27 de abril de 2021

Ciudades del mundo antiguo V: urbes del Mediterráneo y clásicas grecorromanas




Imágenes, de arriba hacia abajo: panorámica de Pompeya, con el Vesubio al fondo; panorámica de las ruinas romanas de Cartago; frescos con delfines en el palacio de Cnosos y; vista aérea de los restos del palacio de Cnosos en Creta.

En esta última sección, la quinta, se tratarán ciudades relevantes del ambiente del Mediterráneo, relacionadas con culturas destacadas (Minoica, Etrusca, Cartaginesa), así como aquellas clásicas romanas y griegas. Es el caso específico de Palmira, Pompeya, Roma, Caere, Cartago, Cnosos, Atenas y Corinto.

Palmira, en árabe Tadmur (urbe que repele), fue una antigua ciudad aramea en Siria, nacida en torno a un oasis, a poco más de doscientos kilómetros de la capital Damasco. Se la denomina Ciudad de los árboles del dátil. Con presencia poblacional desde el V milenio, Palmira se convertirá en centro estratégico y comercial en virtud de su ubicación en la Ruta de la Seda (unía India y Persia con los puertos del Mediterráneo occidental). Como lugar de parada de las caravanas adquirió la denominación de Novia del Desierto. Llegó a ser la capital de un reino de poca duración en época de la reina Zenobia, en el siglo III. Pasó a ser colonia romana para caer posteriormente en el olvido hasta el siglo XVII, cuando poblaciones nómadas la reutilizaron para sus cabalgaduras.

El tetrapylon, el templo del dios Bel (dios solar), el ágora, la gran columnata, el teatro, el templo Nebo y el valle de las tumbas, en las afueras de la ciudad, que servía como necrópolis, serían sus vestigios más impresionantes. Algunos, por desgracia, como el templo de Bel o el arco del triunfo, destruidos por la intolerancia del llamado Estado Islámico (Daesh). Su primera mención se encuentra en las tablillas del archivo de Mari que datan del II milenio. También aparece mencionada como ciudad fortificada en la Biblia hebrea, en el Talmud y la Midrash. Incluso Flavio Josefo atribuye su fundación al rey Salomón. Bajo el control seléucida en el siglo IV a.e.c., la urbe aparece como una ciudad independiente. Palmira sería ya parte de una provincia romana, la de Siria, desde Tiberio (14-37), siendo renombrada por Adriano como Palmira Hadriana en el siglo II. Zenobia se rebelaría contra la autoridad  romana, haciendo algunas conquistas y encabezando un efímero reino. Tuvo que ser Aureliano en el último cuarto del siglo III quien restaurase el control romano. Se establecieron en ella legionarios y Diocleciano la amuralló ante la amenaza de los persas sasánidas. Ya en el siglo VII fue conquistada por los árabes.

Pompeya fue una célebre antigua ciudad, sita en Campania, en Italia. Su origen se remonta a una pequeña comunidad de cazadores y pescadores oscos, que se puede datar en el siglo VIII a.e.c., y que recibiría influencias de griegos, etruscos, samnitas y romanos. Los oscos fueron un pueblo itálico emparentado con los latinos. Entre 524 y 475 estuvo en manos etruscas, y a partir de mediado el siglo V a.e.c. la ciudad estuvo bajo la influencia de Capua y los griegos de Cumas. Un siglo después, está presente la influencia samnita.

El dominio samnita, pueblo prerromano de lengua osca, dejó una impronta en la ciudad, en forma de trazado de calles y en la construcción de sus murallas. Desde fines del siglo IV Pompeya parece aliarse a Roma (está con ella en la tercera Guerra Samnita). Incluso durante la segunda Guerra Púnica (218-202 a.e.c.), momento en que Campania se subleva contra los romanos, se mantiene fiel a Roma. Unos años después de la Guerra de los Aliados en torno al 90 a.e.c., Lucio Cornelio Sila instalará en ella veteranos de sus campañas sirias como colonos, otorgándole a la ciudad el estatus de colonia (Colonia Cornelia Veneria Pompeiorum). Contaría en tal sentido, con instituciones autónomas similares a las de Roma. Estamos en este momento ante una sociedad estamental, en la que la elección de los magistrados se basaba en la riqueza y el rango del candidato, vinculado a su origen familiar y a su prestigio social. Pompeya acabará siendo, por tanto, lugar privilegiado de descanso de los aristócratas romanos, su lugar residencial de recreo.

En los años previos a la famosa erupción del Vesubio (en el 79) Pompeya era una ciudad rica (de unos 20000 habitantes), con predominio de haciendas o villae rusticae que producían aceite, trigo y vino, mientras que en el centro de la urbe había talleres de cerámica, fábricas de salazones y manufacturas de tejidos. Sería el clasicismo y la moda del imperio los que impulsarían las investigaciones a fines del siglo XVIII e inicios del XIX sobre la soterrada (como Estabia y Herculano) Pompeya. Las primeras excavaciones se preocupaban básicamente por exponer las estructuras arquitectónicas, sobre todo viviendas, tiendas y templos.

Después de la incorporación de Nápoles al unificado reino de Italia, a fines del siglo XIX, las principales excavaciones fueron llevadas a cabo por el arqueólogo Giuseppe Fiorelli, quien dividiría Pompeya en nueve regiones, las cuales se subdividían a su vez en ínsulas (equivalía aproximadamente a una manzana) y en umbrales o puertas. Sería en la época del fascismo italiano cuando Matteo Della Corte o Amedeo Maiuri promuevan el culto a una Pompeya erudita, que identificaban con el nuevo orden del régimen, convirtiéndola en una gloria nacional.

Roma fue la capital de un Estado imperial durante siglos, siendo denominada Ciudad Eterna o la Urbs. La mitología romana asocia el origen de Roma con el troyano Eneas, quien fundaría Lavinium. Posteriormente su hijo haría lo propio con Alba Longa, de cuya familia real descenderían Rómulo y Remo. Sería fundada por estos hermanos gemelos, quienes habrían establecido un nuevo asentamiento junto al río Tíber. Rómulo sería el encargado, con un arado, de comenzar a cavar el pomerium, el foso circular que fijaría el límite sagrado de la nueva ciudad. Para poblar la ciudad Rómulo aceptó poblaciones de las ciudades vecinas, de procedencia latina. Pero como Roma estaba formada por varones, buscaron el modo de obtener mujeres. Así se pensó en las hijas de los sabinos, que habitaban la colina del Quirinal. Fueron raptadas, y por tal motivo sabinos y latinos se enfrentaron en el campo de batalla. Con esta leyenda se argumentaba que ciudad había nacido de la unión de dos pueblos, latinos y sabinos, a los que se sumaría un tercer elemento, los etruscos de la Toscana y el Lacio.

Roma fue en origen un pequeño grupo de núcleos que acabaron por formar una ciudad-estado tras la dominación etrusca y luego un Estado territorial. Desde una perspectiva arqueológica fue fundada a partir de la instalación de tribus latinas en las siete colinas, asentadas en forma de pequeñas aldeas que se fusionarían en torno a los siglos X al VIII a.e.c. Al certificarse la unión se fortificó el recinto con una muralla, comenzando la primera fase de la ciudad (Roma Quadrata), en el siglo VIII, llamada así por su división en cuatro regiones, en principio desde la época de Servio Tulio. Ya en una segunda fase la ciudad se expande por el Capitolino, construyéndose el Foro y la Cloaca Máxima. A fines de la sexta centuria se edifica el templo de Júpiter Capitolino, y en la siguiente el de Saturno, además de las principales vías (Flaminia, Appia, o Latina).

Ya con Augusto, a comienzos de, Principado, la ciudad se dividiría en 14 regiones. La ciudad pudo contar con una población de unos 200.000 habitantes en el siglo I a.e.c., en tanto que entre los siglos II y III un millón o millón y medio. Desde la fundación de la ciudad por Rómulo (753 a.e.c. según la tradición), hasta el advenimiento de la República (509 a.e.c.), Roma será gobernada por siete reyes, no todos históricos, y de estirpe sabina y etrusca. Uno de ellos, Tarquinio Prisco, sería el encargado de convertir Roma en una ciudad, con calles bien trazadas y barrios delimitados, mientras que Servio Tulio se encargaría de la construcción de la primera muralla de Roma y reorganizaría el orden político de la urbs.

Tras la expulsión de los reyes se instaura la República, recayendo el poder en Roma sobre los patricios, que formaban el Senado y eran elegidos por los ciudadanos para los cargos públicos. El gobierno lo ejercían dos cónsules, que se renovaban de año en año. Durante siglo y medio los latinos mantuvieron continuos enfrentamientos con Roma, conocidos como Guerras Latinas. Luego vendrían otros conflictos, como las Guerras Samnitas. Con las Guerras Púnicas, enfrentándose a Cartago, Roma acabará imponiendo su presencia, tras superar la amenaza de Aníbal, en todo el ámbito Mediterráneo. Roma, así, se hace dueña absoluta del Mediterráneo occidental, con lo que comienza la época de las grandes conquistas y la colonización de territorios ya dominados, como la Península Ibérica, el sur de la Galia o el Norte de África.

