25 de mayo de 2015

El antiguo Japón en la época Yayoi y Kofun




IMÁGENES: DE ARRIBA HACIA ABAJO, CAMPANA DOTAKU YAYOI; FIGURA HANIWA DE ÉPOCA KOFUN; Y KURA, DEPÓSITO PARA GUARDAR EL ARROZ. YAYOI.

Yayoi fue una cultura continental, procedente de territorio chino, que se extendió por el sur de Corea y el occidente de Japón, cuyo desarrollo cronológico se sitúa entre 300 a.e.c. y comienzo del siglo IV. Conforma una segunda etapa del Neolítico japonés[1]. Su llegada al archipiélago fue bastante rápida y relativamente brusca. Es ahora cuando empiezan a emplearse útiles de hierro y de bronce, sobre todo en campanas, lanzas, espejos y, naturalmente, espadas. En tal sentido, no es un error catalogar también la etapa Yayoi como una Edad del Bronce, aunque la difusión de los objetos de bronce no tuviesen todavía una difusión importante. Esta cultura se difunde hasta la llanura Kanto a fines del siglo I a.n.E, limitando a los Emishi (Ezo, es decir, Ainos), al norte (Hokkaido). Son, por tanto, mongoloides que llegan desde el sur de Corea trayendo influencias chinas. Entre su cultura material se destacarán los sables de piedra o sekken, de carácter honorífico, y las campanas de bronce (dotaku), propias de la aristocracia con una finalidad, quizá, vinculada con los cultos ctónicos.
La contribución primordial de la nueva cultura a la sociedad japonesa fue la introducción del cultivo del arroz, lo que no significa, por supuesto, el fin de las actividades económicas fundadas en la extracción de productos naturales o en la caza y la pesca. El cultivo del arroz llegó al archipiélago cuando parte de sus cultivadores empujados por invasores durante el imperio Han en China, tuvieron que buscar nuevas tierras. En su desplazamiento, hacia el siglo I, llegaron al sur de la península de Corea y, de allí a la isla de Kyushu. Los terrenos cenagosos y pantanosos que encontraron en Japón, en zonas costeas y cuencas fluviales, fueron lugares excelsos para continuar el cultivo. Las especiales condiciones topográficas y climatológicas, así como la escasa progresión de la ganadería, favorecieron el cultivo del arroz.
Con esta nueva producción agrícola se transformaron las formas de la vida económica imperantes hasta ese momento. Además, muy pronto el cereal influyó en la mentalidad religiosa. Los fenómenos naturales (tormentas, heladas, plagas de insectos, sequías), influyeron en las cosechas. La nueva sensibilidad ante los cambios atmosféricos implicó el nacimiento de nuevos conceptos que explicaban la fenomenología natural como una consecuencia del control que ejercían los espíritus sobre los cambios climáticos. Así, se empezó a creer que ciertos espíritus (inadama o kokurei), habitaban dentro de las plantas de arroz. Había entonces, que aplacar las iras de estas entidades y adorarlas en lo posible[2]. La fe religiosa, aunque todavía animista, se liberaba del concepto del demonio, y adoptaba la fe en los espíritus de los cereales.
La generalización del cultivo del arroz indujo el cambio de hábitat humano. Se produjeron traslados desde los estrechos y elevados valles, regiones silvestres y mesetas, a las zonas anegadas. En estas nuevas condiciones nacieron las viviendas elevadas y los hórreos (hazekura), para evitar que la humedad y los roedores, acabasen con la cosecha almacenada. El cultivo del arroz propició una planificación y la realización comunal de ciertas labores, como la desecación de zonas pantanosas o el regadío de terrenos áridos. Con este trabajo colectivo, los vínculos se favorecieron y se afianzaron las agrupaciones humanas o comunidades aldeanas. Algunas de estas (Kugahara, Karako) fueron relativamente grandes. El texto Wajin-den o Leyenda de los Japoneses, obra china de época Han, hacia el siglo I, menciona más de cien kuni o “naciones”, brotes de un primitivo estado o, si se quiere, aldeas-estado, en la región del occidente de Japón. Las comunidades eran comandadas por un jefe.
Hubo contiendas entre las comunidades tribales a lo largo de los siglos II y III, cuyo resultado fue que treinta de esas aldeas-estado se hicieron más grandes y poderosas. Estos estados de comunidades de aldeas tribales fueron hegemónicos en Kyushu, como Matsura, Nakoku, Tohma e Ito. Es en este momento cuando surgió una nación tribal conocida como Yamatai, en el norte de esta isla, gobernada por la mítica reina Himiko. El reino estableció diferencias de rangos sociales entre sus componentes nobles y plebeyos; habría nobles (taijin), aldeanos dedicados a la pesca y la agricultura (geko) y esclavos (seiko). No había, debe resaltarse, ni un país unificado, ni una monarquía hereditaria. El reino pudo poseer un poder político federado que ejercerían en conjunto los jefes de las tribus o comunidades autónomas.
La cultura Yayoi se extenderá hacia el este y se asentará en el oriente de Japón, en la meseta de Yamato (alrededor de la provincia de Nara), donde surgiría un centro fuerte, de gran nivel cultural, a partir de una federación de caciques-jefe, que lleva por nombre “poder de Kinki”, una contrapartida del reino de Yamatai en el norte de Kyushu. Bien  a través del sincretismo de los dos centros, o bien cada uno por separado, conforman el origen de Japón[3].
El uso de los utensilios de hierro aumenta el rendimiento agrícola porque facilita las labores agrícolas. Tal hecho suponía el incremento de la productividad y la rentabilidad, de manera que los terrenos se convirtieron en propiedades colectivas comunales de la aldea. Esto ayudó a que se fuese formando entre los miembros de la comunidad de aldea un fuerte sentido de solidaridad, sintiéndose ligados a la tierra y más unidos espiritualmente. Se suscitó, en consecuencia, la conciencia de las relaciones mutuas fundamentadas en la unidad de linaje, que es el cimiento de la comunidad local (uji o clan), integrado por hombres cuyo vínculo es étnico y también espiritual. Los miembros del uji trabajaban colectivamente y compartían las mismas convicciones religiosas, venerando los espíritus de ciertos antepasados como sus propios lares que protegían a toda la tribu. Surgieron, de este modo, los primeros esbozos de un culto a los antepasados o la veneración a los dioses titulares (ujigami-shinko), cuyo objeto era venerar a los dioses protectores y celebrar fiestas en su honor. Esta actitud, sistematizada teológicamente, y provista de regulaciones y fórmulas rituales, evolucionaría hasta conformar el shinto. Poco a poco se fueron eligiendo responsables de los actos cultuales (jefe del clan o jefe honorable), sobre todo ancianos o adivinos, cuya autoridad adquirió prestigio con celeridad. Paulatinamente, además, la tarea se hizo hereditaria y se amplió a todas las actividades de la comunidad. Este es el germen de la división de clases en el seno de la comunidad familiar, de una jerarquía que culminaba en este jefe de clan, que gobernaba con autoridad patriarcal a los demás miembros de la comunidad.
Tal distinción de clases y, a la postre, concentración de poder en algunos, pudo ocurrir entre distintos clanes también, de forma que los clanes más débiles se vieron obligados a aliarse con otros más poderosos. Esta fusión implicaba que las familias débiles eran absorbidas por las fuertes, entablándose entre ambas relaciones de convivencia, incluyendo aquellas de parentesco ficticio. Así, los clanes más débiles (subordinados o tributarios, kakibe), se vieron en la obligación de pagar tributos a los poderosos. Algunas contribuciones se especializaron, convirtiéndose en profesiones y cargos hereditarios, como el caso de los militares (mononobe), oribe, tejedores, o los alfareros (hajibe). Este sector tributario era, en la práctica, un estrato de semi esclavos al servicio de un clan poderoso, o siervos agrupados sobre el fundamento de un sistema familiar ficticio.
El poderío patriarcal de los clanes más fuertes se simboliza cuando en ciertas regiones de erigen grandes monumentos funerarios. Desde una óptica arqueológica, esta costumbre de edificar grandes túmulos, durante el siglo IV y hasta mediado el VII, recibe el nombre de “período de grandes túmulos” o kofun-jidai. La presencia de tales túmulos representa la preeminencia de aristócratas guerreros que gobernarían sobre comarcas de aldeas yayoi, representando un régimen político jerárquico. Entre la cultura material asociada a las grandes tumbas, muchas en forma de ojo de cerradura, se destacan los magatama, joyas curvas en forma de coma, usadas en las oraciones para obtener buenas cosechas y fertilidad, y las figuras haniwa, cilindros y figuras humanas y animales que se colocaban en las pendientes de las tumbas como sustitutos de enterramientos reales. Sus formas denotan el carácter marcial y aristocrático de la sociedad kofun.

