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1 de septiembre de 2026

Evandro y Hércules en los orígenes de Roma





Imágenes, de arriba hacia abajo: grabado del siglo XVIII, en el que Eneas es recibido por Evandro en las costas del Lacio. Metropolitan Museum of Art, Nueva York; ánfora ática de figuras negras con Heracles luchando con Gerión. Hacia 540 a.e.c.; Museo del Louvre; pintura al fresco barroca de Sebastiano Ricci, con Hercules y Caco; y grupo escultórico de Hércules y Caco, de Baccio Bandinelli, en el Piazza della Signoria, Florencia, entre 1525 y 1534.

El principal candidato a la paternidad latina y al papel de antepasado de los romanos, Eneas, sufrió la poderosa competencia, desde el mundo griego, del semidiós Hércules y del soberano Evandro, un rey local de la región de Arcadia, quienes habrían estado en el Lacio con anterioridad a Eneas. La leyenda sobre esta presencia si hizo canónica en el siglo I a.e.c., apareciendo interpolada en las historias romanas de Dionisio de Halicarnaso y Titio Livio y en la propia Eneida virgiliana. El héroe civilizador, hijo de Alcmena y Zeus, habría llegado a la península itálica desde Iberia conduciendo de vuelta el ganado del monstruoso rey íbero Gerión. En las proximidades del Palatino se puso a descansar. Mientras dormía un pastor, Caco, capturó algunas de las vacas y las encerró en una caverna. Hércules, al despertar, lo persigue y acaba con su vida.

En la versión legada por Livio, Evandro, al reconocer en Hércules al divino hijo de Júpiter, erige un altar en su honor, ofreciéndole una serie de sacrificios. Según Dionisio de Halicarnaso, los pastores agradecen al héroe que los haya librado de Caco; esta misma actitud de gratitud la encontramos en la Eneida. En las tres fuentes, la leyenda finaliza con la instauración de un culto a Hércules en el Palatino, del cual se encargan las familias sacerdotales de los Pinarios y los Poticios. Estamos, se podría decir, ante un relato griego inserto en una historia romana; un mito de auctoctonía en el medio de una narración de migrantes (epeludes). La leyenda, dentro del círculo del regreso de Hércules con el rebaño de vacas de Gerión, parece ser parte de un ciclo legendario autónomo en el marco de los célebres trabajos de Hércules-Heracles.

Se podría defender que esta leyenda configura un relato fundacional alternativo al de la creación de la ciudad de Roma por parte de los descendientes del troyano Eneas. Los parecidos entre Pallanteum y Palatino y entre el ritual arcadio de las Liceas y las Lupercales, podrían ser un indicador de que Evandro trajo tales rasgos arcadios al Lacio. Este rey parece poseer algunos elementos en común con el héroe-dios lacial Fauno, una deidad romana de los bosques, identificada con Pan, la divinidad arcadia de los pastores. Por otra parte, Palantio-Palanteo es la denominación de una valle de la Arcadia, cuyo nombre deriva de un hijo de Licaón (Palante). Pausanias (en VIII, 43), asegura que en esta localidad había un templo que atesoraba una imagen pétrea de Palante, que sería obra de Evandro, a quien Pausanias hace descendiente de una ninfa del río Ladón y el dios Hermes. Advierte, asimismo, que este soberano mandó fundar una colonia con varios arcadios de Palantio al lado del Tíber.

Livio (I,7), hace de Evandro una suerte de fugitivo del Peloponeso, aunque reputado por su conocimiento de la escritura y por el hecho de que se pensaba que su madre era una deidad admirada como profetisa con anterioridad a la llegada de la Sibila a la península itálica. Su nombre, bien conocido, es Carmenta, el nombre latino de la ninfa arcadia reseñada.

Lo que halla Hércules al cruzar el Tíber (antes de que existiera Roma), es, precisamente, una colonia arcadia; unos migrantes autóctonos (en tanto que no es ya Arcadia, pero todavía no es Roma), sino un espacio-tiempo liminar y caótico. El rey, soldado y sabio Evandro, no tiene poder sobre los pastores, únicamente prestigio porque es el vástago de una profetisa y sabe escribir, pero no es rey ni un héroe cultural. El significado del nombre Evandro es el de hombre perfecto, bueno, lo cual le opone a Caco (malvado, falso y erróneo). No obstante, Evandro también sería piadoso, de ahí su instauración de cultos en altares por él mismo creados, concretamente a Palante en Arcadia y a Hércules en el Palatino. Evandro es dual, porque es tanto una deidad pastoril, reflejo de Fauno o Pan, como un hombre piadoso, sabio y bondadoso. Mientras, el Dionisio de Halicarnaso y Livio, Caco es un ladrón o un pastor, pero ya en la Eneida de Virgilio se ha convertido en un monstruo, vástago del dios Vulcano.

