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2 de octubre de 2023

Los primeros seres humanos en América




IMÁGENES, DE ARRIBA HACIA ABAJO: MAPA QUE MUESTRA LOS POSIBLES CORREDORES DE PASO DE POBLACIÓN, COSTERO Y ENTRE LOS ESCUDOS LAURENTINO Y CORDILLERANO; GRUPO DE PUNTAS CLOVIS DE NORTEAMÉRICA; Y PUNTAS DE COLA DE PESCADO PARA LANZAS DE SUDAMÉRICA, CON LAS QUE PROBABLEMENTE SE PUSO FIN A LA MEGAFAUNA AMERICANA.

Si hay un aspecto que reviste cierta seguridad al respecto del poblamiento del continente americano es el hecho de que los humanos modernos entraron en América desde el sector nordeste de Siberia usando el corredor terrestre que apareció en el centro de Beringia1 entre hace 27.000 y 14.000 años. Previamente al surgimiento de este paso se constata la presencia humana adaptada a climas subárticos en el norte de Siberia hace unos 32.000 años (yacimiento Yana RHS, con hallazgos de dientes humanos, también Alekseevsk, Ust’-Kova)2. Unas cuantas poblaciones habrían quedado aisladas en el nordeste de Asia o en la misma región de Beringia hace unos 25.000 años, de forma que quedarían desconectadas de sus parientes asiáticos. Aquí, aisladas, empezaron a generar grupos genéticos específicos que serán los que originarían los indígenas americanos.

Al empezar a mejorar las condiciones climáticas, en torno a hace 18.000 años, los cazadores y recolectores de Eurasia continuarían su expansión en coincidencia con el aumento de las estepas con presencia del mamut en Beringia, mientras las poblaciones aisladas en Beringia iniciarían su desplazamiento hacia el oriente y al sur, para posteriormente alcanzar los territorios que se hallaban más allá de los glaciales de las montañas Rocosas (bloque Cordillerano) y del escudo Laurentino. Desde ese momento, es factible la expansión humana por un continente libre de hielos y que contaba con una megafauna de mamíferos considerable.

Aunque la llegada inicial de humanos a América entre 18.000 y 16.000 años antes del Presente no concuerda con una supuesta presencia previa en ciertos lugares de Norteamérica y Sudamérica, caso de Bluefish Cave, Chiquihuite o Cerutti Mastodon en el norte del continente, y de Monte Verde I y Arroyo del Vizcaíno, en el sur, los modelos de ADN confirman que los humanos americanos tienen orígenes asiáticos y se dispersaron al sur de los bloques glaciales de Norteamérica después de un aislamiento en Beringia durante el Último Máximo Glacial (18.000-16.000 años). Los restos humanos americanos más antiguos descienden de esta población. Si existió un poblamiento anterior, no dejó rastros genéticos en las ulteriores poblaciones, lo que supondría considerar una extinción general de estos seres humanos anteriores en todo el continente3.

Al llegar los humanos al este de Beringia la población siguió su camino hacia el sur al liberarse de glaciales el corredor de la costa del Pacífico, hace unos 17.000 años (anterior en casi cuatro milenios al de Alberta). Una vez atravesado el corredor, continuarían su proceso expansivo por la zona meridional y occidental de Norteamérica hasta llagar a Sudamérica. La evidencia arqueológica y genética se encuentra en yacimientos sudamericanos como Monte Verde II, Huaca Prieta (de hace unos 14.500 años), además de Arroyo Seco II (de hace unos 14.000 años). No obstante, no existe una evidencia semejante en Alaska para estas mismas épocas, pues las más claras corresponden al complejo Nenana (Dry Creek, de 13.500 años).

Hace unos 13.000 años surgen los cazadores (de bisontes y de mamuts) Clovis, originados al sur del manto de hielo cuando ya el interior de Norteamérica estaba poblada. En consecuencia, se ignora si surgieron de los cazadores de grandes mamíferos llegados por el corredor de Alberta (abierto ya hace 13.800 años), o de grupos dispersados previamente a lo largo del Pacífico y que después se habrían internado hacia las llanuras orientales.

