido como Papiro Jumilhac, datado hacia el siglo IV a.e.c., incluye mitos que explican los distintivos rasgos del nomo del Chacal, como los topónimos, los rituales, minerales, las plantas inusuales y los rasgos topográficos.

29 de noviembre de 2016

La Guerra del Peloponeso (431-404 a.e.c.): ¿una “guerra civil” en la antigüedad? (II)


Combate de hoplitas en una hidria ática de figuras negras, datada entre 560 y 550 a.e.c. Hoy se encuentra en el Louvre.

En la denominada guerra arquidámica, el rey espartano Arquídamo II llevó a cabo una primera invasión del Ática. Se distinguen en ella dos períodos, el del mandato de Pericles (431-429) y el de la peste y los sucesores de Pericles (429-421). Aunque se esperaría el comienzo de las hostilidades por ambas partes, lo cierto es que surgió de forma inesperada por parte de los beocios, quienes no pertenecían, en apariencia, a ningún bando, si bien estaban del lado de los espartanos y, en especial, apoyaban a los corintios.
En 431 los tebanos atacaron Platea, aliada de Atenas desde el siglo VI a.e.c., momento desde el cual se resistía a pertenecen al koinon beocio. A pesar de la amenaza, los platenses masacraron a sus invasores. Todo ello provocó los preparativos de guerra.
El ejército lacedemonio al mando del rey Arquídamo invadió un Ática despoblada. Arrasaron los campos cultivados y destruyeron vides y olivos, pero no consiguieron provocar la salida de los hoplitas atenienses a campo abierto para una batalla campal. Por el contrario, la respuesta de Atenas, decidida por Pericles, fue la sorpresiva invasión de las costas  de Acarnania, Élide y Mesenia con la escuadra naval al mando de Demóstenes. Con esta acción, Atenas integra la isla de Cefalonia en la alianza ateniense y alcanzar la costa de Argólida (Epidauro, Trezen), así como la costa Laconia.
Una causa inesperada fue la que obligó, en 430 a.e.c. a los peloponesios a abandonar el Ática, la peste. En los siguientes años, la enfermedad acabó con un tercio de la población ateniense. La pérdida del propio Pericles a causa de la peste (con el consabido vacío de gobierno y la lucha por el mismo entre los demagogos Nicias y Cleón), así como el debilitamiento de Atenas, fueron causas decisivas que cambiarían la suerte de Atenas en la guerra. Nicias, de familia acomodada, buscaba alcanzar la paz con Esparta lo más pronto posible, de modo que su política iba dirigida no a continuar las disensiones sino a pactar y negociar con los adversarios; Cleón, por su parte, no era un aristócrata, pero sí más enérgico y tenaz que Nicias. Creía en el triunfo de Atenas y, por tanto, en mantener el conflicto, esperando la victoria final. La asamblea ateniense acabaría confiando el poder a Nicias, que firmaría una frágil paz con Esparta.
La serie de acontecimientos que siguieron no han dejado de ser difíciles de explicar en varios casos. Los espartanos, incitados por los tebanos atacaron Platea. Tras un año de asedio Platea fue arrasada y su territorio se convirtió en propiedad de Esparta, para ser  cedido en arriendo a Tebas. La crueldad mostrada por Esparta es, generalmente, achacada a las exigencias tebanas. Mientras, se produce el abandono de Atenas, quizá motivado por la peste, o también, como consecuencia de la sublevación de Mitilene, en la isla de Lesbos, propiciada por los oligarcas.
La sublevación de Mitilene fue seguida por otras polis, con la excepción de Metimna, que fue la encargada de avisar a Atenas de la secesión. El contingente militar ateniense asedió la isla y obligaron a la capitulación, en 427 a.e.c. a las autoridades mitilenias. Se decretó la muerte de todos los mitilenios adultos así como la esclavitud para las mujeres y los infantes. Sin embargo, se revocaría el terrible decreto. Únicamente las tierras acabaron siendo repartidas a los clerucos atenienses.
