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25 de mayo de 2026

El imaginario religioso romano y sus nociones primordiales


Imágenes: arriba, altar de mármol dedicado a los dioses Marte y Venus, datado hacia 124. Posteriormente, se utilizó como pedestal para una estatua del dios Silvano. Los relieves narran la fundación de Roma con las figuras de Rómulo y Remo; abajo, escena de sacrificio al dios Marte. Se trata de la suovetaurilia, en la que se sacrificaba un cerdo (sus), una oveja (ovis) y un toro (taurus). Hacia 50 a.e.c. Museo del Louvre, París.

La religión romana porta un sentido práctico y utilitario, de ahí su permeabilidad al recibimiento y adopción de prácticas y cultos foráneos (a través del rito de la evocatio), aunque siempre garantizando la inalterabilidad de la cohesión socio-política. Los romanos se servían de la religión como medio de satisfacer sus necesidades. Con la esperanza de obtener, como recompensa, algo a cambio, se cumplían las obligaciones religiosas, dedicadas a una serie de deidades que requerían atención y devoción de parte de los fieles. La religión y el poder político van en Roma de la mano: los sacerdocios no son más que escalas en la carrera de un magistrado, en tanto que los gobernantes se implicaban en los asuntos religiosos de manera formal.

La mentalidad religiosa romana parte del entendimiento de diversos conceptos. Marco Tulio Cicerón relacionaba la palabra religio con el verbo relegere o religere, cuyo significado es recoger y acopiar y, por extensión, reanudar lo referido al culto divino. Esta interpretación hace de religio un vocablo propio del ámbito jurídico que persevera en el carácter lícito y justo de la relación existente entre el ser humano y la divinidad. Por su parte, Lactancio (entre 241 y 320), Mauro Servio Honorato, de los siglos IV y V, y san Agustin de Hipona (354-430), derivaban el concepto de religare, cuyo significado es vincular, relacionar o asociar, insistiendo, de lo que se colige la relevancia de los vínculos que unen al humano con las deidades. Otras interpretaciones, hoy superadas por la crítica, relacionaban el vocablo con el verbo relinquere, abandonar, apartar y dejar de lado, en función de la idea de que las cosas sagradas estaban alejadas del ámbito de la actuación humana.

En la antigua Roma, religio implicaba el sentimiento que provoca la existencia de un orden sobrenatural, ante el cual, por temor y reverencia, los romanos trataban de actuar de forma escrupulosa llevando a cabo las obligaciones imprescindibles que les permitieran congraciarse con la divinidad. El término religio acoge un buen número de elementos semánticos, con nociones que van desde la reverencia venerable y el vínculo con las deidades, hasta el temor respetuoso y el deber de obligación en cumplir los deberes necesarios. Además, supone culto, escrúpulo y creencia.

Relacionado con religio, y con el lexema -leg, están lo términos diligentia y su contrario neglegentia, que significan, tener especial cuidado en las obligaciones contraídas con los dioses y, al contrario, descuido, dejadez y hasta desprecio hacia esas deidades. El homo religiosus, temeroso de lo divino, debe cumplir las prácticas que la sociedad entiende claves en la relación con lo numinoso.

La manifestación externa esencial de la religio era el cultus. Una palabra que deriva del verbo colo, velar por alguien, cultivar, y que agrupaba el conjunto de prácticas y obligaciones religiosas necesarias. El culto a las divinidades ha de llevarse a cabo mediante las prácticas adivinatorias, las plegarias, promesas, la acción de gracias, las ofrendas o los sacrificios.

Los romanos diferenciaban entre religio y superstitio. Superstición no implicaba solamente un temor a lo desconocido o un exceso de reverencia, sino una actividad sin reglamentación, una creencia sin motivo, una practica infundamentada. Incluso suponía una suerte de adhesión a las innovaciones foráneas. La religio se consideraba auténtica y verdadera, mientras que la superstitio se estimaba como vana, sin sentido y vacía (inanis), morbosa o enfermiza y también insensata. Solía vincularse a la mentalidad propia del vulgus, así como a la impiedad de carácter religioso.

