28 de septiembre de 2018

Hallazgos arqueológicos (IV): estatuilla del tesoro de Macon



La estatuilla de la imagen fue encontrada en 1764 formando parte de un tesoro descubierto en Macon, al sureste de Francia. En el depósito se hallaron otras siete figuras que representaban deidades, platos de plata, diversas joyas de oro y casi treinta mil monedas de plata y oro. Probablemente el tesoro, escondido a mediados del siglo III, proceda de un santuario domestico; esto es, un lararium, de una gran villa. Las estatuillas pudieron servir como ornamento de mesa en festines suntuosos (recuérdese la descripción del festín de Trimalción, en Petronio, por ejemplo). La estatuilla de la foto, en plata dorada, hecha en la Galia mediado el siglo II, muestra a Fortuna (en la zona donde fue hallada pudo identificarse esta deidad con Tutela, diosa protectora local), que mantiene una patera (un plato de libación) en su mano derecha, mientras que en su mano izquierda porta una doble cornucopia, ambas coronadas con las cabezas de Diana y Apolo, respectivamente. A sus pies se puede observar la presencia de un pequeño altar. Sobre su cabeza, Fortuna lleva una corona amurallada (símbolo de protección de una ciudad, tal vez Massilia en este caso). A lo largo de sus alas se encuentran los bustos de Cástor y Pólux, hijos gemelos de Júpiter, cada uno de ellos con una estrella en su cabello. Más arriba, una suerte de yugo con siete bustos que representan las deidades de los días de la semana (Saturno, Sol, Luna, Marte, Mercurio, Júpiter y Venus). Fortuna, la versión romanizada de Tyche, fue, en el período helenístico, una deidad guardiana de muchas nuevas fundaciones urbanas. Los dioses de los días de la semana son también una innovación helenística, traída, eso sí, desde Babilonia. Tanto ellos, como los Dióscuros pueden conectarse, en fin, con el incremento de un interés en la astrología en la Galia durante el siglo II. Conviene recordar, finalmente, que Fortuna gozaba, desde muy antiguo, de gran predicamento en algunas ciudades del Lacio, como Praeneste y Antium, donde se convirtió en diosa poliada, como garante de la existencia de la ciudad. Fue una diosa primigenia, madre y a la vez hija de Júpiter, según la teología desarrollada en su santuario prenestíno. Fortuna era, de cualquier modo, multifacética, en tanto que a la vertiente política se añadían otras perspectivas que la presentaban como divinidad guerrera, curotrófica y del destino.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UM, septiembre 2018.

21 de septiembre de 2018

Los Shardana en imágenes



En la imagen se observa, a la izquierda, una figura con barba, considerada un dios, de Enkomi, Chipre, datada en el siglo XII a.e.c. Se muestra armada con escudo redondo y lanza. Lleva un faldellín, tal vez grebas y un casco con cuernos “shardana” (aunque también podría ser ugarítico). Está sobre lo que se denomina un lingote de pellejo de buey. Además de un guerrero parece ser un dios de los trabajadores del metal, cuyos talleres se encontraron en las proximidades de los templos de Kition. A la derecha, otra figura (pero cuatro siglos más reciente), de un guerrero de Sulcis, en Cerdeña. Es uno de los numerosos ejemplos de figuras con escudos redondos, cascos con cuernos, lanzas y a veces, espadas o arcos. Esta, además, porta grebas y armadura. ¿Estaríamos aquí ante un vínculo con los “shardana”?. Diría que sí. Los “shardana” se conocen en las fuentes como “atacantes” (en esa masa informe de Pueblos del Mar), que luego se reconvierten en mercenarios y tropas de guarniciones egipcias. Se destacaban como espléndidos guerreros con escudo y espada. Probablemente procedían del norte de Siria. Tras el ataque al Egipto de Ramsés III permanecieron un tiempo en Chipre. Desde allí, al menos una parte, se trasladaron a la isla de Cerdeña (que inspira su nombre desde el siglo IX a.e.c.) poco después de 1186 a.e.c., quizá en forma de varias expediciones más o menos numerosas. Además, por otra parte, Cerdeña se conocía desde antiguo como una isla rica en cobre y, por consiguiente, pudo estar involucrada en el comercio de lingotes de piel de buey. El evidente parecido, tanto en las vestimentas como en el armamento, entre los atacantes representados en Medinet Habu y los bronces de dioses y guerreros sardos del siglo VIII a.e.c. no debe pasar, creo, desapercibido.

Prof. Dr. Julio López Saco. 
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. UM. Septiembre, 2018


17 de septiembre de 2018

El “reino” de Yam y su relación con el Egipto antiguo


En una inscripción biográfica en la tumba de Herkhuf (Dinastía VI) gobernador de Elefantina se relatan varias expediciones a un territorio denominado Yam, de donde volvió con una serie de regalos suntuosos y exóticos.  Trajo consigo pieles de leopardo, marfiles, plumas de avestruz, ébano, huevos, entre otros productos. Probablemente las expediciones fueron llevadas a cabo con el deseo de explorar la región. En consecuencia, se estableció una ruta caravanera. Sin embargo, no mucho después las noticias sobre Yam desaparecieron de los textos. En un principio se pensó que podría tratarse de una leyenda. Sin embargo, los expertos han debatido mucho en relación a su ubicación, llegándose a un acurdo mayoritario que emplazaba este reino en Nubia, en las cercanías de Kerma.
En las montañas de Uwienate, en el desierto líbico, famosas por contener grabados neolíticos y pinturas rupestres se descubrió una inscripción faraónica que resultó ser de Montuhotep, a quien dos personas traían productos de sus respectivos territorios. Uno de ellos trae consigo un órix y procede de Tekhbeten, mientras que el otro, tal vez porte incienso, y procede del país de Yam. Esta inscripción se convirtió en referente fundamental para localizar la posición de Yam, relevante para determinar hasta qué zona del interior de África penetraron los egipcios de la antigüedad, y para evaluar la fuerza y la superficie de los territorios nubios durante el Reino Antiguo.
En su autobiografía Herkhuf menciona las localidades de Setju, Uauat e Irtjet (tal vez pequeños asentamientos), que algunos ubican al norte de Nubia, con lo cual Yam estaría en la zona meridional. Otros investigadores, por el contrario, creen que Yam se encontraba todavía más al sur, cerca de la quinta catarata, lo que implicaría que Uauat abarcase toda la zona de la Baja Nubia. Si los territorios eran más grandes de lo que se pensaba, era probable que supusiesen una amenaza cierta para el sur de Egipto. Yam no se incluía entre los territorios “amigos”. Se le asimiló a otros territorios nubios en algunos textos de execración que se escribieron sobre figurillas de prisioneros y que se depositaron en cementerios para prevenir (o impedir) mágicamente, ataques sobre Egipto.
Con el descubrimiento de Uwienate, y si se entiende que la inscripción marca el territorio, el panorama sería diferente, pues estamos hablando de una zona muy al oeste de Abu Simbel. Una serie de hallazgos previos podrían evidenciar que es esta la región de Yam.
Por un lado la ruta de Abu Ballas (Colina de la Cerámica), en donde aparecieron casi trescientas vasijas, tal vez punto de paso en época faraónica para desplazarse hasta Gilf el Kebir, Uwienate o incluso más al oeste. En el camino se constatan cerámicas que abarcan desde la VI Dinastía hasta la época romana. Estaríamos hablando de una ruta para atravesar el desierto. Por otro lado, la Montaña de Agua de Djedefre y el Biar Jaqub (un oasis, con diez pozos de agua), un par de días de Dakhla. En el primero se encuentran los cartuchos de Keops y de Djedefre, su hijo, además de un texto en el que se narran las expediciones de la IV Dinastía hasta estas regiones para producir un polvo denominado mefat. Los egipcios sabían, en consecuencia, cruzar el desierto, en específico empelando caravanas de asnos, aprovisionándose de agua en los pozos de Biar Jaqub.
En relación a los presentes que trajo Herkhuf desde las tierras de Yam, un par de ellos desencajan con la zona de la montaña de Uwienate. Se trata de los bumeranes y de las panteras. Sin embargo, en pinturas prehistóricas de la región se pueden observar estos felinos. Además, los habitantes de Yam pudieron intercambiar con pueblos de los alrededores marfil y pieles de leopardo. En términos generales, las menciones de toros y otros animales en el texto de Herkhuf cuentan con sus paralelismos en los diferentes grabados de Uwienate.
También se ha escrito mucho acerca de la desaparición de Yam en las fuentes antiguas. Se ha argumentado, al respecto, el hecho de que el reino estaba bastante apartado de la proliferación de otros mercados y por tanto, podría no compensar realizar un viaje que se presume complicado, por estar muy alejado (en dirección oeste) del Nilo. Así mismo se ha dicho que la zona pudo haberse convertido en un área inaccesible para los egipcios debido a lo duro del viaje. Tal vez los cambios climáticos hicieran la zona más seca e imposibilitaran las caravanas de burros si no había suficiente suministro de agua.
Es probable, en fin, que Uwienate pudiera suministrar alimentos a colectivos pequeños durante cierto limitado tiempo, sobre todo si en esas épocas la zona era algo más húmeda. En cualquier caso, parece claro que los antiguos egipcios usaban la ruta con interés comercial y que Yam pudo encontrarse en las llanuras y wadis de la montaña de Uwienate, y no en Nubia, cono hasta hace poco se pensaba.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR.

