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3 de noviembre de 2020

Culto solar en el Bronce Medio y Final europeo: figura de Klicevac, carro de Dupljaja y carro solar de Trundholm




Imágenes (de arriba hacia abajo): réplica de la figura de Klicevac; carro de Dupljaja; y carro de Trundholm, en Zealand, Dinamarca.

Una parte relevante del legado estético de la Edad del Bronce europeo parece reflejar una religiosidad asociada al culto solar. Varios objetos, decorados con espirales y entramados curvilíneos, parecen responder, de forma directa o indirecta, a este culto, como es el caso de las aves acuáticas, ruedas, círculos radiados, toros con cornamenta, barcos, carros y los personajes que en ellos viajan.

Entre las figuras en terracota del ámbito danubiano destaca una estatuilla, hoy desaparecida (se perdió a lo largo del desarrollo de la Primera Guerra Mundial), cuya procedencia se registró en el cementerio del Bronce Medio de Klicevac (Serbia oriental). Hallada en 1881 en el interior de una urna con restos humanos cremados, se dató en la segunda mitad del II milenio a.e.c. y pertenece a la cultura de Dubovac-Zuto.

El aspecto es el de un ser que se muestra emitiendo haces lumínicos o de fuego desde una esfera celestial o inframundana. Su aspecto expresionista se resalta con su vestimenta: una falda acampanada con franjas de dameros entre bandas de zig zags. Los brazos convergen en el centro al lado de la placa colgante de un collar con broche circular, ornamento que combina con un torques con puntas en espiral. A la intensidad compositiva de nariz, cejas y orejas se suma unos ojos grandes, redondos y equidistantes, con elevado poder comunicativo. El cabello se recoge en una suerte de diadema denticulada. El sentido y la simbolización de la figura es desconocido, aunque es probable que se haya ideado mostrando algún poder sobrenatural.

A fines del II milenio pertenece un carruaje de terracota hallado en el yacimiento fortificado de Dupljaja (Vojvodina, Serbia). Se trata de un carro de tres ruedas que aparece tirado por un par de ánades erguidos que portan collares al cuello. El carruaje transporta a un personaje masculino de cara de ave, ornado con colgante y un torques, vestido con túnica talar que presenta triángulos incisos y círculos. Delante de la figura el carro lleva un tercer pájaro, en una posición centralizada.

Podríamos estar ante una figura que fuese una deidad y el ave su atributo. De hecho, la presunta deidad aparenta moverse gracias a la fuerza desplegada por los servidores-ave, y quizá se encuentra en un proceso de metamorfosis-transfiguración en su propio símbolo (el pájaro). Si al carro se le otorga una función ritual, representando el recorrido del astro solar, la figura que en él se encuentra podría entenderse como una divinidad del sol que está en sacra comunión con el ánade. Conviene recordar que agua, pájaro y carruaje se reúnen simbióticamente en aquellos vehículos que transportan vasijas de bronce tan típicos del Bronce Antiguo y Medio europeo.

Aunque los países de Escandinavia adolecen de recursos metalíferos produjeron sin embargo notables piezas de metal, como armas, adornos y objetos personales. Gran cantidad de ajuares metálicos y vestimentas fueron recuperados de las inhumaciones individuales en cajas hechas con troncos bajo montículos tumulares en Seeland, Jutlandia o Goteland. También en estas latitudes se hicieron donaciones votivas de armas y otros objetos de bronce a las aguas de ríos, pantanos, pozos o lagos, en honor de las deidades acuáticas. Los discos de cinturón fueron objetos de la donación ritual, aunque también se depositaron en tumbas. Un disco de bronce, llamado disco del sol, apareció instalado en un carro de seis ruedas del que tira un solo caballo. Fue descubierto en la marisma de Trundholm, al norte de Zealand, y datado a mediados del II milenio a.e.c. Anverso y reverso del disco aparecen decorados con motivos de círculos, algunos engarzados en espirales (característica de la metalística nórdica). A través de unas riendas el caballo tira del disco solar. Va engalanado el animal con placas y motivos en oro.

