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23 de abril de 2026

Tradición mítica, historiografía y arqueología: el mito de los gemelos romanos



Imágenes, de arriba hacia abajo: sextante republicano, del último cuarto del siglo III a.e.c., con la loba Luperca y los gemelos en el reverso. En el anverso, un águila de pie a la derecha, sostiene una flor en el pico; detrás, dos perdigones. En la leyenda se lee Roma; representación del lupercal, con Rómulo y Remo amamantados por la loba y rodeados por representaciones del Tíber y el Palatino. Panel de un altar dedicado a Marte y Venus, de finales del reinado de Trajano (98-117), luego reutilizada en la época de Adriano (117-132) como base para una estatua de Silvano. Procedente del pórtico de la Piazzale dei Corporazioni en Ostia Antica, y hoy en el museo del Palazzo Massimo alle Terme de Roma; y Rómulo y Remo, obra mitológica del pintor barroco Peter Paul Rubens, datada hacia 1616.

Si bien los griegos tenían la noción de preexistir antes de que se formasen las poleis, lo cual implicaba una identidad étnica, los romanos no existían hasta la época en la que Rómulo fundó la ciudad de Roma, la organizó y la confirió un conjunto de leyes que permitieran la convivencia social. Este factor sería el rasgo de identidad romano.

En el famoso mito de los gemelos, Remo y Rómulo, existe un evidente protagonismo de la vida pastoril y del ganado, rasgos que encajan con la arcaica fase de la Edad del Bronce, etapa en que la comunidades eran asentamientos temporales asociados con el movimiento del ganado siguiendo el ciclo estacional. Este tipo de ocupación coincide con los primeros vestigios arqueológicos, datados a partir de 1600 a.e.c., hallados en las colinas romanas.

Con anterioridad a la fundación realizada por Rómulo habría, según la tradición, un mítico primer asentamiento prerromano en el Palatino. Se trata de una ciudad, de nombre Palantea, fundada por un héroe griego huido desde la región de Arcadia, llamado Evandro, que sería recibido con honores por el rey Fauno. Evandro se habría encargado de enseñar los cultos a deidades como Deméter o Posidón, las notas musicales o el arte de la escritura. Virgilio y Tito Livio ubican en el tiempo de este héroe civilizador y fundador la presencia de Hércules en este asentamiento prerromano. Evandro habría conocido a Hércules gracias a la habilidad profética de su madre Carmenta, quien habría vaticinado la erección de un altar en honor de esta figura semidivina. El propio Hércules erigiría el altar y haría el primer sacrificio de un buey en presencia no solamente de Evandro sino también de las familias de los Pinarios y los Poticios. Este altar se convertirá en uno de los señalamientos topográficos referenciales que Rómulo empleó en la fijación de los límites del pomerium de la primera Roma (la tradicional Roma Quadrata que apuntó Tácito en su obra Annales.

Este mito se recordaría, con antelación a la historiografía, en el ritual y en la topografía urbana. Ciertas festividades del calendario romano, particularmente asociadas al ganado y a los mecanismos para su protección, se vinculan a los gemelos y a la fundación de la Urbs. Es el caso de los Lupercalia, cuyos protagonistas principales eran los sacerdotes lupercos. Estos hacían un sacrificio de una cabra en la cueva del Lupercal y se desplazaban casi desnudos alrededor del Palatino. Estas fiestas tendrían un carácter gentilicio puesto que tales lupercos pertenecerían, en sus orígenes, a un par de clanes aristocráticos, denominados Quinctilios y Fabios.

Otro ejemplo destacable es la fiesta de los Parilia, en las que el elemento ritual principal consistía en que el ganado y los campesinos tenían que saltar por encima de hogueras encendidas. Esta ceremonia reflejaría la acción que los primeros habitantes de Roma tuvieron que llevar a cabo al abandonar y quemar sus viviendas para trasladarse a un sitio nuevo.

Estas festividades podrían ser un indicador de que la población urbana mantendría viva una memoria oral de los gemelos del mito por medio de recrear y revivir la época en la que habrían existido.

Por otra parte, hay que recordar que la fundación de la ciudad cuenta con unos límites espaciales definidos, en específico el Palatino, monte en que se encontraba la caverna conocida como cueva del Lupercal, lugar en el que la loba habría amamantado a los gemelos, al lado de una higuera consagrada a la arcaica diosa Rumina, protectora del nacimiento y amamantamiento de infantes. En 296 a.e.c. se monumentaliza el lugar con una estatua del animal y de Rómulo y Remo. Dicho monumento aparecerá representado en alguna moneda de plata del siglo III a.e.c., como es el caso del didracma (serie romano-campana), en cuyo reverso se muestra a la loba amamantando a los gemelos y en el exergo la leyenda ROMANO. Hay que reseñar que los mismo romanos identificaban en la ladera del Palatino la que habría sido la casa de Rómulo.

En términos generales, la fundación y formación de Roma es bastante diferente al mito de su fundación, tal y como se recogen en las diversas variantes existentes en las fuentes escritas antiguas. El registro de la arqueología muestra un asentamiento proto urbano unificado que se modificó en el Palatino, extendiéndose hacia el Quirinal y el Esquilino, a lo que se añadiría el Comitium, el Foro, Arx y Capitolio a mediados del siglo VIII a.e.c. En la tradición literaria, la memoria de los orígenes aparece en dos variantes principales. En la primera, se habla de la fundación de la ciudad en un espacio desértico; mientras que en la segunda se afirma que la fundación de la ciudad se produjo en un sitio donde ya pre existía un asentamiento antiguo, conocido como Septimontium. Como se puede apreciar, este segunda variante podría encajar de mejor grado con los datos proporcionados por la arqueología.

