17 de febrero de 2022

Vídeos: Mitógrafos de la antigüedad griega y romana


Amigas, colegas, estudiantes. Saludos cordiales a todos. Iniciamos hace unas semanas una serie en YouTube (canal Minutos de Historia con Julio López), titulada Mitógrafos de la antigüedad griega y romana. Se trata en ella, en un total de cinco programas durante tres meses, de analizar la vida, obra sobreviviente e influencias de doce mitógrafos arcaicos de reconocido nivel y prestancia histórica. Acusilao de Argos, Teágenes de Regio, Herodoro de Heraclea Póntica, Asclepíades de Trágilo, Helánico de Mitilene, Ferécides de Atenas, Paléfato, Evémero de Mesina, Apolodoro de Atenas, Conón, Lucio Anneo Cornuto y Cayo Julio Higino son los doce protagonistas elegidos. Como ya es una costumbre casi inveterada, espero resulte de ayuda, utilidad o estímulo a las personas interesadas en semejantes temáticas. Se puede difundir el vídeo si se estima adecuado; también el que lo desee se puede suscribir al canal y, por descontado, hacer cualquier tipo de comentario, análisis, apunte, referencia o crítica. El que aparece sobre estas líneas es el segundo programa de la serie. Saludo cordial. J.L.S.

Prof. Dr. Julio Lopez Saco
UM-AEEAO-UFM, febrero, 2022.

8 de febrero de 2022

Cuentos, mitos y leyendas: imaginario mágico de la cultura popular

El imaginario mágico, expresado en leyendas, mitos y cuentos, sobre todo de hadas, es un elemento crucial de la cultura popular. Esos cuentos y leyendas, lejos de ser solamente entretenimientos, se configuran como historias que hacen llegar a nuestro tiempo una concepción del mundo tradicional, abriendo la puerta a una espiritualidad que concebía el mundo y la naturaleza como un lugar de significado y de sentido plenos. En ese mundo de la tradición, la naturaleza y sus fuerzas estaban dotadas de alma; estaban vivas, un hecho que implicaba que el universo no era únicamente algo, sino también alguien. Un universo que no sería visto como un mecanismo, más o menos complejo, de engranajes y materiales fuerzas ciegas, sino como un organismo con vida. 

Las fuerzas elementales, asociadas a la tierra, el agua, el viento o el fuego, no refieren la existencia de un plano superior trascendente, sino uno intermedio, contemplado como una dimensión espiritual, sutil, poblado de seres mágicos (feéricos) en espacios y lugares naturales, como bosques, manantiales, grutas o montañas. Sería un plano espiritual intermedio vinculado al mundo; es decir, al más acá. La existencia de tales seres o entidades se relaciona con la naturaleza, desarrollando el papel de alma del mundo. Su ocultamiento, o final desaparición, sería una inequívoca señal de la materialización y desencantamiento del mundo, que poco a poco quedaría a merced de un tiempo humano, mientras los seres feéricos harían las veces de antiguas deidades propias de un tiempo ya desaparecido, fenecido.

Los pobladores de esta suerte de reino intermedio no son buenos ni malos. Su conducta es bondadosa o malvada según las circunstancias. En cualquier caso, de este plano intermedio no se deriva la condenación o salvación de almas, sino una armónica relación con la naturaleza, de estrecho vínculo con una realidad natural de la que son parte sutil y, por consiguiente, invisible.

Por otra parte, este reino escondido parecerá asociado a determinados lugares, naturales (manantiales, colinas, lagos, grutas, claros del bosque, cumbres o troncos huecos), y artificiales, construidos por el ser humano, particularmente vestigios arqueológicos de la prehistoria y la protohistoria (menhires, dólmenes, castros, tumbas neolíticas). Los mitos y las leyendas abundan en significar que la naturaleza posee alma y que en ciertos, específicos lugares, dicha alma tiene la capacidad de poder materializarse, si bien siempre de un modo especial. Estos espacios, auténticas bisagras entre el plano humano y el reino oculto, asociados a restos arqueológicos, serán ideales para la creencia en la manifestación de la caterva de seres que pueblan el plano intermedio. De esta forma, la relación entre los vestigios arqueológicos y los cuentos de hadas, por ejemplo, será habitual y notoria. De ahí su valor espiritual y simbólico.  

El hecho religioso, generalmente cristiano, ha negado la dimensión espiritual del mundo de la naturaleza, y aunque el mundo es creación, no deja de ser un lugar desencantado. Además, cuando la religión pone su atención no tanto en la trascendencia como en la inmanencia, acaba por orientarse hacia un panteísmo inmanentista, que sugiere un pacto con las fuerzas naturales para propiciar salud o bienes de la existencia material. La religión debe, por supuesto, reconocer la trascendencia como fuente y destino de la manifestación, pero al tiempo reconocer también el anima mundi como una dimensión espiritual de tal manifestación.

Como es bien sabido, la modernidad no se detiene en considerar un atisbo de trascendencia, negando, asimismo, la dimensión espiritual del plano natural. No obstante su concepción materialista de la realidad, no impedirá el surgimiento (o resurgimiento “encantado”) de cuentos, mitos y leyendas en el sensible entorno del romanticismo, configurándose reelaboraciones realizadas desde las narraciones populares de tradición oral.

Un aspecto destacable es, por demás, la fascinación que semejante reino escondido, y sus habitantes, ha venido despertando, sirviendo de nutriente e inspiración de corrientes estilísticas, tanto de las artes plásticas, como de la música o la literatura. Por mencionar unos pocos casos, la pintura prerrafaelita, la poesía de William B. Yeats, las obras de J.R.R. Tolkien, o la música de Waterboys o de la muy célebre Enya.  Dicho de un modo abierto y claro: los mitos y las leyendas del intermedio mundo escondido animan parte de la producción cultural de un mundo contemporáneo que, a la postre, quiere observar algún resquicio para alejarse de las poderosas seducciones de la modernidad.

Un reencuentro con el mundo natural no ha de ser únicamente en clave ecologista, sino aquel de la mirada, digamos tradicional y pagana, en el que se vuelva a otear un mundo nuevamente encantado, entendido como un lugar a la par maravilloso y peligroso, pero dotado de misterio y de sentido.  

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, febrero, 2022.

1 de febrero de 2022

Qijia: una cultura china de la Edad del Bronce




Esta cultura de la Edad del bronce, fechable entre 2200 y 1650 a.e.c. se desarrolló en la región de Gansu y del Qinhai oriental, teniendo como epicentro la localidad de Lanzhou. El nombre, otorgado en 1923, procede de las tuinas de los sitios Qi Jia Ping[1]. La cultura que la precedió en la zona fue la cultura Majiayao, caracterizada asimismo por el trabajo metalúrgico. En consecuencia, Qijia es la sucesora de Majiayao en el Gansu oriental y central, así como en el Qinhai oriental.

Si bien en un principio se creyó que Qijia fue la primera cultura neolítica del Gansu, lo cierto es que posteriores excavaciones han demostrado que parte de la cultura Qijia no fue más que una sucesora de la occidental cultura de Yangshao, al mismo tiempo que ciertas fases posteriores de la cultura de Longshan del área en la que se distribuyó la cultura Qijia existieron con la influyente presencia de la cultura Andronovo.

La cultura Machang, floreciente entre 2500 y 2000 a.e.c. a lo largo del río Amarillo, y que fue una consecuencia de la cultura Banshan era, en parte, contemporánea de la cultura Qijia. Aunque eran bastante diferentes, hubo un intercambio cultural entre ambas. Se puede añadir, además, que determinados estudiosos consideran la cultura Machang como una fase de la cultura Majiayao, más extensa y que, en consecuencia, también Qijia deriva de la cultura Machang.