Es bastante factible que el vehículo estuviese orientado a recorrer un camino análogo al del Sol; primero un camino de ida, de este a oeste, mostrando la cara más reluciente del disco, y después uno de vuelta, de oeste a este, con la cara menos luminosa o apagada. Aunque no se puede descartar su uso como un juguete móvil, tal vez la pieza represente en pequeño tamaño algún ejemplar ritual de mayor envergadura que podría haberse empleado en ceremonias y procesiones.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP, noviembre, 2020.

7 de septiembre de 2020

Odiseo y las sirenas: aríbalo de Boston



En la imagen, un aríbalo, vasija para aceites, con la presencia de Odiseo enfrentado a las sirenas. Del período arcaico, se data entre 575 y 550 a.e.c., y procede de Corinto. (MFA, Museum of Fine Arts, Boston, Vases, nº 467). Se muestra también un dibujo con el despliegue iconográfico. Odiseo atado al mástil de la embarcación (como en el estamno del Pintor de la Sirena), navega por la isla de las sirenas. Se ven las cabezas de la tripulación en una fila. Tres de las enormes sirenas están en la cima de un acantilado, detrás de las cuales hay una mujer sentada, mientras que dos gigantescos pájaros (prefiguración de las propias sirenas) están sobre el barco amenazando a los marineros. Detrás de la embarcación se puede observar una gran edificación, probablemente las puertas del Hades, lo cual alude al carácter funerario de las sirenas. Las sirenas se nos presentan como seres sobrenaturales de naturaleza femenina. Representan un peligro, el que reside en su poder seductor a través de la voz y el canto. En la Odisea, las sirenas habitan una isla pedregosa y estéril. Hijas del dios fluvial Aqueloo o de la deidad marina Forcis, su número varía según los autores: dos en Odisea, tres en otros varios autores y hasta ocho para Platón. Su primera aparición iconográfica es esta que está a la vista de todos.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP, septiembre, 2020


1 de agosto de 2020

Crucificado de Puteoli: ¿primera imagen de la crucifixión?



La imagen que se muestra es el dibujo realizado por el profesor Antonio Lombatti, de la Universitá Popolare de Parma, de un relevante e impactante grafito en el que se observa una crucifixión. Fue hallado a finales de la década de los cincuenta del pasado siglo en una de las tabernae que se excavaron en el célebre antiguo puerto de Puteoli (hoy Pozzuoli, en Nápoles) en esa época. La cruz tiene un tamaño de unos cuarenta centímetros de alto, mientras que la figura, previsiblemente una mujer, unos treinta y cinco centímetros. Ha sido datado, como otros varios existentes en las paredes, de la época de Trajano o, tal vez, Adriano. En la parte izquierda de la imagen, sobre la espalda, aparece inscrito el nombre griego Alkimila, sugiriendo que pueda ser el nombre de la persona crucificada, si bien no es seguro que sea así, pues puede ser un texto posterior y no estar asociado a la representación. Las curiosas marcas que cruzan el cuerpo tal vez sean una manera de representar el desollamiento de la piel o la flagelación. Al lado de la solitaria inhumación del hombre de Gabelo y del clavo en el calcañar del hallazgo de los restos de Jehohanan a fines de los sesenta del pasado siglo en Jerusalén, esta es una de las tres únicas evidencias iconográficas y arqueológicas del no menos famoso castigo de la crucifixión, que los romanos emplearon con profusión.