Prof. Dr. Julio López Saco
Doctorado en Historia, UCV


[1] El avance técnico artesanal, verificado en utensilios de piedra más refinados y vasijas de barro hechas a torno, son las dos claves básicas para dividir el Neolítico japonés en dos etapas.
[2] De aquí surgió la costumbre de celebrar la festividad de las cosechas (shukaku-matsuri) en el otoño, época de recolección, y la fiesta del trasplante del arroz (taue-matsuri), en la primavera. Estos espíritus de los cereales acabaron por convertirse en dioses protectores de las comunidades centradas alrededor del cultivo del arroz.
[3] Según la mitología japonesa, los primeros indicios de un estado federal japonés integrado por clanes se empezaron a concentrar en la mitad occidental del país: en la región norte de Kyushu (Yamatai, Chikushi), en la costa noroeste del mar de Japón (Izumo), y en la zona de Kinki (Yamato). Los grandes túmulos funerarios estuvieron, precisamente, en esos territorios.

18 de mayo de 2015

Lenguas y etnias en el África de la antigüedad

Las lenguas y hablas de las gentes de África se integran en tres grandes grupos: lenguas camito-semíticas, negroafricanas y las particulares lenguas khoisánidas. No obstante, habría que sumar la lengua de los malgaches, habitantes de la isla de Madagascar, que presenta una notable influencia de Indonesia.
El primer grupo abarca tres familias, semítica, del África del norte, de Marruecos a Egipto, además de Etiopía y Eritrea (en donde coinciden con lenguas kuchitas) bereber, en el Sahara, en donde incluye el tifinagh y el guanche (de los aborígenes de las islas Canarias), y kuchita o camítico, desde el Nilo medio al Mar Rojo, y sectores de Etiopía y Somalia, así como zonas del occidente de Sudán. En el segundo se incluye el habla sudanesa[1], en toda el África occidental. Es probable que las poblaciones del sur de Sudán oriental pertenezcan a un grupo diferente al sudanés, el nilótico (que agrupa lenguas con características camíticas. Grupos nilóticos, de hecho, se mezclan entre las poblaciones camíticas y semíticas del África nororiental, como en Uganda y Kenia. El límite sur de las lenguas sudanesas nilóticas y de las camito-semíticas sirve de frontera septentrional del tronco de las lenguas bantúes. Las lenguas khoisánidas agrupan el habla hotentote y la bosquimana (famosa por los clicks, únicos en el mundo), hablas ambas aglutinantes. El primero puede derivar del camítico, aunque también pudiera estar emparentado al khoi-san, con el que pudo conformar un tronco común.
Entre los grupos étnicos son varios los que deben destacarse. Los pigmeos son cazadores de la región selvática húmeda. De pequeña estatura y de color negro, parece que descienden de antiguos pobladores del África ecuatorial desde el Holoceno. Los melanoafricanos pueblan el continente desde los confines de Sahara hasta El Cabo, y del litoral del Océano Índico al del Atlántico. Son de elevada estatura y color negro, y se dedican a la agricultura y el pastoreo. Su existencia puede provenir del Paleolítico, aunque no hay restos identificados de antepasados directos más arcaicos que el Hombre de Asselar, hallado en Mali. Los Capoides o Khoisan (llamados hotentotes y bosquimanos anteriormente), son arcaicas poblaciones de cazadores-recolectores, hoy apenas confinados al desierto de Kalahari. Son de pequeña y mediana talla, de pigmentación aceitunada. Bereberes, libios y egipcios, agricultores y también pastores, que hablan lenguas emparentadas entre sí, pueden aparecer mezclados con negros en la zona saharaui y en la cuenca del Nilo. Los eritreos, en la región este del cuerno de África, comprenden varias etnias, somalí, galla, abisinia y danakil, entre otras. Son de gran estatura y con extremidades alargadas y cabellos lisos. Los malgaches son de origen indonesio. Emigraron a la isla y allí se mezclaron con negros de habla bantú del África oriental. Sus características sobresalientes son su amarillenta y ocre pigmentación y sus rasgos asiáticos.
Hoy la antropología y la etnografía aceptan en África la presencia de dos secuencias raciales, una en el África septentrional, y otra al sur del Sahara, sumadas a una tercera, lo que daría lugar a tres secuencias: una afroaustral (capoide), otra congoide, y la tercera caucasoide, catalizadora de las anteriores. La secuencia capoide se puede remontar al Paleolítico Medio, en el horizonte Ateiense. Se le asignan cráneos fósiles bosquimanos, los concheros de Homa, en Kenia, Florisbad y Fish Hoek en Sudáfrica. La secuencia congoide se pudo manifestar al sur del Sahara en el Pleistoceno. Se le atribuyen fósiles como el Hombre Chelense III, la calota craneana de Saldanha, y el cráneo de Broken Hill, con dataciones de unos 500000 mil años[2]. La llegada de los bosquimanos pudo propiciar una miscegenización con los primitivos capoides. A la secuencia caucasoide se le atribuyen útiles líticos en hoja, identificados en Egipto, en Kom Ombo, datados en 12000 a.e.c. Es probable que también le corresponda a esta secuencia las osamentas de los hombres coetáneos del Capsiense halladas en Tanzania y Kenia. Son individuos de gran altura, nariz achatada y maxilar prominente, quizá fruto de la miscegenación entre negros y caucasoides. Las gentes del Capsiense, de hecho, se antojan caucasoides, probablemente mediterráneos, aunque los primeros moillianenses de la costa argelina y marroquí eran diferentes[3].
En el Egipto prehistórico los cazadores y depredadores del valle del Nilo presentaban un componente genético nativo africano, mientras que los agricultores del Neolítico, asentados en las márgenes del río, pudieron ser ya caucasoides procedentes de la región de Siria-Palestina o, incluso, de Anatolia. Al final del protodinástico ambos grupos se habrían miscegenizado. En Nubia ha salido a la luz la secuencia racial caucasoide en algunos yacimientos mesolíticos, con la presencia de cráneos dolicocéfalos, frentes huidizas, prognatismo alveolar y mandíbulas muy robustas. Los restos de egipcios dinásticos parecen tender hacia las formas caucasoides. Sin embargo, la franja africana del norte del Sahara originalmente tuvo una población no caucasoide. Cuando los caucasoides llegaron se mezclaron con algunos nativos, relegando a los demás hacia el sur. Sucesivas oleadas caucasoides posteriores provocaron que la población del norte de África fuera cada vez más caucasoide[4]. La secuencia incluyó, en consecuencia, muchas gentes leucodermas, los actuales árabes y otras etnias análogas.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB, Caracas. Doctorado en Historia.



