20 de enero de 2010

Eros y Agaphe en la mitología griega


EROS, CON PANDERETA, AL LADO DE DIONISOS, VISIBLEMENTE BORRACHO, Y ARIADNA. PINTOR DE MELEAGRO, SIGLO IV A.C. BRITISH MUSEUM, LONDRES. ESTATUA EN MÁRMOL DE AFRODITA, PAN Y EROS DE LA LOCALIDAD DE DELOS, DATADA EN TORNO AL 100 A.N.E. MUSEO ARQUEOLÓGICO NACIONAL DE ATENAS.
Eros representa una atracción intensa hacia algo o alguien, un fuerte deseo lujurioso, que implica pasión y entusiasmo, pero también, de acuerdo a Platón (Symposion), el deseo por la felicidad y las cosas buenas. Eros no sólo se aplica a las relaciones humanas, en tanto que hay Eros para la música, el arte o la filosofía, sino que su presencia está en todo, siendo la fuerza motivante detrás de cada cosa. Agaphe, por su parte, significa profundo afecto, incluyendo serenidad. El cristianismo antiguo denominó agaphe a las comidas en común de los iniciados, que no tenían carácter litúrgico y que solían finalizar destruyendo todo. Los cristianos reivindicaron el enriquecimiento del término, otorgándole el sentido de aceptación y hermandad (expresiones que en griego son cubiertas con philotis y philo, además de por el propio Eros, que encarna valores morales). De este modo, la iniciación a través de Eros ayudaba a la revelación de la absoluta Belleza, entiéndase lo Divino, que es indivisa y eterna. Así pues, el término Eros no denotaba exclusivamente las relaciones entre personas que, además, no tenían porque ser necesariamente sexuales.
Eros, en virtud de su relevancia, fue deificado en Grecia. De acuerdo a Hesíodo (Teog., 116), el dios Eros fue una deidad primordial, de parentesco desconocido, y tan antigua como Caos y Tierra. Es el más bello de los inmortales, aseveración que tiene en cuenta el hecho de que la belleza era adorada en Grecia, según Isócrates, por ser el más respetuoso, deseable y divino de todos los valores. Según Platón (Symposion, 45), aseguraba la virtud y prosperidad durante el tiempo de vida humano. Eros se representaba alado, debido a su extrema movilidad y a su omnipresencia, tanto en la tierra como en el cielo. Se figuraba en el período clásico como un vigoroso y desnudo joven de cabello oscuro, en el floruit de su vida, repleto de gracia. Su iconografía como un pequeño niño rubio y regordete es propia del arte romano y, sobre todo, renacentista. En ocasiones se consideraba peligroso y dañino, porque hacía que dioses y hombres perdiesen la razón (existía en los mitos una locura de amor), causando con ello grandes desastres, incluyendo guerras, como la troyana. Los principales centros de adoración del Eros dios se encontraban en Thespias, en Beocia, y Leuktra, en Laconia, en el Peloponeso, así como en el santuario de las Musas sobre el monte Helicón. Era frecuente también que hubiese altares y estatuas suyas en los gimnasios. En los mitos con él relacionados se le atribuyen tres hermanos, Imeros, Pothos y Anteros, iconográficamente indistinguibles. La tarea principal del último de ellos, como anuncia su nombre, era castigar a los que no respondieran al amor ofrecido.
Prof. Dr. Julio López Saco