Se trata de una cultura sedentaria, fundamentada en la agricultura y la cría de cerdos, empleados en los sacrificios. Los habitantes pertenecientes a esta cultura domesticaron caballos y fueron capaces de practicar la adivinación oracular. Sus hachas y cuchillos metálicos parecen apuntar a una cierta interacción con poblaciones centro-asiáticas y siberianas, en especial con el complejo cultural Seima-Turbino. Algunos de los más arcaicos espejos en cobre y bronce hallados en contextos arqueológicos en China fueron confeccionados por esta cultura.

Son más de trescientos cincuenta los sitios relacionados con Qijia (unos pocos en la Mongolia Interior y en la provincia de Ningxia), sobreimpuestos a los de Majiayao, destacando Qinweijia, Lajia, Dahezhuang y Huangniangniangtai, en los que han salido a la luz objetos de cobre, estaño y bronce, además de cerámica. La cerámica, en buena parte pizas rojizas, fue hecha a mano. Aunque con sus rasgos estilísticos propios, la cerámica muestra elementos comunes de la cultura Majiayao y de la cultura Longshan de la región de Shaanxi. Típico de la cerámica Qijia son las jarras con cuello estrecho y dos asas verticales curvas con un pico ensanchado. Algunas piezas aparecen pintadas con rombos o modelos reticulados, en ocasiones con presencia de ranas estilizadas.  

Las gentes Qijia se asentaban en pequeños poblados de casas rectangulares construidas a nivel del suelo, con presencia de cementerios adyacentes. Los hogares, redondos o cuadrados, podían estar en el interior o el exterior de las viviendas. Los techos estaban soportados por pilares. Los fallecidos se inhumaban en tumbas individuales, acompañados de bienes funerarios en la forma de herramientas hechas en hueso o de piedra, mandíbulas de cerdos, vasijas cerámicas y huesos oraculares. En estos cementerios se hallaron evidencias de  rocas y sacrificios de animales dispuestos en círculo.

Las herramientas propias de la cultura Qijia fueron realizadas básicamente de piedra y hueso. Es el caso de utensilios de comer en forma de cuchara o cuchillos. Parece posible, aunque no es seguro, que la cultura Qijia haya sido el origen del procesamiento del cobre en la zona de Gansu. Alrededor de cincuenta artefactos de cobre fueron encontrados en cuatro sitios, incluyendo punzones, cuchillos, hachas y cinceles, así como joyas (anillos y pendientes). Los objetos eran forjados o fundidos en moldes, y el cobre era ocasionalmente aleado con plomo o estaño. Las excavaciones realizadas en el sitio de Huoshaogou, perteneciente a una cultura sucesora de Qijia, sacaron a la luz gran cantidad de objetos de cobre. Incluso la cultura Erlitou pudo haber adoptado la técnica de procesamiento de cobre de la cultura Qijia, desarrollándola más.

El cementerio cultural en Mogou (condado de Lintan, Gansu) y perteneciente a la cultura Qijia, fue excavado desde 2008. Se han encontrado allí más de mil tumbas. El área fue habitada durante la primera mitad del segundo milenio a.e.c., encontrándose gran cantidad de objetos funerarios, del tipo adornos y utensilios de hueso, conchas, objetos metálicos y vasijas de cerámica.

Hasta la fecha actual, este lugar representa el mayor hallazgo acumulado de objetos de cobre y bronce atribuibles a la cultura Qijia. Los hallazgos son principalmente cuchillos y adornos como pendientes, cuentas y botones. Algunos tipos específicos de objetos, caso de torques y brazaletes, no se habían encontraron anteriormente. Unos pocos artículos fueron fabricados por fundición y por forja en caliente. También fueron excavados recientemente en el cementerio de Mogou un par de fragmentos de hierro. Se han fechado en el siglo XIV a.e.c.

Las ofrendas funerarias de la cultura Qijia incluyen magníficos ejemplos de cerámica y ornamentos personales. Los arreglos de los ajuares de los entierros y sus características asociadas dicen mucho acerca de las creencias religiosas, aunque los mismos todavía no se han estudiado a fondo. Los enterramientos deben proporcionar información fiable sobre la vida social y política de esta cultura.

En las últimas fases de la cultura, Qijia se desplazó desde el oeste y vio reducida su población. Es probable, a decir de algunos estudiosos que la cultura Siwa sea la descendiente directa de la cultura Qijia. Incluso, también se piensa que la cultura Kayue se desarrollaría a partir de la sección occidental de la cultura Qijia.

En agosto del 2015, los arqueólogos descubrieron en Lajia evidencias de un desastre que se remonta a la Edad de Bronce en la provincia de Qinghai. Los investigadores opinan que un terremoto y las subsiguientes inundaciones del río Amarillo asolaron la ciudad. Hay restos petrificados de personas (una mujer y tal vez su hijo abrazándose[2]), así como de otras acurrucadas para intentar sobrevivir al desastre.

Factores sociales y ambientales pudieron haber contribuido al desarrollo de un conflicto durante la Edad de Bronce temprana en el noroeste de China. Esta conclusión deriva del análisis de ciertos traumas violentos en restos esqueléticos humanos del cementerio Qijia. La cultura Qijia tuvo su desarrollo durante un dramático período de cambio social, tecnológico, ambiental y social. La evaluación osteológica de más de trescientos  individuos, adultos y no adultos, del sitio de Mogou, ha demostrado la presencia de lesiones que indican violencia, incluido traumatismos por objetos contundentes o punzantes.

Se encontraron lesiones violentas en varios individuos, sobre todo hombres adultos. No obstante, no se halló evidencia de trauma en niños. Se encontró traumatismo craneal en ciertos individuos adultos. Esta letalidad, además del hecho de que los individuos con trauma eran predominantemente hombres, sugiere una violencia intergrupal, del tipo peleas, asaltos o guerras. Tanto factores sociales como ambientales pudieron haber contribuido a este conflicto, aunque se necesitan datos arqueológicos y paleoambientales sistemáticos para desenmarañar los numerosos factores causales potenciales.

Bibliografía esencial

An, Zhimin, "The Bronze Age in eastern parts of Central Asia", en Dani, A.H. & Masson, V.M. (Eds.). History of Civilizations of Central Asia, Vol.1. The Dawn of Civilization: Earliest Times to 700 B.C., UNESCO, 1992, pp. 308-325.

Chen, Honghai, "The Qijia culture in the upper Yellow River valley", en Underhill, A.P. (Ed.). A Companion to Chinese Archaeology, Blackwell ed., 2013, pp. 105-124.

Kunlong Chen & Xu Jianwei & Chen Kunlong, “Recent Research on Early Bronze Metallurgy in Northwest China”, en Paul J. (Ed.), Scientific Research on Ancient Asian Metallurgy, Freer Gallery of Arts, Washington, 2012, pp. 37-46.

Chen, Jianli & Mao, Ruilin & Wang, Hui & Chen, Honghai & Xie, Yan & Qian, Yaopeng, “The iron objects unearthed from tombs of the Siwa culture in Mogou, Gansu, and the origin of iron-making technology in China”, Wenwu, nº 8, 2012, pp. 45-53 (en chino).

Loewe, M. & Shaughnessy, E.L. (Edts.), The Cambridge History of Ancient China: From the Origins of Civilization to 221 BC., Cambridge University Press, Cambridge, 1999. 

Chang, Kwang-chih, The Archaeology of Ancient China, Yale University Press, 1987.

Liu, Li, The Chinese Neolithic: Trajectories to Early States, Cambridge University Press, Cambridge, 2004.

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-AEEAO-UFM, febrero, 2022.