10 de septiembre de 2018

Hallazgos arqueológicos (III): sítulas de La Certosa y Benvenuto



La cultura Atestina (en su horizonte cultural Este III), en la Italia septentrional, mantuvo la cultura local pero también acusó el impacto orientalizante, que recibió tamizado desde Etruria, desarrollándose en unos objetos peculiares, situlae. Las sítulas, cubos o calderos de carácter funerario ritual hechos en bronce, son fruto de una tradición de obras en bronce batido. El influjo orientalizante se constata en la decoración de estos recipientes, con motivos decorativos zoomorfos y también humanos. Uno de los ejemplares más antiguos del norte de Italia procede de Benvenuto (el de la derecha en la imagen), presentando motivos geométricos que recuerdan la artesanía del metal durante los Campos de Urnas, si bien la decoración figurativa apreciable, formando escenas de banquetes, hileras de seres míticos y procesiones de guerreros, distribuidos en bandas, denota los rasgos orientalizantes. Es un panorama decorativo que refiere una escenografía propia de los modos sociales de los aristócratas o príncipes de la época. Los ejemplos que se muestran son, uno de la necrópolis de La Certosa, y el otro de la tumba de Benvenuto, ambos datados hacia 500 a.e.c.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Septiembre, 2018.

4 de septiembre de 2018

El fenómeno del Megalitismo al final del Neolítico







Imágenes (de arriba hacia abajo): mapa que muestra la presencia de monumentos megalíticos; conjunto megalítico de Knowth; algunas losas con grabados de Newgrange; dibujo en el que se aprecia la reconstrucción del túmulo de West Kennet, en el complejo ritual de Avebury y; una panorámica de la entrada al dolmen de Gavrinis.