Es probable que en las antiguas versiones del mito se enfrentasen dos deidades selváticas o agrestes, una que protege a los pastores y la otra destructora, quizá un cíclope o una divinidad volcánica. La primera versión sería un mito, mientras la segunda un cuento o una leyenda. Con la muerte de Caco, Hércules resuelve la contradicción entre migración y autoctonía, eliminado el segundo de estos aspectos, lo cual propiciará que la historia fundacional de Roma se asocie con la leyenda de Eneas, haciendo descender a los fundadores de la urbe de emigrantes troyanos y no de autóctonos arcadios.

Al morir Caco, Evandro no puede ser un héroe fundador, ni un oikistés, solamente quien instituye cultos, aunque el altar consagrado a Hércules, paradójicamente, se convertirá después en el Ara Máxima, señalando el lugar de la futura fundación. Ahora bien, tras la actuación ordenadora de Hércules, que pone fin a la ficticia autoctonía arcadia, Evandro puede ejercer de héroe cultural, al iniciar a las gentes en la escritura y en el culto al héroe griego, aunque queda apartado del linaje de los fundadores de Roma.

En la versión racionalizada del mito de Caco en Dionisio de Halicarnaso (Hist. I, 41), Hércules en la península itálica es un conquistador. Caco es un rey bárbaro que lucha contra el ejército de Hércules, muriendo en el combate. Destruida su ciudadela, el territorio es repartido entre los dos aliados del semidiós: los autóctonos comandados por Fauno y los arcadios de Evandro. Hércules tendría dos descendientes, Paladio y Latino, este último en matrimonio con la hija de Evandro, Lavinia. Este Latino acabaría siendo suegro de Eneas, con lo que aquí se encuentra en enlace con el mito canónico que Tito Livio oficializa. Después del dominio del Lacio, Hércules pone rumbo hacia Sicilia, fundando en su camino la localidad de Herculano.

Bibliografía básica

Araújo Mota, Th. E., “A descrição poética da urbs e a Convenção dos Heróis Fundadores no Livro VIII da Eneida: Hércules, Evandro e Eneias.” ArtCultura: Revista de História, Cultura e Arte, vol. 21, n.º 38, 2019, pp. 43-58.

Arrigoni, G., “Da dove viene Evandro?: genealogie, topografia e culti in Virgilio”, Revista Aevum, vol. 85, n.º 1, 2011, pp. 43-64.

Beard, M. & North, J. & Price, S., Religions of Rome. Cambridge: Cambridge University Press, 1998.

Cornell, T. J., The Beginnings of Rome: Italy and Rome from the Bronze Age to the Punic Wars (c. 1000–264 BC). London & New York: Routledge, 1995.

Forsythe, G., A Critical History of Early Rome: From Prehistory to the First Punic War. Berkeley: University of California Press, 2005.

Galinsky, G. K. “The Hercules-Cacus Episode in Aeneid VIII”. American Journal of Philology, 87, 1, 1966, pp. 18-51.

Grimal, P., Diccionario de mitología griega y romana. Barcelona: Paidós, 1981.

Hardie, P., Virgil’s Aeneid: Cosmos and Imperium. Oxford: Clarendon Press, 1986.

Juaristi, J., El bosque originario. Genealogías míticas de los pueblos de Europa, Madrid: edit. Punto de Lectura-Santillana, 2001.

Martínez-Pinna, J., La Roma primitiva. Madrid: Síntesis, 1999.

Morgan, Ll., “Assimilation and Civil War: Hercules and Cacus”, en Stahl, H.-P. (ed.), Vergil’s Aeneid: Augustan Epic and Political Context. Swansea: Classical Press of Wales, 1998, pp. 175-197.

Pichon, R., La leyenda de Hércules en Roma y otros estudios de religión romana. Madrid: Universidad Complutense de Madrid, 2001.

Turcan, R., The Gods of Ancient Rome. Edimburgo: Edinburgh University Press, 2000.

Wiseman, T. P. The Myths of Rome. Exeter: University of Exeter Press, 2004.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-UFM-AVECH-AEEAO-ICA-AHEC, septiembre, 2026.

1 de marzo de 2025

Mitos y leyendas romanas. Roma y Rómulo en Plutarco




Imágenes, de arriba hacia abajo: Rómulo y Remo, en un cuadro pintado por Pedro Pablo Rubens, 1615-1616. Museos Capitolinos, Roma; Rómulo siendo conducido al Olimpo por Marte, en un cuadro de Jean-Baptiste Nattier. Siglos XVII-XVIII; denario del 137 a.e.c. En el anverso está Roma, con un casco alado, personificación de la Urbs; en el reverso, la loba de pie con los gemelos lactantes a la derecha; en el fondo, un árbol con un pájaro posado en el tronco y dos pájaros más posados en las ramas y; otro denario, datado en 115-114 a.e.c, en cuyo anverso se ve la cabeza de Roma personificada llevando un casco corintio con cresta, mientras que en el reverso Roma está sentada sobre una la pila de escudos, y vestida con un casco corintio.