La pregunta pertinente aquí sería averiguar por qué parte de la tradición era afín a la noción de una fundación nueva, ex novo. Tal vez, el mito oficial de la fundación de Roma sintiese la imperiosa necesidad de hacer sobresalir la hazaña, cuasi heroica, del fundador, a lo cual se añadiría la asociación, prestigiosa, con el ámbito griego y troyano de Eneas y su familia exiliada tras la destrucción de la célebre Ilión.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AVECH-AEEAO-AHEC-ICA-UFM, abril, 2026.

7 de marzo de 2025

Monstruo y mitología griega en el arte antiguo: Polifemo



En esta breve aproximación a los seres monstruosos de la mitología griega reflejados en las artes, veremos tres interesantes representaciones visuales con el cíclope Polifemo como protagonista principal. La primera, es un mosaico del siglo IV, del vestíbulo septentrional de la Villa Romana del Casale, cerca de Piazza Armerina, en la isla de Sicilia.

Aquí, Polifemo, en una versión que le figura con tres ojos, está rodeado de su rebaño, y aparece con un carnero eviscerado sobre una de sus rodillas. Se representa un específico instante significativo, pero no convencional, que produce en el espectador un efecto excitante. Recibe una copa de vino de manos del siempre astuto Odiseo. Esta imagen ofrece la evocación más detallada de la cueva de los cíclopes que existe en el arte antiguo.

El cíclope lleva puesta encima una piel de ciervo como capa, lo que sugiere (como devorar la carne cruda) que es una criatura incivilizada, salvaje, bárbara, que no es hábil en las artes del tejido y que habita una cueva, como un animal. Mientras, la persona que le ofrece la copa de vino (Odiseo) porta una túnica corta, lo que india su procedencia de un ambiente más civilizado, al igual que los dos hombres de la esquina superior izquierda, que están preparando el vino.

Una de los carneros del rebaño de carneros y ovejas de Polifemo, que parecen pastar hierba a la entrada de la cueva, mira hacia el cíclope, estableciéndose una conexión. Aunque nada dramático está ocurriendo, los conocedores de la historia mítica de Odiseo y Polifemo saben que algo realmente dramático va a acontecer. Existe, por tanto, cierta emoción, pues el observador sabe que las consecuencias de esta aparentemente amistosa invitación a beber vino, serán terribles para Polifemo.

La segunda, es una pintura mural en la Villa de Agripa Póstumo, en el municipio de Boscotrecase, en Campania, concretamente en el panel del cubículo 19 de la llamada Habitación Mitológica. En un paisaje a la vez rocoso y marítimo se observa en el centro y a la izquierda, un Polifemo desnudo, con una flauta de pastor, que está sentado en un peñasco rodeado de su inseparable rebaño, mientras que la ninfa Galatea (sobre este personaje Luciano de Samósata, en Diálogos de los dioses marinos, Filóstrato en Imagines, Filóxeno de Citera, en Galatea, Teócrito en Idilios, el comediógrafo Nicócares, en Galatea, el poeta lírico Timoteo de Mileto, u Ovidio en Metamorfosis), se posa con tranquilidad sobre un delfín.

Esta nereida siciliana, objeto del deseo de Polifemo, rechazó al monstruo por el pastor Acis (luego deidad del río con esta mismo nombre). El cíclope, sin pensarlo mucho, le mató con una enorme piedra. No obstante, según Apiano en Historia Romana (en el libro V), Galatea y Polifemo tuvieron descendencia, que serían los epónimos de gálatas, celtas e ilirios (Galas, Celto e Ilirio, respectivamente).

No obstante, no hay ningún indicio de proximidad afectiva entre la singular pareja. A la derecha, a lo lejos, se observa otra viñeta de la historia de Polifemo, en tanto que se dispone a arrojar una roca a un barco que zarpa, presumiblemente el de Odiseo, en venganza por su cegamiento.

La tercera, se trata de una crátera cáliz de figuras rojas de Lucania, en el sur de Italia, fechada entre 415 y 410 a.e.c., del Pintor de los Cíclopes, que actualmente se encuentra en el British Museum londinense.

Muy probablemente la secuencia escenográfica estuvo inspirada en la única obra satírica de Eurípides que ha llegado hasta nosotros, titulada Cíclopes. En el centro de la escena, Polifemo duerme; un brazo se halla ubicado encima de su cabeza, mientras que el otro se apoya, con el codo, sobre el suelo, una forma habitual de representar figuras masculinas durmiendo en los sarcófagos. A su lado, una copa que debía contener vino. El cíclope posee un gran ojo abierto en el centro del entrecejo, mientras otros dos ojos normales están cerrados.

En la parte superior, Odiseo dirige a otros tres hombres que preparan el árbol que será usado para cegar al hijo de Posidón. Mientras, a la derecha, algunos sátiros con cola de caballo, parecen perturbar la acción. En la obra de Eurípides, los sátiros se ofrecen a ayudar a cegar el ojo del cíclope, aunque en el momento más crítico les falla el coraje necesario. Aunque todo acaba resolviéndose del modo habitual, el tono de la representación es más cómico que heroico.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, marzo, 2025.

