19 de abril de 2020

Prehistoria e historia antigua de Escandinavia




Imágenes: arriba, serie de grabados rupestres de Tanum; abajo, una vista general del cuerpo momificado del Hombre de Tollund (siglos IV-III a.e.c.).

Se considera que los primeros pobladores, de cazadores, recolectores y pescadores, de Escandinavia se remontan a unos 13000 años, una época en la que hubo un cambio climático que provocó la suavización del clima y un aumento de la vegetación en toda la región. A su vez, aparecieron animales que podían ser cazados y consumidos, un motivo de atracción de gentes que, con su llegada, inician una cultura. La metalurgia de metales como el bronce y el hierro pondrían los fundamentos de una cultura escandinava, cuyo origen, denominado Edad del Bronce Nórdica, se sitúa hacia 1800-1500 a.e.c.
Las primeras ocupaciones humanas se produjeron en la península Jutlandia, y solamente hacia 8000 a.e.c. en la propia península escandinava. Los cazadores-recolectores se asentaron inicialmente en pequeños campamentos estacionales cercanos a las costas, lagos o ríos. Ya en el IV milenio[1], algunas de tales comunidades se asentarían en pequeñas aldeas permanentes en las que practicarían las actividades agropecuarias. Las tierras más septentrionales se verían pobladas por migrantes procedentes desde el sur. Ya desde la zona de Uppland (costa este de Suecia) se desplazarían hasta el fiordo de Oslo, en donde se fusionarían con otras poblaciones allí establecidas.
Estos suelos norteños eran bastante pobres para la agricultura, exceptuando los cereales (avena, centeno, cebada), y unas pocas legumbres como los guisantes. Por el contrario, el rendimiento ganadero era mucho mejor (vacas, ovejas). En todo caso, las comunidades debían recurrir a la pesca, la recolección y la caza en todo momento para garantizar su subsistencia.
Las comunidades neolíticas, muy pequeñas, estarían formadas por unas pocas casas construidas en madera, en las cuales habitarían familias, siguiendo una estructuración semejante a las muy posteriores granjas vikingas. Las tumbas estaban formadas por una cámara central cuyo acceso era un pasillo conformado por enormes losas pétreas, todo ello recubierto con tierra, formando así un túmulo. Se inhumaba al difunto con huesos de animales y un tipo de vasija cerámica característica, en forma de embudo.
El bronce llegó a Escandinavia tardíamente, en torno a 1800 a.e.c., probablemente como respuesta a los intercambios comerciales entre lo que hoy es Dinamarca y el resto de Europa. Algunos productos nórdicos, como las pieles y, sobre todo, el ámbar, se estimaban mucho. De esta forma Dinamarca sería la entrada a Escandinavia de la preciada aleación. En esta fase, las construcciones más notables presentan un gran parecido con la langhús de las granjas vikingas ulteriores, una casa larga rodeada de construcciones más modestas. Esta gran vivienda sería la residencia de la familia principal del núcleo, evidencia de una jerarquización social incipiente. El bronce se emplearía, no obstante, únicamente en la fabricación de armas y enseres de relevancia social familiar, mientras que la mayoría de útiles seguiría siendo confeccionados en sílex o en cerámica. Conforme fue pasando el tiempo, se impuso paulatinamente el bronce en objetos cotidianos, como las copas, los calderos, las navajas de afeitar, hoces o pinzas. A fines del primer milenio, los artesanos escandinavos forjaban espléndidas piezas en bronce, sobre rodo armas (yelmos, escudos ornamentados con espirales o espadas), pero también piezas como fíbulas o hebillas de cinturón, al margen de las espectaculares trompetas de función ritual (en las sagas escandinavas de la Edad Media se denominan lur y servían para reclamar a los guerreros que acudiesen a combatir).
Aunque pervivió la inhumación en túmulos, al final del período del Bronce se extendió la cremación y posterior inhumación de las cenizas. Algunos objetos hallados en las necrópolis o en los pantanos, a donde se arrojaban como ofrendas votivas, son un indicador de un cambio en la mentalidad religiosa. Ahora se generaliza un culto solar. El sol se representa como un disco de oro que es llevado en un carro por caballos o que es blandido por un personaje masculino (entre los vikingos el sol sería una diosa). Además, en los petroglifos (caso de los famosos de Tanum[2]), se personifican lo que podrían ser ya antesalas de las deidades vikingas. Así, en estos petroglifos, por ejemplo, se puede ver una figura semejante a Tyr que porta una lanza y le falta una mano.
Al lado del culto solar había uno a las aguas y a las divinidades que en ellas viven. Esto se deduce de la enorme cantidad y variedad de ofrendas recuperadas de marismas, lagos, pantanos y hasta ríos, todas de una elevada calidad, lo cual hace pensar en unos oferentes de elevada posición social. Asociados con estos cultos a las aguas se ha constatado la presencia de sacrificios humanos y de animales, una práctica que será muy habitual en la Edad del Hierro.
La metalurgia del hierro llegó a Escandinavia, también desde el continente europeo, en el siglo VI a.e.c. A diferencia de lo que ocurría con los metales para la aleación broncínea, el hierro abundaba en la región. Las herramientas de hierro y el trabajo servil provocarían la intensificación de las explotaciones agrícolas, lo cual provocó el surgimiento de asentamientos en forma de poblados. De modo diferente a la dispersión de los núcleos de etapas anteriores, el centro entre varias granjas independientes y rodeadas de vallas, lo ocupaba ahora un espacio abierto, una suerte de plaza. Todo el conjunto se rodeaba a su vez por una empalizada de carácter defensivo, que unificaba el territorio y las construcciones. Seguía apareciendo en el interior el langhús, la residencia del caudillo local, quien descendería de los jarlar (esa aristocracia de la posterior etapa vikinga). Los ejemplos más notables de este tipo de asentamiento se encuentran en Dinamarca, en particular Grontoft, que debió contener unos cincuenta habitantes, o Hodde, que contuvo casi treinta granjas y unos trescientos habitantes. Todos ellos habrían vivido de las actividades agropecuarias, pero también de la artesanía (herrerías, telares y talleres de alfarería).
Es en esta época en la que la incineración de los cadáveres y el posterior entierro de sus cenizas en urnas, termina por imponerse, aunque la extendida y antigua práctica de arrojar ofrendas al agua se mantuvo sin cambios. En la Edad del Hierro aumentaron considerablemente los sacrificios humanos. Uno delos ejemplos más destacados y estudiados fue el del denominado hombre de Tollund (Dinamarca), que fue estrangulado con una cuerda y luego arrojado a las fangosas aguas de un pantano. Una buena parte de estas víctimas se han datado entre los siglos II y I a.e.c.
Fue hacia el siglo V a.e.c. cuando algunos pueblos norteños abandonaron estas regiones septentrionales y se desplazaron hacia otras más meridionales y, por tanto, más cálidas, concretamente aquellas en la orilla este del río Rin, lugar en donde en ese entonces habitaban tribus celtas. Los recién llegados serían ya, étnica, lingüística y culturalmente germánicos. Unos se quedaron y otros, sobre todo teutones y cimbrios, avanzaron hasta los frecuentes encontronazos con Roma.
Los pueblos germanos, de etnia y lengua indoeuropea abandonaron, por tanto, su región septentrional, relativamente aislada (aunque desde la prehistoria hubo rutas comerciales en las que circuló el ámbar), en la Edad del Hierro. Sus movimientos migratorios los condujeron a los territorios del norte europeo en donde habitaban celtas. Fue hacia 115 a.e.c. cuando los mencionados cimbrios y los teutones dejaron la península de Jutlandia y se desplazaron hasta la Nórica, región cercana al Danubio en donde moraban grupos tribales aliados de Roma. La gran potencia mediterránea enviaría a sus legiones con el afán de combatir estas penetraciones pero Roma cosechó una amarga serie de derrotas.
A pesar de su victoria, ninguna de ambas poblaciones atravesó los Alpes sino que ambas posaron su mirada en la Galia y desestimaron establecer alianzas con las tribus celtas. Roma volvió a reunir un gran ejército para enfrentar el desafío germánico. De nuevo, esta vez en 105 a.e.c., y cerca de Arausio (Orange), Roma sufrió una severa derrota. Ni cimbrios ni teutones se sintieron tentados en dirigir sus pasos hacia Italia, tiempo que Roma aprovechó para reorganizarse, ahora bajo el mando de Cayo Mario. Esta vez los romanos derrotaron a los germanos teutones en la batalla de Aquae Sextiae en 102 y a los cimbrios un año después en Vercelas (Vercelli). Otras tribus germanas, vistos los precedentes, se mantuvieron al norte de la frontera natural entre los ríos Danubio y Rin, en donde se asociaron, esta vez sí, a las tribus celtas.
Las inquietudes intelectuales por saber y por conocer las realidades del otro, hizo que griegos y romanos dejasen algunos testimonios escritos, de diferente calado, extensión y relevancia, sobre las poblaciones germánicas. Estrabón (libro VII de Geografía), reseña con bastante amplitud el territorio de la “Germania” en la orilla este del Rin. Alude a la denominación otorgada por los romanos según el modo empleado para indicar que los gálatas son los habitantes de la Galia. Hace una descripción física y del carácter de los germanos, señalando sin rodeos su salvajismo y su aspecto como hombres rubios y altos, estableciendo una imagen estereotipada que ha perdurado en el tiempo. Por su parte, Plinio en el siglo I, en su Historia Natural, dice que Escandinavia es una isla habitada por un pueblo al que denomina ingevones, y en el que incluye a cimbrios y teutones. Tácito (Germania), entre los siglos I y II, es el primero que considera la necesidad de investigar acerca de los orígenes de estos pueblos germanos así como sobre sus costumbres. Sigue presente la descripción física (personas de ojos azulados, cabellos rojizos, corpulentos), y añade una particularidad relevante: la ausencia de una cultura urbana entre ellos.
Tácito, además, describe cada pueblo germano conocido. Para él, los cimbrios ocupaban Jutlandia, mientras que en el sur de Escandinavia ubica a los suyones, del que dice que  eran belicosos y cimentaban su poderío en el dominio de los mares. Como vecinos de estos últimos sitúa a los sitones, tal vez en la zona centro de Suecia o probablemente en lo que es hoy Estonia y Finlandia, diciendo de ellos que estaban gobernados por mujeres.
Entre los siglos I y V se desarrolla en Escandinavia lo que se conoce como Edad del Hierro Romana, denominación que procede de la cantidad de objetos hallados procedentes de territorios imperiales. Buena parte de tales objetos fueron armas romanas, tal vez parte de los botines de guerra, muchas de las cuales se arrojaban a los pantanos y lagos como ofrendas a las deidades de las aguas, tal y como atestigua el depósito de armas de Illerup Adal (Dinamarca[3]), en donde se rescataron, además, ciertas piezas con las inscripciones en nórdico antiguo más arcaico del que se tiene noticia. No obstante, también fueron comunes objetos propios de la actividad comercial, como monedas, vidrio, vasijas cerámicas o metales, sobre todo en las necrópolis, un hecho que certifica los contactos comerciales, los intercambios de presentes entre las elites y hasta la posterior participación de mercenarios escandinavos en los ejércitos de Roma.
Esta es una fase en la que aumentan en Escandinavia las explotaciones ganaderas y agrarias, y se observa un notable incremento tanto del número de asentamientos como de su extensión. Huellas y restos de núcleos de población daneses de gran relevancia, como Ludenborg, Dankirke o Gudme, evidencian una organización socio-política de bastante complejidad en esta época.
El final del imperio romano occidental en el siglo V trajo consigo una etapa marcada por el traslado de pueblos germanos que cruzan los límites de los ríos Danubio y Rin para asentarse y formar reinos (caso del merovingio o el visigodo, por ejemplo). En Escandinavia los movimientos poblaciones no fueron la tónica general, si bien hubo algunos migratorios desde Noruega y Dinamarca hacia Inglaterra. Con el tiempo, los pueblos germanos de la península escandinava consolidaron el alfabeto rúnico y cambiaron un tanto sus concepciones religiosas, apareciendo las primeras imágenes de deidades nórdicas y desapareciendo (desde el siglo VI), las famosas ofrendas a las deidades acuáticas.
El auge económico favoreció la centralización política. Los principales caudillos se ubicaron en los centros de poder y desde ahí dominaban la religión, la artesanía y el comercio. Destacó Vendel, en Suecia, que fue el centro del reino de los Svear, así como Helgö, cerca de Estocolmo, quien aglutinó un emporio comercial de prestigio. También en Jutlandia se consolidaron reinos. Ya en el siglo VIII, la búsqueda de nuevas fuentes de recursos como la piratería, avanzará la organización de pequeños grupos de guerreros que se convertirán en la antesala de los vikingos.