Los pelasgos, nombre asociado al norte de Grecia, aunque también al Ática, un pueblo confundido con los etruscos por Sófocles y Helánico, según Dionisio de Halicarnaso (I, 25, 4; 28, 3-4), se habrían establecido en el solar de la futura Roma, recibiendo ese nombre en virtud de su vigor (rhome) con las armas.

Asimismo, otras versiones afirman que Roma fue hija de Ítalo y Leucaria, o de Télefo, casada con Eneas o con Ascanio, de cuyo nombre provendría el de la eterna ciudad. Ítalo, el héroe epónimo de Italia, se pensaba que era hijo de Telégono (a su vez hijo de Circe y Odiseo) y Penélope, en tanto que de Leucaria (tal vez relacionada con Alba) se afirmaba que era hija de Latino, aunque confundida en ocasiones, como esposa de Eneas, con Lavinia. Para Dionisio de Halicarnaso (I, 72, 6), ambos serían los padres de Romo. Debe recordarse que Télefo, hijo de Heracles y Auge se relaciona con los mitos itálicos por medio de sus hijos Tirseno y Tarcón, llegados a Etruria tras el fin de la guerra de Troya.

Otra versión comenta que ciudad fue fundada por Romano, un vástago de Circe y Odiseo, por Romo, expulsado de Troya por Diomedes (según el historiador del siglo II a.e.c. Dionisio de Calcis), o por Romis, un tirano de los latinos que acabó rechazando a los tirrenos, que se habían trasladado desde Tesalia hasta Lidia y desde allí hasta Italia. Romano pudiera ser un reemplazo del Latino de Hesíodo o bien la alteración del nombre de uno de los tres hijos nacidos de las relaciones entre el Laértida y Circe, cuyos apelativos eran, según Xenágoras (historiador de Siracusa), recogido en Dionisio de Halicarnaso (I, 72, 5), Ardeas, Anteas y Romo. La victoria del tirano Romis, por su parte, puede ser un rescoldo mítico de una pugna entre latinos y etruscos o un resabio de la destrucción de Veyes.

El linaje de Rómulo, del epónimo de la ciudad, también es debatido. Para algunos era hijo de Dexítea y Eneas, quienes le habrían llevado en barco a Italia, en compañía de su hermano Romo. Mientras las demás embarcaciones acabarían destruidas, la de los hermanos llegó a una ribera a la que bautizaron con el nombre de Roma. Dionisio de Halicarnaso (I, 73, 1-2) señala que la paternidad de Eneas es atribuida por autores romanos aunque configurada a partir de tradiciones griegas. Por su parte Hegesianacte de Alejandría (siglos III-II a.e.c.), advierte, en este sentido, que Eneas tuvo cuatro hijos, Eurileon, Ascanio, Romo y Rómilo, siendo Romo el fundador de la urbe. Para otros, Roma es hija de una troyana casada con Latino, quien habría dado a luz a Rómulo; o bien hija de Emilia (a su vez de Lavinia y Eneas), con el dios Ares. La tradición helenizante de Calias de Siracusa (siglo IV a.e.c.), conocido por Festo, Dionisio de Halicarnaso y el propio Plutarco, hace a Latino hijo de Telémaco y Circe. Los gemelos como nietos de Eneas aparecen en autores romanos (Ennio, An., I, 35; Nevio, Serv., En., VI, 779; y Dion. Hal., I, 73, 2), que recogen la versión de Emilia aunque ésta tiene otro nombre (Ilia), posteriormente confundida con la hija de Numitor. Lavinia, hija del rey Latino, fue concedida en matrimonio a Eneas cuando arribó a Italia, en lugar de a Turno, con la que estaba previamente comprometida.

Otro relato, una versión de Promación (historiador griego, quizá del siglo I a.e.c.), considerado fabuloso por Plutarco (Rom., 4), señala que un rey de los albanos llamado Tarquecio, sufrió en su propia casa una aparición sobrenatural, en tanto que del hogar salió un falo que estuvo presente varios días. Un oráculo de Tetis (deidad oracular que se podría, tal vez, asociar con con un dios conocido como Tethum) en Etruria, advirtió a Tarquecio que debía unir el falo a una mujer virgen, pues de esa unión nacería un descendiente de grandes virtudes y fortuna. En consecuencia, acuesta a una de sus hijas con el falo, aunque la joven sintió repudio y envió en su lugar a una criada. La criada daría a luz gemelos. Tarquecio, sabiendo lo que había ocurrido, se los entregó a un tal Teracio para que los matase, pero éste los depositó en la orilla de un río, en donde pájaros y una loba los alimentaban. Un boyero acabaría recogiendo a los niños abandonados. Ya criados, atacaron a Tarquecio y lo vencieron.