[1] En 2008, el Instituto Provincial de Reliquias Culturales y Arqueología de Gansu encargó a Shaanxi Longteng Exploration que perforara sistemáticamente el sitio Qijiaping. Se encontraron  reliquias culturales (casas, estufas, hornos cerámicos, tumbas), unos restos que  se consideraron ruinas pertenecientes a la cultura Qijia. Además de las tumbas encontradas, había sitios de casas relativamente concentrados, hornos y fosas de ceniza, además de acequias esporádicas. Unos años después, en 2013, Chen Yue escribió su tesis doctoral centrada en el sitio. En ella discutió las etapas y los orígenes de la cultura Qijia. La tesis se basa en el análisis de la cerámica. Divide el sitio Qijiaping en tres períodos, mientras que la cultura Qijia se parcela en cuatro etapas. Los períodos Qijiaping del uno al tres pertenecen a la segunda, tercera y cuarta etapas de la cultura Qijia, respectivamente. El cementerio Qijiaping debe pertenecer al último período Qijia. La tesis de Chen Xiao también señaló que, a partir de la segunda fase de la cultura Qijia, el centro de distribución de la cultura comenzó a cambiar hacia la cuenca del río Tao. Chen Xiao analizó en detalle, finalmente, más de cien tumbas Qijiaping excavadas. Dividió la cerámica de Qijiaping en tres grupos, A, B y C, coexistiendo los tres. El grupo A es el cuerpo principal, y los grupos B y C apenas se ven, o rara vez, en otros sitios culturales Qijia. La tumba individual Qijiaping (M20) coexiste con la cerámica de la cultura Siwa, similar al descubrimiento del sitio Mogou, lo que demuestra que la cultura Qijia tardía y la cultura Siwa temprana de la cuenca Taohe se superponen, al menos, parcialmente

[2] Los resultados de ADN han indicado, no obstante, que los restos esqueléticos de un adulto y un niño encontrados encerrados en una suerte de abrazo a fines del Neolítico o principios de la Edad del Bronce en Lajia no son, de hecho, madre e hijo.

 

20 de enero de 2022

Hibridismo en los mitos. Significación y simbolismo



Imágenes (de arriba hacia abajo): la etrusca quimera de Arezzo, hecha en bronce. Museo Arqueológico de Florencia; mosaico de suelo con figuración (esfinges, grifos, leones y una nereida sobre una criatura marina) y decoración geométrica. Casa de los Mosaicos, Eretria, datado en el siglo IV a.e.c.

Los híbridos, de aspecto en ocasiones monstruoso, son seres míticos, propios de los ámbitos liminales, característicamente ambiguos. Con doble o triple naturaleza, son la esencia de la metamorfosis, la transformación[1]. Son los pobladores, y a la par los delimitadores, de un espacio simbólico, aquella de la eschatiá, la frontera, de lo antisocial e inesperado, así como de las fuerzas que disgregan; por lo tanto, de la muerte. Habitan esas regiones limítrofes en las que los humanos entran en contacto con las deidades, siendo, en tal sentido, manifestaciones de lo divino y metáfora del inmenso poder de las divinidades. Tales regiones limítrofes son espacios antihumanos, configuradoras de la geografía propia de la alteridad, que consiste en paisajes montañosos, agrestes, incivilizados, islas de los confines mundanos, abismos del mar, reinos intermedios y un espacio radical de la muerte, simbolizada por el intrincado laberinto. Como seres liminales comunican esferas extremas de la experiencia, circulando de un mundo a otro en forma de démones intermediarios. En este orden de cosas, protegen las tumbas y facilitan el no siempre fácil ni cómodo, tránsito hacia el más allá.

Se puede hablar de dos tipos de hibridación. La primera es la biológica, a través de la yuxtaposición o mezcla de elementos anatómicos de distintas especies animales, lo cual incluye al ser humano. Puede predominar el aspecto zoomorfo en seres constituidos por elementos humanos y animales, como las esfinges, o también estar equilibrados los propios de animales en aquellos  formados con partes propiamente animalescas, caso de los leones alados o los famosos grifos. Los seres híbridos en los que predomina el aspecto antropomorfo suelen representar deidades (piénsese en la diosas aladas, sin ir más lejos, cuyo carácter psicopompo es particularmente efectivo). La segunda es la cultural, no específica, que se obtiene de la mezcla de distintos componentes culturales, entre los que destacan los aspectos del salvajismo y la domesticación.

El híbrido pertenece al origen, a la metamorfosis original de la que los seres míticos emergen. En la mitología griega, por ejemplo, los híbridos poblaban los abismos marinos al inicio de los tiempos, previo al surgimiento de los dioses olímpicos. Originariamente la naturaleza es fluida, de forma que los límites entre entidades y cosas permanecen en confusión, en tanto que materia y espacio pertenecen a un todo, resultando ser una mezcla amalgamada[2].

Muchas son las funciones que pueden desempeñar[3]. Actúan como mensajeros, guardianes protectores, servidores y acompañantes, ejerciendo el rol fundamental de comunicar la esfera humana y divina. Aunque adversarios del héroe, pueden llegar a ser sus aliados, puesto que son seres dotados de capacidades proféticas y saberes inmemoriales[4], conocedores de invisibles caminos, además de guardianes de secretos ocultos al ser humano. Su naturaleza pervertida y salvaje pervierte el comportamiento humano, seduciendo con un erotismo que también es poder fecundador y engendrador de una nueva existencia. En un especial sentido, expresan la ruptura, fruto de la subversión, que proponen los dioses al ser humano para propiciar su acceso al ámbito de la vida eterna.

El héroe tiene el deber de eliminar aquello no domesticado, salvaje, lo que se halla al margen de la polis para así, ganarse su lugar en la ciudad y garantizar, de paso, la continuidad de la misma

Se trata de entidades que, perteneciendo a una geografía liminal y a un tiempo distinto, habitan la historia narrada, viviendo en los numerosos relatos de inquietos viajeros, geógrafos, etnógrafos y logógrafos, en esa literatura de maravillas, paradoxográfica, tan adecuada a los banquetes. Ya se ha dicho que el ser híbrido sirve como indicador de los confines del mundo conocido y, por ende, controlado. Anclados en la mentalidad griega, funcionaban en la estructura constructiva de su pensamiento sobre el mundo. Dicho de otro modo: eran imprescindibles para su composición del espacio (más amplio que el nuestro), que incluía el allende.

Estos seres y entidades de semántica y naturaleza proteiforme hacen las veces de polivalentes signos que se muestran integrados, como necesarios, en el sistema de pensamiento del arcaísmo griego. Seres ctónicos, telúricos, ancestrales y primigenios, están vinculados a las fuerzas fecundadoras naturales. Gracias a su presencia y acción se nos presentan dos mundos, el primigenio y el humano, siendo el primero anterior al humano, en el que estos seres híbridos personifican y simbolizan las fuerzas ocultas y descontroladas de la naturaleza, propias de dicha esfera. En consecuencia, el híbrido se integra en el discurso de valores y creencias propio de las sociedades aristocráticas arcaicas del mundo griego antiguo[5]. Dicho con otras palabras, seres míticos como las Harpías, Medusa, Cerbero, Quimera, Tifón, Equidna o los centauros y tritones, han servido para pensar y representar el mundo y, por consiguiente, para entender su complejo funcionamiento.

El hibridismo zoomorfo en particular, conforma elementos que el pensamiento necesita para poblar los múltiples territorios marginales, aquellos del ritual y la muerte. Debe apuntarse que en el período del Paleolítico el ser humano vivía indiferenciado de los animales y éstos se representaban como personas, con características humanas. En tal sentido, ambas categorías, animal y humana, no se concebían como distintas, de forma que la vida de presas y cazadores configuraba un fluido continuo. Será en el proteico imaginario prehistórico en el que los teriántropos arraiguen, siendo comunes las representaciones de hombres-animales. De ahí su prolífica presencia en mitos egipcios, por ejemplo[6]. Con posterioridad, ya en el Neolítico, el ser humano entiende ya al animal como una realidad externa y no como una parte constitutiva de él mismo. Sin embargo, permanecerán en latencia, en estados alterados de conciencia, hombres, concretamente chamanes, que podrán en sus astrales viajes, transformarse en animales.

