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19 de marzo de 2020

Mitología de Innana: ¿un precedente de la cristiana María?



Inanna, la semítica Istar, fue una las tres diosas más relevantes de la Edad del Bronce, al lado de Cibeles en Anatolia y la Isis egipcia. Las alabanzas e himnos ofrecidos en su honor como reina virgen del cielo y la tierra, pudieran anunciar los rendidos a la Virgen María. El consorte de Inanna moría y descendía al inframundo anualmente, tras ser fulminado por el sol abrasador del verano, mientras ascendía de nuevo bajo la forma de los primeros brotes de cereal anunciadores de una renovación de la tierra fértil. María, como Inanna-Istar, tiene un hijo que padecerá una muerte-sacrificio; descenderá al inframundo y acabará resucitando. La diosa doliente y dios agonizante aparecen juntos.
El sello cilíndrico de la imagen, que aquí nos sirve de hilo conductor, es uno de los escasos ejemplos en los que pudiera representarse a una deidad y su hijo. Se muestra a la diosa alzando al niño sobre el regazo. Frente a él, más arriba y encima de una jarra seguramente ritual, se observa una estrella de ocho puntas y la luna en su fase creciente, símbolos que evocan a Inanna-Istar. A la izquierda, dos figuras se acercan a madre e hijo. ¿Podría esta imagen anticipar el relato del nacimiento y la estrella que iluminó el lugar donde el niño divino vino al mundo terrenal en Belén?. Es realmente factible que la historia del nacimiento de Cristo en los Evangelios, además de la narración de su juicio, crucifixión y final resurrección, tenga su precedente en historias más arcaicas, particularmente aquella de la mitología de la diosa Inanna y su hijo-amante Dumuzi.
En tal sentido, es sintomático que Inanna, sacra pastora sagrada, guardiana del establo de vacas (y otros animales) diera a luz un hijo al que se denominó, entre otras formas como “pastor” o “señor de vida”. Un presumible entramado de analogías y similitudes sugiere un cuestionamiento primordial, y es si esta concreta historia sobre Inanna fue en algún momento parte de la literatura sapiencial, ahora perdida o bien destruida, del pueblo hebreo o si su modelo pudo ser sumerio. No hace falta recordar que Babilonia, durante el período del cautiverio, entre 586 y 538 a.e.c., debió ser punto de encuentro y fusión de las culturas hebrea y sumeria.

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, marzo, 2020

1 de diciembre de 2019

Cartografía antigua: mapa babilónico del mundo




La tablilla de arcilla conocida inicialmente como Imago mundi, y luego, más correctamente como mapa babilónico del mundo, fue un espectacular hallazgo, hoy clásico, que se produjo en el antiguo núcleo babilónico de Sippar a fines del siglo XIX. Descubierta por el arqueólogo Hormuzd Rassam, la tablilla, datada entre los siglos VII y VI a.e.c., contiene el primer mapa conocido del que se tenga noticia. Ya en el siglo XX, el asiriólogo I. Finkel encontró otro fragmento del mismo mapa, que completaba la primera tablilla. Hoy se conserva en el British Museum.
El pequeño mapa (de apenas 12 centímetros de altura), está compuesto por varias formas geométricas acompañadas por inscripciones en cuneiforme, referidos a topónimos, distancias entre lugares y accidentes geográficos variados. En el centro del esquema se encuentra Babilonia, en forma rectangular y cruzada por un río, el Éufrates, cuyo curso se representa con dos líneas paralelas, mostrándose desde sus fuentes anatólicas y hasta la desembocadura en el golfo Pérsico. Una referencia en acadio al norte de Babilonia señala una cadena montañosa, seguramente los Zagros, mientras que en el sur se menciona Susa, la capital elamita. La ciudad de Urartu figura al noreste, en tanto que la capital de los casitas (Habban) se sitúa (en realidad de modo incorrecto), en el noroeste.
Mesopotamia está rodeada por el “río amargo” (denominación del Océano), que divide la región exterior en siete territorios, todos ellos entendidos como lejanos. Se escenifican por medio de triángulos. Allende estos territorios alejados está ubicado el cosmos, con presencia de los astros y constelaciones. Estaríamos, entonces, ante una representación del mundo conocido, pero también ante un tributo debido al dios tutelar babilonio, Marduk, responsable de su creación. Este es el motivo por el cual la tierra conocida, lo que incluye montañas, ríos, el océano y las ciudades, se representa en el interior de una circunferencia que la separa del cosmos (un modo de indicar la presencia separada de Tierra y Cielo). Es posible, según se interpreta a partir del poema babilónico Enuma Elish, que los mencionados triángulos simbolizasen puentes de conexión del mundo terrenal con las dieciocho constelaciones de dioses a los que Marduk tuvo que vencer.
Aunque este mapa no es topográfico en un sentido estricto, sí es un intento documentado de representar el mundo conocido en esa época y lugar, de un modo tanto completo como orgánico. Este hecho lo convierte en excepcional.

