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18 de junio de 2026

Una reflexión sobre la filosofía helenística: cinismo, estoicismo, epicureísmo y escepticismo

Imágenes, un fresco del siglo I que representa a Crates y a su esposa Hiparquia, en la villa Farnesina, del Trastevere romano, datado en el siglo XVI.

La filosofía helenística contó con diversas corrientes, escuelas o movimientos de gran interés relativas a la vida humana y su forma de afrontarla. Los filósofos cínicos fueron ajenos, como bien se sabe, a toda convención social. Aunque se considera a Antístenes el fundador del cinismo, fue Diógenes de Sínope el mejor ejemplo del filósofo de esta corriente, con su estilo de vida radicalmente heterodoxo, lo que conformará la imagen del sabio inconformista que se desentiende de las convenciones sociales.

En esencia, desde su perspectiva, la vida feliz consistía en una vida despreocupada, sin metas y sin ambiciones, satisfaciendo nuestros instintos más primarios. La sencillez sería considerada el fundamento para el desarrollo de un comportamiento honesto, autárquico e indiferente ante los muchos avatares de la existencia. Su discípulo más renombrado fue Crates, quien despreciaba las riquezas y la fama. Con su esposa, Hiparquia, practicó el mencionado estilo de vida cínico, ajeno a las convenciones. Los romanos, de mayor austeridad en lo moral, pensaron que este estilo de vida cínico era algo socialmente desvergonzado.

A su vez, un discípulo de Crates sería el fundador del estoicismo, Zenón de Citio, convencionalmente mucho más comedido. El estoicismo fue realmente un movimiento cultural con una amplia capacidad de adaptación a los problemas de su época. Entre otros aspectos, los estoicos creían en la existencia de ciclos cósmicos que culminaban en una suerte de conflagración universal que traería consigo una purificación del mundo que, a su vez, regenera todas las cosas. Una idea conectada con la idea de destino, en tanto que el nuevo ciclo cósmico surgido tras la conflagración repetirá sustancialmente lo ya ocurrido en el anterior. Este tema llevó a lo que se denominó el argumento perezoso; si uno enferma, ¿para qué llamar al médico?, en tanto que si ya todo está predeterminado, la persona fallecerá, llame o no al galeno.

Por su parte, la filosofía de Epicuro enseña, en realidad, a desprenderse de todo lo que no es natural y necesario. Propone algo similar a otras éticas griegas, como la aristotélica, y es la templanza y la moderación en el cálculo de los placeres. Finalmente, el escepticismo (pirronismo, a partir del nombre del filósofo que había acompañado a Alejandro Magno en su expedición hacia Oriente), más que una escuela fue una actitud filosófica. De hecho, el objetivo de Pirrón era la felicidad, para cuya consecución consideraba necesario vivir sosegadamente, con serenidad, moderación, en paz con los demás y con uno mismo. La felicidad se alcanzaba, por tanto, con una total indiferencia ante los avatares vitales.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-UFM-AEEAO-AVECH-AHEC-ICA, junio, 2026.

1 de febrero de 2023

Apolonio de Tiana y Parménides: religiosidad y mito en la filosofía antigua


Imágenes, arriba, Lecito ateniense de figuras negras, del siglo IV a.e.c. Helios y Noche. Helios, ascendiendo en su cuadriga, la Noche, alejándose hacia la izquierda y Eos a la derecha. Atribuida al Pintor de Safo; abajo, un filósofo vagabundo, tal vez Apolonio de Tiana, quién vivió parte de su vida en Creta. Escultura hallada en Gortina (siglo II), ahora en el Museo Arqueológico de Heraklion, Creta.

Apolonio de Tiana fue un místico y un filósofo de una rica y reputada familia griega de la, por entonces, provincia romana de Capadocia, en la actual Turquía. Natural de Tiana, vivió en el siglo I de la Era. Fue Filóstrato quien escribió su biografía, realmente legendaria, en el marco de la denominada segunda sofística. En la peculiar y muy mítica vida de Apolonio los viajes son un referente crucial. Se dice que recorre el mundo conocido, incluyendo el extremo occidente, las Columnas de Heracles en Cádiz o la lejana India en el extremo oriental. Sus periplos y aventuras son contados por su acompañante, y al tiempo, discípulo Damis, un asirio al que instruye al modo socrático.

Siendo todavía joven, Apolonio de Tiana renuncia a su rica herencia familiar y se acoge al pitagorismo. Remeda el periplo de su maestro Pitágoras, otro eterno viajero que siempre va en busca de la sabiduría. De este modo, visita a los gimnosofistas de Etiopía, los brahmanes de India o a los magos babilonios, empapándose de todo el conocimiento que encuentra a su paso. Su modo de vida es bohemio y austero, pues sigue una estricta dieta vegetariana, comiendo los frutos de la tierra.

Al igual que ocurre con Empédocles, se abstiene de manchar con sangre los altares de las deidades, siguiendo una forma de vida que recuerda al ser humano su cercano parentesco con lo divino. La condición humana es privilegiada y peculiar, en tanto que somos la única especie animal que conoce a los dioses y, además, filosofa reflexionando acerca de su naturaleza. La creación es motivada por la bondad de los dioses, de ahí se colige que los humanos bondadosos gocen de la oportunidad de participar de lo divino. Por tal motivo, es menester entonar himnos que complazcan a los dioses. No obstante, Apolonio sostiene que el hombre es un ciudadano universal y que existe una deidad, inaccesible a la razón, superior a las divinidades de los pueblos. Aquélla, a diferencia de éstos, no necesita ni solicita oraciones o sacrificios, o que se le nombre.