Así pues, mediante estos míticos seres fabulosos nos ubicamos en un espacio y un tiempo mitológico, evocando un mundo sobrenatural, un específico ordenamiento fuera del tiempo y el espacio humanos, con el contrasta pero al que le resulta necesario apelar para entender su posición en el mundo. Estos seres fantásticos son los protagonistas principales de escenas simbólicas y, probablemente, los evocadores esenciales de leyendas que refieren mitos de los orígenes. Toda la serie de bestias híbridas se integran  en un diálogo con lo infinito, pues actúan como mediadores de humanos y divinidades. Mortales o inmortales, en grupo o individuales, su pertenencia a ambientes liminales provoca su asociación a ritos iniciáticos y de paso, así como su vinculación a las historias heroicas, representando el poder y la memoria.

En la esencia de estas criaturas míticas encontramos esbozado lo exótico, lo extraordinario y lo monstruoso. Lo exótico se remarca en el sentido psicológico, indicando lo no familiar y lo lejano; lo extraordinario, contrario a lo cotidiano, implica el carácter de excepcionalidad y, por consiguiente, el mundo de lo sobrenatural, ya que su fantástica naturaleza es el referente del viaje inframundano, más allá de la esfera de la realidad. Finalmente, lo monstruoso es el símbolo de la imaginación, lo inexplicable y lo fantástico. En tanto que criaturas mixtas, ficticias, son creaciones simbólicas en las que se fusionan múltiples y diversas naturalezas. En sí mismas, creadas con fines apotropaicos y mágicos, implican la suma de fascinación, miedo a lo que no se conoce y curiosidad ante lo desconocido.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, enero, 2022.



[1] Su doble, triple e incluso múltiple naturaleza, implica una ambigüedad peligrosa, en tanto que nos encontramos ante dispares naturalezas que pueden bien compenetrarse o bien diferir, lo cual puede provocar un mundo de opuestas tensiones dinámicas, de luchas por imponer su específico criterio.

[2] Los espacios y tiempos alejados de nuestra experiencia aparecen habitualmente poblados de monstruos y seres híbridos.

[3]  La hibridación y, con ella, la monstruosidad, no radica únicamente en un tamaño desproporcional o una forma especial, pues la hibridación es no solamente física sino también funcional. 

[4] La hibridación tornada en sabiduría es una sabiduría acumulada que procede de un doble ámbito  diverso de percepción, de experiencia, sumadas y potenciadas en un ser mixto. Tal capacidad de sabiduría, de ostentar ancestrales secretos, es una capacidad de la que el héroe (en buena medida su némesis) puede valerse para, paradójicamente, eliminar a estos seres híbridos.

[5] Muchos seres híbridos tienen como función legitimar las aristocracias, de ahí que tales seres monstruosos, divinos, semi divinos, no se suelan encontrar habitualmente en ambientes cotidianos o domésticos.

[6]  En el antiguo Egipto una deidad podía representarse de manera antropomorfa, con cuerpo humano y cabeza de animal, o con la completa apariencia de un animal. Si por un lado, los rasgos humanos hacían accesible la divinidad, las formas animalescas probablemente servirían para transmitir un carácter insondable, misterioso; en esencia, un poder natural. Tal sincretismo se encuentra detrás de la actitud egipcia de  asimilar creencias y concepciones distintas que están en contradicción. 

10 de enero de 2022

Peculiaridades militares de Cartago


Imagen: elefantes de guerra atacando la formación romana durante la célebre batalla de Zama. Ilustración de Cornelis Cort, en 1567.

El ejército púnico, siempre pendiente de la extensión de los territorios que de Cartago dependían, precisaba la combinación de un poderoso contingente terrestre con una amplia flota que fuese capaz de asegurar las rutas mercantiles y de comunicación entre las islas de Sicilia y Cerdeña,  el norte de África y la península Ibérica. A pesar de los enfrentamientos sostenidos contra Siracusa en los siglos V y IV a.e.c., Cartago fue incapaz de organizar un ejército permanente convenientemente entrenado y dotado de una idiosincrasia propia así como de un sistema de mando adecuado que le facilitara definir un modelo de combate estricto. Las derrotas ante Marco Régulo en África al comienzo de la Primera Guerra Púnica, provocaron el rechazo a los generales cartagineses, de manera que se entregó el mando a un foráneo, al lacedemonio Jantipo.

Los gastos necesarios para sufragar la flota y un ejército compuesto básicamente por mercenarios provocarán una enorme carga en las finanzas de Cartago, un hecho que habría de condicionar ciertas decisiones políticas en el siglo III, como aquella de no abonar las soldadas a los mercenarios del ejército de Amílcar repatriado desde Sicilia al culminar la Primera Guerra Púnica, ocasionando una sublevación entre 240 y 238 a.e.c. dirigida por Mathos, o como el caso de la conquista bárquida de la península Ibérica a partir de 238. Con la intención de dominar las explotaciones mineras del sudeste.

La falange, que estaba formada por los ciudadanos de Cartago, conformaría el núcleo del ejército a lo largo del siglo IV a.e.c. Se trataba de un cuerpo de elite que nunca combatía fuera del territorio africano. Se ubicaba en el centro de la formación del ejército, detrás de los célebres elefantes, siendo protegido en los flancos por los auxiliares mercenarios y la caballería. El máximo de la recluta cartaginesa se ha fijado en casi veinticinco mil infantes, unos cuatro mil jinetes y algo más de trescientos elefantes. A ello habría que añadir muy probablemente, un gran contingente de tropas auxiliares mercenarias, formadas por libios, iberos y númidas, según señala Plutarco. Se puede afirmar que el núcleo principal de las tropas de infantería cartaginesas lo conformaban los mercenarios. Eran captados por reclutadores a lo largo y ancho del Mediterráneo. En las guerras efectuadas por Cartago, combatieron desde Africa a Italia, por salario y botín, al servicio de la metrópoli púnica, griegos de poleis distintas, lacedemonios, baleares, galos, iberos, númidas africanos y celtiberos.

Empleaban como panoplia un yelmo tracio con crinera metálica, aunque también pudieron emplear cascos de bronce cónicos sin visera. Además, empleaban una coraza metálica de hierro, luego  sustituida, ya en el siglo III, por las cotas de malla itálicas, además de grebas de bronce. Otras armas de los mercenarios eran el escudo circular cóncavo de tipo griego, la lanza corta o la jabalina (longche).

Los ciudadanos configuraron parte esencial de la caballería púnica, diferenciada de los jinetes númidas y libios. Armados de forma análoga a la infantería, constituían una caballería pesada que se reclutaba entre la nobleza, siendo  equipada a su costa. En numerosas ocasiones formaron la guardia personal de los jefes del ejército.

Los oficiales superiores, surgidos entre las familias principales de la nobleza agraria o  bien ciudadana cartaginesa, configuraron una elite vinculada por lazos de parentesco, algo que les garantizaba el acceso al mando de las tropas. Sin embargo, su estatus no siempre les protegió de las consecuencias de sus equivocaciones, pues era común la ejecución de los mandos militares acusados de incompetentes, sobre todo crucificados. En ciertos casos, como los Barca en la península Ibérica en la segunda mitad del siglo III, el comando supremo del ejército permanecía siempre en una misma familia.