Otro hecho relevante ocurrió en 427 a.e.c., cuando estalló la guerra civil en Córcira, entre los oligarcas, vinculados a Corinto y partidarios de la Liga del Peloponeso, y el Demos, partidario de la alianza ateniense, un conflicto local que se tornó contienda entre espartanos y atenienses. La fuerza naval ateniense, al mando de Eurimedonte, logró imponerse, si bien se cruzaron de brazos y no impidieron las matanzas que siguieron tras la derrota de los oligarcas corcirenses.
Por otra parte, ese mismo año la ciudad de Siracusa intentó aumentar su expansionismo en la costa este de la isla, en perjuicio de las ciudades calcídicas, y chocando sus intereses con localidades como Camarina, Locros o Regio. Siracusa tuvo el apoyo de las ciudades de origen dorio, caso de Gela, Hímera y Selinunte, que simpatizaban con la confederación espartana. Ante esta situación, Leontinos solicitó ayuda a Atenas, que envió un pequeño contingente militar a la isla. Sin embargo, la verdadera misión ateniense fue de carácter propagandístico, pues su presencia allí permitiría que Atenas se autoproclamase defensora de la libertad de las poleis griegas de occidente frente a la propaganda espartana, que deseaba ejercer de paladín de las ciudades del Mediterráneo oriental. Además, dificultaría el envío de suministros, en forma de cereal, hacia el Peloponeso. No obstante se produjeron victorias militares atenienses, pues Demóstenes triunfaría en Olpas y Ambracia.
Un nuevo episodio fue el que protagonizaron los estrategas Eurimedonte, Sófocles y Demóstenes cuando fueron enviados a Córcira, Demóstenes desembarcó en la bahía de Pilo, en Mesenia, donde estableció un puesto fortificado. Tal vez esto respondiese a un plan preconcebido, pues desde esta estratégica posición podía contactar con los hilotas de Mesenia, apoyar una sublevación, siempre temida por el estado espartano, y hasta amenazar con una invasión. Los espartanos enviaron un destacamento a la isla de Esfactería, ubicada al sur de Pilo, pero la flota ateniense bloqueó la bahía, cercando así el destacadamente lacedemonio. La inquietud espartana propició el envío de una embajada a Atenas para negociar la paz. La propuesta espartana consistía en el desbloqueo a cambio de una paz entre Esparta y Atenas. No fue aceptada y, por tanto, los atenienses se aprestaron  a reducir a los lacedemonios sitiados en Pilo. La victoria ateniense conllevó, incluso, la toma de prisioneros de guerra, entre los cuales había espartiatas de las principales familias lacedemonias, La victoria fue aprovechada también para aumentar el tributo de los aliados (llamado ahora la tasación de Cleón).
Con todos estos éxitos, los atenienses olvidaron el acertado programa de Pericles de mantener una línea defensiva frente a Esparta. Si bien Nicias triunfó en Cinunia y Citera, el ejército ateniense fue derrotado en Delión, una derrota cuyos efectos psicológicos serían relevantes. El general espartana Brásidas se convirtió ahora en un rival de cuidado. El general y su ejército logran conquistar las ciudades de Acanto, Estagira y Anfípolis, en la Calcídica. Otras ciudades se aliaron al bando espartano. En su empeño por recuperar las posiciones perdidas, el propio Cleón fue derrotado por Brásidas en Anfípolis, batalla en la que ambos perdieron la vida.
