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1 de abril de 2026

Reinos neohititas o principados sirio-neohititas. Formación y evolución







Imágenes, de arriba hacia abajo: estela neohitita con escena de banquete, de Marash. Siglo IX a.e.c.; estatua del rey Tarhunza, del reino de Malatya; base de columna con dos esfinges en Zincirli (Sam'al), datada en el siglo VIII a.e.c.; figura sedente neohitita o aramea, datada entre los siglos X y VIII a.e.c.; relieve neohitita de Karkemish, datado en el siglo VIII a.e.c.; panorámica del yacimiento de la ciudad hitita y neohitita de Kultepe; ortostato con relieve del reino de Malatya y; mapa de algunos Estados neohititas. Los reinos luvitas, reinos luvio-arameos o reinos sirio-hititas (en la historiografía tradicional neohititas); Estados surgidos después de la caída del imperio Hitita en 1200 a.e.c.

Estos reinos o principados, que los asirios denominaron como hattayu y hattu, y los hebreos htym, conformaron núcleos de población con una reducida relevancia política y con no muy amplia extensión territorial, que mantuvieron una parte de las características culturales hititas en la Siria septentrional. Los territorios al norte de las montañas del Anti Tauro y el Amanus, que formaran parte del imperio de Hatti desde una perspectiva política, contaron con una población luwita y un componente hurrita bastante amplio, en tanto que los estados meridionales a partir de esta referencia geográfica, que habían sido reinos dependientes del imperio hitita (siglos XV al XIII a.e.c.), mantenían una población semita con algunos grupos étnicos hurritas, así como una clase dirigente de luwitas e hititas, en particular, militares, funcionarios de palacio y gobernantes.

La formación de estos estados tiene como fundamento la expansión territorial del Imperio hitita entre los siglos XIV y XIII a.e.c., así como las migraciones de los grupos conocidos como hititas jeroglíficos una vez desmembrado el imperio. Desde un punto de vista cronológico estos reinos abarcan desde el Hitita Reciente I (hacia 1000-950 a.e.c.) hasta el Hitita Reciente IIIb (750-700 a.e.c.). En el siglo XII a.e.c. se documenta el Estado de Tabal (una confederación de pueblos), Karkemish, Kummuhu, Malatya, Arpad y Ya’diya, y tal vez también Alepo, Guzana, Adana, Luhuti y Til-Barsio, entre otros, en tanto que en la siguiente centuria los grupos étnicos arameos del norte de Siria fundan el reino de Saram. A la par, dinastías de origen arameo se establecen en algunos principados neohititas, como es el caso de Bit-Adini, en Til-Barsip, Bit-Bahiani en Guzana, o Bit-Agushi en Arpad, por ejemplo.

Entre los siglos XII y XI a.e.c. se lleva a cabo una fase formativa signada por un cierta dependencia política del Reino Asirio en época de reinado de Tiglat-Pileser I (1115-1077 a.e.c), que acaba ocupando los importantes reinos de Karkemish y Malatya. Ya entre los siglos XI y X, debido a las divisiones internas del Reino Asirio, los Estados neohititas extienden su dominio en la costa libanesa hasta Israel, contactando con este reino en la época de David y Salomón (desde 1015 a 930 a.e.c.). De hecho, en los textos hebreos se les conoce como hijos de Hatti o Heth. El siglo IX, una fase con una dinámica política y territorial semejante a la de las ciudades-reino fenicias, sufre las condiciones que surgen de la expansión militar asiria durante los reinados de Assurnasirpal y Salmanasar III, a partir de 875 a.e.c. y hasta el último cuarto del siglo. Estos reyes asirios resultan vencedores de una coalición hitita-aramea en la batalla de Lutibu debilitando, de paso, al reino de Urartu en virtud de una expedición llevada a cabo en 856 a.e.c. La ocupación, no obstante, fue más teórica que real, siendo, más probablemente una sumisión solamente teórica o centrada en el pago de tributos. En cualquier caso, la amenaza militar asiria fue un severo condicionante de las alianzas y acuerdos entre los estados arameos y las ciudades-reino fenicias con los reinos sirio-neohititas.

