Mostrando entradas con la etiqueta Historiografía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historiografía. Mostrar todas las entradas

23 de abril de 2026

Tradición mítica, historiografía y arqueología: el mito de los gemelos romanos



Imágenes, de arriba hacia abajo: sextante republicano, del último cuarto del siglo III a.e.c., con la loba Luperca y los gemelos en el reverso. En el anverso, un águila de pie a la derecha, sostiene una flor en el pico; detrás, dos perdigones. En la leyenda se lee Roma; representación del lupercal, con Rómulo y Remo amamantados por la loba y rodeados por representaciones del Tíber y el Palatino. Panel de un altar dedicado a Marte y Venus, de finales del reinado de Trajano (98-117), luego reutilizada en la época de Adriano (117-132) como base para una estatua de Silvano. Procedente del pórtico de la Piazzale dei Corporazioni en Ostia Antica, y hoy en el museo del Palazzo Massimo alle Terme de Roma; y Rómulo y Remo, obra mitológica del pintor barroco Peter Paul Rubens, datada hacia 1616.

Si bien los griegos tenían la noción de preexistir antes de que se formasen las poleis, lo cual implicaba una identidad étnica, los romanos no existían hasta la época en la que Rómulo fundó la ciudad de Roma, la organizó y la confirió un conjunto de leyes que permitieran la convivencia social. Este factor sería el rasgo de identidad romano.

En el famoso mito de los gemelos, Remo y Rómulo, existe un evidente protagonismo de la vida pastoril y del ganado, rasgos que encajan con la arcaica fase de la Edad del Bronce, etapa en que la comunidades eran asentamientos temporales asociados con el movimiento del ganado siguiendo el ciclo estacional. Este tipo de ocupación coincide con los primeros vestigios arqueológicos, datados a partir de 1600 a.e.c., hallados en las colinas romanas.

Con anterioridad a la fundación realizada por Rómulo habría, según la tradición, un mítico primer asentamiento prerromano en el Palatino. Se trata de una ciudad, de nombre Palantea, fundada por un héroe griego huido desde la región de Arcadia, llamado Evandro, que sería recibido con honores por el rey Fauno. Evandro se habría encargado de enseñar los cultos a deidades como Deméter o Posidón, las notas musicales o el arte de la escritura. Virgilio y Tito Livio ubican en el tiempo de este héroe civilizador y fundador la presencia de Hércules en este asentamiento prerromano. Evandro habría conocido a Hércules gracias a la habilidad profética de su madre Carmenta, quien habría vaticinado la erección de un altar en honor de esta figura semidivina. El propio Hércules erigiría el altar y haría el primer sacrificio de un buey en presencia no solamente de Evandro sino también de las familias de los Pinarios y los Poticios. Este altar se convertirá en uno de los señalamientos topográficos referenciales que Rómulo empleó en la fijación de los límites del pomerium de la primera Roma (la tradicional Roma Quadrata que apuntó Tácito en su obra Annales.

Este mito se recordaría, con antelación a la historiografía, en el ritual y en la topografía urbana. Ciertas festividades del calendario romano, particularmente asociadas al ganado y a los mecanismos para su protección, se vinculan a los gemelos y a la fundación de la Urbs. Es el caso de los Lupercalia, cuyos protagonistas principales eran los sacerdotes lupercos. Estos hacían un sacrificio de una cabra en la cueva del Lupercal y se desplazaban casi desnudos alrededor del Palatino. Estas fiestas tendrían un carácter gentilicio puesto que tales lupercos pertenecerían, en sus orígenes, a un par de clanes aristocráticos, denominados Quinctilios y Fabios.

Otro ejemplo destacable es la fiesta de los Parilia, en las que el elemento ritual principal consistía en que el ganado y los campesinos tenían que saltar por encima de hogueras encendidas. Esta ceremonia reflejaría la acción que los primeros habitantes de Roma tuvieron que llevar a cabo al abandonar y quemar sus viviendas para trasladarse a un sitio nuevo.

Estas festividades podrían ser un indicador de que la población urbana mantendría viva una memoria oral de los gemelos del mito por medio de recrear y revivir la época en la que habrían existido.