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, Diciembre, 2019.

8 de julio de 2019

El período Uruk en el sur de Mesopotamia




Imágenes: arriba, planta del Templo de la Ceniza, con el vestíbulo de las columnas, de Warka; abajo, vaso pétreo de Warka o de Uruk, con diseños organizados en bandas que muestran diversas actividades humanas.

Los periodos principales que señalan las secuencias cronológicas y las fases de ocupación en la Mesopotamia antigua son tres. El primero, y más arcaico, es El Ubaid (5300-3600 a.e.c.), subdividido en Ubaid del 1 al 4, y que corresponde al Badariense y Amratiense en el valle del Nilo, así como al Yarmukiense y parte del período Bersheba-Ghasuliense en el Levante; el segundo es Uruk (3600-3100 a.e.c.) subdividido en antiguo y reciente, y coincidente con las fases Susa B y C en el Juzistán, el Geerzense y el Predinásico reciente en el valle del Nilo, así como el resto de la etapa Bersheba-Ghasuliense levantina; el tercero y último es el período Jemdet Nasr (3100-2900 a.e.c.), que coincide con el Bronce Antiguo levantina y las dos primeras dinastías egipcias. El período que aquí destacaremos será el de Uruk (Warka, Erech en la Biblia).
Los útiles que caracterizan al período, así como el sistema cultural que Uruk representaba, estaban muy extendidos por todo el sur de Mesopotamia e, incluso, más allá de la región.  La cerámica pintada se sustituye por otra, fabricada a torno rápido, con decoración de motivos incisos. Los tipos cerámicos producidos en serie serán indicadores claros del inicio de Uruk reciente, siendo su final asociado a las primeras improntas de escritura. Las subdivisiones cronológicas posteriores se harán en función de la arquitectura, la glíptica y las dinastías históricas.
En la fase de Uruk antiguo la arquitectura sigue los precedentes de Ubaid 4, en tanto que las cerámicas son grises y desciende notablemente la decoración pintada. En el período reciente, entre 3400 y 3100 a.e.c., se constatan innovaciones técnicas notables y cambios en las temáticas ornamentales. Abundan ahora los cuencos con un borde biselado. La presencia de impresiones digitales y de apliques e incisiones en la cerámica, aunado a asas en forma de soga, son características destacables. Por otro lado, aparecen innumerables sellos, tanto del tipo cilindro como del de estampilla, en los que destacan motivos geométricos y temáticas zoomorfas, antropomorfas y naturalistas.
Lo más reseñable del período son los edificios monumentales de Warka, comunidad que se había establecido en el período Ubaid, cerca de Ur. Sus cerca de diez mil habitantes le habrían conferido un claro estatus urbano. Los templos han proporcionado mucha información sobre la religión y el ritual. Muy poco se sabe, por el contrario, de la actividad cotidiana de la sociedad, al no haber sido excavados talleres artesanales, edificios cívicos y construcciones domésticas. La arquitectura más antigua corresponde al denominado zigurat de Anu. La construcción más conservada del recinto se conoce con el nombre de Templo Blanco, de planta tripartita. En su sala central dos elementos han destacado por su relevancia. El primero, un pedestal de forma rectangular, tal vez destinado a las ofrendas; el segundo, una plataforma con escaleras, quizá base de una escultura. En el interior hay varios nichos y en el exterior contrafuertes. Sus dimensiones y algunos de sus elementos principales son cónsonos con los templos sumerios históricos ulteriores.
Este complejo de Anu evidencia la existencia de una elite que controlaba una gran fuerza de trabajo bien organizada. Se implica, por lo tanto, una jerarquía institucionalizada que tenía acceso privilegiado a los recursos económicos y a un gran número de trabajadores y artesanos especializados.
El complejo más monumental es el de los templos estratificados del recinto de Eanna, sitio ubicado en el centro de la ciudad. En la época histórica estuvo dedicado al culto de Inanna, patrona de Warka (en su advocación semítica Ishtar). En este recinto el templo más arcaico es el denominado Templo de Caliza, con una gran sala en forma de T. Otra edificación sobresaliente es el Templo de las Columnas, que presenta columnas exentas y una decoración con mosaicos de conos arcillosos, que estuvieron pintados de colores (negro, rojo y blanco). Estos conos proporcionaban unos motivos ornamentales geométricos, en forma de zigzag, bandas diagonales y triángulos. Esta arquitectura religiosa conforma una clara evidencia, en consecuencia, de la presencia de una poderosa elite. En los templos del zigurat de Anu los indicios de pedestales y altares para cremación de ofrendas, así como la sofisticada planificación de los nichos internos del recinto de Eanna, cuyas funciones pudieron ser tanto decorativas como rituales, ejemplifican el poder de tal grupo elitesco presumiblemente religioso.
Otro de los elementos de la cultura material de Uruk son los vasos de piedra. Destaca el vaso de Warka, decorado con tres registros que presentan escenas de la vida cotidiana y también religiosa. En el registro inferior se observan plantas y animales, en tanto que en el intermedio se representa una procesión de hombres que van desnudos y con sus cabezas rapadas, llevando consigo lo que parecen ofrendas de vino y alimentos. En el registro superior pudiera representarse una escena ritual en la cual se le presentan a una diosa varias ofrendas de comida. Otro notable ejemplo es la naturalista cabeza de mármol de Warka, tal vez la parte superior de una estatua femenina de madera. Esta estatuaria monumental de bulto redondo precede la tradición artística sumeria.
La interpretación de las tablillas de la etapa de Uruk reciente parece confirmar la introducción del arado en este momento. Del mismo modo, las más antiguas noticias acerca de la invención de la rueda también se registran entre los restos culturales principales del cuarto milenio que corresponden al período Uruk, época en la que, asimismo, empezó a emplearse el torno para la fabricación cerámica. No se debe olvidar que los carros fueron fundamentales para el transporte, facilitando la intensificación de una economía eminentemente redistributiva.

