13 de octubre de 2005

Reseña: Neolítico del Próximo Oriente

RESEÑA*
Prof. Julio López Saco


AURENCHE, O., / KOZLOWSKI, S.K. (2003). El origen del neolítico en el Próximo Oriente. El paraíso perdido. Barcelona: Ariel Prehistoria. 318 pp.


La lectura de este estudio, fruto de una productiva colaboración franco-polaca, permite un nítido y actualizado acercamiento, tanto al lector común como al especialista, al difícil y singular proceso de neolitización, llevado a cabo en la región próximo-oriental. En un lenguaje francamente accesible, y bajo una estructura muy ordenada, los autores plantean y explican las distintas fases del proceso en una descripción que se refugia en los últimos hallazgos de las excavaciones arqueológicas clásicas y más contemporáneas. Su trabajo se completa gracias a la inclusión de un extenso y explicativo glosario, un catálogo descriptivo de los yacimientos más significativos y un laminario que contiene ilustraciones de las distintas industrias líticas, el utillaje pétreo cotidiano y las plantas de los hábitats y asentamientos prioritarios. Aunque estamos en presencia de un trabajo firme y bien documentado, proliferan, sin embargo, las lógicas dudas e interrogantes en función de la significativa desigualdad en el conocimiento sobre las distintas zonas de la región estudiada, fruto de una precariedad investigativa en ciertas áreas, de la pérdida de algunos yacimientos y asentamientos y de la disparidad de criterios científicos aplicados por los investigadores al material arqueológico disponible. El planteamiento recoge, en esencia, los períodos de un fenómeno que debe ser entendido como un proceso gradual que acabaría por difundirse paulatinamente y en etapas sucesivas, quizá desde Anatolia a partir del 6500 a.C., por toda Europa. Finalmente, se reseñan, con notable brevedad, las particularidades que, desde la cultura de Samarra y El Obeid, dieron lugar al surgimiento de las primeras culturas urbanas en la llamada provincia mesopotámica. No debemos olvidar que el Próximo Oriente, en concreto el Levante del Natufiense, es la única región conocida donde el proceso histórico de la neolitización generó cambios profundos irreversibles en forma de una explotación medio-ambiental consciente y preferente, de un sedentarismo y un hábitat permanentes, de un diverso utillaje pesado, de una serie de manifestaciones artísticas y de un surgimiento de técnicas agrícolas nuevas. Aunque la Europa central gravetiense del paleolítico tuvo todas las condiciones previas necesarias para propiciar el salto, éste no se produjo, de ahí la focalización zonal de que hace gala este ensayo. En este sentido, el marco geográfico que sirve de referencia es el ocupado por el llamado, desde hace décadas, Creciente Fértil, el área sirio-palestina, Anatolia y parte del Asia central, un auténtico mosaico de biotopos diferentes pero con la común presencia de cursos de agua más o menos permanentes y bajo el predominio de ambientes de estepa y desierto así como de valles intermontanos en la región del Zagros. En la actualidad, la zona intermedia comprendida entre el Levante y los Zagros, que conforma las cabeceras del Tigris y el Eufrates, el valle medio del Eufrates sirio y el norte de la Jezirah sirio-iraquí, es el territorio considerado el foco de neolitización principal, por lo que ha recibido la elocuente denominación de triángulo de Oro. En esta amplia área proliferaron los cereales silvestres, como la escanda y la cebada, que serán los primeramente domesticados y cultivados.
A partir de una división cronológica bastante fiable, soportada en las últimas técnicas de datación absoluta empleadas, y que puede ser cifrada entre el 12000 y el 5500 a.C., los autores establecen tres grandes momentos en la formación de las peculiaridades del estadio neolítico: uno germinal, otro que ahonda en las raíces diseminadas por la región, y un tercero final que percibe la eclosión de las definitorias formas neolíticas y su asentamiento definitivo. En todos ellos se sigue una línea de trabajo metodológico cabalmente ordenado que presenta las diversas variantes consideradas, desde las investigaciones realizadas con las industrias líticas hasta la consideración de los lugares de ocupación semi-permanentes o permanentes y sus formas particulares.