[1] En el conglomerado sudanés los expertos han señalado la presencia de diversos grupos, el nigrítico mande, el sudanés del interior y el semi bantú.
[2] El origen de los negros y pigmeos es un enigma. Sin embargo, hay indicios de que el este y el sur del continente no conoció población humana hasta la llegada de los portadores de hendedores y mandorlas achelenses.
[3] Los esqueletos de las grutas de Taforalt en Marruecos y Afalou-Bu-Rhummel, en Argelia, parecen pertenecer, como algunos hallados en las Canarias, a gentes de elevada estatura, cráneo macizo, mandíbula fuerte y fosas nasales anchas. Les denominan cromagnones africanos, al margen de su evidente aire caucasoide-leucodermo. Sus orígenes raciales, aunque se hayan mezclado con indígenas, podrían encontrarse en las gentes del ateriense.
[4] En el África colonial, ya a partir del siglo XVII, el tráfico de esclavos empezó a invertir esta clara tendencia.

12 de mayo de 2015

El Neolítico del Bajo Egipto (II): Merimde Beni Salama



Imágenes: puntas de flecha de Fayum (uc 2705 y uc 2709, respectivamente)


Aunque hoy en día el área que rodea a Merimde es desértica, hace siete mil años un brazo del Nilo proveía agua a las zonas cercanas. Merimde fue ocupado entre 5000 y 4100 a.e.c., si bien no lo fue de manera continuada. Se han distinguido tres culturas bien diferenciadas que representan este sitio. La comunidad inicial consistió, con toda probabilidad, de unas pocas familias vinculadas por lazos de sangre y matrimonio, que se dedicaban a cultivar cebada, trigo, lentejas, habas y lino, entre otros cultivos, y a pastorear vacas, ovejas y cerdos. Esta población, la más arcaica de Merimde, parece haber vivido en campamentos con casas de adobe y cañas. Sus estilos cerámicos, así como la presencia de ciertos artefactos, indican con cierta claridad, algunas conexiones con las culturas Sirio-Palestinas, de posterior desarrollo.
Tras un breve período de abandono, Merimde fue reocupada por gentes que pueden haber sido descendientes de las culturas del Sahara. En esta segunda fase de ocupación, el lugar llegó a convertirse en un asentamiento permanente compuesto de casas ovales simples hechas de madera y paja. En esas casas había hogares y jarras cerámicas para el almacenaje de productos ubicadas en el suelo. En esta segunda fase cultural, los restos de enterramientos, colocados entre los lugares de habitación, muestran los cadáveres contraídos. Las herramientas de piedra son semejantes a las puntas de proyectil  que se hallaron en el Fayum, aunque los útiles más destacados son las puntas de arpones. Ambos sugieren que la pesca constituía la mayor parte de la economía del lugar. Se hallado en esta fase, incluso, modelos cerámicos de botes, un indicador, quizá, de que el Nilo era ya una significativa arteria de transporte, y no solamente una fuente de irrigación.
La tercera fase cultural en Merimde se desarrolló entre 4600 y 4100 a.e.c., momento en que el sitio se convirtió en una gran villa agrícola, con casas ovales subterráneas (excavadas a una profundidad de cuarenta centímetros, con muros de paja revocados con adobe. Las estructuras eran techadas con armazones de ramas o cañas. Las casas contenían jarras para el agua, hogares y arcones para el grano. Se organizaban a lo largo de lo que pareciera ser una suerte de calle. En este momento se encuentran algunas figurillas cerámicas y objetos de marfil y hueso. Algunas de las primeras semejan formas humanas, en tanto que unas pocas han sido identificadas como representaciones de ganado vacuno. Las figurillas proto humanas se encuentran entre las más antiguas representaciones humanas conocidas en Egipto. Los enterramientos ahora muestran grandes pozos verticales ubicados en torno a la comunidad, la mayoría de los cuales contienen restos de niños y adolescentes. Es probable que los adultos fuesen inhumados en áreas separadas de la comunidad.
Merimde representa, en esencia, el momento de transición entre el neolítico y los períodos predinásticos egipcios.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB, Caracas

5 de mayo de 2015

El Neolítico del Bajo Egipto (I): la agricultura en el Fayum


Diversas hojas de Kom W, Fayum. Museo de Petrie, 4400 a.e.c.

Las evidencias arqueológicas principales de este período proceden del oasis de Fayum y de Merimde Beni Salama, en un período que abarca desde 6000 a 4000 a.e.c. Las comunidades neolíticas del Bajo Egipto se centraron en el cultivo de la cebada y el trigo, probablemente introducidos desde el suroeste de Asia. Sería una economía que contrastaba con aquella sahariana, basada en la explotación de plantas no domesticadas.
Se han barajado diversos orígenes de la cultura neolítica del Bajo Egipto. La primera hipótesis establecería que muchas de las gentes que vivían en el valle del Nilo entre 9000 y 7000 a.e.c., en lugares del Alto Egipto, pondrían su atención en las ricas fuentes del Nilo y sus bancadas, más al norte, en los antiguos wadis que se extienden al margen de lo que ahora es el Sahara occidental y oriental. Una segunda hipótesis incluiría la presencia de gentes de lo que posteriormente fue la Nubia egipcia y Sudán, gentes que se dedicaban a la caza y la recolección pero que quizá fueran también agricultores, sobre todo de sorgo y mijo. No obstante, estos granos fueron virtualmente desconocidos en el Egipto dinástico. Una tercera hipótesis al respecto de los antecesores de la cultura neolítica del Bajo Egipto, advierte la presencia de pobladores del suroeste de Asia, agricultores de cereales y pastores de animales domesticados. Aunque gentes sirio-palestinas emigraron a Egipto, es difícil imaginar una migración en gran número. Finalmente, la más verosímil y probable hipótesis de los orígenes de la cultura neolítica del Bajo Egipto, menciona las poblaciones neolíticas saharianas, que se habrían dirigido al valle del Nilo y al Delta cuando creció la aridez, hacia 5100 a.e.c., en su lugar de origen, los márgenes desérticos, y en donde habrían adoptado el modo de vida agrario.
En el Fayum, el período Qaruniano y sus moradores, tecnológicamente del epipaleolítico (antiguo Fayum B), floreció en los márgenes del lago de Fayum entre 8000 y 6000 a.e.c., sobre la base de la pesca, la depredación forrajera y la caza, en una adaptación que semeja la de las gentes distribuidas por el Sahara en esta misma época. No hay evidencia en el registro arqueológico de plantas o animales domesticados, ni herramientas de piedra o cerámica. Serían gentes que habrían subsistido fundamentalmente de pescado. La mayoría de los sitios qarunianos contienen pequeñas hojas de sílex entre grandes cantidades de espinas de pescado. Estos pobladores habrían vivido en el Fayum durante los períodos o estaciones en los que la pesca sería fácil. Esta cultura qaruniana declinó hacia 6000. Posteriormente, agricultores de cereales se reasentarían en la zona poco antes del 5000 a.e.c. Es probable que poblaciones remanentes de gentes qarunianas se hubieran adaptado a la agricultura, pero lo más probable es que agricultores colonizadores se hubiesen desplazado hacia el Fayum desde el valle del Nilo o desde lo que hoy en día es el Desierto Occidental. Ahora, el Neolítico de el Fayum contiene cerámica, hoces y otras herramientas agrícolas que no se encontraban en los sitios qarunianos. En los sitios de estas gentes neolíticas se hallaron restos de hogares rodeados de masivas cantidades de herramientas de piedra y de fragmentos de cerámica. Cerca de los hogares se hallaron evidencias indiscutibles de agricultura de cereales con la presencia de 165 hoyos que formaron silos para contener cebada y trigo domesticado. De hecho, algunos se encontraron con restos de cereales, hoces de piedra y madera. Los silos se ubicaban no demasiado lejos de donde habitaban sus supuestos propietarios, en Kom K y Kom W, lugares en donde se han encontrado las mayores concentraciones de artefactos neolíticos en el Fayum. Los sitios cerca de los silos contenían evidencia de agricultura, con hoces hechas en sílex, cerámica y vestigios de animales domesticados, desde vacas y cerdos, hasta ovejas y cabras, además de peces y otros animales. No obstante, ninguno de estos lugares muestra evidencia de haber contenido lugares de habitación permanentes. Únicamente unas pocas trazas de posible arquitectura en las ocupaciones neolíticas de el Fayum se han encontrado en la zona norte del lago, en la forma de una serie de huecos para postes, pero esto es una poco conclusiva evidencia de un tipo de arquitectura de villa agraria como las que aparecen en muchas áreas del valle del Nilo después de 4000 a.e.c. La conclusión es que estos primeros agricultores de Fayum fueron migrantes estacionales en el área o gentes que vivieron en cobertizos sujetos con postes que han dejado escasa traza arqueológica[1].
Algunos de los objetos decorativos hechos de caparazones de especies de crustáceos propias del Mar Rojo sugieren que la agricultura pudo haber sido introducida por medio de botes que surcaban las costas del Mar Rojo, y no tanto a través de rutas terrestres desde la región Sirio-Palestina cruzando el delta hasta el Fayum. Ahora bien, si los campos de los pastores fueron predominantemente temporales en el Fayum, se puede implicar que los antiguos agricultores de Fayum fueron los inmediatos descendientes de pastores que cuidaban vacas, ovejas y cabras que cruzaron el Sahara. No obstante, desde 8500 a.e.c. en adelante, las gentes en las áreas sirio-palestinas vieron el crecimiento de diversos tipos de cebada y de trigo, quizá fundamentos de las gentes de Fayum y después de todo Egipto. Ciertas trazas de ocupación neolítica, en la forma de cabras domesticadas, que datan entre 6000 y 5000 a.e.c., se han hallado en la cueva Sodmein, cerca de Quseir, en la costa del Mar Rojo. Su actividad encajaría bien con la presencia de complejas rutas de comercio por las que se transportaban muchas mercancías, como obsidiana, cornalina, lapislázuli, cobre, oro y bienes exóticos de distinto tipo, que estaban activas a través de Anatolia, Persia, Mesopotamia y Sirio-Palestina. Aunque Egipto estaba en la periferia de esa red de intercambios, hacia 7000 a.e.c. caparazones de moluscos y caparazones de ostras, así como otra serie de bienes, circulaban ya por el valle del Nilo y sus márgenes, incluso hasta Nubia.
El Fayum parece haber sido abandonado hacia 4300 a.e.c. Únicamente unos pocos sitios pueden ser datados en este período; pudieron ser campos estacionales para cazar y pescar.

