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1 de junio de 2026

Arte, simbolismo y mito en el Paleolítico Superior




Imágenes, de arriba hacia abajo: el hombre pájaro de Lascaux, del Magdaleniense, concretamente entre 16000 y 15000 a.P.; el Chamán o Brujo de Les Trois-Frères, en fotografía de R. Bégouën dans Vialou, 1991; dibujo del Brujo realizado por Henri Breuil en 1922; y zambullida ritual, probablemente, de un ritual chamánico (entrada en trance o en el mundo de los espíritus) o de un rito de iniciación, en la Cueva de Los Casares.

Todavía algunos estudiosos advierten y defienden que los principios lunar y solar habrían sido los elementos que darían cuerpo a la religiosidad y al arte paleolíticos, cuya base sería, en consecuencia, un sistema de creencias de tipo naturalista y astral. Es un arte que posee un evidente sentido simbólico. Algunas parejas de animales, como caballo o toro / bisonte, serían el reflejo de la polaridad mítica esencial, centrada en la luna y el sol. Parecen existir evidencias de la existencia de seres superiores en el Paleolítico Superior, con un posible un corpus mítico con un determinado sentido que desconocemos, así como un conjunto de rituales y la factible presencia de chamanes o especialistas de lo sagrado. Sería todo ello, en consecuencia, un específico sistema explicativo de la realidad. Aspectos que influyen y afectan al comportamiento del ser humano, como el contraste entre el día y la noche, la luz y la oscuridad, el sol y la luna o la mujer y el hombre, por tanto polaridades elementales que implica la unidad de los opuestos, se conciben como las determinantes para dar forma a la arcaica religiosidad del Paleolítico. Entidades sagradas celestes de aspecto zoomorfo serían de las que todo derivaría.

El folclore, la etnografía histórica, las religiosidades antiguas y hasta la iconografía comparada, se configuran como los recursos que permitirían un acercamiento reconstructivo del mundo del pensamiento prehistórico. Los temas y mitos identificados en el arte prehistórico sufrirían un proceso de transmisión cultural posterior, conformándose en esos prehistóricos tiempos como un sustrato esencial.

Uno de los rasgos más relevantes y significativos del Paleolítico Superior es la considerable proliferación en toda Europa de objetos decorativos y de adorno que pueden ser considerados como elementos de prestigio. Por otra parte, las representaciones artísticas, sobre todo pictóricas, están dedicadas a los animales de mediano y gran tamaño, aunque hubo en la dieta humana animales pequeños. La caza de algunos animales, que pudieron ser considerados sagrados, pudo estar asociada a valores de prestigio y ser controlada a través del ritual por ciertos clanes. Un aspecto del arte paleolítico y su simbolismo debió estar ligado al control que los grupos humanos establecían sobre los recursos animales por medio de acciones ceremoniales. La caza de animales tendría, así, un significado social y prestigioso. El arte rupestre también habría servido como una reclamación ritualizada del territorio y el espacio para determinados grupos humanos.

Parece legítimo pensar que la imaginería del arte paleolítico conectaría el mundo animal, fundamento de sus estrategias económicas y religiosas, con la ciclicidad natural. Además, tendría una función social, en tanto que numerosos útiles (pequeñas figurillas, propulsores, colgantes o bastones de mando), portan algún tipo de decoración, lo cual podría implicar funciones de prestigio.

La existencia y carácter simbólico de las cavernas, como posibles santuarios paleolíticos, así como algunas representaciones de personajes enmascarados, como hombres-pájaro, hombres-felino, o bien hombres-toro / bisonte, apunta hacia la presencia de chamanes o de jefes sagrados, suerte de especialistas en el ritual y la religiosidad. Tales chamanes puede que hayan sido los especialistas en las representaciones estéticas.

Los diversos enterramientos, la presencia de elementos de ostentación o de prestigio, la abundancia de cuevas o santuarios rupestres, los ejemplos de arte mueble, y los más que plausibles desplazamientos de materias primas, hablan de importantes redes de intercambio, de una coherente estructuración social, de una homogeneidad en las pautas culturales y de un organizado comportamiento simbólico.

En el Paleolítico Superior parecen posibles la existencia de rituales que consisten en cortar cabezas de animales y acumularlas con fines de culto. De hecho, se han hallado cráneos de oso y de otros animales dispuestos en nichos o en cistas de piedra, como es el caso del de Llonín, en Asturias, donde en niveles musterienses, aparecieron restos de cabra y de leopardo colocados dentro de una caja de lajas pétreas; el de la gruta de Drachenloch, en Suiza, donde se hallaron vestigios rituales ya del Paleolítico Medio, así como en la cueva de Regourdou, en las proximidades de Montignac, en la Dordoña, lugar en el que se constató la conexión entre una sepultura y testimonios de animales tal vez sacrificados, pertenecientes también al período del Paleolítico Superior. En este mismo lugar apareció una cavidad que contenía el cráneo y varios huesos fragmentados de osos.

Ya en los años treinta del pasado siglo XX, en la caverna de Hellmich se encontró, en un banco de arcilla, el cráneo fósil de un oso pardo y algunos huesos de oso de las cavernas junto a fragmentos de lascas de sílex auriñacienses; además, en los cuarenta del pasado siglo, cerca de la entrada de la gruta de Furtins, en Borgoña, aparecieron siete cráneos de osos cavernarios dispuestos de forma concéntrica. Otros ritos similares parecen constatarse en la cueva de Reyersdorf, en la región de Glatz, en Silesia, Alemania, con presencia de material auriñaciense. Allí se descubrieron varios cráneos de osos sobre un banco natural de roca.

Conviene tener presente que hay un culto del oso entre los giliacos de Sajalín y los ainos de Yesso. La ceremonia de mayor relevancia del culto culminaba con el sacrificio de un oso durante la fiesta de invierno. Con ello, el animal se convertía en embajador ante el espíritu de la selva y de las montañas para, de esta manera, favorecer el éxito en la caza. Asimismo, deposiciones de huesos de mamut en campamentos del Paleolítico Superior de Ucrania (Eliseevitchi), parecen tener también una intención cultual. En el interior de un círculo formado por casi treinta cráneos de mamut se hallaron colmillos de mamuts jóvenes partidos, algunos con signos grabados, y debajo de todo, una estatuilla femenina.

La presencia de sepulturas en cavernas o bajo abrigos rocosos, constatables ya en el Paleolítico Medio y datados alrededor de 60000 A.P. (Shanidar, en Irak; Chapelle-aux-Saints, o el abrigo de La Ferrassie, ambos en la Dordoña francesa), supondría el presunto entendimiento de una conciencia del hecho de la muerte. Inhumaciones voluntarias, en diferentes posiciones, han sido constatadas en diversos yacimientos de Israel, como en Kebara; la gruta de Et-Tabun (con un esqueleto de mujer que yace de espaldas), la caverna de Skhül (en donde apareció la mandíbula de un jabalí entre los brazos de uno de los enterramientos); o la cueva de Qafzeh, en donde apareció un niño que sobre su pecho y manos había un hemicráneo de un cérvido.