El contacto con el ámbito griego propició la fascinación romana por el arte, la filosofía y la propia lengua griega, concebida para razonar. Los nobles comenzaron a copiar las esculturas griegas, enviaron a sus hijos a aprender griego o a deleitarse con la música y la poesía llegadas de Oriente. Los más conservadores, aseguraban que ello sería el fin del espíritu romano, pues las costumbres griegas conducirían a la ciudad, después de tanto esfuerzo, a la molicie y la decadencia. Sin embargo, tras asimilar la cultura griega, Roma comenzó a dominar también  a través de la fuerza de su civilización, sembrando así las semillas de la cultura occidental. Tras la crisis del siglo I a.e.c. y el colapso de la República, se impone el principado de Augusto y nace el imperio. La paz pública y la bonanza económica, hicieron del reinado de Augusto la época más brillante de la cultura romana, con la presencia de figuras como Virgilio, Ovidio o Tito Livio. Todo en la ciudad proclamaba el nacimiento de una era de paz y prosperidad, la gloria del Imperio y la llegada al Mediterráneo de la famosa Pax Romana.

Tras las dinastías de emperadores Julio-Claudios, Flavios, Antoninos (algunos de los cuales configuran la edad de oro imperial, como Trajano, Adriano o Marco Aurelio) y los Severos, Roma entra en una crisis, en el siglo III, que será a la postre definitiva, derivando en el Dominado (fines del siglo III y todo el IV). Constantino, quien declararía la libertad de cultos, convertiría Constantinopla en capital imperial. De forma que Roma pierde prestigio. A comienzos del siglo V, los godos invaden Italia y obligan a los emperadores a trasladarse a Rávena. En 410, las tropas de Alarico asaltan Roma y, de un modo más simbólico que real, ponen fin a toda una época.

Caere, Agilla en griego (Heródoto, por ejemplo), también en etrusco Cisra, fue una famosa y antigua ciudad comercial de la Etruria, ubicada a menos de cincuenta kilómetros de Roma y que en la actualidad se corresponde con Cerveteri. Sus antiguos dominios limitaban con otros conocidos asentamientos, Veyes y Tarquinia.

Sus orígenes están envueltos en la bruma del mito, pues según recogen algunas fuentes (Virgilio, Dioniso de Halicarnaso) habría sido una ciudad sícula (o de los tirrenios no griegos, y probablemente etruscos) conquistada por los pelasgos, grupos de población griegos que se desplazarían desde Tesalia. La ciudad etrusca se fundaría, probablemente, sobre un asentamiento previo, datado en el período villanoviano, hacia el siglo IX a.e.c. Durante los dos siguientes siglos se verifica arqueológicamente la presencia de una rica aristocracia, cuyos miembros se inhumarían en tumbas de cámara. En el siglo VII a.e.c. llegan a Caere ceramistas griegos, probablemente eubeos o corintios. En la siguiente centuria, los comerciantes jonios importan, además de productos, estilos artísticos y costumbres orientales. Es la época en que las familias aristocráticas ceretanas, que inician su expansión en el mar, se alían con los cartagineses para detener la actividad griega. El resultado es la famosa Batalla de Alalia contra los focenses (hacia 540 a.e.c.).

En la época de los reyes romanos, Caere estuvo en conflictos con Tarquinio el Viejo. Muerto el rey la ciudad se alió con Veyes y Tarquinia en contra de Servio Tulio. Caere y Roma estuvieron asociadas por un tratado de hospitalidad después de que se refugiasen en Caere sacerdotes y vestales romanos, con multitud de objetos sacros, tras la invasión gala de 390-387 a.e.c. A pesar de tal alianza, en el momento en que Caere fue favorable a Tarquinia en la guerra de ésta contra Roma, los romanos intervinieron y Caere acabó sometida, recibiendo sus habitantes la ciudadanía romana. Ya a partir del siglo IV a.e.c. Caere se convertiría en un más bien pequeño municipio romano. Muchos siglos después, en el IV de nuestra era llegó a ser sede de un obispado, subsistiendo hasta el siglo XIII, cuando la población, por las incursiones sarracenas, debió trasladarse a un nuevo emplazamiento siendo abandonado el antiguo, conocido desde entonces como Caere Vetus (Cerveteri).

Cartago, en fenicio, Qart Hadasht (o nueva ciudad), fue una antigua colonia fenicia de la ciudad-estado de Tiro, hoy en el actual Túnez. El mito convierte a la princesa fenicia Elisa (Dido) en su fundadora hacia el siglo IX a.C., quien recibiría a Eneas y sus refugiados de Troya. La historia trágica de amor entre Eneas y Dido (que entre otros narra Justino con variantes), daría pie a la configuración de la enemistad entre Cartago y Roma, a partir del momento en que Eneas huye de Cartago para cumplir su destino en Italia y Dido se suicida. Al margen de la leyenda, es sabido que desde el II milenio, gentes de Sidón y de Tiro, ante la amenaza de los asirios y su imperialismo expansivo, se embarcan hacia el occidente del Mediterráneo.

La arqueología, apoyada en autores como Eudoxo de Cnido, Apiano o Filisto de Siracusa, desvela el establecimiento colonial en época de la guerra troyana, hacia 1200 a.e.c., aunque habría que retrasar la fundación hasta el siglo IX, pues una inscripción del rey asirio Salmanasar III la fecha en torno a 820 a.e.c. A la llegada de los colonos tirios se encontrarían con un asentamiento indígena en la denominada colina de Byrsa, cuyos habitantes vivían en cabañas de planta ovalada. La colonia surgió como una cultura mestiza.

En la Cartago arcaica existió un urbanismo temprano en torno a calles y plazas, así como varios puertos, además de espacios sacros como el tofet (santuario que honraba a Tanit y Baal, a los cuales se le sacrificaban personas), y las murallas. La posterior creación de una gran armada puso las bases del tan cacareado imperialismo cartaginés desde el siglo V a.e.c., que motivaría su encuentro (y sus desencuentros) con Roma. Cartago no sería una simple fundación comercial, sino que se buscó controlar el territorio adyacente, lo cual dio como resultado la creación de Cartago como una entidad urbana de carácter estatal y vocación mercantil, capaz de dominar sobre Mauritania y Numidia.

Con la caída de Tiro a manos caldeas, Cartago fue independiente, estableciendo un estado poderoso que rivalizaría con las ciudades-estado griegas de Sicilia y con la Roma republicana. Con Roma se enzarzaría, a partir del siglo III a.e.c., en las Guerras púnicas, tres en total, en pugna por el control del mediterráneo occidental. Acabaría derrotada, y la ciudad devastada por Escipión Emiliano en 146 a.e.c. Posteriomente, Augusto fundó en Cartago una colonia romana (Colonia Iulia Concordia Carthago), convirtiéndose en la capital de la provincia romana de África y en surtidora de trigo a todo el imperio a través de su famoso puerto. En esta época, la urbe llegó a tener cerca de medio millón de habitantes. A comienzos del siglo V cae en manos vándalas y luego estuvo bajo el poder de Bizancio hasta comienzo del siglo VIII.

Cnosos, también conocida como Cerato, según Estrabón, fue la ciudad principal y núcleo fundamental de la civilización minoica cretense, situado a muy pocos kilómetros de Heraclión. Sus orígenes se hallan anclados en el Neolítico, desde el VI milenio a.e.c., siendo su época del mayor florecimiento durante el Minoico Medio, momento en el que se desarrolla el sistema de escritura Lineal A.

La tradición mitológica cuenta que el rey Minos fundó tres ciudades en Creta, una de ellas Cnosos, en donde estaba el Laberinto construido por Dédalo para encerrar al Minotauro. En el Catálogo de las Naves de la Ilíada Cnosos es nombrada como una de las localidades cretenses a cuyo mando estaba Idomeneo, uno de los aqueos coaligados en contra de Troya. Hacia 1900 a.e.c., durante el Bronce Antiguo, se estructura en Cnosos un imponente complejo palacial que confiere a la ciudad un enorme prestigio. Destruido el complejo por un terremoto un par de siglos después, se erigió de nuevo. Este palacio, como el de Festo, será sede de un poder cuya cabeza es un soberano que une en su persona poderes políticos y religiosos.

Este complejo palacial cretense refleja la transformación de una cultura agropastoral en una suerte de talasocracia, de dominio comercial marítimo regulador de los intercambios con Egipto o los reinos del Próximo y el Medio Oriente. Se trata de un palacio-ciudad, con presencia de muchos espacios que se aglomeran en torno a un patio, con usos políticos, residenciales, religiosos o económicos. A las funciones residenciales, administrativas, comerciales y productivas se suman explanadas con escalinatas, tal vez lugares para celebrar espectáculos o ceremonias públicas. Los soberanos de Cnosos alcanzarían su mayor poder hacia 1600 a.e.c. Tras el dominio micénico de Creta y el paso de la Edad Oscura, momento en que penetrarían los dorios, Cnosos siguió siendo un núcleo de intercambio mercantil con localidades orientales.