Prof. Dr. Julio López Saco
Doctorado en Historia, UCV-Escuela de Letras, UCAB, Caracas


[1] En 2008, un equipo alemán-estadounidense encontró una primera posible evidencia de una comunidad neolítica intacta en el sector norte del oasis, cerca de la ciudad romana de Karanis, con herramientas y restos faunísticos, aunque no está claro si tales restos domésticos sugieren hoyos en forma de casas o estructuras rectangulares hechas de adobe.

1 de mayo de 2015

Grecia antigua: de la tiranía a Clístenes y la democracia de Atenas


Harmodio y Aristogitón, copia romana a partir del original griego de Kritios y Nesiotes. hacia 477 a.C. Museo Archeologico Nazionale de Nápoles.

El legislador Solón había remediado ciertas injusticias cuando eliminó las hipotecas sobre la tierra y abolió la esclavitud por deudas, pero la consolidación de las estructuras sociales y económicas de la polis, así como la imposición de la autoridad del Estado fue obra del tirano. La forma de gobierno denominada tiranía aparece a mediados del siglo VII a.C. en muchas polis como un mecanismo para solventar una serie de necesidades. En el marco de la stasis el tirano se presenta como un auténtico caudillo popular que se hace con el poder por la fuerza, ejerciéndolo, inicialmente, contra la aristocracia. En una mayoría de casos, el tirano surge de entre la aristocracia, imponiéndose sobre sus pares gracias a grupos de leales y mercenarios y con la anuencia del pueblo.
Algunos de estos personajes, y hasta dinastías de tiranos, fueron comunes durante esta época. El rey Fidón en Argos instaura un gobierno autocrático y, muy probablemente, impulsa una reforma hoplítica; los Cipsélidas (Cipselo y Periandro), quienes expulsan al clan de los Baquíadas, dominaron Corinto con mano férrea; en Sición fueron determinantes los Ortagóridas, esto es, Ortágoras y Clístenes, mientras que en Megara, Teágenes se hizo muy popular y en el Ática, en donde el regionalismo de las facciones y la poca operatividad de la Constitución política soloniana se hicieron célebres, Pisístrato arrinconó a los Eupátridas. Además, tanto en las islas del Egeo como en la costa de Asia menor, el tirano demagogo también tuvo preponderancia, como el caso de Pítaco de Mitilene, Lígdamis de Naxos o Trasíbulo de Mileto.
La tiranía supuso una consolidación de las estructuras socio-económicas y culturales de las polis en donde tuvo vigencia. Para paliar la crisis agraria, los tiranos repartieron tierras confiscadas a sus enemigos políticos, prestaron aperos de labranza para trabajar la tierra y promovieron la fundación de colonias con sus familiares o allegados. Con ellos se instaura una paz social que estabiliza al campesinado como clase, grupo social que será eje fundamental en los regímenes isonómicos de las democracias y las oligarquías que se construirán posteriormente. El régimen tiránico se instaló en lugares en los que la economía urbana, sobre todo el comercio, se había consolidado. Bajo su patrocinio, se crearon y consolidaron barrios de artesanos y de mercaderes. En este sentido, por ejemplo, Periandro organiza los puertos de Corinto, Teágenes erige un acueducto, Polícrates de Samos hace construir un túnel para trasladar el agua al centro del caso urbano y los Pisistrátidas hacen de Atenas una ciudad en toda su amplitud, al reorganizar el espacio sacro de la Acrópolis, al ampliar el ágora y al construir el famoso barrio de artesanos del Cerámico, entre otros logros. Así pues, con los tiranos se engrandecía el centro político de la comunidad, con sus instituciones comunes para todos, y se reforzaba la idea de Estado, marginando a los poderes o facciones locales.
Por si fuera poco, surgió una ligera concepción financiera del Estado a través de la recaudación de impuestos, las tasas aduaneras y la acuñación de moneda oficial. Además, en el ámbito cultural los tiranos se prestigiaron al convertirse en mecenas de artistas de todo tipo. Son los grandes animadores de los cultos y fiestas de las polis y los verdaderos creadores de un hogar espiritual para la población de la comunidad.
Los tiranos cayeron en desgracia porque todo poder autocrático depende de las cualidades, prestigio y carisma de su titular. Más allá de su inicial, e indudable, popularidad, los tiranos se extremaron en sus comportamientos, sobre todo en las tendencias represivas frente a amenazas individuales o de grupos, lo que provocó que su dominación acabase por ser vista como odiosa, despreciable. Además, con el tiempo se volvieron superfluos, banales, a ojos de los ciudadanos, una vez que controlaron a la vieja aristocracia, quedando para la posteridad como los precursores de una atrofia política.
En Atenas, como en otras polis, fue un certero golpe de mano el que le puso fin a la tiranía de Hipias, hijo de Pisístrato. La caída definitiva de los tiranos pisistrátidas no fue obra del pueblo ateniense, sino de un clan, los Alcmeónidas, apoyado en Esparta (que invade el Ática en 510 a.C.) y en el prestigioso oráculo délfico. La vida política retomó el sendero de la constitución timocrática de Solón (es decir, oligárquico), pero se oficializaron también las luchas de las facciones por el cargo del arcontado epónimo, ya que el demos estaba excluido de las magistraturas.
La rivalidad se estableció entre Clístenes, cabecilla de los Alcmeónidas, e Iságoras, quizá un Eupátrida, que había alcanzado el arcontado y tenía el apoyo espartano. Clístenes, según Heródoto, incluyó al pueblo en su facción y con ello en la ekklesía pudo imponer ciertas leyes, que incluyeron la democracia. Ante este logro de Clístenes, Esparta envió un contingente al mando de Cleómenes para auxiliar a Iságoras, pero la población ateniense se movilizó para defender a Clístenes y lo que representaba: la isonomía y la independencia. Libre de su oponente, Clístenes pudo llevar a cabo reformas constitucionales, que trastocaron la praxis política y establecieron un nuevo concepto de Estado. El Alcmeónida estableció una nueva organización administrativa con nuevas magistraturas. El territorio del Ática se dividió en tres zonas, costa, ciudad de Atenas e interior, treinta circunscripciones (tritias) y un número determinado de demoi o ayuntamientos. Los ciudadanos se distribuyeron en tribus, cada una con tres tritia. Se mantuvo, por su prestigio y tradición, el Consejo del Areópago, como garante de las leyes. Sin embargo, para contrarrestar su conservadurismo, conformó dos instituciones: la boulé o Consejo de los Quinientos, y la ekklesía o Asamblea popular, (con poder legislativo), para posibilitar la soberana participación ciudadana, al menos en teoría. Para regularizar y hacer efectiva la ekklesía, antes las facciones organizadas o el absentismo, se hizo menester la creación de la boulé, un órgano auxiliar con criterios democráticos. La vida militar también fue regulada siguiendo los mismos principios, pues cada tribu reclutaba una de las diez unidades tácticas del ejército ateniense.
La reforma de Clístenes emergió a partir de un espíritu isonómico, racional y secularizado. El territorio ateniense se concibió como un abstracto geométrico carente de regionalismos y se configuró en virtud de criterios de unidad e igualdad política. Los ciudadanos conformaron también una abstracción idealizada en la que votar, hacer la guerra y gobernar se convertía en un todo unitario, con lo que las influencias, las clientelas y las tradicionales presiones quedaban diluidas en el nuevo entramado administrativo. El ciudadano se politizaba de modo continuado y se institucionalizaba el civismo en la polis de Atenas.