Los ejemplos se pueden multiplicar. Así, en la gruta de Teshik-Tash, en Uzbekistán, se encontró bajo el estrato musteriense la tumba de un niño, alrededor de cuyo cráneo había una corona de cuernos de cabra montés; en la gruta de Kiik-Koba, Crimea, en la tumba de un hombre, los restos estaban orientados de oriente a occidente (¿el oeste como lugar de residencia de los fallecidos?) y había algunas lascas de sílex. En este caso, es factible pensar en un nexo simbólico entre la muerte y el curso del sol. Hay bastante evidencia de cuerpos de neandertales flexionados y, en ocasiones, con la cabeza apoyada sobre un brazo, una postura que pudiera sugerir algún tipo de relación con lo sagrado que remite a la esfera del mundo sobrenatural.

En el Paleolítico Superior los enterramientos se llevaron a cabo en lugares al aire libre, abrigos rocosos y cuevas, en áreas de habitación. Hay presencia de inhumaciones individuales, pero también dobles y unas pocas colectivas. Aquí ya hay una presencia abundante de ajuar personal del fallecido, como diversas herramientas de piedra, armas, objetos de arte mueble y adornos corporales (en forma de dientes de animales, conchas y figurillas zoomorfas).

Son relativamente abundantes los esqueletos recubiertos o depositados en capas de ocre (Kostienki, Oberkassel, La Madeleine, Chancelade, Grimaldi, y otros), lo que ha sido interpretado como una referencia a la sangre, entendida como savia de la vida. Si la idea subyacente fuese insuflar vida de nuevo en el difunto, se podría pensar en una presunta creencia en la vida tras la muerte. No son raras las inhumaciones rodeadas de hiladas de piedras o con alguna losa de piedra sobre el individuo, como ocurre, por ejemplo, en Predmost, Le-Roc-de-Sers, Grimaldi y Oberkassel. En la Europa oriental las losas de piedra se sustituyen por huesos de mamut (Pavlov, Dolní-Véstonice, donde se colocaron debajo de omóplatos pintados o grabados). Las tumbas, a veces, se cubren de un montículo o túmulo. Incluso hay casos (Kostienki), de una cámara o cripta con huesos de mamut.

Se han hallado fragmentos de grandes animales en las tumbas: cráneo de mamut (Klause, en Alemania; Brünn, en Moravia, o Solutré, en Francia); u omóplatos del mismo animal sobre los difuntos en Pavlov, Predmost o Unterwisternitz. Es posible que el mamut fuese considerado un espíritu protector, algo análogo al del elefante entre los pigmeos del África ecuatorial, que lo consideran una encarnación mítica de una divinidad superior. Parece muy factible que los restos de reno, buey, caballo, bisonte, mamut o de conchas, habituales en muchas tumbas paleolíticas, tuviesen una intencionalidad simbólica, específicamente de evocación de la noción de renacimiento espiritual tras el óbito.

Las sepulturas de Sungir, en donde aparecieron asociadas a las inhumaciones, dagas de marfil, bastones perforados de asta, un pendiente discoidal, brazaletes y anillos de marfil; de Saint Germain-la-Rivière; del enterramiento de Malt’a; del yacimiento de Kostienki y de Brno II (República Checa), en donde el inhumado estaba asociado con una estatuilla antropomorfa masculina, son ejemplos sobresalientes de posible presencia ritual con un presunto trasfondo de religiosidad.

Las manifestaciones artísticas en el Paleolítico Superior, a partir de 35000 A.P., supone una evidente manifestación de la conciencia y el pensamiento de los seres humanos. Los temas figurativos del arte paleolítico son homogéneos, destacando como grupos temáticos los ideomorfos, los zoomorfos y los antropomorfos. Además de la notable, y mayoritaria, presencia de animales, sobresalen las representaciones de figuras fantásticas o lo que podría catalogarse como monstruos, como ocurre en Les Trois-Frères, Pergouset o con el denominado unicornio de la cueva de Lascaux. Entre las más escasas representaciones humanas sobresalen las femeninas, en forma de vulva, en diversas cuevas como Lluera II, Blanchard, La Ferrassie, Commarque o Deux Ouvertures, pero también como imágenes grávidas de mujeres, habitualmente en estatuillas y bajorrelieves (como Laussel).

En lo tocante a las representaciones masculinas, algunas corresponden a presuntos hechiceros o enmascarados, que poseen atributos zoomorfos, un factor que los ha puesto en relación con actos rituales. Algunos de los hombres con apariencia animal cuentan con cornamenta (de toro, ciervo, bisonte) o con una cabeza de pájaro. Incluso hay casos con presencia de colmillos de mamut y hasta rabo de bóvido (Magdaleniense de Las Caldas, en Asturias). En tal sentido debe traerse a colación el célebre marfil de Stadel con la imagen de un hombre-león, además de la losa de Espélugues, Lourdes, grabada con individuo con cornamenta de ciervo con barba y un rabo, o el bastón perforado de Teyjat que parece presentar una suerte de pequeños diablos.

El Brujo de Les Trois-Frères posee cabeza y patas de bisonte, y parece ejecutar una danza. Aparece provisto de arco siguiendo a una bestia con cuerpo de reno. El brujo de Les Trois- Frères tiene cuerpo humano de perfil y cabeza de ciervo, mientras en La Pasiega, en la Cantabria hispánica, se halla una figura análoga, un busto de fantasma tocado con una posible cornamenta de bisonte. Por su parte, el hombre de Gabillou va cubierto con cabeza de toro y una larga cola. En las famosas cuecas de Altamira y Lascaux existen, asimismo, antropomorfos con cabeza de ave.

Algunos figuras de hombres de Los Casares (Guadalajara), se muestran en escenas acuáticas. Sus cabezas se han identificado con batracios. Al tiempo, hay un conjunto de personajes con cabezas en forma de pico de tortuga. Algunas figuras han sido catalogadas como máscaras o como fantasmas, de sexo indeterminado, pero que son representaciones de rostros humanos.