Poco después de caer bajo el domino romano, a partir del siglo I a.e.c., Augusto funda una colonia en Cnosos, cuya nueva denominación sería Colonia Iulia Nobilis Cnossus. En la etapa bizantina, Cnosos sería sede de un obispado. Después de ser conquistada la isla por los árabes Cnosos perdió relevancia, importancia que fue obteniendo la actual Heraclión. Las primeras excavaciones en la localidad se realizaron en el último cuarto del siglo XIX por parte del cónsul de España y arqueólogo solamente aficionado, Minos Kalokairinós. A principios del siglo XX sería ya Arthur Evans el encargado de excavar el yacimiento, del cual proceden, además de renombradas estancias y estructuras (el gran palacio, casa de los frescos, la mansión real o la casa de los huéspedes), casi 3000 tablillas escritas en un sistema de escritura silábico denominado lineal B, precedente del griego antiguo.

Atenas, la actual capital de Grecia, se encuentra ubicada en una península rocosa en la región del Ática, en la que existen tres llanuras de importancia, Eleusis, Maratón y la propia Atenas, ésta última conectada con el mar a través del puerto del Pireo. El nombre de la ciudad deriva de la diosa Atenea, quien habría competido con Posidón por ser su deidad políada. Una versión mítica muy difundida señalaría a Egeo como su primer rey, padre del gran héroe Teseo. El sitio, particularmente la Acrópolis, ha estado habitado desde el IV milenio hasta el momento actual.

Hacia 1400 a.e.c., Atenas es un asentamiento micénico. Unos siglos después, Atenas destaca como núcleo comercial gracias a la fortaleza de la Acrópolis y a su acceso al mar, estando en este sentido a la par de la Cnosos cretense o el yacimiento de Lefkandi en Eubea. Los mitos cuentan que Atenas habría estado controlada por reyes, miembros de una aristocracia terrateniente conocida como Eupátridas, quienes gobernaban desde el Areópago a través de Arcontes, hasta el siglo IX a.e.c. Cuatro tribus se repartirían la región. En esta época, gracias al proceso del sinecismo, varias localidades entraron en dependencia de Atenas, factor que la convirtió en un Estado.

El malestar social acuciante en el siglo VII trajo consigo la aparición de Dracón y luego de Solón, cuyas reformas, que limitaban el poder de los Eupátridas, pusieron los cimientos de la futura democracia ateniense, previo paso de la tiranía de Pisístrato y sus hijos. Clístenes sería el precursor de la democracia, estableciendo 10 tribus, divididas en tres trittyes y cada una de éstas con uno o más demos.

Tras ser la ciudad capturada y saqueada por los persas, los atenienses (liderados por Temístocles), con sus aliados, vencerían a los invasores, primero en Salamina y luego en Platea. La victoria le permitió a la ciudad reunir buena parte del Egeo en la Liga de Delos, alianza dominada por los atenienses, lo que será el preludio de la guerra civil entre poleis, conocida como Guerra del Peloponeso. En los inicios de esta guerra, a fines del siglo V a.e.c., la ciudad contaría, entre metecos (extranjeros residentes), ciudadanos y esclavos, con unas 400.000 almas. Esta época, y hasta la conquista de la ciudad por Macedonia, Atenas fue el centro neurálgico de la cultura (arte, filosofía, literatura), con la presencia de personalidades como Eurípides, Platón, Hipócrates, Fidias o Heródoto, además de un estadista como Pericles. Atenas fue también una potencia colonizadora a través de las cleruquías (tierras cedidas a ciudadanos empobrecidos), lo cual se tradujo en un imperio colonial.

Bajo el control de Roma, Atenas siguió siendo una ciudad libre respetada y muy reputada, siendo un centro de aprendizaje y filosofía durante el gobierno romano. Algunos emperadores, como Adriano, la embellecieron con un gimnasio, santuarios, una biblioteca, un puente y un acueducto. Ya a mediados del siglo III la ciudad fue saqueada por los Hérulos, siendo posteriormente refortificada pero ya en una pequeña escala, y devastada por Alarico a fines del IV. Atenas se limitaría a una reducida zona fortificada, mínima fracción de la antigua ciudad. En cualquier caso, los logros atenienses, como los de Roma, forman parte indeleble de la civilización occidental.

Corinto fue una antigua ciudad-estado griega de estratégica posición, en el estrecho que une el Peloponeso con la Grecia del continente. Según la mitología griega sería fundada por Sísifo con el nombre de Éfira. Es mencionada ya en Homero como una de las ciudades que bajo el mando de Agamenón luchan en Troya.

Desde fines del siglo XIX, las investigaciones arqueológicas de Corinto fueron conducidas por la Escuela Americana de Estudios Clásicos en Atenas. Destacan entre sus restos el Diolkos, la fuente Priene, el templo E, las columnas del templo de Apolo, el templo de Asclepio y el ágora romana. En el siglo V a.e.c. la ciudad pudo tener una población aproximada de unos 70000 habitantes.  La zona de Corinto ha estado habitada desde el neolítico. El istmo estuvo poblado en época micénica. En tablillas del lineal B aparece el topónimo Ko-ri-to, si bien se constata en el palacio de Pilos, lo cual ha puesto en duda su relación con la ciudad. La tradición señala que a la llegada de los dorios se enfrentaron contra los eolios y los jonios que habitaban la zona. Los dorios acabarían reinando en Corinto.

En Corinto fueron decisivos los dorios Baquíadas, familia que gobernaría la ciudad en el período arcaico (siglos VIII y VII a.e.c.), una etapa de expansión cultural corintia, verificada sobre todo en la cerámica, el comercio marítimo, la organización de juegos rituales (Ístmicos) y el empleo de monedas. En esta época Corinto es ya un Estado unificado, capaz de fundar varias colonias, como la famosa Siracusa o Ambracia. A mediados de la séptima centuria antes de Cristo la familia de los Baquíadas fueron expulsados por el tirano Cípselo, posteriormente sustituido por Periandro. Un tiempo después, los espartanos instituirían un gobierno aristocrático, de modo que Corinto sería un aliado permanente de la confederación lacedemonia.

Corinto tuvo en rol destacado en el estallido de la Guerra del Peloponeso a causa de su enemistad con Atenas con motivo de la ayuda que ésta le proporcionó a Córcira, antigua colonia corintia. La hegemonía espartana fue opresiva, de forma que los corintios, con los argivos, atenienses y beocios configuraron una coalición que enfrentó al imperialismo espartano en la Guerra de Corinto (principios del siglo IV a.e.c.). Con la Paz del Rey o de Antálcidas, en 386 a.e.c., los exiliados corintios, filoespartanos, procuraron ser fieles a Esparta. En 338 a.e.c. la ciudad es conquistada por Filipo II de Macedonia, convirtiéndola en el centro de la Liga de Corinto. La ciudad fue ocupada un siglo después por Antígono III Dosón, hasta que fue declarada ciudad libre por los romanos y unida a la Liga Aquea. El cónsul Lucio Mumio fue el encargado de destruir la ciudad (en 146 a.e.c.) siendo su territorio convertido en agger publicus.

No obstante, en 46 a.e.c., Julio César reconstruyó la ciudad enviando una colonia de veteranos y hombres libres, adquiriendo la denominación de Colonia Julia Corintia. En la nueva Corinto Pablo de Tarso fundaría un grupo cristiano. Sería ya la capital de la provincia romana de Acaya durante todo el Imperio romano. Finalmente, fue saqueada por los hérulos en el siglo III, a fines del siglo IV por los visigodos de Alarico I, mientras que en el VI un terremoto la destruyó y en el VIII fue conquistada por eslavos.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, abril, 2021.   

 

20 de abril de 2021

Mosaico de Low Ham: Eneas en Cartago


En este mosaico del siglo IV, ubicado en la villa romana de Low Ham, en el condado de Somerset, en el Reino Unido, se recrea el mito de la llegada, vía marítima, de Eneas y los refugiados de Troya a Cartago, donde serán recibidos con júbilo por la reina Dido. En el mito es la princesa fenicia Elisa (Dido) la fundadora, hacia el siglo IX a.e.c., de la ciudad de Cartago. La trágica historia de amor entre Eneas y Dido, que entre otros autores narra Justino con algunas variantes, dará pie a la configuración de la trabada enemistad entre Cartago y Roma, en especial a partir del momento en que Eneas huye de Cartago para cumplir su fundador destino en Italia, provocando el suicidio de Dido.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, abril, 2021.

13 de abril de 2021

Arcaicas contribuciones a la cultura japonesa: Jômon


Imágenes: arriba, figura Dogu Jômon, datada entre 1000 y 400 a.e.c., conservada en el Musée Guimet de París; abajo, grupo de edificaciones reconstruidas en el yacimiento Jômon de Sannai Maruyama.