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, abril, 2020


[1] Algunos investigadores y estudiosos apuntan que la llegada de estos pregermánicos no se habría producido hasta el II milenio, momento en el que se constata la adopción de la tecnología de la metalurgia, específicamente del bronce.
[2] Los grabados pétreos de Tanum, asociados sin duda con algún tipo de ritual o culto, están coloreados en rojo y representan distintos tipos de personas, entre ellas cazadores, pastores, campesinos, guerreros o pescadores, así como animales y algunas escenas elaboradas, en las que se observan labores en barcos o en los campos, además de procesiones. Destacan, por otra parte, unos motivos denominados marcas de copas o cúpulas (pequeños círculos de apenas 5 centímetros de diámetro), que se ven formando series verticales. Se interpretaron como la figuración de la lluvia, de los astros o hasta de los agujeros para sembrar.
[3] En este yacimiento fueron halladas armas en abundancia (espadas, yelmos, escudos, puntas de lanza, jabalinas, armaduras y cabezas de hacha), pero también gran cantidad de restos humanos óseos, que pudieron pertenecer a prisioneros sacrificados, práctica común, como es bien sabido, en la Escandinavia del Bronce y el Hierro.

7 de abril de 2020

Revista Egiptología 2.0: antiguo Egipto



En estos tiempos de reclusión algo más de lectura. Ya está disponible el nuevo número de la revista Egiptología 2.0 (número 19, abril del 2020), llena de magníficos y variados trabajos tocantes al mundo del Egipto de la antigüedad, entre los que es destacable el análisis acerca de la conocida y maravillosa bailarina de Ma’mariya (Nagada I o IIa). Mi habitual colaboración en la publicación lleva por título en esta ocasión El antiguo Egipto en el cine histórico. Faraón (J. Kawalerowicz), un acercamiento a una maravillosa y, eso sí, peculiar película polaca centrada en el Egipto antiguo de época ramésida. A pesar de sus inconsistencias, su fiabilidad histórica es elevada, si bien su lectura en clave contemporánea (mediados de los años 60 en aquella Polonia), resulta clave. Espero que podáis disfrutar del contenido completo si es de vuestro interés. Saludo cordial. 

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, abril, 2020

Enlace corto por si alguien quiere descargar la revista: https://bit.ly/2ReY202

5 de abril de 2020

Religión y mitología sumeria y acadia










Imágenes (de arriba hacia abajo): dios Amurru de Neribtum. Presenta cuatro rostros. Instituto Oriental de Chicago; un kudurru con la diosa de la medicina (Gula). Proviene de Susa, Hoy en el Museo del Louvre; relieve de Lama, la divinidad protectora de Uruk. Museo de Irak; vaso para libaciones de Gudea de Lagash. Hoy en el Museo del Louvre; fragmento de un vaso cultual con un relieve de la diosa Nisaba. Vorderasiatisches Museum, Berlín; tablilla con el texto que narra el mito del Descenso a los Infiernos de Ishtar. Museo Británico; maqueta de un carro de terracota con la representación de Nergal o Ninurta. Museo del Louvre y; placa protectora de bronce contra el demonio Lamashtu. Museo del Louvre.