El megalitismo es un término empleado para referirse a las construcciones que usan grandes piedras. En prehistoria se asocia a la primera arquitectura monumental que se conoce, que surge en el Neolítico en el área atlántica europea, y que se prorrogará hasta el Calcolítico. En ciertas zonas sus últimas manifestaciones coinciden con las primeras comunidades metalúrgicas. Desde Escandinavia (Suecia, Dinamarca), pasando por los Países Bajos, Gran Bretaña y Francia, y hasta la Península Ibérica, la costumbre será la de inhumar a los fallecidos colectivamente en construcciones de piedra de gran tamaño, en sepulcros megalíticos. Algunas edificaciones tendrán una tipología ritual determinada, habitualmente desconocida, y no solamente funeraria.
El megalitismo se documenta en el Mediterráneo oriental, en el Egeo, durante el fin del Neolítico y la Edad del Bronce, aunque como se verá después, el fenómeno debe circunscribirse la fachada atlántica. Megalitismo, así, refiere también un territorio con un sustrato cultural común de carácter epipaleolítico, el cual recibe un estímulo externo en forma de economía productora, que coadyuva por tanto el surgimiento del fenómeno. Los sepulcros de carácter colectivo son invención de comunidades epipaleolíticas atlánticas del tipo Obaniense escocés, concheros del Tajo en Portugal o Tardenoisiense en la Bretaña. En tal sentido, el megalito es un fósil guía de las primeras culturas neolíticas atlánticas, en las que el sustrato indígena epipaleolítico es esencial. Esto significa que el megalitismo es una situación circunstancial común a poblaciones diferentes, a grupos cultural distintos en una época concreta, y no una edad, ni una época ni una cultura en sentido estricto. Las construcciones, tanto las atlánticas como las del Mediterráneo, son un  reflejo de nuevas concepciones religiosas y de los nuevos cultos relacionados con nuevas jerarquías de los grupos del período final del neolítico, con sociedades de mayor complejidad. Es muy probable que los enfrentamientos estratégicos entre comunidades o luchas por los recursos más básicos se viesen reflejados en estas construcciones megalíticas, que actuarían en consecuencia como indicadores de la propiedad de territorio frente a otros grupos.
Desde hace tiempo se planteó en los círculos académicos el origen del megalitismo. La perspectiva difusionista, aceptada hasta no hace mucho, señalaba que la génesis habría estado en el Mediterráneo oriental (Palestina, Siria, Egeo). Los tholoi micénicos serían los precedentes de ciertas tipologías funerarias de la Europa del Atlántico. En el proceso expansivo del nuevo ritual funerario habrían tenido un crucial papel los prospectores de metales a inicios del Calcolítico. Las dataciones por medios científicos, sobre todo con C14, de las construcciones de la Bretaña, de la Península Ibérica y de las Islas Británicas, muestran su mayor antigüedad en relación a las del Mediterráneo oriental. En la fachada atlántica, los ejemplos más antiguos se datan entre 4800 y 4500 a.e.c., mientras que en el Egeo no son anteriores al III Milenio. Así pues, el fenómeno, de sustrato indígena, surgió en la fachada atlántica, de manera que su extensión se produjo en dirección oeste-este. No obstante, existió un movimiento en sentido contrario, si bien más tardío, como se deduce de la presencia de objetos del Egeo en la Península Ibérica.
La existencia de enterramientos colectivos muy difundidos prueba que en la mayoría de Europa se produjo un cambio en el rito funerario, tal vez relacionado con transformaciones en el aspecto espiritual y, por descontado, en el político y social. En Malta, al igual que en la Cultura de Ozieri (Cerdeña, del IV milenio a.e.c.), fueron habituales los hipogeos funerarios y los templos megalíticos (Hagar Qim, Hal Saflieni, Ta’Hagrat, Mnandra), al menos hasta el 2000. En el sudeste de la Península Ibérica, a fines del V milenio antes, por tanto, de la Cultura de los Millares, existieron construcciones de círculos pétreos de función funeraria (Loma de la Atalaya), con ajuares que mostraron hachas pulimentadas, cerámicas finas y microlitos geométricos. Con posterioridad se vieron influenciados por aspectos del Mediterráneo oriental, apareciendo ya ídolos de piedra y hueso.
En las Islas Británicas destacan los megalitos irlandeses de la península de Knocknarea. Sobresale entre ellos el dolmen de Carrowmore, datado en 4700 a.e.c. Los asentamientos y ajuares, que contienen concheros, de mejillones y ostras,  así como dientes de cachalote, se vinculan con pobladores mesolíticos que apenas inician la cría de ganado. Se han constatado aquí prácticas antropofágicas. En Irlanda también es significativo el grupo de megalitos de Boyne, en donde destacan los dólmenes de Knowth y Newgrange, de fines del IV milenio. En este último abundan menhires y losas con grabados (presencia de espigas, espirales y zigzags). En Inglaterra, donde los megalitos más antiguos datan de 3900 a.e.c., además de tumbas con cámara, destacan los long barrows, largos túmulos que eran enterramientos colectivos flanqueados por fosos. Abundan en la región sureste de Wessex. Sobresale el de West Kennet, en el complejo megalítico de Avebury. En el sur de Escocia también existen long barrows. El foco megalítico más antiguo es el de Clyde-Carlington, si bien al norte del canal de Caledonia se aprecia una nueva  tradición megalítica que presenta sepulcros de corredor (Maes Howe).
En el III milenio a.e.c. aparecen en las Islas Británicas los henges. Uno de los mayores es el gran complejo ritual de Avebury, en Wiltshire, datado en 3000 a.e.c. Presenta un  foso, rodeado en el exterior por un muro y en el interior por menhires, además de cuatro entradas perpendiculares. En el interior, presenta dos círculos de menhires. Se hallaron allí multitud de hachas de piedra pulimentada. Dentro de Avebury se encuentra el montículo de Silbury Hill. Otro henge destacado es Durrington Walls (2600 a.e.c.), que muestra seis círculos concéntricos de postes que debieron soportar un techo hecho en madera. La presencia de restos domésticos es un indicio claro de que el recinto estuvo permanentemente ocupado. En tal sentido se cree que el henge pudo estar asociado a una suerte de residencia señorial. Stonehenge, en Wiltshire, es el henge más célebre y más estudiado del mundo. Sus fases primarias de construcción de han fechado en 3200 a.e.c. Los menhires se han datado entre 2500 y 2300, y en torno a ellos se estableció el doble círculo de monolitos pétreos. A la última fase constructiva, dentro de la Cultura de Wessex, en el Bronce antiguo, pertenece el semicírculo de los trilitos o menhires entrelazados por grandes dinteles. Parece probable que Stonehenge haya sido un lugar de culto al sol.
En Bretaña y Normandía se encuentran los sepulcros de corredor más antiguos de Francia, datables en el V milenio a.e.c. Algunos conforman complejos tumulares llamados cairn (túmulos pétreos con diez o más dólmenes de corredor, con cámaras de planta circular o poligonal). En Poitou-Charente y en el  túmulo de Bernet, en Aquitania se documentan varios enterramientos colectivos. En la necrópolis de Bougon (Poitou-Charente), se han recuperado dos centenas de esqueletos en cinco cairns con dólmenes de corredor. No obstante, el foco megalítico principal es Bretaña (isla de Guennoc, sepulcros de Kerkado y de Barnenez, en torno a 4800-4600 a.e.c.). Barnenez, que se utilizó hasta la Edad del Bronce, presenta arcaicos ajuares de la Cultura Chassey, a base de puntas de flecha de sílex, hachas de piedra pulida y algunas cerámicas.
En relación a los cairns, se constata la presencia de muchos menhires, tanto aislados (Gigante de Manio, Locmariaquer), en alineamientos (Carnac, sobre todo Kermario y Le Ménec) o en crómlech en las cercanías de la bahía de Morbihan. En el IV milenio las plantas de los dólmenes de corredor bajo cairns se hacen más sofisticadas, con compartimentaciones internas y cámaras más grandes. Uno de los más destacables es el cairn de Gavrinis. Aquí, las losas verticales que configuran las paredes del corredor aparecen decoradas con grabados que representan figuras, como cruces, yugos, escudos, sierpes, hachas y diversas formas geométricas (espirales, arcos).
Ya a partir del 3500 a.e.c. surgen largos dólmenes de galerías cubiertos por túmulos, presentes no solamente en Bretaña o Normandía, sino más al sur y al norte, lo que supone un enlace con el megalitismo de los Pirineos occidentales y el nórdico. En el sudeste de Francia se generalizan los hipogeos usados como osarios colectivos (Fontvieille, de planta cruciforme, o Aude), que seguirán siendo empleados a lo largo del Calcolítico, en torno al 2100 a.e.c.
En los alrededores del Mar Báltico, sobre todo Países Bajos y la Escandinavia meridional, se destacó otro gran foco megalítico en el que sobresalen sepulcros de corredor y galerías cubiertas (Stävie en Suecia; Funen y Zealand en Dinamarca), cuyas dataciones no sobrepasan el 3500 a.e.c. Se mantendrán activo hasta el Bronce Antiguo. No obstante, más antiguas son algunas tumbas megalíticas pero no colectivas, llamadas langdysser, túmulos largos delimitados con grandes bloques en cuyo interior hay cistas.
En la Península Ibérica, por su parte, el foco más arcaico se ubica en la fachada atlántica portuguesa, en donde hay presencia de dólmenes de una antigüedad semejante a la de los bretones, en torno a 4700-4600 a.e.c. Son cistas megalíticas cubiertas por túmulos con enterramientos individuales o para pocas personas. En ellos, los ajuares estaban formados por microlitos geométricos epipaleolíticos, almagra y cerámicas lisas. Se destaca el anta 10 de Herdade das Areias y Marco Branco. En varios yacimientos, como los mencionados y algunos más (Gorginos 2, Palhota, Orca dos Castenairos), aparecieron unas placas de pizarra perforadas y decoradas. Ebel III milenio se alargan los pasillos de tal manera que se conforman espectaculares sepulcros de corredor, sobre todo en el Alentejo. Es aquí donde aparece, en los ajuares, el llamado ídolo-placa alentejano, un ídolo rectangular de pizarra decorado con incisiones geométricas en damero o retícula. Algunas de estas piezas planas presentan una modificación con la que presumiblemente se quería figurar una cabeza esquemática. En el Anta Grande de Olival da Pega se encontró un ajuar de más de una cincuentena de estos ídolos-placa. Otro ejemplo destacado del megalitismo portugués es el crómlech dos Almendres, cerca de Évora. Su última fase corresponde al Calcolítico, con presencia de tumbas en forma de tholoi y cavernas artificiales.
En las regiones de Cantabria y Galicia aparecen túmulos, algo más reducidos que los portugueses, datados en el último tercio del V milenio, y que contienen una serie de dólmenes de cámara poligonal (Chan da Cruz, del 4300 a.e.c.). En el siguiente milenio aumenta la diversidad formal, así como el tamaño de las cámaras, apareciendo los primeros dólmenes de corredor (Dombate). De hecho, desde 3600 a.e.c. únicamente aparecen dólmenes de corredor y durante el III milenio los ajuares ya muestran elementos campaniformes.
Cada uno de los grupos megalíticos atlánticos es fruto de una concreta cultura regional, con sus particularidades arquitectónicas y funcionales. No obstante, existieron vínculos entre los centros. Desde el Mesolítico hubo una cierta uniformidad en lo tocante a la cultura material y los elementos de subsistencia, centrados en las actividades orientadas al mar, en tanto que al comienzo del Neolítico comienza a darse un énfasis a las actividades interiores, sobre todo a la ganadería.
La mayoría de los monumentos megalíticos desempeñaron una función religiosa funeraria, de tal manera que pueden concebirse como centros de culto, sitios sacros o santuarios. La aparición de las inhumaciones colectivas así como los motivos iconográficos presentes en los megalitos, transmiten una más que probable evolución de la mentalidad espiritual y, por tanto, sugieren la aparición de una nueva concepción religiosa. El valor social y simbólico de los monumentos megalíticos debió ser relevante, aunque no se pueda especificar cualitativamente.
Muchos estudiosos han tratado de averiguar cómo se produjo el surgimiento del mundo megalítico. Según el célebre erudito C. Renfrew, los megalitos manifestarían un comportamiento asociado a las preocupaciones territoriales de parte de sociedades segmentadas (grupos independientes y autosuficientes sin subordinación a una entidad mayor que los controle económica y políticamente) por mor de presiones demográficas sobre esos territorios. En consecuencia, además del papel funerario y cultual, los monumentos servirían para delimitar el espacio de cada grupo independiente. El centro territorial del grupo sería el relevante, siendo su uso funerario o como lugar de ceremonias o de festividades. Por tanto, el megalito cumpliría la función de centro territorial, convirtiéndose en la referencia fija de tales grupos, con hábitats de escasa entidad, de una vida relativamente nómada y de poblamientos dispersos, con una agricultura itinerante y una ganadería no estabulada. En el III milenio, en el Calcolítico, se constata un aumento de la sedentarización, lo que puede asociarse al paulatino declive del fenómeno. Otros autores (R. Chapman), siguen la teorización de Renfrew, si bien apuntando que el fenómeno se vincularía a un proceso de presión en relación a la ocupación de las mejores tierras. Así en las zonas atlánticas, la presión sobre los recursos económicos pudo ser consecuencia de la aparición de nuevos intereses, lo que conllevaría nuevas exigencias territoriales.
Las tumbas colectivas pudieron ejercer el rol de elemento aglutinador y a la vez redistribuidor entre los grupos que los erigirían, lo cual supondría la posibilidad de estrechar lazos de solidaridad (algo que iría de la mano con su función de marcadores territoriales). Estaríamos, entonces, otorgándoles el papel de reorganizadores sociales, con capacidad de formar equipos que trabajasen en tareas determinadas del ciclo agrícola, estableciéndose cada equipo como un auténtico “linaje”. Su funcionamiento sería como mecanismo integrador y organizador del grupo de parentesco gracias a las reuniones en el complejo ritual funerario. Es por eso que es factible que en muchos casos los poblados podrían estar cerca de los propios monumentos (la presencia de útiles líticos y cerámicas apuntan hacia esta dirección).
Algunas otras teorías han querido ver en los monumentos megalíticos la plasmación práctica de los desacuerdos internos de una sociedad que está dejando de ser igualitaria, momento que correspondería, precisamente, al neolítico, cuya economía de producción daría pie a importantes desigualdades sociales. Siguiendo esta línea argumental, los monumentos megalíticos se originarían alrededor de un culto a los antepasados de parte de las familias con mayores recursos. De esta manera, las primeras tumbas megalíticas, precisamente individuales como las de la fachada portuguesa, se ajustarían a los representantes fundadores de los clanes familiares de mayor repercusión. Las colectivas intentarían ser el aporte de los grupos menos favorecidos para equipararse y combatir la diferenciación y desigualdad social.
Con la expansión de la metalurgia, que trajo consigo cambios sociales e ideológicos, dejaron de construirse monumentos megalíticos. Sería en torno a 2500 a.e.c. se ha dicho que los nuevos modelos de sociedad jerarquizada, sociedades jefatura, primarían lo individual sobre lo colectivo, de forma que los enterramientos grupales megalíticos perderían su sentido. Dicho de otra manera: el carácter ideológico del megalitismo habría tocado a su fin.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR, Septiembre, 2018