Se habla del posible culto de una deidad femenina en el Paleolítico Superior, pero lo hace a partir de su presencia en culturas posteriores. Sería una divinidad dadora de vida pero a la vez portadora de la muerte; una diosa de la regeneración y la renovación. Las relaciones entre animales, bisonte, caballo, mamut, bóvido, felino, jabalí, por ejemplo, podrían ser una respuesta concreta a ciertos hechos míticos o, incluso, relatar el origen y la historia del grupo humano y sus relaciones con las diferentes especies animales. No sería descabellado pensar en que estaríamos ante una antigua metafísica en la que cada especie animal o humana tiene un lugar específico. Así, oposiciones y complementos podría estar en acción en las representaciones zoomorfas, en una presunta alusión a la fecundidad dentro de un marco concreto: las cuevas ornamentadas, que serían concebidas como auténticos santuarios.

Las figuraciones más antiguas de una presunta divinidad femenina datan del Auriñaciense. Al margen de las estatuillas conocidas como venus, se la puede distinguir bajo la forma de vulva generadora, como un triángulo o un óvalo, caso de las imágenes localizadas en los abrigos de La Ferrassie, Castanet o Blanchard. En ciertos yacimientos como Malt’a, Kostienki y Buret, se localizaron las estatuillas en el suelo de la choza, por tanto en un espacio doméstico de habitación, en las proximidades del hogar. Estas figuras podrían ser representaciones de diversas tipologías socio-religiosas, como sacerdotisas, Diosas Madres análogas a las conocidas en el Neolítico, figuras de antepasados o magas. Como diosas madre, serían algo semejante a las abuelas del grupo social, las deidades creadoras, de la fecundidad, de la vida y la muerte y protectoras de los animales. Entre los inuit actuales hay estatuillas femeninas, denominadas Schuli, que se conforman como el espíritu protector familiar, la madre arcaica o la figura primitiva del clan. La mujer podría haber sido en esos tiempos un símbolo de la inmortalidad.

La dualidad solar y lunar se puede inferir en el arte paleolítico. Es el caso paradigmático de la llamada venus de Laussel, que sostiene un cuerno en su mano derecha con trece marcas como símbolo lunar o como principio masculino en su aspecto fálico, mientras la izquierda la mantiene apoyada sobre el vientre, portando un disco, un símbolo solar, circular y femenino. Las figuras de Gagarino o de Savignano representarían algo similar, así como las figuras de Dolní Véstonice, en Moravia, esculturas gravetienses decoradas con líneas paralelas en marfil de mamut, representando una figura femenina esquematizada, con senos definidos sobre un cuerpo en columna como si fuese un apéndice fálico.

En su forma de madre de la naturaleza, la deidad paleolítica puede contar con las manifestaciones del sol y de la luna, atribuibles a los circulares senos de la misma. En la figura femenina del Magdaleniense, hecha de asta de reno, de Petersfels (Engen-Bittelbrunn, en Alemania), los dos círculos grabados a modo de senos aseguran su feminidad, aunque su mitad inferior es fálica. Cuando aparecen dos o tras figuras relacionadas, se podría inferir que las fases de la vida (tres) de la mujer se relacionan con los ciclos astrales. Al respecto, la mujer encapuchada de Bédeilhac, en Ariége, Francia, esculpida en un colmillo encorvado de aspecto fálico, podría corresponderse simbólicamente con el aspecto decreciente de la luna y con la vejez. Por su parte, en la cueva de Roc de Lalinde (Dordoña) aparecieron seis perfiles femeninos grabados del Magdaleniense. Los perfiles de dos féminas se disponen contrapuestos, al lado de un tercero en el centro de las dos siluetas, posible evocación de las fases lunares.

Si la diosa del Paleolítico se puede asociar al hogar nos podría indicar el arcaísmo de los mitos del fuego y la presencia de sus raíces en el Paleolítico. Y es que el fuego suele considerarse representativo del sol y ambos son dadores de vida, como sería la deidad madre paleolítica.

Ciertos esquemas figurativos en el arte paleolítico se han identificado con un árbol, presunto origen del mítico tema del árbol de la vida, o con una supuesta Diosa-árbol (El Parpalló, en Valencia; o cueva de La Mouthe, en Dordoña), que conllevaría la noción de tres esferas presentes en las posteriores mitologías. En este sentido, los conocidos monumentos en forma de torre ibéricos, ¿podrían aludir a una prehistórica deidad-árbol?.

La Diosa paleolítica encarna un ciclo de nacimiento, muerte y renacimiento, como el de la naturaleza (ciclo estacional, por ejemplo), de ahí su factible asociación con la sierpe. Deidades posteriores en el tiempo relacionadas con los ofidios son abundantes (la Tabiti escita, la Coatlicue azteca o la diosa de las serpientes cretense). Conviene recordar que tanto aves como serpientes suelen conformar un binomio mítico estrechamente relacionado con los orígenes de la vida (puede ser el caso de la varilla grabada del Magdaleniense del yacimiento francés de La Madeleine).

Algunas escenas paleolíticas, como las del santuario de Laussel, parecen evocar la probable secuencia de un mito creacional. Aquí se muestra la figura de una Diosa con senos y un huevo bajo ella, o un vientre en forma de huevo1. Podría encontrarse aquí el misterio de la creación, concebido desde la Diosa autofecundante. De aquí procederían las parejas primordiales, cielo y tierra y posteriormente sol y luna, de las que procederá el primer antepasado y el resto de la existencia tal y como relatan gran número de mitos.

En el arte paleolítico se conocen varias figuras de la deidad femenina en actitud tumbada, como si fuese una parturienta, y asociada a animales. Podría tratarse de la deidad dando vida a los primeros seres. Un ejemplo notable es el de Angles-sur-l’Anglin, del Magdaleniense Medio. Aquí aparecen modelados en bajorrelieve tres torsos femeninos, con la presencia del ombligo, el triángulo púbico y la vulva indicados por incisión. Además de las tres figuras antropomorfas se identifican varias figuras animales.

Algunos de los animales más representados en la pintura parietal paleolítica, como los caballos y los bóvidos, pueden reflejar desde un punto de vista simbólico, la dualidad sol y luna o la de verano e invierno, conocida a través de los mitos. El caballo ha simbolizado al sol en diversas culturas, en tanto que el toro o el bisonte cuenta con el cuerno, un atributo distintivo de la deidad lunar.

En el arte del Paleolítico pueden haber existido referencias al mito del primer antepasado, como en el caso del bastón perforado de la Madeleine en el que se grabaron una serpiente, un antropomorfo y cabezas de caballo, o en el yacimiento de Le Portel, donde aparece un conjunto en el que se distingue un caballo, una vulva y un antropomorfo. En tal sentido, la unicón de los principios femeninos y masculinos pudiera estar latente en la cueva francesa de Tuc-d’Áudoubert, donde hay una cámara en la que se modelaron dos bisontes, en cuyas proximidades se encontraron huellas de pasos. Un bisonte macho monta a una hembra, tal vez una reproducción inicial de la unión conyugal divina. Asimismo, en el bajorrelieve de la Venus tumbada de la Magdeleine, la deidad se halla tumbada con un bisonte grabado a sus pies, lo que podría ser la reproducción del protomito de la creación de la divinidad masculina y la hierogamia sacra. El bisonte aquí sería el vástago y, al tiempo, pareja de la Diosa.