Durante los períodos de paz, se ignora la estructura de mando ni cómo se adaptaba ésta al comenzar las hostilidades. Polibio parece señalar  la existencia de un par de generales o mandos supremos en el ejército cartaginés; uno de ellos permanecería inicialmente en Africa con las tropas de reserva, mientras que el otro combatiría, con los mercenarios y el apoyo de la flota.

Poco se sabe acerca de los cargos del cuerpo de oficiales. Destaca, siempre según Polibio, el de boetarco (un jefe de tropas auxiliares). En cualquier caso, debe suponerse que los mercenarios contarían con sus sistemas propios de mando, que garantizasen la cohesión de las tropas.

Parte crucial de la caballería cartaginesa la conformaban los jinetes númidas, quienes cumplían misiones de enlace, exploración y persecución de las tropas vencidas con la intención de ampliar el número de bajas.  También eran empleados como cebo en las emboscadas debido a su gran movilidad y rapidez para replegarse. Como arma defensiva  usaban un escudo circular, mientras que jabalinas para atacar, vistiendo habitualmente una túnica corta. No obstante, los jinetes que Cartago alistaba en el norte de África podían ser asimismo, gétulos o libios. Ya en el siglo IV a.e.c., la caballería cartaginesa empleaba además los carros de guerra arrastrados por un tiro de cuatro caballos, que seguía el modelo asirio.

Introducidos en Occidente por Alejando Magno, los elefantes se constituyeron como un arma habitual en las guerras de las centurias III y II a.e.c., empleándose como fórmula para imponerse a las disciplinadas formaciones de infantería pesadamente armadas. El problema era que Cartago no podía abastecerse de forma continua de paquidermos indios, de forma que obtenía los africanos en la región del Sahara, aunque eran más pequeños que los asiáticos.

Las primeras batallas en el Mediterráneo central en las que se utilizaron elefantes fueron las campañas de Pirro en Sicilia y el sur de la península Itálica, creando terror entre las legiones romanas que no sabían enfrentarlos. Según los textos clásicos los elefantes se empleaban utilizando su fuerza y masa corporal con la intención de hundir las líneas y pisotear las tropas. No se menciona la existencia de torres de madera sobre el lomo de los animales desde las que combatirían piqueros y arqueros. Sin embargo, en ciertas terracotas y vasijas pintadas se representan torres de madera que habrían sido usadas por Pirro y los reyes seléucidas. Roma, tras haber sufrido a los elefantes como arma de guerra los introdujo en su ejército, empleándolos sobre todo en la península Ibérica durante las Guerras Celtibéricas.

Sin duda, el ideal fundamental tanto de Cartago como de las ciudades de la Magna Grecia consistía en repetir la falange macedónica, cuya organización se conoce gracias a las descripciones de  Asclepiodoro y Polibio. Esta formación fue considerada en el mundo griego un invencible sistema de combate hasta las derrotas de Cinoscéfalos y Pidna (168 a.e.c.) ante las flexibles legiones romanas.

Los soldados cartagineses aportaron influjos mediterráneos, que convivirán, mezclándose, con aquellos autóctonas, a su vez influidos por los galos. Fue el singular caso de la  adaptación de las espadas de La Tène que darán como resultado el gladius hispaniense.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, enero, 2022.


1 de enero de 2022

Arqueología y arte minoico-cretense y micénico






Imágenes, de arriba hacia abajo: la Dama de Micenas, pintura al fresco micénica, datada en el siglo XIII a.e.c. Museo Arqueológico Nacional de Atenas; vista parcial de la ciudadela de Micenas, con el círculo de Tumbas A; Friso de los Grifos, pintura mural de la sala del trono del palacio de Cnosos. Período Minoico II, hacia 1450-1400 a.e.c.; pintura mural con el Fresco de la Procesión restaurado, del palacio de Cnosos. Hoy en el Museo Arqueológico de Heraklión y; deidad minoica de las serpientes, Museo Arquelógico de Heraklión, datada hacia 1600 a.e.c.

La arquitectura minoica es arquitrabada y aterrazada, con presencia de muros de piedra enlucidos y soportes en forma de pilares y columnas, estas últimas policromadas. La columna era normalmente de madera con un fuste liso o estriado y con la parte inferior menos ancha que la superior. Los techos estaban formados con vigas de madera. Las ciudades, como Gurnia o Akrotiri, no tenían murallas y contaban con casas de dos pisos, algunas decoradas con pinturas. Por otro lado, no hay constancia de templos, solamente de santuarios rupestres en las montañas o en las cavernas. No obstante, existían oratorios en los palacios, en los que pudo haber algunos altares.

En la arquitectura funeraria destacan sobremanera los tholoi (cámaras circulares cubiertas con falsa cúpula, antecedentes de los ejemplares micénicos), así como las tumbas en forma rectangular con varias cámaras. En los ajuares funerarios aparecieron notables sarcófagos, algunos de ellos rectangulares, con patas y tapadera, hechos en terracota.

La principal tipología arquitectónica minoica es, sin duda, la referida a los palacios, complejos de construcciones de carácter abierto, erigidos en lugares elevados, de carácter funcional, organizados en torno a un gran patio central, con estancias público-administrativas y habitaciones privadas. Su trazado es laberíntico y asimétrico, contando con dos o tres plantas con terrazas. Las estancias se decoraron con pinturas al fresco. Entre los más célebres se encuentran Faistos, Cnosos, Malia y Hagia Triada.

La escultura minoico-cretense se halla en forma de pequeñas esculturas exentas, hechas en porcelana vidriada, marfil, oro o terracota. Se trata, mayormente, de esculturas femeninas de diosas o sacerdotisas. Destacan las llamadas Damas de las Sierpes, datadas en el Minoico Medio, trajeadas, con faldas con volantes y con un escote que deja el pecho al descubierto. Los tocados suelen ser tiaras con presencia de animales. El relieve, por su parte, es poco común. Se encuentra reflejado en vasos, probablemente de uso ritual, en los que hay bajorrelieves con decoración antropomórfica y geométrica. Sobresalen, en tal sentido, el Vaso del Príncipe, el Vaso de los Segadores y los Vasos de Vafio.

La pintura es un clásico referente estético minoico-cretense. Sus ejemplos suelen datarse en el Minoico Medio y, sobre todo, el Reciente, entre 1550 y 1400 a.e.c. Se trata de una pintura al fresco con colores minerales sobre muros estucados, cuyos precedentes inmediatos se hallan en el Egipto del Reino Nuevo y también en el mesopotámico palacio de Mari, en Siria. Hay un empleo primordial se colores vivos, claros, planos e idealizados (por ejemplo, delfines o monos azules), con predominio del azul, el verde, el ocre y el blanco. Es una pintura sin profundidad, con una temática vitalista y cotidiana, con presencia de animales, reales o fantásticos, predominando la fauna marina, los paisajes y las escenas rituales o de juegos.

Se puede catalogar como una pintura elegante, de formas ondulantes, con una figuración humana en la que las personas se representan jóvenes, atléticas y ágiles. Las mujeres aparecen vestidas con un largo vestido con falda de volantes, además de portar adornos y peinados auténticamente sofisticados. Los fondos suelen ser lisos y unicolor. Se destacan, por ejemplo, el príncipe de las flores de lis en Cnosos, tal vez un rey-sacerdote; la parisina, una mujer noble o sacerdotisa, con un perfil marcado con líneas y un traje con un lazo sacro a la espalda; el fresco de la tauromaquia, en Cnosos; el pescador (en Akrotiri), un chico de piel oscura con una sarta de peces, en una postura que recuerda la pintura egipcia; o los pugilistas, dos naturalistas niños luchando en una suerte de combate de boxeo.