La religión de los sumerios contenía gran número de divinidades antropomorfizadas, próximas a las actividades cotidianas de las gentes. Sus funciones se definían en relación a su naturaleza concreta y sus contenidos teológicos. En tal sentido, hubo una diversidad de concepciones relativas a las teologías y las cosmogonías, hasta el punto de que algunas tradiciones diferentes, representadas por escuelas urbanas (Eridu, Uruk, Nippur) podían aislarse. La vinculación entre religión y poder político fue una premisa fundamental. En la religión acadia, que incluye la de babilonios y asirios, se otorgó significación especial a la trascendencia de la deidad, pues su omnipotencia todo lo abarcaba. Por supuesto, también reflejaba la estructura política acadia, orientada hacia el nacionalismo o hacia entidades supra territoriales de mayor envergadura. En consecuencia, se haría imprescindible la presencia de una entidad divina que aglutinase a las demás, de modo análogo a cómo el soberano lo hacía en la vida real en relación a otros Estados, sometidos o tributarios, sus súbditos o a la población dependiente.
La religión de sumerios y acadios es politeísta, con presencia de divinidades de carácter celestial y también infernal. Tales deidades se originaron a partir de un principio primordial y primigenio acuoso. Desde la perspectiva sumeria se hizo nacer por medio de emanaciones, de un principio húmedo y amorfo, que alude a Nammu, el Océano primordial, al Cielo y la Tierra (An y Ki, respectivamente), inicialmente unidos en una montaña cósmica, pero luego separados por Enlil, la divinidad políada de Nippur. Más tarde se hizo un reparto tripartito (Anu-Cielo; Enlil-Tierra, a veces asociada con Ninhursag, y Enki-aguas profundas, el dios políado de Eridu). Tales divinidades funcionaban como verdaderas pirámides poderosas insertas en un núcleo familiar extenso. En tal sentido, las deidades contaban con cónyuges, hijos, antepasados y un personal dependiente, como secretarios, peluqueros, intérpretes, etc. El personal divino se estructuraba en función de la organización monárquica y estatal de los períodos antiguos. Luego de estos grandes dioses estaban otros particulares, aquellos que originaron la luz y la vida, animal, vegetal y humana. Los seres humanos provendrían de la arcilla abismal (Abzu-Apsu), por mediación de Enki, Ninmah y Nammu.
Los sumerios imaginaron un mundo divino ordenado y organizado según el modelo del mundo terrestre humano. Sus deidades se concibieron antropomórficamente, pues hacían las mismas cosas que los humanos (se alimentaban, se peleaban y tenían sus mismas debilidades). No se enfocaron en la creación de una deidad omnipotente, ya que las deidades se ligaron a las distintas ciudades-estado, en una suerte de particularismo localista que quizá fuese un reflejo de una arcaica vida nómada sumeria. En cualquier caso, hubo divinidades que disfrutaron de preeminencia en todo el país sumerio. Así, existió una tríada cósmica: Anu (Anum acadio, deidad celestial), Enlil, asociado al diluvio y los vientos y Enki (Ea en acadio), deidad terrestre; además hubo una segunda tríada, esta vez astral, formada por Zuen (Sin acadio) o Nanna, deidad lunar, Utu (Shamash acadio), deidad solar, e Inanna (Ishtar acadia), quien personifica las actividades cotidianas y al procreación. Más allá de estas dos tríadas hay dioses singulares, como Nergal, la divinidad de Irkalla, el infierno al lado de su esposa Ereshkigal, Ninurta, divinidad guerrera, Iskur, vinculado a la tempestad, el inframundano Ningizzida, Dumuzi y Ningirsu, el dios políado de Girsu.
Desde la perspectiva acadia, el panteón se estructuró, de la misma manera que el sumerio, a partir de un principio acuoso. Del mismo surgieron dos entidades primigenias, Abzu-Apsu, símbolo masculino del Océano que rodea el mundo, y Tiamat, personificación femenina del agua salada marina. Los dos son los responsables de crear todos los seres. De ellos nacen las dos sierpes Lahmu y Lahamu. Posteriormente fueron generados Kishar y Anshar, quienes representan la totalidad terrenal y celestial, de los cuales emanó una tríada suprema (Anu, Ea y Enlil), quienes, como Zeus. Posidón y Hades en la mitología griega, se repartieron todo lo que había sido creado. También los acadios tuvieron una segunda tríada, astral (Shamash, Sin y Ishtar). La escasa diferencia respecto a la organización sumeria demuestra su  labor sincrética, ya que se amoldaron convenientemente llevando a cabo un cambio de nombres.
Lo que se produce en época acadia es una sistematización y simplificación que propicia la unificación en ciertas deidades de aquellas esferas de soberanía de dioses más singulares. De tal manera, se crean panteones diversos pero de reducida escala  (Eridu, Nippur, Lagash, Uruk). Como los acadios primero, y los babilonios después, tuvieron una tendencia hacia el nacionalismo político, es razonable que una de las deidades fuese erigida en divinidad suprema. Ese dios supremo fue Marduk, exaltado desde el momento de la unificación de las regiones. Su preeminencia coincide con la presencia amorrea y con el rey babilonio Hammurabi. Este soberano creía que el mundo divino se dividía en dos categorías, la de los Anunnaki y la de los Igigi, deidades superiores e inferiores, respectivamente. La tríada suprema se encontraría ubicada entre los Anunnaki, al lado de otras deidades sumerias, mientras que en el segundo estaría Marduk. Además, este fue el tiempo de elaboración de nuevas versiones sobre las arcaicas leyendas sumerias, una labor que facilitaría que Marduk fuese elevado a la cumbre del panteón de dioses. Otra serie de deidades, de carácter secundario, personificaciones de la guerra, la naturaleza, de la actividad intelectual, los alimentos o los ríos, se hicieron muy habituales. 
Además de deidades, había una fuerte presencia, tanto en la religión sumeria como acadia, de demonios y espíritus; bondadosos (Lamassu, Karibu) y perjudiciales, tanto de carácter colectivo (Sebittu, Assaku, Galla, Gedim), como singulares (Udug, Pazuzu, Lilitu). Estas entidades fueron generadas tanto a partir del espíritu o fantasma  de los muertos, como por obra de los propios dioses. Estos seres, denominados generalmente dingir o ilu, se consideraban impuros y causaban, especialmente, enfermedades de todo tipo y condición. Contra todos ellos existieron diversas técnicas defensivas y ofensivas por mediación de plantas, objetos varios, fórmulas de encantamiento, conjuros, aceites especiales y hasta explicaciones míticas, lo cual propiciaría la magia y sus oficiantes (ashipu).