En la cueva de Los Casares parece reflejarse una escena de hierogamia, en tanto que una pareja humana, en unión sexual, se encuentra al lado de un mamut. El animal dirige la punta de uno de sus colmillos hacia el pubis femenino, por debajo del enorme falo del varón. Sería una presunta representación de un matrimonio sacro ritual.

Una organización dualista, asociada al totemismo y, por ende, al empleo de ciertos emblemas en forma animal como antepasados clánicos, bien conocida en las sociedades depredadoras de Australia y noroeste de América del Norte, podría ser, de alguna manera, una reminiscencia de una arcaica organización clánica dualista configurada en el Paleolítico Superior europeo, tal vez a partir de la pareja caballo o bisonte y toro. Tales animales se podrían considerar, en este sentido, los antepasados de presuntos clanes fundadores.

Ciertas escenas en las que algunos antropomorfos parecen nadar o bucear entremezclados con peces, halladas en la cueva de los Casares, en Guadalajara, España se han identificado como una probable alusión a un mito de origen y rituales de purificación. Este presumible mito se expresaría en una escena en la que intervienen varios animales y un par de antropomorfos. Se puede apreciar como en la sección superior parece haber animales terrestres estilizados (cabra y bucráneo), mientras a la izquierda de la escena se observa un antropomorfo pisciforme que saca su cabeza a través de la línea superficial de agua. Sus brazos, o aletas, parecen recibir a otro antropomorfo; en una posición inclinada como si fuese a realizar una inmersión, parece recibir del antropomorfo en forma de pez una suerte de rama de seis hojas alargadas. Estaríamos ante un plausible mito en el que el personaje pisciforme, algo semejante a un genio o deidad acuática, entrega al personaje que intenta sumergirse un elemento vegetal. Al acto asisten animales acuáticos (peces) y también terrestres, como la cabra y el toro. Además, parece haber presencia de elementos vulvares. ¿Una referencia a un mito de origen cósmico asociado con el agua?. Resulta probable. También podría ser un reflejo de un ritual de purificación y renacimiento en relación con la vulva y con la presencia del par toro y cabra. Algo análogo podría, tal vez, leerse en Laugerie-Basse, donde un antropomorfo, semejante a un pájaro, extiende su mano hacia un pez de grandes dimensiones.

Una de las escenas en cavidades paleolíticas que más se repiten es la del toro o bisonte que se enfrenta a un antropomorfo, un tema que se identifica en las mitologías históricas posteriores. En una muy conocida escena de la cueva de Lascaux, se ve a un bisonte, destripado por una lanza que le ha traspasado saliéndole a través de su órgano sexual; está de pie ante un hombre tumbado, quizá en trance chamánico. Éste lleva una máscara de pájaro, tiene su falo erecto y señala al bisonte atravesado. A su lado vara con la imagen de un pájaro. Detrás del presunto chamán tumbado hay un rinoceronte que se aleja. El antropomorfo lleva una máscara de pájaro y sus manos son como de pájaro en lugar de humanas. Esta podría ser una mítica escena chamánica, en la que el hombre se hallaría en trance ante un bisonte sacrificado, mientras su alma viaja por el más allá, en tanto que el ave sobre la pértiga sería su espíritu protector.

Existen variantes de estas representaciones con humanos enfrentados a animales, como es el caso del oso en lugar del bisonte o del toro, como ocurre con la placa de la cueva de Péchialet, en la Dordoña, en la que dos humanos se enfrentan a un plantígrado.

En el Paleolítico Superior europeo, el organigrama religioso podría tener su vértice, en definitiva, en una supuesta adoración dirigida a una deidad Madre, creadora, con varias formas, origen de la vida y de la muerte, de la que todo procede, al lado de sus dos emanaciones principales, tal vez el sol y la luna, plasmados simbólicamente en forma animal, en las parejas caballo-bóvido, cérvido-cáprido o caballo y mamut.

Bibliografía básica

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1 Se puede señalar que en el Paleolítico Superior la caverna se concibe como un espacio sacro empleado para llevar a cabo ceremonias religiosas y estéticas. Se ha asimilado la cueva al cuerpo de la Diosa y a su vagina (humedad, oscuridad), de forma que la caverna sería la deidad, su vientre y también su morada.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AVECH-AEEAO-AHEC-ICA-UFM, junio, 2026.

20 de noviembre de 2023

Venus esteatopigias y su funcionalidad. Sexo, sociedad, religiosidad, identidad y estética






Imágenes, de arriba hacia abajo: Venus de Hohle Fels, hallada en una cueva al sur de Alemania. Es la más antigua de las venus conocidas, de 38.000 años de antigüedad. Museo de Prehistoria, Blauberen; diversas imágenes de la Venus de Renancourt descubierta en Amiens y con una antigüedad de 23.000 años Antes del Presente; la Venus Dama de Brassempouy o Dama de la Capucha, en marfil, fechada entre 26.000 y 24.000 años Antes del Presente, y encontrada en Landas, en Francia; sección delantera y posterior de la Venus de Lespugue, realizada en marfil y con un tamaño de unos quince centímetros. Fue descubierta en 1922 en la Cueva de Rideaux en el Alto Garona francés. Tiene una antigüedad entre 26.000 y 24.000 años y se encuadra dentro del periodo Gravetiense y; venus rusa, de hace 23.000 años de antigüedad, tallada en un colmillo de mamut. Representa a una mujer obesa, quizás embarazada, y con grandes vientre y busto.

Las venus esteatopigias o de grandes glúteos configuran el principal prototipo de la representación femenina en el Paleolítico Superior. Se trata de esculturas exentas de pequeño tamaño y, por tanto, de bulto redondo, que fueron elaboradas en marfil, piedra o arcilla. Cronológicamente se ubican en el período Gravetiense, hace entre 22.000 y 30.000 años, si bien algunas son más antiguas1. De forma genérica tiene una forma romboidal, con el abdomen remarcado y, mayoritariamente, se presentan sin rasgos faciales, salvo notables excepciones como la Venus de Dolní Vêstonice, o la Dama de la Capucha de Brassempouy. La acumulación de tejido adiposo se muestra en las nalgas aunque también en las piernas y los muslos. Obesidad, gestación, vulva abierta y pubis remarcado, además de grandes senos, son las características básicas de buena parte de estas venus.

