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28 de abril de 2020

Metáfora y mito en la Biblia


La Biblia se puede interpretar como una inmensa y complicada metáfora, siendo en tal sentido, un soberbio paradigma de pensamiento mítico-poético. La metáfora principal, con mucha diferencia, es la constante imagen de descenso y ascenso. Se percibe distinta de aquella de renovación cíclica, si bien en el fondo la misma imagen mítica conforma ambos tipos de relato.
El pueblo de Israel está esclavizado en un inframundo (Egipto) y, en consecuencia,  pide auxilio a Yahvé para que le socorra. Son liberados por un emisario que el dios envía, pero vuelven a ser esclavizados, ahora en Babilonia. Otra vez son liberados. El tema se repite en el Nuevo Testamento, ya que el mito de la caída y el descenso del Génesis se completa con aquel del ascenso y la resurrección. Si bien la sociedad israelí es el “centro” del mito, en el Nuevo Testamento es un individuo quien experimenta ese mito en su propia vida. Ahora el ciclo de anteriores mitologías se transforma en un gran ciclo y, lo más relevante es que esta experiencia hebrea se escenifica como prototipo aplicable a la humanidad entera, como si la historia se iniciara con Adán.
El Génesis introduce el Pentateuco y el libro de Josué, que narran a su manera la historia de la liberación del pueblo de Israel de manos egipcias además del asentamiento (agresivo) hebreo en Canaán, que acabaría transformando un grupo disparejo de nómadas clanes semíticos en una “nación”. El Génesis es fundamental porque proporciona el trasfondo mitológico al tema heroico de la conquista que luego se detalla. Dota al pueblo de unos ancestros que le otorgan un rol histórico además de una identidad como tribu. La conquista de Canaán se asume como una necesaria destrucción de la cultura cananea, entendida como una obra de divina purificación (una suerte de arcaica guerra santa).
En el trasfondo de los dos hermanos enfrentados del Génesis se puede vislumbrar esta conquista hebrea de Canaán, que supondría la dominación del agricultor por el pastor de ganados (Yahvé acepta la ofrenda de un cordero por Abel, no el ofrecido por Caín). Ambos, agricultores cananeos y hebreos nómadas pastores, eran semitas; una “hermandad” considerada en términos de uno mayor y otro menor. Una de las formas en la que se plantea el relato de la conquista es a través de una encarnizada lucha, la que enfrenta al dios hebreo y a la diosa cananea, nombrada Anat, Astoret, Aserá; en definitiva, Astarté.
Y no es para menos. La iconografía de buena parte de los relatos de Génesis es sumeria y babilónica. En Sumer tenemos además el relato del mítico lugar en donde los animales salvajes no mataban, no destruían, eran pacíficos; donde no se concebía ni enfermedad, ni vejez, ni mucho menos la muerte. Tal paraíso sumerio es Dilmun. Por otra parte, Yahvé asume la iconografía de Ptah, y de Ninhursag y Enki sumerios; funciones como la de la diosa Aruru, que insufla vida en la creación; y hasta su carácter a partir de la imagen de Enlil. En la mitología hebrea todas las divinidades masculinas de las culturas anteriores, además de los citados, también Marduk y El (Elohim es el plural de El, dios cananeo), se funden acrisoladamente en una única imagen, un deus pater,  que en el escenario bíblico se hace ver como primera y única deidad.

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, abril, 2020

3 de febrero de 2020

Doble hacha, abeja y nudo: exponentes simbólicos de la deidad femenina






Imágenes, (desde arriba hacia abajo): sello micénico que muestra la Diosa con la doble hacha cercana al árbol vital. Hacia 1500 a.e.c.; representación de la diosa-abeja en una placa de oro hallada en Camiros, Rodas. Datada entre 800 y 700 a.e.c.; sello de anillo dorado del sepulcro de Isopata, donde se ve una epifanía con diosa abeja, un niño y una sacerdotisa en un campo de flores (lirios). Hacia 1450 a.e.c. y; fresco mural (La parisiense), que muestra una sacerdotisa minoica con nudo sacro. Cnosos, 1500 a.e.c.