9 de junio de 2019

Arte romano: mosaicos de la Villa de Noheda (Cuenca)




La Villa de Noheda, en Cuenca, está a punto de consolidar y abrir al público, una villa romana del siglo IV, un enorme complejo residencial  propiedad de un gran dominus, en lo que es un magnífico ejemplo de urbes in rure (esto es, ciudades en el campo) de la romanidad tardía. Contiene una espectacular, y casi única, muestra de mosaicos, además de varios ejemplos de estatuaria en mármol. Entre los mosaicos, estos dos que se muestran en las imágenes pueden ser ilustrativos. Por un lado, un cortejo dionisíaco en el triclinium en el que se observan varios personajes, entre los que destacan músicos, sátiros y Sileno en forma de un anciano montado sobre un asno; en el otro, tres cabezas cortadas, todavía sangrientas y colgadas de unos ganchos, de tres de los pretendientes de la mano de Hipodamia, hija del rey Énomao. Casi parecen de uso decorativo. El mito griego nos cuenta que será Pélope el que consiga vencer al rey, si bien con trampas, pues soborna al auriga del soberano, de manera que logra una victoria que nadie conseguía, obteniendo en recompensa a la princesa como esposa.

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, junio, 2019

22 de junio de 2018

Monedas de la antigüedad (II): solidus de oro




En la doble imagen, anverso y reverso de un magnífico sólido de oro, datado entre 407-408, emitido por el usurpador Constantino III (reinado entre 407-411). La moneda, procedente de la ceca de Lugdunum en la Galia, está hoy en el Museo Municipal Quiñones de León en Vigo. En el anverso, la leyenda DN (Dominus Noster) CONSTANTINUS PF (Pius Felix) AUG, con el busto del emperador coronado con diadema y portando coraza y palludamentum; en el reverso, la misma leyenda con LD y COMOB en el exergo de la pieza. Las imagen muestra al emperador victorioso apoyado en una columna, mientras que en su mano izquierda sostiene un globo sobre el cual aparece una Niké que corona al emperador con lo que parecen laureles. El emperador pisa a un prisionero con el pie izquierdo. La leyenda AAAVGGG refiere la presencia de varios Augustos (característica del sistema tetrárquico que impuso Diocleciano muy a fines del siglo III). La abreviatura DN, de Dominus Noster es una fórmula que sustituye a la anterior DIV o IMP, una vez que el cristianismo se impone. COMOB en el exergo es una indicación de una emisión imperial (COM, Comitatus) y de oro (Obryziacum aureum), una expresión que si no estoy confundido, remite a Constantinopla como ceca emisora. Las letras LD en el reverso indican, claramente, la ceca de Lugdunum. No está de más señalar que el solidus se acuña por vez primera en 311, con Constantino (I). Gracias a su “solidez” se continuó emitiendo hasta la medievalidad como moneda para las grandes transacciones.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Junio, 2018


3 de abril de 2018

Arte y mitología: Sarcófago Velletri



La imagen corresponde, en esta ocasión, al sarcófago Velletri (su nombre deriva de la comunidad donde fue hallado, en el Lazio). Se encuentra expuesto en el Museo Civico Archeologico Oreste Nardini, y ha sido datado entre 135 y 140. Se puede destacar la división del campo en múltiples registros, así como el empleo de la arquitectura para separar y organizar escenas, un aspecto propio de las escuelas escultóricas de Asia Menor. Se incluyen una variedad de temáticas mitológicas, entre las cuales se destacan los trabajos de Heracles, Proserpina y el mito de Alcestis. La tapa del sarcófago se diseñó con un tejado, transformando así el mismo en un imaginario e hipotético templo. Pueden haber sido seleccionadas las figuras para reflejar el deseo por la vida después de la muerte. En el mito griego, Proserpina (Perséfone) y Alcestis retornaron del inframundo, mientras que en el siglo III, el gran héroe griego Heracles, en el Himno a Hércules, es referido como padre del tiempo, inmortal y aquel que desarma a la muerte, toda una serie de epítetos que evocan su habilidad para traer los muertos de nuevo a la vida.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB, Caracas. FEIAP-UGR, Granada. Abril, 2018.

2 de julio de 2017

Muerte e inframundo en la antigua Roma




  
Imágenes (de arriba hacia abajo): inscripción funeraria del altar de Quinto Fulvio Fausto y Fulvio Prisco. Siglo I. Museo Nazionale Romano; relieve en mármol de Amiternum en la que se representa la pompa funebris de un entierro. Museo Aquilano, siglo I a.e.c.; y urna cineraria del Museo de Arqueología de Palermo, que reza: D(is) M(anibus) S(acrum) L(ucio) CORNELIO LAETO FILIO  DVLCISSIMO QVI VIX(it) AN(nos)  XVI M(enses) II D(ies) XXIIII SER(vius) CORNEL(ius) LAETVS PAT. FEC.