Aunque el viaje de Apolonio hasta Etiopía resulta inverosímil, Lucio Flavio Filóstrato revela ciertas peculiares ideas respecto a los ríos Nilo y Ganges. Sus semejanzas radican en que ambos ríos son considerados divinos; además, sus ritos de celebración son parecidos. Cuenta el sofista que Apolonio remonta el Nilo buscando a los gimnosofistas, sabios que moran en unas colinas situadas en donde rinden un culto especial al propio río. Son gentes que no precisan de vestimenta ni viviendas, pues viven al aire libre y se congregan en un bosque en la orilla del río. A la llegada de Apolonio estalla una suerte de desencuentro, lo que reflejaría una arcaica rivalidad entre la sabiduría egipcia y la india.

Apolonio manifiesta una tesis en la cual los egipcios etíopes, por mediación de la ruta del mar Rojo, establecerían contacto con los indios, adquiriendo de ellos su filosofía, aunque nunca lograsen llegar a su nivel de conocimientos. Esta herencia india se ajusta bien a la vida pitagórica. Lo indio y lo pitagórico pertenecen a una sabiduría secreta que se aparta de las filosofías conocidas. Es silente, expresándose con acertijos.

La vida mendicante y ascética de los pitagóricos se fundamentaba en una triple creencias, la armonía estelar, la reencarnación o metempsícosis y el poder de los números como fundamento de lo que es real. La superioridad de los indios sobre los egipcios reside para Apolonio en que los primeros, como ciertos pitagóricos, logran reconocer sus propias reencarnaciones. Incluso él mismo dice recordar su vida pasada, como la de timonel en una nave egipcia; un recuerdo semejante al de Pitágoras, que aseveraba que había sido el héroe Euforbo en la época de la guerra de Troya.

En Babilonia, por su parte, Apolonio renuncia a participar en el sacrificio de un caballo que el soberano ofrece al Sol. Eso sí, pasa un buen período de tiempo aprendiendo los secretos de los brahmanes. Entiende que India tiene un aura mítica, que asocia con el célebre país de los lotófagos de la Odisea, donde los forastero que degustaran sus frutos olvidaba para siempre el retorno a su patria. No es baladí recordar que desde época alejandrina la región estaba helenizada. El valle del Indo, y en especial Taxila, era la sede del denominado arte greco budista de Gandhāra (estilísticamente griego pero con temática búdica), además de un relevante centro de enseñanza hinduista y budista. De hecho, el propio Heródoto señala que el griego es allí la segunda lengua. No hace falta destacar que ciertos hallazgos arqueológicos han confirmado, en parte, estas descripciones de Apolonio.

Su interlocutor fue el rey de nombre Yarcas, un verdadero sabio. Los brahmanes viven obsesionados con el concepto de pureza (vestimenta, costumbres, dieta), consagrándose al estudio desde su juventud. Se les exige una memoria impecable y que no sean lujuriosos, glotones o charlatanes. Los grandes sabios habitaban una región delimitada por los ríos Ganges e Hífasis (hoy Beas). El Hífasis acabaría siendo la frontera oriental del Imperio de Alejandro Magno.

Los sabios indios poseen una naturaleza noble y filosófica, en virtud de que lo que emprenden lo hacen honrando al Sol, hecho que supondría que no se expresarían sin una inspiración divina. Hasta, se dice, sus mentes pueden penetrar en otras. Entre todo el conjunto de deidades sobresale la memoria. Por ello, Apolonio les pregunta si, como supuestamente pasaba con los griegos, se conocen a sí mismos. La respuesta es afirmativa, pues dicen conocer todo porque primero se conocen a sí mismos.

En relación con el alma, señala que los indios saben quiénes fueron en vidas pasadas y que, además, transmitieron la doctrina de la reencarnación a los etíopes, “indios” que desde épocas arcaicas habrían habitado en el subcontinente. A su vez (aunque parezca sorprendente), la habrían introducido en Egipto. En cuanto al origen y la conformación del mundo, argumentan la presencia de cinco elementos; los cuatro conocidos en el ámbito más el éter, que vendría a ser aquello que inhalan los dioses.

El conocimiento verdadero es el que asegura que todo está vivo, sea un animal, una planta o hasta un mineral. Los brahmanes lo instruyen en el arte de la adivinación utilizando las estrellas. Apolonio terminará por redactar cuatro libros, convirtiéndose en el primer yogui griego, a la par que en el primer viajero conocido que es imbuido de la sabiduría de los brahmanes.

Parménides de Elea, por su parte, fue una figura no menos legendaria que Orfeo. Fue el autor de una serie de versos escritos gracias al dictado de la Diosa blanca. Nos referimos al poema filosófico llamado Sobre la Naturaleza. Su Poema, para muchos expertos, la primera obra del pensamiento occidental, resulta al tiempo una alegoría iniciática cargada de poderosos símbolos así como un relato de aventuras.

El jonio Parménides vivía en el sur de Italia. Empleaba para expresarse la lengua panhelénica de Homero. Ya se había escrito con anterioridad poesía épica después de Homero, ya que Hesíodo lo había hecho en su genealógica y didáctica exposición acerca de la naturaleza de las divinidades que aparece en su famosa Teogonía. De hecho, en la sección segunda del poema de Parménides aparece el Eros cosmogónico hesiódico, al margen de unas cuantas deidades conceptuales del tipo Guerra, Lucha o Deseo, cuyo origen tiene que hallarse en la Teogonía. La obra de Parménides, no obstante, es singular y novedosa. En un proemio de excelsa elocuencia relata el ascenso del filósofo a los cielos. Se trata de un alucinante viaje imaginario comparable a los del antiguo Egipto.