La cultura Jômon, datada entre 13000 y 2800 a.e.c., es una arcaica cultura de Japón (nombre que parece provenir del término malayo jepang, que escucharían mercaderes portugueses en el siglo XVI y lo trasladarían a Europa), que suele dividirse en distintas etapas (Inicial, Temprana, Media, Tardía y Final). Esta cultura Jômon y sus portadores pudieron contribuir a la conformación de la idiosincrasia cultural esencial del pueblo japonés, palpable en la actualidad a pesar de las decisivas influencias externas posteriores, sobre todo de China. De la misma sobresale su legado en la formación de la tradición más rebuscada de la estética japonesa. Con Jômon se sentaron las bases poblacionales y varios elementos clave de la cultura popular, sobre todo lo relativo a las creencias mágico-religiosas.

En cualquier caso, como no fue una cultura monolítica, en función de una pluralidad en sus orígenes, recibió influencias externas a lo largo de su desenvolvimiento, hecho reflejado en la formación de diversas áreas culturales. En tal sentido, en la etapa de transición a la época Yayoi, se distinguían dos regiones divididas en el centro de Honshü, la del suroeste y la del noreste. Si bien son dudosas las razones que motivaron esta división geocultural, la línea divisoria coincide con la establecida por la dialectología y los análisis del folclore, las creencias y las tradiciones populares, así como de la estructura social (tipo de familia y de comunidades).

Uno de los referentes esenciales de la cultura se encuentra en el sitio arqueológico de Sannaimaruyama, un asentamiento humano de la época Jômon Temprana (hacia 3500 a.e.c.), que perduró hasta el final de la fase Jômon Media. En su período de esplendor el lugar alcanzó una población de medio millar de habitantes. El poblado mostraba una planificación, pues había un área habitacional con chozas semi subterráneas, una zona con edificaciones para procesar alimentos y almacenarlos (graneros), además de un par de áreas de inhumaciones bien diferenciadas en relación a la ocupación de las personas en el seno de la comunidad. Además, se distingue un espacio en donde se ubica una casona de casi treinta metros de largo, al margen de una zona para el depósito de los escombros, en donde la tierra con cerámicas de desecho, huesos, cáscaras, restos de alimento vegetal y conchas son claramente visibles.

El descubrimiento de una notable cantidad de figurillas en barro, muchas femeninas y con forma de cruz, al lado de entierros con presencia de diversos artículos funerarios, caso de vasijas o joyas de jade, constata la existencia de una práctica mágico-religiosa. Por otra parte, se sabe que los habitantes de Sannaimaruyama intercambiaban productos con los de otras regiones más lejanas, tal y como se infiere de la presencia de jade de Itoigawa o de alquitrán de Akita.

La cultura Yayoi, con la introducción del cultivo del arroz, es crucial en la configuración de la cultura y lengua japonesas. No obstante, aunque la ritualidad agrícola asociada con el cultivo del arroz es esencial en la cultura popular, en un buen número de las regiones del país, el empleo ritual de tubérculos, mijo, el castaño u otros cereales relacionados con la práctica agrícola arcaica Jômon, remarca la persistencia paralela de la tradición agrícola previa a la época Yayoi, por lo tanto Jômon. Por otro lado, la llegada de la cultura Yayoi nunca tuvo presencia en la septentrional isla de Hokkaido, en donde la cultura Jômon siguió su específico desarrollo sobre el fundamento de una economía de recolección, caza y pesca, si bien con el complemento de la agricultura, para configurar la cultura Satsumon, considerada uno de los precedentes de la célebre cultura Ainu.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, abril, 2021.

 

5 de abril de 2021

Ciudades del mundo antiguo (IV): urbes de Pakístán-India, China y Sudamérica andina





Imágenes (de arriba hacia abajo): panorámica de los restos de Mohenjo-Daro (Pakistán); sello cerámico con el llamado protoshiva, hallado en Mohenjo-Daro, cultura del Indo; vista de la enorme fosa número 1 del mausoleo del Primer Emperador, con los famosos guerreros de terracota, Xian, China y; vista de la ciudadela de Caral, valle del Supe, Perú, la ciudad más antigua del continente americano.  

En esta heterogénea cuarta entrega se analizará el devenir histórico de Mohenjo Daro y Varanasi, en Pakistán e India, Chang’an-Xi’an y Luoyang en China, además de la notable Caral Supe en el antiguo Perú.

Mohenjo Daro, cuyo topónimo traduce “montículo de la muerte”, es una ciudad del valle del Indo, en Pakistán, una de las principales urbes, al lado de Harappa o Dholavira, de la Cultura del Indo, civilización de carácter agrícola y urbano, cuyo florecimiento se produjo en el III milenio a.e.c. Su apogeo se ubica entre 2600 y 1900 a.e.c., momento en que la ciudad pudo albergar unas treinta mil personas en más de 200 hectáreas. Su estratégica ubicación la hacía dominadora de las grandes rutas de comercio así como de las zonas más fértiles del valle del Indo.

Las excavaciones en 1922 dirigidas por el británico John Marshall, quien trabajó con el estadounidense experto en Mesopotamia, Ernest MacKay, sacarían a la luz los vestigios de la ciudad, aunque desde el siglo XIX el Servicio Arqueológico de India ya conocía algunos restos (los de Harappa) con los que se presumía la presencia de una gran cultura en la región. Los hallazgos más antiguos encontrados procedían del Calcolítico, en la transición del Neolítico a la Edad del Bronce. Más tarde sería el británico Sir Mortimer Wheeler quien seguiría con la exploración arqueológica del lugar.

La ciudad tuvo una amplia zona de influencia. En ella habitó una sociedad urbana en la que dominaba una burguesía de mercaderes y artesanos. Destacó sobremanera por su ingeniería (baños, alcantarillados, canalizaciones de aguas) y su planificación urbana, que organizaba la ciudad en dos zonas, una elevada, la de la ciudadela, centro administrativo y tal vez religioso (donde se encuentran los recintos conocidos como Grandes Baños y la Casa de los Sacerdotes) y la zona baja, con barrios artesanales (con talleres de metalurgia y alfarería), almacenes, graneros y los sectores residenciales, con casas organizadas en torno a un patio o varios, abiertos. Las calles principales van de norte a sur en paralelo. Estuvo, además, amurallada, con defensas hechas de ladrillo cocido. Los hallazgos arqueológicos de la ciudad han deparado la presencia de una serie de sellos cerámicos con motivos animales, antropomorfos y signos escritos, así como figurillas cerámicas y en metal, como la muy conocida bailarina de bronce. En torno a 1700 o 1500 a.e.c. la ciudad, como la propia Cultura del Indo, entraría en decadencia interna, lo cual, en conexión con la presumible llegada de poblaciones arias de carácter guerrero, como expresa el Rig Veda, confirmaría el final de la civilización.

Varanasi, en sánscrito, Banaras en urdu, antigua Benarés, es una antigua ciudad india ubicada en la región de Uttar Pradesh, a orillas del Ganges. Centro religioso, económico y artístico, hoy es una urbe de algo más de un millón de habitantes. Es la capital sacra y espiritual de India, sobre todo del hinduismo y el jainismo, aunque fue cuna del budismo, pues la tradición señala que fue aquí donde el Buda dio su primer sermón, presumiblemente en el siglo VI a.e.c. Se la considera, según la tradición, fundada por los dioses, de ahí que los devotos de Siva acuden a ella en peregrinación con el deseo, si fuese el caso de morir y ser incinerado en ella, en las márgenes del Ganges. Y es que el que fallezca en Kashi-Varanasi, podrá liberarse de la cadena samsárica de las reencarnaciones.

La cosmología consideraba Varanasi como un lugar central de la tierra. Los primeros asentamientos humanos en la zona se han datado en el siglo IX a.e.c. gracias a los descubrimientos cerámicos. Su primera mención textual es, por el contrario, tardía: del siglo III a.e.c. en las epopeyas Mahabharata y Ramayana. En los primeros siglos de nuestra era, algunos textos, como el Skanda purana, uno de los 18 textos religiosos y míticos hindúes, escritos, según la tradición por el sabio Vyasa, señala numerosas leyendas en las que el dios Siva funda la ciudad. La urbe sería visitada por el monje budista Xuanzang en el siglo VII, que buscaba reliquias y textos budistas en India, y quien destacó el carácter comercial de la ciudad, gracias a sus telas, perfumes y artesanía en marfil. Siglos después Varanasi caería en las manos mogolas de Aurangzeb. Antiguas fortalezas y palacios, además de innumerables templos, son los vestigios actuales que recuerdan la antigüedad y relevancia histórica de esta ciudad del norte de India.

Chang’an-Xi’an fue una de las capitales de la antigua dinastía Han en China (206 a.e.c. a 220), conocida inicialmente como Chang’an. Hay registros de presencia de población asentada ya en el neolítico. La historia de Xi'an se inicia hace unos tres milenios, cuando la dinastía Zhou Occidental fundó su capital en Haojing, la que sería la Xi'an de hoy. En 221 a.e.c. el denominado primer emperador Qin shihuang, unificó China, estableciendo su capital en Xiangyang, al norte de Xi'an. Después de la dinastía Qin (221-206 a.e.c.), los dinastas Han tomaron el poder. Los gobernantes de Han también centraron su gobierno en Xi'an. Fue la capital de la dinastía hasta el primer cuarto del siglo I, cuando fue sustituida por la localidad de Luoyang.