Los sucesores de ambos generales muertos en Anfípolis, Pleistoanacte, rey de Esparta e hijo de Pausanias, por una parte, y Nicias, por la otra, decidieron firmar un tratado de paz, aprovechando las circunstancias de ambos bandos. Atenas se encontraba bastante agotada por la peste y el propio esfuerzo bélico; además contaba con un debilitamiento económico sustancial que incluía la pérdida de cosechas y una agricultura ruinosa. Los espartanos, por su parte, además del desgaste, sufrían una crisis demográfica que implicaba la disminución de hoplitas, y la siempre latente posibilidad de una rebelión hilota.
El tratado se centraba en tres aspectos cruciales. El primero decidía la certeza de poder acceder y sacrificar libremente en los santuarios panhelénicos. En particular Delfos obtuvo un trato de privilegio, pues tendría autonomía judicial, legislativa. El segundo regulaba la devolución de ciudades, territorios y prisioneros de uno y otro bando[1]; en tanto que el tercero establecía que el tratado de paz tendría una duración de cincuenta años.
Algunos aliados de Esparta no estuvieron conformes con el pacto, caso de los corintios, eleos, megarenses y beocios, que entendían que sus intereses no eran contemplados al negociar la paz. En tal sentido, se negaron a prestar el solemne juramento al tratado. Entendiéndose perjudicados, conformaron por sí mismos un tercer bloque, en el seno del cual los corintios acordaron con Argos una coalición que se presentaba como tercera fuerza frente a las dos potencias. Ello motivaría qué Esparta y Atenas concertaran una alianza defensiva entre sí por una duración de cincuenta años.
En el fondo, la paz no parecía satisfacer a nadie. Existía un panorama de incertidumbre y confusión en el ámbito político griego. Ante la compleja situación, cada potencia concertaba alianzas por su cuenta. Así, por ejemplo, Corinto, Argos, Mantinea, Elide, así como algunas ciudades calcídicas que no deseaban volver a la Liga ateniense, firmaron una coalición propia. Tal compleja situación sería aprovechada por un político ateniense de nombre Alcibíades.
Sobrino de Pericles por línea materna, Alcibíades ha sido caracterizado por su ambición sin límites y una completa carencia de ética y escrúpulos. Elegido estratega en 420 consiguió, gracias a sus persuasivas artes, que Atenas firmase un pacto defensivo con Argos, Mantinea y Élide, denominado Cuádruple alianza. Su actitud anti-espartana, así como su enemistad con Nicias, pudieron ser factores cruciales que le llevaron a arrastrar a Atenas hacia una política abusiva en contra de Esparta, de fatales consecuencias.
En 419 a.e.c. Argos atacó a Epidauro, una aliada de Esparta, que se apresuró a enviar refuerzos e invadir Argólida. En cumplimiento de su alianza defensiva, Elide, Mantinea y Atenas, como respuesta, se introdujeron en la llanura de Arcadia, aliada de Esparta. El rey espartano Agis, les salió al paso en Mantinea y les propició una severa derrota a los miembros de la cuádruple alianza. En consecuencia de la victoria de Mantinea, Esparta recuperó su hegemonía sobre la Liga del Peloponeso, y firmó un tratado con Argos, el rey  II de Macedonia y las ciudades calcídicas. Los efectos en Atenas los pagó Hipérbolo con su ostracismo en 417 a.e.c.
Melos, gracias a la paz de Nicias era neutral y no pagaba tributo a Atenas. Melos y Thera se negaban, como antiguas colonias espartanas, a entrar bajo la influencia ateniense, manteniendo su neutralidad ante la liga marítima. Pero después del fracaso de Mantinea, Alcibíades estableció como nuevo objetivo imponer el imperialismo ateniense en el Egeo. Para ello, y como excusa perfecta, se acusó a los melios de traición y se les obligó a entrar abiertamente en conflicto. Finalmente, Melos fue asediada y conquistada en 415. Los melios fueron obligados a capitular ante los atenienses  Los hombres fueron ejecutados mientras que las mujeres y los niños fueron vendidos como esclavos.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR.