Como una tipología de manifestación artística que se difundió por un amplio espacio geográfico, estas figurillas debieron desempeñar un papel social. Se las encuentra diseminadas desde los Pirineos hasta Siberia, aunque la gran mayoría se encuentra en la llamada Europa media. Las figuras de Europa central y occidental presentan el canon estético que ya se ha descrito, si bien hacia las regiones orientales van modificándose las proporciones, y las figuras de hacen más delgadas, presentando adornos corporales del tipo cinturones, tocados, collares y hasta ventimenta2.

Habitualmente se distinguen cinco grupos de estas venus: el pirenaico-aquitano; el renano-danubiano; el italiano; el ruso y el siberiano. La variabilidad de formas podría responder a ideales colectivos o personales, en ocasiones asociados a ideales eróticos, si bien también puede implicar un valor social, siendo vistas estas figuras como elementos de cohesión de los grupos humanos. Pudieron ser consideradas símbolos que facilitaban el vínculo de personas en el seno de un grupo.

Estas imágenes podrían ser reales; esto es, personas físicas que hayan sido retratadas de una manera más o menos realista. No obstante, también pueden representar antepasados, lo que supondría un carácter conmemorativo de las figuras, así como encarnaciones de personas en modo de divinidades. El matiz religioso que tradicionalmente se les ha atribuido conllevó su interpretación como chamanas o sacerdotisas. Resulta posible, asimismo, que sean fetiches, a la manera de curanderas y magas, o que incluso fuesen usadas, cotidianamente, como muñecas.

La inmensa mayoría de las venus están desnudas, mostrando con claridad el vientre, la región del pubis, los senos y las nalgas. Solamente en unos pocos casos presentan atuendos, que se reducen a collares, pulseras, cinturones y capuchas. Su desnudez pudo haber tenido una motivación erótica, pero también haber sido una manera de buscar la afirmación de la identidad humana, especialmente femenina, así como haber tenido motivaciones expresivas. Sea de una manera o de otra, los autores de las figuras desearon ejemplificar la fisonomía de la mujer, con marcados rasgos sexuales, en general, y no tanto la de una en específico.

Parece existir una correlación entre la adiposidad y la gravidez de estas mujeres3. Esto se vincula a abultados vientres, nalgas anchas, la vulva marcada y una zona pubiana triangular. La gravidez anuncia fecundidad, en tanto que la obesidad simboliza abundancia. A pesar de esta asociación, resulta factible que las venus representasen un ideal estético, tal vez para un sector de la sociedad. Hasta es posible que mujeres con estos rasgos anatómicos y con los caracteres sexuales destacados, fuesen consideradas prototipos de madres, en virtud de que sus abundancias exageradas serían una representación de la mayor probabilidad de perpetuar la especie humana.

Otras representaciones femeninas han aparecido en las paredes de los abrigos y de cuevas. Sojn piezas del arte mueble hechas en grabados, pintura y relieve. En la época del Gravetiense sobresalen los conjuntos de Laussel y Abri Pataud, en Francia. En el primero de ellos destaca la muy conocida Venus de Laussel o Dama del Cuerno. En Abri Pataud, por su parte. destacan algunas imágenes, si bien ya del Magdaleniense (hace entre 18.000-12.000 años), de mujeres con el vientre abultado mostrando su gravidez. Las imágenes que aparecen sobre huesos o en plaquetas son de este período Magdaleniense. En ellas ya ha desaparecido el carácter reiterativo de la fecundidad, en tanto que lo sexual y lo erótico se sugieren de una forma más explícita, un hecho que puede significar, a su vez, un cambio en el canon de belleza.

No es posible saber si los casi dos centenares de figurillas femeninas que se conocen como venus fueron hechas por mujeres o por hombres. Se ha dicho que si fuesen elaboradas por varones, tal vez, las habrían confeccionado como un reflejo de una suerte de pornografía plástica, algo que resulta muy complicado de establecer. Lo cierto, es que la creación de estas figuras es una respuesta a un determinado contexto espacial y temporal, que debió llevar implícito un concreto significado socio-cultural.

Bibliografía básica

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García-Díez, M. & Angulo, J., Sexo en piedra. Sexualidad, reproducción y erotismo en época paleolítica, Luzán, Madrid, 2005.

García-Díez, M. & Angulo, J., El sexo prehistórico. Tras los orígenes de la sexualidad humana, edit. Salvat, Barcelona, 2023.

1 La Venus de Galgenberg, hallada en Austria y coloquialmente conocida como Fanny, es una de las figuras femeninas de mayor antigüedad, en tanto que se data en la época del Auriñaciense, en torno a hace 32.000 años.

2 Las venus del conjunto siberiano, como las figurillas de Kostenki, muestran algunas trazas de vestimenta, aunque no se cubre con ella la desnudez ni de los genitales ni de los senos.

3 La hipertrofia de los depósitos de grasa, así como los grandes senos podrían ser contemplados, no obstante, como un modo de asegurar un propicio estado nutricional, necesario para una adecuada lactancia y un largo período de cuidado de la prole.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, noviembre, 2023.

12 de julio de 2022

Vídeo (serie ¿Y si hablamos de mitos?). Temáticas y narrativas míticas en el arte del Paleolítico (parte II)


Segundo programa de la serie ¿Y si hablamos de mitos?, en el canal Hablemos de mitos. Se trata de la segunda parte de Temáticas y narrativas míticas en el arte del Paleolítico. A partir del tema mítico solar y lunar como referente en sociedades de cazadores y recolectores, se podría estar hablando de representaciones simbólicas por mediación de determinados animales (toro, oso, caballo, ciervo) presentes en el arte mueble y rupestre del Paleolítico Superior. Espero, como es costumbre, que pueda resultar de utilidad o de estímulo para toda persona interesada en el campo de la mitología y la mitocrítica. Comentarios, preguntas, apuntes, críticas, señalamientos, análisis tienen cabida en la caja de comentarios, tanto en YouTube como en el blog. Se puede difundir el vídeo y aquellos interesados pueden, si es su deseo, suscribirse al canal. Saludos.

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-AEEAO-UFM, julio, 2022. 

12 de junio de 2022

Vídeo (serie ¿Y si hablamos de mitos?).Temáticas y narrativas míticas en el arte del Paleolítico (parte 1)


Primer programa de la serie ¿Y si hablamos de mitos?, en el canal Hablemos de mitos. Se trata de la primera parte de Temáticas y narrativas míticas en el arte del Paleolítico. Habrá un total de doce programas, uno pos mes, analizando las singularidades del discurso y del pensamiento mítico (Mesopotamia, Egipto, Grecia, China, mitos de consumo actuales, etc.). Espero puedan resultar de utilidad o de estímulo para toda persona interesada en el campo de la mitología y la mitocrítica. Se puede ver el vídeo en YouTube y os podéis suscribir al canal si es vuestro deseo. Saludos.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, junio, 2022.

