12 de febrero de 2010

Arquitectura militar romana: los campamentos


Fotografías: plano de campamento romano y vestigios de un campamento en las proximidades de la fortaleza de Masada, en Israel.

Los campamentos o castra, generalmente bien organizados y protegidos, solían erigirse en las zonas fronterizas debido a la constante amenaza de ataques de diversas poblaciones. Los legionarios debían ser capaces de construirlo en pocas horas para asegurar la defensa durante el descanso. Entre sus emplazamientos principales se encuentran las proximidades de las fuentes de agua o caudales de ríos (tanto como recurso estratégico como para el consumo), en las cercanías de vías o pasos naturales, o en lugares elevados (sobre todo los campamentos de conquista, mientras que en las altiplanicies los de paz). En cualquier caso, nunca se establecían en las grandes ciudades, aunque pudieran estar próximos a ellas. Seguían, durante el imperio, un esquema rectangular, rodeados por un foso, si bien los anteriores al siglo I a.C. eran de planta irregular, y los construidos desde el siglo I, de planta cuadrada. Eran de madera si el campamento era provisional, o de piedra y madera si era de larga duración. Su extensión abarcaba desde las catorce a las cincuenta hectáreas, en tanto que en época imperial se estandarizaron un tanto en torno a las veinte hectáreas. En los campamentos de tropas auxiliares, las dimensiones eran de cuatro hectáreas para las unidades de mil hombres y dos para las de quinientos soldados, al menos en Hispania. La obra defensiva de los campamentos consistía en un foso (fossa) y un muro. Tras el foso se encontraba un espacio plano, llamado Berma, y luego un terraplén (agger) realizado con la tierra sacada del foso, en donde se colocaba una empalizada (vallum). Algunos campamentos estaban totalmente rodeados de murallas con torres adosadas. Cada campamento se dividía mediante dos calles principales, la via principalis, de norte a sur (calle transversal) y la decumana, de oeste a este[1]. Tenían cuatro puertas (aunque a veces seis), denominadas decumana, praetoria, principalis dextra y principalis sinistra, respectivamente. Estas puertas se defendían con torres o mediante estrechamientos, incluso a través del titulum u obstáculo delante de la puerta. Los edificios principales de un campamento romano eran los siguientes. El Principia, lugar en donde se guardaban las insignias militares y una estatua del emperador, así como el dinero y bienes del campamento. En esta construcción solían hallarse las oficinas de los registros campamentales. En una de sus habitaciones (la armamentaria) se guardaban las armas. Había, así mismo, en ciertos campamentos, una pequeña basílica y un reducido templo. El Pretorio, en el centro del campamento, venía a ser la residencia del jefe de la guarnición. Entre sus habitaciones destacaba un triclinium, cocina o comedor. Probablemente poseía cierto carácter sacro. Los horrea, o graneros para guardar los alimentos, ubicados al lado del Principia; hospitales o valetudinarium; los Barracones, generalmente unas diez naves de habitaciones en las que vivían unos ochenta hombres, el centurión y sus oficiales. El barracón de los soldados de caballería estaba destinado a 64 jinetes, ocho por cada habitación, además de las de los oficiales. Los establos, formados por un corredor con una serie de dependencias para los caballos. Los talleres o fabrica, de carpinteros, herreros y talabarteros. Almacenes, baños y letrinas, algunos lugares de culto y pequeñas capillas de diversos cultos completan el panorama constructivo de los campamentos. Los campamentos podían ser de dos tipos, aquellos empleados para pasar el invierno, nombrados como castra hiberna, y los de carácter permanente o castra stativa. De los permanentes acabaron evolucionando algunos núcleos urbanos, debido a que en determinados casos se iban instalando familiares de los legionarios y comerciantes, con sus tabernae, hasta constituir una comunidad.

[1] Esta vía eran interrumpida por el edificio del Pretorio, de modo que delante de esta construcción se denominaba Vía Pretoria, y detrás, Decumana. A veces existía una tercera vía, llamada Quintana.

Prof. Dr. Julio López Saco