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1 de abril de 2026

Reinos neohititas o principados sirio-neohititas. Formación y evolución







Imágenes, de arriba hacia abajo: estela neohitita con escena de banquete, de Marash. Siglo IX a.e.c.; estatua del rey Tarhunza, del reino de Malatya; base de columna con dos esfinges en Zincirli (Sam'al), datada en el siglo VIII a.e.c.; figura sedente neohitita o aramea, datada entre los siglos X y VIII a.e.c.; relieve neohitita de Karkemish, datado en el siglo VIII a.e.c.; panorámica del yacimiento de la ciudad hitita y neohitita de Kultepe; ortostato con relieve del reino de Malatya y; mapa de algunos Estados neohititas. Los reinos luvitas, reinos luvio-arameos o reinos sirio-hititas (en la historiografía tradicional neohititas); Estados surgidos después de la caída del imperio Hitita en 1200 a.e.c.

Estos reinos o principados, que los asirios denominaron como hattayu y hattu, y los hebreos htym, conformaron núcleos de población con una reducida relevancia política y con no muy amplia extensión territorial, que mantuvieron una parte de las características culturales hititas en la Siria septentrional. Los territorios al norte de las montañas del Anti Tauro y el Amanus, que formaran parte del imperio de Hatti desde una perspectiva política, contaron con una población luwita y un componente hurrita bastante amplio, en tanto que los estados meridionales a partir de esta referencia geográfica, que habían sido reinos dependientes del imperio hitita (siglos XV al XIII a.e.c.), mantenían una población semita con algunos grupos étnicos hurritas, así como una clase dirigente de luwitas e hititas, en particular, militares, funcionarios de palacio y gobernantes.

La formación de estos estados tiene como fundamento la expansión territorial del Imperio hitita entre los siglos XIV y XIII a.e.c., así como las migraciones de los grupos conocidos como hititas jeroglíficos una vez desmembrado el imperio. Desde un punto de vista cronológico estos reinos abarcan desde el Hitita Reciente I (hacia 1000-950 a.e.c.) hasta el Hitita Reciente IIIb (750-700 a.e.c.). En el siglo XII a.e.c. se documenta el Estado de Tabal (una confederación de pueblos), Karkemish, Kummuhu, Malatya, Arpad y Ya’diya, y tal vez también Alepo, Guzana, Adana, Luhuti y Til-Barsio, entre otros, en tanto que en la siguiente centuria los grupos étnicos arameos del norte de Siria fundan el reino de Saram. A la par, dinastías de origen arameo se establecen en algunos principados neohititas, como es el caso de Bit-Adini, en Til-Barsip, Bit-Bahiani en Guzana, o Bit-Agushi en Arpad, por ejemplo.

Entre los siglos XII y XI a.e.c. se lleva a cabo una fase formativa signada por un cierta dependencia política del Reino Asirio en época de reinado de Tiglat-Pileser I (1115-1077 a.e.c), que acaba ocupando los importantes reinos de Karkemish y Malatya. Ya entre los siglos XI y X, debido a las divisiones internas del Reino Asirio, los Estados neohititas extienden su dominio en la costa libanesa hasta Israel, contactando con este reino en la época de David y Salomón (desde 1015 a 930 a.e.c.). De hecho, en los textos hebreos se les conoce como hijos de Hatti o Heth. El siglo IX, una fase con una dinámica política y territorial semejante a la de las ciudades-reino fenicias, sufre las condiciones que surgen de la expansión militar asiria durante los reinados de Assurnasirpal y Salmanasar III, a partir de 875 a.e.c. y hasta el último cuarto del siglo. Estos reyes asirios resultan vencedores de una coalición hitita-aramea en la batalla de Lutibu debilitando, de paso, al reino de Urartu en virtud de una expedición llevada a cabo en 856 a.e.c. La ocupación, no obstante, fue más teórica que real, siendo, más probablemente una sumisión solamente teórica o centrada en el pago de tributos. En cualquier caso, la amenaza militar asiria fue un severo condicionante de las alianzas y acuerdos entre los estados arameos y las ciudades-reino fenicias con los reinos sirio-neohititas.

Para el siglo VIII a.e.c. se documenta la presión que ejerce Urartu sobre los principados neohititas, en particular en la época de Argishti I y Sadurni II, momento en el que es tomado Malatya y otros reinos se ven en la obligación de pagar tributos al reino de Urartu. Asimismo, acontece la creación de una coalición anti asiria controlada por Urartu.

Los asirios establecen gobernadores (turtanu) en Til Barsip con la finalidad de controlar los territorios nororientales de la zona neohitita. No obstante, acciones militares directas ulteriores, llevadas a cabo por Tiglat-Pileser III, quien derrota a la coalición urarto-neohitita, culminan con la anexión asiria. El rey asirio somete al pago de tributos a un buen número de reinos neohititas (Gurgum, Malatya, Tuwana, Atuna, Tabal, y otras). Posteriormente, Sargón II (segunda mitad del siglo VIII), en reacción a una rebelión que propicia Frigia, anexiona todos los Estados neohititas, convirtiéndolos en provincias del Reino asirio, siendo gobernadas por un encargado o un jefe de la circunscripción (bel pihati).