Prof. Dr. Julio López Saco
Doctorado en Historia, UCV-Caracas

23 de abril de 2015

La formación del estado japonés: la teoría de los jinetes a caballo desde Corea

El estado antiguo de la dinastía gobernante Ojin del siglo V en la corte Kawachi se identifica arqueológicamente en la construcción monumental de tumbas en forma de ojo de cerradura en la llanura de Osaka. Esas tumbas de principios del siglo V, del período Kofun Medio o Kofun III, se caracterizan por su gran tamaño, múltiples fosos, grandes depósitos de armas y herramientas agrícolas, a la par que decrece el número de espejos de bronce. El reemplazo de objetos rituales, como brazaletes y espejos de bronce, por armas y herramientas utilitarias, refleja un cambio de estatus y poder de la elite del siglo V. Otro cambio que acontece es el alcance de la organización territorial. Ahora se forma una extensa jerarquía territorial en la región de Kinai, y las pequeñas entidades políticas del período Kofun Antiguo (Kofun I y II) se integran en esta jerarquía territorial bajo el gobierno de la corte Kawachi. Estaríamos ante la primera organización política de escala regional, entidad referida como Yamato.
Se cree, de parte de algunos autores, que el Yamato del siglo V fue colonizado por gentes constructoras de montículos funerarios procedentes de la península de Corea. Se trata de la teoría de los jinetes de caballos[1]. Se fundamenta en las afinidades estilísticas de muchos avíos con los de los nómadas euroasiáticos y, particularmente, escitas. La presencia de materiales de este tipo en las tumbas japonesas significaría un cambio en la cultura del período Kofun, de una sociedad agrícola y pacífica, con gran simbolismo ritual, a otra sociedad militarista con una aristocracia poderosa. Este medianamente repentino cambio de carácter habría tenido lugar  en la segunda mitad del siglo IV, hacia 375, como resultado de la conquista de pueblos constructores de montículos desde la península coreana. Dicha conquista de habría producido en dos fases o etapas. La primera, una migración de clanes aristocráticos desde el sur de la península coreana hasta el norte de Kyushu, en la segunda mitad del siglo IV; la segunda, un avance de poblaciones de componente militar a través del Mar Interior, a fines del siglo IV, que conquistaría la región de Kinai y establecería el primer estado japonés allí a comienzos del siglo V. Las hazañas y hechos varios de algunos personajes descritos en el Kojiki y en el Nihon Shoki se vincularían a esta conquista, específicamente los emperadores Sujin, Jinmu y Ojin. El emperador Sujin, primero de la línea de reyes que residieron en el distrito Miwa de Nara, portaba como nombre japonés Mimaki. Si se acepta el valor semántico del carácter chino que significa ciudad amurallada, asignado al elemento fonético ki en Mimaki, mientras que Mima es un nombre de ugar, el nombre de Sujin se podría traducir como “el emperador que vive en el palacio o castillo de Mima”. Si se iguala Mima con el nombre Mimana, en la costa del sur de Corea, se aclararía la identidad coreana del emperador, que habría migrado desde Mimana hasta Kyushu, punto de partida de la legendaria expedición del primer emperador Jinmu a través del mar interior para conquistar Yamato.
Aparece registrado que los tres primeros gobernantes de la línea de Mimaki, Sujin, Suinin y Keiko, tuvieron sus respectivos palacios en Mizugaki, Tamaki (Tamagaki) e Hishiro, respectivamente, lugares históricamente conocidos en el sureste de la cuenca de Nara. Mientras el elemento Mima aparece una sola vez en conexión con la península de Corea, en Mimana, el nombre japonés para el área que los coreanos llamaron Kaya, aparece registrado varias veces en Japón: en el nombre del quinto emperador Kosho, en el nombre de la hija del noveno emperador Kaika, y en el de la biznieta del octavo emperador Koken. Otro caso se documenta en la nominación del hijo del segundo rey de la dinastía Ojin. Además, el elemento Mima es registrado en la crónica china Wei zhi para los oficiales que servían en la corte de la reina Himiko en Yamatai, como mimagushi y mimasho.
Algunos arqueólogos ven deficiencias en la teoría porque las evidencias de adornos para caballos en el registro arqueológico acontecen tardíamente. De hecho, no comienzan a aparecer en los ajuares funerarios hasta el final del siglo V, bastante tarde para haber sido la causa de la construcción monumental de tumbas a comienzos de esa centuria. Aun aceptando la posibilidad de que Mimaki haya migrado desde Mimana a Kyushu, no significa que haya sido en modo de conquista o que representase una sociedad militarista. La migración desde la península coreana a Kyushu y a Yamato podría estar ubicada en la última fase de la expansión Puyo, hacia 369. Para algunos autores, la conquista de Yamato habría venido de Kyushu, no del continente, en virtud de que los oponentes de Yamato serían una entidad política, Kuna (Kumaso en las crónicas japonesas) registrada en las crónicas chinas como opuesta a Yamatai. En todo caso, esos gobernantes kuna debieron ser de extracción sureña tungúsico-puyo. El ataque de Kuna al área Yamato, en una expedición hacia oriente, estaría representada por el mito de Jinmu.
Los elementos peninsulares coreanos en la sociedad Kofun Media y Tardía (Kofun III a VII), pueden fundamentarse a partir de las interacciones culturales más que por una conquista. El desarrollo del estado debe ser señalado en términos de un proceso cultural más que en términos de un singular evento. La entidad política de comienzos del siglo V se relaciona con una expansión cuantitativa y un ordenamiento jerárquico de unidades celulares de organización que ya estaban presentes durante el siglo anterior, siendo estimulada por un conflicto o una competencia con el área de Kyushu, cuya hostilidad revelan las crónicas.
Tres períodos podrían ser identificados como fundamentales en las transformaciones de la antigua sociedad japonesa que condujeron a la formación del estado: el desarrollo de una subcultura de elite y una sociedad estratificada en el siglo IV; la emergencia de una gran entidad política jerárquica y territorialmente organizada a comienzos del siglo V; y la formación de un sistema administrativo centralizado durante el siglo VI. Cada período correspondería con líneas separadas de gobernantes, las dinastías Sujin, Ojin y Keitai, respectivamente, las cuales habrían mantenido una corte en un específico lugar, la región Kinai en Seto Oriental.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB, Caracas