Cicerón distinguía superstitio de religio, entendiendo que la primera es una suerte de temor infundado hacia los dioses, en tanto que la segunda, corresponde a un piadoso culto a las deidades. Isidoro de Sevilla (siglos VI-VII), en su obra Etimologias (1, 8) advertía que la superstitio es una superflua observancia del culto, allende lo establecido por los antepasados. Existe una implícita idea, por tanto, de rechazo hacia una práctica sin fundamento, inocua y, en todo punto opuesta a la tradición romana. En consecuencia, desde la perspectiva romana, supertitio era un término para referirse a las religiones que se alejaban de la mentalidad religiosa tradicional. Este concepto fue vinculado a los cultos orientales que no se habían introducido oficialmente y que la opinión pública, por tanto, censuraba.

Algunas de las nociones clave del universo religioso romano contienen significados y sentidos amplios, en ocasiones contradictorios. Un ejemplo notable a este respecto es la palabra sacer, perteneciente a los dioses. La actuación de las deidades provoca a la vez temor y veneración, de ahí que sacer también designase a aquella persona u objeto que, al ser tocada por la divinidad, resultaba contaminada o a la persona o cosa que, al adquirir una mancha, podía, a su vez, ensuciar a quien la tocase. Tal duplicidad implicará que sacer tenga, a la par, una acepción positiva como sacro, inviolable, escogido o consagrado a la deidad, y otra negativa, al entenderse como maldecido, sucio, execrable o poseído por la divinidad.

El laurus o laurel es sagrado (sacer) porque es un árbol consagrado a Apolo, en tanto que el rayo que cae sobre una persona, que se considera fulminado por Júpiter en virtud de que es su atributo, es sacer también pero en un sentido negativo, porque esa persona no podía ser tocada ni siquiera inhumada, siendo actos que se consideraban impíos.

La polisemia del vocablo fides es asimismo sorprendente. Fides era considerada una de las principales virtudes del romano. En su origen, y en un sentido religioso, implicaba la capacidad de creer y de permitir ser persuadido, si bien en un entorno jurídico, se entendía como el compromiso adquirido a través de la palabra ofrecida, y ello suponía credibilidad, lealtad y confianza, poseer buena fe y ser garante. Fides se empleaba como fórmula de juramento, aunque todavía hoy en día la palabra fe supone la confianza que alguien merece. Fidelis, en este sentido, designaba a la persona en quien se confiaba, y únicamente con el cristianismo adquirió el sentido de aquel que es un creyente que pertenece a una comunidad de fieles.

La pietas, por su parte, conlleva el sentimiento por el cual se reconocen y se deben cumplir los deberes que el ser humano tiene hacia lo que estima y respeta, como pueden ser los padres, la patria y también los dioses. Ser pius significaba originalmente ser virtuoso, respetuoso e integro, y, en consecuencia, comportarse con rectitud. Asociado al ambiente religioso, el significado de pietas adquiere una acepción por la cual designa la actitud moral de devoción que se ha de tener hacia las cosas sacras.

Pietas es una virtud devocional, que implica cumplir los deberes hacia las divinidades pero también hacia la patria, en tanto que Concordia es pacto, convenio y conformidad, sobre todo después de un conflicto. Es la armonía entre el pueblo romano, y entre Roma y otras naciones. En algunas monedas romanas, como un denario fechado hacia 48 a.e.c., de Décimo Iunius Brutus Albinus (85-43 a.e.c.), en el que aparece Pietas en el anverso, puede existir una asociación de este término con los símbolos de Felicitas (en tanto que prosperidad social) y la mencionada Concordia, lo cual es un reflejo de la propaganda cesariana de moderación y reconciliación durante la Guerra Civil de la segunda mitad del siglo I antes de la Era.

Hay que pensar que la tendencia de los romanos a concretar el universo abstracto, provocó que habitualmente éstos confirieran una forma humana a las virtudes y a los valores religiosos. El propio Cicerón entiende un ejercicio necesario divinizar las virtudes, si bien se opone a personificar los vicios en imágenes1. Así, en su obra De las Leyes (2, 29) advierte del craso error que fue erigir un altar dedicado a la Fiebre en el Palatino y otro dedicado a la Mala Fortuna ubicado en el Esquilino.