Las unidades políticas del norte de Siria tenían como característica básica que las comunidades étnicas base de la población no se reconocían como hititas. Así, el calificativo étnico y cultural lo obtuvieron en los registros de los Estados próximos. Esto pudo deberse a que los grupos originarios del reino de Hatti eran de poca relevancia, a que hubiese una estructura social mixta a consecuencia de migraciones, a un éxodo provocado por el expansionismo asirio, o a las deportaciones. La definición como hitita pudo proceder del hecho de que en estos Estados el poder político fuese detentado por una clase social que procediese del antiguo territorio de Hatti.

En las inscripciones regias y religiosas, así como en los textos administrativos se usaba la lengua luwita, mientras que el panteón religioso de estos reinos sirio-hititas mostraba un mestizaje cultual derivado de la mezcla étnica entre grupos anatolios y comunidades se sustrato arameas y cananeas. Las principales deidades de las ciudades eran Kubaba, deidad femenina asociada con los cultos de la fertilidad y el concepto de diosa madre, y Thasmah, divinidad de la climatología, los fenómenos atmosféricos, sobre todo de la tempestad, y de la fertilidad en el campo. Eran deidades que protegían a las monarquías neohititas. La reina y el rey, en el marco de la estructura religiosa, ejercían el rol de gran sacerdotisa y sumo sacerdote. Uno de los rasgos religiosos más destacados era la adivinación y la predicción del futuro, de ahí la realización de prácticas de avispicina (análisis del vuelo de las aves), y epatoscopia (predicción del futuro tras el examen del hígado de animales sacrificados).

La estructura política de estos estados neohititas se conoce gracias a textos hebreos y asirios. En ellos se menciona un poder político unificado unipersonal, con casi total seguridad un rey, una suerte de monarca absoluto que contaría con un sustancial apoyo de la fuerza militar, lo que conllevaría la configuración de dinastías hereditarias, como fue el caso de Gurgum o Karkemish. Algunos monarcas neohititas, como los de Karkemish y Malatya, portaron, entre 1200 y 700 a.e.c., los apelativos de Gran Rey y de Héroe, como se puede apreciar en las inscripciones jeroglíficas halladas en el norte de Siria y en el sudeste de Anatolia. En el reino de Karkemish, en particular, coexistieron los conocidos como señores del país y los grandes reyes, probablemente dos ramas de poder paralelo en el mismo reino, algo constatable a partir del 1000 a.e.c.

Al lado de los reyes, las inscripciones citan a los jueces o tarwani. En Sam’al, en una inscripción del rey Kilamua de 827 a.e.c., se mencionan dos grupos entre la población, los ba’rir, de ascendencia aramea, y los mushkab, agricultores. Se puede asegurar que, como ocurría con las ciudades reino fenicias, no había una idea de Estado común entre los reinos neohititas, aunque hubo ciertos intentos. Únicamente el reino de Kizzuwatna intentó configurar, en el siglo X, una estructura política supraestatal que agrupaba unidades políticas de Cilicia (reinos de Tuwanna, Tobal, Taro, Hupisna). Asimismo, el reino de Malatya, en los siglos IX y VIII a.e.c., intentó encabezar una confederación, llamada Milid, con los núcleos de Gurgum y Kummanu.

Bibliografía básica

Bryce, T., The World of The Neo-Hittite Kingdoms: A Political and Military History, Oxford University Press, Oxford, 2012.

Gracia Alonso, F. & Munilla Cabrillana, G., Protohistoria: pueblos y culturas del Mediterráneo entre los siglos XIV y II a.C., Universidad de Barcelona, 1960.

Hawkins, J.D., “Assyrians and Hittites”, IRAQ, 36, 1-2, 1974, pp. 67-83.

Hawkins, J.D., “The Neo-Hittites States in Syria and Anatolia”, Cambridge Ancient History, III, 1, Cambridge, 1982, pp. 372-441.

Hawkins, J.D., "Karkamish and Karatepe: Neo-Hittite City-States in North Syria", Civilizations of the Ancient Near East, 2, 1995, pp. 1295-1307.

Kuhrt, A., El Oriente próximo en la antigüedad, c. 3000-330 a.C., edit. Crítica, Barcelona, 2001.

Liverani, M., El Antiguo Oriente. Historia, sociedad y economía, edit. Crítica, Barcelona, 1995.

Weeden, M., “After the Hittites: The kingdoms of Karkamish and palistin in Northern Syria”, Bulletin of the Institute of Classical Studies, 56, 2, 2013, pp.1-20.