La deidad y el filósofo de Elea conversan acerca de la verdad eterna, real y profunda, que es de origen divino, diferente a las apariencias del mundo físico. Parménides es trasladado en su viaje, gracias a un carromato con dos yeguas, hasta la misma deidad. El vehículo es impulsado por las hijas de Helios, alejándolo de la morada de la Noche y haciendo que se oriente hacia la luminosidad.

Llega a un umbral pétreo desde donde se inician dos senderos, el del Día y el de la Noche. La puerta está cerrada y las llaves que la abren son custodiadas por Diké. Se abre finalmente la puerta y la diosa le recibe, dándole una amable la bienvenida. Le dice que han sido Temis y la propia Diké quienes le han guiado por un camino que no es el humano, un sendero tan poco confiable como puedan ser las opiniones de los hombres.

Este especial pasaje de la obra, conservado gracias a Sexto Empírico, muestra una destacada imaginería simbólica, que incluye el carruaje, los animales y las puertas del mundo superior. No es una ruta para los mortales, por eso únicamente las hijas de Helios pueden mostrar el camino. La visión del Reino de la luz que aquí se establece es una experiencia religiosa, que implica que cuando la visión humana se dirige hacia la verdad oculta la vida se transfigura. El prototipo de tal experiencia puede encontrarse en las prácticas mistéricas y en las ceremonias de iniciación. Así pues, se trata de la experiencia íntima de lo divino por parte de un humano quien, revelado lo visto, fundar una comunidad. Es por tal motivo que al comienzo la escuela de Parménides fue una suerte de espacio de convivencia secular y religiosa, de características míticas y proféticas.

Parménides transmuta el lenguaje de los misterios para crear un espíritu que se denominará filosofía. En tal sentido, la filosofía no emerge de conceptos abstractos, sino de una simbología mítico-religiosa presente desde antiguo en Eleusis o en Delfos. Quizá esto explica el por qué se considera a Parménides un nuevo Odiseo, viajero que recorre caminos con la intención de aumentar sus conocimientos. Naturalmente, es un periplo que no corresponde al mundo físico; es una vía de salvación, como aquellas de las religiones mistéricas.

En virtud de que la realidad posee una naturaleza espiritual y el pensamiento mejora el mundo, el ser humano debe escoger entre dos vías: entre la errada (la del no-ser) y la recta, la del ser, aunque existe una tercer camino que es el que recorren los ignorantes, creyendo que el ser y el no-ser poseen una real existencia. Son los denominados hombres de dos cabezas, en realidad, invidentes y sordos.

El ser contiene propiedades constitutivas, ya que nunca fue generado y jamás desaparecerá. Se encuentra más allá de la multiplicidad. Muy probablemente influido por corrientes de pensamiento orientales, Parménides hace surgir el mundo de la apariencia de la oposición entre oscuridad caótica y la luz prístina y primigenia. La mezcla (a través de Eros, como en Hesíodo), y el equilibrio entre ambas es lo subyacente al mundano orden aparente. Encima de todo ello está la diosa, cuya sede resulta ser un trono ubicado en el centro de dos anillos que rodean el mundo, que son el de la noche y el del fuego. Se viene a decir, por consiguiente, que si se quiere conocer lo divino hay que hacerse divino, efecto que se logra por medio de la imaginación.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, febrero, 2023.

 

26 de octubre de 2022

Cristo en el sincretismo religioso. Una construcción mítica


Imagen: lateral de un sarcófago con altorrelieves, hallado en la basílica de San Sebastián. Muestra la historia narrativa de la salvación. Se ve aquí el episodio de la entrada de Cristo en Jerusalén, montado en un asno, motivo inspirado en el ceremonial de las visitas imperiales romanas. El sarcófago se halla en los Museos Vaticanos.

La historia de Jesús de Nazaret que aparece vertida en las fuentes cristianas tiene mucho de mito. Sin ir más lejos, los parecidos dogmáticos con religiones mistéricas serían una prueba de por sí reveladora de que el cristianismo no deja de ser un producto fruto de un sincretismo religioso. Tal posicionamiento no invalidad necesariamente la probabilidad de la existencia histórica de Jesús.

Se ha aducido por parte de numerosos estudiosos y exégetas bíblicos que la creencia y fe en el Mesías tiene como lugar de procedencia la religión persa, y que Jesús es una concreción o constructo literario de la idea helenística de un mediador entre un Dios trascendente, absolutamente lejano, y un tanto difuso, y la humanidad. Ese mediador es conceptualizado como Logos o Sabiduría. A esto habría que añadir que la personalidad de Jesús sería el desarrollo de un anhelo de liberación de parte sectas judías que buscaban una divinidad mucho más cercana, y que la noción de un mesías sufriente provino de la idea babilónica, y también griega, de una divinidad que muere y resucita (Adonis, Dionisos).

La cautividad de Babilonia, entre 586 y 536 a.e.c. facilitó que la antigua religión judía sufriese  una significativa transformación. Incluso después del retorno, los israelitas permanecieron dos siglos bajo la dominación e influencia persa aqueménida,  manteniéndose tal contacto con posterioridad a la desmembración imperial obra de Alejandro el Grande, quien somete estas regiones orientales a la influencia griega. Cabe pensar que el pensamiento y ciertas concepciones religiosas persas habían influido en la ideología tradicional israelí, originando nuevas concepciones.