[1] Atenas restituía Pilo y la isla de Citera a Esparta, además de Corifasion, Metana y Pteleon, entre otros lugares. A su vez, los espartanos entregaban a los atenienses Panactón, en Beocia y Anfípolis en Tracia.

20 de noviembre de 2016

La Guerra del Peloponeso (431-404 a.e.c.): ¿una “guerra civil” en la antigüedad? (I)


Mapa que muestra el escenario en el que se desarrolló la Guerra del Peloponeso, con los aliados de cada bando.


El enfrentamiento que se produjo entre Atenas y Esparta, con sus respectivos aliados, en el último tercio del siglo V a.e.c., trajo consigo una serie de profundos e irreversibles cambios en el ámbito cultural, en la estructura social y el marco ideológico-político de Grecia.
La fuente principal para abordar la Guerra del Peloponeso es Tucídides, un antiguo estratega ateniense, en cuya obra, repleta de alusiones y datos de todo tipo, se demuestra el profundo conocimiento que poseía sobre el desarrollo del conflicto. Otra fuente básica es Jenofonte, también ateniense, continuador de la obra de Tucídides. En los dos primeros libros de sus Helénicas describe minuciosamente los acontecimientos acaecidos entre los años 411 y 404 a.e.c. Contemporáneo de Jenofonte, y tal vez asimismo ateniense, pudo haber sido el autor de las Helénicas de Oxirrinco  nombre que reciben los fragmentos de una Historia de Grecia que abarca desde 412 a 386 a.e.c. continuadora, probablemente, de la narración de Tucídides.
Algunos autores posteriores, ya del siglo IV a.e.c., que trataron el período de conflicto fueron Teopompo y Ebro, cuyas obras, sin embargo, han llegado a través de otros, de modo que no se pueden considerar testimonios de primera mano. Ambos fueron utilizados por Justino en el libro V de Epitome Troyana. También Éforo comenta estas épocas en los libros XI y XII de Bibliotheca Histórica. Plutarco, por su parte, trata este turbulento período en sus biografías sobre Pericles, Alcibíades y Lisandro. Las fuentes literarias no históricas más significativas son la tragedia y, en específico, la comedia de Aristófanes, la cual arroja luz acerca de la sociedad griega contemporánea de esta tan relevante etapa histórica de la antigua Grecia. Entre las fuentes epigráficas, finalmente, se destacan las listas de los Foros (tributos de los aliados).
La Guerra del Peloponeso fue un conflicto entre dos grandes coaliciones, alianzas de poleis, la Liga del Peloponeso y la Confederación Ático-Délica. Atenas estaba al frente de la Confederación Ático-Délica, que estaba compuesta de unas doscientas poleis. Controlaba prácticamente todo el mar Egeo (excepto la isla de Melos), y estaba reforzada por las cleruquías atenienses ubicadas en enclaves costeros estratégicos. En la Grecia central, esta confederación contaba con aliados importantes, como Tesalia y Platea, en Beocia. Además, mantenían también tratados de alianza con Atenas algunas ciudades de la Magna Grecia y de Sicilia (Catania, Leontinos, Regio). Su característica primordial es que poseía una poderosa flota armada. Por otra parte, la reserva financiera ateniense era notable. Se contaba, además, con los recursos de los templos y centros religiosos, algunos de cuyos tesoros eran cuantiosos.
La Liga del Peloponeso, por su lado, estaba encabezada por Esparta que acaudillaba los estados del Peloponeso, con la excepción de Argos y Acaya, Luego se unieron Mégara, y las federaciones de Locria, Beocia y Focea. Solamente faltaba Platea. En el occidente griego eran afectas a esta liga Ambracia, Anactorion y Leucade, en el Adriático, además de Tarento, Locros y Siracusa en la Magna Grecia y Sicilia. El poderío espartano residía en la fuerza del ejército terrestre, cuya base era la infantería espartana. Aunque el ejército hoplítico espartano era muy superior, en número, al ateniense, la Liga del Peloponeso presentaba otras debilidades, en concreto, la escasa disponibilidad financiera que impedía mantener campañas militares prolongadas. Tal carencia económica obligaría a Esparta a relacionarse con los persas para obtener subsidios, un factor que acabaría deteriorando la credibilidad y respetabilidad espartana.
Otra deficiencia espartana era la inicial carencia de una flota naval. La flota peloponesia que luego se conformó, principalmente proporcionada por aliados como Corinto, Mégara, Ambracia, Sición y Elide, fue siempre muy inferior a la ateniense, tanto en cantidad como en calidad. Por otra parte, frente al sentido práctico, ágil e innovador de los atenienses, el conservadurismo espartano provocó un anquilosamiento en antiguas tradiciones guerreras, que restaban celeridad y hacían difícil una adaptación a las circunstancias. El temor a las rebeliones hilotas también fue un motivante mayor a la hora de señalar las precariedades de la Liga del Peloponeso.
No están claras las posibles causas que pudieron motivar el conflicto. Se ha apuntado el poder y la hegemonía que había alcanzado el Imperio ateniense tras las Guerras Médicas, lo cual suponía una amenaza para Esparta. Sin embargo, la política ateniense dirigida por Pericles ni fue agresiva ni se orientaba a provocar conflicto alguno frente a Esparta y la Liga del Peloponeso. En este mismo orden de ideas se ha argumentado que Atenas, además de consolidar su Imperio, aumentó su hegemonía en el Egeo y en el Mediterráneo occidental, tal y como se aprecia en la inflexibilidad de su dominio y el cada vez más opresivo aumento de los Foros sobre sus propios aliados.