El hacha doble es un símbolo muy arcaico. Hay constancia del mismo en cuevas del Paleolítico, como Niaux, en el sudoeste de Francia, y también en el neolítico, específicamente en el yacimiento de Tell Halaf, en el actual Irak. En Creta es un motivo recurrente. Aquí, grandes hachas de bronce y de doble filo, con largos mangos, se colocaban a los lados del altar de la deidad, donde las oficiantes al celebrar sus ritos las sostenían en las manos o sobre sus propias cabezas. Es sabido que señalaban la entrada a sus santuarios.
El hacha, de carácter sacro, se configuraba como el instrumento ritual que sacrificaba al toro, animal cultual que encarnaba, en el ámbito de la cultura cretense, el poder regenerador de la deidad femenina.  Es probable que el sacrificio del animal macho, visualizado como símbolo de la fertilidad, renovase el ciclo vital. En Creta, como en el antiguo Egipto, se adoraba el árbol (imagen de la diosa), de forma que se requería una ceremonia específica, además de un hacha sagrada, cuando se talaba un árbol. El hacha nunca aparece en Creta sostenida por un varón ni por un sacerdote, hecho que podría indicar la ausencia de una asociación aria, que posteriormente vincularía el hacha con el dios del trueno y el grito en la batalla.
Se ha interpretado que los dobles filos del hacha se desarrollaron a partir de la imagen de la mariposa en el Neolítico. En este sentido, la doble hacha imitaría de una manera precisa las alas dobles de ese insecto que se metamorfosea. La mariposa es todavía en muchos lugares una imagen representativa del alma, hasta el punto que en Grecia el mismo término designaba a las dos (psyché).  
Otro insecto, en este caso la abeja, en paralelo a las mariposas, pertenecen ambas a la imagen de la deidad de la regeneración. Creencias arcaicas afirmaban que las abejas habían salido del cadáver de un toro. La asociación entre toro y abeja se constata ya en el Neolítico a través de la imagen de la diosa abeja grabada en la cabeza de un toro. Mucho tiempo después, hacia el siglo III, el griego Porfirio sigue utilizando las mismas imágenes para hablar de deidades griegas posteriores. Así, las sacerdotisas de Deméter se llaman melissae; esto es, abejas, aludiendo a las iniciadas de esta deidad ctónica; con el nombre Melitodes se conocía a la misma Core, mientras que Ártemis, relacionada con la Luna y con competencia en los alumbramientos, fue llamada Melisa, pues al ser la luna un toro, las abejas son engendradas de este animal.
En este caso, la abeja, el toro y la Luna están asociados en el simbolismo de la renovación. En la cultura cretense la abeja significó también vida que proviene de la muerte, del mismo modo que el escarabajo en Egipto. Por otra parte, el producto de las abejas, la miel, era empleada para embalsamar y preservar así los cuerpos de los fallecidos. De hecho, algunas grandes tinajas (pithoi), halladas en las excavaciones de Cnosos, se emplearon para almacenar miel. La apicultura minoica está muy bien documentada en textos de lineal A, en donde se pueden apreciar dibujos de colmenas, un testimonio que puede remontarse factiblemente hasta el Neolítico. Además, la miel disfrutó de un rol capital en los ceremoniales de año nuevo entre los minoicos.
En el ámbito cultura griego las abejas se consideraban como la forma resucitada del toro ya muerto y también como las almas de los fallecidos. El mito de zoé, es decir, la vida indestructible, aludiría al despertar de las abejas desde un animal muerto. A todo ello habría que añadir que muy probablemente el zumbido de la abeja se entendería como la voz de la deidad o como el sonido primordial de la creación. Un poeta como Virgilio, al describir el ruido de aullidos y golpes diversos que se producían para atraer las abejas, comenta que el sonido se producía por el entrechocar de címbalos de la deidad materna. No es casual, asimismo, que en el Delfos clásico, lugar apolíneo, la sacerdotisa oracular conocida como Pitia fuese denominada “abeja deifica”. En el himno homérico a Hermes (siglo VIII a.e.c.), Apolo se refiere a tres videntes femeninas como abejas o “doncellas abejas”, que practicarían la adivinación. Tales doncellas abeja sacras, con su don profético, estarían destinadas a ser un presente de Apolo a Hermes dios, como es sabido, conductor de almas al Hades.
Un nudo hecho de tela o trigo, o incluso un simple mechón de pelo colgado a la entrada de los santuarios señalaban simbólicamente la presencia de la diosa. Estos nudos también podían llevarse sujetos a la vestimenta durante la ceremonia del salto sobre el toro. Podrían representar, en consecuencia, a la diosa. Estos nudos muestran un parecido asombroso con el haz hecho de juncos curvo que refería la imagen de la Inanna sumeria, así como una significativa similitud con las cintas para los cabellos (menat) y collares de ciertas deidades egipcias, particularmente Isis y Hathor.
El estatus ritual del nudo sacro parece diáfano. Algunas asociaciones así parecen asegurarlo. El nudo aislado muestra un frecuente parecido con una mariposa cuyas alas se estilizaron para representar la doble hacha. Es una posibilidad que se percibiese como un símbolo doble, contenedor de los conceptos de la doble hacha, la mariposa y el nudo, y que evocase, por otro lado, la figura de la deidad femenina primordial. Las alas-hacha se transforman en sus brazos y el nudo vertical en el cuerpo. Pero todavía hay más. El símbolo de la vida eterna egipcio, llamado ankh, que diosas y divinidades mantienen como signo de “divinidad”, posee una forma análoga al nudo.

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, febrero, 2020.

4 de septiembre de 2019

Hermandad entre los mitos y los cuentos folclóricos


Cuentos y mitos pertenecen a un mismo ámbito de hechos, de manera que las distinciones entre ambos no son mucho más que accesorias. Los mismos temas de ambos pueden saltar de un uno al otro. Aunque se trate de realidades diferentes admiten trasvases temáticos y mantienen una cercana y estrecha relación. Dicho de otra forma: el mito y los cuentos populares o folclóricos no son lo mismo, pero tienen puntos de contacto, entre ellos una comunidad temática y gran número de afinidades en las cosmovisiones que cada tipo de relato contempla.
Desde una perspectiva temática, el mito acostumbra a referirse a cuestionamientos de un interés genérico, universal, que atañe a toda una comunidad o, incluso, a la humanidad por completo (mitos de orígenes del mundo, por ejemplo), en tanto que el cuento suele desplazarse por asuntos más privados y mayormente concretos. Sin embargo, esta diferencia no es, en modo alguno, taxativa, pues si un tema que interesa de modo global se trivializa, o se hace ejemplar, paradigmática, una cuestión privada, el mito podría aparecer, y funcionar como un cuento folclórico, y un cuento hacer las veces de un mito, adquiriendo tal categoría.
Por su lado, los personajes del cuento suelen carecer de nombres, poseer algunos muy comunes, o singularizarse con nombres parlantes alusivos a su vestimenta, el carácter y temperamento o a su propio físico, mientras que en el mito es relevante el nombre de los personajes o protagonistas, que personifican elementos naturales o son héroes, seres humanos o dioses. La mayoría son agentes protagonistas principales, a su vez, de otros mitos, configurando así una suerte de constelación de mitos. Con ello, cada mito se integraría armónicamente en una estructura narrativa mayor. En el cuento existen, además, personajes arquetípicos centrales (la bruja, el hermano menor o la madrastra). Uno y otro, en consecuencia, se desarrollan en un trasfondo referencial conocido y reconocible por los que los escuchan o leen, si bien la categoría de esas referencias es distinta.
Funcionalmente, el cuento tiene una clara tendencia de entretenimiento, de distracción, en tanto que, se supone, los mitos tienen unas funciones mucho más específicas, entre las cuales se encuentran plasmados los principios básicos de los seres humanos; es decir, plasman la concepción del mundo de la comunidad así como los principios medulares que rigen el conjunto de la vida de cada miembro del grupo. No obstante, los mitos también pueden tener una función de distracción, mientras que el cuento, eventualmente, pudiera referir comportamientos y conductas genéricas. Tal es así que los cuentos folclóricos pueden funcionar como mecanismos de cohesión del grupo social. Es el caso del conjunto de cuentos que suelen configurar el acervo cultural de la memoria colectiva tradicional. Incluso algunas de esas funciones serían de extrema importancia: los cuentos son esenciales en la formación psicológica de los niños y, además, encubren solapadamente mensajes cuya latencia sobre la libertad o acerca de la sociedad de clases, son reconocibles transversalmente.
No siempre resulta sencillo saber cuál es la consideración que una comunidad o grupo social le confiere a una historia. Se puede considerar un cuento aquella historia que antaño en otra comunidad tenía otras consideraciones. La sociedad contemporánea, al menos occidental, no ha tenido reparos en encadenar los cuentos en un exclusivo ámbito infantil, mientras que los mitos de la antigüedad se han establecido como específica materia de instrucción cultural o erudición. En este sentido, mientras el cuento acostumbra a redactarse en una prosa poco formalizada, con frases breves, una narrativa reiterativa y una estructura abierta, priorizando la anécdota, el engaño o las estratagemas, el mito puede también escribirse en verso, presentando una formalización más literaria. Tal estructura, no obstante, se puede observar en ciertos contextos. No es descabellado pensar que un mismo tema puede soportar una versión de cuento popular y otra mítica y, por ende, el mito puede presentarse con una estructura tan abierta como la del cuento.
Los cuentos han sufrido una minusvaloración impropia, aunque su presencia ha permanecido al paso del tiempo y han sido recreados continuamente. Sin duda, el cuento no es un producto exclusivamente infantil ni propio de las clases bajas y humildes, del mismo modo que el mito no siempre tiene que ser un producto culto, refinado, sacro y específico de clases letradas y socialmente elevadas. La conservación de la vehiculación oral y de las mejores simplicidades en los cuentos no deja de ser un contrapunto adecuado a una sociedad mayormente letrada y profundamente tecnificada.


Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, septiembre, 2019

23 de mayo de 2019

Iconografía de las monedas celtibéricas: jinete a caballo con lanza





Imágenes (de arriba hacia abajo): el anverso de un denario de Sekobirikes; imagen de un jinete con lanza en el reverso de un denario de Arekoratas, Luzaga, Guadalajara y; una fíbula de la necrópolis de Numancia, datada hacia 150 a.e.c.

Las monedas celtibéricas privilegian la figura masculina, de un guerrero, a caballo, en tanto que nunca aparece representada la femenina. Las imágenes se centran, por un lado, en el busto masculino, en muchas ocasiones barbado y de aspecto viril, adornado con torques o vestido con un sagum recogido sobre el hombro derecho por mediación de una fíbula (anverso del denario de Sekobirikes, aunque sin barba); por el otro, en un jinete con la lanza en ristre, como el caso que muestra la imagen de un jinete lancero en un denario de Arekoratas, Luzaga, Guadalajara. Una y otra son representaciones de la fuerza y el poder del grupo, estando ambos motivos asociados a la temática guerrera y sus virtudes inherentes. El mensaje que emite esta iconografía puede centrarse en el deseo de legitimar las elites guerreras que gobiernan y ordenan el territorio de un oppidum. Su mensaje propagandístico de enaltecimiento de los grupos dirigentes parece evidente.
En los bustos que aparecen en los anversos monetales se puede reconocer al ancestro fundador, un ideal de héroe divinizado. Su auctoritas supone no solamente la conexión sino también la realización de las fuerza superiores celestiales. La cabeza masculina, al igual que el jinete con lanza en ristre representaría a la divinidad local del grupo étnico, siendo a la vez antepasado y padre de la comunidad, héroe fundador y el epónimo de la deidad superior supralocal. En tal sentido, se podrían identificar simbólicamente con Teutanes, dios pancéltico.
Se puede colegir una idealización heroica del antepasado divinizado en el seno de una organización de grupos de guerreros con clientelas en torno a una jefatura. El jinete lanza en ristre no deja de ser una suerte de heros equitans, fundador y protector de la estirpe, y podría sugerir una deidad local (tutelar de la comunidad). Recuérdese que los oppida tenían sus divinidades tutelares, en las que descansaría su independencia simbólica. Las fuentes escritas (Livio, sobre todo) atestiguan la presencia de tales jinetes guerreros como elite social del mundo prerromano: Moerico, Allucius, Indíbil, el líder ilergete. Es interesante reseñar que la dispersión geográfica de tales tipos numismáticos heroicos coincide con las áreas en las que fue predominante el culto a san Jorge y Santiago Matamoros.
La presencia del caballo, por otro lado, es realmente significativa, como se aprecia en una fíbula de la necrópolis de Numancia, datada a mediados del siglo II a.e.c. Los equinos serán un patrón de riqueza, un elemento de fuerza y hasta un medio de pago. Con su carga simbólica y funcional, se trata de un animal relacionado con la caza, la guerra y el pastoreo, conformándose como un elemento de idealización aristocrática. Es un instrumento de exhibición de prestigio e interacción social; incluso una herramienta diplomática (compensación clientelar, regalo aristocrático) y, por lo tanto, una imagen política. Así pues, el caballo sería visto como un animal asociado a la jefatura, a la soberanía política pero también a la sublimación heroica del guerrero y sus ancestros.
El busto masculino (cabeza) en el anverso de las monedas, así como el jinete con la lanza en ristre serán motivos que terminarán por ser identificados en época romana con el jefe del ejército. De hecho, a partir de Augusto asumirán en el anverso la cabeza del princeps.

Referencias bibliográficas

Almagro-Gorbea, M., “Ideología ecuestre en la Hispania prerromana”, en Barril Vicente, M. & Quesada Sanz, F. (Coords.), El caballo en el mundo prerromano. Gladius XXV, CSIC-MAN, Madrid, 2005, pp. 59-94
________________., “Los celtas en la Península Ibérica”, en Chain Galán, A. & de la Torre Echávarri, J.I. (Coords.), Celtíberos. Tras la estela de Numancia, Catálogo de exposición, Junta de Castilla y León, Soria, 2005, pp. 29-37.
________________ & Lorrio, A.J., Teutanes. El héroe fundador, Real Academia de la Historia, Madrid, 2012.
García y Bellido, A., “Las religiones orientales en la Península Ibérica: documentos numismáticos”, en AespA, nº 64, pp. 37-81.
Rodríguez García, G., Los Celtas: héroes y magia. La cultura guerrera de la Hispania céltica, edit. Almuzara, Madrid, 2019.
Sánchez Moreno, E., “Caballo y sociedad en la Hispania céltica: del poder aristocrático a la comunidad política”, en Barril Vicente, M. & Quesada Sanz, F. (Coords.), El caballo en el mundo prerromano. Gladius XXV, CSIC-MAN, Madrid, 2005, pp. 145-172.

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, Braga-Tui, mayo, 2019.

27 de junio de 2018

Monedas de la antigüedad (III): estáteras de Cnosos



En la imagen, un interesante par de monedas. La primera es una estátera de Cnosos, fechada entre 330 y 300 a.e.c. En el anverso se ve una cabeza femenina, tal vez Pasifae o la misma Ariadna, con el cabello enrollado y pendientes, mientras que en el reverso se puede apreciar el laberinto cretense en forma de esvástica con cuatro lunas (crecientes entre los brazos de la esvástica), así como cinco pequeñas esferas en el centro. En la segunda, otra estátera de plata, también de Cnosos (datada en la misma época que la anterior), se puede observar en el anverso la cabeza de la ninfa Britomartis-Dictina, coronada de rosas y con los cabellos tanto alzados como cayendo sobre la nuca. Se lee la leyenda (identificativa del lugar), KNΩ. Lleva un collar de perlas y pendientes. En el reverso, de aprecia con claridad la cabeza del minotauro en el centro del laberinto, que está cercado por un borde de algo semejante a perlas.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Junio, 2018.