Para el siglo VIII a.e.c. se documenta la presión que ejerce Urartu sobre los principados neohititas, en particular en la época de Argishti I y Sadurni II, momento en el que es tomado Malatya y otros reinos se ven en la obligación de pagar tributos al reino de Urartu. Asimismo, acontece la creación de una coalición anti asiria controlada por Urartu.

Los asirios establecen gobernadores (turtanu) en Til Barsip con la finalidad de controlar los territorios nororientales de la zona neohitita. No obstante, acciones militares directas ulteriores, llevadas a cabo por Tiglat-Pileser III, quien derrota a la coalición urarto-neohitita, culminan con la anexión asiria. El rey asirio somete al pago de tributos a un buen número de reinos neohititas (Gurgum, Malatya, Tuwana, Atuna, Tabal, y otras). Posteriormente, Sargón II (segunda mitad del siglo VIII), en reacción a una rebelión que propicia Frigia, anexiona todos los Estados neohititas, convirtiéndolos en provincias del Reino asirio, siendo gobernadas por un encargado o un jefe de la circunscripción (bel pihati).

Las unidades políticas del norte de Siria tenían como característica básica que las comunidades étnicas base de la población no se reconocían como hititas. Así, el calificativo étnico y cultural lo obtuvieron en los registros de los Estados próximos. Esto pudo deberse a que los grupos originarios del reino de Hatti eran de poca relevancia, a que hubiese una estructura social mixta a consecuencia de migraciones, a un éxodo provocado por el expansionismo asirio, o a las deportaciones. La definición como hitita pudo proceder del hecho de que en estos Estados el poder político fuese detentado por una clase social que procediese del antiguo territorio de Hatti.

En las inscripciones regias y religiosas, así como en los textos administrativos se usaba la lengua luwita, mientras que el panteón religioso de estos reinos sirio-hititas mostraba un mestizaje cultual derivado de la mezcla étnica entre grupos anatolios y comunidades se sustrato arameas y cananeas. Las principales deidades de las ciudades eran Kubaba, deidad femenina asociada con los cultos de la fertilidad y el concepto de diosa madre, y Thasmah, divinidad de la climatología, los fenómenos atmosféricos, sobre todo de la tempestad, y de la fertilidad en el campo. Eran deidades que protegían a las monarquías neohititas. La reina y el rey, en el marco de la estructura religiosa, ejercían el rol de gran sacerdotisa y sumo sacerdote. Uno de los rasgos religiosos más destacados era la adivinación y la predicción del futuro, de ahí la realización de prácticas de avispicina (análisis del vuelo de las aves), y epatoscopia (predicción del futuro tras el examen del hígado de animales sacrificados).

La estructura política de estos estados neohititas se conoce gracias a textos hebreos y asirios. En ellos se menciona un poder político unificado unipersonal, con casi total seguridad un rey, una suerte de monarca absoluto que contaría con un sustancial apoyo de la fuerza militar, lo que conllevaría la configuración de dinastías hereditarias, como fue el caso de Gurgum o Karkemish. Algunos monarcas neohititas, como los de Karkemish y Malatya, portaron, entre 1200 y 700 a.e.c., los apelativos de Gran Rey y de Héroe, como se puede apreciar en las inscripciones jeroglíficas halladas en el norte de Siria y en el sudeste de Anatolia. En el reino de Karkemish, en particular, coexistieron los conocidos como señores del país y los grandes reyes, probablemente dos ramas de poder paralelo en el mismo reino, algo constatable a partir del 1000 a.e.c.