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, agosto, 2020

3 de abril de 2019

Iconografía de la pintura mural al fresco minoica: sarcófago de Hagia Triada



Es el que se presenta en la imagen uno de los más notables ejemplos de pintura figurativa minoica mural al fresco. Se trata del célebre sarcófago de Hagia Triada, datado en el Minoico Reciente II o, tal vez, III. Se representan escenas de carácter religioso y ritual en todos sus lados. En los lados largos se observa una representación de tipo ceremonial, concretamente el sacrifico de un toro. Un grupo de mujeres realizan libaciones al lado de varios hombres que entregan lo que parecen ser objetos votivos dedicados a una figura claramente estática que pudiera corresponder a la estatua de una divinidad o, quizá, a una representación de un fallecido. Se pueden ver hachas dobles votivas y una serie de motivos de espirales y rosetas que ornan el conjunto, lo cual se  vincula con la iconografía de Cnoso de la etapa Neopalacial. Las representaciones de personajes femeninos, así como de imágenes masculinas (a veces con hombres semidesnudos, estilizados y atléticos) muestran siempre una tipología juvenil. Se observan convencionalismos comunes con las pinturas próximo-orientales y egipcias, como la concepción genérica del cuerpo humano y su representación cromática (la piel de color rojiza para varones y blanca para las mujeres). Sin embargo, se busca más la esencia que el realismo, hecho que aleja a esta pintura mural de la canónica, calculada y rígida pintura egipcia. La composición (en este caso particular pero también en general), presenta figuras en colores planos, sin sombra ni volumen, sobre un fondo monocromático. Los personajes humanos y los animales se muestran de perfil completo (no como el perfil medio egipcio) y, sobre todo, se representan con gran fluidez y con movimientos bastante naturales. Paisajes, fauna y seres humanos están siempre presentes, de lo cual se puede deducir una aguda observación del medio por parte de los antiguos minoicos.

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, abril, 2019.

3 de junio de 2018

Arqueología: el "pensador" y figurilla femenina de Çatal Höyük




Un par de fotos de dos recientes descubrimientos arqueológicos de muy probable alto valor histórico. En la primera imagen, la soberbia figurilla de “el pensador”. Al lado de un conjunto de objetos funerarios, entre los cuales se encontraban vasos cerámicos, puntas de flecha, un hacha, huesos de animales (ovejas y, tal vez, un burro), así como otras piezas de metal, destaca el hallazgo de esta figurilla cerámica, bautizada “el pensador”. Encontrada en unas excavaciones en Yahud, en las proximidades de Tel Aviv, Israel, ha sido datada en 3800 a.e.c., en plena Edad del Bronce. El lugar del hallazgo, cuya datación más antigua ha sido establecida en torno a 6000 a.e.c., parece haber sido un mausoleo perteneciente a algún miembro de la nobleza de la comunidad que habitaba en la zona, en tanto que el conjunto de piezas podrían haber conformado un grupo de ofrendas fúnebres. Resulta relevante observar la actitud pensativa y/o reflexiva  de esta figura sentada, con las rodillas dobladas y la cara apoyada en una mano. Podría recordar, además, la célebre figura sentada de Hamangia, una cultura neolítica en la zona septentrional de los Balcanes. En la segunda imagen, una figurilla femenina de época neolítica (hacia 8000 a.e.c.), hallada en el famoso yacimiento de Çatal Höyük, en Turquía. Hecha en mármol, esta figura, que semeja un luchador de sumo, muestra a una mujer con la cabeza calva y los ojos rasgados. Las últimas investigaciones hechas al respecto del significado de este tipo de figurillas, apuntan a considerarlas representaciones de mujeres ancianas de alguna elite. Una hipótesis atendible; eso sí, tanto como algunas otras todavía vigentes.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Junio, 2018.

30 de diciembre de 2015

Señores de las estepas: las tribus escitas





Imágenes, de arriba hacia abajo: alfombra con jinetes y ciervos, de inspiración persa. Túmulo 5 de los textiles de Pazyryk. Datada entre los siglos VI y III a.e.c.; otra alfombra de lana de oveja de los kurganes de Pazyryk (Siberia) con un jinete. Siglos V-IV a.e.c.; detalle del carcaj en oro de un guerrero escita decorado con escenas míticas. Necrópolis de Chertomlyk. Museo del Hermitage; otra escena, con híbridos zoomorfos míticos, del carcaj dorado escita; y placa de oro con dos hombres en juramento de fraternidad a través de beber de vino. Era una costumbre típica de los nómadas esteparios. Museo del Hermitage.