Desde ese momento, como capital occidental, pasó a llamarse Xijing. Después de unos siglos de poca relevancia, a finales del siglo VI, la dinastía Sui reunifica China y restablece la capitalidad aquí. Llega a ser una de las ciudades más extensas e influyentes del mundo, un hecho que se ve favorecido al convertirse la ciudad en el extremo más oriental de la Ruta de la Seda. Después de ser destruida en el siglo X, bajo el reinado de la dinastía de Ming la ciudad recibe el nombre actual de Xian, cuyo significado vendría a ser Paz Occidental. Además de la fastuosa Pagoda del Ganso Salvaje, Xi’an destaca por un descubrimiento histórico memorable, pues en 1974 salieron a la luz los Guerreros de Terracota, pertenecientes a la tumba del primer emperador chino, Qin Shi Huangdi, y que han sido declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Luoyang fue una antigua ciudad capital china, fue descubierta por la arqueología en la década de 1950 gracias a las excavaciones para reconstruir la ciudad, así como a los trabajos de regadío y formación de terrazas agrícolas en los campos de la región. La ciudad arrojó más de sesenta yacimientos y casi mil tumbas. Existe evidencia de que hacia el V milenio la zona estaba muy poblada. Destaca en ella el yacimiento neolítico (descubierto en 1921) al oeste de Luoyang, de nombre Yangshao, ubicado en la llanura del río Amarillo.

Los restos arqueológicos de Luoyang están emplazados en un lugar estratégico, rodeados por colinas en tres de sus lados y se encuentran limitados por cuatro ríos. Se han hallado restos de la dinastía Shang, de la Edad del Bronce (1700-1080 a.e.c.), si bien el principal hallazgo fue la ciudad amurallada de la época dinástica Zhou de hacia el 900 a.e.c. Luoyang fue capital a partir de 771 a.e.c.

La tradición afirma que Confucio estudió en ella y que LaoZi estuvo encargado de sus archivos. Bajo el emperador Qin y los primeros Han, la capital volvería a Xi’an, aunque no mucho tiempo después (entre el 25 y 220), la misma dinastía Han se vería obligada a retirarse a Luoyang, construyendo su ciudad al este del denominado Templo del Caballo Blanco. La ciudad sería sede de una gran biblioteca y de la Universidad Imperial. Tras la caída de los Han, Luoyang se mantuvo como capital de varias dinastías, y como centro de la vida cultural china. Con los invasores del norte, los Toba Wei, Luoyang fue escogida como capital, porque se la tomaba por el centro del mundo.

A mediados del siglo VI, bajo el mando de un emperador Wei, Luoyang fue abandonada y sus gentes obligadas a trasladarse a Yeh. Luoyang permaneció en ruinas hasta que, bajo la dinastía Sui, fue reconstruida siguiendo un trazado cuadriculado a ambos lados del río Luo. La nueva ciudad se convirtió en el centro comercial más destacado de China, con una población de casi un millón de habitantes. Bajo los Tang, Luoyang pasó a ser la segunda capital del imperio, pero con el declive de la dinastía perdió definitivamente su importancia; la capital se trasladó a Kaifeng y el poder se fue concentrando en el sur.

Caral fue la ciudad capital de una civilización desarrollada en territorio peruano, en el valle del Supe, cuyos restos apenas empezaron a aflorar a mediados de los años 90 del pasado siglo (gracias a Ruth Shady), aunque se conocía el sitio desde fines de los cuarenta gracias al aventurero Paul Kosok y el arqueólogo Richard Schaedel. El yacimiento, con una arquitectura monumental, cuenta con casi setenta hectáreas de extensión  y es el referente de la considerada civilización más antigua de América.

Los primeros asentamientos, de agricultores y pescadores, se documentan entre 3000 y 2700 a.e.c., aunque la ciudad de Caral comenzó a construirse entre 2650 y 2550 a.e.c. En el yacimiento han sido descubiertas plazas circulares semi hundidas, plataformas escalonadas, varias pirámides con escalera y altares con hogares centrales y puertas de jambas dobles, hechas en madera y piedra, en un recinto no amurallado. El recinto pudo tener una función ceremonial y administrativa, aunque también pudo ser la cabeza económica de una región más amplia, al intercambiar productos agrícolas con la pesca efectuada en los núcleos costeros.

Un fuerte cambio climático parece estar detrás de su declive, pues dilatadas sequías y lluvias torrenciales habrían sido las causantes del abandono de los núcleos urbanos como el de Caral, ya hacia 1800 a.e.c., momento en que se entierran sus edificaciones. La ciudad estuvo en contacto con la ciudad de Áspero, probablemente su subordinada ciudad pesquera. La ciudad estuvo dividida en una zona nuclear, con más de una treintena de estructuras públicas y conjuntos residenciales (viviendas con talleres), y otra zona periférica, con presencia de grupos de viviendas formando pequeños islotes. La ciudad puedo llegar a albergar entre 1500 y 3000 personas en sus siete u ocho siglos de existencia.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, abril, 2021.

30 de marzo de 2021

Ilirios: Indoeuropeos en conflicto




Imágenes (de arriba hacia abajo): plato balcánico con la presencia de guerreros ilirios con panoplia del tipo hoplita; moneda iliria datada entre 190 y 175 a.e.c., con jinete y escudo redondo y; casco en bronce del tipo ilirio, datado en el siglo VI a.e.c.

¿Hubo una original tribu iliria?. Si se estima afirmativamente el interrogante, los griegos habrían contactado con un relativamente pequeño grupo ilirio ubicado en el norte del Épiro, si bien muy pronto se aplicó tal denominación a una población de mayor calado estacionada en el occidente de Macedonia y al sur del río Danubio. Estos ilirios hablaban una lengua indoeuropea, hecho que sugiere que procedieron de algún lugar del noreste, acompañando a otros migrantes prehistóricos que hablaban el mismo lenguaje.  

Sin embargo, la continuidad de su cerámica desde las épocas más arcaicas hasta la Edad del Hierro, parece sugerir que se estaría delante de una población autóctona. En cualquier caso, existe la posibilidad de que oleadas de invasores o migrantes indoeuropeos trajesen consigo cambios en la lengua mientras la mayoría de la población original permanecía en su lugar originario (al modo de lo acontecido con los invasores normandos sobre el inglés). A la compleja situación etnográfica en Iliria ha de sumarse, además, que la arqueología señala que hubo un influjo de pueblos en la segunda Edad del Hierro que introdujeron elementos célticos propios de la cultura de Hallstatt[1]. Así pues, estaríamos en presencia de diferentes tribus con distintos dialectos que compartirían aspectos de una común cultura, a pesar de que las fuentes clásicas los muestran como una unidad.

La mitología griega acude, una vez más, en nuestro auxilio, pues indica que el nombre de Iliria procede de un hijo de Cadmo, el fundador de Tebas. El niño habría nacido mientras su padre estaba combatiendo las tribus del noroeste. Más tarde se convertiría en soberano. No obstante, en otras versiones se afirma que lo más probable es que los ilirios fuesen hijos del cíclope Polifemo, lo cual les conectaría con el ámbito agreste, salvaje e incivilizado[2]. De este modo se explicaría cómo los griegos y macedonios usaban la palabra ilirio en combinación con aquella referente a problema, pirata, incursión o ataque, además de preguntarse acerca del modo útil que debería emplearse para disminuir los hábitos predatorios de estas gentes.

Una de las tribus ilirias recibió el apelativo de Liburni, un pueblo marítimo que habitaba lo que hoy es la costa de Croacia, con fama de ser avezados piratas y hábiles comerciantes. Los griegos utilizaron, no sin ironía, la palabra libyrnis para referirse a una ágil y muy veloz galera, capaz de esconderse con garantías en la escarpada “costa iliria”. Esos navíos sembraban el terror en el mar Adriático a todo aquel que se aventurase en algún periplo entre Grecia e Italia. Los botes liburnios todavía llegaron a ser usados por el ejército romano, tal y como aparece reflejado en los relieves de la Columna Trajana. Fueron empleados, en consecuencia, en las guerras contra los Dacios.

Lo que estos Liburni tuvieron en común, no obstante, con otras tribus ilirias, es motivo de denso y acalorado debate. De hecho, un pueblo ilirio llamado los dálmatas habitaba en las cercanías de esos Liburni, si bien tenían una cultura de base pastoril. Mientras los Liburni eran, entonces, sofisticados comerciantes, los Dálmatas se nos aparecen como gentes que viven en cuevas o chozas centradas en su actividad como pastores.