El dualismo persa barnizaría el monoteísmo de los israelitas. Así, Dios y el mundo,  aunados en uno y lo mismo en el espíritu de los israelitas arcaicos, se confundían e identificaban, separándose y enfrentándose. De forma simultánea, el antiguo dios nacional Yahvé, divinidad del fuego y la tempestad se había transformado por la influencia de Ahuramazda (Ormuz), convirtiéndose en un dios de santidad transcendente, regente de otro Mundo visto como fuente de vida. En definitiva, una deidad viviente que se revelaba a sus criaturas terrestres a través de intermediarios, ángeles y mensajeros celestes.

Además, al igual que entre los persas Ahuramazda (el bien) tiene por antagonista al mal Angromainyu (Ahriman), y que los constantes conflictos entre la verdad y la mentira,  las tinieblas y la luz, o la vida y la muerte son resortes de todos los aconteceres terrestres, los judíos atribuyeron a Satán el rol de adversario (y enemigo irreconciliable) de dios, un corruptor de la creación divina, un príncipe mundano y jefe de los ejércitos infernales. Satán medirá sus fuerzas con las de Yahvé, rey celestial.

Entre ambos príncipes enfrentados se encuentra Mitra, un espíritu luminoso de corrección y verdad en el ámbito persa; una suerte de mediador y salvador del mundo. Como una personificación solar o del fuego, como luz sufriente que batalla y triunfa sobre las tinieblas y la noche, se le vinculó con la muerte y la inmortalidad, otorgándole el papel de conductor de las almas y juez en la morada de los fallecidos.

Los persas pensaban que cuando se hubiese alcanzado la plenitud de los tiempos  Ahuzamazda suscitaría de la simiente de Zaratustra, al hijo de la Virgen Saosyant (Sosieoseh o Sraosha); por lo tanto, el salvador. Del mismo modo se aducía que el propio Mitra descendería sobre la tierra y que, en la última batalla, vencería a Angra Mainyu y sus ejércitos, precipitándolos en los Infiernos. Después resucitaría a los muertos con sus cuerpos materiales. Tras un juicio universal final, los malos serían condenados a penas infernales mientras que los buenos admitidos en la residencia de los bienaventurados, estableciéndose un reino de paz.

Mesías (Ungido, y en griego Kristós), era antiguamente la denominación regia en calidad de representante de Yahvé ante de la población. Representaba la calidad de hijo obediente a su padre,

Posteriormente, se proyectó el concepto del Mesías hacia el tiempo futuro, esperándose de él la realización del reino de Yahvé sobre sus elegidos. De este modo, los primeros profetas verían en el Mesías un rey ideal del futuro, único digno de heredar las gracia divina prometida a David. Los judíos le concebían como un héroe, de mayor empaque que Moisés, capaz de restablecer el esplendor de Israel, relegando a los paganos e incrédulos de la religión de Yahvé. Se esperaba del Mesías que fuese quien de reunir a todos los judíos dispersos entre los paganos para así llevarlos al país de sus padres, al reino de las almas, a la patria celestial, lugar desde donde descendieron y al que volverían tras el deceso físico.

En los inicios se había contemplado en el Mesías a un mortal, un nuevo David, rey teocrático, un príncipe de paz bendito de dios, gobernador con justicia de su pueblo, de forma análoga a un Saosyant persa que descendía de Zaratrustra. No en vano, se le otorgó la denominación de Mesías a Ciro, pues fue el salvador supremo de Israel al sacarlos de la cautividad de Babilonia.

De forma semejante a cómo la imaginación popular transformó a Saosyant en un ser divino identificado con Mitra, el Mesías promovido por los profetas (Isaías, por ejemplo) al rango de rey divino, de tal manera que se le empezó a llamar héroe divino y padre de eternidad.

Después del exilio, los judíos se habían instalado por el litoral oriental del Mediterráneo. Algunos se quedaron en Mesopotamia mientras que otros se establecieron como artesanos, negociantes y banqueros en las regiones portuarias. Ahora, bajo la influenciad moral y religiosa griega, el concepto de Yahvé sufre otra transformación. Se desprende de los rasgos materiales y antropomorfos, convirtiéndose en un ser espiritual totalmente bueno; una deidad ya descrita por Platón. En esta oportunidad, se creaba un dilema de extraordinaria relevancia: armonizar la majestad absoluta y celeste, la transcendencia de dios con un sentir religioso que reclama la inmediata presencia de la deidad.

Una idea tomada por los judíos de los persas era la del mediador, como representante de dios en la tierra. En la esfera terrenal su nombre era Sabiduría (Sofía), debido a las influencias griegas y egipcias. Sabiduría era una de las Amesha Spentas persas, espíritus próximos a dios, lo cual corresponde a los arcángeles hebreos. El anónimo autor de la  Sapiencia de Salomón, un judío alejandrino del siglo I a.e.c., la personificó, poseyendo ahora identidad personal, material, aunque siendo una fuerza que penetra la naturaleza y es un principio de la revelación divina en la creación.

De la misma manera que Platón quiso superar la dualidad del mundo sensual y la de aquel transcendental con su idea de alma universal, la Sabiduría debía servir de mediador entre el dios judío y su creación.  Filón de Alejandría (filósofo hebreo que vivió entre el siglo I a.e.c. y el I de la Era) entiende que el contraste entre la majestad incognoscible, inefable y absoluta de la divinidad (encima del mundo sensible), y la realidad sensual de lo creado cuenta con mediadores, unos seres concebidos como mensajeros y representantes de dios. Semejantes a los ángeles persas o a los demonios griegos, y próximos a las ideas platónicas, se parecen a las fuerzas seminales a través de las que la filosofía estoica explicaba los problemas del ser. La primera de tales fuerzas mediadoras, que probablemente personaliza el conjunto de las demás, era el Logos, Razón operante o también Verbo creador de la divinidad. Se vería en él al sumo sacerdote que intercede en favor de los seres humanos, así como el transmisor de las promesas de la gracia divina. Estaríamos, por consiguiente, ante el alma, el espíritu del universo.