Al lado de los reyes, las inscripciones citan a los jueces o tarwani. En Sam’al, en una inscripción del rey Kilamua de 827 a.e.c., se mencionan dos grupos entre la población, los ba’rir, de ascendencia aramea, y los mushkab, agricultores. Se puede asegurar que, como ocurría con las ciudades reino fenicias, no había una idea de Estado común entre los reinos neohititas, aunque hubo ciertos intentos. Únicamente el reino de Kizzuwatna intentó configurar, en el siglo X, una estructura política supraestatal que agrupaba unidades políticas de Cilicia (reinos de Tuwanna, Tobal, Taro, Hupisna). Asimismo, el reino de Malatya, en los siglos IX y VIII a.e.c., intentó encabezar una confederación, llamada Milid, con los núcleos de Gurgum y Kummanu.

Bibliografía básica

Bryce, T., The World of The Neo-Hittite Kingdoms: A Political and Military History, Oxford University Press, Oxford, 2012.

Gracia Alonso, F. & Munilla Cabrillana, G., Protohistoria: pueblos y culturas del Mediterráneo entre los siglos XIV y II a.C., Universidad de Barcelona, 1960.

Hawkins, J.D., “Assyrians and Hittites”, IRAQ, 36, 1-2, 1974, pp. 67-83.

Hawkins, J.D., “The Neo-Hittites States in Syria and Anatolia”, Cambridge Ancient History, III, 1, Cambridge, 1982, pp. 372-441.

Hawkins, J.D., "Karkamish and Karatepe: Neo-Hittite City-States in North Syria", Civilizations of the Ancient Near East, 2, 1995, pp. 1295-1307.

Kuhrt, A., El Oriente próximo en la antigüedad, c. 3000-330 a.C., edit. Crítica, Barcelona, 2001.

Liverani, M., El Antiguo Oriente. Historia, sociedad y economía, edit. Crítica, Barcelona, 1995.

Weeden, M., “After the Hittites: The kingdoms of Karkamish and palistin in Northern Syria”, Bulletin of the Institute of Classical Studies, 56, 2, 2013, pp.1-20.

Younger, K. L., A Political History of the Arameans: From Their Origins to the End of Their Polities, SBL Press, Atlanta, 2016.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AVECH-AEEAO-AHEC-ICA-UFM, abril 2026.

 

6 de enero de 2026

Piezas arqueológicas: piedra de Göbekli Tepe y moneda romana con la leyenda Hispania


En la imagen se observan dos piezas arqueológicas de singular valor histórico. La primera de ellas es una piedra tallada de pequeño tamaño (no más de tres o cuatro centímetros), que apareció en el renombrado y monumental yacimiento de Göbekli Tepe, en Turquía. La pieza ha servido para avivar los debates en torno a los orígenes de la escritura, sobre todo de parte del célebre filólogo, asiriólogo y conservador del British Museum, Irving Finkel, subdirector de Escritura, Lenguas y Culturas de la Mesopotamia Antigua, en el Departamento de Medio Oriente del mencionado museo londinense. Este asiriólogo inglés es autor de obras como The Writing in the Stone (Medina Publishing, 2018), o Babylonian Chronographic Texts from the Hellenistic Period (SBL Press, 2025), entre otros varios.

La plaqueta pétrea de época neolítica, datada en torno a 11500 A.P. pudiera representar la forma más arcaica de simbología escrita. En ella parece representarse una sierpe, un pájaro y una cabeza humana muy estilizada, motivos que suelen vincularse con la autoridad, el ritual y la idea de identidad en las sociedades más arcaicas y primigenias. El filólogo inglés se atreve a sugerir que la pequeña piedra tal vez funcionó como un sello empleado en marcar contratos o propiedades, o como un sello de carácter personal, que precederían a las posteriores tablillas de arcilla cuneiformes.