En mundo del más allá era el Kur o Irkalla, un lugar invisible al que se llegaba tanto por vía terrestre como por mar. Kur refiere la cumbre del monte en donde moraban las divinidades. Los niveles inferiores de esta montaña constituía la vivienda, que estaba protegida con murallas que contenían siete puertas supervisadas por siete porteros cuyo jefe se llamaba Neti. Era el sitio específico de la totalidad de la humanidad e, incluso, de algunos dioses. Allí moraba en una existencia eterna, pero letárgica, melancólica, triste, aburrida y taciturna, el gidim, es decir, el fantasma del difunto.
En relación a los panteones ya referidos, hubo un clero masculino fuertemente jerarquizado (sangu, urigallu, pashishu, entre otros), subordinados al en (señor), pero también un clero femenino (kulmashitu, shamhatu). Destacaron las hieródulas (naditu en acadio), que vivían encerradas. En el control del clero se encontraba el nin-dingir o entu. La principal labor del clero consistía en erigir fastuosas construcciones religiosas, en forma de torres escalonadas y templos. En consecuencia, se podría decir que el deber religioso principal consistía en temer a la deidad y, por ello, en la necesidad de proporcionar ofrendas y sacrificios a las divinidades.
Los mitos sumerios, de evidente carácter cultual, se han conservado por escrito a partir de la labor de los dubsar o escribas. Desde una perspectiva externa, los mitos se muestran en forma de largos recitados, un hecho que refiere la plausible presencia del trovador ambulante (nar), encargado de recitarlos ante un público configurado por grupos de personas. Muchos de tales mitos tienen un carácter local, algunos urbano (asociándose la política de la ciudad-estado con la cosmología), y otros más universal.
En la mitopoética sumeria hay diversas categorías desde una óptica temática. Existen mitos cuyo contenido es cosmogónico; esto es, mitos sobre los orígenes (El cosmos en tiempos míticos; Enki y Ninhursag; Una hierogamia cósmica); mitos de organización  (Enki y el orden del mundo; El viaje de Nanna a Nippur); mitos en los que hay un especial contacto entre humanos y dioses (El matrimonio entre Lugalbanda y Ninsun; Enlil y Namzitarra); leyendas de características mitopoéticas (La expulsión de los qutu, El sueño de Gudea; La leyenda sumeria de Sargón de Akkad); una suerte de literatura épica centrada en figuras como Lugalbanda, Enmerkar y el célebre rey de Uruk, Gilgamesh (Gilgamesh y Agga de Kish; La muerte de Gilgamesh; Lugalbanda y el pájaro del trueno); narraciones mitológicas acerca del más allá (El descenso de Inanna a los infiernos); mitos de exaltación (Mito de Ninurta y las piedras o El matrimonio de Sud, en donde la deidad de la ciudad de Eresh, de nombre Sud, se casa con Enlil); y una ingente cantidad de relatos mitopoéticos cuyos principales protagonistas fueron Dumuzi e Inanna y sus amoríos e infidelidades (El mensaje de la hermana; Las sábanas de la dote, entre otros).
Los acadios recogieron los mitos sumerios, los copiaron y sistematizaron. Además, los llevaron hasta los confines geográficos de Mesopotamia, concretamente hasta Anatolia, Palestina y Egipto, como fue el caso de Nergal y Ereshkigal, los Mitos de Adapa o el Poema de Gilgamesh. Son los responsables de que el interés por estos mitos se mantuviese vivo, gracias a lo cual se encargaron de elaborar versiones diferentes del mismo mito adecuadas a períodos temporales distintos. Es más, los acadios crearon nuevos argumentos míticos, lo que incluye temas novedosos, tal el caso del de la ascensión (un sabio mitológico o un ser humano mortal ascienden al cielo en virtud de diferentes razones), como sería el caso del mencionado Adapa, y también llevan a cabo una abstracción de las deidades, sobre todo en función de su tendencia hacia el henoteísmo.
Los acadios popularizarían nuevos contenidos míticos que tienen que ver con el nuevo orden establecido, especialmente en lo tocante a la administración, la justicia y la política nacionalista acadia. En general, entonces, los mitos reflejarán un menor interés por los aspectos del cosmos o la fertilidad  y se orientarán a vincularse con la divinización personal de los soberanos, la organización en torno a una entidad urbana y una deidad nacional suprema, como ocurrió con Babilonia y Marduk en el Enuma Elish, o a asociarse con los poderes del mundo regio, como es visible en el Mito de Erra. Los mitos acadios tendrán una variedad formal mayor que los sumerios, lo cual los hace más extensos y los dota de un carácter más prosaico, pero a la par verán disminuida su variedad conceptual, orientándose hacia la jerarquización y la abstracción.
Como en el mundo sumerio, la mitopoética acadia cuenta con bloques temáticos diversos. Se pueden mencionar, primeramente, los mitos acerca de los orígenes (La Inmolación de los dioses Alla; Marduk, creador del mundo). Este sería un tema expuesto ahora a frecuentes diatribas teológicas que darían pie a la elaboración de teorías cosmogónicas por parte de las diferentes escuelas teológicas; en segundo término, son destacables los mitos de combate y victoria. En este caso concreto, en una pugna desigual el vencedor resulta ser el que es militarmente más débil pero superior en cualidades propiamente divinas, tal y como se puede observar en el episodio de Gilgamesh, Ishtar y el Toro celeste, así como en el Mito de Anzu. También serían relevantes los mitos de destrucción y salvación (Poema de Erra, Mito de Atrahasis, Diluvio Universal); aquellos de exaltación divina y humana, galvanizados por su intención de divinizar, mitificándolos, a determinados reyes, y de elevar a ciertos dioses (Poema de Saltu y Agushaya; Himno a Marduk; Exaltación de Ishtar), así como los mitos acerca del inframundo (Descenso de Ishtar a los Infiernos; Nergal y Ereshkigal).
Por otra parte, los mitos de ascensión configuran, como ya se comentó previamente, una innovación temática acadia, visible en un par de notables narraciones mitológicas: el Mito de Etana y el Mito de Adapa. A todos ellos se sumarían, en definitiva, mitos con presencia de seres fantásticos (mitos de El dragón Labbu; Los siete “Utukku” malignos; Contra los fantasmas); un texto profético e histórico, que justifica los exilios de Marduk (La profecía de Marduk), un Himno a Sin, el dios luna y un grupo de seis mitos que giran alrededor de personalidades históricas; así Sargón de Akkad (Sargón, rey de la victoria); Naram-Sin (El asedio de Apishal por Naram-sin), y Gilgamesh, con Plegaria al divinizado Gilgamesh.