Hay que decir que la tradición itálica que habla de la historia de Céculo y de Servio Tulio, advierte que Céculo había sido engendrado por el dios Vulcano en forma de chispa de fuego que saltó al seno de su madre cuando se encontraba al lado del fuego del hogar. Además, se afirma que Servio Tulio era vástago del Lar de la casa de Tarquinio el Antiguo (Lucio Tarquinio Prisco, quinto rey, de ascendencia corintia, de la monarquía romana) que se había unido a una esclava usando la forma de un falo hecho de ceniza. El nombre de Tarquecio se ha vinculado con el de Tarquinio, padre adoptivo de Servio Tulio, así como con el de Tarcón, mitológico padre adoptivo de Día, hijo de genio (Falo). Asimismo, también se ha asociado con el topónimo Alba, lo que implica el origen etrusco de esta particular leyenda.

El relato de máxima autoridad para Plutarco es el trasmitido por el historiador griego de los siglos IV y III a.e.c. Diocles Peparecio, del cual depende Quinto Fabio Píctor, primer analista romano, a quien seguirían Catón y Pisón. Fabio Píctor escribía, de hecho, en griego, porque su obra se empleaba como propaganda romana en el sur de Italia, en la Magna Grecia, y además estaba destinada al público culto helenístico. Se ha dicho que es más que probable que en su época fuera cuando se acogió en Roma la leyenda de Eneas elaborada por el máximo exponente de la épica nacional romana, Cneo Nevio (siglo III a.e.c.). De los soberanos de la ciudad de Alba, que descendían de Eneas, la sucesión recae en dos hermanos, Amulio y Numitor. Amulio elabora un par de lotes de la herencia (oro y riquezas troyanas de un lado, y la corona, del otro) y Numitor escoge la corona, que le será arrebatada poco después por su hermano. Aferrado al poder, y por temor de que de su hija nacieran niños varones, futuros pretendientes, la designó sacerdotisa de la diosa Vesta. Esta hija recibe el nombre de Rea, Ilia o Silvia. A pesar de sus precauciones, quedó embarazada y dio a luz gemelos de extraordinaria belleza. Amulio ordenó a un sirviente, de nombre Féstulo, que los despeñara sin miramientos, pero contraviniendo sus órdenes los depositó en una cesta en el río. La cesta fue trasladada hasta un lugar en calma llamado Germalo (en Ennio, An., I, 67) o Cermalo.

Una variante, que sen encuentra en la analística de Licinio Macer, señala que Numitor habría cambiado los infantes por otros diferentes, que habrían sido los expuestos por orden de Amulio, en tanto que los verdaderos se criarían en la casa del tal Féstulo. Asimismo, según Ennio (An., I, 59-60), recogido por Dionisio de Halicarnaso, Amulio entrega los recién nacidos a ladrones para que se deshagan de ellos en el río.

Cerca del mencionado lugar había un cabrahígo o higuera silvestre, denominada Rominalio, tal vez por el propio Rómulo, porque en ese lugar sesteaban rumiantes o quizá, por el amamantamiento de los niños, puesto que a la mamá los antiguos denominan ruma y a una cierta deidad que protege la crianza de los niños la llaman Rumina. Fu en este sitio donde quedaron los dos infantes siendo asistidos por la loba. Este es un tema mítico presente en el ámbito griego. Télefo fue amamantado por una cierva, Neleo y Pelias por una cabra y una yegua y Beoto y Éolo lo fueron por una vaca. Puede haber existido en este caso una fusión entre el mito de Télefo y el de la fundación de Tarquinia por sus hijos, de nombres Tirseno y Tarcón, los modelos etruscos de Remo y Rómulo.

En cualquier caso, también se dice que esa relación con la loba depende del nombre de la nodriza, ya que los latinos llamaban lupas tanto a las prostitutas como a las lobas. Una de tales meretrices era la mujer de Féstulo, de nombre Acca Larencia, encargada de criar a los pequeños. Acca, como vocablo infantil en las lenguas indoeuropeas (akkô), se asocia con mamá. En su función de praenomen femenino se halla testimoniado epigráficamente en la Etruria bajo el término Aka, probablemente el nombre de una deidad de la fecundidad y la fertilidad.

