20 de enero de 2022

Hibridismo en los mitos. Significación y simbolismo



Imágenes (de arriba hacia abajo): la etrusca quimera de Arezzo, hecha en bronce. Museo Arqueológico de Florencia; mosaico de suelo con figuración (esfinges, grifos, leones y una nereida sobre una criatura marina) y decoración geométrica. Casa de los Mosaicos, Eretria, datado en el siglo IV a.e.c.

Los híbridos, de aspecto en ocasiones monstruoso, son seres míticos, propios de los ámbitos liminales, característicamente ambiguos. Con doble o triple naturaleza, son la esencia de la metamorfosis, la transformación[1]. Son los pobladores, y a la par los delimitadores, de un espacio simbólico, aquella de la eschatiá, la frontera, de lo antisocial e inesperado, así como de las fuerzas que disgregan; por lo tanto, de la muerte. Habitan esas regiones limítrofes en las que los humanos entran en contacto con las deidades, siendo, en tal sentido, manifestaciones de lo divino y metáfora del inmenso poder de las divinidades. Tales regiones limítrofes son espacios antihumanos, configuradoras de la geografía propia de la alteridad, que consiste en paisajes montañosos, agrestes, incivilizados, islas de los confines mundanos, abismos del mar, reinos intermedios y un espacio radical de la muerte, simbolizada por el intrincado laberinto. Como seres liminales comunican esferas extremas de la experiencia, circulando de un mundo a otro en forma de démones intermediarios. En este orden de cosas, protegen las tumbas y facilitan el no siempre fácil ni cómodo, tránsito hacia el más allá.

Se puede hablar de dos tipos de hibridación. La primera es la biológica, a través de la yuxtaposición o mezcla de elementos anatómicos de distintas especies animales, lo cual incluye al ser humano. Puede predominar el aspecto zoomorfo en seres constituidos por elementos humanos y animales, como las esfinges, o también estar equilibrados los propios de animales en aquellos  formados con partes propiamente animalescas, caso de los leones alados o los famosos grifos. Los seres híbridos en los que predomina el aspecto antropomorfo suelen representar deidades (piénsese en la diosas aladas, sin ir más lejos, cuyo carácter psicopompo es particularmente efectivo). La segunda es la cultural, no específica, que se obtiene de la mezcla de distintos componentes culturales, entre los que destacan los aspectos del salvajismo y la domesticación.

El híbrido pertenece al origen, a la metamorfosis original de la que los seres míticos emergen. En la mitología griega, por ejemplo, los híbridos poblaban los abismos marinos al inicio de los tiempos, previo al surgimiento de los dioses olímpicos. Originariamente la naturaleza es fluida, de forma que los límites entre entidades y cosas permanecen en confusión, en tanto que materia y espacio pertenecen a un todo, resultando ser una mezcla amalgamada[2].

Muchas son las funciones que pueden desempeñar[3]. Actúan como mensajeros, guardianes protectores, servidores y acompañantes, ejerciendo el rol fundamental de comunicar la esfera humana y divina. Aunque adversarios del héroe, pueden llegar a ser sus aliados, puesto que son seres dotados de capacidades proféticas y saberes inmemoriales[4], conocedores de invisibles caminos, además de guardianes de secretos ocultos al ser humano. Su naturaleza pervertida y salvaje pervierte el comportamiento humano, seduciendo con un erotismo que también es poder fecundador y engendrador de una nueva existencia. En un especial sentido, expresan la ruptura, fruto de la subversión, que proponen los dioses al ser humano para propiciar su acceso al ámbito de la vida eterna.

El héroe tiene el deber de eliminar aquello no domesticado, salvaje, lo que se halla al margen de la polis para así, ganarse su lugar en la ciudad y garantizar, de paso, la continuidad de la misma

Se trata de entidades que, perteneciendo a una geografía liminal y a un tiempo distinto, habitan la historia narrada, viviendo en los numerosos relatos de inquietos viajeros, geógrafos, etnógrafos y logógrafos, en esa literatura de maravillas, paradoxográfica, tan adecuada a los banquetes. Ya se ha dicho que el ser híbrido sirve como indicador de los confines del mundo conocido y, por ende, controlado. Anclados en la mentalidad griega, funcionaban en la estructura constructiva de su pensamiento sobre el mundo. Dicho de otro modo: eran imprescindibles para su composición del espacio (más amplio que el nuestro), que incluía el allende.

Estos seres y entidades de semántica y naturaleza proteiforme hacen las veces de polivalentes signos que se muestran integrados, como necesarios, en el sistema de pensamiento del arcaísmo griego. Seres ctónicos, telúricos, ancestrales y primigenios, están vinculados a las fuerzas fecundadoras naturales. Gracias a su presencia y acción se nos presentan dos mundos, el primigenio y el humano, siendo el primero anterior al humano, en el que estos seres híbridos personifican y simbolizan las fuerzas ocultas y descontroladas de la naturaleza, propias de dicha esfera. En consecuencia, el híbrido se integra en el discurso de valores y creencias propio de las sociedades aristocráticas arcaicas del mundo griego antiguo[5]. Dicho con otras palabras, seres míticos como las Harpías, Medusa, Cerbero, Quimera, Tifón, Equidna o los centauros y tritones, han servido para pensar y representar el mundo y, por consiguiente, para entender su complejo funcionamiento.

El hibridismo zoomorfo en particular, conforma elementos que el pensamiento necesita para poblar los múltiples territorios marginales, aquellos del ritual y la muerte. Debe apuntarse que en el período del Paleolítico el ser humano vivía indiferenciado de los animales y éstos se representaban como personas, con características humanas. En tal sentido, ambas categorías, animal y humana, no se concebían como distintas, de forma que la vida de presas y cazadores configuraba un fluido continuo. Será en el proteico imaginario prehistórico en el que los teriántropos arraiguen, siendo comunes las representaciones de hombres-animales. De ahí su prolífica presencia en mitos egipcios, por ejemplo[6]. Con posterioridad, ya en el Neolítico, el ser humano entiende ya al animal como una realidad externa y no como una parte constitutiva de él mismo. Sin embargo, permanecerán en latencia, en estados alterados de conciencia, hombres, concretamente chamanes, que podrán en sus astrales viajes, transformarse en animales.

Así pues, mediante estos míticos seres fabulosos nos ubicamos en un espacio y un tiempo mitológico, evocando un mundo sobrenatural, un específico ordenamiento fuera del tiempo y el espacio humanos, con el contrasta pero al que le resulta necesario apelar para entender su posición en el mundo. Estos seres fantásticos son los protagonistas principales de escenas simbólicas y, probablemente, los evocadores esenciales de leyendas que refieren mitos de los orígenes. Toda la serie de bestias híbridas se integran  en un diálogo con lo infinito, pues actúan como mediadores de humanos y divinidades. Mortales o inmortales, en grupo o individuales, su pertenencia a ambientes liminales provoca su asociación a ritos iniciáticos y de paso, así como su vinculación a las historias heroicas, representando el poder y la memoria.