Desde hace 13.000 años existen indicios de ocupación humana en Sudamérica, en regiones específicas, coincidentes además con el surgimiento y difusión de las puntas de cola de pescado, como es el caso de las pampas de Brasil, Uruguay y Argentina, la Patagonia, la meseta brasileña, los Andes y las tierras bajas tropicales. En toda América la abundancia de megafauna experimenta un declive repentino al producirse la expansión de las puntas Clovis y de las de cola de pescado. La acción de los seres humanos, haya sido indirecta o directa, debió tener relevancia en la extinción de la megafauna de mamíferos.

A partir de hace 10.000 años antes del Presente se produce un cambio en las estrategias económicas en ciertas zonas, lo cual dará como resultado un aumento demográfico. Comienza a evidenciarse la explotación sistemática de los recursos marinos, en especial de la costa del océano Pacífico y, posteriormente, empiezan a cultivarse plantas y a domesticarse animales, como los camélidos en la región andina. Estos procesos provocaron una significativa diversificación cultural a partir del Holoceno, lo cual será el fundamento de la enorme variedad de grupos étnicos que los conquistadores y colonizadores europeos se encontrarían a fines del siglo XV.

Bibliografía

PRATES, L. & POLITIS, G.G. & PÉREZ, S.I., Los prmeros pobladores de América. El auténtico descubrimiento del Nuevo Mundo, edit. Salvat, Barcelona, 2023.

GOEBEL, T. & HOFFECKER J.F. & POWERS, W.R., “The colonization of Beringia and the peopling of the New World”, Science, 259, 1993, pp. 46-53.

GOEBEL, T. & POWERS, W.R. & BIGELOW, N., “The Nenana complex of Alaska and Clovis origins”, Journal Clovis origins and adaptations, Center for the Study of the First Americans, Oregon State University, 1991, pp. 49-79.

MADSEN D.B. (edit.), Entering America: Northeast Asia and Beringia before the Last Glacial Maximum, University Utah Press, Salt Lake City, 2004.

1 Beringia abarcaría la plataforma continental de los mares de Bering y Chukchi, incluyendo el este de Siberia, con la península de Kamchatka y casi todo el territorio de Alaska.

2 Los restos hallados en Yana RHS son las evidencias más arcaicas de poblaciones norsiberianas, y están vinculadas a las del yacimiento de Mal’ta, en el sur de Siberia. Con una datación de hace 24.000 años, casi la mitad de la carga genérica de los indígenas americanos procede de este lugar. Por otra parte, los yacimientos Ushki 1 y Ushki 5, en la península de Kamchatka, con una antigüedad entre 13.500 y 12.000 años, poseen elementos semejantes a los contextos arqueológicos más arcaicos de Alaska central, esos del complejo Nenana.

3 Únicamente las huellas humanas encontradas en el yacimiento de White Sands, datadas en hace 22.000 años, parece una evidencia sólida a ser considerada como registro de esta posible población pionera, aunque nunca poblaría el continente ni dejaría descendencia. 

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, octubre, 2023.

9 de enero de 2014

Antiguas culturas de Ecuador II: Guangala y La Tolita






Imágenes, de arriba hacia abajo: ser mitad felino y mitad humano, en posición de acecho. Parece un chamán transformándose en su alter ego. Sus ojos y su tocado, radiante, sugieren que es una entidad que viaja por mundos paralelos. La Tolita. Botella en forma de vivienda. Representa diversos niveles cósmicos. La Tolita. Figura antropomorfa. El personaje tiene una pose hierática. Está adornado con marcas que deben señalar su identidad como miembro de un linaje prestigioso, una fraternidad de guerreros o algún culto concreto. Guangala. Caja ceremonial. Se representa la fuerza cósmica, con diseños que evocan el origen del Universo. La espiral simboliza el flujo vital continuado de energía. Guangala.