Los infantes fueron enviados a Gabios, ciudad cercana al Palatino, un centro augural esencial en la difusión de la cultura helénica. Este hecho haría comprensible el elemento adivinatorio presente en Rómulo. En esta localidad aprenderían letras y recibirían sus definitivos nombres de Rómulo y Remo. De los dos, sería Rómulo quien destacaría por su habilidad política siendo, según el parecer de Plutarco, más apto para el mando que para la obediencia. En cualquier caso, ambos se ocupaban de la caza, el deporte, la captura de ladrones y de librar el territorio de los abusadores. Cicerón (De Rep. II, 2), les presenta con rasgos de líderes militares, adquiriendo ambos en Plutarco el prototipo de estadistas en virtud de sus cualidades espirituales y físicas características del guerrero, así como la inteligencia y la habilidad política, particularmente Rómulo. En los dos se combinaban las actividades propias de un origen noble con aquellos rasgos estereotipados de los héroes, un aspecto muy conveniente al futuro fundador de la ciudad de Roma. La final elección de Rómulo como fundador de Roma por delante de su hermano puede corresponder a una combinación en Rómulo de religiosidad y valor guerrero.

La ciudad de Roma, probablemente una colonia de Alba, sería fundada en los parajes en donde se criaron los hermanos gemelos, siendo impulsada, según Dionisio de Halicarnaso, por Numitor para aglutinar una población en constante aumento y para, de paso, librarse de algunos adversarios políticos. Los latinos quisieron distinguir el origen de Roma del de sus ciudades, de ahí que atribuyeran la fundación de Roma a mujeres sabinas raptadas y a bandidos latinos. Rómulo fundó la Roma Quadrata, que la tradición ubica en el Palatino, mientras Remo hizo lo propio en el Aventino, en un lugar cuyo nombre sería Remoria.

La muerte de Remo a manos de Rómulo aparece en los analistas Valerio Antias y Licinio Macer, en donde una historia inventada atribuye a Céler esa muerte para así poder exculpar a Rómulo del fratricidio.

Rómulo funda, en fin, la ciudad, una época cuya fijación cronológica fue muy debatida desde antiguo. Para Ennio, en Varrón (De Re rust., III, 1,2), fue en el siglo X a.e.c.; para Timeo, en Dionisio de Halicarnaso (I, 74), ocurrió en 814. En los analistas, que consultan los Fasti Consulares y la lista de reyes, en el 758, caso de Pisón; en el 728 por parte de Cincio Alimento, y en 748 a.e.c. Fabio Píctor, también en Dionisio de Halicarnaso (I, 75). Serán Varrón y Ático quienes la fijen en 753.

Apenas unos meses después de la fundación de la ciudad, Rómulo ordena el famoso rapto de las mujeres sabinas. Fueron raptadas treinta, aunque el analista Valerio Antias menciona quinientas y Juba (antiguo rey de Numidia, conocido posteriormente como Juba II, rey de Mauritania) seiscientas ochenta y tres. De ellas habrían tomado su denominación las más antiguas tribus de Roma.

La muerte de Rómulo, supuestamente a la edad de cincuenta y cuatro años y tras casi cuarenta de reinado, supondría su divinización. Julio Proclo o Próculo dice que se lo encuentra y le advierte su divinidad. Rómulo se acaba identificando, en función de su carácter de deidad de la guerra, con la antigua divinidad itálica Quirino en la elaboración de su leyenda, llevada a cabo probablemente por Ennio. Este peculiar episodio sería usado como propaganda política para la divinización de Augusto, estableciendo un paralelo entre Julio Próculo-Rómulo y Numerio Ático-Augusto. El episodio se asemeja, según Plutarco, al que los griegos contaban sobre Aristeas de Proconeso, una personalidad literaria del siglo VI a.e.c., así como acerca de un atleta de Astipalea de nombre Cleomedes, desaparecido en misteriosas circunstancias en 492 a.e.c. Por todo ello se construiría el templo dedicado a Rómulo en el Quirinal.

Este rey guerrero tendrá como antítesis, según la tradición, a Numa Pompilio, el fundador de las instituciones religiosas de Roma.

Bibliografía básica

Avial Chicharro, L., Breve historia de la mitología de Roma y Etruria, Editorial Nowtilus, Madrid, 2018.

Casquillo Fumanal, Á. L., “Rhome, Rumon, Ruma: una aproximación global al origen del nombre de Roma”, Espacio, Tiempo y Forma. Serie II. Historia Antigua, (17-18), 2004, pp. 129-159.

Cornell, T.J., Los orígenes de Roma, 1000-264 a.C., edit. Crítica, Barcelona, 1999.

Criado, F., La Roma de los siete reyes, Acuedi edic., Colección Memoria Crítica, Lima, 2023.