Lo que las fuentes conocen como escitas corresponde a pueblos guerreros nómadas, avezados jinetes hábiles en el manejo del arco, cuyo territorio de acción geográfico fue muy amplio, desde los montes Altai, en la estepa del sur de Rusia y lo que actualmente corresponde a Ucrania, hasta el mar Negro. Los límites geográficos de su región de asentamiento fueron el río Don, en el este, y el Danubio a occidente. Imaginados por los griegos como ideal de pueblo bárbaro, llegaron a crear y consolidar un Estado monárquico durante varios siglos (hasta el siglo II a.e.c.).
Es Heródoto el que recoge un antiguo relato mítico alusivo a los orígenes de los escitas. Según el historiador, Targitao, hijo de Zeus y de una hija del río Borístenes (anterior nombre del Dniéper), es el nombre de un primer hombre que vio la luz en un lugar desértico, y que tuvo tres descendientes, Arpoxais, Colaxais y Lipoxais. Sus tres hijos reinarían en conjunto, hasta que del cielo cayeron una serie de objetos dorados (un yugo, una copa, un arado y un hacha de doble filo), que solamente pudieron ser recogidos por el menor de los hermanos, lo cual supuso que los otros dos convinieran en dejar el reino en sus manos. Puede haber en este relato una metáfora alusiva a la organización social tripartita propia de las poblaciones indoeuropeas[1].
Ciertos investigadores modernos creen que los escitas descienden de los miembros de la Cultura Srubnaya o Cultura de las Tumbas de Madera, comunidades nómadas cuyo origen se encontraba en las inmediaciones de la región del Volga y que en la época de la Edad del Bronce se movilizaron hacia un espacio geográfico que coincidiría con el de los escitas, concretamente al norte del mar Negro. Otros estudiosos, con la reconocida Marija Gimbutas a la cabeza, difieren de esta apreciación y señalan que el lugar originario escita debió encontrarse en Siberia o en algún lugar de Asia Central. En un proceso expansivo posterior se habría producido una simbiosis con poblaciones autóctonas del mar Negro.
Si bien la exacta procedencia geográfica es muy incierta, aparición en la historia de los escitas está más o menos bien documentada. En el siglo VIII a.e.c. se constatan en conflicto con los cimerios, a los que logran expulsar del norte de la zona del mar Negro. En 676 a.e.c., asociados con los maneos, y después de atravesar el Cáucaso, atacan el reino asirio, a la sazón comandado por Asarhadón, quien logra derrotarles[2]. Unas décadas después participan, liderados por un soberano de nombre Madyes, en la conquista de ciertas regiones de Mesopotamia. Hacia 650 a.e.c. se apoderan de Media, costa levantina y norte de Siria, hasta que treinta años después son derrotados por Ciaxares y se repliegan hacia el Cáucaso, el sur de la actual Rusia y el mar Negro, en donde fundarán el auténtico reino de Escitia. Unos años más tarde, también llegan al norte de Egipto, no se sabe muy bien si con intenciones de invadirlo. En cualquier circunstancia, allí el faraón Psamético I logra comprar su retirada.
El contacto escita con los griegos se produce cuando estos últimos llegan a la costa norte del mar Negro, en donde las colonias helenas movilizan la actividad económica escita, sobre todo el intercambio comercial[3]. Este proceso de enriquecimiento comercial escita pudo favorecer que las tribus se vincularan en una estructura estatal, en cuya cúspide estaba ubicado un monarca hereditario, quizá de condición divina, aunque con un poder limitado por una asamblea en la que las diversas tribus escitas estarían representadas. El poderío y fastuosidad de tales gobernantes se verifica en sus enterramientos, los célebres kurganes o grandes túmulos, en los que se inhumaban los reyes y príncipes escitas acompañados por muy ricos ajuares que consistían en vajillas de plata y oro, adornos y orfebrería de diversa consideración, cerámica griega, estatuas y armamento variado.
Esta unificación política escita conllevó un cierto poderío militar, como demuestra la campaña de Darío I en 512 a.e.c. contra los escitas con la intención de apoderarse de las rutas de aprovisionamiento de grano a las polis griegas que el Gran Rey deseaba conquistar. Mediado el siglo IV a.e.c., un rey de nombre Ateas reunifica todas las tribus escitas y emprende un proceso expansivo que extiende el reino escita hasta el Danubio. Sin embargo, Filipo II de Macedonia logró frenar este avance.
Aunque a partir del siglo II a.e.c. comienza a apreciarse la desintegración del reino de Escitia, cuando los celtas ocupan los Balcanes y los expertos jinetes sármatas se apoderan del sur de Rusia, dos monarcas escitas, Palaco y Esciluro, reunieron las fuerzas suficientes para enfrentarse a Mitrídates VI del Ponto en el siglo I a.e.c. en pugna por el control de algunas regiones costeras de la actual Crimea. Algunas fuentes todavía mencionan que a fines del siglo II a.e.c., algunas tribus escitas emigraron a la Sogdiana, Bactriana y Aracosia, antiguas satrapías persas, dirigidas por un rey de nombre Maues. Incluso es posible, aunque con reservas, que hubieran cruzado el Indo y alcanzado las regiones de Punjab y Cachemira, en donde se asentarían en torno al 80 a.e.c.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB, Caracas. FEIAP-UGR