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, abril, 2020

29 de marzo de 2020

Los santuarios neolíticos de Göbekli Tepe: ¿templos o viviendas?






Imágenes (de arriba hacia abajo): uno de los círculos de pilares hincados descubiertos en Göbekli Tepe; una representación pétrea antropomorfa; bloque con bajorrelieve de Göbekli Tepe con aves, probablemente acuáticas y; monolito con alto relieve en forma de lagarto o cocodrilo.

El sitio arqueológico de Göbekli Tepe, ubicado en la región sureste de la actual Turquía, cerca de la localidad de Urfa, revela la presencia y acción de una comunidad de cazadores-recolectores que, entre 9500 y 7500 a.e.c., durante el Neolítico, comenzó a erigir los que serían, muy probablemente, los primeros santuarios-templo de la historia del ser humano. En el yacimiento se han hallado enormes construcciones hechas con grandes bloques de piedra, pilares en forma de T, así como una amplia gama y variedad de figuración zoomorfa y pictogramas en bajorrelieve. Su descubridor fue Klaus Schmidt en 1994.
En las excavaciones pronto se destacaron una serie de construcciones megalíticas (en torno a una veintena) que formaban círculos de pilares de piedra caliza, en forma de T, que mostraban algunas características humanas y estaban ornamentados con relieves zoomorfos. Animales como jabalíes, escorpiones, buitres, aves acuáticas, zorros, felinos y serpientes, son los que principalmente se observan en los pilares. Todos ellos eran animales peligrosos, cuya capacidad para acechar asentamientos humanos parece estar fuera de duda. Es probable  que fuesen espíritus guardianes, con una función protectora de las figuras antropomorfas que también se representaron en los pilares. Sin embargo, no se puede descartar que se refieran a tótems que reflejen diferentes grupos sociales. En la construcción de tales estructuras monumentales en Göbekli Tepe se tuvieron que ver implicadas un gran número de personas, tal vez de asentamientos diferentes, en una tarea rígidamente organizada.
El descubridor y excavador principal, Schmidt, ha señalado que estaríamos en presencia de un probable centro religioso en el Neolítico, construido y organizado por varios grupos de cazadores y recolectores que peregrinarían de modo periódico a la zona, con la clara intención de celebrar rituales asociados al poder de los animales representados en los pilares del complejo arquitectónico. Esta particular apreciación se fundamenta en los relieves labrados en los pilares de Göbekli Tepe, comparables con aquellos otros de los templos de Nevali Çöri, hoy en día anegados. En los relieves de aprecian lo que parecen ser figuras humanas estilizadas, sin cabeza y con sus brazos esculpidos a cada lado. Los brazos terminan en unas manos dirigidas hacia el vientre, cubierto a su vez con una suerte de arcaico taparrabos. Todas estas figuraciones antropomorfas miran hacia el interior del círculo, en una disposición semejante a la de una reunión o tal vez un baile ceremonial. Según el arqueólogo simbolizarían el ámbito del inframundo. Además, la ausencia de la  cabeza se relacionaría con la costumbre de retirar los cráneos de las sepulturas.
Un rasgo relevante es que el conjunto está formado por varias estructuras sucesivas, construidas una encima de las demás. Parece evidente que en la fase más antigua los pilares eran de mayor tamaño, mejor elaborados y con mayor riqueza en los relieves. Los monolitos más grandes, ubicados en el centro de las estructuras, debían tener en origen una altura de casi seis metros. En una fase más reciente se redujo el tamaño de los pilares, y los relieves muestran una menor calidad. Por otro lado, las estructuras ya estaban rodeadas de muros rectangulares. La constatación del enterramiento de las estructuras no deja de ser intrigante, pues no se sabe si responde a una pérdida de espiritualidad con el paso del tiempo o al hecho de que las ceremonias se vinculaban a situaciones, acontecimientos o personajes concretos, como un determinado jefe de clan.
En su especial hipótesis, Schmidt señala que en lugar de haber sido la agricultura la propiciadora de un modo de vida sedentario permanente, Göbekli Tepe parece demostrar que debió ser la religiosidad la impulsora de tal decisivo cambio neolítico. En tal sentido, asegura que los grupos de cazadores-recolectores semi nómadas serían los que iniciarían su asentamiento en la región con la meta de almacenar y defender así sus fuentes de alimento con el objetivo primordial de proveer al templo de alimentos, tal vez a modo de ofrendas. No obstante, no todos los estudiosos del tema están de acuerdo con esta teoría. Así, Ted Banning ha puesto en duda que Göbekli Tepe fuera un centro religioso en exclusiva y no un asentamiento más generalizado. Del mismo modo, también discute que sus constructores hayan sido cazadores y recolectores, en tanto que se han encontrado algunos vestigios de pequeños molinos además de hoces hechas en sílex, artefactos ambos propios de agricultores.
En cualquiera de los casos, queda mucho por saber, sobre todo si se tiene en cuenta que hay más de quince recintos que todavía no han sido desenterrados y que, con seguridad, pueden arrojar mucha más luz al respecto de las interpretaciones sobre este espectacular yacimiento, como ya se empezó a difundir hace unos años en relación a los propios santuarios, para el propio Banning quizá viviendas y no templos. La evidencia etnográfica, sobre todo en lo tocante a las casas comunales, parece demostrar la existencia de decoraciones en estructuras domésticas con la finalidad de conmemorar hazañas de los ancestros, difundir la historia de algún linaje importante o registrar diversos tipos de rituales (de iniciación, mágicos), centrados en el hogar. En este sentido, argumenta, estaríamos ante una suerte de arte doméstico neolítico semejante al de las pinturas murales de Çatal Höyük, también en Turquía.