En la esencia de estas criaturas míticas encontramos esbozado lo exótico, lo extraordinario y lo monstruoso. Lo exótico se remarca en el sentido psicológico, indicando lo no familiar y lo lejano; lo extraordinario, contrario a lo cotidiano, implica el carácter de excepcionalidad y, por consiguiente, el mundo de lo sobrenatural, ya que su fantástica naturaleza es el referente del viaje inframundano, más allá de la esfera de la realidad. Finalmente, lo monstruoso es el símbolo de la imaginación, lo inexplicable y lo fantástico. En tanto que criaturas mixtas, ficticias, son creaciones simbólicas en las que se fusionan múltiples y diversas naturalezas. En sí mismas, creadas con fines apotropaicos y mágicos, implican la suma de fascinación, miedo a lo que no se conoce y curiosidad ante lo desconocido.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, enero, 2022.



[1] Su doble, triple e incluso múltiple naturaleza, implica una ambigüedad peligrosa, en tanto que nos encontramos ante dispares naturalezas que pueden bien compenetrarse o bien diferir, lo cual puede provocar un mundo de opuestas tensiones dinámicas, de luchas por imponer su específico criterio.

[2] Los espacios y tiempos alejados de nuestra experiencia aparecen habitualmente poblados de monstruos y seres híbridos.

[3]  La hibridación y, con ella, la monstruosidad, no radica únicamente en un tamaño desproporcional o una forma especial, pues la hibridación es no solamente física sino también funcional. 

[4] La hibridación tornada en sabiduría es una sabiduría acumulada que procede de un doble ámbito  diverso de percepción, de experiencia, sumadas y potenciadas en un ser mixto. Tal capacidad de sabiduría, de ostentar ancestrales secretos, es una capacidad de la que el héroe (en buena medida su némesis) puede valerse para, paradójicamente, eliminar a estos seres híbridos.

[5] Muchos seres híbridos tienen como función legitimar las aristocracias, de ahí que tales seres monstruosos, divinos, semi divinos, no se suelan encontrar habitualmente en ambientes cotidianos o domésticos.

[6]  En el antiguo Egipto una deidad podía representarse de manera antropomorfa, con cuerpo humano y cabeza de animal, o con la completa apariencia de un animal. Si por un lado, los rasgos humanos hacían accesible la divinidad, las formas animalescas probablemente servirían para transmitir un carácter insondable, misterioso; en esencia, un poder natural. Tal sincretismo se encuentra detrás de la actitud egipcia de  asimilar creencias y concepciones distintas que están en contradicción. 

10 de enero de 2022

Peculiaridades militares de Cartago


Imagen: elefantes de guerra atacando la formación romana durante la célebre batalla de Zama. Ilustración de Cornelis Cort, en 1567.

El ejército púnico, siempre pendiente de la extensión de los territorios que de Cartago dependían, precisaba la combinación de un poderoso contingente terrestre con una amplia flota que fuese capaz de asegurar las rutas mercantiles y de comunicación entre las islas de Sicilia y Cerdeña,  el norte de África y la península Ibérica. A pesar de los enfrentamientos sostenidos contra Siracusa en los siglos V y IV a.e.c., Cartago fue incapaz de organizar un ejército permanente convenientemente entrenado y dotado de una idiosincrasia propia así como de un sistema de mando adecuado que le facilitara definir un modelo de combate estricto. Las derrotas ante Marco Régulo en África al comienzo de la Primera Guerra Púnica, provocaron el rechazo a los generales cartagineses, de manera que se entregó el mando a un foráneo, al lacedemonio Jantipo.

Los gastos necesarios para sufragar la flota y un ejército compuesto básicamente por mercenarios provocarán una enorme carga en las finanzas de Cartago, un hecho que habría de condicionar ciertas decisiones políticas en el siglo III, como aquella de no abonar las soldadas a los mercenarios del ejército de Amílcar repatriado desde Sicilia al culminar la Primera Guerra Púnica, ocasionando una sublevación entre 240 y 238 a.e.c. dirigida por Mathos, o como el caso de la conquista bárquida de la península Ibérica a partir de 238. Con la intención de dominar las explotaciones mineras del sudeste.

La falange, que estaba formada por los ciudadanos de Cartago, conformaría el núcleo del ejército a lo largo del siglo IV a.e.c. Se trataba de un cuerpo de elite que nunca combatía fuera del territorio africano. Se ubicaba en el centro de la formación del ejército, detrás de los célebres elefantes, siendo protegido en los flancos por los auxiliares mercenarios y la caballería. El máximo de la recluta cartaginesa se ha fijado en casi veinticinco mil infantes, unos cuatro mil jinetes y algo más de trescientos elefantes. A ello habría que añadir muy probablemente, un gran contingente de tropas auxiliares mercenarias, formadas por libios, iberos y númidas, según señala Plutarco. Se puede afirmar que el núcleo principal de las tropas de infantería cartaginesas lo conformaban los mercenarios. Eran captados por reclutadores a lo largo y ancho del Mediterráneo. En las guerras efectuadas por Cartago, combatieron desde Africa a Italia, por salario y botín, al servicio de la metrópoli púnica, griegos de poleis distintas, lacedemonios, baleares, galos, iberos, númidas africanos y celtiberos.

Empleaban como panoplia un yelmo tracio con crinera metálica, aunque también pudieron emplear cascos de bronce cónicos sin visera. Además, empleaban una coraza metálica de hierro, luego  sustituida, ya en el siglo III, por las cotas de malla itálicas, además de grebas de bronce. Otras armas de los mercenarios eran el escudo circular cóncavo de tipo griego, la lanza corta o la jabalina (longche).

Los ciudadanos configuraron parte esencial de la caballería púnica, diferenciada de los jinetes númidas y libios. Armados de forma análoga a la infantería, constituían una caballería pesada que se reclutaba entre la nobleza, siendo  equipada a su costa. En numerosas ocasiones formaron la guardia personal de los jefes del ejército.

Los oficiales superiores, surgidos entre las familias principales de la nobleza agraria o  bien ciudadana cartaginesa, configuraron una elite vinculada por lazos de parentesco, algo que les garantizaba el acceso al mando de las tropas. Sin embargo, su estatus no siempre les protegió de las consecuencias de sus equivocaciones, pues era común la ejecución de los mandos militares acusados de incompetentes, sobre todo crucificados. En ciertos casos, como los Barca en la península Ibérica en la segunda mitad del siglo III, el comando supremo del ejército permanecía siempre en una misma familia.