Gardner, J.F. & Benassar, I., Mitos romanos, edit. Akal, Madrid, 1995.

Mangas Manjarrés, J. & Bajo Álvarez, F., Los orígenes de Roma, edic. Historia 16 & Alba Libros, Madrid, 2006.

Martínez-Pinna, J., Los orígenes de Roma, edit. Síntesis, Salamanca, 1999.

Sánchez Escudero, D., Rómulo y Remo: los fundadores de Roma, Edic., Albores-F. Javier Boniquito Agudo, Sevilla, 2008.

Tito Livio, Los orígenes de Roma (edición de Maurilio Pérez González), edit. Akal, Madrid, 1989.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, marzo, 2025.

 

1 de febrero de 2025

Oración-Discurso Fúnebre de Pericles en Tucídides

Imagen: pintura del academicista alemán Philipp von Foltz, realizada en 1852

El Discurso Fúnebre de Pericles, que habría sido pronunciado por el líder de la democracia ateniense y orador en 431 a.e.c. en el Cementerio del Cerámico, en Atenas (aunque en algunas obras pictóricas, como la pintura de Philipp von Foltz, de 1852, se ubica en la colina del Pnyx, ante la Asamblea), se configura como un testimonio acerca de la cultura y el civismo desde la óptica griega.

Se trata de un discurso en relación a las exequias de las víctimas del primer año de la guerra contra Esparta. Este discurso elogioso, que empieza con una alabanza a la tradición del entierro público de aquellos caídos en combate, se llevó a cabo en la ceremonia procesional que condujo los féretros (uno por cada tribu ateniense), hasta el Cerámico. Pericles intenta definir y evaluar el espíritu de la democracia ateniense, destacando los valores que gobiernan la vida de sus conciudadanos y que explican la grandeza que alcanza esta polis en la segunda mitad del siglo V. Resalta la igualdad de los ciudadanos ante la justicia y cómo estos principios se extienden a la política exterior, destacando la magnanimidad y generosidad de los atenienses, así como la legitimidad de las instituciones de la polis. La grandeza de Atenas es asociada con los héroes muertos. Así, la libertad en el valor es el fundamento de la auténtica felicidad.

El discurso no es una trascripción fiel de lo dicho por el político y orador ateniense, sino una verosímil recreación del historiador Tucídides, que lo incorporó al relato de su Historia de la Guerra del Peloponeso (II, 35-46), donde se narra la guerra civil entre Atenas y Esparta, con sus respectivos aliados. También hay que advertir que no hay una cabal exactitud histórica en la descripción de Atenas, cuya realidad aparece un tanto idealizada. El objetivo no es tanto saber lo que de hecho Atenas fue, sino lo que ella creía, o deseaba, ser. De hecho, la autoría de la oración es atribuida por Platón en su diálogo Menexeno a Aspasia, compañera de vida de Pericles.

El discurso fue escrito bastante tiempo después de que fuera pronunciado y cuando ya Atenas había sido derrotada. Así, se puede entender como un discurso fúnebre de Tucídides en honor a la Atenas vencida que, aunque humillada en su derrota, se levanta como un paradigma universal de la cultura cívica. El panegírico a los muertos en combate aparece casi como pretexto para abordar el elogio de la gloriosa Atenas antigua, entendiendo que la defensa de su eternidad es su verdadero patrimonio y eje de su reputación. Estamos ante un texto fundacional, configurado como un paradigma de conciencia ciudadana y un modelo de reflexión política alentada por una optimista confianza en el progreso de la cultura humana.

¿Pudo haber en Pericles, como advertía Umberto Eco, un uso político de los caídos en batalla como propaganda del populismo más que como una alabanza de la democracia?.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, febrero, 2025.


20 de septiembre de 2023

El mundo legendario del Buda. Fuentes escritas


Imágenes (de arriba hacia abajo): relicario en plata dorada del templo Famen, que muestra a un bodhisattva arrodillado sobre un trono de loto. El objeto fue presentado al emperador en el año 871; Buda meditando de Gandhara, de la Dinastía Kushan (200-400). Victoria and Albert Museum, Londres.

El distinguido investigador francés Étienne Lamotte, en su obra titulada Histoire du Bouddhisme indien, des origines à l’ére Saka (Institute Orientaliste, Lovaina, 1958), menciona varias fases en la evolución de la leyenda del Buda. La primera de estas etapas incorporaría fragmentos biográficos en los Nikâya, en tanto que la segunda vería la inclusión de biografías, incompletas o no, en el Vinaya o regla monástica de conducta y moral. En una tercera etapa se incluirían varias vidas autónomas pero incompletas, provenientes de diferentes escuelas y datables en los primeros siglos de nuestra Era; entre ellas estaría el Lalitavistara y el Mahâvastu; el cuarto período conoce biografías completas escritas por coetáneos del rey kushán Kaniska, que abarcan desde el descenso del cielo Tusita hasta los funerales del Bendito Sâkyamuni. En esta fase destaca por encima de cualquier otra obra el Buddhacarita de Asvaghosa, si bien también son relevantes dos textos biográficos en chino (uno, obra de Samgharaksa, en la región de Gandhâra), y el otro anónimo.