Por otra parte, hay que recordar que la fundación de la ciudad cuenta con unos límites espaciales definidos, en específico el Palatino, monte en que se encontraba la caverna conocida como cueva del Lupercal, lugar en el que la loba habría amamantado a los gemelos, al lado de una higuera consagrada a la arcaica diosa Rumina, protectora del nacimiento y amamantamiento de infantes. En 296 a.e.c. se monumentaliza el lugar con una estatua del animal y de Rómulo y Remo. Dicho monumento aparecerá representado en alguna moneda de plata del siglo III a.e.c., como es el caso del didracma (serie romano-campana), en cuyo reverso se muestra a la loba amamantando a los gemelos y en el exergo la leyenda ROMANO. Hay que reseñar que los mismo romanos identificaban en la ladera del Palatino la que habría sido la casa de Rómulo.

En términos generales, la fundación y formación de Roma es bastante diferente al mito de su fundación, tal y como se recogen en las diversas variantes existentes en las fuentes escritas antiguas. El registro de la arqueología muestra un asentamiento proto urbano unificado que se modificó en el Palatino, extendiéndose hacia el Quirinal y el Esquilino, a lo que se añadiría el Comitium, el Foro, Arx y Capitolio a mediados del siglo VIII a.e.c. En la tradición literaria, la memoria de los orígenes aparece en dos variantes principales. En la primera, se habla de la fundación de la ciudad en un espacio desértico; mientras que en la segunda se afirma que la fundación de la ciudad se produjo en un sitio donde ya pre existía un asentamiento antiguo, conocido como Septimontium. Como se puede apreciar, este segunda variante podría encajar de mejor grado con los datos proporcionados por la arqueología.

La pregunta pertinente aquí sería averiguar por qué parte de la tradición era afín a la noción de una fundación nueva, ex novo. Tal vez, el mito oficial de la fundación de Roma sintiese la imperiosa necesidad de hacer sobresalir la hazaña, cuasi heroica, del fundador, a lo cual se añadiría la asociación, prestigiosa, con el ámbito griego y troyano de Eneas y su familia exiliada tras la destrucción de la célebre Ilión.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AVECH-AEEAO-AHEC-ICA-UFM, abril, 2026.

15 de noviembre de 2025

Elementos clave en la historiografía romana. La Etapa de los Prisci Annales


Imagen, moneda con el epígrafe de la gens Fabia, cuyos miembros decían descender de Hércules, y a la que pertenecía Quinto Fabio Píctor.

El momento en que surgen los primeros relatos historiográficos, a finales del siglo II a.e.c. coincide con el tiempo del decisivo enfrentamiento con Cartago, aunque también coincide con una cada vez mayor implicación de los intereses de Roma en el mundo territorial y cultural griego, en primer término en la Magna Grecia, y posteriormente en el Oriente asiático.

La historiografía romana está vinculada a una serie de aspectos peculiares. En tal sentido, está asociada al poder político desde el instante mismo de su surgimiento. Sus autores suelen ser miembros de la clase dirigente y, en consecuencia, conocen los entresijos del poder gracias a sus propias experiencias. Tienen como objetivo crucial difundir por todas partes la gloria de Roma y defenderla de cualquier ataque enemigo. Esto supone la presencia en la historiografía de una intención didáctica y propagandística.

Otro aspecto es el apego a la tradición, algo que se ve reflejado en la forma en que el sistema educativo inculcaba a los jóvenes la reverencia acuñada en los modelos idealizados del pasado así como la necesaria fidelidad al sistema de valores de los antepasados, de los mayores. No obstante, ya en Grecia se empleaba la historia como un instrumento de enseñanza política y moral. Además de este sentimiento patriótico y del tradicionalismo, un elemento clave es también el realismo y el moralismo reflejados en su interés por la conducta humana.