El significado social del mundo de la muerte en la antigüedad romana solamente puede conocerse gracias a determinada documentación literaria y epigráfica (inscripciones funerarias), la presencia de monumentos históricos y necrópolis (tipos de tumbas, ajuares funerarios), a la ritualidad que envolvía el duelo así como a la interpretación de los mitos.
En la antigüedad los dos temas básicos en los que se centraron los relatos épicos y mitológicos fueron la adquisición de la inmortalidad y la búsqueda de la eterna juventud[1]. En el trasfondo de tal búsqueda se encuentra la preocupación por la muerte, tal y como muchos mitos han reflejado de modos variados (Gilgamesh, Orfeo, Heracles).
En términos generales, los mitos de la muerte en la mitología afirmaban que las almas de los difuntos viajaban al mundo subterráneo de Plutón y Perséfone, guiadas por Mercurio, la deidad psicopompa. Se veían obligadas a atravesar la laguna Estigia en la balsa conducida por Caronte. El mundo subterráneo tenía en su entrada un temible custodio, el Can Cerbero. Una vez en el inframundo, se llevaba a cabo un juicio a las almas. Después del veredicto eran trasladadas a siete regiones, según fuese el caso. La primera estaba destina a los infantes no natos, que no eran  juzgados; en la segunda moraban los inocentes condenados injustamente; la tercera correspondía a los suicidas, mientras que la cuarta, denominada Campo de Lagrimas, era la zona en la que permanecían los amantes infieles; la quinta estaba habitada por héroes crueles, en tanto que la sexta era el famoso Tártaro, lugar en el que se procedía a castigar a los perversos; y finalmente, la séptima correspondía a los Campos Elíseos, sitio de morada de las almas bondadosas, en la felicidad eterna.
Si bien ya los pitagóricos mencionan el alma, será Platón quien ofrezca la posibilidad de una esperanza ante la muerte. Lo mortal y lo inanimado es el cuerpo físico, mientras que lo animado, el ánima, es lo que pervive, el alma. Las almas transmigran, idea que también defiende Ovidio (Metamorfosis XV, 165-166), Salustio (Sobre los dioses y el mundo, 20-21) y Virgilio (Eneida, VI, 730-750). Este último señala que el alma, al morir, ascendía por mediación del aire, para luego atravesar las aguas que había sobre el aire y, al fin, recorrer la atmósfera que está expuesta a los rayos solares. Tal viaje suponía una purificación del alma mediante los elementos, el aire, el agua y el sol (fuego), de modo que pudiese lograr estar limpia (purificada) para acceder al Elíseo. En el Elíseo podía permanecer o también ser conducida al Leteo (olvido), para afrontar una nueva existencia terrenal.
También Cicerón, en Sueño de Escipión (Sobre la República, VI, 13-26) defendía la permanencia y, por consiguiente, la inmortalidad del alma. Para los estoicos, como Séneca, el alma es aquello que el ser humano tiene de racional y divino. Es la que ayudada por la filosofía, nos hará resistir a la fortuna y saber, por tanto, afrontar la muerte.
Por el contrario, los epicúreos negaban la inmortalidad. El espíritu que confería vida se disolvía en el aire y se perdía para siempre tras la muerte. Ello implicaba que las personas no tenían, entonces, por qué temer el mundo del más allá, de modo que podían dedicarse a disfrutar de este.
No hubo conceptos concretos en el mundo romano en relación a en qué se convertían los difuntos después de fallecer. En cualquier caso, la tradición romana vislumbra la existencia de los espíritus de los muertos. Se trataba de los Dii parentes et Manes, íntimamente asociados a los Genii. Tales genios permanecían activos durante la vida, diferenciándose por sus valores morales, que se prolongaban tras su muerte. Dichos genios continuaban habitando en las sepulturas un factor que motivó su identificación con la osamenta, las cenizas e, incluso, con los propios sepulcros.
Los autores antiguos presentan disparidades en relación a la entidad en la que se trasformaba el ser humano con posterioridad a la muerte del cuerpo. En tal sentido, existieron distintas denominaciones. El Genius del difunto se relacionaba con el vocablo Manes (los ilustres), emparentado, a su vez, con Lares, Penates, Larvae y Lemures. La profusión de denominaciones demuestra la existencia de la creencia en la inmortalidad del alma tras la desaparición del cuerpo.
Aquellos difuntos bondadosos, que velaban por sus descendientes se denominaban Lares familiares, mientras que los inquietos, perturbadores o sencillamente nocivos, y que, además, asustaban con apariciones nocturnas, se llamaban Larvae. Si no se sabía con seguridad en qué se había convertido el alma del fallecido se nombraba Manes[2]. Manes eran, en general, los espíritus de los muertos. Los Manes familiares eran aquellos difuntos que pasaban a formar parte del conjunto de espíritus, metamorfoseados en divinidades. Se puede decir que era la sombra del difunto, su espíritu santificado por el deceso y, en consecuencia, proclive a ser objeto de veneración y respeto, aunque al tiempo de temor y ofuscación a lo desconocido.
De una manera o de la otra, lo cierto era que había que distinguir entre genios buenos y malos. En tal sentido, las almas de los difuntos eran “dioses” de los muertos o, en todo caso, entidades que se hallaban en el mundo de los muertos, al lado de las divinidades infernales (Orcus, por ejemplo). De esta forma, los Manes podían ser identificados con esas deidades.
Desde la época de Augusto, algunos autores, sobre todo Virgilio, emplearon el término
Manes para detallar a ciertas divinidades infernales y sombras de los muertos. Servio, por su parte, menciona que en tanto los dioses celestes eran los de los vivos, las otras deidades, en concreto, los Manes, eran los dioses de los muertos. Serían, entonces, unos dioses secundarios, que dominaban las tinieblas nocturnas. Se podría decir, al modo de Tácito (Vida de Agrícola), que eran sombras, espíritus fantasmales[3].  
En términos generales, el hombre común no sabía con exactitud el significado de los Manes; esto es, si representaban el alma del difunto, o se trataba de deidades de ultratumba. En las inscripciones funerarias se mencionan estas divinidades sin precisar ni carácter, ni funciones ni atributos particulares. En ocasiones aparecen al lado de D.M. o Dis Manibus, epítetos, como inferi (con lo cual se implicaría su calidad de dioses de ultratumba protectores de los fallecidos), y  unas pocas veces otros como sacer o castus[4].
Para algunos autores, como Apuleyo, el espíritu humano, después de haber salido del cuerpo, se transformaba en una suerte de demonio que los antiguos llamaban Lemures.
En los funerales era imprescindible que se tributara los honores debidos al fallecido (Iusta). Si se producía algún olvido o una irregularidad, el difunto se convertiría en un fantasma que no descansaría hasta que sus allegados o parientes le hicieran la debida  justicia. Esa necesidad de unos ritos funerarios que atendieran al difunto se continuaba tiempo después de la inhumación para asegurar su descanso eterno. Existía, entonces, la necesidad de que se recordara al difunto, se dejara constancia de su existencia y se le rindiera culto a su numen (y a su nomen) para que perviviese en la memoria eterna.