En sus repetidos asaltos contra griegos y macedonios, los ilirios colaboraban, en muchas oportunidades, con otro pueblo relacionado con ellos, llamado Dardani en las fuentes clásicas. Además, más al norte, también otro pueblo estuvo afiliado con los ilirios. Se trata de los Panonios quienes, como los otros pueblos ilirios, eran iletrados y por ellos apenas han dejado vestigios en el registro arqueológico. Tales improntas revelan apenas que eran una cultura simple (como, se supone, la mayoría de los ilirios), que combinaba en sus quehaceres cotidianos la agricultura con los asaltos en busca de botines. Vivían en tribus y en bandas de base familiar, siendo enterrados juntos en grupo. Los guerreros se inhumaban con sus armas. Sin duda, estuvieron más expuestos a los influjos culturales célticos que los ilirios de la costa.

En la época romana los ilirios actuaron ya como una unidad. De hecho, hacia mediado el siglo III a.e.c., un tal Agron, líder ilirio en la región de la actual Montenegro, habría hecho confluir varias tribus ilirias en un reino común. Ahora aliados con los macedonios (y no como rivales), participarían en un ataque macedonio al suroeste de Grecia. La viuda de Agron, de nombre Teuta, expandiría las razzias marítimas ilirias hasta lugares como la antigua Corcira (Corfú), demostrando con ello ciertas posibles aspiraciones de dominio, en tanto que siempre se había creído que la isla había pertenecido a “Iliria” hasta la llegada de los colonos griegos.

Desde aquí podían amenazar el comercio marítimo, algo que la potencia romana no consentiría. Así, en 229 a.e.c. los romanos organizaron una primera expedición militar al oriente de la península itálica contra los ilirios, la primera de varias, que acabaron por ser conocidas con el nombre de Guerras Ilirias. Aun tras la conquista romana de Macedonia, Grecia y Asia Menor, los romanos seguían enfrentados a los ilirios. Las dificultades del terreno y el factor, no de escasa relevancia, de la descentralización de las tribus ilirias hacían complicada la conquista por parte romana, en especial porque los ilirios combatían con un sistema de guerrillas.

En el año 6 se produjo una poderosa rebelión contra Roma, en virtud de que Dálmatas, Panonios, Liburni, y otras tribus menos renombradas, como los Breuci (la tribu dirigida por Bato el Breuciano), los Pirustas de Dalmacia y los Iapodes (llamados también Carni, una tribu céltica), hicieron causa común frente al romano. Casi cuatro años le llevó a Tiberio sofocar la rebelión. La región se convirtió en la provincia romana de Iliria, posteriormente dividida en las de Pannonia y Dalmatia. Los ilirios acabarían, por tanto, muy romanizados, hasta el punto que cuando Roma estuvo en serio peligro de caer en las redes de los continuados asaltos bárbaros, varios de los llamados emperadores ilirios (de Panonia sobre todo), lograron estabilizar el imperio. Se trata de emperadores del talante de Decio, Claudio Gótico, Aureliano y el gran Diocleciano. Significativamente, tras la caída de Roma fue otro ilirio (Justiniano I, en el siglo VI), quien tomó las riendas del imperio Bizantino. Destruidos finalmente por jinetes eslavos, desaparecen de la historia hacia el siglo VII.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, marzo, 2021.



[1]La  filiación étnica de los ilirios es muy dudosa. No hay claridad al respecto de que fuesen una continuidad de la llamada Cultura de Lusacia. Resulta más complicado definir una unidad étnica iliria en la época de la Cultura de Urnas. Probablemente los ilirios corresponden a una etapa de pueblos danubianos de la Edad de Bronce, período paralelo al de las poblaciones de los túmulos y tal vez de los lusacianos, cuyas relaciones mutuas habían ocurrido antes de la expansión de la mencionada Cultura de las Urnas.

[2] Muchas han sido las fuentes clásicas que han dejado su impronta acerca de los ilirios, como es el caso de Cicerón, Diodoro, Apiano, Heródoto, Justino, Plutarco, Estrabón o Polibio. La gran mayoría intentaron explicar su origen basándose en la mitología griega y en su participación en los hechos históricos de mayor relevancia. Apiano menciona el origen mítico de los pueblos ilirios en el seno de la mitología, diciendo que el fruto de la unión de Polifemo y Galatea fueron Galas, Celtus e Illyrius, dioses epónimos (y origen, por tanto) de Galos, Celtas e Ilirios, respectivamente. Las primeras menciones de los ilirios históricos aparecen en fuentes griegas. Tal vez fue Escilax de Carianda, célebre por su periplo por el Índico y el Golfo Pérsico, quien recopiló las primeras descripciones en el Periplo del Pseudo-Escilax.

23 de marzo de 2021

Ciudades del mundo antiguo (III): urbes del antiguo Egipto y Anatolia





Imágenes (de arriba hacia abajo): patio de Amenofis III, en Luxor-Tebas; reconstrucción modélica de una habitación con bucráneos de Çatal Hüyük. Museo de las Civilizaciones Anatólicas, Ankara; escultura en terracota de una plausible diosa madre de Çatal Hüyük, datada en el VI milenio a.e.c.; esquema reconstructivo de las distintas ciudades de Troya a lo largo del tiempo e; imagen panorámica de cómo luciría la Constantinopla romana del siglo IV.

En esta tercera entrega se hará referencia a las ciudades de Buto, Menfis y Tebas (Luxor) en Egipto, así como a Çatal Hüyük, Hattusa, Troya, Mileto y Bizancio (Constantinopla) en la península de Anatolia o Asia Menor.

Buto es una antigua ciudad egipcia ubicada al nordeste en el delta del Nilo, llamada Per-Uadjit en Egipto, desde el Reino Nuevo, y en árabe Tell el-Farain, o Colina de los Faraones. Se la conoce desde el predinástico egipcio como una ciudad capital en el Bajo Egipto que surge del agregado de dos núcleos independientes, Dep y Pe. Como Per Uadyet, debió ser capital, entonces, de un reino del Bajo Egipto en el Protodinástico, aunque acabó sometiéndose al sur.

Sus reyes, citados en el Papiro de Turín y en Manetón, al igual que los de Hieracómpolis, eran seguidores de Horus, y los antepasados de Menes. Por su parte, los Textos de las Pirámides hablan del ritual de coronación de estos soberanos. A través de su nombre se deduce que era centro de culto de la diosa cobra, si bien en la ciudad hubo santuarios de Bastet y de Horus. La ciudad estuvo activa en época saíta y luego lágida y romana. Fueron los prolomeos quienes le dieron el nombre griego Buto, según consta en fuentes como Estrabón o Plutarco, este último en su célebre Sobre Isis y Osiris. Fue el famoso Flinders Petrie el primero en identificar la ciudad a fines del siglo XIX. Luego fue excavada en varias campañas durante todo el siglo XX, destacando las que se llevan a cabo por parte de los arqueólogos del Instituto Arqueológico Alemán. 

Menfis, conocida como Balanza de las Dos Tierras en el reino medio, fue fundada hacia 3100 a.e.c., siendo la primera capital del Egipto unificado, durante todo el Reino Antiguo, y hasta el Primer Período Intermedio (de ahí en adelante capital del Nomo I); por tanto, hasta 2050 a.e.c., y durante las primeras ocho Dinastías. Después sería sustituida como capital por Tebas-Luxor.

Menfis fue un centro político, económico y religioso de primer orden, en el que se veneraba sobre todo al dios Ptah y en donde se coronaban los faraones. También conocida por otros muchos nombres, como Nen-Nefer, Ineb-Hedy o Muro Blanco, Hut-ka Ptah o el bíblico Noph. Su nombre árabe, Mit Rahina señala hoy la localidad bajo la cual se encuentran la mayoría de los vestigios de la antigua Menfis. Sus necrópolis serían Abu Roash, Abusir y Dashur, sin olvidar Saqqara. El declive de la ciudad se acentúa con la aparición de Alejandría, hacia 330 a.e.c., para terminar siendo abandonada mediado el siglo VII. Apenas sobreviven restos de su presencia, salvo la estatua colosal de Ramsés II y las ruinas del templo de Ptah. Parte de sus ruinas y restos se emplearían, de hecho, en la construcción de El Cairo.

Tebas-Luxor, Al-Uksur en árabe, corresponde a una antigua ciudad, centro de culto, hoy de medio millón de habitantes, que se ubica a unos setecientos kilómetros al sur de El Cairo. Como todas las antiguas ciudades egipcias tuvo varios nombres, destacando Uast (cetro), Niut (ciudad) o Ta Ipet (santuario). El nombre Tebas, que procede de Ta Ipet, fue puesto por los griegos mientras que Luxor (palacios con innumerables puertas) por los árabes. Fue capital de Egipto por más de milenio y medio, durante el Reino Medio y Nuevo, después de suceder en tal dignidad a Menfis, además de ser capital del Nomo IV del Alto Egipto. En la orilla occidental del Nilo, frente a la ciudad, se encuentran los conjuntos funerarios a base de tumbas excavadas en piedra, propias del Reino Nuevo, del Valle de los Reyes, el Valle de las Reinas y el Valle de los Nobles. Destacan en ella los templos de Luxor y Karnak, unidos por un dromos de esfinges.