Durante los períodos de paz, se ignora la estructura de mando ni cómo se adaptaba ésta al comenzar las hostilidades. Polibio parece señalar  la existencia de un par de generales o mandos supremos en el ejército cartaginés; uno de ellos permanecería inicialmente en Africa con las tropas de reserva, mientras que el otro combatiría, con los mercenarios y el apoyo de la flota.

Poco se sabe acerca de los cargos del cuerpo de oficiales. Destaca, siempre según Polibio, el de boetarco (un jefe de tropas auxiliares). En cualquier caso, debe suponerse que los mercenarios contarían con sus sistemas propios de mando, que garantizasen la cohesión de las tropas.

Parte crucial de la caballería cartaginesa la conformaban los jinetes númidas, quienes cumplían misiones de enlace, exploración y persecución de las tropas vencidas con la intención de ampliar el número de bajas.  También eran empleados como cebo en las emboscadas debido a su gran movilidad y rapidez para replegarse. Como arma defensiva  usaban un escudo circular, mientras que jabalinas para atacar, vistiendo habitualmente una túnica corta. No obstante, los jinetes que Cartago alistaba en el norte de África podían ser asimismo, gétulos o libios. Ya en el siglo IV a.e.c., la caballería cartaginesa empleaba además los carros de guerra arrastrados por un tiro de cuatro caballos, que seguía el modelo asirio.

Introducidos en Occidente por Alejando Magno, los elefantes se constituyeron como un arma habitual en las guerras de las centurias III y II a.e.c., empleándose como fórmula para imponerse a las disciplinadas formaciones de infantería pesadamente armadas. El problema era que Cartago no podía abastecerse de forma continua de paquidermos indios, de forma que obtenía los africanos en la región del Sahara, aunque eran más pequeños que los asiáticos.

Las primeras batallas en el Mediterráneo central en las que se utilizaron elefantes fueron las campañas de Pirro en Sicilia y el sur de la península Itálica, creando terror entre las legiones romanas que no sabían enfrentarlos. Según los textos clásicos los elefantes se empleaban utilizando su fuerza y masa corporal con la intención de hundir las líneas y pisotear las tropas. No se menciona la existencia de torres de madera sobre el lomo de los animales desde las que combatirían piqueros y arqueros. Sin embargo, en ciertas terracotas y vasijas pintadas se representan torres de madera que habrían sido usadas por Pirro y los reyes seléucidas. Roma, tras haber sufrido a los elefantes como arma de guerra los introdujo en su ejército, empleándolos sobre todo en la península Ibérica durante las Guerras Celtibéricas.

Sin duda, el ideal fundamental tanto de Cartago como de las ciudades de la Magna Grecia consistía en repetir la falange macedónica, cuya organización se conoce gracias a las descripciones de  Asclepiodoro y Polibio. Esta formación fue considerada en el mundo griego un invencible sistema de combate hasta las derrotas de Cinoscéfalos y Pidna (168 a.e.c.) ante las flexibles legiones romanas.

Los soldados cartagineses aportaron influjos mediterráneos, que convivirán, mezclándose, con aquellos autóctonas, a su vez influidos por los galos. Fue el singular caso de la  adaptación de las espadas de La Tène que darán como resultado el gladius hispaniense.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, enero, 2022.


1 de enero de 2022

Arqueología y arte minoico-cretense y micénico






Imágenes, de arriba hacia abajo: la Dama de Micenas, pintura al fresco micénica, datada en el siglo XIII a.e.c. Museo Arqueológico Nacional de Atenas; vista parcial de la ciudadela de Micenas, con el círculo de Tumbas A; Friso de los Grifos, pintura mural de la sala del trono del palacio de Cnosos. Período Minoico II, hacia 1450-1400 a.e.c.; pintura mural con el Fresco de la Procesión restaurado, del palacio de Cnosos. Hoy en el Museo Arqueológico de Heraklión y; deidad minoica de las serpientes, Museo Arquelógico de Heraklión, datada hacia 1600 a.e.c.

La arquitectura minoica es arquitrabada y aterrazada, con presencia de muros de piedra enlucidos y soportes en forma de pilares y columnas, estas últimas policromadas. La columna era normalmente de madera con un fuste liso o estriado y con la parte inferior menos ancha que la superior. Los techos estaban formados con vigas de madera. Las ciudades, como Gurnia o Akrotiri, no tenían murallas y contaban con casas de dos pisos, algunas decoradas con pinturas. Por otro lado, no hay constancia de templos, solamente de santuarios rupestres en las montañas o en las cavernas. No obstante, existían oratorios en los palacios, en los que pudo haber algunos altares.

En la arquitectura funeraria destacan sobremanera los tholoi (cámaras circulares cubiertas con falsa cúpula, antecedentes de los ejemplares micénicos), así como las tumbas en forma rectangular con varias cámaras. En los ajuares funerarios aparecieron notables sarcófagos, algunos de ellos rectangulares, con patas y tapadera, hechos en terracota.

La principal tipología arquitectónica minoica es, sin duda, la referida a los palacios, complejos de construcciones de carácter abierto, erigidos en lugares elevados, de carácter funcional, organizados en torno a un gran patio central, con estancias público-administrativas y habitaciones privadas. Su trazado es laberíntico y asimétrico, contando con dos o tres plantas con terrazas. Las estancias se decoraron con pinturas al fresco. Entre los más célebres se encuentran Faistos, Cnosos, Malia y Hagia Triada.

La escultura minoico-cretense se halla en forma de pequeñas esculturas exentas, hechas en porcelana vidriada, marfil, oro o terracota. Se trata, mayormente, de esculturas femeninas de diosas o sacerdotisas. Destacan las llamadas Damas de las Sierpes, datadas en el Minoico Medio, trajeadas, con faldas con volantes y con un escote que deja el pecho al descubierto. Los tocados suelen ser tiaras con presencia de animales. El relieve, por su parte, es poco común. Se encuentra reflejado en vasos, probablemente de uso ritual, en los que hay bajorrelieves con decoración antropomórfica y geométrica. Sobresalen, en tal sentido, el Vaso del Príncipe, el Vaso de los Segadores y los Vasos de Vafio.

La pintura es un clásico referente estético minoico-cretense. Sus ejemplos suelen datarse en el Minoico Medio y, sobre todo, el Reciente, entre 1550 y 1400 a.e.c. Se trata de una pintura al fresco con colores minerales sobre muros estucados, cuyos precedentes inmediatos se hallan en el Egipto del Reino Nuevo y también en el mesopotámico palacio de Mari, en Siria. Hay un empleo primordial se colores vivos, claros, planos e idealizados (por ejemplo, delfines o monos azules), con predominio del azul, el verde, el ocre y el blanco. Es una pintura sin profundidad, con una temática vitalista y cotidiana, con presencia de animales, reales o fantásticos, predominando la fauna marina, los paisajes y las escenas rituales o de juegos.