Finalmente, una última fase agrupa composiciones cingalesas transmitidas por textos pâli, con la presencia de los más arcaicos fragmentos escritos sobre la vida del Buda. Aquí se incluye el Nidânakathâ (que introduce las jâtaka pâli), así como un comentario de Buddhadatta al Buddhavamsa, que refiere las dos primeras décadas de la enseñanza del Despierto.

El Mahâvastu o La gran gesta, recoge, en sánscrito budista híbrido, diversas fábulas, leyendas, hagiografías, testimonios búdicos y varios relatos en una serie de episodios. El texto compila antiguas tradiciones orales relativas a los episodios más clásicos de la leyenda del Buda, así como referentes de la literatura popular india. Su período de composición abarca desde el siglo II a.e.c. al siglo IV. Probablemente la obra fue compuesta por los lokottaravâdin, escuela subsidiaria del mahâsâmghika, si bien no se puede descartar la participación de otras escuelas.

Esta obra incorpora jâtaka y avadâna (narraciones morales que propician la devoción e instrucción de laicos, enfatizando las efectivas consecuencias derivadas del karma, sin entrar en disquisiciones doctrinales), en forma de historias en sí mismas y al modo de fragmentos falsamente biográficos referentes a las anteriores vidas del Buda Sâkyamuni. Algunas de tales jâtaka, por su parte, poseen sus equivalentes en el Canon Pâli, en tanto que otras provienen de cuentos populares.

La obra, como ocurre con el Nidânakathâ, estructura la vida del Bienaventurado en una triple sección. La primera comienza en los arcaicos tiempos del Buda Dîpamkara, relatando sus vidas anteriores; la segunda alude a la estancia en el cielo o paraíso Tusita, lugar en donde decide su reencarnación en el seno de la reina Mâyâ, madre del Buda, además de episodios relevantes como su huída de palacio o el enfrentamiento victorioso con el demonio de la muerte Mâra; finalmente, la última habla de las primeras conversiones que logra Sâkyamuni, el largo proceso de difusión de la doctrina búdica y la configuración de la comunidad de monjes.

La edición más antigua de la obra sánscrita en lenguas occidentales fue la llevada a cabo por Emile Senart en las últimas décadas del siglo XIX para la Societe Asiatique parisina.

El poema épico llamado Los Hechos del Buda (Buddhacarita), relata la vida del Sâkyamuni desde que nace hasta que se produce el reparto de sus reliquias después del parinirvana. Catorce de sus veintiocho capítulos fueron redactados en sánscrito, mientras que los demás aparecen conservados en traducciones tibetanas y chinas. La edición clásica del texto en sánscrito es la que corresponde a E.H. Johnston (editorial Motilal Banarsidass, Nueva Delhi, 1971).

Es un texto atribuido al dramaturgo y conocido poeta Asvaghosa (tradicionalmente considerado un brahmán que se convirtió al budismo), relacionado directamente con la corte del rey Kaniska, de la turca dinastía Kusâna (procedente de Bactria e instalada en el norte y noroeste de India), en el siglo II. En el Buddhacarita el Buda es la forma visible del dharma, pues en el poema Siddhârtha desafía abiertamente la sabiduría ortodoxa brahmánica hasta conducirla a su consumación, si bien en ningún momento se le muestra como un heterodoxo.

Lalitavistara, una obra anónima en sánscrito, en verso y prosa, cuya compilación final data del siglo IV, narra la vida del Buda Gautama desde su estancia en el cielo Tusita hasta el famoso primer sermón en el Parque de los Ciervos en Sarnath. La tradición mahâyâna acabaría recogiendo la obra, tal vez sarvâstivâda en su origen, asociándola a los vaipûlya sûtra; esto es, los sutras extensos de la corriente mahâyâna. El título se refiere al entretenimiento, la elegancia y la práctica deportiva además de a la exposición en detalle.

Es probable que este texto hubiera estado al alcance de los artistas que decoraron la gran estupa de Borobudur, datada en el siglo IX, pues en ella aparecen relieves que refieren algunos episodios de esta obra. Algunos de tales episodios del Lalitavistara, dicho sea de paso, se encuentran asimismo en los evangelios apócrifos relacionados con Jesús, como acontece con el caso en que las estatuas de los templos cobran vida, postrándose a sus pies, con el desmayo del maestro al recitar el alfabeto o con la inclinación que llevan a cabo los árboles a su paso.