La noción de numen es de vital relevancia en la esfera religiosa de los romanos. Se trata de una fuerza de origen sobrenatural que preside algún tipo de actividad o una realidad específica de la vida. En sus orígenes era una presencia que se invoca y que no tiene forma definida, aunque su potencia y eficacia eran decisivas. Los numina son un reflejo de la mentalidad religiosa de civilizaciones ágrafas, que sienten que en todo y en cualquier sitio se encuentra la impronta de lo divino y de lo misterioso. Esta peculiar mentalidad implica la carencia de una linea bien establecida que separe mundo natural de mundo sobrenatural. De esta manera, para los romanos, los numina son manifestaciones de la presencia sobrenatural en el marco de la vida cotidiana, y que se pueden invocar con la finalidad de satisfacer las necesidades propias de la existencia humana.

La presencia de los numina se deja sentir, por lo tanto, en cualquier esfera de la vida privada y pública. Un buen número de prácticas religiosas romanas tuvieron un origen agrícola. Así, los campesinos romanos invocaban al numen correspondiente cuando llevaban a cabo las labores rutinarias del campo. Por ejemplo, Veruactor ayudaba a barbechar, mientras que Redarator era invocado cuando se labraba el campo por segunda vez, en tanto que una vez labrada la tierra y era el momento de sembrar, se concebía necesaria la intercesión de Sator. Será gracias, en especial, a la influencia del antropomorfismo de las deidades griegas, como muchos numina se personificaron, convirtiéndose, en ciertos casos, en algunos dioses o diosas relevantes del panteón romano.

Los numina relacionados con los elementos primordiales de la naturaleza fueron evolucionando con el tiempo, en un proceso de antropomorfización. Así, Saturno era, en origen, uno de los numina invocados en la época de la siembra, pues Saturnus deriva del verbo sero, sembrar. Además, el dios Iuppiter, con anterioridad a ser el padre de los dioses, era un numen asociado con la luz y la bóveda celestial; o bien Terminus, una entidad de menor categoría, fue en tiempos arcaicos, un hito sacro que fijaba los limites, considerados inviolables, de un territorio.

La cantidad de numina presentes en el mundo romano es elevada porque la divinidad para los romanos se manifestaba en todos los lugares y cada actividad de la vida privada o publica se efectuaba teniendo presente la protección y la vigilancia de una fuerza concreta. Este hecho relevante, unido a una escrupulosidad casi supersticiosa, hizo imprescindible sistematizar las denominaciones de los numina, así como todas sus atribuciones. Este es el motivo que se encuentra detrás de los indigitamenta, un vocablo que alude a las listas elaboradas por los pontifices, en las que figuraban los nombres de todos los numina, de todas las fuerzas divinas seguidas de sus respectivas funciones. Además, en esas listas se anotaban, asimismo, las invocaciones necesarias para que las demandas fueran escuchadas por las entidades.

El número de las fuerzas divinas o numina, fue aumentando progresivamente por necesidad. No hubo reparo, en consecuencia, a la introducción de dioses extranjeros que pudieran cubrir nuevas necesidades, a las que las divinidades tradicionales no podían responder. En este sentido, hubo en el marco de la religión romana un triple proceso, de asimilación, sincretismo y la célebre interpretatio.

La asimilación es el proceso a través del que algunas características de divinidades foráneas se atribuyen a deidades ya existentes en el mundo romano. Con ellas, las romanas aumentan su esfera de competencias. Un ejemplo sería la asimilación de Venus con la deidad etrusca Apru y la griega Afrodita. El sincretismo, por su parte, implica un paso más en el proceso de asimilación, aunque la adopción de nuevas características y atribuciones modifica a la divinidad autóctona hasta convertirla en una nueva entidad ya híbrida con su genuina iconografía. Este fenómeno es lo que ocurrió, sin ir más lejos, con los cultos a divinidades orientales que se fusionaron con deidades romanas en época imperial.

Interpretatio, que supone una traducción, designa, en la esfera religiosa, un proceso por el que se otorga a una específica divinidad foránea el nombre de una romana con la que comparte características, ámbitos de actuación, funciones y atribuciones. En este aspecto, Tácito menciona a Mercurio, cuando se refiere a Woutan-Odin o a Hércules, al señalar al dios germánico Donar-Thor. La interpretatio es una suerte de koine entre pueblos diversos, que intenta ser un factor de cohesión socio-religiosa, cultural y política.