22 de junio de 2018

Monedas de la antigüedad (II): solidus de oro




En la doble imagen, anverso y reverso de un magnífico sólido de oro, datado entre 407-408, emitido por el usurpador Constantino III (reinado entre 407-411). La moneda, procedente de la ceca de Lugdunum en la Galia, está hoy en el Museo Municipal Quiñones de León en Vigo. En el anverso, la leyenda DN (Dominus Noster) CONSTANTINUS PF (Pius Felix) AUG, con el busto del emperador coronado con diadema y portando coraza y palludamentum; en el reverso, la misma leyenda con LD y COMOB en el exergo de la pieza. Las imagen muestra al emperador victorioso apoyado en una columna, mientras que en su mano izquierda sostiene un globo sobre el cual aparece una Niké que corona al emperador con lo que parecen laureles. El emperador pisa a un prisionero con el pie izquierdo. La leyenda AAAVGGG refiere la presencia de varios Augustos (característica del sistema tetrárquico que impuso Diocleciano muy a fines del siglo III). La abreviatura DN, de Dominus Noster es una fórmula que sustituye a la anterior DIV o IMP, una vez que el cristianismo se impone. COMOB en el exergo es una indicación de una emisión imperial (COM, Comitatus) y de oro (Obryziacum aureum), una expresión que si no estoy confundido, remite a Constantinopla como ceca emisora. Las letras LD en el reverso indican, claramente, la ceca de Lugdunum. No está de más señalar que el solidus se acuña por vez primera en 311, con Constantino (I). Gracias a su “solidez” se continuó emitiendo hasta la medievalidad como moneda para las grandes transacciones.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Junio, 2018


14 de junio de 2018

La pintura de paisajes en la China antigua




Imágenes: arriba, paisaje en la forma de los antiguos maestros, de Dong Qichang; abajo, corriente de agua nevada, de Wang Wei.