Se puede catalogar como una pintura elegante, de formas ondulantes, con una figuración humana en la que las personas se representan jóvenes, atléticas y ágiles. Las mujeres aparecen vestidas con un largo vestido con falda de volantes, además de portar adornos y peinados auténticamente sofisticados. Los fondos suelen ser lisos y unicolor. Se destacan, por ejemplo, el príncipe de las flores de lis en Cnosos, tal vez un rey-sacerdote; la parisina, una mujer noble o sacerdotisa, con un perfil marcado con líneas y un traje con un lazo sacro a la espalda; el fresco de la tauromaquia, en Cnosos; el pescador (en Akrotiri), un chico de piel oscura con una sarta de peces, en una postura que recuerda la pintura egipcia; o los pugilistas, dos naturalistas niños luchando en una suerte de combate de boxeo.

La cerámica destaca a partir del Minoico Medio, sobresaliendo la llamada cerámica de Kamares, de fondos oscuros con decoración geométrica y figuración zoomorfa marina. También es relevante la cerámica de Estilo de Palacio, del Minoico Reciente. Es naturalista, con presencia de formas vegetales estilizadas, así como de animales marinos como la estrella de mar, el pulpo o la medusa, que ocupan con sus cuerpos casi toda la vasija.

En lo tocante al arte micénico, lo primero que habría que señalar es que se trata de un arte desarrollado en el período helénico continental a fines de la Edad de Bronce, entre 1600 y 1200 a.e.c. En la arquitectura sobresalen las ciudadelas fortificadas en lugares elevados (Micenas, Tirinto), con presencia de murallas ciclópeas, así como el mégaron (salón de los palacios a uno de los lados del patio central). En estas ciudadelas amuralladas había una puerta de entrada principal de gran tamaño, como la célebre Puerta de los Leones en Micenas, sobre cuyo dintel destacan dos leones en relieve frente a una columna. También son un referente principal los palacios (en Pilos, Tirinto o Micenas), centros administrativos organizados en torno a una serie de patios. Las diversas salas tenían funciones muy diversas. Sobresale, fundamentalmente, el Palacio de Néstor.

El mégaron, por su parte, entendido como el antecedente del templo griego arcaico, constaba de un pórtico in antis, un vestíbulo o pronaos, una sala principal (naos), con un hogar central rodeado de columnas, y una sala del tesoro. Inicialmente era el lugar en donde los reyes recibían las delegaciones o se celebraban banquetes rituales. Más tarde se emplearon para rendir culto a las deidades a través de esculturas y exvotos. Fueron muy relevantes de los Micenas, Tirinto, Atenas y Pilos.

En lo concerniente a la arquitectura funeraria hay que mencionar el Círculo de Tumbas de Micenas, en el interior de la ciudadela. Se trata de sepulturas rodeadas de una muralla. Además debe mencionarse la famosa Tumba de Atreo (llamada Tesoro de Atreo o tumba de Agamenón), un tholos abovedado precedido de un corredor que pudo contener los restos de algún soberano de Micenas.

En lo que se refiere a la escultura, hay que señalar que es de pequeño tamaño, hecha en marfil, terracota y piedra, representando figuras antropomorfas. El cuerpo es un cilindro en el que destacan los dos senos, además de los ojos grandes, redondos y una nariz pronunciada. En cualquier caso, también hay una figuración zoomorfa (a base de toros) así como de carruajes de guerra. El ejemplo más peculiar es la denominada Tríada Divina (dos mujeres vestidas pero con los senos descubiertos y un niño delante de ambas). Parecen representar a Perséfone, Deméter y Lacco (Triptólemo), representando con ello la fertilidad agraria.

La pintura micénica es de influencia cretense. Se focaliza en la pintura al fresco sobre paredes con estuco, destacando los colores azul, rojo, amarillo y blanco. En lo relativo a la temática destacan las escenas de caza y de guerra, además de la figuración geométrica. Son relevantes las pinturas de los palacios de Pilos y de Tirinto. En Tirinto se encuentra la no menos célebre Dama Oferente, una figura femenina con los pechos al descubierto y un sofisticado peinado, que lleva una ofrenda en sus manos.

En el apartado de la cerámica y la orfebrería hay que remarcar que hablamos de una cerámica decorada con motivos bélicos, escenas de caza y pesca, además de motivos mitológicos. Todo ello acompañado de figuración geométrica, como espirales y meandros. Existieron ejemplares metálicos, sobre todo en bronce, y también en marfil. Un aspecto destacado en el ámbito de la orfebrería son las armas, los vasos de bronce martilleado y las máscaras funerarias en oro (como es el caso de la famosísima máscara de Agamenón, que apareció sobre la cara de un cadáver en la Tumba V del Círculo de Tumbas A de Micenas). También abundan no obstante, como parte del ajuar funerario, las espadas, cuchillos, copas y coronas.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, enero, 2022.

15 de diciembre de 2021

El mito en la figuración del bárbaro y la identidad griega

Placa de mármol en el que combaten Amazonas contra guerreros desnudos. Frontal de un sarcófago ático (siglos II-III). Museo de Brescia.

Será principalmente en la tragedia ática, a lo largo del siglo V a.e.c., el lugar donde se acabe estructurando una figura del bárbaro. En ella se articulará un discurso de alteridad. Los mitos, no obstante, no contaban con suficiente número de personajes bárbaros para enfatizar esa mirada sobre el otro que empezaba a imperar. En consecuencia, se inventarían nuevas personalidades. Es el caso concreto del Polimestor tracio en la Hécuba de Eurípides o el rey Thoas del Tauro en su obra Ifigenia en Tauris. Al tiempo, también se barbarizaron héroes griegos, como el héroe eleusino Eumolpo, transformado por Eurípides en su Erecteo en un agresivo tracio, o Tereo, originalmente un héroe cultual de Megara, que se convierte en un salvaje soberano de Tracia en la obra de Sófocles que lleva por título su nombre.

Se ha pensado que el propio Eurípides pudo ser el responsable de la conversión de Medea, figura cultual corintia tal vez vinculada con el Agamedes de Ilíada, en una malvada hechicera de la Cólquide. En todos ellos perviven atributos característicamente bárbaros, así deilia o cobardía, adikia (injusticia) o amathia (tontería).

Esta suerte de contravalores se contraponen a los valores propios griegos; es decir, andreia o coraje; dikaiosyne, justicia o la consabida sabiduría (sophia). Los esquemas iconográficos al respecto son elocuentes; las batallas entre centauros y lapitas, troyanos y griego o helenos y amazonas son representativos, como también monumentos atenienses de la quinta centuria antes de la Era como el Theseion o el mismísimo Partenón. En estos casos no son los héroes del mito, sino los persas, quienes desempeñan un barbárico rol, en tanto que se les considera decadentes, como los troyanos, afeminados, a la par de las amazonas, o directamente brutos, emulando a los centauros.