[1] Esta teoría postula que las tumbas monumentales del siglo V en las llanuras de Osaka son la manifestación material de un estado de jinetes a caballo. Serían las tumbas de los “conquistadores”. Durante esa centuria, los mandatarios de la dinastía Ojin solicitaron a la corte china el título de “grandes generales que mantienen la paz en el Oriente comandando todos los asuntos militares con hachas de guerra en los países de Wa, Paekche, Silla, Chin-han, Imna y Mok-han.” Ello implicaría la superioridad militar de esta entidad política. Sin embargo, la misma no tendría una estructura administrativa coherente.

17 de abril de 2015

La cerámica pintada griega: la mitología en vasos del siglo VI a.C.




Imágenes, de arriba hacia abajo. Ánfora de figuras negras de Vulci, pintada por Exekias. Hacia 540-530 a.C., hoy en los Museos Vaticanos de Roma; crátera de cáliz de figuras rojas, hecha por Euristeo y pintada por Eufronio. Datada en torno a 510 a.C. Metropolitan Museum of Art, Nueva York e; hidria de Caere, con Heracles y Busiris, datada entre 520-510 a.C. Kunsthistorisches Museum, Viena.

La cerámica griega fue un medio de difusión de imágenes y de narraciones gráficas de gran impacto. En su mayoría, los distintos tipos procedían de los sepulcros, en donde eran ubicadas como ofrenda al difunto, y de los santuarios. Las vasijas se hacían para usos específicos, y por ello sus formas corresponden a las funciones que desempeñaban. Han existido múltiples formas, entre las que destacan la hidria, de tres asas, vasija para contener el agua, el kylix o copa, el skyfos y el kantharos (todos de dos asas), para guardar el vino que se bebía en los banquetes[1], la crátera para mezclar el vino con el agua, modo habitual de degustar el primero[2], el ánfora de doble asa, que al lado del stamnos y el peliké, servían de recipientes para el vino y otras sustancias[3], y el lekythos, recipiente estilizado para guardar perfumes, aceites y ungüentos[4]. Además de las formas principales hubo algunas que servían para ciertas ocasiones especiales. Es el caso del ánfora panatenaica, que se otorgaba como premio en los Juegos Panatenaicos, y siempre se decoraba con Atenea en un lado y la prueba (en competencia con Poseidón) en la que obtuvo el premio, en el otro; el loutrophoros, vasija alargada de cuello alto con boca acampanada que se empleaba para transportar el agua del baño nupcial desde la fuente de Kallirrhoe y se colocaba en las tumbas de los solteros; o el lebes gámico acampanado, una vasija nupcial que se daba a la novia como obsequio especial.
Los vasos pintados se apreciaban entre los griegos de las polis, pero Corinto y, sobre todo Atenas, que dominaba el mercado cerámico en el Mediterráneo, propiciaron su exportación a las colonias del Mediterráneo oriental y occidental (las islas del Egeo, el norte de África, Sicilia, ciertas regiones de la península Ibérica), y a ciertos asentamientos del Mar Negro. Tuvieron un especial éxito en la península itálica, entre los etruscos, que las incorporaron con profusión a sus sepulcros más fastuosos. Era el famoso barrio de los alfareros o ceramistas de Atenas (Cerámico), en donde se reunían verdaderos talleres, prácticamente fábricas, de estas vasijas, cuyos propietarios empleaban también a varios pintores especializados. La producción se destinaba a los mercados interiores y externos. En términos generales, el valor científico, histórico y estético de estas piezas es notable.
La decoración de las cerámicas consistía en dos elementos básicos: las escenas figuradas y los motivos ornamentales. Estos últimos, inicialmente esparcidos por toda la superficie de la pieza, se hicieron más sistemáticos y se relegaron a áreas concretas. Acentuaban las partes estructurales, como el cuello, las asas o la boca, decoraban los bordes o enmarcaban la escenografía figurativa. Los motivos básicos fueron el loto, el meandro, la palmeta, volutas, rayos y coronas de laurel.
Las imágenes de las vasijas pintadas, además de mostrar a dioses y héroes, y relatar historias del mundo mítico de la antigüedad griega, reflejaban la vida cotidiana helena antigua: los ambientes de la gente más adinerada, el trabajo de los artesanos, las escenas de guerreros despidiéndose de sus familias, las animadas bacanales, escenas sexuales homoeróticas, ceremonias matrimoniales, entierros, actores representando obras teatrales, los sacrificios rituales de animales, la ejercitación en los gimnasios, banquetes con hombres reclinados en lechos, mujeres en sus quehaceres domésticos, o los combates deportivos. Además, en esas imágenes se retratan con mucha fidelidad arcones, sillas, mesas, trípodes, prendas de vestir, lujosas y finamente decoradas, mobiliario doméstico variado y diversos objetos. En algunos vasos aparecen, incluso, reproducciones de esculturas de dioses e imitaciones de famosos cuadros, hoy perdidos. En esencia, los pintores pudieron traducir en imágenes, en numerosas ocasiones, episodios y citas literarias. En ciertos casos, se añadían inscripciones que nombraban personajes, situaciones o aludían a los pintores y ceramistas[5], un factor que contribuye notablemente al conocimiento de determinadas costumbres antiguas.
Se conocen varios artistas de las cerámicas áticas de figuras negras y rojas, entre los que destacan el Pintor de la Gorgona, caracterizado por sus rostros expresivos, Sófilo, Clitias (que aparece relacionado con el ceramista Ergótimos), cuyos temas son casi todos mitológicos, el Pintor 606 de la Acrópolis (Nearco, su contemporáneo, fue un destacado ceramista), el Pintor de Amasis, cuyas figuras poseen una especial gracia; el alfareros Nicóstenes; Exekias, a la vez pintor y alfarero, cuyas obras son ejemplos de pausada elegancia; el Pintor de Andócides, uno de los primeros en trabajar con la técnica de figuras rojas, de estilo vigoroso y atrevido; Eufronio, Eutímides; y el Pintor de Sosias, entre otros varios de relevancia no menor.
El sentido de la línea, el color, la composición, la tridimensionalidad y el escorzo, fueron cualidades técnicas que los pintores de vasos emplearon para dotar de volumen a las figuras, para resaltar el sentido de la forma y para correlacionar las partes ente sí y con el todo. Desde un punto de vista técnico, la mayoría de la cerámica pintada del siglo VI, esencialmente ateniense, se hacía en torno y se cocía en hornos cerámicos, aunque se conservó la técnica de la cerámica hecha a mano para las vasijas comunes de uso casero, sobre todo, jarras para el almacenamiento en las cocinas.
Entre los ejemplos que sobresalen se van a escoger tres altamente representativos. El primero de ellos es un ánfora de figuras negras que fue moldeada y pintada por Exekias, que procede de Vulci, en la Etruria, datada entre 540-530 a.C., y que hoy se encuentra ubicada en los Museos Vaticanos. En esta vasija se observa a Aquiles y Áyax, sentados uno enfrente del otro en dos taburetes. Entre ambos se ve una mesa con un tablero: están jugando a los dados. Aquiles, que lleva en su cabeza un casco dice cuatro y gana, mientras que Áyax, que dice tres, pierde.
La composición de la escena responde a un principio de simetría, pero ciertas pequeñas diferencias, como el que uno de los guerreros lleva casco y el otro no, las lanzas que se cruzan en el centro de la imagen lo hacen en planos diferentes, o la inclinación de cada jugador es levemente distinta, provocan que la simetría no sea rígida. Ambos escudos, apoyados en la pared, tienen la misma forma pero sus motivos son diferentes. Por una parte, la cabeza de un sileno sobre una pantera, en el de la izquierda, el de Aquiles, mientras que una Gorgona sobre una sierpe se observa en el de la derecha, el de Áyax. Ambos héroes portan sobre sus corazas lujosas ropas, adornadas con grecas, espirales, estrellas y cintas trenzadas. Los rizos y cinta de pelo sobre la cabeza de Áyax recuerdan los kouroi arcaicos confeccionados en mármol, que representaban una imagen aristocrática y un ideal de belleza externa así como de valores guerreros interiores. Tanto Áyax como Aquiles personifican, precisamente, esos valores.
El segundo ejemplo es una hidria caeretana (de Caere, actual Cerveteri[6]) de figuras negras, datada entre 520 y 510 a.C., que se halla resguardada en el Kunsthistorisches Museum de Viena. La leyenda cuenta que Heracles, el héroe griego por excelencia, fue aprisionado en el transcurso de un viaje a Egipto, e iba a ser sacrificado por orden del faraón Busiris, quien llevando a cabo este sacrificio humano, pretendía poner fin a una larga sequía que asolaba la región. Ya encima del altar de sacrificios, Heracles rompe sus ataduras y mata sin contemplaciones tanto a Busiris como a su hijo Anfidamas y a todo el séquito que lo acompañaba. Este es el tema que, de un modo narrativo drástico, se representa en la hidria.
En la panza anterior de la hidria se representa el furor del héroe griego sometido a los egipcios, mientras que en la cinta inferior se aprecia la caza de un jabalí. El hombro se cubre con una tupida corona de mirto, y el pie, boquilla y cuello se adornan con grecas y hojas de palma. Heracles, de un tamaño mucho mayor que el de los demás personajes, aparece desnudo sujetando con sus manos a dos egipcios, al tiempo que estrangula a otro par con su brazo y aplasta con el pie a dos egipcios más. Los egipcios se distinguen por el color negro y amarillo de su piel y por el perfil nada clásico, así como por su kalasiris, una vestidura local confeccionada en lino. Busiris se identifica por su corona real (con la serpiente ureus) y por la barba. Se encuentra ya en el suelo, atado y derrotado a los pies del altar.
Para los griegos Egipto no era un país desconocido, pues desde el siglo VII a.C. hubo mercenarios griegos que fundaron el asentamiento comercial de Naucratis en el delta del Nilo. En este contexto la narración del mito de Busiris adquiere un sentido nuevo, particular, pues se recurre a un prejuicio realmente ancestral, la xenofobia, pero ahora sufrida en carne propia por los egipcios. Así como Heracles aplasta, con toda la intención de hacerlo, a los egipcios, en muchas representaciones es el faraón el que aniquila, y humilla, a sus enemigos, pisándolos o agarrándolos por el cabello.
El tercer, y último ejemplo, corresponde a una crátera de cáliz de figuras rojas, datada en torno a 510 a.C., cuyo ceramista fue Eusiteo y su pintor Eufronio[7]. Hoy se ubica en las dependencias de The Metropolitan Museum of Art en Nueva York. Entre bandas ornamentales de hojas de palma en la parte superior y flores de loto, así como hojas de palma, en la inferior, se encuadra la escena figurativa del campo de batalla frente a Troya, en la que dos figuras, Hipnos y Thanatos, esto es personificaciones de Sueño y Muerte, hermanos alados, representados con toda su panoplia militar, trasladan por el aire el cadáver desnudo de Sarpedón, hijo de Zeus, a quien Patroclo había dado muerte en combate. Lo trasladan a su patria, Licia, poniéndolo de este modo, a salvo de la rapiña de buitres y otras alimañas.
En el centro, el dios Hermes, mensajero de las deidades y guía de las almas de los muertos, es reconocible por su pétasos o sombrero de viaje, su keríkeion, caduceo, y por sus particulares sandalias aladas. A la izquierda y a la derecha de la escena, dos guerreros troyanos, nombrados Leodamas e Hipólito, observan pero sin intervenir. El muy voluminoso cuerpo de Sarpedón domina con amplitud la representación. La sangre mana abundantemente de sus heridas, aunque su rostro no se ve desfigurado, ni por el combate ni por la muerte recientemente acaecida. De nuevo, hay una clara similitud con los peinados de los kouroi arcaicos. Finalmente, se podría decir que el dibujo, el detalle anatómico y las reducciones perspectivistas son aspectos reveladores de la maestría del pintor Eufronio.