Younger, K. L., A Political History of the Arameans: From Their Origins to the End of Their Polities, SBL Press, Atlanta, 2016.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AVECH-AEEAO-AHEC-ICA-UFM, abril 2026.

 

6 de enero de 2026

Piezas arqueológicas: piedra de Göbekli Tepe y moneda romana con la leyenda Hispania


En la imagen se observan dos piezas arqueológicas de singular valor histórico. La primera de ellas es una piedra tallada de pequeño tamaño (no más de tres o cuatro centímetros), que apareció en el renombrado y monumental yacimiento de Göbekli Tepe, en Turquía. La pieza ha servido para avivar los debates en torno a los orígenes de la escritura, sobre todo de parte del célebre filólogo, asiriólogo y conservador del British Museum, Irving Finkel, subdirector de Escritura, Lenguas y Culturas de la Mesopotamia Antigua, en el Departamento de Medio Oriente del mencionado museo londinense. Este asiriólogo inglés es autor de obras como The Writing in the Stone (Medina Publishing, 2018), o Babylonian Chronographic Texts from the Hellenistic Period (SBL Press, 2025), entre otros varios.

La plaqueta pétrea de época neolítica, datada en torno a 11500 A.P. pudiera representar la forma más arcaica de simbología escrita. En ella parece representarse una sierpe, un pájaro y una cabeza humana muy estilizada, motivos que suelen vincularse con la autoridad, el ritual y la idea de identidad en las sociedades más arcaicas y primigenias. El filólogo inglés se atreve a sugerir que la pequeña piedra tal vez funcionó como un sello empleado en marcar contratos o propiedades, o como un sello de carácter personal, que precederían a las posteriores tablillas de arcilla cuneiformes.

Esta hipótesis supondría asumir que los orígenes de la comunicación escrita se hallarían varios miles de años antes del cuneiforme mesopotámico (entre 3500 y 3200 a.e.c.) La piedra reflejaría un sistema simbólico temprano (no sería el grabado del lenguaje hablado), que tendría utilidad para formalizar obligaciones o relaciones, o que serviría como medio de identidad social. Todo ello en un lugar, Göbekli Tepe, que ha sacado a la luz construcciones monumentales de carácter religioso en etapas previas a la generalización de la agricultura. Es posible que estemos ante un objeto que implicase la necesidad de registrar el significado como paso previo a la escritura.

La segunda corresponde a la primera moneda acuñada que lleva la denominación Hispania. Datada en ellos siglos III-II a.e.c. fue acuñada, muy probablemente, en la isla de Sicilia, específicamente en Morgantina, durante la época de gobierno de Hierón II, el tirano de Siracusa. En el anverso se muestra una cabeza femenina mientras que en el reverso aparece un hombre montado a caballo, bajo el cual aparece reflejada la leyenda hispanorum. Su procedencia está asociada con la presencia de mercenarios hispanos, concretamente iberos, que recibían en nombre de mericus. Corresponde, en esencia, a monedas de tipología ibérica acuñadas en cecas de la Galia.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AHEC-AVECH-AEEAO-UFM, enero, 2026.

 

27 de septiembre de 2023

Tumba licia de Kizilbel. Pintura del guerrero


En el muro occidental de la tumba de Kizilbel, en Licia, datada alrededor de 525 a.e.c., se halla representado un tema mitológico que presenta ciertas particularidades. Se observa un guerrero en pie montado en un carro, mostrado con armadura de estilo hoplita, que gira su cabeza hacia una figura femenina ubicada detrás. A su lado, un auriga alerta, pintado en una menor escala. Delante del carro, hay un grupo de tres personas, un anciano sentado en el suelo que mantiene un bastón y tiene sus manos levantadas, y dos mujeres, una de las cuales lleva consigo un pequeño niño.

Se trata de una composición e iconografía similares al de la partida del héroe Anfiarao que aparece representado en la pintura vascular griega, sobre todo en la conocida como crátera de Anfiarao, una crátera corintia del 560 a.e.c., que estuvo en el Antikensammlung de Berlín hasta su desaparición después de la II Guerra Mundial. Anfiarao fue uno de los héroes de los Siete contra Tebas. Sería persuadido por su esposa Erífile para que se uniese a la batalla a pesar de saber que perecería en la misma.

En esta pintura de la tumba de Kizilbel, lo más llamativo, no obstante, es la presencia de una figura alada, barbada y de largo cabello que se muestra en horizontal sobre los caballos que tiran del carro. Se podría estar representando aquí el conocido tema de la partida del guerrero, aunque el guerrero pintado parece aludir con mayor fiabilidad al fallecido, expresando la idea de su viaje final y definitivo, no hacia la batalla sino hacia la otra vida. Si esto es correcto, la figura alada sería concebida como una adición con la intención de enfatizar la condición escatológica de la representación.