El carácter agregado generado por las relaciones genealógicas puede explicar cómo los persas mantuvieron que su padre fundador epónimo, Perses, había sido en realidad el hijo del héroe argivo Perseo. Recordemos que Esquilo, en Persas, asocia el epíteto “nacido del oro” a los persas, una referencia, se entiende, al hecho de que Dánae había concebido a Perseo tras ser embarazada por Zeus en forma de lluvia dorada.  

La aparición de este anti tipo serviría para definir la identidad helénica, aunque la misma fue cambiando con el paso del tiempo. En la etapa arcaica la autodefinición griega era de agregación, evocando las similitudes y analogías con poblaciones foráneas por medio del establecimiento de míticas relaciones de parentesco en el seno de la genealogía helénica; en el período clásico la “helenicidad” ya se definía por oposición, por mediación de la comparación diferencial  con los bárbaros; esto es, las diferencias que se percibían eran el fundamento para construir, muy elaboradamente, una identidad específicamente helénica, siempre bajo el sustento del mito.

Un determinado lenguaje, costumbres, temperamentos y caracteres, serán los referentes de los bárbaros. En tal sentido,  funcionaría igual para los griegos, constituyendo el criterio de la identidad helena. El criterio cultural, por tanto, reemplaza al étnico. La “helenicidad” será una lengua, la sangre, costumbres, lugares de culto y sacrificios comunes. Las grandes celebraciones y certámenes religiosos fomentarían la idea de helenismo y, por consiguiente, de la existencia de una religión, lengua, valores y costumbres comunes. En los Juegos Olímpicos las pruebas eran individuales, lo que implicaba el mantenimiento del antiguo ideal del héroe singular que buscaba ser reconocido el mejor gracias a la victoria alcanzada sobre un adversario de extrema valía. Así pues, la fuerza, destreza, velocidad y aguante siguieron siendo las cualidades primordiales, las mismas a las que aspiraban los míticos héroes guerreros homéricos.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, diciembre, 2021.


8 de diciembre de 2021

Hibridismo zoomorfo en la mitología: las Nereidas y sus monturas



Referencia de las imágenes en el texto

Las Nereidas[1], habitantes de la geografía liminal marina, cabalgan sobre diferentes criaturas marinas de las profundidades, sobre calamares, hipocampos, tritones, peces, delfines y monstruos marinos, todas ellas asociadas a Escila o a los ketoi, no a personajes híbridos masculinos.

Dos de sus monturas principales son los hipocampos y ketea, ambas estrechamente relacionadas. El hipocampo, monstruo híbrido, mezcla la parte posterior de una sierpe marina y la anterior de un équido, en tanto que el ketos, monstruo criado por Anfítrite es, sobre todo en las representaciones de los siglos V y IV a.e.c., una serpiente marina de cuerpo ondulado que finaliza en una cresta, con cabeza de dragón que muestra un hocico prominente y unas orejas puntiagudas. En ocasiones, no obstante, puede tener la forma de un gran pez de dientes afilados, o poseer alas.

Son seres fantásticos oponentes de héroes como Perseo, sobre todo el ketos, criatura que es enviada desde el temible abismo marino para llevar a sus víctimas al Hades. Las Nereidas son las únicas capaces de guiar estas criaturas y de ser transportadas por ellas, pues las controlan con su simple presencia y su voluntad.

La montura más frecuente de las Nereidas es el delfín, que simboliza la alegre serenidad marina. El delfín es un  miembro del cortejo de Afrodita y suele ser la montura principal, asimismo, del Eros epidelphinios. Muchas otras veces, se ven a las diosas cabalgar sepias, calamares o gigantescos peces.

La presencia del cortejo de las Nereidas posee un destacado valor simbólico. Son personajes divinos que expresan la capacidad fecundadora de los mares, garantizando una existencia nueva y diferente más allá de la muerte por medio de ciertos rituales. En consecuencia, ofrecen un tránsito por un espacio sacro: el mar, símbolo de devenir, movimiento, paso, transformación, travesía, propiciando ruptura y disolución en la totalidad.

Las Nereidas fueron vehículo funerario de Aquiles, así como las asistentes en el tránsito del héroe hacia otra gloriosa existencia. Fueron, además, las primeras, a lomos de delfines, en entonar el lamento fúnebre en honor a Patroclo en Troya en el momento en que Tetis les pidió su plañido. A la muerte de Aquiles regresaron difundiendo un sonoro y sobrenatural llanto por el mar. No sólo cantaron el treno fúnebre, sino que fueron las encargadas de conducirle, al igual que a otros héroes, por medio del proceloso mar hasta Leuke, la isla blanca, definible como la Isla de los Bienaventurados.

En la pintura vascular suritálica se introdujeron gran variedad de criaturas marinas en el cortejo de las Nereidas que portaban las armas para el héroe. El motivo, de contexto funerario, se representó como ajuar fúnebre, como es patente en un naiskos de Tarento o en varios apliques de terracota tarentinos hallados en sarcófagos. En cualquier caso, el cortejo de las Nereidas adquirió un contenido iniciático, evidenciado en la Italia meridional.

Las Nereidas también acompañan un peculiar tránsito estrechamente ligado a la muerte. Se trata de los esponsales. En tales ocasiones, actúan como ayudantes y sirven como cortejo en el paso la novia de doncella a mujer. Incluso se las pueden observar como cortejo de Andrómeda, quien, expuesta al terrible monstruo, se enfrenta a su matrimonio con el mismísimo Hades. La liberación de Andrómeda implica su paso de doncella a mujer, el renacer a un nuevo estado y, por consiguiente, el metafórico paso de la vida a la muerte.

Un notable ejemplo iconográfico con presencia de Nereidas lo conforma un dinos apulio que actualmente se encuentra en el Museo Arqueológico de Madrid. En esta pieza las Nereidas asisten al rapto de Tetis. En el centro, Eros porta unas cintas y un xilófono, mientras Peleo toma a la deidad por su cintura, quien solicita ayuda a sus hermanas. Un ketos (en realidad Tetis en una metamorfosis agonal) se enrosca en las piernas del héroe, y una Nereida se encuentra al lado se su montura, un hipocampo. En el resto de la escena se observan nadando delfines, peces y otros monstruos. Otra Nereida esté en pie sobre un par de delfines, a los que mediante unas riendas va guiando, mientras que otra, sosteniendo una bola de lana y un tímpano, es transportada sobre un gran calamar. El cortejo nupcial, la boda misma, se anuncia con los regalos que lleva Eros, la Nereida del calamar y hasta una paloma.