Bibliografía referencial

Barandiarán, B. & Martín, B. & del Rincón, M.A. & Maya, J.L., Prehistoria de la Península Ibérica, Barcelona, 1998
Binant, P., La Préhistoire de la Mort. Les premiéres Sépultures en Europe, Errance, París, 1991
Briard, J., Les Mégalithes de l’Europae Atlantique. Architecture et art funéraire (5000-2000 avant J.-C.), Errance, París, 1996
Cauwe, N., L’Héritage des chasseurs-cuilleurs dans le Nord-Ouest de l’Europe (10000-3000 avant notre ére), París, 2001
Delibes de Castro, G., El Megalitismo Ibérico, Historia 16, Madrid, 1986
Gallay, A., Les Sociétés Mégalitiques. Pouvoir des Hommes, Mémoire des Morts, Presses Polytechniques et Universitaires Romandres, PPUR, Lausanne, 2006
Masset, C., Les dolmens. Sociétés néolithiques et practiques funéraires, París, 1993
Renfrew, C., The Megalithic Monuments of Western Europe, Thames & Hudson, Londres,  1983
VV.AA., Prehistoria II. Las sociedades metalúrgicas, edit. Universitaria Ramón Areces-UNED, Madrid, 2011

24 de agosto de 2018

Libro de Julio López Saco



Amigos: disponible ya el libro más peculiar que he escrito. Su título es El oráculo del hedonista. Escritos de añoranza para combatir la fiebre, C. Silva edit., IBMS, Beau Bassin, 2018 (649 pp.). Es este un libro curioso, pues aúna pensamientos, investigaciones y opiniones. Estas últimas, sobre diversos aspectos, entre los que sobresale la realidad venezolana y asuntos concretos de la española. Un ejercicio esencialmente reflexivo y crítico en modo de post que en algún momento tuvieron vida y alcance en las redes sociales, en Facebook, a lo largo de los últimos seis años. Elementos de la cultura, la política, la historia, la mitología y los avatares de nuestra sociedad son los grandes protagonistas. En versión digital, PDF, se puede encontrar en Scribd. Saludos cordiales. J.L.S.

19 de agosto de 2018

El Neolítico en África





Imágenes (de arriba hacia abajo): una posible escena de combate. Pinturas de Tassili, Argelia; una serie de fragmentos de huevos de avestruz con decoración; y una gubia del yacimiento de Shaheinab.