La forma de esta figura recuerda la de aquellas aladas que, en ocasiones, son vistas en los vasos pintados laconios, o a las representaciones arcaicas de nikai, ciertas figuras divinas (e incluso monstruos), aunque el modo de llevar el cabello y, sobre todo, la barba y la flor de loto que porta (símbolo de la muerte), se pueden describir como motivos orientales, lo que nos llevaría a pensar en Egipto o, incluso mejor, en Siria, el corredor del Levante o Chipre. La inserción de tal motivo foráneo en la iconofrafía griega estándar podría enfatizar las connotaciones del guerrero heroico.

Las transmisiones de motivos, ideas e historias míticas sería llevada a cabo por poetas itinerantes (rapsodos, contadores de historias), a través de varios medios (objetos, pinturas, textos escritos), pero también por marineros y comerciantes, quienes ejerciendo de mediadores, intercambiarían sus relatos por aquellos extraños para ellos. En todo caso, esos temas y motivos míticos se moverían dentro de contextos históricos.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, septiembre, 2023.

24 de enero de 2023

Arqueología: relieves narrativos de Sayburç (Turquía)


El yacimiento de Sayburç, habitado en el Neolítico, y datado en el 9000 a.e.c., se encuentra bajo un pueblo actual en la provincia turca de Şanlıurfa. Sayburç corresponde a una época en la que los grupos de cazadores y recolectores se estaban desplazando hacia el modo productivo propio de la agricultura, estableciéndose en asentamientos sedentarios. El lugar, excavado en 2021 bajo la dirección de la arqueóloga Dra. Eylem Özdoğan, de la Universidad de Estambul, destaca por varios edificios residenciales y una estructura comunal de grandes dimensiones que, probablemente, servía como lugar de reuniones. Presenta bancos alineados en las paredes. Unas imágenes narrativas se encontraron grabadas en los respaldos de algunos de estos bancos. Se trata de imágenes de animales y humanos, si bien en esta oportunidad las figuras coexisten formando una escena, el que se considera el relieve narrativo más arcaico conocido.

Tras iniciales descubrimientos de artefactos neolíticos en las estructuras modernas, la excavación encontró dos zonas de ocupación neolítica previos a la cerámica; la primera con edificios públicos, al sureste de los cuales se encuentran las ruinas de un asentamiento romano posterior; la segunda corresponde al antiguo distrito residencial.

Estos lugares de reunión grupal, para algunos una suerte se santuarios o templos, empiezan a ser recurrentes. El primer sitio de este tipo descubertos fue el célebre Gobekli Tepe, seguido de la identificación de al menos quince más, incluido el reciente de Karahan Tepe. Estos espacios ahora se conocen colectivamente como Tas Tepeler o colinas de piedra, y se caracterizan por ser lugares de reunión con representaciones estilizadas monumentales de personas y animales, así como pilares con un aspecto fálico. Por lo general, se construían en las cimas de las colinas. Sayburc también, aunque en una zona no tan alta como las cimas de las colinas de Gobekli Tepe y Karahan Tepe, desde donde los reunidos tenían una estupenda vista de la llanura que los rodeaba.

Las impresiones de la Dra. Özdoğan han sido publicadas en la revista Antiquity (número 96, 390, 2022, pp. 1599-1605). En su estudio, Özdoğan señala que la obra de arte puede considerarse un reflejo de la memoria colectiva de la comunidad, algo relativo a sus valores específicos. En este sentido, la evidencia arqueológica pudiera proporcionar una idea acerca de las tradiciones de las sociedades pretéritas.

Es probable que las figuras representadas en las escenas narrativas fuesen personajes relevantes para esta concreta primitiva comunidad agrícola. Quizá sean figuras míticas o hasta personajes históricos insertos en las presuntas tradiciones de la comunidad. La gran losa de piedra del yacimiento de Sayburç representa la historia de un par de hombres atacados por animales (son dos hombres y tres animales), quienes aparecen ubicados en posición de autodefensa contra el inminente ataque de leopardos de un lado y de toros, del otro. Esta parece ser la historia de las relaciones entre bestias y humanos. Uno de los hombres sostiene su pene, mientras el otro, en cuclillas, mantiene un cascabel o una sierpe, y se enfrenta a un toro. Se resalta el peligro en las escenas por la minuciosa talla de cuernos o dientes de los animales.

Una segunda escena involucra dos leopardos con las fauces abiertas y con sus dientes visibles, además de sus largas colas enroscadas hacia el cuerpo, frente a un hombre que parece mirar fijamente a la habitación en lugar de al costado. Sostiene con fuerza su pene con la mano derecha. Ambas escenas parecen tener un vínculo entre sí, pues los dos paneles son adyacentes en sentido horizontal, creando con ello una escena progresiva, una narración coherente, al modo de los fotogramas de un filme.