Prof. Dr. Julio López Saco
Doctorado en Historia y Doctorado en Ciencias Sociales, UCV
Escuela de Letras, UCAB


[1] Con estas piezas se sacaba el vino de las cráteras, que eran de mayor tamaño.
[2] La crátera tenían cuatro variantes, en función de sus cuerpos y de la forma de las asas: crátera de columnas, de volutas, acampanada y de cáliz.
[3] El oinocoe de una sola asa fue, sin lugar a dudas, la jarra de vino por antonomasia.
[4] El aríbalo y el alabastrón eran, no obstante, los recipientes por excelencia para ungüentos y aceites que se usaban en la palestra y en el hogar.
[5] Algunas inscripciones daban el nombre de las figuras representadas, habitualmente en nominativo o genitivo; otras describen el tema o la acción de una determinada figura. En algunos casos, señalan lo que una persona dice, o se dirigen frases a los que contemplan la vasija; en muchas ocasiones aparece también el epíteto bello o bella para catalogar a un joven o una muchacha. En otros casos, letras juntas sin significado pudieron usarse como efecto decorativo; en los pies de las vasijas pueden aparecer letras, señales, números o monogramas, que refieren notas de transacción entre el comprador y el vendedor. Además de la presencia de nombres famosos, que fueron execrados a través del ostracismo, como Temístocles, las inscripciones más relevantes son las referidas a las “firmas” de los artistas, ceramistas y pintores.
[6] Al frente de los talleres de esta localidad se encontraban griegos orientales que habían llegado a la península itálica desde Jonia para fabricar artículos destinados al consumo local autóctono.
[7] Eufronio, no obstante, acabó dedicándose, de modo exclusivo, a la alfarería, dejando de firmar como pintor. No se debe olvidar que el kerameus o alfarero gozó en tiempos arcaicos y clásicos de una consideración social mayor que la del pintor de vasos.

13 de abril de 2015

El gnosticismo y sus fuentes

Comienzo del Evangelio de Tomás en el Códice II de Nag Hammadi.