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP. marzo, 2020.

Bibliografía básica


BACHENHEIMER, A. (2018). Gobleki Tepe: An Introduction to the World’s Oldest Temple. Nueva York: Blurb, Inc.
BANNING, E.B., (2011). “So Fair a House: Göbekli Tepe and the Identification of Temples in the Pre-Pottery Neolithic of the Near East”, Current Anthropology, nº 52, 5, pp. 619-660.
BENZ, M. (2018). “Göbekli Tepe, espejo de la transición neolítica”, Investigación y Ciencia, nº 498, marzo, pp. 54-61.
EILENSTEIN, H. (2018). Göbekli Tepe. Frankfort: BOD.
KLAVITER, P. (2014). Göbekli Tepe animation. Disponible en: http://smokingcoolcat. blogspot.com.es/2014/08/gobekli-tepe-animation.html.
MANN, Ch. (2011). Gobekli Tepe, el primer templo de la historia. National Geographic. Disponible en: http://www.nationalgeographic. com.es/articulo/historia/secciones/7363/gobekli_tepe_primer_templo_historia.html.
SCHMIDT, K. (2015). Le premier temple. Göbekli Tepe. Paris. CNRS Éditions.
SWOGGER, J. G. (2012): “Göbekli - Tepe final draft”. Disponible en: https://johngswogger. wordpress.com/2012/03/30/gobekli-tepe-final-draft/

19 de marzo de 2020

Mitología de Innana: ¿un precedente de la cristiana María?



Inanna, la semítica Istar, fue una las tres diosas más relevantes de la Edad del Bronce, al lado de Cibeles en Anatolia y la Isis egipcia. Las alabanzas e himnos ofrecidos en su honor como reina virgen del cielo y la tierra, pudieran anunciar los rendidos a la Virgen María. El consorte de Inanna moría y descendía al inframundo anualmente, tras ser fulminado por el sol abrasador del verano, mientras ascendía de nuevo bajo la forma de los primeros brotes de cereal anunciadores de una renovación de la tierra fértil. María, como Inanna-Istar, tiene un hijo que padecerá una muerte-sacrificio; descenderá al inframundo y acabará resucitando. La diosa doliente y dios agonizante aparecen juntos.
El sello cilíndrico de la imagen, que aquí nos sirve de hilo conductor, es uno de los escasos ejemplos en los que pudiera representarse a una deidad y su hijo. Se muestra a la diosa alzando al niño sobre el regazo. Frente a él, más arriba y encima de una jarra seguramente ritual, se observa una estrella de ocho puntas y la luna en su fase creciente, símbolos que evocan a Inanna-Istar. A la izquierda, dos figuras se acercan a madre e hijo. ¿Podría esta imagen anticipar el relato del nacimiento y la estrella que iluminó el lugar donde el niño divino vino al mundo terrenal en Belén?. Es realmente factible que la historia del nacimiento de Cristo en los Evangelios, además de la narración de su juicio, crucifixión y final resurrección, tenga su precedente en historias más arcaicas, particularmente aquella de la mitología de la diosa Inanna y su hijo-amante Dumuzi.
En tal sentido, es sintomático que Inanna, sacra pastora sagrada, guardiana del establo de vacas (y otros animales) diera a luz un hijo al que se denominó, entre otras formas como “pastor” o “señor de vida”. Un presumible entramado de analogías y similitudes sugiere un cuestionamiento primordial, y es si esta concreta historia sobre Inanna fue en algún momento parte de la literatura sapiencial, ahora perdida o bien destruida, del pueblo hebreo o si su modelo pudo ser sumerio. No hace falta recordar que Babilonia, durante el período del cautiverio, entre 586 y 538 a.e.c., debió ser punto de encuentro y fusión de las culturas hebrea y sumeria.

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, marzo, 2020

12 de marzo de 2020

Valor y función de las figurillas-ídolo del Neolítico Final en la Península Ibérica





Imágenes (de arriba hacia abajo): placa escultórica en forma de figurillas proveniente de Anta do Espadañal, en Évora, Portugal. Ha sido datada entre 3500 y 2500 a.e.c.; figurilla en forma de cilindro que fue hallado en Morón de la Frontera, Sevilla. Datada entre 3000 y 2500 a.e.c. se encuentra resguardada en el Museo Arqueológico de Sevilla y; figurilla-ídolo con ojos, elaborado en pizarra. Fue encontrada en Anta do Curral da Antinha, también en Évora, y datada entre 3600 y 2600 a.e.c. Hoy está en el Museo Nacional de Arqueología de Lisboa.