En la fase germinal se distinguen tres grandes conjuntos culturales en áreas diferentes, el Natufiense levantino, el Zarziense de los Zagros y el Trialetiense de los valles altos de los grandes ríos mesopotámicos, Tigris y Eufrates, uno de los grandes focos de neolitización. Las tres industrias se caracterizan, aún con sus diferencias, por presentar de manera profusa elementos geométricos y por una tendencia a la microlitización. Los indicios de cuchillos u hoces, vajilla de probable uso cotidiano, morteros y molinos, así como de moletas, aluden a la molienda de ciertos productos, factor que nos haría pensar en una forma de vida ya sedentaria o parcialmente sedentaria fundamentada en una recolección intensiva en los entornos de los hábitats, pero no en una agricultura, verdadero patrón de neolitización, sensu stricto. Los lugares de habitación de este período, normalmente circulares y excavados en el suelo, pudieron ser definitivos en algunos casos, y en otros temporales, si bien desde el Natufiense en su fase antigua los yacimientos habitacionales muestran estructuras reagrupadas que hacen pensar en la presencia de aldeas colectivas semi-permanentes o permanentes, algunas de ellas con presencia de enterramientos en sepulturas.
El tipo de economía predominante en esta época, la caza, la pesca y la recolección, además de otras características estructurales, conduce a la conclusión de que las culturas Natufiense y Zarziense, así como otras limítrofes, no dejan de presentar las singularidades de las culturas del paleolítico tardiglaciar, pues los cambios morfológicos que pudieran sugerirse no adquirieron el carácter de definitivos e irreversibles. Con relación a las actividades cinegéticas, pudiera evidenciarse que su finalidad alimenticia, de vestimenta o adorno, no era la única, si se aceptan las hipótesis que mencionan el control de las manadas de animales gregarios en función de la posible domesticación del perro en el Levante o de los indicios de caza selectiva de ciertas especies. Somos partidarios de creer que un modo determinado de dominación de grupos de animales salvajes llevaría directamente hacia una domesticación precoz, de la misma manera que una recolección preferencial nos sugeriría una domesticación de los cereales silvestres. Ambos procesos, no obstante, a lo largo de esta fase, no propiciaron las transformaciones continuas y constantes que puedan permitir constatar un modo totalmente nuevo de vida.
El segundo gran período estudiado en este ensayo, las raíces, presenta las mismas disparidades coyunturales en el ámbito arqueológico que la fase anterior entre el Levante y la zona de los Zagros, aunque con una nueva y crítica particularidad: la disminución de yacimientos documentados y de los excavados pormenorizadamente o con buenos criterios estratigráficos, hecho que ha generado grandes lagunas en el conocimiento del momento. También para esta fase se han puesto en tela de juicio los términos y periodizaciones ya clásicos, de connotaciones socio-económicas, acuñados a partir de las las excavaciones de K. Kenyon en Jericó y de las definiciones ya antiguas de G. Childe, que acabaron por establecer las diferencias entre neolítico pre-cerámico y cerámico. En este mismo orden argumentativo creemos que es menester no aceptar ya el modelo de R.J. Braidwood de fines de los años sesenta, que proponía la eclosión precoz del neolítico en los montes Zagros, donde creía se daban las condiciones necesarias para el nacimiento de la agricultura, elemento definitorio del proceso: el piedemonte y los valles interiores, desde donde habría habido una difusión hacia el sur mesopotámico. Las excavaciones de Mureybet, Cheikh Hassan y Jerf el Ahmar apuntan, de hecho, hacia el establecimiento de un foco de neolitización esencial en el Eufrates medio. Los evidentes trazos de continuidad cultural con el Natufiense anterior han favorecido la consideración del período como proto-neolítico a partir de la presencia de varias culturas diferenciadas e identificadas en función del nombre de los yacimientos o de sus rasgos particulares, como el caso del Khiamiense y el Sultaniense del Levante meridional. El empleo sistemático de la noción de koiné desde el Natufiense, que implica una unificación cultural, no supone necesariamente, debemos advertir, la distinción en su seno de grupos individualizados en el ámbito territorial. Si la secuencia levantina da lugar al Khiamiense, que precede al Sultaniense, Aswadiense y Mureybetiense, en los valles altos el Trialetiense es reemplazado por la industria de Cayönü, y en los Zagros y Jezirah el Zarziense da pie al Mlefatiense y el Nemrikiense. Así pues, todos los rasgos