Los orígenes de la pintura china como arte independiente se podrían ubicar en el siglo IV. En su desarrollo influyeron los primeros tratados de estética de la poesía, escritos por los famosos Siete Sabios del Bosque de Bambú (siglos III y IV), y aquellos de pintura, entre los que destacan el de Gu Kaizhi (345-411), Notas para un paisaje, el de Zhong Pin (375-443), titulado Introducción a la pintura de paisaje, y el de Xie He (siglo VI), cuyo tratado se llama Huapin lu o Guhua pinlu. Son complementados, ya en el siglo VIII, por el Tratado sobre Pintura del músico, poeta, pintor y calígrafo Wang Wei, quien es considerado el primer paisajista y el creador del estrecho vínculo entre poesía y pintura[1].
La pintura (hua) de paisajes lleva el nombre de montaña y agua (Shanshui), porque uno y otro son elementos que simbolizan el movimiento externo (agua) y la quietud interior (montaña). Desde sus orígenes la pintura estuvo vinculada a la caligrafía. Ambas están hermanadas por los materiales que les otorgan vida y porque las dos tienen al trazo como fundamento expresivo, de ahí que se estimulen mutuamente.
La pintura china tradicional fundamenta su lenguaje expresivo en la línea, encargada de remplazar la proporción, el color y la perspectiva. Tomó cuerpo, paulatinamente, la idea de que por mediación del trazo el artista podía transmitir su sensibilidad, además de permitirle descubrir su propia calidad espiritual y su virtud (que se reflejaría en la perfección de los trazos). La línea sugiere los sentimientos. La fuerza, la velocidad, la duración y la precisión del trazo facilitan su empleo creativo.
Los elementos empleados son la tinta china, a base de maderas quemadas y una serie de abrasivos naturales, el pincel confeccionado con pelos de animales y con madera de bambú, la seda, el papel blanco, en especial desde los siglos XIII y XIV, hecho a base de la paja del arroz.
Los colores usados, cuando se emplean, se reducen a cinco: blanco, rojo, azul, amarillo y verde. Son colores, asociados desde antiguo, a símbolos de autoridad y rango, pero también a virtudes y emociones, a las Cinco Fases y a las direcciones cardinales. El color rojo es yang, un símbolo del verano, del sur, la alegría y la plenitud, especialmente vinculado a las novias y personalidades de alto rango; el azul (con su variante el verde), es el color de la primavera, mientras que el blanco hace referencia al otoño y al occidente, además de señalar el luto. Por su parte el amarillo, que representa el centro y la tierra, es el color del emperador, y el negro, que es yin, personifica el invierno, el norte y el mal augurio.
En virtud de la relevancia de la escritura, dada su capacidad transmisora y formadora, los instrumentos artísticos se clasifican como los cuatro tesoros del estudio. Se trata de la tinta, el tintero, el pincel y el papel. Todos ellos son capaces de entrelazar la poesía, la caligrafía y la pintura. En tal sentido también, en la pintura se introduce la presencia de la caligrafía artística por medio del colofón. Se trata de inscripciones que acompañan los rollos pictóricos. Esta particular escritura agrega al propio valor literario la valía estética, que está presente en la forma caligráfica y en el contenido poético, que intenta entablar un diálogo con la imagen. Suele ubicarse en el extremo superior o inferior de la pintura. Puede contener el nombre del artista, lugar y fecha en donde se plasmó la obra, poemas inspirados en la propia pintura, y hasta comentarios estéticos de los coleccionistas, expresando sus emociones e impresiones. Por medio de los colofones y los sellos de los propios coleccionistas las obras se van enriqueciendo paulatinamente.
La caligrafía no solamente es una forma de aprender a transmitir ideas, sino también una práctica que induce a formar el carácter, pues su ejercicio implica una concreta posición del cuerpo, del brazo y un modo específica de respirar, lo cual culmina en una disposición interior adecuada. De algún modo, la caligrafía está unida a la danza. La postura, en relación al empleo de los instrumentos, propicia que el aprendizaje sea corporal y que influencie los sentimientos, conectándolos con un determinado estado mental. Por ello, se podría decir que la pintura es una manera creativa de canalizar el desarrollo de los sentimientos, así como una forma de conocimiento, que complementa al racional y especulativo, canalizándose a través de un medio expresivo libre.
Cada tesoro representa un aspecto del Tao. El pincel es yang, por ser una herramienta que recoge la tinta, que es yin al dejarse dirigir. La barra de tinta es yang también, pues se activa en el tintero, que es yin, pues es un contenedor, una oquedad, que recibe la tinta. En relación con el papel, que es yin porque se deja impregnar por ella, la tinta es yang. La relación entre los elementos permite alcanzar la unidad, algo que simbólicamente sería como una conjunción erótica o matrimonial. Es por ello que la práctica del arte pictórico adquiere la categoría de autoconocimiento.
Los temas de la pintura son varios: personajes, flores, animales, paisajes y pájaros. Con todos ellos, no obstante, se evita reproducir la realidad. Lo que se busca es expresar la esencia de cada cosa y su contexto; su vida. Hubo, asimismo, dos grandes estilos de pintura. El primero se llama Gong bi zhong cai hua, pintura con colores fuertes (azules, dorados, verdes) y trazos finos, en la que predomina sobremanera el dibujo; el segundo se denomina Shui mo xie yi hua, pintura de estilo libre con tinta y agua, monocroma. La primera tiene como precursor a Li Seu Hiun. Será el estilo que luego será representativo de lo que se conocerá como Escuela del Norte. La pintura monocroma tiene como precursor a Wang Wei, y será la que derive en la Escuela del Sur[2]. Este último estilo contará copn un componente taoísta y más tarde budista (chan-zen). Así pues será espontáneo y muy expresivo, capaz de transmitir el espíritu del objeto mucho más allá de su apariencia externa, así como de remarcar la percepción artística del pintor, asociada a su pericia y a su propio espíritu.
El artista es un calígrafo y, en mismo grado, también un poeta. Su nombre, poético en sí mismo, era impreso en un sello de color rojo, con lo cual la técnica del grabado se introduce de lleno en la pintura. La pintura no era, entonces, solamente un modo de pintar, sino un estilo de vida. La labor del artista será, por consiguiente, sensibilizar al receptor, al espectador, haciendo que luzca la energía y la esencia de cada uno de los elementos naturales.
De algún modo, la pintura de paisajes sustituye la experiencia del paisaje; es decir, el cuadro es capaz de suplir a la naturaleza, despertando en quien lo observa, en aquel que lo contempla, las mismas sensaciones y sentimientos que la experiencia del medio ambiente natural. En consecuencia, debe crearse una pintura que transmita la esencia del medio, intentando evitar su simple representación.
La pintura de paisajes china se plasmó en una serie de diferentes formatos, en hojas de árbol, en abanico, en rollo colgante y en rollo de mano. El origen de este último se puede encontrar en el libro conformado por hojas de papel sueltas que se enrollan sobre un palo; el del rollo colgante proviene, por el contrario, de los estandartes y banderines budistas, que se empleaban para los ceremoniales y los altares, con la intención de ilustrar la doctrina y comunicarla por medio de imágenes. Su presencia estética influenció la pintura de paisajes china porque ésta también transmite mensajes. El rollo vertical o colgante empezó a emplearse en el siglo X. su dimensión es adecuada para acoger los paisajes monumentales. Algo semejante acontecía con el rollo de mano, pues al desplegarse de derecha a izquierda facilita que la obra se perciba de modo dinámico. Su desenvolvimiento transcurre en el tiempo y el espacio, factor clave que permite ir encontrándose con trozos de paisaje o con pedazos de vistas.
Las obras no se exponían de manera permanente. Únicamente se mostraban en ocasiones especiales, sobre todo en las reuniones de amigos o culturales, siendo concebidas, en este caso, como un mecanismo propicio para agasajar disfrutando de las obras de arte.
La combinación de miradas, concretamente tres, estuvo muy presente en la configuración de los paisajes pictóricos. Se trata de la distancia (gaoyuan), hacia arriba, resaltando el primer plano; hacia el interior (shenyuan), lo cual facilita alcanzar el plano medio; y hacia lo plano, destacando la lejanía (pingyuan). Ya en el siglo XIII se incorporaron otras tres más (por parte de Han Zuo), caso de la distancia amplia (guoyuan), la distancia perdida y la apartada (miyuan y yiyuan, respectivamente). Estas últimas fueron muy empleadas por parte de los artistas de la dinastía Song del Norte. En cualquier caso, muchas pinturas de paisajes utilizan más de una perspectiva a la vez, con la intención de expresar varios puntos de vista.
Para elaborar la profundidad se empleó, además, la iluminación de los objetos del fondo, el difuminado de las formas (como el empleo de las nieblas), la disminución de los tamaños, y el tratamiento de las nubes, con las que las montañas se envuelven en un plano medio. El tratamiento de las nubes fue un método común para expresar el vacío y sugerir distancia.
Un factor tradicional muy usado fue los tres tamaños, que se establecían a través de un canon de proporciones, que implicaba grandes montañas, árboles de menor tamaño y seres humanos casi minúsculos. La presencia, escasa y disminuida, del mundo humano, tanto por medio de templos semi escondidos, de individuos prácticamente imperceptibles, o de casas que apenas se distinguen, suponía la expresión decidida del predominio de la naturaleza en el ciclo vital.
La pintura tuvo, en el inicio, una connotación sacra y ritual. De tal modo, los artistas empezarían a cumplir un papel destacado como transmisores de sabiduría y cultura. La pintura de paisajes se conformó, entonces, como un eje formativo, al estar ubicada en los cimientos de la cultura. No se consideraba un pasatiempo, sino un específico modo de cultivarse; en consecuencia, observar, contemplar las obras era un ejercicio de aprendizaje directo para la población. En definitiva, toda pintura tendría un vigor, energía, tono; una fuerza y una atmósfera; un ambiente que expresase la vida, sugiriendo, evocando, movimiento y vibración. Una pintura de paisajes debía ser como un trozo de realidad, pero no una imitación de la misma, puesto que la idea no era copiar el aspecto superficial, la figura o la apariencia de las cosas, sino lograr insuflar vida a la obra. Y este objetivo solamente se lograba captando lo verdaderamente sustancial de cada elemento, cosa u objeto.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Junio, 2018.


[1] Se ha señalado también a Zhan Zichian, pintor del siglo X, como primer paisajista. Vivió en la época en la que se creó el rollo colgante o vertical.
[2] Esta división en Escuela Meridional y Septentrional se debe a Dong Qichang, un teórico de época Ming. Como la capital Tang estaba ubicada en el norte, y empleaba el azul y el verde, se incluyó en ella la pintura paisajística que tenga el color como medio expresivo y que presente un tipo de paisaje pedregoso, rocoso. En el estilo del sur de pintura monocroma, los colores son secundarios. Únicamente se emplean tonos opacos hechos con pinceladas caligráficas gruesas, de manera que el paisaje es terroso. La pintura de la etapa Tang fue expresión de las vivencias cortesanas; una pintura de animales (los favoritos del emperador, sobre todo los caballos), personajes y damas, sin que el paisaje fuese, en realidad, el tema más dominante.