Un relevante número de rituales se orientaban más hacia el objetivo de apaciguar los componentes malignos de los difuntos que hacia una imprescindible súplica como deidades activas. En todos los casos, se inmolaban víctimas, se realizaban juegos, combates de gladiadores como homenaje, se ofrendaban alimentos en la tumba en determinados días concretos[5] (cumpleaños, día de difuntos) y se conformaba un ajuar de diversos objetos.
La muerte se concebía en la antigua Roma como un acto social y, en cierta medida, público. El tiempo de luto para los familiares directos era de diez meses. El funeral (funus) comenzaba en casa del difunto. La familia acompañaba al moribundo a su cama y le daba un último beso para retener así el alma que se escapaba por su boca. Después de producirse el deceso, se le cerraban los ojos y se le llamaba tres veces por su nombre para así corroborar que realmente había fallecido. A continuación el cuerpo era lavado, perfumado con ungüentos y finalmente vestido. Según la costumbre griega se depositaba al lado del cadáver una moneda para que Caronte se cobrase por el transporte de su alma. El cuerpo se ubicaba sobre una litera con los pies mirando hacia la puerta de entrada y rodeado de flores, un símbolo de la fragilidad de la vida pero a la par de la renovación. Durante tres a siete días permanecía expuesto el difunto. Encima de la puerta de entrada de la casa se ponían ramas de abeto o de ciprés para así avisar a los viandantes de la presencia de un muerto en el interior.
El difunto, en particular en los casos de romanos de alta condición social, era trasladado por las calles de la ciudad. Delante y detrás de la comitiva fúnebre (pompa funebris) se desplazaba un cortejo compuesto de esclavos tocando instrumentos musicales como flautas, trompetas o trompas, los portadores de antorchas, el propio difunto en un ataúd de madera abierta sobre una suerte de camilla (también podía ser llevado a hombros por miembros de la familia). Detrás del difunto iba el resto del cortejo fúnebre, formado por la familia y los amigos, además de una comitiva de personal pagado (plañideras, mimos, bailarines) y, finalmente, las fasces, las representaciones de los momentos significativos de la vida del fallecido o árboles genealógicos del difunto.
Hasta finales de la primera centuria de nuestra era, el funeral se celebraba por la noche, con la ayuda de la luz de antorchas. Esto era así porque la muerte era un suceso que se consideraba contaminante. Sin embargo, en siglos posteriores se comenzaron a realizar los ritos durante el día, excepto aquellos de niños, indigentes o suicidas.
La tumba definitiva se consagraba con el sacrificio de una cerda. Una vez que el sepulcro estaba ya finalizado y todo dispuesto se llamaba tres veces al alma del difunto para que pudiera entrar en la morada que se le había preparado para su nueva vida. Después del entierro se levantaba una estatua del difunto en un lugar visible de la casa, dentro de en una hornacina de madera.
En el caso de la incineración la ceremonia se celebraba encima de una pira en forma de altar, sobre la que se depositaba el ataúd con el cadáver. Se le abrían los ojos para que pudiera observar cómo su alma de dirigía hacia el cielo. Se sacrificaban e incineraban animales y se arrojaban sobre la pira ofrendas de alimentos y perfumes. Se le nombraba una última vez y se encendía la pira con antorchas. El rito concluía vertiendo agua y vino sobre la pira. Finalmente, los asistentes se despedían del difunto deseándole que la tierra le fuera ligera, Sit Tibi Terra Levis (STTL), una fórmula muy habitual en las inscripciones funerarias.
Es conveniente recordar que los monumentos funerarios de los romanos se ubicaban al margen de los límites de la ciudad, a ambos lados de la calzada principal. Solían ornarse con jardines.
Al fallecer alguno de los componentes de la familia romana, de inmediato pasaba a formar parte de los antepasados familiares, verdaderos Manes protectores, a los que se les homenajeaba manteniendo siempre ardiendo el fuego del hogar. La tumba elegida no podía ser cambiada de lugar pues los manes requerían una morada fija (que se suponía eterna) a la que se asociaban todos los difuntos de la familia.
En términos generales se piensa que los muertos no llevaban una existencia feliz. Es por ello que había que abastecer las tumbas con todo aquello que el fallecido necesitara. Para apaciguar a los espíritus de los muertos y hacerles más llevadera su  infelicidad, se ofrendaban alimentos (leche, vino, miel, pan, huevos) en los sepulcros,  en nombre de las familias, de las asociaciones profesionales o de las propias ciudades. La carencia de homenajes a los Manes provocaba pesadillas y enfermedades.
Los sepulcros no eran espacios sombríos, lúgubres, pues se entendía que la muerte convivía con la vida[6]. Los difuntos no debían ser olvidados y por ello sus lugares de reposo final se vinculaban con el entorno circundante. En los epitafios no se vislumbran deseos inframundanos, sino que abundan expresiones que se asocian con los vivos y con la vida mundana. En general, se escribían para que el transeúnte los leyera y así hubiera una constancia de su paso por la vida que ya dejó. Por eso en ellos se encuentran relatos de la vida del muerto, saludos o explicaciones de cómo murió. En algunos, incluso, se hallan consejos y hasta pensamientos de tipo político.
Existieron en el mundo romano diferentes tipos de enterramientos. Aquellas tumbas más lujosas eran los sepulcros monumentales, los mausoleos, que podían adquirir la forma de una casa o un templo. Por su parte, los columbaria era una  gran tumba en cuyos muros se ubicaban nichos para depositar las urnas con las cenizas de los difuntos. Aparecen desde el siglo I a.e.c., siendo empleadas hasta el siglo III, y son inhumaciones colectivas propias de corporaciones funerarias. Había también fosas simples, excavadas en el suelo, algunas de ellas revestidas con cajas de ladrillo y con cubiertas de mármol.
Desde el siglo II, la incineración fue paulatinamente reemplazada por la inhumación. No obstante, hubo una coexistencia de ambos modos funerarios. La distinción se relacionaba con la condición social o el estatus del fallecido. En este sentido, la inhumación se reservaba para la gente humilde y para los esclavos, mientras que la incineración se usaba con los miembros de familias nobles patricias. Así, poco a poco, en lugar de utilizar urnas funerarias (propias de la incineración), se fue extendiendo la costumbre de enterrar a los muertos en cajas, bien de madera o de piedra, de las cuales derivarían los sarcófagos (por otro lado conocidos ya en Etruria y en ciertas regiones del ámbito helenístico), usados en las inhumaciones. Los sarcófagos formaban parte de un monumento funerario. Solían ser decorados con elementos simbólicos y con diseños geométricos (como los surcos ondulados o strigiles).
Los enterramientos individuales presentaban numerosos tipos de monumento funerario. Las lápidas eran un elemento clave. Podían ser estelas exentas coronadas por frontones; piedras esculpidas con forma semicilíndrica (cupae), propias de esclavos y libertos; pedestales y altares ornados con decoración vegetal; o relieves con los bustos de los muertos empotrados en los muros de la tumba. Enterramientos muy modestos eran las cajas de losas de pizarra, de ánforas (muy empleadas para la inhumación de infantes) o tegulas reusadas.