Otra de las expresiones de mayor relevancia en el ámbito religioso romano es el de pax deorum, una expresión que asume la noción de la necesaria concordia con los dioses, el equilibrio entre las fuerzas divinas y humanas, así como el respeto y la actitud correcta hacia la divinidad por medio del cumplimiento pormenorizado y sistemático de las prácticas religiosas. Con el estricto seguimiento del deber religioso se obtenía como correspondencia una cuidadosa actitud de parte de la divinidad. La deidad, satisfecha con la piedad humana sentía la obligación de velar por el bienestar tanto material como espiritual de la comunidad.

La visión providencialista de las relaciones entre el ámbito de lo natural y la esfera sobrenatural fue habitual en la noción del desarrollo histórico romano. La suerte del imperio se consideró siempre estrechamente asociada a una favorable y benevolente actitud de las divinidades. De hecho, esta humilde relación que los romanos entendían que habían acordado con las deidades a las que se sometían, era la garantía de permanencia en el tiempo de la urbe y del imperio. Estaríamos así ante el origen del mito de la Roma aeterna.

La ruptura de la paz con los dioses, motivada por el abandono de los deberes religiosos, podía provocar desgracias individuales y grupales, sociales. Si se desatendían los deberes religiosos, las desgracias fracturaban el desarrollo normal de la vida cotidiana, tanto privada como pública.

Las conductas negligentes que conducen al quebrantamiento de la pax deorum provocan un miasma, palabra griega que implica suciedad, mancha. Refiere la infección que provocan los cadáveres de animales muertos o la materia orgánica en descomposición. Se trata de un efluvio nocivo que conlleva enfermedades, algunas epidémicas. El término fue adoptado en el ámbito religioso romano para describir un estado de impureza debido al desprecio del culto de los dioses por los humanos.

El vocablo sacrificium literalmente significa la realización de algo sacro. Se concreta en una tipología de ofrenda que supone el deceso de un ser vivo, sobre todo, bueyes, ovejas, cerdos, caballos y vacas. Para los romanos, el sacrificio era el acto ritual que más satisfacía a las deidades, en tanto que la sangre de las víctimas renovaba la energía divina y hacía al dios más grande. Una de las fórmulas que se utilizaba en el sacrificio era la expresión macte, seas engrandecido. El término se vincula con el lexema mttk-, grande, y con el verbo mactare, inmolar o sacrificar, de donde, pudiera derivar el verbo matar.

En el sacrificio, que se realizaba capite velato, el sacerdote alzaba hacia el cielo una bandeja de madera con mola salsa, una suerte de harina mezclada con sal que, dice la tradición, elaboraban las vestales. Esta mola salsa se vertía sobre el animal. Es así como inmolare originalmente significaba, salpicar con mola salsa, si bien ulteriormente designó la acción completa de matar a la víctima.

El sacrificio era un acto religioso al que no cualquiera podía asistir. En este sentido, las mujeres, los esclavos y los extranjeros, por ejemplo, estaban excluidos muchos de ellos. Hacía falta una vestimenta apropiada, una limpieza del cuerpo y una pureza anímica de parte de los asistentes. En un banquete de carácter sacro, la epulatio, los asistentes comían la carne de las víctimas sacrificadas. Los banquetes conocidos como Iectisternia y sellisternia, suponían la participación de las divinidades.

Los primeros eran ceremonias públicas que consistían en la celebración de un banquete en el que participaba el pueblo romano y al cual eran invitados diversos dioses, que asistían representados por sus estatuas. Los segundos, por su parte, son banquetes con presencia divina, aunque las deidades acudían sentados en sellae, o sillas. La entidad divina era llamado a participar en el banquete, representado por una estatua o también simbolizado por uno de sus atributos. Tales actos rituales conformaban una de las primordiales manifestaciones de la pax deorum en la medida en que favorecían la concordia y el entendimiento entre humanos y deidades. No obstante, ya a fines de la República, estos banquetes se hicieron excepcionales.

Bibliografía básica

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TURCAN, R., Rome et ses dieux, Hachette edit., París, 1998.