2 de junio de 2022

El arte paleolítico y sus probables temáticas mitológicas


Imagen. Tema del enfrentamiento del oso y el ser humano. Péchialet, Dordoña y Mas d'Azil, Ariége. Héroe solar que enfrenta a guardián del Más Allá en la figura del plantígrado. Su arcaica formulación sería, tal vez, el mito del hurto del fuego.

Los recónditos espacios de las cuevas paleolíticas con presencia de actividad estética humana pudieron ser los marcos expresivos de ceremonias y rituales, así como de posibles escenificaciones de ideas y sucesos míticos. Hoy se sabe que las figuras y los conjuntos con presencia de animales, humanos y símbolos abstractos responden a patrones, y no fueron pintadas de manera aleatoria La yuxtaposición temática sería el fundamento de un sistema dual.

El mitograma, en la terminología de A. Leroi-Gourhan, aludiría a hechos o presuntas narraciones míticas muy esquematizadas. Los conjuntos de la figuración, zoomorfa y antropomorfa, añadida a signos de carácter simbólico en las cuevas entrarían en esta categoría de mitogramas, al mostrarse conformados por figuras agrupadas, por temáticas simbólicas que el especialista debe concatenar. El modo de expresión pictográfico establece entre las distintas figuras una trama, evocando con ello acciones que se adherirían a una dimensión temporal. El mitograma sería algo semejante a un enunciado simbólico, si bien no articulado narrativamente, y de ahí la dificultad intepretativa.

En el intento de ofrecer un acercamiento hermenéutico a estas arcaicas imágenes y útiles del Paleolitico se ha empleado la mitología lunar y solar como marco clave. El tema mítico solar y lunar se ha tomado, por tanto, como referencia simbólica, lo cual significa sostener que las sociedades de cazadores y recolectores reconocían e invocaban divinidades y entidades sobrenaturales, entre las cuales estarían los astros visibles más destacados, el sol o la luna. Estas deidades serían plasmadas con forma animal. Los animales del repertorio temático del arte paleolítico serían usados como emblemas de ambos astros. No se debe olvidar que animales como el toro se asociaron a la luna en el ámbito del Mediterráneo de la antigüedad, en tanto que el ciervo suele representarse en el arte de finales del Paleolítico de la Península Ibérica al lado de símbolos solares. Del mismo modo, otros animales, como el oso se ha relacionado directamente con la luna, el invierno y la nocturnidad en las tradiciones ártico-siberianas, mientras que el caballo se asoció al sol en poblaciones nórdicas, griegas o hindúes.

Es muy probable que las formas del mundo de la caza de estas épocas tan remotas podrían emplearse como mecanismos transmisores de conocimientos trascendentes, míticos o religiosos. Si se entiende que  la concepción del mensaje paleolítico expresado en el arte es diferente a la realidad material, física, se puede pensar que los elementos que conforman las  manifestaciones de arte paleolítico trabajan como ideogramas, como imágenes y símbolos que refieren otro concepto o bien otra entidad  distinto del evocado directamente. El arte paleolítico, por tanto, no tendría una finalidad únicamente estética, sino que haría las veces de medio de codificación conceptual y de acontecimientos estrechamente vinculados con el mundo ceremonial y mítico. Por mediación de detalles y acciones de los elementos figurativos se transmitirían contenidos alegóricos.

En  las  antiguas mitologías,  la  luna  es vista como un ser andrógino debido a lo variable de sus fases, mostrando aspectos masculinos y femeninos. El aspecto menguante se relacionado con lo masculino, y el aspecto circular con la gravidez femenina. Una unión de ambos principios opuestos estaría presente en el formado por el cuerno y ojo del bisonte (el ojo simbolizaría el órgano sexual femenino y el cuerno el falo). Aquí, la metáfora de la unión genital evoca la unicidad de principios de la deidad lunar. Los  bastones  perforados, por su parte, adoptan una morfología masculina, aunque destacando en ellos un orificio. En los bastones destaca la morfología alargada, combinada con el orificio, algo análogo al tema del cuerno-ojo. El orificio del objeto desempeñaría una función en el mensaje que se quiso transmitir. Así, en el bastón del abrigo de La Madeleine (Dordoña), se colocaron cuatro caballos en fila, y entre ellos el orificio. La otra cara se decoró con otros tres équidos en fila. Estaríamos delante del tema solar en su recorrido de varias etapas.

En este sentido, los cuatro caballos aludirían a las cuatro direcciones solares y también a las cuatro estaciones, mientras que los otros tres simbolizarían el recorrido solar diario (nacimiento, cenit y ocaso). En bastones de las cuevas de El Pendo y Valle se disponen cabezas de ciervas delante del agujero. Este tema, el de la cierva que antecede a un caballo y al orificio se aprecia también en el bastón perforado sobre asta de ciervo del abrigo Mège, Teyjat, datado en el período Magdaleniense.  El orificio, aparte de funcional, transmite un significado al ser colocado tras las cabezas de las ciervas, pues puede aludir al círculo y al Sol. La lectura podría ser variada: tanto referir el diario nacimiento del sol, como aludir a la anualidad estacional, en especial a la aparición del calor al llegar la primavera. También podría significar la idea de la renovación, algo implícito en el emblema con forma de sierpe. Todos estos conceptos pueden expresarse por medio de una forma mítica, lo cual implicaría la presunta codificación de un mito, un mitograma. No es casual que el relato maya de la primera aurora mencione a los primeros humanos creados, fundadores de los cuatro linajes maya-quichés, espías de Venus, pues emergió antes que el Sol. Tras quemar copal hacia el este, en dirección al sol naciente, con el humo subiendo hacia el cielo, esperaron al amanecer. Con el sol ya en lo alto, los animales se congregaron en las cimas de las montañas y miraron al oriente. 

En los casos en los que  la cierva precede al círculo, al ciervo macho o al caballo, podríamos encontrarnos ante  la evocación de un concepto, o tal vez de un mito, referente al sol naciente. En este caso, la cierva, como Venus, anunciaría el astro diurno. El bastón perforado evocaría una simbología doble, tanto la lunar del soporte como la solar de la decoración del mismo. El humano del Paleolítico aludiría, por consiguiente, a mitos y conceptos referentes a la oposición y sucesión del día y la noche, verano e invierno, además del ciclo lunar. Esta temática vendría reflejada en la asociación o yuxtaposición de caballos y bóvidos, o por un caballo rodeado de bóvidos, cabras o mamuts.