El proceso de Neolitización en el continente africano no ha sido un proceso de segundo orden. Hay que tener en cuenta que un buen número de cultivos, entre ellos el ñame, el cacahuete, el sorgo, algunas variantes de mijo o la espadaña son originarios de África.
El proceso comenzó en la región del noroeste del continente, en unas fechas que oscilan entre 7000 y 5000 a.e.c., llegando a su fin en una época tan tardía como el siglo I en la zona meridional. Los dos elementos clave de la neolitización africana son, por un lado, la llegada de gentes al valle del Nilo y, por el otro, la evolución autóctona de ciertos grupos mesolíticos en las zonas interiores del Sáhara y el Magreb.
El norte del continente, de clima mediterráneo, presentaba condiciones aptas para el cultivo de cereales, esencialmente cebada y trigo. Los yacimientos más antiguos se encuentran en el Sáhara y el valle del río Nilo. Hacia el VI milenio, los grupos mesolíticos prepastoriles del área desarrollaron una economía productiva que daría lugar a grupos culturales diferentes en lo que hoy es Sudán y Egipto, la amplia región del Magreb y el Sáhara.
En el valle del Nilo, gentes provenientes del exterior desarrollarán las culturas de Shaheinab (Jartúm) y de Fayum.
El neolítico de Jartúm, en el valle medio del Nilo, se data entre 4900 y 3800 a.e.c. Se relaciona con una tradición mesolítica local así como con el Sáhara. Los yacimientos más relevantes son Jartúm, Shaheinab, Geili y Kadero. La economía de esta cultura se centra en la caza y la pesca, en la recolección, sobre todo de sorgo, y en la ganadería de bóvidos, ovejas y cabras. Existen yacimientos pequeños, cercanos al Nilo, en los que han aparecido arpones y microlitos y que, por tanto, estarían dedicados a la pesca, así como otros mayores, más alejados del río, con presencia de cerámica y morteros. Es posible que esta particularidad responda a una ocupación cíclica. Ciertos indicios apuntan a una estratificación social. Se trata de algunas inhumaciones en Kadero, en donde ricos ajuares, con amazonita sahariana, cerámicas de lujo, mazas y conchas provenientes del Mar Rojo, apuntan hacia esa dirección.
La cultura material, por su parte, está conformada por la presencia de morteros, arpones de hueso, cerámica impresa, incisa, fina y bruñida, anzuelos confeccionados en concha, microlitos geométricos y gubias pétreas pulimentadas. En el yacimiento de Jebel Tomat, en el centro de Sudán, así como en el sitio de Dhar Tichitt, localizado en la actual Mauritania, es donde se han hallado los primeros restos de especies cultivadas. Al final del Neolítico la proporción de los yacimientos disminuye, quizá como consecuencia de una economía ganadera y comercial que suponga el abandono de la agricultura. En cualquier caso, en la necrópolis de El Kadada (Sudán) así como en la de Kadruka (Nubia septentrional), datadas entre 2800 y 2300 a.e.c., existen ricos ajuares en tumbas agrupadas alrededor de una más antigua y suntuosa que se ubica en las zonas más elevadas.
En Merimda y el Fayum (hacia 4450 a.e.c.), se encuentran las primeras culturas neolíticas del norte del continente, que presentan influencias de la región levantina del Próximo Oriente de Asia, de donde procederían útiles en piedra pulimentada, puntas de flecha, la agricultura del trigo, el lino y la cebada, la ganadería de cabras y ovejas, así como, muy probablemente, el hilado y el tejido, así como del Sáhara, lugar de procedencia de las hachas pulimentadas, ciertas decoraciones cerámicas y las cuentas de cáscara de avestruz y de amazonita del Tibesti. En el oasis de El Fayum se descubrieron grandes asentamientos (con poblaciones que rondarían las dos centenas de personas), en los que se encuentran cabañas de madera con hogares internos, además de silos concentrados (tal vez comunales), fechados hacia 3800 a.e.c. La base económica sería mixta, a base de caza y pesca (que incluiría hipopótamos), la ganadería, centrada en la cría de cerdos, ovejas, cabras y bóvidos, y la agricultura de cebada y trigo.
La cultura material consiste en la presencia de hoces en piedra con mangos de madera o de hueso, puntas de flecha bifaciales, hachas, molinos de piedra, cerámica bruñida y lisa así como punzones y arpones de hueso. La cultura abarcaría dos fases: una, de 4450 a 3550 a.e.c., en la que se presentan claras afinidades con el Próximo Oriente y se caracteriza por los útiles bifaciales y una industria de lascas; y la otra, de 3450 a 2850 a.e.c., con una industria microlaminar de la que podrían ser responsables grupos humanos llegados del Sahara oriental.
En el gran yacimiento de Merimda Beni Salama (3950-3450 a.e.c.), que pudo contener casi dos millares de personas, las primeras viviendas fueron hechas de madera (luego de adobe), presentando una planta ovalada, semiexcavada. Entre las casas se ubicaban sepulturas sin ajuar, sobre todo de mujeres e infantes. Alguas zonas son de trilla, con jarras con función de silos en los suelos de las viviendas. Aparecieron algunas figurillas humanas, de factura bastante tosca. En sus fases finales parece que hubo una cierta diferenciación social, pues algunas casas de un tamaño distinto, con graneros en su interior, pudieran ser un posible indicio de propiedad privada.
La primera colonización sahariana postglaciar se produjo hacia el IX milenio, tal y como constatan yacimientos con microlitos así como la presencia de campamentos temporales de recolectores (gramíneas) que provienen de la costa mediterránea, y cazadores locales. Se emplean anzuelos hechos en concha y arpones óseos. Ya hacia el séptimo milenio se elabora cerámica decorada con espina de barbo, una cerámica que se difundirá hacia el valle del Rift y el Nilo, así como hacia occidente, el río Níger, gracias a los pastores nómadas.
Únicamente a mediados del I milenio a.e.c. aparecen comunidades agrícolas, dando comienzo la expansión bantú hacia el sur y el centro del continente. Los indicios apuntan al cultivo de mijo y sorgo, además de la domesticación de bovinos.
En esta región hay tres grupos de Neolítico. El primero de ellos, el Mediterráneo, en la costa del Magreb; el segundo aquel de tradición industrial Capsiense, en las zonas interiores del Magreb; y el tercero, el Tenereense en el Sáhara central. Los tres poseen en común una economía pastoril, cerámicas incisas y un utillaje pétreo análogo. Del neolítico Mediterráneo destaca el yacimiento de la cueva de Oued Guettara, datada hacia 4900 a.e.c., así como el llamado cementerio de los escargots. Estos sitios encajan con aquellos de la costa opuesta del mar Mediterráneo, de donde procederían, como el caso de Curriachiagu, en Córcega, Cueva de los Murciélagos, en Córdoba, o Chateneuf-les-Martigues, en la Provenza francesa. La relación marítima con la zona europea de la costa mediterránea se verifica por los hallazgos de obsidiana de Lípari y Pantelleria en yacimientos de Argelia y Túnez, así como en la presencia de cerámica cardial en el norte de Marruecos (Gar Cahal, Cueva de Achakar, por ejemplo).
El Neolítico de tradición Capsiense se definió a partir del sitio de Redeyef (Túnez). La facies propiamente neolítica de la región capsiense corresponde a Jebel Bou, en Argelia, con presencia de morteros y útiles en hueso. La cultura material incluye agujas de coser en hueso, puntas de flecha bifaciales, recipientes de cáscara de huevo de avestruz y, sobre todo, ejemplos de arte mueble en forma de grabados de animales y cuentas de collar confeccionadas con caparazones de tortuga. La cerámica es bastante escasa.
El Tenereense (Ténére, y macizo de Air, Sáhara central, al norte de Níger, aunque se extiende al sur de Argelia, como Tassili, y a Chad), se fecha entre 3850 y 2450 a.e.c. Su presencia es clara en los yacimientos de Adrar Bous. En la cultura material destaca la presencia de herramientas en jade verde y sílex, sobre todo puntas de flecha bifaciales triangulares, así como microlitos geométricos, raspadores, raederas y cuchillos. Además se han hallado azuelas y hachas, en tanto que la cerámica presenta decoración impresa e incisa. El arte rupestre y mueble es muy notable, destacando las famosas figuras antropomorfas y zoomorfas de Tassili.
En el África oriental el Neolítico parece originarse a partir de los contactos con grupos de pastores migrantes que se dirigen hacia el sur escapando de la desecación sahariana. En esta amplia región el Neolítico se data entre 4000 y 1300 a.e.c., destacando el complejo cultural llamado Neolítico Pastoral (Kenia y norte de Tanzania).
En el norte del África Oriental fue Etiopía la clave en la difusión de la agricultura. En esta área se cultivaron, hasta la actualidad, especies de origen asiático, en tanto que la ganadería de bóvidos, en torno al lago Besaka, se constata ya en el IV milenio. Los vestigios agrícolas más arcaicos corresponden a los hallazgos de la Cueva de Lalibea, en especial guisantes y cebada. En las proximidades del célebre lago Turkana, yacimientos de grupos mesolíticos aparecen asociados con los ejemplos más antiguos de ganado doméstico.
En los sitios del Neolítico Pastoral hay restos de ganado, tanto ovejas y cabras como vacas, si bien en una proporción inferior a los vestigios de especies animales salvajes, básicamente ñúes y gacelas, un dato que hace factible pensar que la cría de ganado pudo ser un complemento. No hay pruebas de cultivo de plantas, si bien se puede pensar que recolectarían especies silvestres, pues se encontraron morteros. En las tierras altas de Uganda, Kenia y Etiopía se cultivaron plantas zonales, del tipo del nug y del plátano africano. En las zonas selváticas se repite el fenómeno, pero con la palma aceitera y tubérculos como el ñame. La cerámica está también presente.
Existen en la zona yacimientos con presencia, normalmente en inhumaciones, de útiles líticos (en obsidiana), hojas, lascas y cerámica, además de recipientes pétreos, sobre todo cuencos. Estos útiles han dado lugar a la denominación de grupos, entre los que sobresale el llamado Cultura de las vasijas de piedra.
Aunque en el África Occidental solamente se han podido documentar animales domesticados a mediado del III milenio, y de plantas no antes de 1200 a.e.c., la presencia en esta región de hachas, azadas, microlitos y cerámica fechables entre 5000 y 4000 a.e.c., levantan serias sospechas acerca de la época de inicio aquí del neolítico. La primera cultura neolítica conocida fue la de Kintampo, hacia 1600 a.e.c., que se desarrolló en lo que hoy es Ghana, Togo y Costa de Marfil, esencialmente presente en abrigos rocosos.
Los indicios de sedentarización en pequeños asentamientos se obtienen de la abundante cerámica y de las herramientas líticas, sobre todo puntas de flecha (Ntesero), las hachas pulimentadas, quizá empleadas para talar bosques, morteros y brazaletes de piedra. Existen, por otro lado, restos de actividad ganadera de cabras, vacas y ovejas y agrícola de palma, guisantes y ñame. Muy probablemente estas gentes recolectasen sorgo y mijo. En Duadi Tilemsi (río Níger) y en Kintampo (Ghana, cuyas fases finales se documentan hacia 1050), se han hallado restos de bóvidos domesticados datados en torno al 2000 a.e.c. la presencia de materias primas es un indicador de un intercambio comercial a larga distancia. Lo mismo podría decirse al respecto de la presencia de figurillas zoomorfas hechas en arcilla.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. 