1 Los valores o virtudes públicas más queridos de la romanidad, eran aquellos que los diferenciaban de otros pueblos dándoles una supremacía, y justificando su poder expansivo (de ahí la Providentia, como la habilidad de la sociedad romana de sobrevivir a desafíos y manifestar un gran destino). Se basaban en la mentalidad del campesino-soldado, que suponía perseverancia en el trabajo inevitable y rutinario del campo; el esfuerzo y la tenacidad; el conocimiento nacido de la experiencia, y no el especulativo; la piedad y la solicitud humilde para pedir el auxilio de los dioses; es decir, el reconocimiento de estar vinculado y subordinado a algo superior (ser pío); la honradez, la frugalidad, la previsión y la paciencia, además del valor, la independencia y la sencillez frugal (Frugalitas, templanza); y la obediencia y el sacrificio. Otras virtudes relevantes son Gravitas (seriedad de lo que uno es y hace, responsabilidad y determinación en el empeño), Severitas (severidad con uno mismo, virtudes morales que los romanos consideraban que los habían hecho grandes a ellos y a su ciudad), y Clementia (disposición a ceder en los propios derechos, suerte de gentileza). Con el crecimiento de los dominios de Roma los valores de la República empiezan a verse trastocados, producto de las relaciones de los romanos con otros pueblos. La riqueza y el poder cambian la sensibilidad romana, a lo que reacciona Cicerón o Séneca.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-AVECH-AHEC-ICA-UFM, mayo, 2026.

22 de mayo de 2025

Civilización Occidental: una invención hecha realidad

Imagen: La caída de Roma, cuadro del pintor estadounidense Thomas Cole (1801-1848).

La idea de civilización no es un modelo universal propio de la organización social humana, sino un constructo, una invención de Europa por parte de los europeos. Inicialmente, el concepto es singular y posteriormente plural. El nombre, en singular, es acuñado en Francia a mediados del siglo XVIII, y secundado por los filósofos, como referencia de un concepto abstracto relativo a una sociedad avanzada. El término, proveniente del sustantivo civilisé (refinado, pulido), ya consta en Francia en el siglo XVI, aunque su primer uso se testimonia en el marqués de Mirabeau, a mediados del siglo XVIII. El progreso hacia la civilización suponía, según J. Stuart Mill, una serie de factores, entre ellos, las ciudades, la agricultura, la tecnología, la industria y el comercio. El concepto abstracto fue de gran utilidad al imperialismo europeo, mediante el cual las sociedades civilizadas (europeas), tenían la obligación moral de ayudar a otras a recorrer el camino que ellas habían emprendido previamente con éxito.

El concepto plural de civilizaciones aparece en el primer tercio del siglo XIX gracias a unas cuantas conferencias del historiador y político francés François Guizot en la universidad parisina de La Sorbona. En ellas habla sobre la civilización genérica de la raza humana pero también de los casos individuales de la civilización general, en especial los que preceden a la civilización europea, entre los que destaca a los etruscos, las culturas de la India, griegos y romanos. Esta civilización europea sería la que compartirían Francia, Inglaterra, España y Alemania, en la que habría una serie de elementos fundamentales, como la presencia romana, los germanos bárbaros y la iglesia cristiana, que vendrían a ser los ancestros culturales de Europa.

Los intelectuales del siglo XIX identificaron los rasgos culturales de las sociedades, interesándose más por esto que por su progreso hacia un ideal humano compartido. La noción popular de las razas, con distintas inteligencias y capacidades, promocionaron una clasificación jerárquica de la que se infería una superioridad, la europea, sobre las demás, que abarcaba los australianos, la más arcaica, seguida por las razas africanas y asiáticas orientales, todas ellas inferiores.

La invención de la infancia como discurso tuvo lugar en Europa al mismo tiempo que la invención de la raza porque una idea del infante es una condición previa necesaria del imperialismo; esto es, que Occidente tuvo que inventar para sí mismo ese concepto (o usar el de monstruo o el de los comportamientos animales) antes de poder pensar en un imperialismo específicamente colonialista. El tropo del colonizado como infante proyecta la dominación colonial no como una opresión, sino como crianza parental, aunque de tipo brutal, lo cual permite al colonizador engañarse a sí mismo creyendo que sus acciones redundan en beneficio de los oprimidos. Mientras que la raza no podría existir sin el racismo, es decir, la necesidad de establecer una jerarquía de la diferencia, el concepto de la infancia diluye la hostilidad inherente a esa taxonomía ofreciendo una justificación natural para la dominación imperial sobre culturas y pueblos sometidos.