La cerámica destaca a partir del Minoico Medio, sobresaliendo la llamada cerámica de Kamares, de fondos oscuros con decoración geométrica y figuración zoomorfa marina. También es relevante la cerámica de Estilo de Palacio, del Minoico Reciente. Es naturalista, con presencia de formas vegetales estilizadas, así como de animales marinos como la estrella de mar, el pulpo o la medusa, que ocupan con sus cuerpos casi toda la vasija.

En lo tocante al arte micénico, lo primero que habría que señalar es que se trata de un arte desarrollado en el período helénico continental a fines de la Edad de Bronce, entre 1600 y 1200 a.e.c. En la arquitectura sobresalen las ciudadelas fortificadas en lugares elevados (Micenas, Tirinto), con presencia de murallas ciclópeas, así como el mégaron (salón de los palacios a uno de los lados del patio central). En estas ciudadelas amuralladas había una puerta de entrada principal de gran tamaño, como la célebre Puerta de los Leones en Micenas, sobre cuyo dintel destacan dos leones en relieve frente a una columna. También son un referente principal los palacios (en Pilos, Tirinto o Micenas), centros administrativos organizados en torno a una serie de patios. Las diversas salas tenían funciones muy diversas. Sobresale, fundamentalmente, el Palacio de Néstor.

El mégaron, por su parte, entendido como el antecedente del templo griego arcaico, constaba de un pórtico in antis, un vestíbulo o pronaos, una sala principal (naos), con un hogar central rodeado de columnas, y una sala del tesoro. Inicialmente era el lugar en donde los reyes recibían las delegaciones o se celebraban banquetes rituales. Más tarde se emplearon para rendir culto a las deidades a través de esculturas y exvotos. Fueron muy relevantes de los Micenas, Tirinto, Atenas y Pilos.

En lo concerniente a la arquitectura funeraria hay que mencionar el Círculo de Tumbas de Micenas, en el interior de la ciudadela. Se trata de sepulturas rodeadas de una muralla. Además debe mencionarse la famosa Tumba de Atreo (llamada Tesoro de Atreo o tumba de Agamenón), un tholos abovedado precedido de un corredor que pudo contener los restos de algún soberano de Micenas.

En lo que se refiere a la escultura, hay que señalar que es de pequeño tamaño, hecha en marfil, terracota y piedra, representando figuras antropomorfas. El cuerpo es un cilindro en el que destacan los dos senos, además de los ojos grandes, redondos y una nariz pronunciada. En cualquier caso, también hay una figuración zoomorfa (a base de toros) así como de carruajes de guerra. El ejemplo más peculiar es la denominada Tríada Divina (dos mujeres vestidas pero con los senos descubiertos y un niño delante de ambas). Parecen representar a Perséfone, Deméter y Lacco (Triptólemo), representando con ello la fertilidad agraria.

La pintura micénica es de influencia cretense. Se focaliza en la pintura al fresco sobre paredes con estuco, destacando los colores azul, rojo, amarillo y blanco. En lo relativo a la temática destacan las escenas de caza y de guerra, además de la figuración geométrica. Son relevantes las pinturas de los palacios de Pilos y de Tirinto. En Tirinto se encuentra la no menos célebre Dama Oferente, una figura femenina con los pechos al descubierto y un sofisticado peinado, que lleva una ofrenda en sus manos.

En el apartado de la cerámica y la orfebrería hay que remarcar que hablamos de una cerámica decorada con motivos bélicos, escenas de caza y pesca, además de motivos mitológicos. Todo ello acompañado de figuración geométrica, como espirales y meandros. Existieron ejemplares metálicos, sobre todo en bronce, y también en marfil. Un aspecto destacado en el ámbito de la orfebrería son las armas, los vasos de bronce martilleado y las máscaras funerarias en oro (como es el caso de la famosísima máscara de Agamenón, que apareció sobre la cara de un cadáver en la Tumba V del Círculo de Tumbas A de Micenas). También abundan no obstante, como parte del ajuar funerario, las espadas, cuchillos, copas y coronas.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, enero, 2022.

15 de diciembre de 2021

El mito en la figuración del bárbaro y la identidad griega

Placa de mármol en el que combaten Amazonas contra guerreros desnudos. Frontal de un sarcófago ático (siglos II-III). Museo de Brescia.

Será principalmente en la tragedia ática, a lo largo del siglo V a.e.c., el lugar donde se acabe estructurando una figura del bárbaro. En ella se articulará un discurso de alteridad. Los mitos, no obstante, no contaban con suficiente número de personajes bárbaros para enfatizar esa mirada sobre el otro que empezaba a imperar. En consecuencia, se inventarían nuevas personalidades. Es el caso concreto del Polimestor tracio en la Hécuba de Eurípides o el rey Thoas del Tauro en su obra Ifigenia en Tauris. Al tiempo, también se barbarizaron héroes griegos, como el héroe eleusino Eumolpo, transformado por Eurípides en su Erecteo en un agresivo tracio, o Tereo, originalmente un héroe cultual de Megara, que se convierte en un salvaje soberano de Tracia en la obra de Sófocles que lleva por título su nombre.

Se ha pensado que el propio Eurípides pudo ser el responsable de la conversión de Medea, figura cultual corintia tal vez vinculada con el Agamedes de Ilíada, en una malvada hechicera de la Cólquide. En todos ellos perviven atributos característicamente bárbaros, así deilia o cobardía, adikia (injusticia) o amathia (tontería).

Esta suerte de contravalores se contraponen a los valores propios griegos; es decir, andreia o coraje; dikaiosyne, justicia o la consabida sabiduría (sophia). Los esquemas iconográficos al respecto son elocuentes; las batallas entre centauros y lapitas, troyanos y griego o helenos y amazonas son representativos, como también monumentos atenienses de la quinta centuria antes de la Era como el Theseion o el mismísimo Partenón. En estos casos no son los héroes del mito, sino los persas, quienes desempeñan un barbárico rol, en tanto que se les considera decadentes, como los troyanos, afeminados, a la par de las amazonas, o directamente brutos, emulando a los centauros.

El carácter agregado generado por las relaciones genealógicas puede explicar cómo los persas mantuvieron que su padre fundador epónimo, Perses, había sido en realidad el hijo del héroe argivo Perseo. Recordemos que Esquilo, en Persas, asocia el epíteto “nacido del oro” a los persas, una referencia, se entiende, al hecho de que Dánae había concebido a Perseo tras ser embarazada por Zeus en forma de lluvia dorada.  

La aparición de este anti tipo serviría para definir la identidad helénica, aunque la misma fue cambiando con el paso del tiempo. En la etapa arcaica la autodefinición griega era de agregación, evocando las similitudes y analogías con poblaciones foráneas por medio del establecimiento de míticas relaciones de parentesco en el seno de la genealogía helénica; en el período clásico la “helenicidad” ya se definía por oposición, por mediación de la comparación diferencial  con los bárbaros; esto es, las diferencias que se percibían eran el fundamento para construir, muy elaboradamente, una identidad específicamente helénica, siempre bajo el sustento del mito.

Un determinado lenguaje, costumbres, temperamentos y caracteres, serán los referentes de los bárbaros. En tal sentido,  funcionaría igual para los griegos, constituyendo el criterio de la identidad helena. El criterio cultural, por tanto, reemplaza al étnico. La “helenicidad” será una lengua, la sangre, costumbres, lugares de culto y sacrificios comunes. Las grandes celebraciones y certámenes religiosos fomentarían la idea de helenismo y, por consiguiente, de la existencia de una religión, lengua, valores y costumbres comunes. En los Juegos Olímpicos las pruebas eran individuales, lo que implicaba el mantenimiento del antiguo ideal del héroe singular que buscaba ser reconocido el mejor gracias a la victoria alcanzada sobre un adversario de extrema valía. Así pues, la fuerza, destreza, velocidad y aguante siguieron siendo las cualidades primordiales, las mismas a las que aspiraban los míticos héroes guerreros homéricos.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, diciembre, 2021.