La aspiración fundamental se orientaba al merecimiento de la felicidad que provoca la visión de dios y la unión con él, esperando obtener la posibilidad de gozar en esta vida de unos pocos deleites que aguardaban en la celeste. Los judíos pensaban lograr tal plenitud gracias a la estricta observación (literal) de la ley, aunque acababan enredándose en un laberinto de prescripciones muy puntillistas.

El mismo Filón señala en Sobre la Vida Contemplativa que los terapeutas, una asociación cultual configurada por judíos y prosélitos, buscaban a través de la soledad y el aislamiento el camino para llevar a cabo los postulados religiosos. La práctica de algunos ritos cultuales, muy parecidos a los de las sectas órficas y pitagóricas, caso de abstenerse de comer carne y beber vino, la pobreza voluntaria, el estudio de escritos tradicionales de revelación mística, los cánticos religiosos o la castidad, iban de la mano de una piedad contemplativa y ejercicios religiosos comunitarios. De esta manera pensaban que ponían los medios necesarios para alcanzar la salvación de una forma más eficiente.

Por su parte, los esenios rechazaban los juramentos y sacrificios sangrientos, venerando al sol, entendido como manifestación de la luz divina. En tales aspectos se identificaban con los terapeutas, si bien eran diferentes por su vida comunitaria y su organización cenobítica. Unos y otros, terapeutas y esenios, participaban de una impaciente espera del fin del mundo, preparándose para recibir el cumplimiento de las promesas divinas a través de virtudes, como la justicia, la caridad y la fraternidad.

Estos grupos poseían tradiciones secretas. Flavio Josefo Josefo reseña que los esenios profesaban ideas dualistas acerca de la naturaleza del cuerpo y el alma. Al igual que otras sectas místicas, concebían el cuerpo prisión y tumba en vida del alma inmortal, proveniente de una previa existencia de luz y felicidad. Su notable pesimismo debido a la contemplación de la vida terrena cotidiana, les inspiraba el deseo de liberarse de lo sensual una vez que alcanzaran, en el Otro Mundo, una mejor vida. La salvación residía, por tanto, en el ejercicio de ritos misteriosos.

Uno de ellos consistía en la ciencia de la nomenclatura de ángeles y demonios que abren el acceso a las diferentes esferas celestes que se conciben superpuestas. Tal ciencia sería revelada a los humanos por una deidad superior, un dios-salvador. Este es un concepto similar al que configura la fuente de Filón de Alejandría; es decir, la fe en la virtud sobrenatural del Verbo divino, mezclada con diversos elementos extranjeros, persas, babilonios, egipcios, y trasplantada desde la especulación filosófica a la esfera supersticiosa. Es así como la apocalíptica judía se acabaría presentando como la revelación de una sabiduría secreta y divina.

Esta ideología procede, sin duda, de un sincretismo religioso en el que participaron elementos persas, judíos, babilónicos, griegos y egipcios. En los dos o tres últimos siglos antes de nuestra Era estos aspectos se habían expandido por Asia occidental. Sus afiliados se denominaban adoneos, a partir de un fundador llamado Ado (que recuerda a Adonis). Denominada como religiosidad mandeana, la poblaban numerosas sectas (ebionitas, setianos, ofitas, heliognósticos), unas cuantas de las cuales acabarían siendo herejías en el cristianismo primitivo.

Nazoreo (referido a Jesús) se ha querido explicar a partir de los Nasirianos o Nasiritas, consagrados al dios del Antiguo Testamento. De ellos se afirmaba que se abstenían de vino y del aceite. Sin embargo, los judíos distinguieron con claridad entre Nazoreos y Nasirianos. De ahí que haya salido a la luz una teoría que vincula los orígenes de Nazoreo con la denominación de una secta precristiana que venera a su dios (o Mesías) bajo el vocablo nosri (nasarja), cuyo significado es el de guardián o protector; también Salvador. Serían, en consecuencia, los iniciados en una ciencia secreta o gnósticos.

Semejante etimología les proporcionó a los Nazoreanos la posibilidad de cimentar unos fundamentos históricos a su cualidad de protectores u observantes, sobre todo desde que la idea del Mesías adquirió un aspecto histórico.

Parece muy probable la existencia, y difusión, de un culto precristiano de Jesús. Uno de los argumentos esgrimidos al respecto tiene que ver con la cruz, entendido como un símbolo que expresa el sacrificio (crucifixión) de uno mismo así como la victoria de la vida sobre la muerte, en la unión con la deidad. Conviene recordar que la cruz era un símbolo solar, aludiendo al aspecto de cruz que forma el sol cuando corta el ecuador celeste en el equinoccio primaveral, logrando así una suerte de victoria de la luz al surgir de la parte inferior del zodiaco correspondiente al invierno. De hecho, el Mesías es el mediador entre las cosas superiores y aquellas inferiores, entre lo mundano y dios. En el diálogo platónico Timeo el alma universal, que media entre dios y el mundo, se representa con la forma de una cruz inclinada, tendida entre el cielo y la tierra.