Naturalmente, cuando las potencias imperiales europeas colonizaron otras tierras, se llevaron consigo no sólo su religión, sino también los clásicos grecorromanos, imponiéndolos a los pueblos de las tierras que dominaban. Las potencias imperiales emplearon el conocimiento de la antigüedad grecorromana para reivindicar su superioridad sobre los pueblos que colonizaban y, al mismo tiempo, establecer vínculos entre potencias europeas que, de otro modo, serían dispares. Esto consolidó un discurso sobre el yo y el otro, el centro y la periferia, que hacía hincapié en una herencia cultural común entre las potencias coloniales europeas, de la que los colonizados quedaban excluidos.

Occidente empezó a emplearse como noción al lado de Europa e, incluso, al de las colonias europeas, enfrentándose a la idea de Oriente, aunque en el siglo XIX la frontera podía estar dentro de la misma Europa: Gran Bretaña, Portugal, España y Francia, de un lado, frente a Rusia, Austria y Prusia (Santa Alianza de imperios y absolutismo), del otro. Pensamiento civilizatorio y Occidente se asociaron en la idea cristiana de civilización occidental, asentada en el capitalismo, la tolerancia, la democracia, las libertades cívicas, las ciencias y el progreso.

En el siglo XX, las fronteras imaginarias de la civilización occidental se modificaron. El Telón de Acero selló una frontera a partir de los intereses de la URSS, propiciando como consecuencia la alianza entre Europa occidental y EE.UU. Con el final de la Guerra Fría se identificaron (gracias al profesor Samuel Huntington), hasta nueve civilizaciones contemporáneas, con sus elementos religiosos y geográficos específicos. Así, a la civilización Occidental se oponía la Civilización Ortodoxa y aquella otra Islámica.

En el siglo XXI, Occidente sigue siendo una cultura cristiana de raíces indoeuropeas o grecolatinas, frente a un Oriente situado en distintos espacios, en Rusia, en China o en aquellos países en donde prolifera el Islam. El pensamiento civilizatorio es ya un hecho civilizatorio. El propio Occidente es, en realidad, el resultado de duraderos vínculos con una amplia red de sociedades y, por lo tanto, no es ni único en sus presupuestos, ni puro en ningún sentido.

La noción de civilización se ha convertido en una idea que separa a las personas de aquellas otras que se encuentran a su alrededor.

Bibliografía esencial

Ashcroft, B., On Post-Colonial Futures: Transformations of Colonial Culture, Londres, 2001.

Guizot, F., General History of Civilization in Europe, Nueva York, 1896

Goff, B., ed., Classics and Colonialism, Londres, 2005.

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Quinn, J., Cómo el mundo creó Occidente, Crítica, Barcelona, 2025. (original en inglés en Londres, 2024)

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Stuart Mill, J., Essays on Politics and Society, Part I, UTP, Toronto, 1977.

Trautsch, J.M., “The invention of Occident”, Bulletin of the German Historical Institute, 53, 2013, pp. 91-99.

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Young, R. J. C., Postcolonialism: An Historical Introduction, Oxford, 2001.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-AHEC-UFM, mayo, 2025.

19 de junio de 2023

Gladiadores: ritual y espectáculo




Imágenes, de arriba hacia abajo: mosaico de los gladiadores, hallado en Cruciniacum, Renania, Alemania, en donde se observan trece escenas de combate entre gladiadores, animales y gladiadores con animales. Ha sido datado en el siglo III; mosaico romano, también del siglo III, con dos escenas. En la escena inferior se representa el inicio del combate entre el secutor Astyanax y el reciario Kalendio. El lanista o maestro de los gladiadores les exhorta a combatir. En la escena de la parte superior se muestra al vencedor Astyanax en actitud de asestar el golpe mortal con la espada al vencido que está en el suelo. Hoy en el Museo Arqueológico Nacional en Madrid; y el llamado mosaico de los gladiadores de Villa Borghese, en Roma, compuesto por cinco grandes mosaicos con gladiadores y venatores además de otro par más pequeños. Datan de la primera mitad del siglo IV. El mosaico representa una narración única de munera (lucha entre gladiadores) y venationes (combate entre un gladiador y animales). En el de la imagen se observa a un reciario atacando a su oponente, un secutor, con una daga.