El género historiográfico es, desde sus orígenes, y en virtud de lo que se ha señalado, patrimonio de la clase dominante, que lo usa como un instrumento para reafirmar su especial visión de la historia pasada, y como un tamiz para apreciar la realidad política presente, subrayando con ello los valores morales tradicionales, pero aquellos en específico que convienen a sus intereses sociales y políticos. Es así como la mayor parte de los historiadores republicanos estarán ligados a una concreta postura política, un aspecto que se refleja en el notable peso específico que la historia contemporánea posee en sus obras.

Es habitual pensar en los romanos más como guardianes de la tradición que como lectores críticos de su historia reciente, aunque son abundantes los testimonios en sentido contrario, tal y como se sugiere en Cicerón y en Tito Livio. En un principio la orientación política es optimate, pero con el transcurrir del tiempo, surgirán historiadores de tendencia popular. Sea de una forma o de la otra, el deseo de ofrecer una imagen favorable de una de las facciones, o bien de una familia, conduce a los analistas de cualquier época a falsear datos y a ofrecer una visión sesgada de los acontecimientos.

Al margen de las obras autobiográficas y los commentarii, como los de César o Sila, quienes escriben historiografía no acostumbran a ser figuras descollantes (con independencia de Catón).

Ciertos autores, como Claudio Cuadrigario y Valerio Antias, aunque no se sabe si eran nobles, defendieron en sus obras los intereses de las familias Claudia y Valeria. En este sentido, incluso cuando la nobleza no se ocupaba de ello en persona, controlaba la historiografía.

El interés por las antigüedades de la mayoría de los historiadores republicanos deriva formalmente del hecho de que la clase dirigente romana sintetiza y simboliza el respeto por los valores religiosos y morales tradicionales, lo cual presupone la conservación y custodia de un patrimonio ritualizado. El interés de la élite en guardar y transmitir ese patrimonio, reside en que fundamenta su poder.

Con los materiales tradicionales y apelando al patriotismo, el tradicionalismo, a la ejemplificación moral y a la observación psicológica, surgió el género historiográfico en su variante analística, con personalidades como Enio y Fabio Píctor, quienes se centran en la historia de Roma, confiriendo a su obra el nombre de Annales. El impulso provino de la experiencia en las guerras púnicas contra el poderío de Cartago, un referente crucial en la toma de conciencia de Roma como Estado.

Los Annales, escritos en prosa, de este tiempo abarcan desde los orígenes de Roma hasta la época en que se escriben. Son relatos, de sesgo nacionalista y escritos en griego, de miembros de la clase senatorial. Se conocen como Prisci Annales y también como Graeci Annales. Posteriormente, vendrían los Annales en latín de personajes como Polibio y Catón el Censor. Los primeros analistas son Cincio Alimento, pretor y general durante la Segunda Guerra Púnica (218-201 a.e.c.) y Fabio Píctor, senador y pontífice. Posteriormente, será el turno del senador Gayo Acilio, Catón el Censor, y los cónsules Casio Hemina, Calpurnio Pisón (además censor), Fabio Serviliano, el jurista y también general del ejército, Sempronio Tuditano y Postumio Albino. Ninguno era ni maestro ni un literato, pues escribir historia no era su profesión. Sus escritos iban dirigidos a una elite de personas cultas, asociada con la clase dirigente y el Estado.

Esta primera historia romana, que se caracteriza por la sobriedad expresiva y por su concisión, iba dirigida, por lo tanto, a los griegos y a unos pocos romanos cultos que conocían y hablaban griego. Es una historiografía con una función diplomática. Entre los siglos III y II a.e.c. los romanos sienten como imprescindible evocar las hazañas del pasado, con un propósito propagandístico: demostrar a los griegos que Roma fue leal con sus aliados, y que las guerras que tuvo que llevar a cabo fueron de carácter defensivo. La analística tiene como una de sus funciones justificar el imperialismo expansivo romano, haciendo entender que la hegemonía de Roma es beneficiosa para el mundo, en tanto que garantiza la paz.