Tetis es en este contexto el símbolo de la mujer de naturaleza indómita y agreste, sometida por Peleo tras el rapto por mediación del matrimonio. Así pues, tránsito y metamorfosis en un paisaje metafórico de ricas valencias.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, diciembre, 2021.



[1] En número de cincuenta, estas ninfas son las hijas de Nereo, un dios marino hijo de Ponto y Gea. Se les adoraba en santuarios ubicados en las regiones costeras. La Ilíada y Hesíodo, además de Apolodoro o Higino, son algunas de las obras y autores que han transmitido sus denominaciones, unas pocas coincidentes con las Oceánides.

 

2 de diciembre de 2021

El “celtismo” como mito cultural. Un referente de idealización e identidad



Imágenes, de arriba hacia abajo: mapa de la Europa céltica con los movimientos poblaciones; mapa con la distribución de poblaciones celtas, mostrando espacios con una presencia de mayor o menor intensidad de lenguas y de cultura material y; otro mapa en el que figura la distribución europea, y anatólica, de lenguas celtas.

El mundo celta de la antigüedad se convertirá en una especie de referente identitario y cultural, sobrepasando el celtismo como aspecto histórico para llegar a configurar y consolidar un celtismo como fenómeno cultural contemporáneo que parte de ese contexto histórico. Los fundamentos de tal celtismo contemporáneo serán una búsqueda de arraigo, trascendencia y mitificados ancestros y, por lo tanto, de unas lejanas y remotas raíces que, además, sirvan de réplica al nihilismo materialista de la modernidad. Esta especie de esencialismo posee en sí mismo un evidente riesgo: el del egocentrismo autorreferencial que puede derivar en secesionismo.

Un específico universo protohistórico será el elemento de sugestión principal. Se trataría de un sustrato formado por unas culturas de la Edad del Hierro que habría pervivido en amplias áreas europeas, que se enfrentaría a Roma y se engarzaría con la cristiandad medieval en la etapa de las invasiones vikingas o del emperador Carlomagno. Adquirirá un carácter de estado previo a la antigüedad y de estadio superior a la prehistoria, poseyendo un aura legendaria o mítica. Ese carácter de esencias puras, primordiales y ancestrales, provocará una fascinación adictiva en muchos estudiosos del tema y en no pocos aficionados. La Edad del Hierro será concebida, de tal manera, como la depositaria de un sentido y una pureza que se consideraban perdidas y que, en consecuencia, habría que recuperar. Tal carga mítica y épica es el caldo de cultivo adecuado para una idealización de profundo calado.

Se habrá despertado, en consecuencia, una evocadora nostalgia por las esencias puras perdidas desde una perspectiva idealizada y romántica, aunada a la frustrante decepción que provoca el aburguesamiento moderno. Semejante esencialismo es reconocible en movimientos neoespirituales e identitarios, entendidos como necesarios procesos de regeneración espiritual y cultural. En fin, una esencia tradicional que debe rescatarse.

El mundo céltico se ubicará en la Grecia primigenia, dórica y aquea, en las pervivencias germánicas y célticas, así como en una épica heroica y guerrera medieval, que recordaba el mundo espiritual de la Edad del Hierro. Con ello se sientan las bases de la fascinación que despierta la celticidad. Homero y su épica, Esparta, los indomables vikingos, despiertan el anhelo de tradición, de identidad y espíritu en el proceso de este celtismo que busca raíces y tradición de sustento.

Este redescubrimiento de la identidad y las raíces de Occidente se ha venido expresando en las sociedades druídicas, en un nacionalismo irlandés pancéltico, en el germanismo teosófico y místico, en la música celta (o en el rock denominado metal pagano), el wotanismo racista, o el neopaganismo inmanentista e intelectual. Como no podía ser de otro modo, en semejante capacidad evocadora de la Edad del Hierro pocas veces se hallará conocimiento histórico, y sí muchas obras interesadas y manifiestamente falsarias.

La historia del celtismo va de la mano de la historia de la investigación del ámbito celta, una investigación que inicia en el Renacimiento a partir de la relectura reinterpretativa de las fuentes griegas y romanas. De esta época es al primer estereotipo de eso que se conoce como celta. En los siglos XVIII y XIX, tanto la lingüística como la arqueología facilitarán la primera elaboración de la identidad de lo céltico en el ámbito propio de la indagación histórica. Esta primaria visión identificará un cierto registro arqueológico, una determinada lengua (el céltico “P”) y una concreta cultura material (cultura lateniense). Se trata de un monolítico y unilateral concepto de lo celta y la celticidad que estuvo vigente has fines del siglo pasado pero que hoy ha sido ya totalmente desmontado.

Los primeros estudios sobre el mundo celta surgen de las fuentes clásicas, de informaciones etnográficas de autores de los siglos II y I a.e.c., sobre todo de parte de César, Diodoro y Estrabón, que toman referencias de Posidonio. El empleo de estas fuentes propició la falsa impresión de que sus datos servían para cualquier tiempo y espacio célticos, propiciando un mundo celta homogéneo y completamente uniforme.  Con la lingüística, además, celta será sinónimo directo de pueblo de habla céltica.

Las referencias de los clásicos, sobre todo aquellas sobre los druidas o sabios sacerdotes, encauzaron la primera fascinación por lo “céltico”, de forma que en el siglo XVIII apareció una primigenia celtomanía que atribuía a estos personajes la elevación de los monumentos megalíticos prehistóricos, una romántica y errónea atribución por supuesto, De aquí se entienden las primeras peregrinaciones a tales monumentos, considerados centros druídicos de saber y religiosidad célticas, lo cual afianza un arcaico neoceltismo. Además, por si fuera insuficiente, megalitos y druidas se unen en el siglo XVIII al ciclo poético de Ossian gracias a James Mcpherson.

La íntima asociación de druidas, celtas, bardos, guerreros y estructuras megalíticas configuraron la primera imagen popular de lo celta, una evidente visión literaria y romántica, más que propiamente histórica, de la realidad de lo que se entiende por céltico.

Desde una perspectiva arqueológica, los yacimientos de Hallstatt y La Téne serán un punto de inflexión en los estudios sobre los celtas. Así, en el último tercio del siglo XIX se acuña la expresión Late celtic atribuyéndose el material de la Edad del Hierro tardío o Segunda Edad del Hierro (sobre todo fíbulas y armas), a los celtas históricos. Tales vestigios se atribuyen a los invasores celtas que penetraron en la península itálica en el siglo IV a.e.c., de tal manera que desde ese momento los celtas históricos ya empezaron a tener una cara arqueológica precisada, en la que el binomio cultura lateniense y celtas, se impuso con solidez. Esta concepción se mantendrá hasta los años ochenta del pasado siglo XX.