Las figurillas humanas con sexo explícito y de grandes ojos, a veces con cabellos y peinados, objetos en sus manos, tatuadas, maquilladas y vestidas con túnicas y otros ropajes decorados con motivos geométricos, denominadas también como ídolos, son objetos arqueológicos muy abundantes en la península Ibérica meridional. Han sido halladas más de seis mil. Son piezas que fueron de uso relativamente común entre linajes y agrupaciones sociales entre 3900 y 2200 a.e.c., y cuyo origen pudo estar más que en el Neolítico en el Paleolítico. Muchas de estas pequeñas figurillas pudieron emplearse como amuletos, siendo llevadas al cuello por las personas. Además, algunas fueron depositadas en las tumbas o, incluso, presidieron en lugares destacados ciertas estancias de habitación.
Realizadas en diversos materiales, arcilla, piedra, marfil, parecen reproducir códigos comunes aunque no se descarta que cada una de ellas tuviese una historia propia. Posiblemente se heredaban generacionalmente porque transmitirían informaciones individuales pero también sobre un determinado grupo. El grupo ejercería el papel de propietario.
Aunque en el resto de Europa han aparecido algunas de estas figurillas, aquellas con ojos rodeados con rayos del sol son específicamente peninsulares, un más que probable reflejo de la síntesis entre una realidad y algún mito en el que participarían personas. Las primeras figurillas femeninas aparecieron en Almería, en el contexto histórico de la Cultura de los Millares. Inicialmente se pensó que podrían simbolizar diosas madre de culturas y religiosidades orientales de carácter agropecuario, que habrían sido traídas hasta la península por mercaderes en busca de metales en el sur durante el IV y el III milenio a.e.c. No obstante, es muy probable que sus funciones, como arriba se comentó, fuesen muy variadas.
En la península Ibérica hubo una especialización formal concreta de las figurillas. La mayoría representaban cuerpos de mujeres explicitando claramente su sexualidad con la presencia de triángulos públicos destacados y senos amplios. Si fueron elaboradas por mujeres, se podría intuir en ellas claras informaciones sobre las actividades cotidianas y la fertilidad. Sin embargo, aquellas asociadas a contextos funerarios serían concebidas como objetos que permitirían mantener en el recuerdo la memoria de los antepasados a través de personajes femeninos. No es baladí recordar, en tal sentido, que las mujeres se ocupaban de la preparación de los fallecidos antes de su inhumación. Si tales figurillas pasaban de generación en generación, como se supone, servirían entonces de marcadores del pasado (familiar, de clan, de linaje) y estarían cargadas de una funcionalidad ideológica destacada.
Las posteriores estelas con armas de la Edad del Bronce, a partir de 2200 y hasta 800 a.e.c., presentes en las inhumaciones acabarían por sustituir gradualmente a estas figurillas, lo cual supondría la verificación de decisivos cambios sociales. Se constataría de tal modo el paso de sociedades de agricultores con intereses colectivos a otras en las que predominarían liderazgos elitescos fundamentados en la tenencia y uso de las armas. Los mensajes ancestrales entonces dejarían de estar en pequeñas figuras y se materializarían en figuras de guerreros de tamaño natural.  

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, marzo, 2020

2 de marzo de 2020

Una prehistoria novelada, dibujada e ilustrada


Una viñeta de Caveman, de Tayyar Özkan, Dude Comics, Barcelona, 2001.