24 de octubre de 2018

Evolución del concepto de realeza en Mesopotamia


La idea del rey como buen administrador, gobernante justo y constructor de templos y obras de irrigación en las ciudades sumerias del Dinástico Arcaico se vio superada posteriormente por el concepto acadio del rey héroe-conquistador contrastado, sin ir más lejos, en Sargón y Naramsin. Se trata de reyes heroicos cuyas acciones se convirtieron en leyenda debido a sus grandes conquistas. Ahora, la ideología del dominio universal, fundamentada en el principio de que el reino propio constituye el centro del mundo y el resto es una periferia inferior, bárbara e inculta que puede y debe ser sometida, se abría paso mediante guerras de frontera, aunque no existían todavía los medios para articular de modo adecuado un estado territorial amplio y, por tal motivo, se preservaban las monarquías conquistadas.
Con la tercera dinastía de Ur se produjo una suerte de mescolanza sui géneris. Los reyes de Ur heredaron de los acadios la ampliación geográfica del horizonte político, además de la deificación ante los sometidos, pero el carácter heroico no fue asimilado, siendo sustituido por las “antiguas” tradiciones sumerias relativas a la justicia y la buena administración. El rey justo se encarnó de nuevo en Ur-Namu, o en Shulgi. Se trataba de grandes constructores de templos, como algo antes lo había sido Gudea. No obstante, los reyes de Ur mantuvieron el determinativo divino delante de sus nombres favoreciendo con ello sus aspiraciones de control político sobre las ciudades sometidas. Al igual que los grandes soberanos acadios utilizaron los títulos de rey de Sumer y Acad o el de rey de las Cuatro Regiones para expresar esa ideología del dominio universal.
Los soberanos posteriores (Isin, Larsa), en su mayoría amoritas, ejercieron una estricta continuidad respecto a sus predecesores neosumerios. Los procedimientos burocráticos y diplomáticos en el entorno de la realeza adquirieron especial protagonismo. Pero ello no significó, ni mucho menos, la renuncia a los procedimientos militares ni a las aspiraciones de un dominio universal (véase el asirio Shamshi Adad y su ostentoso título Rey de la Totalidad), sino la combinación de medios diplomáticos y políticos, junto a los militares, a gran escala. La situación política (fragmentación hasta el triunfo de Hammurabi) imponía un nuevo equilibrio y otra forma de hacer las cosas. Además, en el contexto social aumentaron las desigualdades y la presión sobre los más humildes, situando la figura del rey otra vez en primer plano como dispensador de justicia. Por la influencia amorita, que introdujo en Mesopotamia los ideales de la igualdad tribal, redefinidos en el ambiente cortesano urbano, el rey justo se asimila a la imagen del rey pastor que cuida de un “rebaño” humano al que vigila y protege. El rey es, por otra parte, esforzado y sabio (Hammurabi que, en cualquier caso, no renunció al carácter universal de su dominio).
En los inicios del segundo milenio una nueva transformación en la realeza afectó al “modelo” de rey en el Próximo Oriente Antiguo. El cambio fue consecuencia de la confluencia de dos factores. Uno de ellos propio de la política regional del período: división en grandes imperios y pequeños reinos y principados, con grandes cortes con relevantes reyes frente a pequeños palacios y soberanos vasallos, mientras que el otro procedente del ámbito social y palatino, caracterizado por un auge de una aristocracia militar, convertida en crucial soporte del poder real. El rey pasó, entonces, de ser jefe y representante de la comunidad ante las deidades, a configurarse en líder de una restringida élite poderosa, de protector de súbditos débiles y oprimidos a cómplice de los poderosos y los opresores, con los que convivía en su corte y combatía en su ejército. Se transfigura en el principal opresor.