Algunos ejemplos de la cultura material paleolítica pueden entenderse como escenas que describen acciones o aluden a ciertos rituales. Las mitologías antiguas señalan al toro o al bisonte como el principio masculino, ser primigenio creado por la Diosa, a la que fecunda. Este elemento masculino da origen, con la Diosa, a todo. Este referente, que pudo estar presente  en  el  Paleolítico  Superior  explicaría  tradiciones  posteriores, la del perro en las mitologías americanas,  la del toro en el Mediterráneo (Zeus metamorfoseado en toro para seducir a Europa), o la del oso en los relatos de zonas árticas. Sería el tema de la unión sacra entre la Diosa y su hijo y esposo a la vez, el toro lunar.

En la cueva de Los Casares se documentan escenas relativas a ceremonias de purificación acuáticos, evidencia de prácticas chamánicas, de modo similar a las efectuadas por chamanes siberianos en el marco de ritos de consagración. Si la caverna se identificaba simbólicamente como la manifestación de la Gran Madre, el ritual sería una bajada al ámbito de la Diosa, al útero femenino.  En todo caso, no se puede afirmar que hubiese una plasmación explícita de hechos míticos, puesto que los contenidos son claramente simbólicos.

Un probable encuentro mítico entre el ser humano y animales como el toro o el oso es reconocible en ciertos paneles y objetos mobiliares, en los que se aprecian escenas que tratan del enfrentamiento de un ser antropomorfo con uno de estos animales. Escenas que muestran a un antropomorfo y a un oso se pueden ver en la cueva de Péchialet (Dordoña), en la que dos humanos se oponen a un plantígrado, así como en un rodete de hueso de Mas d ́Azil (Ariège), con un personaje masculino en pugna con un oso. Conviene recordar que el oso se concibe como un espíritu superior o una entidad sobrenatural que se asocia al chamán.  En Péchialet las siluetas antropomorfas pueden sugerir aves. La repetición de tales escenas indicaría que podría tratarse de algún mito o de una ceremonia especial. En  la  mitología aparece el mito del héroe o pájaro solar que combate al guardián del Más Allá y de la noche, habitualmente un oso o un toro. En ciertas ocasiones es conocido por mediación de su formulación primitiva, la del mito del robo del fuego. En ciertos mitos se cuenta que un oso es quien oculta el fuego al sol, o que provoca el frío (como entre los Kaska de las Rocosas).  

La misión del chamán consiste en recuperar el fuego del sol. En un contexto chamánico, se trata de un rito iniciático para buscar  la luz, oculta en el inframundo, en la oscuridad primigenia. El chamán, con forma de pájaro, debe robar la luz del sol perdida y escondida en las profundidades inframundanas por la deidad de la noche. Así pues, se aprecia una interrelación de hechos míticos, en tanto que el motivo del pájaro se relaciona con recuperar el fuego y la luz.  Serían mitos referidos a la pugna dialéctica de luz y oscuridad, en el un oso o un bisonte haría las veces de espíritu nocturno y de la luna. En el mundo del Paleolítico parece factible la presencia de tal interconexión entre el pájaro, el bisonte o el oso. Las  representaciones que muestran antropomorfos o antropomorfos-ave (bisontes, osos, toros), podrían haber poseído, por lo tanto, un carácter mítico-ritualístico. Estas situaciones tal vez se escenificaban ritualmente en las cuevas, reproduciendo conceptos míticos.

Con las acciones de esta índole se relacionan escenas en las que se distinguen un par de rostros antropomorfos afrontados, uno de los cuales es siempre de mayor tamaño y con un aspecto grotesco.  Tal vez sea la representación de un encuentro iniciático. Puede sr el antecedente de escenas como la del sepulcro megalítico de Gavrinis, en Bretaña, en donde se aprecia un toro  junto a un hacha y la forma espiral-laberinto, expresión de un rito de tránsito al más allá, lugar de la batalla entre el sol y la deidad de la noche. En estos contextos arqueológicos, aquellos enterrados en los dólmenes debían enfrentarse, de un modo ritual, al guardián para renacer como cuerpo celeste, lo cual explica la abundancia de motivos con forma de sol y motivos astrales en la decoración de tales sepulturas en dólmenes,  todo ello al lado de antropomorfos que actuarían como símbolos de heroización, asociando al muerto con los astros.

Derivaciones de mitos de tales consideraciones como los que se han comentado previamente se encuentran en la ritualidad mitraica (Mitra vence al toro en la caverna), en la figura de héroes fundadores (Teseo, vencedor del Minotauro en el laberinto, el lugar de la doble hacha), en Gilgamés, vencedor  del  Toro  celestial,  o en el gran Hércules capturando al toro de Creta, en forma de uno de sus célebres doce trabajos. Un  mito cuya evocación se observó por primera vez en el arte del Paleolítico.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, junio, 2022. 

10 de mayo de 2022

Arte mueble: elementos míticos y narrativos


Imagen. Tema de la cierva y el orificio en bastones perforados. El Pendo, El Valle y Abrigo Mége. Evocación de algún concepto sobre el mito del sol naciente, simbolizando la cierva el planeta Venus.

El arte de la prehistoria está abierto a diversas interpretaciones factibles en cuanto a su sentido, significado y función. Debemos tener en cuanta, a la hora de profundizar en una de estas posibles interpretaciones que existe un salto al vacío conceptual muy amplio entre las sociedades cazadoras y recolectoras del Paleolítico Superior y las sociedades contemporáneas que pretenden llevar a cabo una hermenéutica sobre sus manifestaciones “artísticas” 

En cualquier caso, no resulta inverosímil pensar que en aquellas pequeñas comunidades de cazadores-recolectores del Pleistoceno, de modo análogo a lo que sucede en las culturas ágrafas, estuviese presente y activo un poderoso componente de tradición oral. Solamente de esta manera tal vez algunos cuentos, leyendas o mitos más elaborados, puedan estar encerrados en los soportes del arte mueble, aunque sea siempre muy imprecisa cualquier interpretación en este sentido.

En esta línea argumental, lo ciertos es que hay constancia arqueológica de determinadas piezas muebles que presentan decoraciones con cierta “escenografía” realmente complicadas y, además, recurrente. En ocasiones, incluso, con la presencia de lo que se atisba como personajes fantásticos, un factor que harían entrever que nos encontramos delante de la expresión sintética de un posible mito. En este orden de cosas, en consecuencia, la funcionalidad del objeto podría ser aquella de materializar una fórmula narrativa o mitográfica, probablemente de carácter ritual, tal vez de orden iniciático.