del Natufiense clásico de la zona nuclear se mantienen ahora: la economía alimentaria de caza y recolección, el sedentarismo en forma de hábitats permanentes reagrupados, el utillaje o el arte mueble, elementos característicos considerados en esa koiné citada, cuyo origen estaría en el Natufiense pero que se difundirían hacia la Jezirah y los Zagros occidentales. Las particularidades propias del período serían algunos rasgos regionales que se unirían a este fondo común, como por ejemplo, los novedosos tipos de punta de flecha o las hachas talladas y pulidas, así como las representaciones en forma de figurillas femeninas que, junto a las del toro con aspecto de bucráneos, serían un reflejo de manifestaciones no utilitarias y sí mítico-religiosas que significarían un avance psíquico del fenómeno de la neolitización. La elaboración de figuritas modeladas en arcilla es una nueva técnica que puede ser catalogada como la innovación más resaltante de todo el período. Las estatuillas antropomorfas, que representan esencialmente mujeres ( ¿ diosas-madre ? ) suelen destacar la singularidad de la posición de los brazos, bajo los senos, una postura bien conocida en la tradición iconográfica e histórica posterior del arte del Próximo Oriente e incluso del Mediterráneo. Creemos que debemos advertir, una vez más, que la posibilidad de que estas figuras, así como la vajilla pétrea, fuesen el resultado de un artesanado especializado y que fueran, asimismo, objeto de un intercambio a larga distancia es, hoy en día, únicamente una presunción sin comprobación.
El hábitat de esta fase presenta, en general, una continuidad directa con respecto al período precedente, es decir, las plantas circulares en lugares excavados o aterrazados, aunque se perciben algunas innovaciones importantes: los ladrillos como nuevos materiales de construcción, la planta rectangular, que sustituirá finalmente a la casa redonda, y el aumento generalizado de la superficie de los asentamientos, propiciando aglomeraciones semejantes a poblados. Pero el hecho más relevante es que las casas aparecen asociadas a otras construcciones, no necesariamente habitacionales, formando un conjunto funcional que se organiza, en ocasiones, alrededor de un espacio central. Vinculadas a los hábitats, y siguiendo la tradición Natufiense previa, aparecen las sepulturas, algunas en los interiores de las casas y otras fuera de ellas. La novedad de rigor es la presencia de cráneos separados del cuerpo que se depositaron sobre los suelos de las casas o enterrados bajo su superficie.
En algunos yacimientos, como Zawi Chemi o Mureybet, los vestigios de restos de animales cazados donde predominarían ciertas especies y de determinada edad, ha propiciado la proliferación de hipótesis sobre la domesticación o la proto-ganadería, es decir, el control de los grupos de animales y la selección consciente de las piezas a cobrar. J. Cauvin cree que ciertas poblaciones pudieron manipular cereales silvestres sembrándolos en terrenos que podían estar preparados, hasta alcanzar la domesticación, en un proceso que denomina agricultura pre-doméstica y que es comparable a la proto-ganadería mencionada. La constatación de una ideología que presidiría los cambios, a partir de las figuraciones femeninas y los bucráneos ya citados, haría factible la transformación requerida en este período, pues la revolución mental neolítica ya estaría presente y sería aplicable en la práctica, aun desconociendo cierta parte de su simbología. Sin embargo, la verdadera domesticación, animal o vegetal, no puede probarse sin la presencia de modificaciones morfológicas que sean estadísticamente significativas, por lo que es necesario mantener, al menos por el momento, una más cautelosa postura cercana a las realidades que puedan ser cuantificables. En definitiva, esta fase, como la anterior, es de preparación y formación, por lo cual ambas reciben el nombre global de proto-neolítico o período de transición hacia las formas propias del estadio neolítico.