Su origen, como un humilde puesto comercial, remonta a fines del IV milenio a.e.c. Este centro de poder, de una superficie de unas 50 hectáreas en su mejor momento, empezó a ser de extrema importancia en la Dinastía XI, hasta la XV, de los hicsos, y luego de nuevo con la XVI y la XVII. Fue encumbrado como centro religioso gracias al antiguo dios local Amon. En el siglo VII a.e.c. fue saqueada por los asirios, entrando en un dilatado período oscuro con la presencia griega y romana (esta última desde 30 a.e.c. a 350). Estos últimos modificaron notablemente la arquitectura del lugar y la convirtieron en parte de la Tebaida, provincia romana. La ciudad sería abandonada en la antigüedad, a lo largo del siglo I, a decir del géografo Estrabón.

Çatal Hüyük, ubicado en Konya, en el centro de la actual Turquía, es un yacimiento Neolítico y Calcolítico que se encuentra asentado sobre un montículo rodeado de una extensa llanura y que ha sido datado en el período Precerámico B, entre 7500 y 6200 a.e.c. Fue encontrado en los años cincuenta del pasado siglo por el arqueólogo James Mellart y excavado en la siguiente década. Posteriormente, ya en los años 90 continuó esta labor el arqueólogo de Cambridge Ian Hodder. Se trata de un poblamiento de unas 13 hectáreas de superficie que pudo albergar en su seno entre seis y siete mil habitantes.

El poblado presentaba un planeamiento residencial bastante sofisticado, con la presencia de barrios dedicados a la producción manufacturera, sobre todo de textiles, objetos de hueso y obsidiana, además de piezas de cobre. Sus habitantes fabricaban cerámica y tenían una economía diversificada, aunque la agricultura era la base principal. Existe constatación de la presencia del cultivo de lentejas, cebada, guisantes y trigo en las cercanías del asentamiento. Las viviendas eran rectangulares y estaban adosadas unas a otras, además de conectadas entre sí por medio de aberturas y con salidas en los techos. Por consiguiente, no había calles interiores. Los muros se hacían de adobe y los techos de vigas de madera, sobre los cuales se distribuía una capa de barro apisonado. En el área central de habitación se incluía un horno, un hogar y plataformas para el descanso.

En Çatal Hüyük se han hallado enterramientos dispuestos bajo el suelo de las viviendas. Parece muy probable, además, que hubiese habido edificaciones especialmente dedicadas al culto. En determinados casos, las paredes de algunas viviendas estuvieron decoradas con grupos de cráneos de animales diversos, como jabalíes, buitres, comadrejas y, sobre todo, toros, así como con pinturas murales, en las que se podían observar formas animales (ciervos, jabalíes, lobos, asnos, leones, osos) y también de manos humanas. Así mismo, también han sido halladas estatuillas femeninas y símbolos de fecundidad. Esto no significa, necesariamente, que las casas de este asentamiento turco fueran santuarios ni que se pueda deducir la existencia de una clase sacerdotal, pues pareciera, más bien, el rastro de un posible culto doméstico. El núcleo de Çatal Hüyük fue abandonado por sus habitantes hacia el 5000 a.e.c. y en su lugar surgieron poblados de pequeñas dimensiones en la llanura circundante, abandonándose de este modo el montículo originario.

Hattusa fue la gran capital imperial hitita a partir del rey Hattusili I, siendo hoy la renombrada aldea anatolia de Bogazköy. El sitio de su ubicación en torno a tierras de cultivo y de pasto, pero también de bosques, estuvo originalmente habitando por los hatti. Fue destruida en el siglo XII a.e.c., al tiempo que el imperio hitita. En el interior de la amurallada ciudad había una gran ciudadela con templos y edificaciones administrativas, destacando el palacio real. En la parte sur destacaban puertas decoradas con relieves con leones, guerreros y esfinges, además de varios templos y edificaciones civiles. Se descubrieron diversas necrópolis extramuros. En sus mejores tiempos pudo vivir en Hattusa una población que rondaría los 40000 habitantes.

Desde una perspectiva arqueológico-histórica, la ciudad contó con cinco fases de existencia a lo largo del tiempo. La primera marcó la transición entre la Edad del Bronce Antiguo y  Medio, a comienzos del II milenio a.e.c. La segunda es la correspondiente al período de la presencia de las colonias asirias en Anatolia, que culminó con la destrucción propiciada por Anitta. Las fases tercera y cuarta corresponden a la época en la que Hattusa fue el asiento de la dinastía real hitita. La quinta y última coincide con el período frigio post hitita, durante el cual la ciudad fue reconstruida en una escala menor, tras su destrucción previa. La fase tres es la que corresponde a la ciudad del rey Hattusili I. Estuvo dominada por una acrópolis, que hoy se conoce como Büyükkale, en donde el mencionado monarca construyó el primer palacio real. Hacia 1400, Hattusa sufrió un saqueo y fue incendiada por parte de las fuerzas gasga que provinieron desde el norte. Un tiempo después Hattusa fue restaurada como capital bajo el mandato de Urhi-Teshub, hijo y sucesor de Muwatalli. En los últimos años del reino hitita la ciudad alcanzó, no obstante, una magnitud y magnificencia sin precedentes.

La muralla que rodeaba el asentamiento completo tenía varias puertas de acceso, alguna embellecida con escultura y relieves monumentales, como las llamadas Puerta del León, Puerta del Rey y las Puertas de la Esfinge. Varios templos fueron erigidos en la ciudad superior, un hecho que confirmaría su carácter sacro y ceremonial. Hattusa debió transmitir una imagen simbólica relevante. Así, al final de su existencia Hattusa pudo haber desarrollado un carácter meramente sacro, de ciudad ceremonial.

Las cellas de los templos parecen haber servido como habitaciones para archivos, pues todos los templos han producido un conjunto de material inscrito (sellos, bullae de arcilla, impresiones de sellos y tablillas en las que se registraron donaciones, procedimientos rituales y consultas oraculares). Tales hallazgos pueden proporcionar evidencia del rol de los templos como centros para el entrenamiento de escribas. Los templos tenían, así, funciones administrativas y económicas, además de las puramente cúlticas.

La casa hitita básica de Hattusa estaba conformada por una estructura de madera y ladrillo, en ocasiones con unas estancias superiores a las que se accedía a través de una escalera exterior. El área residencial también contaba con edificaciones mayores erigidas sobre terrazas, tal vez, las viviendas del personal de más alto rango. Una parte significativa de la población viviría, no obstante, extramuros, si bien en los años finales un incremento de la población pudo propiciar el asentamiento de población intramuros.

Troya fue un enclave estratégico en el estrecho de los Dardanelos, en la actual Turquía. Se fundó hacia 2900 a.e.c. Acabaría convirtiéndose en una próspera gran ciudad, íntimamente vinculada al entorno hitita. El yacimiento de Troya del cual poco más de un cinco por ciento de su extensión total ha salido a la luz tras siglo y medio de excavaciones, las últimas por un equipo alemán de la Universidad de Tubinga, está compuesto por nueve ciudades de épocas diferentes que, en total, abarcan unos tres milenios de continuada presencia y de actividad humana.

La Troya I apenas pervivió dos siglos, hasta que en 2700 a.e.c. fue destruida por un incendio. Lo que hoy se conoce como Troya II fue la que Heinrich Schliemann excavó y consideró como la ciudad homérica. La VI (1700-1180 a.e.c.) es el ejemplo palpable de una localidad de la Edad del Bronce Anatolio, con dos sectores: uno en la parte alta, la ciudadela, centro religioso y administrativo protegido por una gran muralla; y otro, al sur de la colina, que se denomina ciudad baja, guarecida por un foso tras el cual se encontraba otra muralla, hecha de adobe, en la que se abrían varias puertas defendidas por torres de vigilancia. La ciudad baja, de una extensión de unas veinte hectáreas, contaba con canales de drenaje y calles pavimentadas, y pudo albergar alrededor de 10000 habitantes. La posición estratégica de la ciudad fue clave en el sistema comercial del II milenio, convirtiéndola en centro de redistribución de bienes.

Por intermediación del puerto, Troya comerciaría con el ámbar del Báltico, el cobre de los Balcanes, la cornalina del norte del mar Negro y los caballos de las estepas. De hecho, su rol de enclave mercantil pudo resultar crucial en el trasfondo histórico de la reconocida guerra de Troya, en virtud de que una agrupación de ciudades griegas habría buscado la manera de garantizarse el control del paso de los Dardanelos y del comercio entre el mar Negro y el Egeo. Las viviendas de la Troya VI en la ciudad baja poseían techos planos y un área pavimentada en el patio que pudo servir para trillar. Había también santuarios, hornos comunales y jardines. Algunas casas más lujosas estaban hechas de piedra, madera y adobe, y tenían dos plantas.