El vínculo cultura lateniense y celtas se completa con los conceptos filológicos decimonónicos, lo que propiciará el establecimiento de una cuna original de lo céltico en Centroeuropa, dando lugar, a la par, a un proceso de configuración del mundo celta, que hunde sus raíces en las fuentes clásicas pero también en la mitología irlandesa. Únicamente a partir de los años ochenta del siglo XX en adelante se abrirán críticas a estas concepciones, iniciándose con ello una nueva etapa de la historiografía de la identidad celta.

Desde las investigaciones de ciertos prehistoriadores británicos se deshace la homogénea uniformidad, de talante romántico, de la celticidad, entendida hasta entonces como la predecesora inmediata de aquello que se significa como europeo. En consecuencia, se deshecha la idea de una única etnia céltica. En tal sentido, cobrará fuerza la idea de la formación de diferentes tipos de celticidad que emergerán de una continuada progresión de elementos célticos e indoeuropeos (proto célticos).

Los celtas serán, entonces, el resultado de una dinámica (cultural, poblacional, social) que se precisarán en lo “celta”, solidificación que acontece por medio de comunidades continuadoras de lo anterior: un común y arcaico sustrato cultural indoeuropeo que suele denominarse como proto celta. De esta forma, subsistirían varias provincias en una suerte de céltica europea, la gala, la centroeuropea, la hispánica, la gálata y la británica, cada una de ellas con sus propias y diversas peculiaridades.

Incluso en este nivel de estudio e investigación sobre el mundo celta, no se podrá evitar el surgimiento del empleo de caudillos célticos como elementos de reivindicación nacional, como serán los casos de Arminio en Alemania, Vercingetorix en Francia, Bodica o Boadicea en el Reino Unido y Viriato o Sertorio (además de localidades con fuertes mitificaciones como Sagunto o Numancia), en España.

No se debe olvidar que Irlanda en particular ha desempeñado un rol crucial en la creación de lo celta. Así la imaginería de las leyendas irlandesas se convertirá en una especie de estética banal (y en un estereotipo de máxima celticidad) en la que prados verdes, remotos lugares con brumas, ancianos druidas barbados y valerosos guerreros festejan siguiendo arcaicos ritmos de músicas celtas de nuestra época actual. El estereotipo ha sido, además, muy adulterado por grabaciones musicales, libros o páginas web (que hablan de naturismo celta, poder feminista de las diosas, horóscopo o magia de runas celtas) insertas en el neo celtismo o moda celta. La idealización romántica y el nacionalismo han dado paso a una neo espiritualidad un tanto chocante. Se trata de un fenómeno muy expandido en nuestras sociedades secularizadas y desenraizadas.

No obstante, también hay que remarcar que cierta literatura que surgió de la idealización romántica o se inspiró en el mundo celta, ha sido capital en el reencuentro con las tradiciones más antiguas, haciendo hincapié en que el pasado ancestral de Europa puede ser una acertada y, a veces no necesariamente morbosa o falsaria, fuente de inspiración artística, como bien puede ser, por ejemplo, la literatura de  J.R.R. Tolkien. Así pues, el celtismo, en ocasiones, es capaz de resultar inspirador y enriquecedor.

En cualquier caso, la etnoarqueología y el folclore pueden ser instrumentos muy adecuados para conocer las sociedades célticas, partiendo del principio o premisa fundamental de que en el mundo tradicional ancestral hay elementos que sugieren probables creencias de la antigua Edad del Hierro. En el fondo, por lo tanto, se manifiesta la idea de una suerte de continuidad desde la prehistoria hasta los procesos históricos subsiguientes, de manera que el mundo céltico nos remitiría a cosmovisiones e instituciones ancestrales de origen indoeuropeo. Todo un mundo cultural, en fin, que ha logrado pervivir oculto en el amplio ambiente del folclore; esto es, en  romances, tradiciones, fiestas, leyendas o en entidades del mundo mágico de bosques o de las aguas. 

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, diciembre, 2021.

 

 

22 de noviembre de 2021

Mitología y deidades celtas: el caldero de Gundestrup




Imágenes, de arriba hacia abajo: vista general del Caldero de plata de Gundestrup, hallado en Dinamarca, datado en la Edad del Hierro, hacia el siglo II a.e.c. En él hay diversos motivos ornamentales relacionados con la mitología celta, con presencia de diferentes deidades (Cernunnos, Dagda, Taranis); deidad sobre carro y; procesión de guerreros frente a un caldero.

Este célebre caldero, descubierto a fines del siglo XIX en el pantano de Raevemosen, en Dinamarca se configura como el paradigma de los calderos metálicos típicos de las sociedades célticas continentales y de las islas Británicas desde el período del Bronce Final. Empleados con fines ceremoniales y rituales, o como recipientes para almacenar alimentos o incluso para cocinar, simbolizaban la abundancia, siendo además un signo de estatus ya que su posesión recaía únicamente en aquellos grupos socialmente privilegiados. Hoy en día la pieza se encuentra en el Museo Nacional de Dinamarca (antiguo Oldnordisk Museum).

El caldero, elaborado muy probablemente entre 150 a.e.c. y el primer siglo de la Era, presenta características estilísticas y también técnicas, tanto tracias como célticas (entre estas últimas los cascos y la presencia de carnyx o trompetas guerreras). En tal sentido, es factible que haya sido obra de artesanos tracios, concretamente de la tribu de los tribalios, con la intención de ser ofrecido a sus vecinos, la población celta de los escordiscos.

La llegada de la pieza a Dinamarca pudo deberse a los cimbros, una población germánica que habitó en el norte de Alemania y Dinamarca actuales. Ciertas fuentes romanas mencionan la emigración de cimbros, además de otros pueblos germánicos, entre 125 y 100 a.e.c. Escordiscos y cimbros mantuvieron una alianza, fechada en 114 a.e.c., según la cual los cimbros habitaron un breve espacio de tiempo en territorio de la población céltica. Así, los cimbros habrían llevado consigo el caldero al regresar a su territorio originario, donde lo depositaron como ofrenda en el aludido pantano danés.

Muchas son las imágenes que porta el caldero, con presencia de personajes principales que han sido interpretados como deidades, en especial si la interpretación se hace buscando paralelos en la mitología gala o céltica, aunque también se han buscado referencias en los relatos de los celtas irlandeses medievales. De ahí que se haya hablado de la presencia del dios Cernunnos, deidad con cornamenta de cérvido, o de un famoso personaje de la mitología irlandesa si se sigue el modelo galo: Cúchulainn.