13 de agosto de 2018

Hallazgos arqueológicos: tumba de Eretria



En la imagen se puede observar un par de magníficos pendientes de oro, de fabricación ateniense, pero que fueron encontrados en una tumba en Eretria, y que se fechan entre 420 y 400 a.e.c. Los pendientes adquieren la forma de un gran rosetón del que cuelgan elementos en forma de barco en donde se aprecian figuras de sirenas. Los elementos que conforman las embarcaciones están decorados con esmerada filigrana, incluyendo diseños de doble espiral. Suspendidas, desde el fondo de los botes, una serie de cadenas rematan en caparazones de bivalvos. Las dos grandes rosetas superiores presentan unos grandes pétalos convexos y otros más pequeños cóncavos. Las míticas sirenas, híbridos semejantes a las ninfas, en parte mujeres y en parte aves, cantaban melodiosamente para atraer a los desafortunados navegantes que pasaban por donde estaban, lo que conllevaba naufragios provocados por el choque de las embarcaciones contra las rocas. Estas criaturas marinas, con voces de excelsa musicalidad, y casi con toda probabilidad asociadas al Más Allá, la muerte y el Hades, habitaban, según las distintas versiones mitográficas, en las proximidades de la isla de Sicilia. El magnetismo de las sirenas hacia los hombres las hacía criaturas especialmente adecuadas para ser representadas en la joyería femenina (hecha por artífices varones). No hace falta recordar, asimismo, que las conchas de molusco fueron un popular atributo de Afrodita. El hallazgo de estas joyas se produjo en una tumba que contenía, también, una vasija cerámica (pyxis, en forma de caja para cosméticos) ateniense de figuras rojas, que muestra a la diosa Afrodita disponiéndose a montar en su carruaje tirado por Erotes alados, y un estilete de marfil, tal vez usado en la escritura. ¿Se podría asumir que la tumba fue la de una rica, educada y acomodada mujer, tal vez esposa de un ateniense enviado a Eretria como colono, para facilitar el control de la región en época del imperio ateniense?. Muy probablemente.


Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Agosto, 2018.