El primer relato histórico y el primer historiador romano (siglo III a.e.c.), serían Annales y Fabio Pictor, respectivamente. Contaba como fundamento o fuente con la tradición oficial de los Annales Pontificum. Trata los orígenes (arché) y la fundación (ktísis) de Roma, luego refiere un periodo intermedio y, posteriormente, detalla los acontecimientos desde la primera guerra púnica. Sigue a Timeo y otros historiadores griegos que se orientan a escribir sobre los orígenes de pueblos y ciudades, y que se han interesado por los inicios de Roma, esbozando su leyenda. La finalidad de Fabio Pictor pudo haber sido la de ofrecer una versión positiva de Roma, alabando a Roma y justificando, en consecuencias, sus guerras emprendidas.

Bibliografía básica

BERNAGOZZI, G., La Storiografía romana dalle origini a Livio. Annalisti e autobiografi, Bolonia, Riccardo Patron, 1963.

CORNELL, T. J., “The formation of the historical tradition of early Rome”, Moxon, S. & Smart, J.D. & Woodman, A.J., (eds.), Past Perspectives. Studies in Greek and Roman historical writing, Cambridge, University Press, 1986, pp. 67-86.

GRANT, M., Historiadores de Grecia y Roma: información y desinformación, Alianza Editorial, Madrid, 2003.

LÓPEZ LÓPEZ, M., La historiografía en Grecia y Roma: Conceptos y autores, Departamento de Geografía e Historia, Universidad de Barcelona, Lleida, 1991.

TIMPE, D., “Fabius Pictor und die Anfánge der rómischen Historiographie”, ANRW 1, 2, Berlín, 1971, pp. 928-969.

VERBRUGGHE, P. G., “On the meaning of Annales, on the meaning of Annalist”, Phil., 133, 1989, pp. 192-230.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-AVECH-AHEC-UFM, noviembre, 2025.

29 de abril de 2024

La Historia en Polibio y Tito Livio. Una doble visión


Imágenes, de arriba hacia abajo: Polibio representado en un relieve sobre una estela, por Kleitor. Siglo II a.e.c. Museo de la Civilización Romana, Roma; y Busto de Tito Livio, obra de Andrea Briosco (hacia 1567).

Polibio, originario de Megalópolis (Peloponeso, Grecia, entre 209-208-122 a.e.c., fue un reconocido historiador griego que sería llevado a Roma como rehén, después de la batalla de Pidna, en la que el cónsul romano Paulo Emilio venció a Perseo, rey de Macedonia. Desempeñó el importante cargo de estratego y recibió una sólida formación filosófica y literaria. En tal sentido, en su obra menciona a poetas como Homero, Simónides o Píndaro, y tenía un conocimiento profundo de la literatura griega y de los historiadores griegos clásicos; esto es, Herodoto, Tucídides y Jenofonte.

Su concepción historiográfica era la peripatética de Aristóteles, de Teopompo y de Dicearco. Polibio pasa a la posteridad por escribir sus Historias. En ella Polibio historia los sucesos comprendidos entre la Primera Guerra Púnica, 265 a.e.c., y la destrucción de Corinto en 146 a.e.c., final de la Tercera. En la historiografía de la Antigüedad, Polibio ocupa un lugar primordial por su concepción de la historia y por su específica manera de interpretarla.

Desde el principio de la obra dejó claro el objeto de su estudio, que es, única y exclusivamente, escribir cómo, cuándo y por qué todas las partes del mundo conocido habitado cayeron bajo la dominación romana. Entiende las causas como los antecedentes que conducen a los juicios y las opiniones. Su concepción historiográfica se muestra teñida de una gran dosis de intelectualismo. Concede especial importancia a las constituciones políticas (fundamentadas en las costumbres y las leyes), entendiendo que si las costumbres y las leyes eran acertadas, la constitución sería atinada y, con ello, las personas, rectas.

Defiende que la causa suprema, tanto del éxito como del fracaso, es la estructura política, pues de la misma surgen todas las intenciones y proyectos de los actos. Las constituciones originarias eran la realeza, la aristocracia y la democracia, aunque también habla de unas constituciones degeneradas (tiranía, oligarquía y oclocracia) a partir de cada una de las primeras. Asimismo, examina otra constitución: la Monarquía. Esta teoría centrada en la idea de que todo régimen político tiende a degenerarse se denomina anaciclosis (anakyklosis, ἀνακύκλωσις) que describe una sucesión cíclica de regímenes políticos.