Un rasgo propio de tiempos arcaicos sería el sacrificio humano. La ceremonia de la circuncisión y consumir el cordero pascual actuarían como una redención de un sacrificio humano, aquel del primogénito, ofrecido al dios supremo. Dicho de otro modo, en lugar del hombre se sacrificaba el prepucio o a un cordero; esto es, una parte corporal con el objetivo de salvar el todo. No se olvide que los semitas practicaban el ritual del sacrificio humano en la primavera, para rescatar a la población de los pecados cometidos cometer durante un año. Se trata de una práctica muy extendida en la antigüedad. Los reyes, específicamente sus primogénitos, serían las principales víctimas propiciatorias ofrecidas en sacrificio.

El desarrollo del monoteísmo trajo consigo la degradación de las antiguas deidades. Fueron rebajadas al rango de mortales. De tal forma el relato del Génesis fue imaginado con el objetivo de motivar, de forma histórica, la sustitución de los sacrificios humanos, reemplazándolos por otros de animales.

Entre los antiguos israelitas estuvo extendida la práctica de los sacrificios humanos, en especial a través del concepto del chivo expiatorio, que es abandonado en el yermo desierto como mecanismo de redención de los pecados de la comunidad. Se conservó mucho tiempo la idea de sustituir las vidas humanas por la muerte de animales en los arcaicos sacrificios en virtud de que ese sacrificio se asociaba a la renovación de la vida que la sangre de la víctima aportaría a la naturaleza (asolada en verano o latente por el invierno). Se trata de la ceremonia que originó el mito de un dios hermoso y joven que moría entre grandes lamentos para luego renacer, resucitando en medio de una alegre algarabía. Hablamos, sin ir más lejos, del Attis frigio, del Adonis sirio, del Osiris de los egipcios, del Mitra persa de Adonis sirio, del Esmún fenicio o de Sandan de Tarso en Cilicia.

Los más antiguos inicios de tales cultos pudieron encontrarse en Babilonia. Marduk, Bel, Tammuz, eran deidades que fallecían y resucitaban. A veces eran imaginadas divinidades como Shamash, Nergal o Sin que descendían al inframundo, en una especie de muerte y renacimiento. Simbolizaría una personificación del sol que, al morir, representa el invierno y las tinieblas, para ofrecer al mundo, ulteriormente, una nueva vida.

Finalmente, un apunte más. Los rabinos tuvieron sobre el Mesías dos distintos conceptos O bien el hijo de David, enviado por dios para liberar a los judíos del sometimiento extranjero, y que sería el fundador del reino universal y el juez de la humanidad; o el Mesías que tenía la obligación de reunir las diez tribus de Galilea y conducirlas a Jerusalén, aunque moriría luchando contra Gog y Magog. Parece más que factible que los judíos tomasen de los persas la idea de la pasión del Mesías, aunque no todos la aceptasen de buen grado. Los dos Mesías se fundirían en uno en el Evangelio; el terrestre, que se desplaza con sus discípulos, y el celestial, hijo de David, que acabaría  regresando envuelto en gloria eterna.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, octubre, 2022. 

24 de febrero de 2015

Deidades protectoras, arhats y místicos en el budismo tibetano








IMÁGENES, DE ARRIBA HACIA ABAJO: BRONCE DORADO CON VAJRAPANI EN UNIÓN DE SU CONSORTE. TÍBET CENTRAL, SIGLO XV; CABEZA DE BRONCE TIBETANO DEL SIGLO XIII. UN MAHASIDDHA CON EXÓTICA EXPRESIÓN; MAHASIDDHA GHANTAPA CON LA CAMPANA RITUAL Y EL VAJRA. SENTADO SOBRE UNA PIEL DE ANIMAL, LLEVA UNA CORONA CON UNA CALAVERA HUMANA. COBRE AMARILLO DORADO, SIGLO XVI; PIEDRA DORADA CON MAHAKALA. FINES DEL SIGLO XIII, ATRIBUIDO A LA ESCUELA DE ANIGE; TANGKA CON ARHAT CHUDAPANTHAKA. ESTÁ EN ARMONÍA CON LA SERENIDAD DEL PAISAJE DE ESTILO CHINO, AUNQUE PARECE ESTAR APARTE DEL MISMO, FLOTANDO MÁS ALLÁ DE LA MUNDANIDAD, CONCENTRADO EN EL CONTROL SOBRE SUS PODERES INTERNOS. SIGLO XVI; TANGKA TIBETANO (ESTANDARTE PINTADO), CON AMOGHASIDDHI RODEADO DE BODHISATTVAS. COMIENZOS DEL SIGLO XIII; TANGKA TIBETANO DEL SIGLO XV, CON MAHAKALA. APARECE RODEADO DE FEROCES DEIDADES, COMO LA PROTECTORA FEMENINA LHAMO, QUE APARECE SOBRE SU MULA. GOUACHE SOBRE ALGODÓN; YOGI SENTADO QUE MUESTRA EL PODER INTERNO DEL CONTROL DE LA RESPIRACIÓN. COBRE AMARILLO, TÍBET, SIGLO XI.