En un contexto histórico de guerras sin fin (ahora especializadas) en las que se inmiscuyen grandes imperios como Egipto, Mitanni, Asiria y los Hititas, así como los pequeños reinos y principados tributarios suyos, otra vez obtiene primacía el carácter heroico regio, asociado con dotes de valentía, agresividad y fuerza. En un ambiente semejante el elemento principal será el de la fidelidad. Bien sea la fidelidad de un rey a otro, o bien aquella de funcionarios y militares hacia su soberano. La fidelidad, expresada por medio de un juramento ante los dioses, se nutría del proceder del monarca, cuyo súbditos eran ahora más reyes y príncipes sometidos y vasallos, que los habitantes de su propio país, convertidos en auténticos siervos.
El final de la Edad del Bronce conllevó una crisis del Estado palatino. Se destruyeron palacios, desaparecieron imperios y se produjo el resurgimiento de un elemento nómada pastoril, el de los arameos. En semejante ambiente emergió un novedoso modelo de rey, con fuerte influencia de procedencia tribal. Hablamos del rey juez, a la vez símbolo de la unidad nacional (nuevo ideal de procedencia tribal) y jefe del pueblo en armas, un modelo que contrasta con el tipo de reyes de períodos previos. Este tipo de realeza Igualitaria, con las reservas propias del término, se transforma finalmente, como en Israel, en una realeza (acorde con las tradiciones histórico-políticas del Próximo Oriente Antiguo), más jerarquizante. En cualquier caso, ciertos rasgos de arbitrariedad y opresión, típicos de la época precedente, desaparecieron, lo que produjo un rebrote de la imagen del rey justo y recto, preocupado por el bienestar de su pueblo, de sus súbditos.
El concepto de la realeza fenicia aparece ilustrado en ciertas inscripciones en las que el monarca es caracterizado como justo y virtuoso. En este caso, es muy probable que la reina no estuviese desprovista de facultades, pues podía actuar como regente y compartir las principales funciones sacerdotales. Con la expansión mediterránea, la realeza se vio en la obligación de ejercer sus funciones en un ambiente urbano en el que debía compartir su poder con una oligarquía, desapegada de los palacios y que obtenía su riqueza y gran influencia del comercio ultramarino. Esta oligarquía reemplazará a la realeza como forma de gobierno en las colonias fenicias por el Mediterráneo.
Entre los asirios, la autoridad real emanaba de la esfera divina. No obstante, siempre estuvo al amparo del poder de la nobleza palaciega y de las diferentes camarillas y sus intrigas. La realeza asiría, encarnada en el monarca absoluto, dirigía la producción agrícola e industrial, controlaba los negocios comerciales y llevaba a cabo obras públicas. Al inicial carácter nacionalista de la monarquía asiria se sumaría una babilonización del clero y de varios sectores de las clases dirigentes, así como la arameización de un importante sector de la población. El soberano asirio llega a ser un rey inaccesible que transmite terror a sus enemigos y rivales.
Aunque con un gran poder y con evidentes rasgos despóticos, el rey persa no era una divinidad, aunque por su mediación operaban los designios y poderes de Ahura Mazda para mantener el orden. Inaccesibles como los monarcas asirios, los reyes persas (aqueménidas) casi no eran visibles y estaban sometidos a un ceremonial complejo, rígido y fastuoso. Su gran misión era que la verdad se impusiese por doquier a lo largo y ancho de los territorios imperiales.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UM, octubre 2018.