13 de julio de 2017

Propaganda e ideología en el arte egipcio de la antigüedad






Imágenes (de arriba hacia abajo): barco cargado, muro de la tumba de Paheri. Necrópolis de el-Kab; el faraón Seti I luchando contra sus enemigos libios. Relieve del muro externo norte, Karnak; muro occidental de la tumba de Paheri. Arriba, a la izquierda, Paheri con Wadjmose, hijo de Tuthmés I en su regazo y; relieve de la tumba de Mereruka, VI Dinastía.

Los antiguos egipcios difundieron mensajes a una particular audiencia a través de diversos medios, que incluían textos escritos, la estatuaria o las representaciones bidimensionales. Un organizado programa de publicidad fue empleado para propagar informaciones específicas previamente seleccionadas. Los mensajes que emanaban del palacio real intentaban comunicar afirmaciones bien establecidas acerca del poder real y la lealtad debida a la corona, en tanto que aquellos de parte de individuos privados buscaban mostrar, remarcar, su elevado estatus social.
Los asuntos polémicos o ideológicos producidos por el palacio y las autobiografías privadas escritas sobre estelas o en los muros de las capillas de las tumbas contenían evidentes elementos propagandísticos. Un noble o un alto oficial podrían alardear de su cercana relación al rey, de su elocuencia y buen juicio, remarcar su carrera o promover valores éticos de su época. Las creaciones artísticas también fueron muy efectivas en la difusión de mensajes del mismo tipo. El impacto que generaría es un elemento nada sorprendente si se tiene en cuenta el aspecto altamente funcional del antiguo arte egipcio.
Entre las obras con cierto grado de accesibilidad al común de los egipcios se encontraban las estatuas regias y las representaciones en espacios abiertos, como el caso del par de estatuas colosales erigidas por Amenemhet III en el sitio de Biahmu, en El Fayum, o las célebres de Ramsés II en el frente del templo de Abu Simbel, en Nubia. Otras estatuas reales accesibles fueron aquellas que se depositaban en los patios abiertos y salas hipóstilas de los templos. Los altos oficiales, a los que se les permitía la entrada a estos recintos, podrían apreciarlas con claridad.
Las representaciones bidimensionales del rey presentadas en las entradas podrían ser vistas por cualquiera. El mejor ejemplo, probablemente es la escena usualmente esculpida en los muros exteriores de los pilonos del templo que demuestra el poder del faraón para repudiar, vencer y castigar enemigos.
Por su parte, las escenas grabadas o pintadas en las paredes de las cámaras funerarias de los oficiales y funcionarios no reales fueron similarmente accesibles. Un género de textos, conocido como “Dirigido a los Vivos”, que eran empleados para ser recitados para el beneficio del fallecido, propietario de la tumba, deja bastante claro que la gente entraba en las capillas funerarias. Los altos oficiales depositaban estatuas privadas en los patios de los templos a los que sus compañeros, a los que intentaban impresionar, podían acceder. Tales recitados o súplicas se debieron hacer, sin duda, algunas veces de modo oral pero también han sobrevivido testimonios escritos en la forma de graffiti que fueron dejados en los sitios. Complejos funerarios regios como Saqqara, Abusir o Deir el-Bahari, recibieron visitantes que dejaron sus improntas escritas durante sus estancias. Las tumbas privadas en Beni Hasan, en el Egipto medio, y  El-Kab, en el sur del Alto Egipto, también recibieron un tratamiento similar. La mayoría de las inscripciones de esos visitantes son cortas, y consisten en breves frases que reseñan las virtudes o calidades de las escenas mortuorias.
Una evidencia adicional en relación a las visitas a las capillas de las tumbas es un festival religioso llamado La Bella Fiesta del Valle, que se celebraba en Tebas durante el Reino Nuevo. Una estatua de Amón era sacada del templo de Karnak y transportada, tras cruzar el río, hasta Deir el-Bahari para rendir tributo a los cultos funerarios que allí se celebraban. Durante el festival, individuos privados también tenían la oportunidad de visitar las tumbas de sus parientes fallecidos, en donde hacían sus fiestas específicas.
A veces se constata la repetición de escenas,  lo cual es un  indicio del acceso a esas representaciones en las capillas de las tumbas y de la copia de motivos. Es el caso, entre otros muchos ejemplos, de la escena de la Pintura de las Estaciones en dos tumbas adyacentes de la Dinastía VI, la tumba de Khentira y de Mereruka en Saqqara.
Son bien conocidas las tendencias arcaizantes del denominado Renacimiento Saíta, en el que las representaciones artísticas de los períodos más antiguos fueron adaptadas y copiadas. Uno de los mejores ejemplos es la escena pintada de una tumba tebana, la de Menna (TT69), del Reino Nuevo, en la que se observa a una mujer con un niño que está tomando fruta de un árbol.
En relación a la propaganda regia se puede comentar que un gobernante no solamente debería ser mostrado conquistando enemigos y presentándolos a los santuarios locales, sino que debían también presentarse en una escala mucho mayor que la de otras figuras a su alrededor, asegurándose así el punto focal de la acción. La composición debe mostrarle manteniendo ciertos símbolos de poder (mazos, cetros, algún tipo especial de tocado).
La corte también empleó la escritura para demostrar su dominio. Los nombres de los gobernantes eran escritos dentro de un signo rectangular y vertical. En la porción superior se mostraba el nombre real, en tanto que en la inferior se representaba una elaborada facha palacial. Esta construcción estaba coronada por la figura de un halcón. Una composición detallada cuyo significado no resultaba difícil, pues se asumía que simbolizaba una historia, probablemente un mito, acerca de un celestial gobernante-halcón que vivía en un opulento palacio, y que era conocida por la población corriente. La población podría, en consecuencia conectar esta “historia”, este relato, con un líder humano cuyo nombre estaba grabado en piedra. >La fachada palacial se convirtió en un icono conocido como serej, en el que se localizaba visualmente la jefatura dentro de la jerarquía social, indicando que su poseedor vivía en circunstancias más relevantes que el resto de la gente. Otros dos nombres regios, el del trono y el de nacimiento, se escribían dentro de signos ovales (cartuchos), jeroglíficos especiales que harían obvios los nombres como indicadores de poder real, incluso para aquellos iletrados que no pudiesen identificar el gobernante específico ahí nominado.
Un símbolo real fue también la denominada escena de golpe poderoso, en la que el rey mantenía sujeto por el cabello a su enemigo caído y blandía una maza sobre él, probablemente para matarle. La escena destilaba un poderoso mensaje de que el faraón era un todopoderoso y conquistador gobernante sin oposición posible. Como los enemigos caídos solían ser extranjeros, el significado simbólico de la escena suponía que el monarca era capaz de repeler aquello que los egipcios veían como representación del caos.