Polibio menciona la historia pragmática, y cita los tres tipos de narraciones históricas: la genealogía; la fundación de colonias, y las acciones de los pueblos, de los estados y de los políticos. El historiador entiende por historia pragmática la narración de las acciones que han hecho los pueblos y sus dirigentes. La historia, así, es útil al enseñar la actuación de los estados y de los personajes históricos. Para Polibio la historiografía pragmática implica la narración de los hechos políticos y militares encuadrados en la triple dimensión de modo, tiempo y causa. Esta historia pragmática comprende tres aspectos; la información ofrecida por las fuentes escritas y su yuxtaposición; la visita a diversos países y ciudades, con la finalidad de conocer las peculiaridades de cada uno de ellos; y la actividad política.

Sin embargo, de forma irónica, en la concepción historiográfica de Polibio, también la Fortuna desempeña un papel de primer nivel, por que dice que es determinante del destino humano. Los acontecimientos de un período concreto dependen de dos factores. De un lado, de la Fortuna; del otro, de Roma; de esta última porque se encuentra dotada de una excelente constitución histórica, y en ella abundan personas llenas de proyectos.

Finalmente, Polibio distingue en su obra fundamental historia universal e historia particular. No rechaza emplear discursos, aunque limita su incorporación porque entiende que el historiador no debe presumir en su obra de orador.

Tito Livio, natural de Patavium, vivió entre 64 a.e.c. y 17, siendo un historiador latino que vivió en Roma desde el 30 a.e.c. Inicialmente se interesó por la retórica, como la mayoría de los historiadores romanos. Es el autor de la célebre gran historia de Roma, Ab urbe condita libri (o las Décadas), que abarca desde la fundación de la ciudad (en 753 a.e.c. según la tradición), hasta el año 9 a.e.c. Para la confección de esta magna obra utilizó archivos así como historiadores antiguos (aunque casi no los cita), lo que hace que la obra carezca de cierta fiabilidad respecto a algunas épocas específicas. Intercaló pequeñas reflexiones en medio de la narración, de tono épico y dramático.

Livio concebía la historia desde un punto de vista moral y, en tal sentido, más que una obra científicamente construida, es la aportación de un poeta que canta y glorifica el esplendor del pueblo romano. No obstante, sirvió de modelo a historiadores posteriores, influyendo en los poetas épicos. Su conservadurismo es consecuencia de una ética patriótica, en la tradición de Virgilio o de Horacio, como glosador de las glorias republicanas y, al mismo tiempo, de la paz restaurada por Augusto.

Livio ordenó la historia año a año, siguiendo la tradicional técnica analítica. Se fundamentó en historiadores como Polibio, alternando, sin mezclarlos, hechos civiles de carácter político y social con episodios militares o diplomáticos. En no pocas ocasiones se valió de un estilo propagandístico y moralizante para exaltar el pasado de Roma. En su narración recurre a los discursos, a la descripción de personajes y a ciertos episodios de fuerte carácter dramático. Hay que remarcar que nunca tuvo una concepción científica del trabajo historiográfico, en tanto que su ideal no era la búsqueda ni la crítica de documentos, sino fusionar la tradición literaria en una unidad armónica.

El valor histórico de la narración depende del valor de las fuentes, que Livio reelaboró con libertad, sin tener en cuenta su propio valor intrínseco. Allí donde descubría contradicciones o falsificaciones, simplemente indicaba las distintas opiniones o sus dudas al respecto, pero no las discutía ni las sometía a crítica alguna.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, abril, 2024.

 

5 de diciembre de 2022

Vídeo. Serie Hablemos de mitos: Mito cultural del celtismo


Nuevo programa de la serie que se titula ¿Y si hablamos de mitos?, en el canal Hablemos de mitos. En esta oportunidad Mito cultural del celtismo. Se aborda la creación de mitos referenciales para varios nacionalismos, así como las corrientes y tendencias que se basan en aspectos misteriosos, místicos, románticos, con escasa fundamentación histórica. No obstante, también se refieren los elementos históricos presentes en la configuración de los se ha denominado el mundo céltico, en realidad una serie de espacios con sus peculiaridades (Galia, Britania, Hispania, Gálatas). Espero sea útil y sirva de aliciente a las personas interesadas en las temáticas relativas a los mitos. 