Prof. Dr. Julio López Saco.
UCV-UCAB. FEIAP- UGR. Julio del 2017.

Bibliografía básica


BELAYCHE, N. (1993), «La neuvaine funéraire à Rome, ou la mort impossible», La mort au quotidien dans le monde romain. Actes du colloque, París, pp. 155-169.
COULIANO, I. P. (1993). Más allá de este mundo. Paraisos, purgatorios e infiernos. Un viaje a través de las culturas religiosas, Barcelona.
FREDOUILLE, J. C. (1987). La mort dans l’antiquité romaine. Londres, Harvard University Press et William Heinemann Ltd.
GALINIER, M. (1999). «Le pouvoir impérial, les Romains et la mort». Images et représentations du pouvoir et de l’ordre social dans l’Antiquité, actes du colloque d’Angers, 28-29 mai, édités par M. Molin, pp. 107-125.
G. GNOLI., J. P. VERNANT (Edits.) (1982). La mort, les morts dans les sociétés anciennes Cambridge-Paris.
HINARD, F. (1995). La mort au quotidien dans le monde romain, Paris: De Boccard.
PEREA YEBENES, S. (2012), La idea del alma y el más allá en los cultos orientales durante el imperio romano, Signifer, Salamanca.
PRIEUR, J. (1986), La mort dans l’antiquité romaine De mémoire d’homme. L’Histoire Ed. Ouest France Universite.
RHODE, E. (1948), Psique. La idea del alma y la inmortalidad entre los griegos, F.C.E., México.



[1] La fama, la gloria imperecedera, así como la permanencia en el recuerdo de los vivos (además de la descendencia), siempre constituyó una forma peculiar de inmortalidad. Una preocupación evidente en héroes guerreros como Aquiles o en grandes generales conquistadores, como Alejandro Magno, pero también en personalidades como Julio César. La inmortalidad, según Platón (Fedro, 245e), será una prerrogativa del alma humana.
[2] Aunque designe el alma de un muerto, el vocablo se usaba en plural. Es probable que ello se deba a las arcaicas costumbres funerarias de la cultura Terramara, por la cual se inhumaban los fallecidos en recintos comunes. De tal modo, el alma de los muertos permanecía “viva” entre sus descendientes, convirtiéndose en espíritus familiares. Varrón confunde los Manes con los Lares con los Manes, Los considera a ambos figuras etéreas. Habitualmente se confundía Lares con Larvae y con los Manes.
[3] Propercio (Elegía IV, 6-7) señala que los Manes existen y que, en correspondencia, la muerte no es el final definitivo. Horacio expone que los Manes eran como ceniza, sombras, un recuerdo.
[4] Con Dis Inferis Manibus se infiere el carácter sacro de la tumba. Los términos que delimitaban el sepulcro podían considerarse sagrados. En este caso, la inscripción habitual era Dis Manibus Sacrum (D.M.S.), que los primeros cristianos primitivos conservaron  reinterpretándola como Deo Magno Sancto.
[5] Los días de difuntos (Parentalia) se celebraban en febrero. Otras fiestas dedicadas a los muertos fueron las Lemurias (celebradas en mayo). En esos especiales días las almas cuyos cuerpos no habían recibido sepultura merodeaban en los hogares. Por tal motivo, el padre de familia debía representar un ritual para alejar a esos espíritus errantes. Después de lavarse las manos, como seña de purificación, se metía nueve habas negras en la boca. Luego, descalzo se desplazaba por la casa escupiendo las habas una a una, para que nutriesen a los espíritus malignos conocidos como Lemures.
[6] El espacio dedicado al enterramiento, sepulchrum, adquiría el carácter de sitio sacro, lucus religiosus, inamovible, inviolable e inalienable. Al recinto únicamente podían acceder los familiares del fallecido.

12 de abril de 2017

Características esenciales de las religiones mistéricas en la antigua Roma


En la imagen, la diosa Isis. Museos Capitolinos, Roma.