Si bien la posibilidad es cierta, no deja de ser problemático alcanzar un conocimiento pleno y certero, en tanto que se ignoran los significados de la conjugación, asociación o vinculación de los motivos que formarían parte del universo ideológico y de las creencias de sus creadores. Ello no es óbice, no obstante, para no llevar a cabo un meticuloso acercamiento a un tema de tales características, no exento, naturalmente de críticas o de muy posibles cambios interpretativos asociados a la aparición de ejemplos en los registros arqueológicos. .

Algunos ejemplos pueden ser de utilidad para intentar este acercamiento. Un artefacto óptimo que sirve para ilustrar esto que se comenta es el llamado candil de cérvido de La Vache, popularmente conocido como “El espectro”.  De muy escaso tamaño, procede del período señalado como Magdaleniense Superior. En el objeto se observan esculpidas cinco cabezas acopladas pertenecientes a distintos animales. La extremidad distal muestra un ave, de cuyo cuello sale, por una cara, un prótomo de ciervo (o tal vez de uro) que remata en un pez (se ha identificado como un salmón), con dos signos formando un aspa en el dorso; de la otra cara, partiendo al tiempo del ave, la cabeza de un oso (quizás un caballo) seguida de la testa de un felino.

Algunos investigadores llevaron a cabo una interpretación del objeto, de carácter simbólico, ya en los años setenta del pasado siglo XX. El pájaro simbolizaría el aire, el agua estaría representada por el pez, mientras que el probable caballo y uro o cérvido serían los herbívoros terrestres (de carácter benéfico), en tanto que el felino u oso, como carnívoros terrestres, reflejarían los aspectos maléficos. Una combinación análoga de elementos estaría asimismo presente en un tubo del propio yacimiento en donde fue hallada la pieza. En él se aprecia la serie ciervo frontal, pez, caballo-oso frontal y, hacia la izquierda una hilera de seres extraños seres, tal vez humanos o quizá pájaros.

Nuevos ejemplos que reiteran temas animalísticos semejantes, igualmente en soportes óseos parecidos, manifiestan la conjugación de un carnívoro (en versión silueta o prótomo) atacando, en la mayoría de los casos, a un cérvido con la cabeza en una visión frontal. La reiterativa constancia del tema, así como lo parecido de su composición han llevado a algunos investigadores (especialmente Sieveking, en 1978), a interpretar la escena como una plasmación de un determinado acontecimiento mítico o narrativo, aunque se desconozcan sus claves y códigos. Otros investigadores más recientemente, caso de Barandiarán, en 1993, retomaron el asunto. Haciendo una disección de cada uno de los ejemplares, concluye criticando las determinaciones previas que veían aquí escenas de ciertas asociaciones temáticas semejantes, sobre todo porque es necesario hacer revisiones más profundas de las piezas.

Hay constancia de objetos con sujetos de apariencia humana o antropomórfica que tienden a perseguir, acosar  y hasta  rodear a animales. La ambigüedad en relación a los individuos se debe a que la mayoría de las veces resulta extremadamente complicado saber con seguridad si son realmente antropomorfos o, por ejemplo, pájaros. No obstante, a pesar que unos cuantos se observan bestializados, se muestran con diáfano bipedismo y, además, con carácter itifálico.

A pesar de todas estas razonables dudas, autores como Duhard, en los años noventa del pasado siglo se aventuró a utilizar las piezas como argumentos para establecer una división sexual del trabajo, así como los roles sociales paleolíticos. Todo ellos en función de unas supuestas actitudes y actividades asociadas a los géneros en obras mobiliares, en las cuales las mujeres procederían de manera pacífica, mientras que los varones lo harían de una forma vehemente.

Con la peculiar denominación de mito de los cazadores de bovinos se estaría desarrollando una narración consonante en un conjunto de piezas en las que destaca la figura de un bisonte o un uro vinculado con siluetas humanoides o meramente antropomorfas, esquematizas y simples, que en ocasiones llevarían al hombro una suerte de instrumento o herramienta alargada.

En la placa ósea de Raymonden es visible un bisonte desmenbrado, con dos de sus patas cortadas puestas delante de la cabeza. Partiendo de ésta, hay un trazado ramiforme que pudiera hace creer que estamos en presencia de la columna vertebral del propio animal. En ambos lados del diseño previo emergen dos series de figuras identificables como perfiles humanos. En el denominado hueso del Abrigo del Château des Eyzies, parece probable que se hubiera concretado una idea análoga, ya que junto al gran herbívoro fueron emplazados unos seres en hilera que recuerdan en buena medida los perfiles de la placa anterior. Sin embargo, no deja de haber especialistas que prefieren visionar aquí elementos vegetales propios de un paisaje circundante.

Los personajes, tres en concreto, aparecen dispuestos en fila en Bruniquel, si bien en este caso se sustituyó la cabeza del bisonte por la de un uro. Por otra parte, en la decoración en bajorrelieve de un bastón hallado en La Vache, el uro se muestra completo, aunque nuevamente se repite la presencia, a su derecha, de los tres individuos reseñados, uno de ellos brindando el venablo.

Si se fuerza un tanto las comparaciones, en la pieza ósea de Laugerie-Basse aparece un individuo, que parece claramente humano, que está siguiendo, vigilando o tal vez reptando, detrás de un gran bisonte. Al igual que en el hueso de Isturitz, se perciben dos bisontes en una cara y dos mujeres tumbadas en la otra. Además, tanto los humanos como los animales, presentan idénticos signos ramiformes sobre sus cuerpos.

En el marco del espléndido arte parietal de la cueva de Lascaux, se puede contemplar la única, y a la par muy célebre, composición donde un bisonte, probablemente herido por la acción de una azagaya, embiste a un antropomorfo masculino, de una forma un tanto similar a un bajorrelieve de Roc-de-Sers. En ciertas ocasiones, el llamado mito de los cazadores adquiere otra nueva variante cuando la presa son équidos y no bisontes ni uros. Esta modalidad puede aparecer reflejada en tres objetos de igual temática. El tubo óseo con decoración peri circular de La Vache, contiene un pez, un caballo, y varias siluetas de forma semi humana. En un ejemplar de La Madeleine, los équidos se reducen a prótomos, aunque se muestra de una manera especialmente nítida el personaje con el correspondiente instrumento (arma) al hombro, cercano a un diseño que tiene forma de ofidio. Del mismo modo, en el bastón de Teyjat sobresale el dibujo de un caballo, además de un signo serpentiforme y una suerte de entes bípedos bastante bestializados, hasta el punto que son nombrados popularmente como los pequeños diablos.

En algunos otros pocos ejemplos, como en un rodete de Mas-d'Azil o en la plaqueta de Péchialet, se puede comprobar una nueva versión que refiere las escenas de cazadores, en tanto que en esta ocasión aparecen las figuras intentando abatir nada menos que a un gran plantígrado; es decir, un oso.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, mayo, 2022.