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-AEEAO-UFM, diciembre, 2022. 
 

22 de julio de 2021

Influencias orientales en la mitología y religión griegas. Una visión historiográfica

No es ya discutible hoy la influencia oriental (Mesopotamia, Próximo Oriente, Anatolia) sobre el ámbito cultural griego en aspectos como las ciencias, el arte, el comercio o la filosofía. No obstante, los campos en los que los paralelismos existentes entre el mundo griego y el oriental han llamado poderosamente la atención de los investigadores y estudiosos ha sido el de la mitología, tal como aparece reflejada, naturalmente, en la literatura, y el de la religión, sobre todo después del desciframiento de los textos mitológicos hititas y de la literatura ugarítica. En los años treinta del pasado siglo fue Franz Dornseiff uno de los primeros clasicistas que apostó, aunque no exento de cierta polémica, por el estudio de las formas paralelas de la poesía griega y la oriental, babilonia o fenicia, contribuyendo con una importante lista de préstamos griegos tomados de Oriente.

Sería la publicación del texto hitita Reinado del cielo, que menciona la castración de la deidad celestial por Kumarbi, la que acabaría siendo un notable punto de inflexión en función de las evidentes similitudes que ofrecía con el mito griego de Urano y Cronos tal y como se refleja en la Teogonía hesiódica. Otros trabajos pioneros relevantes fueron los de Peter Walcot sobre la relación entre la poesía de Hesíodo y Oriente Próximo, así como el enorme compendio sobre las relaciones de la mitología y la literatura griegas con las de Oriente Próximo de Martin West. Esta íntima relación entre los mitos griegos y los del Oriente Próximo fue explorada también en la segunda mitad del siglo xx por la investigadora francesa Jacqueline Duchemin, el historiador suizo de la religión griega Walter Burkert o la estudiosa española Carolina López Ruiz, por mencionar solamente algunos nombres de prestigio.

Debe mencionarse, del mismo modo, la sustancial contribución egipcia al desarrollo de la religión griega arcaica y clásica. En tal sentido, sobresale la arqueóloga estadounidense Emily Vermeule quien identificaba como préstamos procedentes de Egipto ideas griegas como la geografía del mundo subterráneo (modelada como un palacio de un reino de la Edad del Bronce) y la figura de Caronte, el peso de las almas de los muertos, o el concepto de los bienaventurados y su denominación (Makares), equivalente al egipcio Maakherou, alma en forma de ave. Incluso los juegos de mesa por parte de los difuntos también habría tenido su origen en las tierras del Nilo. El reconocido Walter Burkert sumaría el motivo del fuego dador de vida, idea que desempeña un rol relevante dentro del mito de los misterios de Eleusis.

La serie de comparaciones al respecto de las distintas realizaciones entre las culturas orientales y entre éstas y la griega se vio además facilitada por los muy sesudos estudios de ciertos indoeuropeístas de indudable prestigio, como es el caso, por ejemplo, de Jaan Puhvel.

A estos aspectos reseñados ha de sumarse también una determinada tendencia a desacralizar la cultura griega de parte de unos pocos reputados helenistas que han querido detectar la presencia de elementos “distorsionadores” dentro de un luminoso (e idílico) marco generado por los promotores del ideal milagro griego, presidido por la racionalidad, la armonía y el equilibrio. En semejante dirección se tiene que mencionar el celebérrimo trabajo de Eric Dodds, Los griegos y lo irracional, que se centraba en mostrar la cara oculta de la mentalidad griega, destacando la presencia y relevancia de determinadas formas de culto muy impregnadas de aspectos irracionales. En la misma línea se hallan los trabajos de la escuela de París, a cargo de los afamados Marcel Detienne y Jean-Pierre Vernant, quienes siguiendo los pasos del antropólogo Louis Gernet, pusieron de relieve las facetas de la cultura griega que no se ajustaban al esquema racionalista y modélico diseñado desde una clara óptica clásica idealizante.