Esta hipótesis supondría asumir que los orígenes de la comunicación escrita se hallarían varios miles de años antes del cuneiforme mesopotámico (entre 3500 y 3200 a.e.c.) La piedra reflejaría un sistema simbólico temprano (no sería el grabado del lenguaje hablado), que tendría utilidad para formalizar obligaciones o relaciones, o que serviría como medio de identidad social. Todo ello en un lugar, Göbekli Tepe, que ha sacado a la luz construcciones monumentales de carácter religioso en etapas previas a la generalización de la agricultura. Es posible que estemos ante un objeto que implicase la necesidad de registrar el significado como paso previo a la escritura.

La segunda corresponde a la primera moneda acuñada que lleva la denominación Hispania. Datada en ellos siglos III-II a.e.c. fue acuñada, muy probablemente, en la isla de Sicilia, específicamente en Morgantina, durante la época de gobierno de Hierón II, el tirano de Siracusa. En el anverso se muestra una cabeza femenina mientras que en el reverso aparece un hombre montado a caballo, bajo el cual aparece reflejada la leyenda hispanorum. Su procedencia está asociada con la presencia de mercenarios hispanos, concretamente iberos, que recibían en nombre de mericus. Corresponde, en esencia, a monedas de tipología ibérica acuñadas en cecas de la Galia.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AHEC-AVECH-AEEAO-UFM, enero, 2026.

 

10 de octubre de 2025

Arqueología romana: Inscripción del Sebasteion de Afrodisias



Imágenes: arriba, panel con la inscripción Pueblo de los Galaicos; abajo, vestigios del Sebasteion de Afrodisias después de la reconstrucción arqueológica, con los relieves en honor a los primeros emperadores romanos.

Una pieza arqueológica de relevancia e interés, sobre todo por su inscripción y por el lugar de su hallazgo, es la que se muestra en este breve comentario. Se trata de un panel superior con moldura sencilla en la parte de arriba, que formaba la parte superior de una falsa basa del Sebasteion de Afrodisias, en la antigua Caria (posterior Estaurópolis), próxima a la actual aldea de Geyre, en la moderna Turquía, ciudad célebre por su proximidad a una canteras de mármol y por la proliferación de escultores. Descubierta por Ara Güler, Afrodisias desplegó su mayor prosperidad desde el siglo II a.e.c. hasta el VII, ya bajo el dominio del Imperio bizantino.

En cualquier caso, esta localidad del sudoeste de Asia Menor, en la Anatolia turca, que pudo contar con cincuenta mil habitantes, nunca tuvo gran relevancia política, aunque si un indudable valor religioso y propagandístico. Siempre fue una urbe leal a Roma y, en especial, a la familia de los Iulio-Claudios. Lugar con una activa comunidad judía fue, asimismo, el entorno cívico del tratadista médico Jenócrates, de los filósofos peripatéticos Alejandro y Adrasto de Afrodisias, del historiador Apolonio y del novelista Caritón. La inscripción en cuestión en el panel se encuentra en la cara inferior de la moldura y ha sido datada en el siglo I. El Sebasteion o Augusteum fue un complejo religioso organizado en torno al culto de Afrodita, los divinos augustos emperadores y el pueblo (la gens Iulia se consideró descendiente de Venus, por tanto de Afrodita).

En la transcripción preliminar de Ἔθνο[υς] Καλλαικῶ[ν] se señala su significado como Pueblo de los Calaicos o Galaicos. El nombre de Galaicos puede derivar de *kl̥na (montaña, colina), o de *kl̥ni (bosque), siendo por tanto el pueblo de las montañas o de los bosques. Agruparían, en el marco geográfico del noroeste de la península Ibérica, unas cincuenta tribus, entre las que destacan, por ejemplo, los Helenios, los Lemavos, los Grovios, los Cuarquenos, los Bíbalos, los Brácaros, los Ártabros o los Poemanos, entre otros. El hallazgo, con su análisis e interpretación, fue publicado en el estudio de Smith, R.R.R., titulado “Simulacra gentium: The Ethne from the Sebasteion at Aphrodisias”, en el Journal of Roman Studies, 78, 1988, pp. 50-77.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-AHEC-AVECH-UFM, octubre, 2025.