La mayoría de la población debió de emplearse en la fabricación del tinte púrpura, en la confección de textiles, de lino y lana, en los talleres metalúrgicos, en los que se manufacturaban objetos de oro, hierro, plata y bronce, y en la fabricación de la cerámica hecha en el torno. Debió existir presencia de comerciantes micénicos en la ciudad. Un sector de la población se encargaría de la agricultura y el pastoreo de ganado, además de la pesca (en especial de la recolección de moluscos).

En este mismo nivel han aparecido también tumbas en forma de casa, en las que se veneraba a deidades como Appaulinas (probable nombre hitita de Apolo). En la ciudadela (la Pérgamo de la Ilíada), varias construcciones combinaban las funciones de palacio, tesorería, archivo y templo, imitando los modelos del palacio-megaron de la zona hitita en Anatolia, la Grecia micénica y la Creta minoica. Vivía aquí la elite, que incluía la familia real y los linajes nobles, además de las agrupaciones familiares de los grandes comerciantes, con funciones diplomáticas y militares.

Troya estuvo vinculada con Asia Menor y, en especial, con los hititas, como demuestra el Tratado de Alaksandu. Lo estuvo más que con el ámbito griego. El tratado, hallado en el archivo imperial de la capital hitita, Hattusa, muestra un pacto de vasallaje suscrito entre un rey de Wilusa (Alaksandu) y el soberano hitita Muwatalli II en 1290 a.e.c. Troya estaría subordinada entonces al imperio hitita aunque no habría perdido su autonomía real. Los hititas denominaban a la ciudad de Troya como Taruwisa (de ahí la Troya en la nomenclatura griega). Wilusa, que pudo ser el nombre hitita de Troya, explicaría la denominación también griega Ilión. En consecuencia, la guerra troyana, sería un conflicto entre una fortaleza hitita en Asia Menor y varias ciudades griegas continentales. El fin de Troya VI se produjo hacia 1250 a.e.c., fruto de un desastre natural. Se reconstruye la ciudad y se vuelve a habitar, pero hacia 1180 a.e.c. se constata la presencia de una devastación, con ruinas de edificaciones destruidas por el fuego, proyectiles de catapulta y huesos humanos calcinados. Todo ello puede ser un indicador de que la población sufrió algún tipo de ataque externo. Se ha creído que esto sería, precisamente, indicio claro del conflicto que narra Homero.

Mileto fue una antigua ciudad jonia de Asia menor cercana a Priene y no lejos de Éfeso, la probable Millawanda hitita, en la antigua región de Caria. Fue denominada también como Pityusa y Anactoria. Las primeras evidencias de presencia humana datan del Neolítico. A principios de la Edad de Bronce el asentamiento quedaría bajo la influencia de los minoicos cretenses. De hecho, la tradición legendaria habla de la llegada de contingentes cretenses (mencionados en el Catálogo de las Naves en la Ilíada), que habrían desplazado a los aborígenes Léleges (asociados por algunos a los carios). La mitología griega refiere que la ciudad fue fundada por el héroe Mileto, quien huyó de la Creta del rey Minos. El héroe habría fundado la ciudad tras matar a un gigante (Asterión).

Mileto habría sido una fortaleza micénica en la costa de Asia Menor entre 1450 y 1100 a.e.c. En la Edad del Bronce, llegarían desde el centro de Anatolia poblaciones de habla luvita, que serían los Carios. Destruida la ciudad por participar en una rebelión contra los hititas, a partir del siglo XI a.e.c., los griegos jónicos se expandieron hacia Asia Menor, siendo los refundadores del núcleo, conducidos por Neleo tras el mítico regreso de los heráclidas. La presencia jónica trajo consigo la creación de una liga, la Liga Jónica, y Mileto se convirtió en la más próspera de las doce ciudades de la confederación jónica. 

Con Ciro II el Grande, al vencer a Creso de Lidia (siglo VI a.e.c.), Mileto cayó bajo el Imperio aqueménida. En 499 a.e.c., el tirano de Mileto, Aristágoras, lideró una revuelta jónica contra los persas de Darío I, quien la aplastó. Unos pocos años después,  los griegos derrotaron a los persas en la batalla de Platea, y Mileto fue liberado del dominio persa, aunque después, por la Paz de Antálcidas, Artajerjes II controlaría las ciudades-estado griegas de Jonia. Alejandro Magno arrebataría a los persas la ciudad, pero tras su muerte Mileto quedó bajo el control de Ptolomeo, gobernador de Caria. La ciudad estaría posteriormente, bajo el control seléucida, egipcio, romano, bizantino y turco.

A partir del siglo VII, Mileto sería el lugar de nacimiento de filósofos y científicos, los físicos, como Hecateo o Tales, además de Anaximandro y Anaxímenes (Escuela de Mileto). De Mileto también fue natural el arquitecto de la Basílica de Santa Sofía (Isidoro de Mileto), así como la hetaira y filosofa Aspasia, esposa de Pericles.

Las primeras excavaciones del sitio fueron realizadas por un arqueólogo francés de nombre Olivier Rayet, a fines del siglo XIX. Posteriormente, sería el arqueólogo alemán Julius Hülsen el excavador de Mileto. Entre las principales construcciones de Mileto se encuentran el teatro, las termas romanas del siglo I, el Delphinion, la stoa jónica, el ágora septentrional, las termas de Capito, el Bouleuterion (del siglo II), el ágora meridional y las termas de Faustina.

Bizancio-Constantinopla, fue una ciudad fundación colonial griega de Megara en el siglo VII a.e.c. en el estrecho del Bósforo, capital de Tracia, luego refundada por Constantino y renombrada como Constantinopla, capital y centro medular de la cultura clásica del Imperio Romano de Oriente o Imperio bizantino, y que hoy corresponde con la turca Estambul. Se encontraba en un lugar estratégico, desde donde dominar la navegación entre los Balcanes, el Egeo y el norte de África. Además, la región del Ponto (mar Negro), era muy rica en ganadería, esclavos y mercancías como la miel, cera o el pescado salado, además de los vinos y el trigo.

La tradición mítica atribuye la fundación de Bizancio a Bizas o Bizante, el cual, según Esteban de Bizancio, era hijo de una ninfa a su vez descendiente de Ío y Posidón. Se advierte que la ciudad era una colonia de la ciudad griega de Megara, aunque pudo haber colonos de otras ciudades. Eusebio de Cesárea menciona el tercer año de la trigésima olimpíada como su fecha fundacional, lo que correspondería a 667 a.e.c., poco después de la cercana ciudad de Calcedonia. En el lugar de fundación existía un asentamiento de nombre Ligos. La ciudad tendría a la diosa Hera como deidad tutelar. Es probable que al principio fuese regida por una monarquía que daría paso a un gobierno aristocrático.

Los jonios, como vasallos del rey aqueménida Darío I, tomaron la ciudad en 504 a.e.c. Poco después se unió a la revuelta jónica. Sería un general espartano, Pausanias, quien se adueñase de la ciudad a finales del siglo V a.e.c. A lo largo de la Guerra del Peloponeso estuvo subyugada a Esparta, pero a comienzos del siglo IV, estuvo en manos atenienses, momento en que Trasíbulo cambió el gobierno de la ciudad de una oligarquía a una democracia. Entre 336 y 323 estuvo en poder de los macedonios. Durante las Guerras Macedónicas, entre Roma y Filipo V, los romanos otorgaron a Bizancio el título de ciudad confederada. Bizancio pasó a ser aliada de Roma, que la reconoció como ciudad libre, aunque posteriormente perdería ese estatus. Vespasiano la incorporaría a la provincia romana de Tracia.

A fines del siglo II la ciudad fue saqueada y destruidas sus murallas. Se la despojó de cualquier privilegios y dejó de tener un gobierno local, quedando como una aldea sometida con sus territorios a la vecina ciudad  de Perinto. Sin embargo, en honor de Caracalla, Severo la hizo reconstruir, la embelleció y le dio el nombre de Augusta Antonina, denominación que decayó al morir Caracalla. Conservó ciertos privilegios como la acuñación de moneda hasta el reinado de Galieno, mediado el siglo III. Bajo Claudio II, la ciudad tuvo que luchar contra los godos.

En el tiempo de las famosas luchas entre los tetrarcas se reforzaron las murallas de Bizancio y la ciudad tomó partido, en concreto por Maximino y por Licinio (inicios del siglo IV), quien se retiró allí tras la Batalla de Adrianópolis, y donde sería asediado por Constantino hasta que la ciudad se rindió. Con Constantino como único emperador, Bizancio fue incluida en el proyecto de reajuste geográfico del imperio, de modo que en 330 se ratificó la creación de la ciudad de Constantino, Constantinópolis o Constantinopla. Ya como Nova Roma y capital del Imperio romano de Oriente resistiría diez siglos las tentativas de conquista de sus diferentes enemigos, hasta su definitiva caída en manos de los turcos otomanos en mayo de 1453.

Prof. Dr. Julio  López Saco

UM-FEIAP-UFM, marzo, 2021