Gnosticismo es un término aplicable de modo conjunto a una gran cantidad de doctrinas sectarias que aparecieron en el marco del cristianismo antiguo y también a su alrededor inmediato, pagano. Se trata de una palabra derivada de gnósis, el vocablo que en griego designa el conocimiento. Estaríamos hablando del conocimiento como medio para obtener la salvación,  o como forma salvadora, además de que este conocimiento se pueda hallar en la doctrina. Ireneo utilizó el término gnosis para referirse a todas las agrupaciones sectarias que compartían ese énfasis y ciertas características particulares. Se puede hablar de escuelas, de sectas y de cultos gnósticos, así como de escritos y enseñanzas gnósticos, o también de mitos y especulaciones gnósticos. Más controvertido es ya la referencia a una religión gnóstica.
Los Padres de la Iglesia consideraron el gnosticismo, básicamente, como una herejía cristiana. Más allá de la visión tradicional existió un gnosticismo judío precristiano y también pagano helenístico. En ciertos casos, incluso, en virtud de ciertos criterios, además del conocimiento, como pueden ser el espíritu dualista y anti cósmico, doctrinas como la religión de Mani se podrían catalogar también como gnósticas.
Entre las numerosas fuentes del gnosticismo, se suelen distinguir aquellas fuentes primarias o directas de otras secundarias o indirectas. La mayoría de las primariasempezaron a ser consideradas ya a partir del siglo XIX, aunque se han visto constantemente enriquecidas desde esa época gracias a los hallazgos arqueológicos. De extrema valía para el conocimiento del gnosticismo allende la órbita cristiana se encuentran los libros sagrados de los mandeos, una secta con muy pocos adeptos, pero que ha logrado sobrevivir en la zona del bajo Éufrates, en el actual Irak. Esta secta, anticristiana y antijudía, incluye, sin embargo, entre sus profetas a Juan Bautista figura que, en este caso, sustituye y se opone a Cristo. Conforman los mandeos el único ejemplo de existencia continuada de la religión gnóstica hasta la actualidad. El nombre de la secta, de hecho, deriva del arameo manda, que significa precisamente conocimiento, de manera que mandeos vendría a ser, literalmente, gnósticos. Sus libros sagrados, escritos en arameo, están relacionados con el Talmud. Estos libros contienen tratados mitológicos y doctrinales, además de enseñanzas rituales y morales, una liturgia y colecciones de himnos y salmos.
Otro conjunto de fuentes en constante crecimiento es el conformado por los escritos cristianos copto-gnósticos, mayormente de la escuela valentiniana. El copto fue la lengua vernácula egipcia del último período del  helenismo, que combinaba el antiguo egipcio con el griego. El empleo de este lenguaje popular como mecanismo literario es señal inequívoca del surgimiento de una religión de masas, popular, enfrentada a la cultura secular griega de aquellos impregnados en el helenismo. Los escritos coptos gnósticos principales fueron, inicialmente, Pístis Sophía y los Libros de Jehú. Hacia 1945, no obstante, se produjo el hallazgo de Nag Hammadi, en el Alto Egipto, que arrojó una entera biblioteca de una comunidad gnóstica. La biblioteca contiene escritos de lo que se ha denominado la fase clásica de la literatura gnóstica, entre los que destaca el Evangelio de la Verdad, de cuya existencia tenemos constancia por el propio Ireneo. Entre los fragmentos gnósticos de uno de los códices coptos del más antiguo descubrimiento, hoy en un museo en Berlín, destaca por su relevancia el Apócrifo de Juan, una obra ya usada por Ireneo en su informe sobre este sistema del siglo II.
Así mismo, la biblioteca de los papiros maniqueos, descubierta en Egipto en 1930, está escrita en lenguaje copto. Entre estos códices, que se remontan al siglo IV, se halla Kephalaia, es decir, Capítulos,  un Libro de Salmos de la primera comunidad maniquea, y también parte de una colección de Homilías de la primera generación después de Mani. Al margen de los Manuscritos del Mar Muerto, este hallazgo es de superior relevancia para el estudio de la historia de la religión. Al igual que el corpus mandeo, el corpus maniqueo-copto contiene material doctrinal y también poético.
Otro grupo de fuentes originales de la religión maniquea, en su forma oriental, lo constituyen los Fragmentos de Turfan, escritos en persa y en turco, hallados en excavaciones realizadas en Turfan, en el actual Turquestán chino, a principios del siglo XX. A estos fragmentos se añaden dos textos chinos en Turquestán, un rollo que contiene un himno, y un tratado conocido por el nombre de su descubridor y editor, Paul Pelliot. Estos documentos dan fe cierta del florecimiento de una religión gnóstica en Asia central.
Muy significativo es también el corpus de los textos griegos atribuidos a Hermes Trismegisto, denominado habitualmente Poimandres, por su primer capítulo. El corpus es el remanente de una literatura helenística egipcia de la revelación llamada hermética por la identificación sincrética del dios egipcio Tot con el Hermes griego. El espíritu gnóstico está presente en la literatura alquímica y en algunos de los papiros mágicos griegos y coptos. Finalmente, hay un  material gnóstico en algunos de los Apócrifos del Nuevo Testamento, como los Hechos de Tomás y las Odas de Salomón, sobre todo en forma de poemas[1].
En relación a las fuentes secundarias o indirectas, habría que empezar señalando que la lucha contra el gnosticismo, considerado un peligro para la verdadera fe, ocupó parte de la literatura de los inicios del cristianismo. Los escritos dedicados a su refutación constituyen, por la discusión que plantean y por los sumarios sobre las enseñanzas gnósticas, además de por las citas extraídas de los escritos gnósticos, la fuente secundaria de información más relevante. De este grupo, de deben mencionar los polémicos trabajos de los Padres, de Orígenes, Ireneo, Epifanio e Hipólito, en griego, así como de Tertuliano en lengua latina. Otro Padre, Clemente de Alejandría, dejó entre sus escritos una colección de excerpta de los escritos de Teodoto, miembro de la escuela gnóstica valentiniana, que representa su rama oriental, específicamente anatolia. De su rama itálica, Epifanio preservó un documento literario completo, la Carta a Flora de Ptolomeo. Deben también contarse los informes de Hipólito sobre los naasenos y sobre el Libro de Baruc. En su conjunto, estas fuentes patrísticas facilitan información relevante sobre un buen número de sectas, todas ellas nominalmente cristianas. Otra contribución del conjunto pagano es el tratado de Plotino, filósofo neoplatónico, titulado Contra los Gnósticos. Dicho tratado está dirigido contra las enseñanzas de una secta gnóstica cristiana en particular, secta no identificable por los estudiosos.
A partir del siglo III, los escritores anti heréticos se comprometieron con la refutación del maniqueísmo. Dichos escritores no consideraron, sin embargo, esta nueva religión como parte de la herejía gnóstica. De la enorme literatura cristiana, deben nombrarse Acta Archelai, los trabajos de Tito de Bostra, en griego, los de san Agustín, en latín, y aquellos de Teodoro bar Konai, en siríaco. A ellos se suma un autor pagano de formación filosófica, el egipcio Alejandro de Licópolis. Algunas de las religiones mistéricas de la antigüedad  tardía pertenecen también al círculo gnóstico, ya que crean alegorías de sus rituales y de sus mitos de culto originales con un espíritu análogo al gnóstico. Es el caso de los misterios de Isis, de Mitra y Atis. Las fuentes de información en lo tocante a estas religiones son escritos de autores contemporáneos griegos y latinos, sobre todo paganos. Hay, así mismo, algunas  informaciones veladas dispersas por la literatura rabínica. Pero en este caso, se optó por el silencio, considerado el método más efectivo para combatir la herejía.
Finalmente,  y a pesar de su tardía aparición, la rama de la literatura islámica que aborda las distintas religiones contiene relatos reveladores, en especial sobre la religión maniquea, aunque también sobre oscuras sectas gnósticas cuyos escritos habían sobrevivido hasta el período islámico.

Prof. Dr. Julio López Saco
Escuela de Historia-Doctorado en Historia, UCV


[1] Las fuentes originales, correspondientes a las fuentes directas, son el griego, el copto, el arameo, el persa, el turco y el chino. Todas las fuentes secundarias, por su parte, aparecen expresadas en griego, latín, hebreo, siríaco y árabe.