La narración se desplaza en tres niveles específicos. El Buda, ser eterno, inmutable y universal, completamente liberado, de un lado; el Buda como un ser en evolución y, finalmente, como simple humano, que después de un duro y difícil aprendizaje logra el despertar, falleciendo a la edad de ochenta años. En este último caso, el Buda es un ser aparente, en tanto que un Buda eterno adquiere la forma de un ser humano con la finalidad de instruir a los seres conscientes.

Los distintos capítulos finalizan alabando de manera alegórica la figura del Buda, lo que proporciona un tono devocional al conjunto. Hay una evidente preferencia de lo mitológico sobre lo filosófico, un probable indicio de que la obra estaba originalmente destinada a personas laicas y no a monjes.

La primera traducción a lenguas europeas, desde el sánscrito y el tibetano, se llevó a cabo en París a mediados del siglo XIX, por obra de Edouard Foucaux (ediciones del Museo Guimet parisino).

Otro texto referencial de la vida legendaria del Buda es Udâna, obra de ocho capìtulos con una decena de episodios en cada uno de ellos vinculados con su vida. Cada sección culmina con un colofón en verso que, según la tradición, pronunció el propio Bienaventurado (el Bhagavant). Unos pocos episodios, en los que abundan los prodigios, centran su interés en reivindicar la relevancia del budismo frente al brahmanismo.

La Crónica del Linaje, Nidânakathâ, es un texto estructurado en tres momentos esenciales. El primero de ellos es la llamada época remota, cuando Sumedha, a la postre convertido en Sîddhârtha, promete el voto de alcanzar el despertar delante del Buda Dîpamkara. Imágenes de este Buda Dîpamkara aparecen en Gandhâra, lo cual evidencia que la historia que se cuenta es septentrional en su origen. Esta sección es, en realidad, un comentario al Buddhavamsa o Saga de los Budas. Esta época remota o dûrenidâna se acerca, por tanto, al Cariyâpitaka y al Buddhavamsa. Este último texto narra la historia de los veinticuatro budas que anteceden a Sâkyamuni a lo largo de las doce últimas eras mundanas, empezando, naturalmente, con Dîpamkara. El mismo Siddhârtha cuenta en primera persona la historia, señalando quién era él en el momento de la presencia de cada uno de los budas.

La época media elabora un relato desde el abandono del cielo Tusita hasta el momento de lograr el despertar. Esta época (avidûrenidâna) comienza cuando los dioses solicitan que renazca el Buda una vez más para el beneficio de los seres humanos. Posteriormente, sigue las leyendas clásicas en el episodio del elefante blanco que se introduce en el seno materno de Mâya, en el nacimiento mítico del Buda en el parque de Lumbini, en lo tocante a las cuatro señales y la huida del palacio, en lo referente a los varios años de ascetismo errante, en la batalla contra Mâra y en el definitivo logro del despertar.

En la época reciente se habla desde los largos años del ministerio búdico hasta la donación del parque o bosque de Jeta a la comunidad de monjes por parte de un rico mercader de nombre Anâthapindika. El texto se centra en las conversiones, comenzando con la de algunos mercaderes laicos.

Jâtaka fue empleado con la intención de incorporar, por parte de la tradición budista, un buen número de fábulas, cuentos y leyendas conocidas en India, utilizándose como medio de transmisión, preservación y también difusión de esta serie de relatos. Muchos de ellos existían, por consiguiente, antes de la aparición del budismo. En estas historias el protagonista se identifica con un nacimiento anterior de Siddhârtha. Tales nacimientos acontecieron en la forma de animales, deidades y seres humanos.

El principal, y más largo comentario sobre las jâtaka en pâli (al margen de la antología Cariyâpitaka que ilustra sobre las virtudes), es el Jâtakatthakathâ, en el que se comentan más de quinientos jâtaka en prosa, cuyos contenidos se encuentran al margen de la tradición budista. Se trata de relatos costumbristas, narraciones tradicionales indias, cuentos sobre encantamientos y fábulas. En cada vida narrada en los jâtaka, el bodhisattva surge para perfeccionar y controlar las diez virtudes (pâramitâ) consideradas supremas, entiéndase la generosidad, el discernimiento, la bondad, la paciencia, la firmeza, el desprendimiento, la veracidad, ecuanimidad, consideración y la resolución. Son un grupo de virtudes que encuentran cobijo en el corazón del ser consciente. Aparecen en la vida y crecen durante el desarrollo de la misma, si bien un único tiempo vital es insuficiente para lograr perfeccionarlas todas.

Bibliografía

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Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, septiembre, 2023.