6 de agosto de 2018

Consolidación del cristianismo occidental y surgimiento del primer monasticismo


En la época que rodea la conversión de Constantino al cristianismo, éste estaba más extendido en Oriente que en Occidente. Varios factores pueden explicarlo. La fuerza del paganismo, el carácter menos urbano de Occidente, en comparación a Oriente, las divisiones  teológicas de la Iglesia, la presión efectuada por los colonos bárbaros que, en su mayoría eran arrianos o paganos, la falta de instituciones pastorales y la ausencia de una organización jerárquica, se encuentran entre las varias razones. Por otra parte, en Occidente no había nada que fuese equivalente a la alianza, bastante estrecha, que existía entre el Estado y la Iglesia en Oriente.
A fines de siglo IV se constatan, no obstante, serios esfuerzos para propiciar el afianzamiento del cristianismo en Occidente. El propio emperador Teodosio I fue un férreo luchador contra el paganismo y el arrianismo. Por su parte, grandes teólogos latinos, caso de Ambrosio o Agustín fortalecieron, entre los siglos IV y V, la posición doctrinal de la Iglesia, hasta el punto de que la aristocracia senatorial conservadora abandonaría el paganismo a comienzos de la quinta centuria. En este mismo siglo, y  bajo el pontificado de León el Grande (440-461), la sede romana establece una estructura burocrática que la capacita para erigirse en la portavoz de Occidente en las disputas con el Oriente y la consolida como autoridad plena.
Indudablemente, el debilitamiento de las instituciones imperiales ayudaría al afianzamiento del papel político de los obispos, tanto de Roma como de otras diversas ciudades. Esto era así porque los obispos asumían la beneficencia en las ciudades, además de los servicios sociales, controlaban a los fieles mediante la certera manipulación del culto y el ceremonial a los santos, y negociaban, como los verdaderos representantes de las comunidades romanas, con otros líderes, sobre todo bávaros. Además, la migración de algunos jefes monásticos orientales, como fue el caso de Juan Casiano o Atanasio, acabó por divulgar el monasticismo. Si bien el monasticismo fue un fenómeno esencialmente urbano y aristocrático, algunas figuras, como Martín de Tours o Severino de Nórica, se distinguieron como sólidos líderes de comunidades locales y como ordenadores de la evangelización de extensas regiones rurales.
La definitiva caída del imperio trajo consigo el fortalecimiento general de la Iglesia, si bien su posición no era, en el siglo VI, homogénea en todas partes, sino que variaba en función de las diferentes situaciones políticas. En la Península Ibérica, en Italia y en África, los regímenes eminentemente arrianos de visigodos, ostrogodos, vándalos y lombardos, limitaban bastante la influencia eclesiástica. Por su parte, la conversión de Irlanda y el sur de Escocia, que se inició en el siglo V gracias a la labor de obispos misioneros del talante de Patricio y Niniano, adquirió una orientación diferente en el siglo VI con la aparición de una forma de Iglesia más monástica debido a que la sociedad tenía un componente de naturaleza tribal y menos urbana que en otras zonas.
En territorio continental europeo se fundarían varias sedes, se convocarían con cierta periodicidad concilios y se concederían algunos poderes de supervisión a las máximas autoridades provinciales; esto es, metropolitanos y arzobispos. Al expandirse las órdenes monásticas, la obra misionera recaería en las manos de monjes muy disciplinados. Es lo que ocurrió con Agustín, enviado por el Papa Gregorio Magno a evangelizar a los ingleses a fines del siglo VI, con el irlandés Columba, encargado de convertir a los pictos desde Iona, bien avanzado el mismo siglo, o con Columbano, cuyas fundaciones irlandesas en Italia y en la Galia, atraerían los intereses de los aristócratas germánicos. La organización y expansión de la Iglesia inglesa sería obra, fundamentalmente, de monjes de doble tendencia, por una parte romana, como Wilfrido de York, y por la otra, irlandesa, en la figura de Aidan de Lindisfarne.
Las primeras fuentes referentes al monasticismo cristiano proceden del Medio Oriente, y se datan en los siglos III y IV. Un copto, de nombre Antonio pasa por ser el padre del eremitismo cristiano. Pasó gran cantidad de años dedicado a la contemplación y a orar en los confines del desierto egipcio. Mediado el siglo IV hay constancia de colonias con varios cientos de eremitas en Scetis, la región de la Tebaida, en el Alto Egipto y en Nitria. Se trata de grupos, denominados lavra (palabra que en griego significa paso, sendero), cuyos miembros vivían en pequeñas celdas individuales aunque compartían espacios comunes, sobre todo la iglesia, en la que se reunían sábados y domingos para llevar a cabo plegarias comunitarias y celebrar misas. Estos lavra acabarían por extenderse hacia Siria y Palestina, al igual que ocurriría con los cenobios (vida comunitaria), también de origen egipcio, y que habían sido fundados por Pacomio, asimismo un copto como Antonio.
La primera comunidad cenobítica fue creada en Tabennisi, en el curso alto del río Nilo. Eran comunidades bastante grandes, en las que los monjes o monjas ocupaban varias casas y vivían de su trabajo artesanal. El fenómeno del cenobitismo se expandió hacia el oriente del imperio, siendo refinado por la labor teológica y ciertamente intelectual, de Basilio de Cesarea (siglo IV). Basilio enfatizaba, sobre todo, la necesidad de que el monje ejerciera caridad cristiana.
La evolución del movimiento monástico occidental suele asociarse a la influencia oriental, aunque, sin duda, existía una tradición occidental independiente de ascetismo cristiano. En cualquier caso, la descripción del monasticismo antoniano o lavra que se fundó en Marmoutier y Ligugé por parte de Martín de Tours a fines del siglo IV, es probable que procediese de su extenso conocimiento hagiográfico de Oriente, vinculado a su experiencia propia. Asimismo, es muy probable que las visitas del arzobispo Atanasio de Alejandría a Roma y Tréveris, mediada la cuarta centuria, hayan inspirado el monasticismo occidental. No obstante, la mayor influencia debió residir en la traducción que se hizo al latín de su Vida de Antonio, que acabaría convirtiéndose en un clásico de la hagiografía y en un auténtico modelo de la vida ascética. Además, no se puede perder de vista que fue la primera de varias obras acerca de los padres del desierto que llegaron a Occidente.
En el año 388, Agustín fundó un monasterio en Tagasta, en el norte de África, y escribió también una Regla de clara influencia oriental para una comunidad de monjas. Los ideales ascéticos orientales llegaron de pleno a Occidente de la mano de Jerónimo, quien fundó un monasterio en Belén en 385, y de Honorato, fundador de Lérins a comienzos del siglo V. Alrededor de esa misma época, Juan Casiano compilaría las Conferencias de los padres del desierto y fundaría dos casas cenobíticas en la localidad de Marsella. Institutos será, en fin, la primera obra de instrucción monástica, con amplias descripciones de prácticas, que se redactaría en la Europa occidental.
En el siglo VI, la Italia y la Francia meridionales produjeron algunas reglas cenobíticas, entre las que destacan las de los obispos Aurelio de Arlés y Cesario, así como la compilación de Eugipio de Lucullanum. En el monasterio de Vivarium, fundado por Casiodoro, la vida monástica se combinaba ya con un programa bien establecido y organizado de estudio. La jornada estándar del monje estaría dividida en el tiempo para la plegaria, el dedicado al estudio y el que empleaba en el trabajo manual.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCAB-UCV. FEIAP-UGR. Agosto, 2018.

24 de julio de 2018

Fantasmas del Japón de la antigüedad: bakemono-obake







Imágenes (de arriba hacia abajo): ilustración de fantasma, Iijima Koga, Zensho-an, Tokyo; el fantasma del muelle, Shibata Zeshin, y Fantasma y candelero, Tani Bun'ichi. Zensho-an, Tokyo; Oni y otros monstruos, dibujos del desfile nocturno de los cien diablos, biblioteca Iwase; Tsukumogami a base de cacharros de cocina. Una botella de sake hace de cabeza, un plato y un bol agrietado de armadura y dos espátulas para servir arroz de piernas; y Obstinación, cien historias ilustradas, Katsushika Hokusai, con Hebi, serpiente Yokai.