2 de agosto de 2025

Cultura material del antiguo Japón: Jômon, Yayoi y Kofun













Imágenes, de arriba a abajo: vasija con forma de llamas. Jômon medio. Museo Municipal de Tôkamachi; dogû de Nakappara o diosa con máscara. Hacia 2000 a.e.c. Museo Arqueológico Jômon de Togariishi; dogû de Kamegaoka, conocido como figura con gafas de nieve; espejo con figuras de deidades. Siglos IV-V. Museo Nacional de Tokio; alfarería de época Yayoi. Museo Nacional de Tokio; figura incisa de un supuesto chamán en una cerámica yayoi. Museo de la Prefectura de Saga; campana dôtaku. Museo Nacional de Kyûshû; tumba de Hashihaka, en la prefectura de Nara; varias figuras haniwa del kofun de Kuyôzuka. Museo Arqueológico del Castillo de Azuchi; vasija sueki con luchadores de sumo. Museo Nacional de Kioto; pintura mural en una pared del túmulo de Takehara, en la prefectura de Fukuoka; y pintura mural en una pared del túmulo de Takamatsuzuka, con un grupo de mujeres.

La cultura Jômon (diseño de sogas), tiene sus raíces en el Pleistoceno, en tanto que uno de los restos cerámicos más arcaicos del mundo, datados en 16000 años A.P., se encuentran en Odai Yamamoto I, yacimiento ubicado en Aomori. No obstante, no fue un surgimiento aislado, pues el horizonte cultural de Osipovka, en torno al curso bajo del Amur, en el noroeste de Rusia, con cerámica vinculada a la de Jômon, es coetánea a la cultura japonesa.

Estas gentes, que emplearon herramientas pétreas pulidas y cerámica, no desarrollaron la agricultura, aunque sí desplegaron técnicas de producción de alimentos propias de los entornos de bosque, de ahí que se haya catalogado a Jômon como una cultura de Neolítico forestal. Esta avanzada sociedad de cazadores-recolectores, empleó útiles de hueso, de madera y de piedra.

En la búsqueda de un aprovechamiento de los recursos de los ríos y el mar, fabricaron numerosos útiles asociados a la pesca, como redes, anzuelos, trampas o arpones, aunque también usaron el arco para una caza terrestre acompañada de perros. Cada comunidad se especializó en la producción de ciertos artefactos, a partir de materias primas como el jade, la obsidiana o la serpentina, además del ámbar y el cinabrio, estos últimos con finalidad ornamental y ritual.

Desde el período de Jômon Medio (3500-2500 a.e.c.) se diversifica la producción de recipientes cerámicos, siendo desde ese momento usados no solamente para los alimentos sino también en ceremonias y rituales religiosos. Surgen formas retorcidas y extrañas de cerámica, análogas a las llamas de una hoguera, denominadas cerámicas flameantes o kaengatadoki. Se usan, además, lámparas cerámicas y se manifiestan las primeras urnas funerarias.

En la cultura material Jômon también existe una importante presencia de agujas, martillos de piedra, morteros y barras de piedra de forma fálica, tal vez de función ritual. Los objetos de finalidad ritual aparecen ya al final del Jômon Temprano (entre 9000 y 5000 a.e.c.). Sobresalen las máscaras de arcilla, formas semejantes a setas o campanas, las espadas y filos pulidos en piedra. Las figuras de arcilla antropomorfas, dogû, relacionadas con el mundo espiritual, aparecen mediado el período de Jômon Incipiente (13000-9000 a.e.c.), como formas simples, cuerpos triangulares planos sin rasgos faciales. En este misma época se encuentran en los diversos yacimientos brazaletes y pendientes ornamentales. Parece probable que tales objetos fuesen símbolos de estatus y que de ellos surgiese una suerte de poder espiritual. En la fase media, las figuras ya poseen una cabeza y extremidades, y los rostros ya muestran nariz, ojos y boca. Las formas de las caras muestran disparidades, un indicador de que no parecen representar personalidades reales. Algunas de las figuras fueron decoradas con zapatos y ropajes, así como con tatuajes alrededor de las mejillas, los ojos y la boca.