Entre el conjunto del repertorio iconográfico se toman como referencia un par de sobresalientes ejemplos. En el primero, una deidad sobre un carro aparece flanqueada por un par de elefantes que parecen enfrentarse entre sí. Debajo de los paquidermos dos grifos en la misma actitud, mientras un perro se observa en la parte inferior del carro. La presencia de los grandes proboscídeos pudo ser una influencia de monedas romanas, en tanto que la figura principal se ha interpretado como la diosa celta Medb, deidad del poder y la guerra. La naturaleza guerrera y el dominio sobre un territorio estarían simbolizados por los diversos animales presentes.

En el segundo, estamos ante el desfile o procesión de guerreros frente a un caldero en donde uno de ellos es arrojado. Tal vez convenga recordar que la cocción de un hombre en un caldero (aunque en escenas de banquete), se relaciona con el ritual griego referente a la huida o regreso de la muerte (apothanatismós), A la izquierda, una deidad con gorro o  coleta que sujeta a un hombre boca abajo al que parece querer introducir en un gran caldero. Al lado un can saltando. Inmediatamente a continuación, dos filas de guerreros separados por la disposición de un árbol en posición horizontal. Los de la fila inferior son soldados de infantería con escudos oblongos  y lanzas característicos de la Europa centro-occidental, mientras que aquellos de la fila superior son jinetes que llevan cascos celtas con ornamentos. Al final, a la derecha, tres hombres tocan el carnyx, el cuerno de guerra. Sobre los tres instrumentos se aprecia una serpiente.

Algunos de los detalles presentes no son celtas (discos de los atalajes de los caballos o las vestimentas, semejantes estas últimas a los trajes de los jinetes del sureste europeo). Incluso los caballos parecen estar enjaezados a la moda de los auxiliares romanos. Dilucidar el sentido de la escena no resulta sencillo. Se ha dicho que la imagen representa una inmersión ritual en una suerte de caldero de resurrección, de forma que los guerreros muertos marchan con la lanza al hombro hacia el caldero, para luego alejarse resucitados o renacidos, ya a caballo, y habitar eternamente en el mundo celestial. En este orden hermenéutico, el perro y la sierpe cornuda simbolizarían el otro mundo. El árbol como axis vertebrador separaría, diferenciándolas, la esferas infra mundana (arriba), de la paradisíaca (abajo).

Ciertos especialistas señalan, no obstante, que más bien se estaría representando aquí una muerte por ahogamiento, análoga al de muchos cuentos irlandeses, del tipo del Aided Diarmada, por ejemplo.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, noviembre, 2021. 

 

12 de noviembre de 2021

Nuevo libro. Literatura china clásica confuciana y taoísta. Referentes y patrones mitológicos

Se presenta este mes de noviembre Literatura china clásica confuciana y taoísta. Referentes y patrones mitológicos, el número 11 de Cuadernos de China (92 pp.), editado por la Asociación Venezolana de Estudios sobre China (AVECH), en correspondencia con la Universidad de los Andes (ULA), Mérida. Se estudian y analizan los atisbos mitológicos presentes en la literatura, todos ellos una serie de aspectos clave para entender el sentido imaginativo y evocador  propio de la mentalidad antigua de China. Se puede descargar gratuitamente, así como los demás números de los diferentes Cuadernos, en www.avech.org en su sección Cuadernos de China. Saludo.

Prof. Dr. Julio López Saco 

UM-FEIAP-UFM, noviembre, 2021.

 

5 de noviembre de 2021

Héroes fundadores griegos: Cadmo y Teseo


Numerosos son los héroes griegos fundadores y civilizadores en el marco de la mitología griega. Entre ellos se destacará, en esta oportunidad, la relevancia de dos de ellos, Cadmo y Teseo, aprovechando un par de imágenes alusivas a ambos, una representación vascular y un mosaico, respectivamente.

Agenor, rey de la fenicia Tiro y padre de Europa, encarga a sus otros hijos que busquen a su hermana  y que no se les ocurra regresar sin ella. Cadmo indaga en el oráculo de Delfos el paradero de Europa, aunque el mandato oracular resulta ser otro: debe seguir a una vaca  y fundar una ciudad en el lugar en donde el animal caiga sin fuerzas. Así lo hizo. Exhausta la vaca, la sacrificó a las deidades fundando Cadmea; esto es, Tebas, ciudad principal de Beocia. El relato se enmarca en los orígenes de las poleis helenas.

En el caso de Cadmo no fue un asunto pacífico. El héroe tuvo que matar al dragón que protegía una fuente próxima, para inmediatamente después, guiado por el consejo de Atenea, sembrar los dientes de la fiera. De ellos surgirán hombres armados que se enfrentarán entre sí, hasta quedar únicamente cinco. La expresión simbólica de este hecho supone considerar que la ciudad no consumó su unión política de las zonas adyacentes bajo su dominio, y que la fundación del núcleo urbano supuso una enconada lucha. En la imagen seleccionada, una escena de una copa espartana del siglo VI a.e.c., hoy en el museo del Louvre, Cadmo se enfrenta al dragón, con evidente aspecto serpentiforme, que había sido enviado por Ares, delante de un recinto columnado con capiteles dóricos.

Teseo, cuyo nombre ya implica el que lleva a cabo una fundación, hijo de Egeo, se considera el fundador de Atenas como polis, aunque algunas versiones mencionan a Erictonio o Cécrope como sus primeros soberanos. Egeo, tras consultar el oráculo délfico, se encuentra en la corte del rey Piteo de Sición, quien sabía, también por mediación del oráculo, que en breve nacería un gran héroe. Aprovechando la presencia de Egeo en su corte logra, tras varias artimañas, que se acueste con su hija Etra y conciban ese futuro héroe, a la postre su nieto. Ya a sabiendas de lo ocurrido, el rey ateniense coloca unas sandalias y su espada bajo una roca para así reconocer a su propio hijo si se dirigiese algún día a Atenas.

Unos años después, Etra le reveló a su hijo la verdadera identidad de su padre, de forma que recogió los útiles que Egeo había escondido y se encaminó con destino a Atenas. En el camino, libera territorios infestados de monstruos (Procustro, Sinis y Perifetes, hijo de Hefesto, entre otros)  ayudando finalmente a su padre Egeo a combatir a los Palántidas, familia de usurpadores que intentaban tomar el reino por la fuerza.

Teseo, en realidad, fue esencial en la formación de la polis ateniense, siendo el responsable del modelado político de Atenas  Configura Atenas, según cuenta Plutarco, agrupando bajo un liderazgo único las diferentes comunidades del Ática, a partir de ese singular proceso conocido como sinecismo o unión de oikos. De esta manera, se convierte en el fundador de las principales instituciones atenienses, como el consejo aristocrático y la Bulé. En la imagen escogida, un mosaico romano datado en el siglo IV, Teseo, representado en el centro dela imagen, vuelve en barco a Atenas tras haber abatido al minotauro en el laberintto de Creta.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, noviembre, 2021.