Las causas pudieron ser variadas y de diversa índole, política, social y económica. En el ámbito político, el hecho de que Atenas se hubiese convertido en modelo y defensora de la ideología y las instituciones democráticas frente a los estados oligárquicos y aristocráticos habitualmente filo espartanos, pudo tener su peso; desde un punto de vista social, es probable que los partidarios de los regímenes democráticos fuesen aquellos dedicados al comercio y la industria, mientras que los grandes y pequeños agricultores, se identificarían mayormente con el sistema del Estado espartano, tal vez porque uno u otro favorecían más el modo de vida y la economía de uno sobre el otro. Desde un ángulo económico, resulta plausible que la expansión y consiguiente prosperidad de la Liga Ático-Délica, por el Egeo, el Mediterráneo occidental y en el Ponto Euxino perjudicara ostensiblemente los intereses económicos de algunas ciudades tradicionalmente comerciales, en particular Corinto, Sición, Mégara y Egina. Como estas dos últimas acabaron insertas en el ámbito comercial ateniense, sería Corinto el rival más peligroso que buscaría la caída de Atenas.
Hubo tres acontecimientos que la tradición ha entendido como antecedentes (los preludios de Tucídides) previos de la Guerra. Los tres, en conjunto, serían los detonantes que provocarían la ruptura de la Paz de los treinta años.
El primero de ellos fue la guerra entre Córcira y Corinto. Corinto decidió intervenir en un conflicto interno surgido en Epídamno, una colonia fundada por Córcira que, a su vez, era una anterior fundación corintia. Corinto se inmiscuye siguiendo el principio de que quería mantener su prestigio y autoridad como metrópoli en sus colonias fundadas en el Adriático (mar Jónico). Ante la presión de Corinto, los oligarcas de Epidamno pidieron ayuda a Córcira, que propusieron la intervención neutral de la Liga del Peloponeso y de Delfos, propuesta que Corinto rechazó. Corcirenses y corintios se vieron en la obligación de entablar una batalla naval, de la que salieron victoriosos los de Córcira. En virtud de la amenaza de Corinto, los corcirenses solicitaron, en 443 a.e.c., su entrada en la Liga Ático-Délica, con lo que obtenían la consiguiente ayuda de Atenas. Con todo ello, Atenas lograba una fuerte influencia en esa área del Mediterráneo occidental, gracias a la alianza establecida con Córcira, en perjuicio de los intereses corintios. Las relaciones con Atenas sufrieron un ostensible deterioro.
El segundo fue la defección de Potidea, en el marco de tensión entre Atenas y Corinto. Potidea, una ciudad de la península calcídica, pertenecía a la Liga Ático-Délica, pero era una antigua fundación de Corinto, con la que la metrópoli mantenía los tradicionales lazos filiales. Atenas le encomendó varias exigencias, ante las cuales los potideos enviaron emisarios no solamente a Atenas sino también a polis como Esparta de la que obtuvieron la promesa de responder invadiendo el Ática si Atenas atacaba Potidea. Con el apoyo de macedonios, beocios y calcidios, los potideos se rebelaron contra Atenas, ante lo cual Corinto envía ayuda a su colonia.
El tercero fue el decreto contra Mégara. Este decreto era un psefisma, esto es, una resolución que determinaba un bloqueo mercantil a Mégara, impidiendo su acceso comercial a los puertos ateniense y a los de las ciudades de la Liga Ático-Délica. Parece muy probable que este decreto, solicitado por Pericles en torno a 433 a.e.c. fuese realmente el estallido final de la guerra. La causa directa del mismo, que Plutarco señala, fue la protesta oficial de Atenas porque los megarenses cultivaban un campo inserto en el recinto sacro de Eleusis.
El asesinato del emisario que fue enviado para protestar por parte de los megarenses, propició una indignación popular. Es muy probable que las verdaderas y últimas motivaciones de esta política ateniense fueran disponer del territorio megarense, arrebatándolo de la órbita espartana. Si este fue el caso, como todo apunta, Atenas ya se disponía, entonces, para la guerra.
A pesar de la gran tensión, se mantenía el acuerdo de la Paz de los treinta años. Sin embargo, las ciudades comerciales más perjudicadas por el imperialismo ateniense, Mégara, Egina y Corinto eran también las más interesadas en romper esta paz. En 432 a.e.c. los embajadores corintios expusieron sus denuncias contra Atenas, a quien acusan de esclavizar a las ciudades griegas, sin dejar de señalar a Esparta por permitirlo. En tres embajadas, los espartanos solicitan, entre otras cosas, el fin del asedio a Potidea, la libertad de Egina y la abolición del decreto contra Mégara, y finalizan con un ultimátum: la independencia de los griegos o la guerra.
La Guerra del Peloponeso pasó por una serie de fases. La primera fue la llamada guerra arquidámica (431-421 a.e.c.), también llamada Guerra de los Diez Años; la segunda la paz de Nicias; la tercera sería la gran expedición a Sicilia (415-413 a.e.c.) y; la cuarta, y última, la guerra decélica (412-404 a.e.c.).