A pesar de la creciente cantidad de evidencias que apuntan al reconocimiento de la influencia de las civilizaciones orientales en la formación de la cultura griega en determinados momentos de su desarrollo, han existido  resistencias por parte de algunos especialistas. Estos estudiosos se niegan a asumir la susodicha dependencia, argumentando disímiles y complejas estrategias para paliar los efectos de la misma si no queda más remedio que asumir tal posibilidad histórica. En ese orden de acontecimientos, cobró fuerza la idea de separar el legado mitológico griego del de sus vecinos orientales, sobre todo de la mano de renombrados estudiosos de la filología clásica, caso de U. Wilamowitz, M. Müller, Ch. G. Heyne o Friedrich Welcker. Aunque se maquillaban simplemente determinadas tendencias ideológicas antisemitas, la principal estrategia académica consistía en apuntalar el bien conocido ideal del genio griego particular, capaz de articular y generar por sí mismo las ingeniosas narraciones que han trascendido como mitos gracias a la tradición literaria  que  ha sobrevivido. Estos especialistas, herederos intelectuales de los conceptos de Winckelmann, fueron personalidades de gran erudición filológica, capaces de configurar el mito de la autarquía creativa-intelectual helénica, que marcaría a fuego al neohumanismo alemán originando el etéreo “milagro griego”.

La contribución oriental a la cultura griega se llegó a minimizar hasta el paroxismo. Quedaría reducida a unas pocas costumbres, habilidades manuales, fetiches, ornamentos anticuados y utensilios específicos de unas repelentes divinidades. Algunos, como Julius Beloch, acabarían negando de forma drástica la presencia oriental (en un marco genérico de antisemitismo, hay que remarcar), así como la posibilidad de que en las leyendas pudiera encontrarse cualquier atisbo de realidad histórica, relegando al terreno de la mera fantasía insustancial cuestiones como el Cadmo fenicio o el Heracles de Tasos. Llegó a sostener incluso que los fenicios fueron solo un pueblo oriental de carácter mítico (denominación heredada de Phoenix, divinidad solar con credencial  de existencia histórica), que ulteriormente serían identificados con los habitantes de la costa del Levante oriental en el periodo arcaico griego.

Similares reacciones de esta suerte de negación radical de influencias orientales se oficializaron sin rodeos en terrenos como al arte o la filosofía (Eduard Zeller, Robert Cook o John Boardman, por ejemplo).

El ámbito clasicista fue el propiciador de ese modelo ideal, abstracto, denominado ”milagro griego”, en el sentido de la plasmación de un espíritu o genio específicamente helénico que marcaría todas las creaciones surgidas en el ámbito de la civilización griega con un sello distintivo propio, incomparable con el de otras culturas de la Antigüedad. Semejantes ideas fueron expuestas en obras de historiadores como Jacob Burckhardt, en trabajos de helenistas alemanes como Helmut Berve, Werner Jaeger y V. Ehrenberg, empeñados en descubrir valores y esencias protitípicos de la helenidad, así como en otros autores, de la talla de Johann G. Droysen o Victor Duruy.

En fechas ya bastante recientes (fines de los años ochenta del pasado siglo), se reabrió el debate (nunca realmente finalizado), sobre las relaciones entre la cultura griega y las civilizaciones orientales, gracias al seminal libro de Martín Bernal (Atenea Negra. Las raíces afroasiáticas de la civilización clásica), que provocó la reacción de quienes defendían los cimientos sobre los que se asentaba el predominio intelectual y educativo de la cultura clásica. El fin primordial, en consecuencia, era establecer el concepto de identidad griega nacional a modo de modelo de civilización autónoma y autosuficiente. En esta obra (hoy justamente desautorizada) se defiende la influencia ejercida por fenicios y egipcios sobre el mundo griego en el II milenio a.e.c., a través de oleadas invasoras y colonizaciones llevadas a cabo por egipcios y semitas en el Egeo hacia fines de la Edad del Bronce. Tales acontecimientos habrían quedado fijados de manera imborrable en las leyendas y mitos griegos.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, julio, 2021.