[1] Los escitas, desde una perspectiva lingüística y étnica, eran indoeuropeos, del grupo nor-iranio. Estuvieron emparentados con diversas poblaciones asiáticas, entre las que destacan las de los sármatas, sacios y masagetas.
[2] Las fuentes asirias hablan de Kashtariti, un líder de una agrupación de maneos, medos, escitas y otras tribus de la región de los Zagros, que amenazaron el reino asirio en tiempos del reinado de Asarhadón. Las fuentes asirias denominan a los escitas como ishkuzai (semejante al skythai griego).
[3] Mientras los escitas vendían a los griegos pieles curtidas, cereales, esclavos y ganado, algunos artesanos griegos se dedicaron a trabajar para ellos, lo que motivó la aparición de un estilo estético greco-escita de notable calidad.

19 de noviembre de 2014

Modioli de Boscoreale: Copa de los Esqueletos


La imagen que aquí se presenta corresponde al modioli de Boscoreale, Nápoles, datado en el siglo I. Se le ha llamado Copa de los Esqueletos. En ella se representa, plausiblemente, la brevedad de la vida humana. Es un banquete de filósofos y poetas griegos. Puede referirse a las maneras de afrontar el fin último: la muerte. En la escena que se muestra, vemos a dos filósofos (en esqueleto, es decir, desnudos ontológicamente hablando), con teorías enfrentadas, el estoico Zenón y Epicuro, además de Mónimo de Siracusa, un cínico y Demetrio de Faros. Los dos primeros portan sacos y bastones. Zenón actúa con descrédito en referencia a Epicuro, quien no se afecta, ya que alarga la mano sobre un pastel encima de una mesa trípode. A los pies de Epicuro el representativo cerdo de la escuela epicúrea con el hocico levantado hacia el dulce. “El disfrute es un bien sacro”, reza encima de la torta. La muerte, imperiosa y definitiva, pone fin a toda aventura existencial. Epicuro espera la hora final, inevitable, saboreando las alegrías y placeres de la existencia. El camino a la muerte hay que iniciarlo vivo, diría; no como Zenón, ascesis renunciante, de gesto moralizador y de rechazo del cuerpo: escoge morir antes de que llegue la muerte y así resuelve el insoslayable problema de su inevitable desaparición. Un alma que conoce el bienestar de la ausencia de temor evita que el cuerpo sufra.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB 

9 de enero de 2014

Antiguas culturas de Ecuador II: Guangala y La Tolita






Imágenes, de arriba hacia abajo: ser mitad felino y mitad humano, en posición de acecho. Parece un chamán transformándose en su alter ego. Sus ojos y su tocado, radiante, sugieren que es una entidad que viaja por mundos paralelos. La Tolita. Botella en forma de vivienda. Representa diversos niveles cósmicos. La Tolita. Figura antropomorfa. El personaje tiene una pose hierática. Está adornado con marcas que deben señalar su identidad como miembro de un linaje prestigioso, una fraternidad de guerreros o algún culto concreto. Guangala. Caja ceremonial. Se representa la fuerza cósmica, con diseños que evocan el origen del Universo. La espiral simboliza el flujo vital continuado de energía. Guangala.