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. 

8 de marzo de 2016

Escenarios míticos en la geografía griega de la antigüedad


Miniatura del siglo XV en la que se observan serpientes que atacan a las tropas de Alejandro Magno en India.

El horizonte geográfico griego se vio ampliado desde el siglo VIII a.e.c. y hasta el VI, gracias al proceso colonizador. Fue el momento en el que algunos escenarios míticos, como el caso del destino final de los Argonautas o el lugar de vivienda del temible Gerión, anteriormente ubicados de modo tenue y nebuloso en los confines remotos del orbe, se localizan en regiones determinadas, la costa este del mar Negro, en la actual República de Georgia, y las islas próximas a Gades, la ciudad colonia fenicia en la costa mediterránea española, respectivamente. No obstante, el viaje hacia los confines permaneció siendo considerado como un hecho de naturaleza divina, heroica, tal y como ponen de manifiesto los periplos de Aristeas de Proconeso, que se dirigió hacia el norte del mar Negro inspirado y conducido por el dios Apolo, y de Coleo de Samos, que tomó rumbo, en el siglo VIII a.e.c., hacia Tartessos gracias a la ayuda divina, aunque su destino inicial era Egipto[1].
Los confines fueron adquiriendo cierta entidad geográfica, fenómeno acentuado en la época en la que irrumpe en la historia el imperio persa, sobre todo debido a la expedición de Cambises a Egipto y a las conquistas militares de Darío I, que se extienden hasta India. En cualquier caso, y a pesar de esta presencia activa persa, el aspecto mitológico que rodeaba los lugares no varió considerablemente. De hecho, los confines, los límites, siguieron mostrándose sumamente peligrosos. Incluso en época de Alejandro Magno, Curcio Rufo cuenta cómo un grupo de serpientes voladoras atacaron a las huestes del Magno en territorios indios, o cómo el propio macedonio tuvo que luchar contra bestias de cualquier tipo, entre las que se destacó una suerte de dinosaurio denominado odontotirano.
Lo cierto es que en los confines del mundo (conocido, refinado, culto, ordenado y jerarquizado), moraban gentes, pueblos y seres cuyas condiciones y aspecto eran extraordinarios, como ocurría con los longevos etíopes o con los septentrionales arimaspos, los hombres de un solo ojo, al modo de los cíclopes. No obstante, no se puede obviar que las conquistas alejandrinas constituyeron un momento significativo en la ampliación de los horizontes geográficos desde la perspectiva cultural helena.
Las historias fabulosas, a pesar de la ampliación de la óptica griega, siguieron contándose, perduraron y mantuvieron su popularización. Nearco y Onesícrito, por ejemplo, todavía mencionaban hormigas gigantescas que se habían erigido en guardianas del oro, hablaban de monstruos que habitaban las procelosas aguas del Océano o de grandes sierpes en India, y referían la presencia de salvajes que se nutrían únicamente de pescado[2] y hacían sus casas con las raspas del pescado. Incluso mantenían viva la tradición de la presencia hombres de gran sabiduría, los famosos sabios desnudos (gimnosofistas).
En términos generales, la imagen de territorios extraños, extraordinarios, morada de gentes sabias pero también salvajes e incultas, con costumbres exóticas, perduró a lo largo de la antigüedad y fue heredada en la Edad Media[3]. Dicho de otro modo: ni los avances en los conocimientos geográficos ni siquiera el carácter racionalista, además de escéptico, de ciertos autores antiguos, lograron eliminar esta imaginería fabulosa, mágica y mítica de los confines del mundo.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB, Caracas. FEIAP-UGR.