La composición era ubicada de tal manera que mágicamente protegiese el suelo sacro del templo, detrás de los pilonos de la entrada. Algo notable sobre esta escena es que el faraón nunca era visto luchando en combate. Únicamente se mostraba el resultado de la batalla, con el victorioso faraón egipcio sobre algún enemigo conquistador. La victoria estaba siempre pre ordenada, con los dioses garantizando la total victoria regia.
Algunas excepciones al hecho de evitar mostrar al rey luchando se encuentran en el período ramésida. En el muro externo norte de la Sala Hipóstila en Karnak, se muestra a Seti I (Dinastía XIX) cabalgando hacia el combate en su carruaje en la fortaleza limítrofe de Tharu, cruzando Egipto hacia Palestina. Otro caso es el de la famosa  batalla en la ciudad de Kadesh, al norte de Siria, protagonizada por Ramsés II (Dinastía XX). Así mismo, los relieves de Ramsés III mostrando sus batallas contra los Pueblos del Mar se pueden encontrar sobre los muros de su templo mortuorio en Tebas. En la conclusión de las batallas se mostraba al faraón presentando a los enemigos cautivos a los dioses. Estos episodios agresivos se complementaban con otros en los muros externos de los templos, en los que se representaba al rey cazando.
El rey podía disponer de otros métodos para celebrar sus victorias. En las fronteras de su reino se erigían estelas conmemorativas que detallaban sus victorias e intenciones respecto al nuevo territorio conquistado. Algunas han sobrevivido, como la Estela de los Límites de Senwosret III, ubicada en la Segunda Catarata, en Nubia.
Otros tipo de escena diseñada por el palacio para ganarse las mentes y la pasión de la población fue la denominada escena del Nacimiento Divino, cuya iconografía reforzaba el derecho divino del faraón a gobernar usando el subterfugio de difundir escenas de un dios fecundando a la madre del gobernante, que engendraría un futuro ser divino. Las más conocidas escenas al respecto son las del templo de Hatshepsut en Deir el-Bahari y las de Amenhotep III,  que se encuentran en la Habitación del Nacimiento en el templo de Luxor.
La estatuaria fue otro medio usado por el palacio para difundir imágenes específicas acerca del faraón y sus súbditos[1]. En el Reino Antiguo la imagen ofrecida fue la de un mandatario dignificado, majestuoso, con poderes sobrehumanos y conexiones directas con lo divino. Esta imagen idealizada se mantuvo durante el Reino Medio, si bien hubo una cierta novedad. Hacia el fin de la Dinastía XII vemos algunos ejemplos de estatuas de faraones con mirada cansada, con ojos hundidos y un rictus agrio en la boca, además de unas sorprendentes largas orejas[2]. Aunque al final de dicha dinastía las caras regias se muestran cansadas y avejentadas, los cuerpos de los reyes se muestran jóvenes y musculosos.
La mirada cansina del soberano es también un reflejo iconográfico de otros elemento del programa real de esos tiempos, pues se decía que el faraón no dormía por tener muchos asuntos en mente. De este modo, el faraón tendría la máxima responsabilidad del país y no permitiría que la población sufriese ante los problemas. Es el motivo del rey que cuida, que pasa noches preocupado al respecto de sus súbditos.  Un buen ejemplo lo tenemos en la Dinastía XVIII, cuando Amenhotep III reivindicaba ser quien pasaba las noches buscando lo que era benéfico para la población.
La estatuaria real en el Reino Nuevo confirió a los faraones rasgos más delicados, con una expresión impasiva e impersonal, incluso aunque sus cuerpos fuesen más fuertes y musculosos que aquellos de sus predecesores del Reino Medio.
En lo tocante a la propaganda privada, debemos suponer que la presión social presumiblemente implicaba asegurarse que se llevaban los ropajes adecuados y se contaba con los pertrechos propios con los que mantener una gran casa repleta de sirvientes y de suministros. Esta era la manera como, con certeza, los altos oficiales deseaban ser recordados para la posteridad por parte de sus comunidades. Y estos son los asuntos con los que cubrían los muros de sus capillas funerarias, gracias a la presencia de escenas esculpidas o pintadas.
Si bien se entendía que, usualmente, la función principal de tales escenas era la de asegurar una próspera vida del Más Allá, se puede contender que la elite también usaba las representaciones para reafirmar su elevado estatus. Si las escenas agrarias mostraban sus habilidades para producir alimentos, las imágenes de pesca y de caza demostraban el modo en que disponían de su tiempo de ocio en función de su posición social.
Hubo varios modos, algunos más sutiles que otros, de indicar el estatus. El propietario de la tumba debía ser, por supuesto, el punto focal de atención. Así, como en el caso del faraón en las escenas reales, los altos oficiales eran mostrados en una mayor escala que los demás en la composición, incluyendo a los miembros de su familia. También mostraba una autoridad adicional rodeándose de un gran equipo y manteniendo un cetro.
Debían destacarse las ropas elegantes. Los ropajes elaborados se observaban en la estatuaria. Implicaban un marcado contraste en relación a los trabajadores que podrían estar alrededor del personaje de alto estatus, y que llevaban simples faldellines o se mostraban directamente desnudos. En sus pies había generalmente sandalias, a veces confeccionadas en cuero.
Otros evidentes marcadores de estatus y de riqueza eran las sofisticadas pelucas llevadas por el propietario de la tumba. Tales marcadores aparecen bien ilustrados en el registro inferior de la estela del Tesorero Jefe Iykhernofret, en cuyo monumento conmemorativo en Abydos (Dinastía XII) se cuenta su participación en el Festival Osiríaco.
Una imagen menos sutil que garantizaba la superioridad social fue la representación del método de transporte utilizado por el propietario de la tumba, en muchos casos un lujoso carruaje. En ciertas oportunidades, el propietario de la tumba se mostraba sentado sobre una silla amortiguada o palanquín, sosteniendo símbolos de autoridad. A su lado, se figuran asistentes que le siguen portando un gran abanico para mantenerle refrigerado. Un caso emblemático se puede ver en la Tumba de Djau, del Reino Antiguo (Dinastía VI).
