3 de febrero de 2010

Filosofía de India antigua II: el poder de la Ilusión y el poder de la Naturaleza

Filosofía India: Maya y Naturaleza
Prof. Dr. Julio López Saco
El sustrato es, en sí mismo, eternamente inmóvil. La fuerza que crea localización, ritmo y movimiento es ilusión (mâyâ), un movimiento puro sin sustancia representado como la misteriosa fuente de todo lo existente. Este movimiento aparente, del que cualquier forma es un desarrollo, es lo que explica la naturaleza del universo, que parece así existir aunque no tenga otra materia que la energía. Se puede representar como el pensamiento del Ser-cósmico, cuya materialización aparente es el universo. Si la Naturaleza y sus formas son la expresión del pensamiento del Creador, también su pensamiento es el poder que impide al hombre escapar del mundo de esas formas. Desde la óptica humana, el poder ilusorio se presenta de dos maneras: como un velo (âvarana), que oscurece, impidiendo percibir[1], y como una evolución (viksepa) que provoca que la ilusión se independice como una entidad automotora. En el microcosmos, en la individualidad manifiesta, este poder de ilusión cósmica es el poder de la ignorancia (avidyâ)[2], del desconocimiento humano, que constituye el elemento que percibe dicha ilusión. Por medio de la ignorancia se crean los centros de la percepción, de modo que pueda percibirse la ilusión, convirtiéndose, así, en una realidad, pero relativa. La falsa apariencia, en cualquier caso, tiene como base una realidad, la Inmensidad incognoscible en la que aquella se apoya. Mâyâ es, en consecuencia, la fuente del Cosmos y de la conciencia que lo percibe, en virtud de que el cosmos no percibido no existe, y la conciencia que nada percibe carece de realidad.
La naturaleza de la manifestación implica el encuentro entre el poder de la ilusión y el de la ignorancia, entre el Cosmos y el ser vivo. La Naturaleza (prakrti) se convierte en una realidad cuando es percibida por una consciencia independiente, y esta consciencia independiente ase hace real en el momento en que existe algo fuera de ella de lo que pueda ser consciente. Esto significa que naturaleza cósmica y humana son interdependientes. De hecho, nuestra percepción del mundo exterior no es más que la proyección de nuestro mundo interno, de manera que el panteón de deidades son retratos proyectados de la vida interior humana. La Naturaleza, que actúa constantemente, es el estado de equilibrio entre sattva, tamas y rajas; es sinónimo de energía de lo no nacido, base primordial de lo no evolucionado, de la desintegración, la ilusión y la ignorancia. La Naturaleza, considerada femenina, es la manifestación de la Persona (Purusa), lo que implica que el sustrato, la Inmensidad, aparece en términos de polaridad, implicándose con ello que cada aspecto del Cosmos debe ser representado por una forma dual contrastante.
[1] En cada grado de la manifestación la energía causal aparece como un velo que obstaculiza e impide, finalmente, al observador, al sabio, descubrir el secreto de la ilusión y poder vencerla. El poder trascendente de la ilusión o mahâ mâyâ, impide descubrir el fundamento de todo, la Inmensidad que se ilumina a sí misma.
[2] El no-saber no es un ausencia de conocer, sino un estado más allá del saber, cuya naturaleza es la del ser trascendente, a veces descrito como la Madre Universal o Diosa Suprema de todo lo existente.
3 de febrero del 2010