La religión digamos oficial nunca pudo satisfacer por entero los anhelos espirituales más íntimos del individuo, por lo que desde épocas bastante arcaicas, el ser humano se afanó en buscar otras manifestaciones religiosas, doctrinas y divinidades. En torno a las desdichas humanas y, especialmente en épocas difíciles, duras o convulsas, se buscó la presencia de dioses capaces, de interesarse por los asuntos humanos pero también de ser accesibles a los individuos en virtud de los méritos o esfuerzos personales. Eran divinidades que prometían y podían proporcionar una felicidad que compensara los sufrimientos mundanos.
Los cultos mistéricos son manifestaciones religiosas cuyas raíces se encuentran en  creencias espirituales muy antiguas que se asocian con el nacimiento, muerte y resurrección de la naturaleza. Las religiones mistéricas con ellos vinculados tuvieron su mayor difusión a partir del siglo IV a.e.c., en particular al final de la Guerra del Peloponeso. Alcanzaron su apogeo en época helenística, un tiempo de amplia difusión de creencias e ideologías, pero al tiempo, época difícil y confusa. Más tarde continuarían su andadura en época romana.
En tiempos de Alejandro Magno y de sus sucesores hubo contactos con otras culturas mediterráneas, un factor que provocó el conocimiento de distintas religiones, facilitándose con ello que deidades y doctrinas pudiesen identificarse entre sí. Un espíritu humano más libre, con capacidades e interés en conocer distintos cultos y dioses, pudo elegir entre ellos, tomarlos como personales y otorgarles un carácter salvífico. La complejidad y riqueza de la cultura helenística fue un legado heredado por Roma. Ciertos dioses antiguos (Asclepios, Ártemis o Deméter), así como algunos procedentes de Oriente, caso de Mitra, Cibeles, Isis, Osiris o Atis dieron lugar a ciertas asimilaciones y sincretismos.
En términos genéricos el procedimiento en los cultos mistéricos presentaba varios aspectos análogos. El mysthes (iniciado) era el que realizaba el acto del mystherion: de lo que no se ve, de lo oculto. Las ceremonias eran orgiásticas, en cuanto que los participantes realizaban un acto de agitación, de excitación. Las mismas eran dirigidas por el telestes o sacerdote. Había una serie de caracteres comunes que deben ser destacados. Uno de ellos era el secretismo. Aquellos que poseían los secretos del culto eran sabios sacerdotes o iniciados; otro es el carácter iniciático, lo cual implica un cambio motivado por la relación  con la divinidad. El iniciado adquiría una nueva condición espiritual por mediación de una experiencia personal y directa con lo sacro. Otro elemento esencial es el aspecto soteriológico, pues en términos generales se prometía una “salvación”; esto es, una nueva vida, además de definitiva, con posterioridad a la muerte física. La vida terrenal era solamente el tránsito hacia la espiritual, eterna, en donde la felicidad se alcanzaba al ver o compartir con la divinidad. Las dificultades terrenales que sufría el individuo era una condición de éxito. De ahí que los cultos tuvieran una especial aceptación por parte de las clases más bajas, más pobres y con menos que perder.
La iniciación mistérica era una decisión individual, voluntaria, libre. Era, en este sentido, muy diferente a la práctica de los cultos ciudadanos, caracterizados por su colectividad y obligatoriedad. Además, se acercaba a la inclusión total, al margen de la ciudadanía, pues se admitían mujeres, esclavos o extranjeros. Otro de los elementos clave era su irracionalidad. En tanto que el ideal griego, específicamente clásico, era la racionalidad, la perfección y la acción correcta, las religiones mistéricas propugnaban el éxtasis, la locura, el desenfreno, única manera de alcanzar la identificación y / o la unión con la divinidad. Finalmente, había en las religiones mistéricas un carácter agrario, propio de los dioses de estos cultos. Se preconiza morir para resucitar (Dionisos, Deméter, Osiris), en un nuevo y mejorado estatus.
En la antigüedad griega existían mitos que habían dado origen a ciertas doctrinas de salvación, sólo accesibles a los iniciados, caso del culto de Deméter y el de Diónisos. Sus rituales, las Tesmoforias y  las Antesterías, representaban el ciclo de la vida agraria, desde la muerte de la simiente hasta la renovación vegetal. Estas religiones acabaron asimilándose a la vida ciudadana. De hecho, en Atenas, tanto los misterios de Eleusis como los de Diónisos se integraron en el ámbito de las festividades públicas.
Alrededor del año 200 a.e.c. estos cultos mistéricos llegaron a Roma. Según Livio, los cultos dionisíacos fueron escasamente aceptados en un principio, porque eran exclusivos para las mujeres. Sin embargo, su popularidad creció, en especial desde el momento en que se incluyeron varones gracias a las innovaciones que introdujo una sacerdotisa de Campania, llamada Paculla Annia. Los cambios  consistían en celebrar el ritual del culto por la noche, de forma que acabarían convirtiéndose en cultos secretos y de masas.
Dionisos se presenta como  un dios liberador de las penas y las tristezas de esta vida mundana. Sus cultos y festividades representan la liberación de los sentimientos, la alegría sin control frente a las duras exigencias del orden establecido. A través del éxtasis y la unión con lo sacro se pretende alcanzar el consuelo necesario para sobrellevar los sufrimientos de esta vida. De ahí el gran éxito que obtuvo durante años.
Un rol destacado desempeñaron las deidades egipcias, en particular Osiris e Isis. Isis se convirtió, en época helenística y romana  en una gran diosa, identificándose con otras deidades como Juno, Deméter, la fenicia Astarté y Venus. Hermanas de Osiris eran Isis y Neftis (esposa de su hermano Set), el cual, envidioso de Osiris, le mató. Descuartizó el cuerpo y lo arrojó al Nilo en el interior de un cofre. Isis, su esposa, le buscó por todas partes[1]. Gracias a sus artes mágicas, consiguió devolverlo a la vida. Es por tal motivo que Osiris es el dios de los muertos, aunque también de la esperanza de vida (por eso se le representa con rostro de color verde). Finalmente, el hijo de ambos, Horus, derrotó a Set.
En época helenística y romana, el mito osiriano se identificó con otras divinidades, egipcias y griegas. Incluso se añadieron nuevas divinidades como Serapis y Harpócrates. En los cultos isiacos había procesiones musicales y desfiles de fieles y sacerdotes con la cabeza rapada, portando máscaras y sistros. Iban vestidos con faldellines egipcios. Isis en Roma llegó a convertirse en la deidad de la fertilidad y la fortuna. Sin embargo, sufrió algunas vicisitudes que es necesario destacar. En especial, hay que decir que fue combatida por la familia de Augusto en función de que se la identificaba popularmente con Cleopatra, conocida amante de Cesar y Marco Antonio. No obstante, posteriormente fue protegida por los emperadores de la dinastía de los antoninos. El culto acabaría desapareciendo en Roma tras la instauración del cristianismo.
Mitra era un dios auxiliar de Ahura Mazda, divinidad de la luz en permanente combate con las tinieblas que representa Ariman. Nacido de una roca, próxima a una fuente que simbolizaba la bóveda celeste (petra genetrix), lo hizo provisto de flechas y arco. En consecuencia, suele representársele como un rey persa con sus armas en una zona boscosa. En época romana hubo una asociación, una mezcla entre el dios y el sol, de tal modo que acabó convertido en una divinidad de la luz y la vida y, por tanto, de la justicia.
Su culto se relacionaba con el sacrificio del toro. El dios cargaba al animal sobre sus hombros y lo trasladaba a una caverna, en donde se le sacrificaba (Mitra Tauróctonos). A partir de la sangre del toro brotaban las nuevas espigas de trigo, algo que simboliza el surgimiento de la vida. El sol y Mitra bebían la sangre y comían la carne del toro sacrificado en un banquete sacro[2]. Al final de su vida terrenal, Mitra ascendía al cielo al lado del sol. En los mitreos se veneraba a los cuatro elementos que constituyen la naturaleza, el aire, el agua, la tierra y el fuego, a través de cuatro símbolos, el pájaro, la serpiente, el barco y el león. Según el mitraísmo, el alma caduca y requiere una redención.
Durante el desarrollo del Imperio romano, el culto a Mitra se oficializó como una religión mistérica. Se organizaba en sociedades secretas, únicamente masculinas, esotérico-iniciáticas. El culto fue muy popular entre los militares romanos, puesto que obligaba a los iniciados hacia la honestidad la pureza y el coraje.
La necesidad de unas pautas de conducta y de una ética específica estaba presente en doctrinas religiosas de relevante contenido mítico y filosófico, como el Orfismo y el Pitagorismo. En el orfismo, era Orfeo (músico y poeta de origen tracio, hijo de la musa Calíope y protegido del dios Apolo), quien se encargaba de la enseñanza que propugnaba esta corriente religiosa. En torno a los mitos de Orfeo, de poderosa carga simbólica, en especial el que narra su descenso al Hades en busca de Eurídice, se confeccionó una teología. Todas las personas surgían de las cenizas de los Titanes. El ser humano está formado por el cuerpo mortal y un alma inmortal, que proviene de la propia divinidad. En consecuencia, tras la muerte, la aspiración primordial era regresar a los orígenes divinos.
El pitagorismo, por su parte, fue una doctrina filosófico-religiosa cuya finalidad era la unión con la divinidad a través de un régimen vital y alimenticio que diríamos vegetariano. Se enseñaba a los iniciados una serie de principios matemáticos con los que interpretar matemáticamente la realidad. Se usaba, entonces, una explicación mística y simbólica de los números. La finalidad última era alcanzar la perfección armónica y proseguir hacia la astral isla de los bienaventurados.
En definitiva, una serie de elementos comunes caracterizan a estas religiones y a sus cultos. Procesiones, un renacer, la búsqueda de la luz, la íntima vinculación con la divinidad o el banquete sagrado son los más relevantes. Incluso existió un singular sincretismo entre las divinidades. Todas estas religiones buscaron un consuelo ante las circunstancias de este mundo, así como la posibilidad de conseguir la felicidad suprema a través de méritos personales, todo ello, no obstante, siguiendo a rajatabla un conjunto de normas éticas y morales.

