3 de octubre de 2005

Antigüedad griega II

LA LITERATURA GRIEGA DE HECHOS EXTRAÑOS Y FANTÁSTICOS: UN IDEAL DEL MUNDO

Prof. Julio López Saco


Los relatos de acontecimientos extraños y fenómenos fantásticos se encuadran en un género literario llamado paradoxográfico, que alcanza su período de esplendor en el helenismo. Como género libresco, que brota del furor sapiencial de la época helenística, tiene su lugar de origen a la sombra de las grandes bibliotecas, en especial Alejandría. Su éxito, íntimamente conectado a la imaginación helena y a una intrigante curiosidad hacia los territorios y gentes desconocidas y, por ello, misteriosas, responde a un ideario del mundo griego etnocéntrico, replegado sobre sí mismo, que contemplaba la periferia del resto del orbe fuera del alcance humano, sólo potencialmente dominable por parte de algunos de los más grandes héroes o dioses panhelénicos, como Heracles. Esta imagen del Universo, ordenada, sistemática y jerarquizada, la proporcionaba la imaginación mítica, que describía la tierra como un disco rodeado por el agua de Océano, más allá del cual existía una periferia difuminada, misteriosa, repleta de regiones extraordinarias y seres fantásticos de naturaleza asombrosa. Estas presencias extrañas, que pueden ser el resultado de recónditos temores psicológicos humanos, al lado de los típicos recursos naturales que definen territorios liminales, como ríos, montañas o productos característicos de determinada región, responden al deseo de conocer el mundo a través de un dominio imaginario de espacios ignotos, por el cual se quería eliminar la sensación caótica de ese ámbito exterior indefinido e ilimitado. El modelo griego herodoteo era el de un orbe simétrico en cuyo centro gobernaba el equilibrio armónico y la normalidad, en contraste con los confines desconocidos en los que predominaban aspectos y actitudes fabulosas, extrañas y, la mayoría de las veces, amenazadoras. Algunos pueblos, con una cultura sin el refinamiento griego, señalaban los límites cardinales: escitas, etíopes, indios, celtas.
Serán los mercenarios griegos al servicio de algunos reinos orientales primero, y las conquistas y hazañas de Alejandro más tarde, los que abrirán grandes territorios y novedosas poblaciones al imaginario griego, propiciando así la proliferación de narraciones en las que se entremezclarán datos geográficos, militares, etnográficos, botánicos, zoológicos y propiamente fantasiosos. De este modo, se confundirán las experiencias personales y los relatos de viajes, con deformaciones fantásticas y ciertos alardes imaginativos conectados con ideales míticos. El precedente genérico de la literatura paradoxográfica es la atracción de la mente griega por lo extraordinario y su curiosidad etnográfica, inserta en una tendencia idealizadora que pretende ordenar el mundo. No obstante, se pueden rastrear también otros fundamentos: la poesía épica homérica, plagada de extravagantes acciones divinas y de frecuentes fenómenos raros; la colonización, entre los siglos VIII y VI a.C., que propició la llegada de vagas noticias de los sitios recónditos de las costas mediterráneas y de los territorios bárbaros, que comenzaron a fascinar a poetas y filósofos, dando origen a los Periplos y a las grandes descripciones insertas en ellos; la historiografía jonia, repleta de influencias culturales orientales, como el caso de Hecateo de Mileto, Janto de Lidia o Escílax de Carianda y, en este mismo sentido, la superstición de buena parte de la población y algunas corrientes mágico-religiosas orientales que dieron lugar a un concepto de lo extraordinario como síntoma del misterio inextricable de una naturaleza regida por las divinidades. Los filósofos estoicos reconocerían en las manifestaciones maravillosas de la naturaleza las señales propias de los deseos y la voluntad divina, y algunos de ellos, como Yámbulo o Evémero, acabarían realizando utópicas fabulaciones de corte político, que se asemejaban, en buena parte de sus descripciones, a los parádoxa de los principales escritos del género. No podremos dejar de lado, finalmente, la presencia de ciertos intereses surgidos de corrientes del saber, especialmente de la escuela peripatética, orientada, a través de muchos de sus seguidores, a la ardua tarea de recopilación exhaustiva de los materiales disponibles en casi todas las áreas de conocimiento, lo que daría lugar a un singular proceso de catalogación de rarezas y peculiaridades que ayudarían a ampliar lo comprensible, si bien siempre hubo un gusto por acumular anecdotarios de hechos sorprendentes y fabulosos.
El espíritu de curiosidad por todo aquello inhóspito y ajeno, el talante viajero y emprendedor de aventuras hacia lejanos territorios y la capacidad de impactarse ante lo desconocido, fueron cualidades esenciales que impulsaron la recopilación sistemática de noticias fantásticas y maravillosas. Sin embargo, la paradoxografía fue algo más que una paciente catalogación de hechos raros, de mirabilia, pues trató de presentar las causas de los fenómenos desde un ángulo racional. El enfoque dramatizante de la historiografía helenística, que buscaba imbricarse con las emociones del lector, fue clave para la consolidación de un género interesado por todo aquello extraordinario. Este tipo de literatura se prestaba a funcionar como forma de escape, de evasión, y como mecanismo de consuelo que traducía los problemas personales en ficciones más asimilables, además de conducir hacia el extrañamiento por medio de la mirada complacida de lo fabuloso.
Desde un punto de vista formal la paradoxografía recogía un anecdotario conectado temáticamente o por el lugar de cada información, presentando la noticia de forma sencilla y en pocas palabras. Todas las series de anécdotas debían ser creíbles y existentes, aunque no comprobables, en algún lugar del mundo, por los testimonios honorables de autores consagrados, conocidos y famosos, pero casi nunca leídos por al mayoría de la gente. Se buscaba, así, un ropaje de veracidad; la misión era contemplar bajo la tutela de autores conocidos, un gran número de informaciones confusas, distorsionadas, míticas. Esta coartada erudita haría eficaz, además de creíble, una noticia extraordinaria o un acontecimiento pintoresco y fantástico. De esta manera, se aseguraba el éxito de esa serie de historias fantásticas que colmaban el ansia de curiosidad popular griega.