La Cultura Guangala, cuyo desarrollo se produjo entre 100 a.n.E. y 800, ocupó un territorio azotado por el fenómeno de El Niño, con prolongadas sequías seguidas de estaciones muy lluviosas de corta duración, lo que motivó la construcción de presas para contener el agua. La alternancia ambiental afectó la organización social Guangala. El grupo dirigente se mostraba un tanto inestable e inseguro en virtud de que en las épocas prolongadas de sequía era muy difícil la redistribución, de la que el grupo era responsable. Además, las prolongadas sequías motivaban traslados poblacionales que impedían o, al menos dificultaban, la conformación de una elite dominante. Es por eso por lo que aquí las diferencias sociales no fueron tan marcadas como en otras culturas del período y se hizo notable la ausencia de centros ceremoniales. En el proceso final de la cultura los jefes locales se preocupaban más de organizar los intercambios y la redistribución de artículos exóticos, manteniendo vínculos sociales y expresando su prestigio mediante el uso de elementos foráneos, sobre todo mesoamericanos.
En la cerámica se destacan las ocarinas con forma humana, que muestran personajes engalanados y tatuados. Una cerámica fina de pintura tricolor elaborada, probablemente, por encargo de los jefes locales para ser empleada en las fiestas y consolidar así su prestigio con gran dispendio de comida (lo que incluía la destrucción de las piezas) es también otro modelo cerámico habitual. Las gentes Guangala trabajaron, asimismo, el cobre, fabricando con este metal agujas, anzuelos y anillos.
La sociedad conocida como La Tolita (600 a.n.E. hasta 400) en Ecuador corresponde con la Cultura Tumaco en Colombia. Se desarrolló en un ambiente natural ribereño y marino, con presencia de manglares. Esta cultura es el resultado de readaptaciones locales vinculadas con poblaciones del Formativo en la zona. Desde el punto de vista arqueológico hubo cuatro etapas culturales: la fase Temprana, la de Transición, Tolita Clásico y Tardío.
Muchos de los recursos ribereños típicos fueron complementados con una agricultura del maíz, la yuca, el frijol y la calabaza. En la etapa de Transición se produjeron cambios en los asentamientos, ahora en terrenos secos fruto del relleno de pantanos, y se consolida el uso de los metales y de los objetos cultuales. En la época de La Tolita Clásico el asentamiento se convierte en un centro ceremonial regional importante, mientras que en el período Tardío la población del lugar llegó a cinco mil habitantes, lo que produjo el aprovechamiento de nuevos espacios ganados a las ciénagas, algunos de ellos empleados como cementerios.
El mundo sacro de La Tolita es percibible en la cultura material, en particular a través de una iconografía que relaciona el mundo de las fuerzas sobrenaturales con los asuntos cotidianos. Las primeras están relacionadas con seres y animales poderosos, tanto del cielo (aire), caso del murciélago, águila harpía o búho, como de la tierra y el agua (jaguar, sierpe, caimán). Todos ellos accedieron al estatus de deidades. Muchas esculturas híbridas, antropo-zoomorfas, representan las divinidades animales humanizadas, que se convertían en iconos socio-religiosos. Las piezas llamadas “prisioneros” parecen representar rituales de pubertad o sacrificios humanos (entendido éste como un regalo-ofrenda a una deidad), que tenían la finalidad de obtener beneficios de los dioses. En el centro ceremonial se organizaba el intercambio de bienes comestibles y artículos de lujo. El trabajo orfebre también poseía una evidente carga simbólico-religiosa. El brillo del oro y el platino expresaba la fuerza vital cósmica a través de las asociaciones con el sol y la luna, respectivamente. El resplandor de ambos metales significaba, por consiguiente, la muestra visible del poder.

Prof. Dr. Julio López saco
Maestría en Historia de América, UCV-UCAB
 

5 de enero de 2014

Antiguas culturas de Ecuador I: Jama-Coaque


La primera imagen corresponde a un plato (llamado “mesa de brujo”), que se apoya en siete ancestros o deidades, vestidos como la clase gobernante. Para comunicar la idea de abundancia, el plato se decora con ranas (un símbolo de lluvia y fertilidad) y con frijoles, consideradas unas semillas milagrosas porque reproducen múltiples veces el pequeño grano sembrado. La segunda foto es una pieza, denominada también “mesa de brujo”, que refiere un símbolo natural de ferocidad, pero también de fertilidad, como se aprecia en el borde, transformado en cuerpo de animal. Nos recuerda un gran señor, quizá un patrón de ceremonias, a través de la imagen de las piernas y los rostros en las rodillas. Ambas piezas pertenecen a la cultura Jama-Coaque de Ecuador.