La acción de los gladiadores inició su periplo en el marco de las honras fúnebres debidas a una personalidad prestigiosa. Los combates de gladiadores fueron introducidos en Roma, según Tito Livio, en 264 a.e.c., de la mano de dos hermanos, ambos cónsules, Décimo Junio Pera y Marco Junio Pera, encargados de conceder en el Foro Boario el primer munus gladiatorium en los funerales de su padre, de nombre Junio Bruto Pera, quien había desempeñado también la magistratura consular a principios del siglo III a.e.c. En consecuencia, los envites improvisados de gladiadores solamente se llevaban a cabo, en principio, en juegos fúnebres públicos.

En el siglo I a.e.c. tales combates se convirtieron en espectáculos organizados y reglamentados que se celebraban en edificaciones específicas para ellos, los anfiteatros. El gladiador, cuyo nombre procede de la espada, gladius, era un profesional que se dedicaba a luchar contra otra persona o con algún animal en juegos públicos. Se escogían entre los asesinos condenados a morir, los esclavos y los prisioneros de guerra, si bien hubo algunos hombres libres (los auctorati) que se desempeñaron en tal menester. El desempeño de esta labor podía ser un medio de libertad para el esclavo, un modo de redención de la honorabilidad perdida en la derrota para aquellos prisioneros de guerra y una forma de aplazar la ejecución para los condenados a muerte.

Los gladiadores eran profesionales que daban espectáculo a partir de un adiestramiento técnico, físico, psicológico y moral, sin dejar espacio a la improvisación, en tanto que debían aprender variadas estrategias. Estaban agrupados en equipos, la familia gladiatoria, y se encontraban al servicio del lanista, viviendo todos en el ludus, la escuela en la que aprendían técnicas de combate practicando con espadas de madera. Los lances de cada enfrentamiento así como los sistemas de combate eran muy variados. Estos gladiadores se alquilaban o se vendían, de forma que los lanistas eran a la vez maestros y empresarios.

Muchas fueron las armas empleadas por los gladiadores, que diferían de las de los legionarios romanos. Se destacan, como armas defensivas, el casco, de diversos modelos en función de los diferentes tipos de combate y por la necesidad de provocar un efecto teatral, el escudo, oval, circular o cuadrado, y los brazaletes, hechos en bronce. Entre las armas ofensivas la fundamental era el gladius o espada corta. El pecho quedaba al descubierto.

Había distintos tipos, categorías o clases de gladiadores, dependiendo de sus armas y del modo en que combatían. Algunos textos epigráficos y literarios mencionan tipos minoritarios, y antiguos, de gladiadores. Es el caso de los Provocatores, que acostumbraban abrir los espectáculos, combatiendo con escudo rectangular, protector del brazo derecho, espada, casco con doble visera y un protector pectoral llamado cardiophylax; de Essedari, combatientes subidos en un carro, en imitación de las maniobras que realizaban los guerreros bretones; de los Equites o caballeros, que hacían lo propio montados a caballo, llevando los brazos envueltos en correas, grebas, espada larga, escudo circular y casco con visera cerrada; de Dymachaeri, que peleaban con dos espadas a la vez, género de combate que fue característicos de fines del imperio; y de los Hoplómacos, provistos de una armadura completa: grebas metálicas, coraza, manica (un protector para hombro y brazo diestro), escudo circular semejante al de los hoplitas de la infantería griega, y casco con visera.

Los gladiadores más populares fueron sin embargo, los Samnitas, Tracios, Secutores, Reciarios y Mirmillones. Los samnitas, primer tipo de gladiador que aparece, portaban un escudo oblongo, una greba en la pierna izquierda, brazal de metal o de cuero que cubría parte del hombro y brazo derecho, espada corta y casco con visera, cresta y cimera con plumas. Los tracios (a partir de los guerreros griegos de esa región), peleaban con una espada corta con hoja algo curva, y llevaban grebas en las dos piernas, manica, faldilla corta con cinturón bastante ancho, escudo circular (parmula) y casco con creta alta, visor y una pluma lateral. Los secutores, esto es, los que persiguen, luchaban con espada corta, escudo rectangular, protecciones en el brazo y pierna derecha, además de un casco liso. Por su parte, los reciarios combatían casi desnudos contra mirmillones y secutores. Llevaban únicamente una corta y ajustada túnica con un cinturón, con la cabeza al descubierto. Tenían el brazo izquierdo cubierto por un largo brazalete de metal, llamado galerus y, armados con un puñal y un tridente, utilizaban una red atada a una cuerda. Finalmente, los mirmillones solían luchar contra los reciarios, con cuya red querían pescar el pez que los mirmillones llevaban en la cimera de sus cascos como adorno (mirmillo). Se mostraban con faldilla corta y cinturón ancho, una armadura en la pierna izquierda y en el brazo derecho y un escudo rectangular curvo, como el de los legionarios.