En períodos más tardíos, las figuras dogû crecen en tamaño y se empiezan a fabricar huecas. Suelen aparecer depositadas en el suelo y fragmentadas, lo cual puede responder a una presumible función ceremonial, entendiendo que al romperlas se liberarían ciertos espíritus que estarían alojados en su interior. Aunque se asume que representan mujeres, es factible que trasciendan la forma y el género.

Pendientes y otros objetos decorativos hallados en las tumbas han servido para reconstruir la posición del cadáver inhumado, bien en posición fetal, apuntando hacia alguna montaña cercana o hacia la salida y puesta del sol. Esto puede ser un indicio de que la orografía y los cuerpos celestes eran elementos referenciales en la cosmogonía de las gentes Jômon, pudiendo existir una asociación entre su perspectiva sobre la vida del más allá y la dirección a la que apuntan las tumbas.

En el período Yayoi se produce la importación de la cultura agrícola proveniente de Corea. En sus fases finales, en el siglo III, aparecen las primeras tumbas con forma de ojo de cerradura. Como el modo de vida se asienta en la agricultura, se puede ver la aparición de nuevas herramientas, unas de madera, como azadas, morteros o rastrillos, y otras de piedra pulimentada, caso de las hachas y los cuchillos. Fueron los emigrantes desde Corea los que introdujeron el bronce y el hierro, pero también hicieron lo propio con nuevas cerámicas, la fortificación de aldeas y la manufactura textil, amén de novedosas costumbres funerarias y rituales. Los primeros objetos de bronce fueron los traídos por los emigrantes, como espejos, brazaletes o armas (puntas de lanza, alabardas, espadas). Los objetos en bronce tuvieron, esencialmente, una función decorativa, simbólica y ritual. De hecho, las armas solían emplearse en ceremonias político-religiosas. Los productos en bronce más destacados traídos desde Corea son las alabardas, las lanzas, las campanas, los espejos y espadas.

Existieron diferencias en el empleo del bronce entre Kyûshû septentrional y la región de Kinai, en la sección media de la isla de Honshû, un hecho que podría indicar esferas políticas y culturales diferentes. En la zona de Kinai predominan las campanas dôtaku, mientras que las alabardas y las espadas de bronce, en origen herramientas de guerra, prevalecen en Kyûshû. Las dôtaku se enterraban fuera de los asentamientos humanos, lo cual puede indicar una finalidad apotropaica en los límites de las aldeas. Estas campanas pudieron estar vinculadas a festivales llevados a cabo en épocas cruciales del ciclo agrícola, como una parte de los ritos de invocación de espíritus. Por su parte, los espejos, alabardas, lanzas y espadas, estaban frecuentemente presentes en las sepulturas. Es probable que las armas se asociasen a rituales de expulsión.

Se introdujeron formas nuevas en la cerámica, como las vasijas de formas lobuladas, cuencos sobre pie de cuello estrecho, y los recipientes con un asa lateral. Los cuencos se usaron como medio de exhibición de ofrendas y alimentos, en tanto que las vasijas lobuladas, en principio usadas para almacenar grano, se acabarán usando como féretros.

Desde el fin del período medio (siglos II a.e.c. a I), aparecen dibujos y relieves que representan animales, individuos, edificaciones, distintos instrumentos y barcos. Se observan edificios elevados sobre pilares que están conectados con el suelo por medio de una escalera. Es probable que sean construcciones religiosas o graneros. La presencia de personajes con una herramienta o un arma en una mano y un escudo en la otra, pueden ser interpretados como chamanes. Por otra parte, el habitual motivo de la representación de ciervos, pudiera relacionarse con las leyendas presentes en el fudoki de la provincia de Harima, un informe acerca de costumbres locales redactado hacia 713.En esta obra, los cuernos y la sangre de los ciervos se asocian con el crecimiento de los cereales. La presencia, en ciertos casos, de figuras alargadas, han sido interpretadas como dragones.