El hecho de que el hombre entre los felinos, se halle sentado o no, se agarre su pene, está relacionado con el arte del Neolítico próximo-oriental. El pene siempre se representa para indicar la identidad masculina, expresando el estado, la condición de un hombre. La mayoría de las veces está erecto. Incluso los animales a menudo se muestran con sus penes.

El panel tiene cerca de cuatro metros de largo, formando un banco de piedra. Esta pieza única, que puede tener 11000 años de antigüedad revelaría, por consiguiente, información acerca de la ideología de las antiguas comunidades de la región.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, enero, 2023.



1 de octubre de 2021

Mito e historia. Asia en el contexto de Oriente


Imagen: Mapa de Asia. Mediados del siglo XVIII.

Los conceptos de Oriente y Occidente aparecieron en el ámbito de la cosmología griega arcaica, inicialmente asociados a una referencia geográfica y a la salida y puesta del sol. Oriente se mostraba definido como el país de la Aurora y el astro solar, en consecuencia, de la luminosidad y la fertilidad opulenta, en tanto que su contrapartida (Occidente), en cambio, aparecía vinculado a las tinieblas y la oscuridad, y por ello, a la muerte. Dentro del contexto “oriental” la configuración de Asia como el espacio oriental por antonomasia en el seno de la imaginación griega debió iniciarse desde tiempos pretéritos, aunque la aplicación del término para calificar la extensión geográfica completa de las tierras hacia oriente tuvo su establecimiento muy probablemente durante el desarrollo del periodo arcaico.

La denominación Asia no figura en los poemas homéricos, aunque hay una excepción, la del adjetivo “asiático” (asíos), aplicado a la pradera ubicada al lado del cauce del río Caístro, en Asia Menor, dentro de un pasaje de la Ilíada en el que se ilustra con imágenes cotidianas el avance indetenible de las tropas aqueas hacia la ansiada Troya. Esta asociación  de tal nombre con esta región aparece en ciertos fragmentos de algunos poetas líricos griegos, como Mimnermo, quien exalta la “hermosa Asia” en un poema sobre Esmirna al recordar una emigración desde Pilos; la poetisa Safo, que menciona “el resto de Asia” dentro de un pasaje cuyo contexto narrativo parece aludir a la llegada del héroe Héctor y su esposa Andrómaca a Troya; y Arquíloco, que alude a un personaje al que señala como “dueño de Asia y criador de rebaños”, lo cual podría interpretarse como una referencia al célebre rey lidio Giges.

Es probable que el origen del término Asia sea hitita (Asuwa, en concreto), que habría sido empleado para describir cierta área occidental de Anatolia. Esta posibilidad, sumada a las menciones de los poetas líricos griegos de época arcaica, podría avalar la idea de que, en sus comienzos, la denominación se aplicaría específicamente al territorio de Lidia. Tal premisa quedaría confirmada por la noticia que ofrece Heródoto sobre la reivindicación del nombre por parte de los lidios, quienes lo atribuían a Asies, un vástago de Cotis y nieto de Manes, uno de sus más famosos míticos reyes, además de por la existencia, en la ciudad de Sardes, de una tribu que portaba dicho nombre, Asíade. Por otro lado, la expansión lidia hacia oriente, un hecho que motivó el establecimiento de relaciones con los babilonios pero también un enfrentamiento con los medos y los persas, propició que los griegos tomasen conciencia de la magnitud del continente, con unas dimensiones que sobrepasaban con mucho los dominios lidios.

Sería la conquista persa de todos estos territorios el factor decisivo que llevaría a la identificación de un nombre con connotaciones de carácter regional a otra de escala más continental, estableciendo así una asociación específica entre el nombre Asia y la extensión  total de los dominios imperiales persas en época aqueménida. Esta relación se contempla ya en la tragedia Los Persas de Esquilo, en donde tal vocablo equivale casi siempre a las tierras imperiales persas, así como en Píndaro, quien menciona  la “espaciosa Asia” o en Heródoto, que hace pivotar su descripción del orbe en función expresa de la expansión imperial persa. La identificación de Asia con los dominios persas continuó después en otros autores (en varios pasajes de Jenofonte y en ciertos discursos de Isócrates).

La idea subyacente de Asia como un dominio territorial específicamente persa fue un concepto griego, hasta el punto que un título como el de rey de Asia no aparece reflejado en la muy variada titulatura real aqueménida que enfatiza, por lo contrario, su dominio sobre todas las regiones del mundo, refiriendo de esta manera el ideal de imperio universal, algo bien conocido en el contexto de una tradición mesopotámica. Será únicamente tras la conquista de Alejandro Magno cuando se comience a deshacer el antiguo binomio que había hecho del continente asiático el dominio aqueménida, naturalmente sancionado por las deidades correspondientes.