Bibliografía básica

ALVAR, J., Los misterios. Religiones orientales en el Imperio romano, Barcelona, 2001.
CAMERON, A., The last pagans of Rome, Oxford University Press, 2011.
CAMPOS MÉNDEZ, I., Fuentes para el estudio del mitraismo, Córdoba, 2010.
CHINI, P., La religione. Vita e costumi dei romani antichi, 9. Roma, 1990.
SCHEID, J., La religión en Roma. Ed. Clásicas. Madrid, 1991.
TURCAN, R., Los cultos orientales en el Imperio romano, Madrid, 2001.
WARRIOR, V. M., Roman religion, The Focus classical Sources, Cambridge, 2002.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Abril del 2017



[1] Se trata de la búsqueda de la vida perdida, al igual que ocurre en el caso de Deméter con Perséfone, Orfeo con Eurídice o Diónisos con su madre Sémele.
[2] La sangre y la carne del animal eran portadores de la sustancia de la eternidad y de la redención. En consecuencia, los adeptos asistían al banquete rememorando el de Mitra y el sol, que con posterioridad ascendieron a los cielos. De tal manera, los iniciados tomaban su carne y su sangre o bien sus sustitutivos, pan y vino. A quienes participaban en el banquete se les prometía la inmortalidad. Es por este motivo por el que Tertuliano les acusará de realizar una patética imitación de la Eucaristía cristiana.