8 de diciembre de 2021

Hibridismo zoomorfo en la mitología: las Nereidas y sus monturas



Referencia de las imágenes en el texto

Las Nereidas[1], habitantes de la geografía liminal marina, cabalgan sobre diferentes criaturas marinas de las profundidades, sobre calamares, hipocampos, tritones, peces, delfines y monstruos marinos, todas ellas asociadas a Escila o a los ketoi, no a personajes híbridos masculinos.

Dos de sus monturas principales son los hipocampos y ketea, ambas estrechamente relacionadas. El hipocampo, monstruo híbrido, mezcla la parte posterior de una sierpe marina y la anterior de un équido, en tanto que el ketos, monstruo criado por Anfítrite es, sobre todo en las representaciones de los siglos V y IV a.e.c., una serpiente marina de cuerpo ondulado que finaliza en una cresta, con cabeza de dragón que muestra un hocico prominente y unas orejas puntiagudas. En ocasiones, no obstante, puede tener la forma de un gran pez de dientes afilados, o poseer alas.

Son seres fantásticos oponentes de héroes como Perseo, sobre todo el ketos, criatura que es enviada desde el temible abismo marino para llevar a sus víctimas al Hades. Las Nereidas son las únicas capaces de guiar estas criaturas y de ser transportadas por ellas, pues las controlan con su simple presencia y su voluntad.

La montura más frecuente de las Nereidas es el delfín, que simboliza la alegre serenidad marina. El delfín es un  miembro del cortejo de Afrodita y suele ser la montura principal, asimismo, del Eros epidelphinios. Muchas otras veces, se ven a las diosas cabalgar sepias, calamares o gigantescos peces.

La presencia del cortejo de las Nereidas posee un destacado valor simbólico. Son personajes divinos que expresan la capacidad fecundadora de los mares, garantizando una existencia nueva y diferente más allá de la muerte por medio de ciertos rituales. En consecuencia, ofrecen un tránsito por un espacio sacro: el mar, símbolo de devenir, movimiento, paso, transformación, travesía, propiciando ruptura y disolución en la totalidad.

Las Nereidas fueron vehículo funerario de Aquiles, así como las asistentes en el tránsito del héroe hacia otra gloriosa existencia. Fueron, además, las primeras, a lomos de delfines, en entonar el lamento fúnebre en honor a Patroclo en Troya en el momento en que Tetis les pidió su plañido. A la muerte de Aquiles regresaron difundiendo un sonoro y sobrenatural llanto por el mar. No sólo cantaron el treno fúnebre, sino que fueron las encargadas de conducirle, al igual que a otros héroes, por medio del proceloso mar hasta Leuke, la isla blanca, definible como la Isla de los Bienaventurados.

En la pintura vascular suritálica se introdujeron gran variedad de criaturas marinas en el cortejo de las Nereidas que portaban las armas para el héroe. El motivo, de contexto funerario, se representó como ajuar fúnebre, como es patente en un naiskos de Tarento o en varios apliques de terracota tarentinos hallados en sarcófagos. En cualquier caso, el cortejo de las Nereidas adquirió un contenido iniciático, evidenciado en la Italia meridional.

Las Nereidas también acompañan un peculiar tránsito estrechamente ligado a la muerte. Se trata de los esponsales. En tales ocasiones, actúan como ayudantes y sirven como cortejo en el paso la novia de doncella a mujer. Incluso se las pueden observar como cortejo de Andrómeda, quien, expuesta al terrible monstruo, se enfrenta a su matrimonio con el mismísimo Hades. La liberación de Andrómeda implica su paso de doncella a mujer, el renacer a un nuevo estado y, por consiguiente, el metafórico paso de la vida a la muerte.

Un notable ejemplo iconográfico con presencia de Nereidas lo conforma un dinos apulio que actualmente se encuentra en el Museo Arqueológico de Madrid. En esta pieza las Nereidas asisten al rapto de Tetis. En el centro, Eros porta unas cintas y un xilófono, mientras Peleo toma a la deidad por su cintura, quien solicita ayuda a sus hermanas. Un ketos (en realidad Tetis en una metamorfosis agonal) se enrosca en las piernas del héroe, y una Nereida se encuentra al lado se su montura, un hipocampo. En el resto de la escena se observan nadando delfines, peces y otros monstruos. Otra Nereida esté en pie sobre un par de delfines, a los que mediante unas riendas va guiando, mientras que otra, sosteniendo una bola de lana y un tímpano, es transportada sobre un gran calamar. El cortejo nupcial, la boda misma, se anuncia con los regalos que lleva Eros, la Nereida del calamar y hasta una paloma.

Tetis es en este contexto el símbolo de la mujer de naturaleza indómita y agreste, sometida por Peleo tras el rapto por mediación del matrimonio. Así pues, tránsito y metamorfosis en un paisaje metafórico de ricas valencias.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, diciembre, 2021.



[1] En número de cincuenta, estas ninfas son las hijas de Nereo, un dios marino hijo de Ponto y Gea. Se les adoraba en santuarios ubicados en las regiones costeras. La Ilíada y Hesíodo, además de Apolodoro o Higino, son algunas de las obras y autores que han transmitido sus denominaciones, unas pocas coincidentes con las Oceánides.

 

2 de diciembre de 2021

El “celtismo” como mito cultural. Un referente de idealización e identidad



Imágenes, de arriba hacia abajo: mapa de la Europa céltica con los movimientos poblaciones; mapa con la distribución de poblaciones celtas, mostrando espacios con una presencia de mayor o menor intensidad de lenguas y de cultura material y; otro mapa en el que figura la distribución europea, y anatólica, de lenguas celtas.

El mundo celta de la antigüedad se convertirá en una especie de referente identitario y cultural, sobrepasando el celtismo como aspecto histórico para llegar a configurar y consolidar un celtismo como fenómeno cultural contemporáneo que parte de ese contexto histórico. Los fundamentos de tal celtismo contemporáneo serán una búsqueda de arraigo, trascendencia y mitificados ancestros y, por lo tanto, de unas lejanas y remotas raíces que, además, sirvan de réplica al nihilismo materialista de la modernidad. Esta especie de esencialismo posee en sí mismo un evidente riesgo: el del egocentrismo autorreferencial que puede derivar en secesionismo.

Un específico universo protohistórico será el elemento de sugestión principal. Se trataría de un sustrato formado por unas culturas de la Edad del Hierro que habría pervivido en amplias áreas europeas, que se enfrentaría a Roma y se engarzaría con la cristiandad medieval en la etapa de las invasiones vikingas o del emperador Carlomagno. Adquirirá un carácter de estado previo a la antigüedad y de estadio superior a la prehistoria, poseyendo un aura legendaria o mítica. Ese carácter de esencias puras, primordiales y ancestrales, provocará una fascinación adictiva en muchos estudiosos del tema y en no pocos aficionados. La Edad del Hierro será concebida, de tal manera, como la depositaria de un sentido y una pureza que se consideraban perdidas y que, en consecuencia, habría que recuperar. Tal carga mítica y épica es el caldo de cultivo adecuado para una idealización de profundo calado.

Se habrá despertado, en consecuencia, una evocadora nostalgia por las esencias puras perdidas desde una perspectiva idealizada y romántica, aunada a la frustrante decepción que provoca el aburguesamiento moderno. Semejante esencialismo es reconocible en movimientos neoespirituales e identitarios, entendidos como necesarios procesos de regeneración espiritual y cultural. En fin, una esencia tradicional que debe rescatarse.