El Período de Desarrollo Regional, desarrollado entre 300 a.n.E. y 400, verá el despliegue de sociedades teocráticas (la divinidad se identifica por medio de rasgos característicos y estereotipados de animales míticos del tipo caimán, felinos, serpiente o águila, que simbolizan las fuerzas naturales, como el agua, la tierra o el aire), especializadas y de clara estratificación social. Ahora, los centros ceremoniales son sedes del culto divino (La Tolita, San Isidro). En ellos, los sacerdotes-chamanes imponen una ideología común y, quizá, desempeñen roles políticos, conformándose también como líderes regionales controladores, al lado de las familias principales, del poder económico y político. Podemos constatar ya, en tal sentido, una oposición contrastante entre el ámbito urbano y el rural. A través del desarrollo marítimo se afianzaron los contactos con Mesoamérica. Tanto fue así que las Culturas Jama-Coaque y La Tolita muestran estilos decorativos cercanos a los mesoamericanos. También la metalurgia ahora logra éxitos sin precedentes a través de las aleaciones y las técnicas de orfebrería.
La agricultura intensiva hizo necesaria la presencia de un especializado estamento social que necesitaba legitimar su rol dirigente. Lo alcanzó a través del aparato religioso. Los encargados de las actividades religiosas poseían saberes sobre las relaciones entre los fenómenos cósmicos, como el Sol, la Luna o las estrellas, los eventos climáticos y los marinos (lluvias, mareas). Con ello desarrollaron un sistema de observación astronómico y un calendario, crucial para la programación de las campañas agrícolas. Así, los campesinos reciben un conocimiento y ellos, a cambio, entregan una parte de su trabajo y de su producción.  Los sacerdotes hicieron de los dioses portadores de dualidades. Con la finalidad de hacerlos llegar al común de las gentes, idearon imágenes que fueron hechas realidad gracias a los artesanos. Unos y otros elevaron, en materiales como el hueso, la piedra, el oro o la cerámica, un mundo de deidades, dueñas de los poderes y acreedores del trabajo de las demás gentes, estableciendo un sistema teocrático.
La cosmovisión religiosa se fundamentaba en la naturaleza. El ser humano era concebido como aparte de un todo inseparable. Todos los seres poseían espíritu, incluidos los difuntos y, en especial, los ancestros. Sacerdotes y chamanes eran los guías espirituales y los médicos que tenían la función de mantener la salud y el equilibrio. Por tal motivo, eran mediadores entre dioses, seres humanos y el medio ambiente. Aunque los sacerdotes pudieron detentar unciones administrativas y políticas, tal poder no era individual, sino grupal: estaría conformado por ellos, por gentes de alta jerarquía y por personajes ricos. Esta estructura de poder conformó una elite regional que se encargaría de dominar los poblados de menor rango a través de alianzas familiares y el pago de tributos. A través del aparato religioso el grupo dirigente propició el fundamento de su autoridad. Manipulaban los objetos sacros (emblemáticos y de significación espiritual) como símbolos de poder. Entre ellos destacaban los adornos (orejeras, narigueras, pendientes), elaborados en materiales nobles, como la turquesa, el oro o el Spondylus. Al acaparar y manipular objetos de esta índole el grupo dirigente tejió redes