Existen muchas divinidades iracundas en el budismo tibetano que son, en el fondo, protectoras del Dharma, así como guerreros y reyes, míticos y humanos o históricos, que se han convertido en guardianes de la ley. Los lokapalas son los guardianes de las direcciones o Cuatro Reyes. El más relevante de los cuatro es Vaishravana, rey o guardián del norte. A pesar de las horrorosas apariencias, son figuras protectoras de la fe, y su naturaleza demoníaca representa no la personificación del mal sino la violencia, la vehemencia, que existe en el Universo, así como el tremendo esfuerzo que hay que hacer pasa desterrar el mal. Algunos guardianes tibetanos son también deidades en formas feroces, como Manjushri, quien en su forma terrorífica recibe el nombre de Vajrabhairava. Esta divinidad es típicamente representada con numerosos brazos y cabezas, con una cabeza de búfalo en el centro (entre cuyos cuernos se encierra otra feroz cabeza), así como un conjunto de amas y símbolos. Se trata de densas imágenes, rítmicas, que comunican una ferocidad demoníaca al tiempo que propician una atracción casi hipnótica.
Yidam es una clase de deidad protectora adorada como una deidad tutelar personal (lo fue para el gobernante mongol Kublai Khan), al igual que como guardián del reino como un conjunto. El yidam indio Mahakala se reverencia especialmente en Tíbet (siguiendo la herencia nómada de la región) en su papel de señor de las tiendas. Exuda poder, y se le considera la manifestación más feroz del bodhisattva Avalokitesvara, con el que mantiene una similar función de superador de obstáculos, especialmente aquellos considerados negativos. Su aterradora imaginería deriva de la forma furiosa del dios hindú Siva, conocido, en tal sentido, como Bhairava.
Palden o Penden Lhamo es una protectora femenina de la capital, Lhasa y, a la par, del Dalai Lama. En las pinturas que representan a Mahakala, Lhamo tiene una posición prominente como una de las figuras subsidiarias mayores. Parcialmente, su origen se halla en la diosa Kali, aunque, muy probablemente, también deriva alguno de sus atributos de divinidades nativas de la tradición Bon. Sus grotescas representaciones son visiones de una clase de actividad compasiva. Casada con un sangriento rey guerrero, se la representa a menudo llevando el cuerpo de su hijo muerto con ella sobre su mula, haciendo énfasis en que no se detendrá ante nada (lo que incluye matar a su hijo) con tal de alcanzar la paz.
Yab-yum (padre-madre) son parejas de divinidades masculinas y femeninas representadas en unión sexual. Al menos uno en la pareja, usualmente el representante masculino, tiene una forma feroz. Las figuras emparejadas expresan el proceso esencial de unión del conocimiento y la compasión (vínculo de la sabiduría y los medios útiles de acción). La figura masculina, que encarna la compasión, abraza a la femenina, que representa la sabiduría trascendente. El matrimonio de sabiduría y compasión es necesario para trascender las preocupaciones que ocultan los progresos hacia el entendimiento de la naturaleza última de la realidad. Las imágenes yab-yum se vinculan a aspectos fundamentales del inconsciente, sirviendo para identificar, y sublimar, los instintos, conscientes e inconscientes en una muy poderosa metáfora visual.
Los arhats son vistos como discípulos que expanden la doctrina después de la muerte del Buda. En Tíbet asumieron el rol principal de intermediarios que asistían al creyente en el transitar de su sendero hacia la iluminación, al modo de un bodhisattva. También se les aplicó una estatura mítica que incluía poderes mágicos extraordinarios y exóticas apariciones. En Asia oriental su culto original de cuatro aumentó a dieciséis o dieciocho, hasta que finalmente evolucionó en grupos de quinientos. Tal número de imágenes propició edificaciones propias separadas en los complejos arquitectónicos budistas. En algunos ejemplos chinos y tibetanos, se representa al arhat con piel oscura, mecanismo habitualmente usado por los artistas chinos para indicar temas indios. Las imágenes tibetanas derivan de modelos chinos y siguen, por tanto, el modo chino de retratar temáticas y personajes de India. Las referencias literarias en Tíbet a estas personalidades aparecen a partir del siglo X.
Las imágenes del Mahasiddha, un gran ser que ha alcanzado su meta, son muy poco conocidas fuera de Tíbet. Estas figuras, altamente veneradas, tienen su origen en India, pero son únicamente conocidas allí a través de la literatura. Se considera que fueron practicantes tántricos muy admirados por sus prácticas nada convencionales. Se trata de yogis, grandes místicos, que practican la absorción en estados especiales de experiencias extáticas, y poseen, como los arhats, toda una serie de poderes sobrenaturales con los cuales llevan a cabo acciones milagrosas. En las representaciones artísticas se muestran llevando ropas propias de los moradores de los bosques, a la manera de individuos excéntricos, en tanto que los arhats se retratan como monjes. Por tanto, los Mahasiddhas fueron famosos por sus excéntricos comportamientos y apariencias. Quizá el más popular fue Virupa, primer enseñante terrenal de los Sakyapa. Fue un maestro del tantrismo que vivió en India en el siglo IX, y de quien se creyó que había ganado poder sobre el sol. Además, también fue renombrado por su amor al licor.
Finalmente, también algunos filósofos y reyes históricos, conformaron una segunda categoría de protectores del dharma. Es el caso del primer rey religioso Songtsen Gampo y del gran adepto del siglo XI Atisha.