Hay importantes variaciones en las formas de inhumación entre las regiones. Los cadáveres en grandes urnas de barro son propios del norte de Kyûshû, mientras que los sarcófagos de piedra son habituales en el sur de Honshû. Los ajuares funerarios están compuestos de cuentas de jade en forma de coma, dagas y espadas. Pueden aparecer también vasijas con cereales. En el sur de Japón estas vasijas se emplearon, asimismo, como urnas funerarias, un factor que se ha interpretado como la relación entre el crecimiento de las cosechas y los espíritus de los difuntos, lo que podría ser un indicio revelador de un probable culto a los antepasados.

Algunos miembros de las élites contaban en sus tumbas con cristales de origen chino, espejos, ornamentos de bronce, cuentas de jade y armas. Los espejos pueden simbolizar el rol de chamán del difunto en el seno de la sociedad, mientas que la presencia de productos de origen chino se puede conectar con un deseo de monopolizar los contactos comerciales con el continente. En el período posterior, entre mediado el siglo I y mediado el III, surgen túmulos rodeados de fosos en los que se inhumaba a la gente de elevado estatus con un rico ajuar, lo que contrastaba con los enterramientos de la gente común, ubicados fuera de cualquier túmulo y sin ajuar.

El denominado período de los túmulos antiguos, kofun, comienza en torno a 250. Se caracteriza por la presencia de grandes tumbas que actúan como símbolos de expresión del alto estatus religioso y político de las personas allí inhumadas. Estas sepulturas, con ajuares que contienen espejos, figuras zoomorfas y de deidades, adornos de jade, armas y aperos de labranza, entre otros objetos, son prueba del nacimiento de una élite nacional entre el siglo III y el IV.

La contribución coreana durante este período también fue efectiva. Los inmigrantes del reino de Gaya (estado formado por la federación de pequeños reinos coreanos entre mediado el siglo I y 532), introdujeron la cría de caballos, fabricaron cerámicas de tipo sueki, (azul y gris, de uso ritual y funerario), levantaron un tipo de vivienda sobre pilares con la presencia del kamado, una cocina de barro con chimenea externa, y llevaron hasta Japón el telar para tejer cáñamo.

Los objetos de mayor relevancia de esta fase son las figuras haniwa. Su origen se halla en vasijas de arcilla coloreadas en rojo que se ubicaban en túmulos donde se enterraba a la élite ya desde la etapa final yayoi. Inicialmente estaban adornadas con diseños geométricos. A partir de mediado el siglo III se produce una reconfiguración funcional de estas piezas con la intención de ubicarlas permanentemente alrededor del túmulo funerario en diversas hileras. Como eran visibles desde el exterior es posible que su originaria función fuese la delimitación de espacios sacros, actuase como un tipo de ofrenda votiva al espíritu del fallecido o bien tuviese una función apotropaica. Mediado el siglo IV, algunas adquirieron la forma de edificaciones, objetos como parasoles, aljabas, abanicos de mango largo o espejos, y también la forma de animales, sobre todo caballos, perros, pájaros y jabalíes.

En las primeras fases del período kofun el patrón básico consistía en ubicar figuras con forma de vivienda al lado de representaciones de aljabas y escudos en la parte superior del túmulo, rodeando todo con varios círculos concéntricos de haniwa con forma de vasija. Tal vez el conjunto pudiera representar un complejo palaciego probablemente asociado a la vida del difunto en el otro mundo. Ya será a partir de la mitad del siglo V cuando estas figuras adquieran forma humana, tanto hombres como mujeres, en función de tejedoras, guerreros, sacerdotisas, bailarines, portadores de escudos o sirvientes, entre otras. El Nihon Shoki (日本書紀, compilado en 720), señala que las haniwa en forma humana se debieron al mítico personaje Nomi no Sukune, quien propuso sustituir las víctimas sacrificiales por figurillas de arcilla.