Desde el Reino Nuevo en adelante, la elite apreció enormemente modos de transporte como el caballo y el carro. Un notable ejemplo al respecto es la tumba de Pahery en El-Kab, de la época del Tutmosis III (Dinastía XVIII). En algunos de sus muros, además, se encuentran varios subtítulos y leyendas, en forma de frases cortas cuyo efecto propagandístico es muy probable, aunque su efectividad difícil de demostrar a causa del bajo nivel literario en el antiguo Egipto. Es muy factible, no obstante, que el mismo Pahery los hubiera empleado en su propio beneficio. En el muro occidental todas estas leyendas referidas al propietario de la tumba están escritas en egipcio medio, lengua reservada para las inscripciones regias y sacras, lo cual contrasta con el discurso de los trabajadores, que aparece escrito en lengua vernácula. Para alguien que pueda leer Pahery es visto como un hombre educado y bien hablado, en tanto que sus trabajadores eran mostrados usando un dialecto común que, presumiblemente, ningún noble que se preciara emplearía en una conversación cortés. De hecho, en una inscripción laudatoria inscrita en un nicho en el muro posterior de la capilla funeraria, reivindica que nunca había hablado con palabras de clase baja.
La representación de las escenas de banquetes era un medio de promocionar la riqueza. El propietario de la tumba suele aparecer rodeado de su familia y huéspedes bien ataviados, todos ellos atendidos por un conjunto de sirvientes. La posición subordinada de estos últimos se acentuaba gracias a un determinado número de gestos de sumisión, como la inclinación o levantar las manos en señal de respeto, así como por su menor tamaño y sus ropajes más simples. Un corolario a la conspicua consumición de alimentos y bebidas era la representación del propietario de la tumba como un individuo corpulento, que indicaba su disponibilidad para comer siempre que lo desease y como marca de riqueza.
Un ejemplo al respecto lo podemos ver en la mastaba de  Mereruka, en Saqqara, del Reino Antiguo, en donde se observa al propietario, con evidente sobrepeso, y a su hermano (Ihy) sobre un pequeño bote de papiro bebiendo de una copa que le acerca un asistente mientras mantiene en una de sus manos un ave. El mensaje para los que lo viesen debió ser claro: que esta particular familia era una de esas que había que reconocer.
Estas representaciones de jóvenes prósperos contrastan, por tanto con las de los trabajadores más ordinarios, quienes eran mostrados con cuerpos menos perfectos, cabezas peladas, barba y, en ocasiones, incluso con  imperfecciones físicas. Este contraste tuvo su eco en la evidencia textual, como fue la denominada Sátira de los Oficios[3], que alude a varias ocupaciones que son comparadas, desfavorablemente, con la profesión de escriba, que marcaba a su practicante como parte de una elite letrada.
Las escenas de la vida cotidiana fueron otro modo de representar el estatus elevado. Superficialmente, la figura de un noble de pie y rodeado de su equipo, observando el trabajo realizado, parece una imagen lo bastante obvia como para ser usada en su propia capilla funeraria. El hecho de que el propietario no trabaje, y solamente observe, es un seguro indicador de un elevado estatus social. Algunos miembros de la mayoría de iletrados pudieron haber sido capaces de entender el mensaje. El refinamiento de los títulos y leyendas que llevan el verbo “mirar” ocurre en una viñeta de la mencionada tumba de Pahery en El-Kab. El propietario de la tumba únicamente observa el trabajo hecho y “ve” cada cosa que acontece.
Las escenas del propietario viendo pasivamente desde una distancia contrastan con otro popular motivo, en el que “activamente” lleva a cabo dos actividades diferentes, la de la caza en el desierto y la pesca y captura de aves en las regiones pantanosas. En estas últimas el propietario de la tumba se muestra en pleno esfuerzo. Se le representa como un joven viril que siempre tiene éxito en la captura de los animales. En ellas el elevado estatus del noble es evidente, pues se muestra emulando al faraón en su rol de mantener a Maat alejando las fuerzas del caos. Adicionalmente, las actividades de este tipo simbolizaban estatus porque únicamente la gente que había obtenido un cierto estándar de vida podía disfrutar del privilegio de llevarlas a cabo.
Un ejemplo de tales escenas se puede contemplar en la mastaba de Nekhebu, en Giza, de la Dinastía VI (Reino Antiguo). Aquí se puede observar como desde su bote de papiro Nekhebu ha capturado dos grandes peces con su arpón. En el fondo a la derecha se observan tres figuras pequeñas, en un diminuto bote, pescando. Una de ellas porta una maza con la que golpea al pez una vez capturado, otro parece dormitar y un tercero captura un pez con un anzuelo de mano, un  método que debió haber requerido una cierta habilidad y paciencia. El contraste aquí se produce entre Nekhebu, que es capaz, en esencia, de pescar por ocio, y los pescadores, que lo hacen por necesidad, como un deber profesional y como un modo de vida.
Esas particulares actividades representadas en los muros de la capilla funeraria también encuentran un reflejo en el registro escrito. Una serie de textos referidos como Los Placeres de Pescar y Cazar Aves, que datan del final de la Dinastía XII, aunque fueron preservados en papiros de la XVIII, atestiguan su popularidad.
Por otra parte, las imágenes que recuerdan el evento del complejo y elaborado ritual funerario podrían conmemorar la relevancia del propietario de la tumba para su país y la comunidad, así como para todos aquellos que las puedan contemplar.  
Los artistas que fueron encargados de crear retratos reales o de decorar los muros de un recinto funerario de un noble dispusieron de muchos métodos para elevar y reconocer el estatus de sus patrocinadores. El soberano tenía que ser mostrado como un ser único, poderoso y sin igual; un gobernante sin oposición que protege su nación. Al igual que en los casos de los individuos privados, las representaciones obvias fueron aquellas oficiales, en presencia del faraón, siendo homenajeado y alabado por su conducta perfecta y demostrando, a su vez, la generosidad de la corona. El propietario de la tumba se representaba más grande que las otras figuras, incluyendo su propia familia. Podría ser mostrado observando el trabajo realizado o recibiendo ofrendas mientras estaba sentado con su esposa ante una mesa con alimentos.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-Ugr. Julio, 2017.






[1] En las estatuas-jeroglífico, la combinación de imágenes en la composición pueden ser leídas como un mensaje específico de patrocinio del rey por parte de los dioses y de protección del reinado.
[2] Oír y escuchar fueron consideradas cualidades deseables, pues permitía disponer de buena voluntad. La cualidad de la figura de autoridad que escucha a sus súbditos alcanzó su apoteosis en la deidad conocida por el nombre griego de Mestasytmis (una denominación surgida de la expresión egipcia mesdjer sedjem, “las orejas que escuchan”). Esta divinidad del período grecorromano en Egipto se encuentra, principalmente en la región de El Fayum, un área  en la que la Dinastía XII había estado muy activa durante su época de más prestigio. Estaríamos, así, ante la imagen semiótica  del gobernante benevolente que oye y entiende a sus súbditos.
[3] Los oficios considerados “malignos” incluían carpinteros, ceramistas, trabajadores de la piedra, jardineros, cazadores de pájaros y pescadores.