La Cultura Guangala, cuyo desarrollo se produjo entre 100 a.n.E. y 800, ocupó un territorio azotado por el fenómeno de El Niño, con prolongadas sequías seguidas de estaciones muy lluviosas de corta duración, lo que motivó la construcción de presas para contener el agua. La alternancia ambiental afectó la organización social Guangala. El grupo dirigente se mostraba un tanto inestable e inseguro en virtud de que en las épocas prolongadas de sequía era muy difícil la redistribución, de la que el grupo era responsable. Además, las prolongadas sequías motivaban traslados poblacionales que impedían o, al menos dificultaban, la conformación de una elite dominante. Es por eso por lo que aquí las diferencias sociales no fueron tan marcadas como en otras culturas del período y se hizo notable la ausencia de centros ceremoniales. En el proceso final de la cultura los jefes locales se preocupaban más de organizar los intercambios y la redistribución de artículos exóticos, manteniendo vínculos sociales y expresando su prestigio mediante el uso de elementos foráneos, sobre todo mesoamericanos.
En la cerámica se destacan las ocarinas con forma humana, que muestran personajes engalanados y tatuados. Una cerámica fina de pintura tricolor elaborada, probablemente, por encargo de los jefes locales para ser empleada en las fiestas y consolidar así su prestigio con gran dispendio de comida (lo que incluía la destrucción de las piezas) es también otro modelo cerámico habitual. Las gentes Guangala trabajaron, asimismo, el cobre, fabricando con este metal agujas, anzuelos y anillos.
La sociedad conocida como La Tolita (600 a.n.E. hasta 400) en Ecuador corresponde con la Cultura Tumaco en Colombia. Se desarrolló en un ambiente natural ribereño y marino, con presencia de manglares. Esta cultura es el resultado de readaptaciones locales vinculadas con poblaciones del Formativo en la zona. Desde el punto de vista arqueológico hubo cuatro etapas culturales: la fase Temprana, la de Transición, Tolita Clásico y Tardío.
Muchos de los recursos ribereños típicos fueron complementados con una agricultura del maíz, la yuca, el frijol y la calabaza. En la etapa de Transición se produjeron cambios en los asentamientos, ahora en terrenos secos fruto del relleno de pantanos, y se consolida el uso de los metales y de los objetos cultuales. En la época de La Tolita Clásico el asentamiento se convierte en un centro ceremonial regional importante, mientras que en el período Tardío la población del lugar llegó a cinco mil habitantes, lo que produjo el aprovechamiento de nuevos espacios ganados a las ciénagas, algunos de ellos empleados como cementerios.
El mundo sacro de La Tolita es percibible en la cultura material, en particular a través de una iconografía que relaciona el mundo de las fuerzas sobrenaturales con los asuntos cotidianos. Las primeras están relacionadas con seres y animales poderosos, tanto del cielo (aire), caso del murciélago, águila harpía o búho, como de la tierra y el agua (jaguar, sierpe, caimán). Todos ellos accedieron al estatus de deidades. Muchas esculturas híbridas, antropo-zoomorfas, representan las divinidades animales humanizadas, que se convertían en iconos socio-religiosos. Las piezas llamadas “prisioneros” parecen representar rituales de pubertad o sacrificios humanos (entendido éste como un regalo-ofrenda a una deidad), que tenían la finalidad de obtener beneficios de los dioses. En el centro ceremonial se organizaba el intercambio de bienes comestibles y artículos de lujo. El trabajo orfebre también poseía una evidente carga simbólico-religiosa. El brillo del oro y el platino expresaba la fuerza vital cósmica a través de las asociaciones con el sol y la luna, respectivamente. El resplandor de ambos metales significaba, por consiguiente, la muestra visible del poder.

Prof. Dr. Julio López saco
Maestría en Historia de América, UCV-UCAB