Asia se había convertido, por consiguiente, en la tierra del rey, dominio asignado por la divinidad al Imperio persa tras su conquista de los medos. La misma mitología refiere que algunos asuntos de cierta envergadura, como la guerra de Troya o el aventurero viaje de Jasón y sus argonautas hasta la Cólquide, se concebían como un ataque griegos hacia un territorio considerado inequívocamente asiático. Un problema añadido estribaba en la existencia de poleis griegas en el seno del ámbito asiático, una circunstancia que era necesario justificar de alguna forma si se quería formar parte del concreto y aislado conjunto helénico.

La existencia de dos continentes diferentes, Asia y Europa, sectores territoriales que estructuraban el mundo habitado, se remonta a la geografía jonia, en función de las acotaciones herodoteas. El historiador de Halicarnaso plantea en su obra la historia del enfrentamiento de ambos continentes, siendo las primeras acciones hostiles entre unos y otros aquellas que el mito ubica en remotas épocas, especialmente, el rapto de la argiva Io de parte de los fenicios, el de la princesa fenicia Europa, obra de los cretenses; aquel de Medea de mano de los valientes expedicionarios de la nave Argo y, en fin, el célebre rapto de Helena por la acción del troyano Paris. Este último desencadenó la conocidísima guerra troyana, conformándose como la primera irrupción violenta de poblaciones griegas en terrenos asiáticos, con antelación a que los asiáticos devolvieran la visita e hicieran lo propio en Europa.

También el tratado hipocrático titulado Aires, aguas y lugares, expresa las diferencias existentes entre ambos continentes. En dicho tratado Europa y Asia constituyen dos categorías diferentes, entidades separadas y claramente separables, cuyos elementos diferenciales proceden de las condiciones ambientales; esto es, de las aguas, el clima, los vientos y, por supuesto, de las costumbres que tales factores ambientales propician en sus respectivos habitantes.

De forma general, por lo tanto, existía una diáfana oposición “europea” frente a Asia en un terreno ideológico e imaginario, entendiéndose que el inmenso territorio asiático podía acoger en su seno poblaciones tan dispares como los paflagonios, los misios, los fenicios, los colcos, los frigios, los troyanos, los carios, los licios o los meonios, entre otras varias.

Asia constituía un vasto conjunto de lejanas tierras bárbaras, imaginadas y conceptualizadas desde la perspectiva helena como una suerte de antítesis, desde el propio entorno ambiental y geográfico, hasta el capítulo de sus costumbres y especiales formas de vida. La tradición haría énfasis en la visión de un mundo oriental caracterizado esencialmente por la extraordinaria riqueza de sus reyes y gobernadores, además de la grandeza y el esplendor de sus ciudades capitales.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, octubre, 2021

3 de septiembre de 2021

¿Pueblos del Egeo o de Anatolia en Oriente Próximo en la Edad del Bronce?



Imágenes, de arriba hacia abajo: grupo de tres figurillas del Bronce anatólico; toro elamita o bien antólico hecho en bronce y; fragmento de cerámica micénica con peces hallada en una tumba en Chipre.

El movimiento masivo de población convencionalmente llamado “Pueblos del Mar”, denominación genérica que engloba a gentes de diverso origen que deambularon por la región oriental del Mediterráneo en afán de pillaje, aparece mencionado, si bien de manera poco concluyente en el aspecto de las identificaciones, en las inscripciones egipcias que conmemoran la victoria del faraón contra ellos luego de rechazar su ataque contra Egipto. El apelativo Pueblos del Mar es una expresión moderna, introducida por el egiptólogo francés Gaston Maspero a finales del siglo XIX. Las inscripciones reales egipcias refieren los nombres individuales de los distintos pueblos que proceden de “en medio del gran verde” (Mediterráneo) o ”de las islas”. 

Se ha señalado la posibilidad de que ciertos contingentes que estuvieron presentes en las oleadas destructivas fueran originarias del Egeo, pues figuran dos colectivos, designados por las fuentes egipcias como ekwesh y denyen que, según los paralelismos lingüísticos podrían evocar los nombres de los aqueos y los dánaos, respectivamente, ambos términos genéricos con los que son designados los griegos en el marco de los poemas homéricos. Los ekwesh figuran como los más relevantes aliados, procedentes de ultramar, de los libios que atacan Egipto, y que serían rechazados por el faraón Merneptah hacia 1220 a.e.c., como se cuenta en la Estela de la Victoria tebana y en las inscripciones de Karnak. Se menciona su procedencia de los países marinos, como consta asimismo en la estela de Athribis. Ahora bien, no está clara su ubicación como pueblos egeos, en función de un detalle no menor, y es que en las representaciones iconográficas aparecen circuncidados, lo cual no era una costumbre de las poblaciones egeas, pero sí una práctica común entre poblaciones semitas. Además, varias dificultades lingüísticas tampoco ayudan, en tanto que el sufijo final parece específico de regiones anatolias, de donde podrían proceder otros pueblos mencionados en las inscripciones egipcias. En tal sentido, los ekwesh podrían encontrar un fácil acomodo si se acepta que se trataba de gentes de la tierra de Ke-Que, en Cilicia.  