comerciales y sociales sobre distintos territorios, a cuyos jefes locales se les permitía integrarse a cambio de explotar ciertos recursos. De alto rango eran también los orfebres, mercaderes y los constructores de templos y de las obras de infraestructura agrícola. Estamos, pues, ante sociedades estratificadas pero sin un poder central. El poder político de los grupos de individuos de alta jerarquía, cuyo estatus dependía del control de la producción, no era de carácter hereditario, y por eso necesitaba ser reforzado organizando festejos y entregando regalos de cuando en vez.
La sociedad Jama-Coaque comenzó su andadura hacia 350 a.n.E. y la finalizó en 1532. El sitio San Isidro, el principal de esta cultura, fue un importante centro ceremonial y administrativo de carácter regional. El asentamiento estuvo habitado hasta mediado el siglo XIII. Una primera ocupación, temprana, corresponde a Valdivia, y una segunda ocupación a Chorrera (Fase Tabuchila). La tercera ocupación es la que pertenece a Jama-Coaque, cuyos elementos culturales son derivados de Chorrera. Localmente se conoce como Fase Muchique. Su larga duración se prolonga hasta la temprana época colonial. Es muy probable que se correspondan con la población histórica que los primeros cronistas mencionan como Campace. Jama-Coaque I es una sociedad de rango controlada por una minoría de población rica gracias al comercio de larga distancia por tierra y mar. Los contactos con culturas coetáneas sugieren relaciones con grupos de Mesoamérica, como se evidencia en las figurillas emplumadas, las hibridaciones entre animales y humanos, ciertos animales míticos, máscaras y figuras articuladas.
La producción cerámica, labor de artesanos especializados, se destaca por la presencia de figuras pintadas (en color amarillo, rojo, verde y negro). La gama de personajes es amplia: desde personas de rango ligadas al ceremonial, hasta músicos, agricultores, cazadores, artesanos y guerreros. Un grupo relevante es el de los chamanes, que usan hojas de coca y se les vincula con animales, sobre todo felinos, que evocan a los ancestros y espíritus naturales. El jaguar fue el principal animal sacralizado por sus características más sobresalientes: fortaleza y tamaño. Se asociaba con el sol y, por tanto, con la fertilidad de los campos de cultivo. Otros animales muy representados fueron la serpiente y el águila harpía, ambos asociados a seres míticos celestiales e inframundano. La vida ceremonial se testimonia por medio de los adornos de muchas de las figuras, sobre todo máscaras, joyas, diversos tocados y armas, además de a través de sus vestimentas. Las figuras más ataviadas son de género masculino, mientras que las que representan a mujeres aparecen con faldas pero con los pechos y torsos desnudos, si bien decorados con pintura corporal, quizá tatuajes, además de adornos en forma de brazaletes y collares. La elegancia de los tocados femeninos, así como de los tatuajes pudiera implicar un carácter simbólico asociado a un rango religioso. Ello supondría que las mujeres manejarían centros ceremoniales y estarían a cargo de organizar actividades rituales diversas. Los mercaderes también fueron, finalmente, muy representados en forma de figurillas cerámicas. Suelen aparecer con recipientes a sus espaldas en forma de canastos para transportar sus mercancías.