El mundo céltico se ubicará en la Grecia primigenia, dórica y aquea, en las pervivencias germánicas y célticas, así como en una épica heroica y guerrera medieval, que recordaba el mundo espiritual de la Edad del Hierro. Con ello se sientan las bases de la fascinación que despierta la celticidad. Homero y su épica, Esparta, los indomables vikingos, despiertan el anhelo de tradición, de identidad y espíritu en el proceso de este celtismo que busca raíces y tradición de sustento.

Este redescubrimiento de la identidad y las raíces de Occidente se ha venido expresando en las sociedades druídicas, en un nacionalismo irlandés pancéltico, en el germanismo teosófico y místico, en la música celta (o en el rock denominado metal pagano), el wotanismo racista, o el neopaganismo inmanentista e intelectual. Como no podía ser de otro modo, en semejante capacidad evocadora de la Edad del Hierro pocas veces se hallará conocimiento histórico, y sí muchas obras interesadas y manifiestamente falsarias.

La historia del celtismo va de la mano de la historia de la investigación del ámbito celta, una investigación que inicia en el Renacimiento a partir de la relectura reinterpretativa de las fuentes griegas y romanas. De esta época es al primer estereotipo de eso que se conoce como celta. En los siglos XVIII y XIX, tanto la lingüística como la arqueología facilitarán la primera elaboración de la identidad de lo céltico en el ámbito propio de la indagación histórica. Esta primaria visión identificará un cierto registro arqueológico, una determinada lengua (el céltico “P”) y una concreta cultura material (cultura lateniense). Se trata de un monolítico y unilateral concepto de lo celta y la celticidad que estuvo vigente has fines del siglo pasado pero que hoy ha sido ya totalmente desmontado.

Los primeros estudios sobre el mundo celta surgen de las fuentes clásicas, de informaciones etnográficas de autores de los siglos II y I a.e.c., sobre todo de parte de César, Diodoro y Estrabón, que toman referencias de Posidonio. El empleo de estas fuentes propició la falsa impresión de que sus datos servían para cualquier tiempo y espacio célticos, propiciando un mundo celta homogéneo y completamente uniforme.  Con la lingüística, además, celta será sinónimo directo de pueblo de habla céltica.

Las referencias de los clásicos, sobre todo aquellas sobre los druidas o sabios sacerdotes, encauzaron la primera fascinación por lo “céltico”, de forma que en el siglo XVIII apareció una primigenia celtomanía que atribuía a estos personajes la elevación de los monumentos megalíticos prehistóricos, una romántica y errónea atribución por supuesto, De aquí se entienden las primeras peregrinaciones a tales monumentos, considerados centros druídicos de saber y religiosidad célticas, lo cual afianza un arcaico neoceltismo. Además, por si fuera insuficiente, megalitos y druidas se unen en el siglo XVIII al ciclo poético de Ossian gracias a James Mcpherson.

La íntima asociación de druidas, celtas, bardos, guerreros y estructuras megalíticas configuraron la primera imagen popular de lo celta, una evidente visión literaria y romántica, más que propiamente histórica, de la realidad de lo que se entiende por céltico.

Desde una perspectiva arqueológica, los yacimientos de Hallstatt y La Téne serán un punto de inflexión en los estudios sobre los celtas. Así, en el último tercio del siglo XIX se acuña la expresión Late celtic atribuyéndose el material de la Edad del Hierro tardío o Segunda Edad del Hierro (sobre todo fíbulas y armas), a los celtas históricos. Tales vestigios se atribuyen a los invasores celtas que penetraron en la península itálica en el siglo IV a.e.c., de tal manera que desde ese momento los celtas históricos ya empezaron a tener una cara arqueológica precisada, en la que el binomio cultura lateniense y celtas, se impuso con solidez. Esta concepción se mantendrá hasta los años ochenta del pasado siglo XX.

El vínculo cultura lateniense y celtas se completa con los conceptos filológicos decimonónicos, lo que propiciará el establecimiento de una cuna original de lo céltico en Centroeuropa, dando lugar, a la par, a un proceso de configuración del mundo celta, que hunde sus raíces en las fuentes clásicas pero también en la mitología irlandesa. Únicamente a partir de los años ochenta del siglo XX en adelante se abrirán críticas a estas concepciones, iniciándose con ello una nueva etapa de la historiografía de la identidad celta.

Desde las investigaciones de ciertos prehistoriadores británicos se deshace la homogénea uniformidad, de talante romántico, de la celticidad, entendida hasta entonces como la predecesora inmediata de aquello que se significa como europeo. En consecuencia, se deshecha la idea de una única etnia céltica. En tal sentido, cobrará fuerza la idea de la formación de diferentes tipos de celticidad que emergerán de una continuada progresión de elementos célticos e indoeuropeos (proto célticos).

Los celtas serán, entonces, el resultado de una dinámica (cultural, poblacional, social) que se precisarán en lo “celta”, solidificación que acontece por medio de comunidades continuadoras de lo anterior: un común y arcaico sustrato cultural indoeuropeo que suele denominarse como proto celta. De esta forma, subsistirían varias provincias en una suerte de céltica europea, la gala, la centroeuropea, la hispánica, la gálata y la británica, cada una de ellas con sus propias y diversas peculiaridades.

Incluso en este nivel de estudio e investigación sobre el mundo celta, no se podrá evitar el surgimiento del empleo de caudillos célticos como elementos de reivindicación nacional, como serán los casos de Arminio en Alemania, Vercingetorix en Francia, Bodica o Boadicea en el Reino Unido y Viriato o Sertorio (además de localidades con fuertes mitificaciones como Sagunto o Numancia), en España.

No se debe olvidar que Irlanda en particular ha desempeñado un rol crucial en la creación de lo celta. Así la imaginería de las leyendas irlandesas se convertirá en una especie de estética banal (y en un estereotipo de máxima celticidad) en la que prados verdes, remotos lugares con brumas, ancianos druidas barbados y valerosos guerreros festejan siguiendo arcaicos ritmos de músicas celtas de nuestra época actual. El estereotipo ha sido, además, muy adulterado por grabaciones musicales, libros o páginas web (que hablan de naturismo celta, poder feminista de las diosas, horóscopo o magia de runas celtas) insertas en el neo celtismo o moda celta. La idealización romántica y el nacionalismo han dado paso a una neo espiritualidad un tanto chocante. Se trata de un fenómeno muy expandido en nuestras sociedades secularizadas y desenraizadas.

No obstante, también hay que remarcar que cierta literatura que surgió de la idealización romántica o se inspiró en el mundo celta, ha sido capital en el reencuentro con las tradiciones más antiguas, haciendo hincapié en que el pasado ancestral de Europa puede ser una acertada y, a veces no necesariamente morbosa o falsaria, fuente de inspiración artística, como bien puede ser, por ejemplo, la literatura de  J.R.R. Tolkien. Así pues, el celtismo, en ocasiones, es capaz de resultar inspirador y enriquecedor.

En cualquier caso, la etnoarqueología y el folclore pueden ser instrumentos muy adecuados para conocer las sociedades célticas, partiendo del principio o premisa fundamental de que en el mundo tradicional ancestral hay elementos que sugieren probables creencias de la antigua Edad del Hierro. En el fondo, por lo tanto, se manifiesta la idea de una suerte de continuidad desde la prehistoria hasta los procesos históricos subsiguientes, de manera que el mundo céltico nos remitiría a cosmovisiones e instituciones ancestrales de origen indoeuropeo. Todo un mundo cultural, en fin, que ha logrado pervivir oculto en el amplio ambiente del folclore; esto es, en  romances, tradiciones, fiestas, leyendas o en entidades del mundo mágico de bosques o de las aguas. 

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, diciembre, 2021.