Pueden representar personajes, animales u objetos que fuesen útiles para el difunto, representasen escenas de la vida cotidiana de la persona inhumada o que sirviesen como medios de transporte del alma del fallecido al más allá. También resulta plausible que hiciesen las veces de ofrendas a las divinidades.

Las mencionadas cerámicas sueki abarcaban cuencos y platos, pero también lucernas, pedestales con incensarios, vasijas de múltiples bocas y jarras para libaciones. Se hacen muy presentes en el ajuar funerario de la élite en el siglo VI. También fueron abundantes las cerámicas hajiki, habitualmente en sus formas de platos planos, vasos y vasijas y cántaros para guardar el grano, así como los espejos, con diseños formados a partir de varios círculos concéntricos. Los círculos externos se decoran con caracteres chinos o con patrones regulares, mientras en los interiores se muestran entidades míticas. En el centro sobresale un medallón. Un ejemplo muy notable es el espejo con diseño de viviendas, fechado en el siglo IV, y que muestra cuatro edificios en torno al medallón central.

En las tumbas de corredor insertas en los túmulos, que se oficializan a fines del siglo IV, las paredes pueden aparecer decoradas con motivos abstractos y geométricos, con predominio de los colores blanco, negro, rojo y verde. Existen ejemplos en los que se observan formas parecidas a armas, escudos o aljabas, así como figuras humanas y zoomorfas. En este último caso es destacable el túmulo de Takehara, en Kyûshû, de mediada la sexta centuria de nuestra Era.

En estas pinturas, consideradas un ejemplo de la transmisión de la estética de las culturas esteparias debido a las vestimentas de un jinete (el único ser humano que aparece), se muestra el apareamiento entre un caballo, ofrecido por esa persona, y un dragón, para que se geste un corcel. El tema retrata una leyenda continental. Además se pueden apreciar abanicos de mango largo a ambos lados, banderas triangulares y un barco sobre las estilizadas olas de la sección inferior. Todo ello puede estar simbolizando el viaje al otro mundo.

Otro ejemplo destacable es el del túmulo de Mezurashizuka, asimismo en la propia región de Kyûshû. Aquí se aprecia una barca con un ser humano y un ave, lo que podría estar representando el tránsito al más allá del alma del difunto. La influencia de la cosmología china se hace evidente en los túmulos de Kitora y de Takamatsuzuka, ya datados en la segunda mitad del siglo VII. En ellos se ven representaciones polícromas de comitivas de servidores, tanto masculinos como femeninos, que atienden al difunto. Sus ropas son las propias de las cortes coreana o china.

Será a finales de la sexta centuria cuando empiecen a desaparecer las armaduras y las armas de los ajuares funerarios, surgiendo símbolos del poder como las coronas de oro, que proceden de Corea. Asimismo, empiezan también a aparecer frascos de bronce y cuencos característicos de los rituales budistas.

Bibliografía esencial

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Knoft, Th. (Ed.), Burial Mounds In Europe and Japan. Comparative and Contextual Perspectives, Archaeopress, Oxfordshire, 2018.

Mizoguchi, Koji, The Archaeology of Japan. From the Earliest Rice Farming Villages to the Rise of the State, Cambridge University Press, Cambridge, 2013.

Naumann, N., Japanese Prehistory: The material and Spiritual Culture of the Jomon Period, Harrassowitz Verlag, Wiesbaden, 2000.

Pérez Riobó, A. & San Emeterio Cabañes, G., Japón en su historia. De los primeros pobladores a la era Reiwa, edit. Satori, Gijón, 2020.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AHEC-AEEAO-UFM, agosto, 2025.