Prof. Dr. Julio López Saco
Maestría en Historia de América, UCV y UCAB, Caracas.

23 de mayo de 2013

Nuevo Libro. Historia y Mitos en América



Buenos días, estudiantes, profesores, seguidores, público en general, amigos todos: les presento mi nuevo libro, titulado Historia y Mitos de la América Arcaica, publicado en Bubok Publishing, Madrid, 2013, pp. 235, que pueden adquirir en la Casa del Libro, Agapea, Libranda, Amazon y TodoeBook, entre otras librerías. El precio del ejemplar en papel (rústica) es de 32 euros, pero también tienen el ebook. Espero que sea de su gusto. Un saludo. Julio López Saco.

13 de diciembre de 2011

Las primeras culturas en América (III)

La Cultura de Cazadores y Recolectores se configura en torno a cambios climáticos y ecológicos que impusieron un cambio cultural con incidencia en la recolección. Ahora se hace relevante la explotación de recursos marinos. Dichos cambios climáticos provocaron una progresiva aridez del terreno y la desaparición de cierta fauna.
Tenemos ahora la emergencia de una nueva forma de vida caracterizada por la producción agrícola, la vida aldeana y la consolidación de las creencias religiosas formalizadas. Esto supone el paso de las sociedades nómadas, con economía de caza de grandes animales, a las sociedades sedentarias agropecuarias. El período cronológico abarcaría desde 7000 a 2500 a.n.E. En las zonas costeras, que aprovechan recursos marinos, los asentamientos arcaicos son aldeas sedentarias, mientras que en regiones del interior, con mayor abundancia de vegetales, predominan campamentos temporales y estacionales. En las primeras abunda ya una arquitectura de centros comunales, quizá ceremoniales, y de viviendas familiares, construidas principalmente con adobe y piedra.
El tipo de sociedad predominante parecer ser la banda, cuyo tamaño se relaciona con el ciclo económico estacional. En la estación seca, con escaso alimento, los pobladores se dividirían en microbandas nómadas; en la estación de abundancia, por el contrario, se impondría el sedentarismo del grupo. En esta organización parece consolidada la figura del chamán como especialista mágico-religioso y de la medicina. Solo en Perú el sedentarismo temprano muestra vestigios de un avance hacia la jerarquización y la centralización.
El inicio de la práctica agrícola en este período no fue súbito ni revolucionario; tampoco una explosión a partir de la cual el hombre cambió repentinamente su forma de vivir. Es un proceso lento, gradual y acumulativo, con múltiples centros de domesticación de plantas, interconectados entre sí o evolucionando en paralelo, en torno al maíz (mesoamérica), la patata (hábitat andino) y la mandioca (zona tropical amazónica). Esto significa, al menos, la ubicación y definición de tres centros domesticadores de plantas: las tierras altas en Mesoamérica, en torno al maíz; el altiplano de los Andes centrales, en función de la patata; y las tierras bajas del Caribe, alrededor de la mandioca.
Las probables causas de este desarrollo agropecuario se pueden condensar del siguiente modo. En primer término la presencia de ciertas condiciones biológicas y ecológicas, lo que supondría que los ciclos estacionales y las mutaciones genéticas de las plantas, fruto de una simbiosis hombre-planta, serían condicionantes del cultivo y la selección; en segundo lugar, un progresivo aumento de la población, que provocaría que el exceso de personas experimentasen con plantas cultivadas en entornos reducidos o debido a presiones en aumento sobre el suelo; en tercer término, dicho aumento demográfico, vinculado a la aparición de estaciones invernales pobres en recursos y con fluctuaciones pluviométricas, que desarrollarían la recolección y el almacenamiento, así como el esencial cultivo.


Prof. Dr. Julio López Saco

Escuela de Historia, UCV

Maestría en Historia de las Américas, UCAB

1 de diciembre de 2011

Las primeras culturas en América (II)