Es en la etapa denominada por los autores de eclosión cuando una serie de cambios morfológicos cuantificables entre vestigios animales y vegetales, datables entre el 8300 y 8000 a.C., permiten definir en su sentido amplio la domesticación. Acompañando a estas modificaciones se evidencian grandes mutaciones en el ámbito simbólico a partir del tamaño de las representaciones zoomórficas y antropomórficas. En este último caso se constatan verdaderas estatuas que pueden estar asociadas a espacios concretos que podrían funcionar como santuarios. Este período concuerda con el óptimo climático del holoceno que proporciona mayores temperaturas y, en general, un clima más suave y húmedo, cuya consecuencia más relevante es la diversificación y expansión de los bosques, si bien siguen dominando en el interior del Creciente Fértil las estepas y los bosques de ribera en los valles. El común consenso en considerar que la agricultura se expandió hacia el oeste, los Balcanes y la Europa centro-occidental, haría coincidir, bastante aproximadamente, el sentido de la marcha con el ritmo de la mejoría climática general.
Los rasgos culturales de las fases anteriores se mantienen y se desarrollan exponencialmente, aunque en regiones como el Levante y los valles altos pueda comprobarse, en especial desde el IX milenio a.C, el surgimiento y consolidación de significativas novedades: las grandes flechas, que suponen la explotación y circulación a grandes distancias de la materia prima en bruto o de productos semi-elaborados y, principalmente, el nuevo ordenamiento espacial de los poblados, ahora mucho más grandes, en torno a un edificio que funciona, presumiblemente, como santuario o templo. En este período la industria lítica, además de mostrar objetos específicos como los brazaletes de piedra pulida, reconoce una destacable notoriedad: hay evidencias de talleres especializados en producir objetos sofisticados de manera estándar y de una circulación de productos manufacturados total o parcialmente. Hacia el 8000 a.C. hay evidencias de modificaciones del porcentaje de los restos de fauna documentados, con un general aumento de las ovejas y cabras, hecho que se explica por una expansión geográfica natural de estos animales o por un cambio de las relaciones de éstos con los hombres, o por ambos motivos a la par. En todo caso, hay que precisar, esta domesticación corroborada funcionaría en paralelo con las actividades de caza. La selección humana sobre los animales y plantas domésticas, proceso casi unísono, se focalizó en especies gregarias y, salvo el perro, cuya domesticación pudo haber sido anterior, los primeros animales bajo esta nueva condición fueron los herbívoros rumiantes que viven en grandes rebaños. Es necesario resaltar que la domesticación de animales no supuso una competencia alimenticia con respecto al ser humano, sino una complementariedad, pues aquellos comerían lo que el hombre no puede digerir de los cereales, en especial la paja. Por lo tanto, habría habido una ventaja en el proceso: disposición más rápida y fácil de la comida, un empleo del animal para la obtención de otros recursos alimenticios o como fuerza de trabajo, reciclaje de desechos vegetales, como las partes no comestibles de los cereales, consecución de abono y combustible. Hacia la misma época ocurrió un proceso análogo en los valles altos con relación a las plantas: se evidencian plantas domésticas como el trigo almidonero, la cebada, lentejas y guisantes debidos a la manipulación antrópica consciente. Estos primeros cereales cultivados aparecen más recientemente en el Eufrates medio, Levante sur y los Zagros.
En definitiva, por consiguiente, debemos retener, aunque bajo las condiciones de la serie de reservas expresadas, algunos hechos relevantes de carácter genérico: en primer lugar, la consolidación de una nueva y, hasta ahora, fiable nomenclatura y periodización aplicables a todo el contexto estudiado; en segundo término, la constatación de las desigualdades investigativas en una región habitualmente conflictiva o poco segura, y en tercer lugar, que tras un largo período de preparación, llamado proto-neolítico, surgen, de un modo cronológicamente rápido, una serie de rasgos innovadores en la zona del triángulo de Oro que llevan con propiedad el nombre de neolítico. La brevedad del fenómeno per se se evidencia en la concurrencia, tras un período unificado, de un grupo de particularismos locales identificados por las producciones cerámicas, que propician que el nuevo centro gravitacional se desplace hacia la prolongación del corredor eufrático que forman las cuencas bajas del Tigris y el Eufrates, y que serán el sustrato del histórico país de Sumer. Pero esto, es otra historia.

* Reseña de próxima publicación en la Revista Tierra Firme

1 comentario:

SCOO dijo...

Gracias por la reseña,estaba buscando algo así.
Estoy estudiando prof de historia en la universidad nacional de tucuman en argentina,un saludo