Es cierto que un aspecto esencial que favorece la identificación del colectivo ekwesh con los aqueos depende de aceptar el binomio entre el vocablo hitita Ahhiyawa y los micénicos, pues en los documentos hititas dicho reino se asocia en ocasiones con los lukka, uno de los nombres que figura, junto con los ekwesh, en las inscripciones egipcias, implicado en operaciones de piratería y razias por mar contra el territorio dominado por el imperio de la Anatolia central. A pesar de ello, subsisten interrogantes, y no puede afirmarse de forma concluyente que al menos una parte de los micénicos, bajo esta designación egipcia, participaran activamente en el proceso de destrucción y desplazamiento de poblaciones en el espacio de la cuenca oriental del Mediterráneo, si bien tampoco puede descartarse tal posibilidad, en virtud de su segura presencia en la costas occidentales de Asia Menor en estas épocas.       

El otro término, denyen, presenta muchos inconvenientes para ser identificado de forma definitiva con los dánaos. La denominación figura entre los nombres de los distintos pueblos procedentes de Oriente que atacaron Egipto en época de Ramsés III, en 1179 a.e.c., cuyo incontestable triunfo sobre las fuerzas invasoras se representa en los relieves de los muros del templo de Medinet Habu. Los relieves, y la inscripción correspondiente, describen una batalla naval y un enfrentamiento posterior terrestre en Djahi, localidad situada al sur de las costas sirio-palestinas. Es muy dudosa la condición de documento histórico de los relieves debido a su carácter fuertemente propagandístico e ideológico, pues su objetivo primordial no consistía en describir acontecimientos históricos, sino ensalzar las virtudes religiosas y militares del faraón.

Los denyen mencionados en las inscripciones (figuran como dnjn) se describen como gentes procedentes del mar. En el Papiro Harris, documento en el que se resumen los acontecimientos relevantes del reinado de Ramsés III, el faraón se jacta de haberles aniquilado “en sus islas”. Su identificación con los dánaoi homéricos fue sugerida desde antiguo, ya por los primeros egiptólogos en el siglo XIX, quienes entendieron que el término era una forma ortográfica revisada del arcaico Tanaya-Tanayu con el que los egipcios se referían a los habitantes del mar Egeo, muy probablemente los griegos. Esta asociación sería corroborada por la posterior vinculación de Dánao con Egipto en el ámbito del mito griego, siendo de esta forma un eco lejano de la práctica egipcia de llamar de esta forma a los griegos.      

Hay otras posibilidades muy factibles. En otros textos egipcios se designa a este pueblo como danuna. En una de las misivas de El-Amarna se menciona a su rey y se ubica su territorio de origen al norte de Ugarit. También se les atribuye el apelativo dene, en el Onomasticon de Amenope, lista de nombres de ciudades de Siria y Palestina con sus tribus, que se data a fines del siglo XII a.e.c. En la inscripción bilingüe de Karatepe, (siglo VIII a.e.c.), se alude al pueblo de los danunios dentro de un contexto local perteneciente al espacio geográfico de la Cilicia anatolia. Estos factores parecen aconsejar identificarles en este ámbito del Asia Menor meridional, zona donde aparece el topónimo Adana, que en la forma Adaniya figura del mismo modo en los textos hititas antiguos.

La identificación de dnnym o danuna con los antiguos habitantes de Adana parece demostrada, en tanto que el término fenicio dnnym corresponde, en luvita, o al término adanawa, o a adanawani, de tal manera que los danunios serían los habitantes de Adana y de su territorio. El país, citado como danuna, podría aparecer en la lista de ciudades conquistadas en Siria, e inscrita en el obelisco blanco de Asurnasirpal II, datado en el siglo IX a.e.c., en una inscripción fenicia de Zincirli, también de mediada la misma centuria, en donde se menciona que el monarca de los danunios ejerció cierto dominio sobre el país de Sam’al, y en las tablillas de Alalah, en la forma Atanni.

Su aspecto externo, como aparecen representados en los relieves de Medinet Habu, vestidos con un gorro compuesto de plumas o hierbas atado con una cinta bajo el mentón, los asimila a otros componentes étnicos de los Pueblos del Mar, caso de los Peleset o los Tjekker, que parecen ubicarse originariamente en este mismo contexto geográfico.       