En el territorio de Norteamérica esta cultura (cazadores de megafauna), se escenifica en la cultura Clovis (entre 16000-13500 a.n.E.), que muestra las más antiguas puntas de proyectil. Su origen puede estar en tradiciones de cazadores de gran fauna siberianos del oeste y el centro de Asia. Esta facies cultural presenta pequeños asentamientos compuestos por unas pocas familias semi-nómadas. Sus puntas serían usadas en los kills o lugares de matanza y desguace. Se presume que en ciertas épocas del año se reunían en lugares donde abundaba de caza, conformando macrobandas temporales. A fines del Pleistoceno, con el cambio climático, se termina el nomadismo de persecución de la pieza y surge un nomadismo cíclico, recorriendo los mismos lugares en diferentes épocas anuales. Este es el momento en que aparecen indicios de carácter religioso, relacionados con posibles cultos a los muertos (con abundante presencia de puntas de proyectil de hueso rotas intencionadamente y colocadas como presuntas ofrendas). Restos deformados y marginales de Clovis formaron las puntas Sandia (10000-8000 a.n.E.). También derivadas de las Clovis tenemos las puntas Folsom, entre los 12000 y 8000 a.n.E., así como las Plano (8000-5000 a.n.E.).
A fines del período, los cazadores de la región sudoeste de Estados Unidos se yuxtapusieron a los sobrevivientes de la antigua cultura de nódulos y lascas, dando lugar a la Gran Tradición Cultural del Desierto. En el suroeste esta yuxtaposición configuró sociedades agrícolas, dando lugar a los ambientes culturales Hohokam, Mogollón y Anasazi, que parten de una base cultural denominada Cochise. Desde el punto de vista arqueológico podemos distinguir tres tradiciones culturales relevantes en el suroeste, y otras dos menores, que se extendieron por los actuales estados de Nuevo México, Nevada, sur de California, así como Sonora y Chihuahua en México. Estas culturas marginales se denominan Fremont y Patayán.
Aunque probablemente surgida hacia 300 a.n.E., con seguridad la presencia Hohokam sólo es palpable entre 300 y 400 de nuestra era. Pueden ser los antecesores de las tribus indias de Pima Alto y Papago. En sus yacimientos se destacan campanas de cobre, hachas de piedra y cerámica roja. Observamos comunidades que desarrollan el riego, se organizan en caudillajes y no como poblados independientes. Incineran los muertos, colocando las cenizas en vasos rojos. Las viviendas de barro se sitúan en depresiones excavadas, si bien hacia 1300, influidos por la cultura Salado, los asentamientos adoptaron forma rectangular de adobe. Además de presumibles problemas de escasez agraria, la cultura pudo colapsar por las incursiones apaches.
La tradición Mogollón se remonta al siglo III. Antes del comienzo del segundo milenio las viviendas eran casas-fosos, aunque más tarde se levantaron sobre el suelo natural, quizá por influencia Anasazi, y por una preponderancia de modelos residenciales orientados, presumiblemente, hacia la mujer. Es por eso que quedaron los llamados kiva, residuos de las antiguas casas excavadas, que servían de estancias comunitarias ceremoniales para los parientes varones. Se constata una producción de cerámica negra sobre blanco, con diseños geométricos y figuras estilizadas de animales y hombres, básicamente hallada en el valle del Mimbres, lo que ha dado pie a la diferenciación denominada Cultura de Mimbres. Esta cerámica se empleaba como ofrenda funeraria. Se solían “sacrificar” ritualmente rompiendo las vasijas o haciéndoles agujeros. También las sequías y los merodeos apaches iniciaron su decadencia, hacia el siglo XII. Es muy probable que parte del pueblo zuni descienda de los habitantes de esta cultura mogollón. Los Anasazi vivían en poblados de casas excavadas que pueden datar del siglo II a.n.E. Parece haber existido un período a cerámico, destacado con el nombre de Cesteros Antiguos, y otro período, un poco posterior, denominado Cesteros Modificados, cuya duración se prolonga hasta el 700. Precisamente, desde el siglo VIII hablamos de la Tradición Pueblo. En las casas se practicaban unas aberturas (conocidas como Sipapu) por las que se decía que la humanidad había emergido del mundo inferior en los orígenes. Las viviendas sobre el nivel del suelo sólo aparecen hacia 700, en complejos como Mesa Verde, unos doscientos años después de la cerámica. Los Anasazi pudieron evolucionar de antiguos nómadas del desierto, pero no podemos descartar que procedan de los agricultores y ceramista mogollón y hohokam. Desde la fase de los Cesteros Modificados, cultivan maíz y calabazas, y empleaban la metalurgia; como Pueblo, empezaron a tejer algodón y a desarrollar por completo la cerámica, además de las viviendas de piedra y de mampostería de adobe. Obligados a emigrar por las sequías, muchos serán vendidos como esclavos por los pueblos Navajos.
La Tradición Fremont es una cultura periférica de Utah, de influencia Anasazi, quizá ya activa hacia 400. Sus miembros pueden ser los antepasados de los Shoshones. Sus asentamientos fueron abandonados hacia 950. La Tradición Patayán (hakataya) pudo nacer entre los indios yumán. Poseyeron cerámica hasta el siglo VI, y quizá tuvieron relación con una variante regional denominada Sinagua.
En Mesoamérica, pero también en el resto de América central, esta cultura de cazadores se subdivide en dos etapas: la de puntas de proyectil lanceoladas sin pedúnculo (con el nombre de Cenolítico Inferior, 14000-9000 a.n.E.), y la de puntas foliáceas o Lerma (con la denominación Cenolítico Superior, 9000-7000 a.n.E.). Observamos una organización social en macrobandas que agrupaban varias familias nucleares o extendidas durante la época de caza y subsistencia. Debió existir un nomadismo cíclico ajustado a los períodos de abundancia.


Prof. Dr. Julio López Saco

Escuela de Historia, UCV

Maestría en Historia de las Américas, UCAB