Entre los seres sobrenaturales más relevantes del imaginario fantástico japonés se encuentran los yokai y los yurei. Ambos son fantasmas (bakemono). Los yurei son espíritus de los fallecidos que por determinadas razones, que incluyen la sed de venganza o las promesas incumplidas, suelen aparecerse a los vivos con los que dejaron cuentas pendientes mientras vivían en este mundo. Por su parte, los yokai no son almas de muertos, sino que están vivos, aunque no se suelen sentir o ver porque su dimensión espacio-temporal es diferente a la de los mortales. Los yokai serían antiguos dioses de los cultos a los elementos naturales y a la fertilidad que cayeron en desuso o rebajaron su rango, mientras que los yurei se originaron a la deificación de personas importantes de las sociedades arcaicas, como chamanes, jefes tribales. Es por ello que los yurei tienen una apariencia humana, en tanto que los yokai habitualmente presentan deformidades, rasgos peculiares y extravagacias físicas y de comportamiento.
Ni uno ni otro pertenecen al mundo de los vivos, aunque su “otro mundo” no es el mismo para ambos. Los yokai habitan las cercanías de nuestra sociedad, en espacios y tiempos controlables por los mortales, como las casas abandonadas, los densos bosques, la noche o el mar. En función de la fluidez que nos separa de los yokai, el contacto con su presencia es continua, aunque no siempre la persona caiga en cuenta. Es un contacto que se verifica en los festivales religiosos sintoístas matsuri, en los que se busca canalizar las malas intenciones por otras positivas de los yokai, haciéndolos deidades protectoras de aldeas, canales de agua, arrozales o veredas; es decir, de sitios con presencia humana. Por su lado, los yurei moran el mundo de los muertos y, por lo tanto, con ellos ni existe ni se busca contacto alguno. La frontera entre ambos mundos es, en este último caso, estable, fija, nítida e invariable, tal y como la que separa la vida de la muerte. Los yurei no se mezclan con la gente viva, a diferencia de los yokai, que pueden acabar encuadrados entre los mortales. La naturaleza extraterrenal de los yurei es fija. Su presencia en esta dimensión se deberá únicamente a su deseo de resolver algún asunto inconcluso de su vida anterior.
El kabuki y el joruri (cuentacuentos con música que derivó en un teatro de marionetas), fusionan, no obstante, las características de los dos tipos de obake. Así, por ejemplo, se representan historias de mujeres asesinadas que quieren vengarse en el mundo de los vivos convertidas en seres deformes que asustan, en auténticas yokai.
Los yurei suelen representarse sin la parte inferior del cuerpo o, en ciertos casos, sin los pies, que se difuminan. Esta convención iconográfica pudo deberse al hecho de que los fallecidos viajaban al otro mundo montados sobre una nube, al igual que los Budas, los oni (ogros y demonios) o los kami, pero también a la escatología budista (visión de ultratumba de origen chino) que señala que los oni cortaban las piernas de los muertos al pasar al otro mundo. A la entrada de la mansión del tercero de los diez jueces del inframundo, de nombre Sotaio, hay una barrera que custodian los oni, quienes piden al caminante muerto unas monedas como peaje. Como nunca llevan, les solicitan piernas y brazos, de tal manera que se los seccionan. De la falta de los miembros inferiores nacían unas sombras que explicarían la falta de piernas de los yurei. Del mismo modo, el kabuki pudo influir en esta peculiaridad de la imagen de estos fantasmas, pues los yurei salían a escena en vestimentas alargadas y muy estrecxhos que ocultaban los pies.
La vestimenta de los yurei es blanca (yukata[1] o kimono blanco de verano, con un obi o cinturón, mal atado). Esto tiene que ver con el hecho de que  los espíritus se muestran tras la muerte con el aspecto físico que tenían en vida y, por tanto con sus vestimentas, además de con sus apegos, gustos, odios, sentimientos y manías de todo tipo. Un accesorio muy habitual era un trozo triangular de tela blanca que se ponían en la frente para que actuase como talismán. Este arma efectiva contra las magias recuerda la cajita negra de los yamabushi o monjes errantes que llevan atada en la frente cuando entran en una zona montañosa. Su función consistía en recibir energías positivas.
Muchos yurei se representan en regionesa acuáticas, portando un farol o cerca de un fuego. El valor simbólico de tales elementos es, en este caso, clave. El agua prurifica cuerpo y alma y lava los pecados que los muertos llevan consigo. Por otra parte, el mar y los ríos son auténticas vías de comunicación por las que las almas de los antepasados se desplazan al más allá[2]. En estos casos, los familiares vivos pueden encargarles en este tránsito que se lleven consigo impurezas y todo tipo de males del mundo de los vivos. El fuego, por su parte, rememora el antiguo culto solar y es un elemento en el que los espíritus se reencarnan con asiduidad, pues simboliza la energía purificadora y creadora (aunque también representa el sufrimiento en el infierno budista).
Mientras los yokai llevan asociados aspectos cómicos, los yurei carecen de elementos humorísticos. Son, en realidad, terroríficos, rencorosos y vengativos. Los más típicos son imágenes de mujeres, tal vez porque el público que consumía pinturas con ests temáticas era esencialmente masculino, cuyo interés pudo ser el deseo de contemplar pálidos rostros de bellas mujeres.
Los yokai pueden adoptar formas tanto vivas, de animales o seres humanos, como inertes, o una combinación de ambos. Vendrían a ser una especie de deidades caídos en miseria o desgracia, tanto porque hayan sido olvidados por aquellos que los adoraban como por su propia degeneración. Los más comunes habitan en la naturaleza, pero hay otros especiales muy característicos: los tsukumogami. Se considera que algunos objetos son habitados por espíritus. Esta sería la peculiaridad decisiva de estos tsukumogami, yokai instalados en viejos artefactos u objetos ya inservibles que, en consecuencia, cobran vida. El fundamento primero de esta clase de yokai fueron las ancestrales creencias animistas japonesas. Los yokai no tienen por qué ser obligatoriamente vengativos y malignos. En ocasiones prestan ayuda o proporcionan fortuna. Por lo tanto, tienen muchas caras. Se aparecen en momentos del día o de la noche que provocan sensación de desasosiego. En las zonas rurales se les solía encontrar en los caminos de montaña. Los yokai, por consiguiente, participan en un sistema de conocimiento, teniendo como función para el ser humano, la de amansar la naturaleza.
Los más horrorosos, fuertes y vehementes yokai son los oni. Su imagen es semejante a la de un diablo: cuerpo rojo o azul, con colmillos y cuernos, el pelo enmarañado y vestidos de modo agreste, con calzones de piel de tigre. Portan un mazo, torturan a las personas y las devoran[3]. El primer empleo de la palabra que les da nombre (on), se asocia, como algo negativo, a las comunidades que no obedecían a la corte (considerados rebeldes y salvajes) y a los extranjeros (considerados peligrosos en virtud de que se desconocían sus intenciones). Luego se asoció el término a las deidades que conllevan enfermedades o a bestias que devoran niños. En la escatología budista, estos oni son custodios de las puertas y los encargados de torturar a los condenados.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Julio, 2018.


[1] Mortaja típica en Japón. Además de la mortaja, los yurei podían portar una suerte de bolsa de paño en el cuello, en la que habría objetos que facilitarían su  viaje inframundano, como tabaco, té, arroz y hasta algunas monedas.
[2] En la fiesta budista de los difuntos (obon), las almas de los ancestros vuelven por un breve tiempo a este mundo. En tal sentido, se les presentan ofrendas en bandejas que se dejan flotar en las corrientes de los ríos o en las orillas marinas, además de farolillos que arrastran las aguas para que puedan guiarse. 
[3] Una creencia del período Nara decía que las almas de los muertos que fallecían con algún rencor se convertían en oni y devoraban a las personas. Sin duda, comer a un ser humano significaba, en determinadas culturas, que los devoradores podían adquirir la energía espiritual del devorado. Los abundantes cuentos japoneses al respecto podrían ser una reminiscencia de cierto canibalismo ritual presente en el archipiélago japonés.