En los juegos y espectáculos de gladiadores todo estaba pensado y planificado de un modo semejante a un ritual, ya que se hacían las cosas siguiendo un protocolo. Armados y engalanados con ornadas clámides salían a la arena rodeados de una comitiva, la pompa, encabezados por el editor. Daban la vuelta al anfiteatro y delante de la tribuna imperial saludaban. Posteriormente se hacía el sorteo de las parejas que iban a pelear para impedir amaños de luchas y se revisaban minuciosamente las armas. Aunque el combate gladiatorio se llevaba a cabo con espadas con filo, algunos de ellos eran incruentos, usándose armas sin filo ni punta (arma lusoria).

El fin del combate se producía cuando uno de los luchadores caía al suelo. El caído se dirigía al público asistente levantando un dedo de la mano izquierda solicitando clemencia. Si los espectadores pensaban que merecía ser perdonado bajaban el pulgar, en señal de que el vencedor debía arrojar a tierra su arma. Es posible también que se ocultase el pulgar, una indicación de que el vencedor del combate debía guardar la espada. Muy pocos gladiadores morían. La mayoría de las veces ocurría debido a las heridas en el combate, pues se mataba al herido para ahorrarle sufrimientos.

Si el perdedor debía morir, el pulgar se orientaba en una posición horizontal haciendo una serie de movimientos continuados hacia el cuerpo, que se ha interpretado que señalarían el cuello, la garganta, lugar en donde habría de clavarse la espada. En ese momento, el editor se dirigía hacia el vencedor y le ordenaba iugula. El oponente vencido, sin oponer resistencia, afrontaba su muerte con dignidad, pues saber morir con dignidad era tan esencial como combatir con agresividad y usando las técnicas adecuadas. El cadáver se arrastraba por la puerta libitina hasta el spoliarium, una dependencia del anfiteatro en donde se le quitaban las ropas y las armas. Únicamente durante el Bajo Imperio el emperador tenía el derecho de perdonar la vida o condenar a muerte al gladiador vencido.

El combatiente vencedor recibía una palma de la victoria (de donde surgió el vocablo palmarés), además de coronas con cintas. Ya en época imperial recibía dinero. Cuando se le entregaba como recompensa una espada de madera con punta roma, rudis, se le estaba autorizando a retirarse de la profesión gladiatoria.

Al principio, los combates de los gladiadores, aquellos en el marco de juegos fúnebres privados en honor a algún renombrado personaje, se celebraban en el foro de Roma. Posteriormente, a partir del siglo I a.e.c., surgieron los anfiteatros como edificaciones particulares para las luchas gladiatorias. El primero conocido es el de Pompeya, construido en 70 a.e.c. En ellos había un espacio llamado Nemeseion, lugar de culto especialmente dedicado a la diosa Némesis.

Los gladiadores, como profesionales, llegaron a cobrar grandes sumas de dinero. La oratio gladiatoria de Marco Aurelio y Cómodo, que data de 177, estableció tres categorías de gladiadores y cuatro tipos de anfiteatros. En los juegos más económicos el mejor de los gladiadores cobraba en torno a cinco mil sestercios, mientras que en los más grandes y caros, podían llegar a quince mil sestercios. Un hecho que no debe pasar desapercibido es que los gladiadores irradiaban cierto glamour, pues solían ser piezas codiciadas por las damas más pudientes.

Estos populares espectáculos gladiatorios fueron también criticados por su crueldad y violencia, como hicieron Séneca (Cartas a Lucilio) y Marcial (Epigramas) o incluso Tertuliano (De Spectaculis), en el siglo II, aunque este último ya desde un punto de vista específicamente cristiano.

Bibliografía básica

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Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, junio, 2023.