En cualquier caso, y a pesar de las dificultades que presentan estas dos identificaciones reseñadas, no se puede descartar por completo una posible presencia de elementos egeos en el conglomerado étnico denominado Pueblos del Mar, en especial si se tiene en consideración que se ha probado la presencia micénica en las costas occidentales de Asia Menor, en concreto en Mileto, identificable con esa Millawanda de los textos hititas, y tal vez en otros sitios de la geografía anatolia meridional. En consecuencia, no sería una locura imaginar que hubieran participado en una serie de incursiones, con el objetivo primordial del saqueo, aprovechando el vacío de poder ante la inestabilidad imperante en el Mediterráneo oriental, y no tanto con el deseo de instalarse permanentemente en otros territorios. Hay que recordar que la práctica de la piratería por los reinos micénicos no fue inhabitual. De hecho, es muy factible que las incursiones hacia Egipto en busca de botín de parte del falso cretense que quiere simular Odiseo, podrían representar un recuerdo inmemorial de semejantes actividades.

Las noticias parcas y muy diseminadas sobre estos ataques y avances, halladas en fuentes orientales, particularmente egipcias, recogen, muy probablemente, sólo una pequeña porción de un fenómeno más complicado y extendido que pudo afectar a la mayoría del ámbito geográfico señalado y regiones periféricas colindantes, Uno de tales avances perturbadores podría estar detrás de la presunta realidad histórica oculta tras la mítica guerra de Troya que, en cualquier circunstancia, parece más el resultado o el síntoma de los disturbios del periodo que la causa directa o el origen de los mismos. En tal sentido, el ciclo épico de los Nóstoi o retornos de los diferentes héroes protagonistas en la guerra de Troya y su dispersión por diferentes rincones del Mediterráneo, oriental y occidental, configuró el modelo mítico adecuado para explicar la presencia griega en el exterior dando cuenta, además, y probablemente, de forma distorsionada, de un proceso migratorio general acontecido tiempo atrás, que habría dejado improntas en la tradición oral de la que emana la poesía épica.

La tradición mítica helena, aglutinada en los poemas épicos como los Nóstoi o la Melampodia que se le atribuye a Hesíodo, recoge noticias sobre la emigración de ciertos héroes griegos hacia territorios orientales al finalizar la guerra de Troya o después de la destrucción de Tebas a manos de los Epígonos. Anfíloco, vástago de Anfiarao, marchó hacia Panfilia y Cilicia, fundando la ciudad de Malos, fundación compartida en otros testimonios con el adivino Mopso, quien habría conducido a los emigrados hasta las regiones levantinas de Siria y de Palestina; El nombre Mopso, de hecho, aparece en documentos orientales, caso de los textos hititas o la inscripción bilingüe de Karatepe, un factor que refleja la presencia griega en estas zonas, expresado en tradiciones míticas ulteriores. Teucro, por su parte, hijo de Telamón, se desplazó hasta Chipre, donde fundó Salamina; Agapenor, dirigente arcadio, se dirigió hacia la misma isla, en donde fundó la nueva Pafos.

El periodo de los retornos conforma un relato sobre naufragios e itinerancias, de establecimientos forzados en tierras alejadas, también de regreso a hogares fragmentados y dominados por pugnas familiares o sobre emigraciones con la finalidad de construir una vida en nuevos territorios. Heródoto se hace eco de estas tradiciones al mencionar que Anfíloco habría fundado la ciudad de Posideo, en la frontera entre cilicios y sirios, que los cilicios recibían antiguamente el nombre de hipaqueos o que los panfilios descendían de aquellos soldados que acompañaron a Calcante y Anfíloco después de la dispersión de los griegos que retornaban de Troya.

Aunque tales tradiciones no sean un eco o reflejo fidedigno de las migraciones de finales de la Edad del Bronce e inicios de la Edad Oscura, la dispersión de la cerámica micénica III C, de fabricación local, por las costas del Mediterráneo oriental, vendría a reflejar en el registro arqueológico la veracidad básica de tales mitos y leyendas.       

La posibilidad de que, en sus inicios, la implantación de los filisteos en Palestina estuviera relacionada directamente con los movimientos de población provenientes del Egeo, constituye una vía más hacia la presencia de gentes egeas, seguramente micénicos, en las costas orientales. En todo caso, los filisteos asentados en Palestina quedaron prontamente asimilados al entorno cananeo en el que habitaban, adoptando lengua y escritura locales, así como sus deidades, de manera que el probable legado egeo fue olvidado y las influencias locales se convirtieron en preponderantes. Existen dudas acerca de la realidad histórica de estas hipótesis. Es muy posible que la cerámica de tipo micénico III C, que combina elementos chipriotas y micénicos, pudiese avalar una migración oriental desde la isla de Chipre más que desde el ámbito egeo o de la Grecia continental, pues en Chipre pueden haber tomado forma los elementos del nuevo complejo cultural que caracteriza toda la región.

Debió existir un constante flujo de gentes que iban buscando seguridad y nuevas oportunidades que ofrecían espacios como Chipre. Para lograrlo recorrerían las antiguas rutas marítimas, llevando consigo esquemas artísticos e ideológicos. Estos migrantes pudieron ser, en cualquier caso, especialistas en determinadas habilidades artesanales o comerciantes, más que familias enteras.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, septiembre, 2021.