La imagen de la prehistoria se ha ido formando desde tópicos iconográficos y literarios, que contemplaban al humano prehistórico vestido con pieles de animales, con largas greñas, provisto de armas contundentes, hachas y hasta arcos, y en convivencia con animales como caballos, dragones, mamuts y dinosaurios. La idealización marcó los inicios.
La más antigua imagen de un humano prehistórico fósil fue publicada en el primer tercio del siglo XIX por un zoólogo y biólogo de origen francés llamado Pierre Boitard. Fundamentándose en restos humanos fósiles europeos reconstruye la figura del supuesto primer homínido presentándolo con rasgos de simio y con unas características morfológicas análogas a las de etnias autóctonas de América del sur, África u Oceanía. Tres décadas después, publicará una versión novelada en forma de texto de divulgación paleontológica en el que muestra una imagen nueva del humano primigenio, ahora ya inserto en una familia nuclear, aunque con un aspecto todavía simiesco y negroide.
Tras esta iniciativa icónica, de mostrar cuerpo y cara del hombre primigenio, surgieron posteriormente las imágenes de la mano de Gabriel von Max, que ilustró una familia de pitecántropos, a fines del siglo XIX, y ya a comienzos del XX, la reconstrucción del antecessor por obra de Frantisek Kupka. Bien entrado el siglo XX, un célebre ilustrador de la prehistoria, el checo Zdenek Burian, lleva a cabo en colaboración con un paleontólogo, Joseph Augusta, un buen número de recreaciones de pasajes diversos de la historia más arcaica de la humanidad. Se trata de dibujos que han servido para ilustrar salas museísticas y hasta manuales. Las figuras humanas que dibujó, cargadas en un elevado porcentaje de evidente idealismo, así como las espléndidas escenas de caza, han sido muy imitadas con posterioridad. Un ilustrador de la prehistoria, llamado Rudolph Zallinger, es famoso por la secuencia evolutiva del hombre que llevó por título “La marcha del progreso”, y que data de mediados los años 60. Las realistas ilustraciones de Zallinger fueron muy influyentes en la divulgación prehistórica de las siguientes décadas.
En tiempos más recientes la imagen del hombre prehistórico ha estado más cercana a la propia investigación paleoantropológica sobre todo a las técnicas informáticas que posibilitan las reconstrucciones faciales y del resto del cuerpo a partir de los fósiles. Naturalmente, este hecho posibilita que las imágenes más actuales sean muy próximas a la factible realidad prehistórica; es decir, a cómo sería nuestra especie.
La representación imaginada se ha visto complementada con la literatura escrita. Influencia capital han tenido las novelas de aventuras decimonónicas, como el caso de La máquina del tiempo de H. G. Wells y su mundo futurible, Viaje al centro de la Tierra de Julio Verne y Mundo perdido de Arthur Conan Doyle, ya a comienzos del siglo XX. Tales novelas han sido un referente para los ilustradores en su afán por ambientar paisajes y personajes prehistóricos. Otra novela de ficción interesante al respecto es Antes de Adán, de Jack London, aunque la más célebre de las ambientadas en la prehistoria es La guerra del fuego, de Joseph-Henri Rosny aîné, fundamento de una excelente versión cinematográfica dirigida por Jean-Jacques Annaud a comienzos de los 80 del pasado siglo. Sus personajes humanos y no tan humanos, como los enanos rojos, los gigantes del cabello azul, los wah o los que devoran hombres, se entremezclan en una ficción con ciertos visos de realidad histórica (que incluye el lenguaje utilizado por los personajes).
Otros referentes destacados de principios del siglo XX fueron El Mundo de Pellucidar y, sobre todo, Tarzán de los monos, de Edgar Rice Burroughs, cuyos personajes inspiraron héroes y heroínas de aspecto presumiblemente prehistórico aunque en el ambiente selvático del África occidental. En estos espacios del selva conviven con grupos indígenas, cuyas formas de vida corresponderían supuestamente con los estadios prehistóricos de nuestros antepasados.
Más recientemente ha cambiado el previo concepto de novela de ficción de ambientación prehistórica. Es el caso de El clan del oso cavernario, de Jean Marie Auel, de los años 80, o de la novela francesa El último neandertal, de Marc Klapczynski, editada en el siglo XXI, en la que se recoge la aventura que dio lugar al funesto destino de los últimos neandertales. En España, tanto El collar del Neandertal como Al otro lado de la niebla, de Juan Luis Arsuaga son dos de las obras que iniciaron recientemente una línea de novelas a caballo entre la ficción y la divulgación científica. Están ambientadas en una prehistoria en la que el valor de los descubrimientos es crucial. Finalmente, no se debe dejar de mencionar Tras la huella del hombre rojo, de Lorenzo Mediano (2005), en la que el relato se orienta en el encuentro entre dos distintas especies (neandertales y cromañones).
Todas estas últimas novelas tratan aspectos relevantes de la evolución humana, haciendo énfasis en las más recientes investigaciones, sobre todo aquellas centradas en desvelar la extinción de los neandertales. El natural celo por la rigurosidad científica hace necesaria una rigidez narrativa y una muy escasa originalidad, sobre todo si se comparan con aquellas novelas fantásticas, de desbordante imaginación, mencionadas anteriormente, en las que sus escenarios y personajes troglodíticos principales tenían, eso sí, muy poco que ver con la prehistoria más real.
La representación del hombre prehistórico al modo de un ser híbrido, medio hombre y medio mono, sobre todo en los cómics, recuerda antiguas leyendas y también la historia de la investigación acerca de la evolución de la humanidad. La misteriosa atracción que despertó la leyenda del yeti o el abominable hombre de las nieves desde mediados del siglo XIX, contribuiría de manera notable en la creación de esa particular imagen que la cultura popular vincularía a los orígenes del ser humano. En el primer cuarto del siglo xx el hombre prehistórico mantendrá su aspecto simiesco aunque, gracias a la influencia de Tarzán, aparecerá en el cómic una figura análoga al mito del buen salvaje, en forma de un hombre integrado en la naturaleza y muy noble. Además, se introduce la mujer salvaje prehistórica como protagonista. En todo caso, estas imágenes de humanos prehistóricos responden a un ser humano occidental habitante de la selva, alejado del prehistórico.
En España, este perfil se observa en Purk, el hombre de piedra, de Manuel Gago, en Piel de lobo y Castor, ambientado en una prehistoria mitificada e idealizada, y en Tamar, de Ricardo Acedo y Antonio Borrell. En Francia será Rahan, del dibujante André Chéretel, el prototipo del hombre salvaje del Paleolítico, cuya imagen se plasma portando un cuchillo de marfil, un taparrabos y un collar hecho de garras de oso. En los años 70, el ilustrador Juan Zanotto y los guionistas Diego Navarro y Ray Collins crean un personaje prehistórico llamado Henga, el cazador (Yor en España), un viajero que, en compañía de Ka-laa, se desplaza entre dos civilizaciones diferentes en un mundo primitivo ambientado en el Neolítico y en el futuro.
En EE.UU., en las décadas de los años 60 y 70 del pasado siglo, destacarían Korak, el hijo de Tarzán, Ka-Zar y Kong, el salvaje, personajes que enfrentan cavernícolas, fieras e incluso dinosaurios en periodos aparentemente prehistóricos. En Tragg y los dioses del cielo, se mezcla ciencia ficción y prehistoria, si bien será Tor, in the world 1,000,000 years ago, de los años 50, y creado por Joe Kubert, el guerrero prehistórico por excelencia. Otros ejemplos destacables son Anthro, el primer niño cromañón pero de padres neandertales, Naza y Stone Age Warrior. Estos últimos configuran un personaje prehistórico propio.
También en Estados Unidos vemos el nacimiento y consolidación de lo que se podría denominar indios americanos prehistóricos. El caso más emblemático es el de Turok, el guerrero de piedra, nacido a mediados de los años 50. Se trata de un piel roja paleolítico en perpetua pugna con hombres de las cavernas, distinta fauna prehistórica propia del continente americano y, lo más peculiar, contra animales antediluvianos en forma de dinosaurios.
Unas imágenes más realistas y rigurosamente pergeñadas de la prehistoria se encuentran en algunos cómics belgas y franceses. Se pueden destacar Tounga, del ilustrador Édouard Aidans, de los años 60, que aúna documentación arqueológica con ficción, de tal forma que ilustra con precisión la fauna propia del Paleolítico medio y superior; las Chroniques de la nuit des temps, de André Houot, ya de finales de los ochenta, en donde se cuenta la historia de la humanidad desde sus remotos orígenes hasta la Edad del Bronce. Su énfasis pedagógico y la presencia en el mismo de un asesoramiento científico concienzudo, hacen de esta historia una referencia esencial; Vo’hounâ, de Emmanuel Roudier, ya a comienzos del siglo XXI, habla con propiedad de neandertales y de cromañones, pues se documentó y asesoró con arqueólogos franceses, acerca de aspectos técnicos como las reconstrucciones anatómicas de los neandertales o sobre condiciones ambientales, como el clima, la flora y la fauna prehistóricas. Sus ilustraciones y ambientaciones de la prehistoria europea son realistas y creíbles (como también ocurre en Néandertal, del mismo autor)
Los espectaculares avances en la investigación prehistórica de las últimas décadas se perciben asimismo en las imágenes y las actitudes de los protagonistas principales de cómics como Lucy. L’espoir (P. Norbert & T. Liberatore), una clásica historia de supervivencia de los  primeros homínidos. L’âge de raison, de Matthieu Bonhomme se presenta, por su parte, con fuerza narrativa y colorido, la historia de un impulsivo homínido. Otros ejemplos muy notables son Neanderthal, de Frank Frazetta, o el muy reciente Mesolith (del 2010), de Ben Haggarty & Adam Brockbank, quienes en un ambiente muy creíble narran las peripecias verosímilmente reales de un grupo de cazadores-recolectores de los estadios mesolítico y neolítico. En España sobresale Ötzi. Por un puñado de ámbar, de Mikel Begoña e Iñaket, una aventura centrada en la presumible vida de Ötzi, el célebre fósil humano del calcolítico descubierto en los Alpes.
Una rigurosa y seria documentación científica, unido a ilustraciones cuidadas y una narrativa innovadora, hacen del cómic, en fin, un solvente manual gráfico de la prehistoria. Por tal motivo, los museos emplean cada vez más la fuerza comunicativa de la imagen y la narración gráfica como medios de transmitir conocimiento a través de un discurso expositivo atractivo y científico a la vez. El álbum El bosc negre. Una aventura talaiòtica de Max y Pau (2007), editado por el Museo Arqueológico de Son Fornés (Mallorca); el cómic Explorador en la Sierra de Atapuerca (2004) de Jesús Quintanapalla, editado por la Fundación Atapuerca; o la edición de los cuentos titulados El misterio de la cueva y El encuentro entre dos mundos, del Museo de Prehistoria de Valencia  argumentados por las arqueólogas-monitoras del propio Museo, representan ejemplos de gran valía.
En definitiva, bien sea para un público infantil o juvenil como para uno adulto, el valor de la narración gráfica como recurso comunicativo y museográfico que permita una aproximación fundamentada a la prehistoria, tiene una excelente acogida y se muestra como una herramienta de extraordinario valor educativo.

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, marzo, 2020