Prof. Dr. Julio López Saco
Escuela de Historia, UCV- Escuela de Letras, UCAB

19 de noviembre de 2014

Modioli de Boscoreale: Copa de los Esqueletos


La imagen que aquí se presenta corresponde al modioli de Boscoreale, Nápoles, datado en el siglo I. Se le ha llamado Copa de los Esqueletos. En ella se representa, plausiblemente, la brevedad de la vida humana. Es un banquete de filósofos y poetas griegos. Puede referirse a las maneras de afrontar el fin último: la muerte. En la escena que se muestra, vemos a dos filósofos (en esqueleto, es decir, desnudos ontológicamente hablando), con teorías enfrentadas, el estoico Zenón y Epicuro, además de Mónimo de Siracusa, un cínico y Demetrio de Faros. Los dos primeros portan sacos y bastones. Zenón actúa con descrédito en referencia a Epicuro, quien no se afecta, ya que alarga la mano sobre un pastel encima de una mesa trípode. A los pies de Epicuro el representativo cerdo de la escuela epicúrea con el hocico levantado hacia el dulce. “El disfrute es un bien sacro”, reza encima de la torta. La muerte, imperiosa y definitiva, pone fin a toda aventura existencial. Epicuro espera la hora final, inevitable, saboreando las alegrías y placeres de la existencia. El camino a la muerte hay que iniciarlo vivo, diría; no como Zenón, ascesis renunciante, de gesto moralizador y de rechazo del cuerpo: escoge morir antes de que llegue la muerte y así resuelve el insoslayable problema de su inevitable desaparición. Un alma que conoce el bienestar de la ausencia de temor evita que el cuerpo sufra.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB 

2 de mayo de 2013

Los inicios de la retórica



El origen de la retórica se ubica en Sicilia hacia 485 a.n.E., en el momento en que los tiranos Hierón y Gelón de Siracusa impusieron la expropiación de tierras y el ostracismo sobre una parte significativa de la población. En tales condiciones surgió un nuevo orden socio-político en el que los mercenarios pasaron a ser propietarios. Con la llegada de la democracia y el fin de la tiranía, se buscó restablecer las antiguas relaciones de propiedad, aunque esos derechos ya estaban borrosos. Una forma de salir de semejante confusión, fue el establecimiento de jurados populares, ante los cuales cada ciudadano debía hacer sus demandas y alegar, de manera individual, en su beneficio. Este proceso es el que conduce al nacimiento del arte de la persuasión, en el que se inscribieron los nombres de Empédocles de Agrigento, de Corax y de Tisias de Sicilia. En tal sentido, la retórica surge para dar respuesta a una situación en la que gobierna la indefinición. Es la téchne de la elocuencia, cuya finalidad es encantar y seducir a los auditores a través del discurso, haciendo posible la persuasión. Como fruto de la aplicación de un saber, la retórica se refiere a las palabras y discursos, no a las cosas y objetos materiales. Su orientación se encuentra en el lenguaje y el pensamiento, planteando con su puesta en escena, las exigencias de libertad y tolerancia. Su objetivo, por tanto, no es el conocimiento o el hallazgo de ciertas verdades. Se trata, en realidad, del dominio de una destreza, orientada a lograr una comunicación persuasiva. Es un medio que dice más de quien produce el discurso que de los objetos implicados en el mismo. El orador invita a aceptar lo que se dice, poniendo cada cosa bajo un manto de verosimilitud. Por todo ello, la retórica se vincula con aquellos contenidos sujetos a deliberación, razón por la que tuvo un lugar privilegiado en la formación de la actividad política griega.

Prof. Dr. Julio López Saco
Doctorado en Ciencias Sociales, UCV-Caracas

24 de septiembre de 2012

La antigua religión irania II: el origen del mundo


IMÁGENES: LA PRIMERA CORRESPONDE AL DENOMINADO SARCÓFAGO DE ZOROASTRO, MIENTRAS QUE LA SEGUNDA ES LA CONOCIDA TUMBA DE DARÍO I


La génesis mazdea, recogida en el Bundahishn, se produce bajo dos formas de existencia: el estado espiritual y el físico; el primero de ellos es el embrión del estado físico, siendo éste último caracterizado por la mezcla provocada por la acción de Ahriman, el espíritu malo, quien mata al toro y hombre primordiales. Del semen del hombre primordial (Gayomard), provienen los animales buenos y la primera pareja humana, conocida comoMashya y Mashyanag. Las partes del mundo se crean en varias etapas, concretamente en seis, desde el cielo hasta el hombre. En el centro de la tierra se encuentra la montaña Hara, y alrededor de la tierra discurre la cadena montañosa Harburz. La historia del cosmos se desarrolla en tres fases, la pasada, dominada por Gayomard y su fallecimiento, la presente, controlada, por supuesto, por Zaratustra y su mensaje, y la futura, guiada por Soshans, el Salvador. La historia del Universo se despliega en partes, hasta alcanzar varios miles de años. Los tres mil primeros años contemplan la creación del mundo por parte de Ohrmazd, en un estado espiritual, al tiempo que Ahriman comienza su accionar destructivo; en los siguientes nueve mil años se produce una tregua divina y la mezcla de sus respectivas creaciones en un estado ya plenamente físico. Tres mil años más tarde, Ahriman ataca el mundo creado por Ohrmazd, pero éste reacciona creando la fravashi, el alma de Zaratustra. Otros tres milenios después, el profeta se revela e inicia su avance triunfal la denominada “buena religión”. Los restantes tres mil años se ubican bajo el control y domino de tres Soshans, tres hijos de Zoroastro, cada uno de los cuales aparece al comienzo de cada milenio. El fin del mundo vendrá marcado por la purificación del fuego, pues un río de fuego separará los malvados delos justos. Los muertos resucitarán en cuerpos indestructibles después de un sacrificio efectuado por el Salvador.
A partir del siglo X, después de varias tentativas de sublevación contra los musulmanes, la mayoría de los creyentes zoroástricos se fueron de Irán camino de Mumbay, en India, donde formaron la cohesionada comunidad de parsis que, aun con muchos sobresaltos, ha sobrevivido hasta la actualidad.

Prof. Dr. Julio López Saco 
Doctorado en Historia, UCV