[1] No se puede pasar por alto que la hornada de dioses olímpicos ya habían expulsado hacia esos confines del orbe, más allá del poderoso río primordial Océano, a los seres primigenios a los que habían derrotado: titanes, gigantes y monstruos de diversa consideración.
[2] Los ictiófagos hacen harina del pescado que luego comen, tanto ellos como su ganado. Por tal motivo, sus animales saben a pescado. A falta de madera, construyen sus viviendas con conchas de ostras y huesos de ballena. Nearco también menciona la isla de Nosala, donde vivía una nereida que convertía a los hombres en peces, que luego arrojaba al mar.
[3] En algunos mosaicos medievales, como los de la catedral italiana de Otranto, datados en el siglo XII, se pueden observar bestias de India, fabulosos híbridos zoomorfos con cabezas humanas.

7 de septiembre de 2009

División político-administrativa de China

La moderna estructura administrativa china se divide en provincias, distritos y cantones. En el primer grupo la mayoría de las circunscripciones está formada por provincias (en total 23, incluyendo Taiwán), cinco regiones autónomas (Mongolia interior, Guangxi, de la etnia Zhuang, Tíbet, Ningxia, de la etnia Hui, y Xinjiang, de la etnia turca uigur), y los municipios que se hallan bajo la jurisdicción central. En el segundo encontramos prefecturas autónomas, distritos y municipios, en tanto que en el tercero los cantones de minorías étnicas y poblados. Los municipios bajo la jurisdicción central (Beijing, Tianjin, Shanghai y Chongqing), así como otros de grandes dimensiones, se dividen en distritos urbanos y suburbanos. Además, completan esta estructura, dos regiones administrativas especiales (Hong Kong y Macao), que surgieron a partir de la presencia europea en siglos anteriores.
Prof. Dr. Julio López Saco

8 de julio de 2009

Mapa de India: división político-administrativa

La superficie de la Unión India es de 3.287.590 kilómetros cuadrados, conformándose como el séptimo país del mundo en extensión y el segundo en población. El territorio está rodeado por el Mar de Arabia en el Suroeste, el Golfo de Bengala al Este y el Océano Índico y Sri Lanka por el Sur. Ocupa la Latitud de 8º 4' a 37º 6' y está ubicada por completo en el hemisferio norte. La Longitud abarca desde los 68º 7' E a 97º 25' E. Desde el punto de vista orográfico se destacan, de norte a sur, el Himalaya, la llanura indo gangética, y las mesetas del Decán y de Malwa, flanqueadas por los Ghats orientales y occidentales.
Prof. Dr. Julio López Saco