9 de noviembre de 2017

Urartu: un reino en las cumbres montañosas



A mediados del siglo XIII a.e.c. ya se menciona un país, Uruatri, al que combaten los asirios, que se encuentra ubicado en las remotas montañas de Armenia. A mediados del siglo IX, los asirios son conscientes de que se trata de una potencia con la que disputan las regiones montañosas iranias, Siria, el área luvioaramea, además de Mannai y los pasos de montaña. Estamos hablando de una zona geográfica que hoy se encuentra repartida entre Irán, Turquía y Azerbaiyán, que cubría tres ámbitos del mundo del Oriente antiguo, Mesopotamia, Anatolia e Irán.
En la segunda mitad del segundo milenio a.e.c., la zona montañosa de los lagos azerbaiyanos y armenios parece que estuvo habitada por distintas poblaciones, algunas de ellas, probablemente emparentadas con el Mitanni hurrita. En torno al lago Van, documentos asirios e hititas sitúan a las gentes de Isuwa, Papanhi y Alse. Algunos textos hallados en Hatussa sugieren que la población de la antigua Hanigalbat huyó hacia las montañas. En consecuencia, es posible que las distintas coaliciones de pueblos de la región, que los asirios nominaban como Nairi y Uruatri, contaran con bastante población hurrita. La lengua hurrita desapareció, pero la de Urartu pertenece al mismo tronco que aquella.
En principio Urartu era una pieza del mosaico de Nairi. A mediados del siglo IX a.e.c. un soberano logró unir bajo su mandato varios principados hasta configurar un gran reino, cuya zona nuclear estaba formada por el lago van y la región circundante. Los reyes de Urartu ocuparían, urbanizarían, protegerían y aprovecharían el terreno de tal modo que erigirían ciudadelas fortificadas, torres de protección de pasos y valles, construirían canales y llevarían a cabo una importante repoblación forestal. El centro político sería Tuspa (hoy Van Kalesi).
Asiria y Urartu estuvieron siempre enfrentados. Este enfrentamiento militar se debió a un doble motivo: el control de las rutas comerciales y el dominio sobre las regiones productoras de materias primas. La guerra entre ambas potencias tuvo dos fases. La primera, entre 827 y 740 a.e.c., fue una etapa de primacía urartia. Es el momento en que los reyes Ispuini, Minua, Argisti I y Sarduri II (gobiernan entre 830 y 730), extienden el imperio y los intereses urartios. La segunda, entre 740 y 709 a.e.c., estará signada por la recuperación asiria. Sargón II (721-705 a.e.c.) derrota a Urartu en su terreno. A esta derrota se sumaría el ataque de los cimerios. Poco después de esta época, Argisti II y Rusa II fortificarían las fronteras en el norte con ciudadelas, como fue la de Bastam. No obstante, en 614 los medos ocuparon Assur, y hacia 590 a.e.c., en compañía de los escitas, arrasarían el sistema de fortalezas urartias de los montes y los valles del norte. Ya en época aqueménida, se estableció sobre el antiguo país de Urartu una satrapía, concretamente la de Armenia.
La política y la cultura tuvieron que adaptarse, por tanto, al particular entorno físico. Es así como cada valle tendría su propia fortaleza. La mayoría de las fortificaciones urartias de las cimas de las montañas eran de tres tipos diferentes. Por un lado, grandes fortalezas con palacios; por otro, pequeños fuertes en las rutas comerciales, de comunicación y puertos de montaña y; finalmente, fortalezas sin palacios que hacían las veces de centros regionales. Algunos de los principales conjuntos fortificados mejor excavados y estudiados son Teisebani, cerca de Erevan, Cavustepe, al sureste del lago Van, y  la fortaleza de Bastam, en territorio de Irán.
No se conoce bien el ámbito de las creencias e ideas de Urartu. En Musasir hubo un templo dedicado al dios nacional, de nombre Haldi, deidad de la tempestad y el sol, al que los reyes honraban con estelas. Este dios, que aparece bien con barba o bien sin ella, se representaba, como dios guerrero, de pie sobre un león. En sus templos se dedicaban armas como exvotos y ofrendas. A su lado podía aparecer su esposa, Arubani y el dios de la tormenta Teiseba, de pie encima de un toro. Otros dioses importantes eran Sivini, también de carácter solar, y algunas divinidades aladas (quizá la esposa de Sivini), que suelen aparecer decorando las grandes piezas de bronce, calderos en concreto.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Noviembre de 2017.

2 de mayo de 2016

Los filisteos de Goliat



Imágenes: arriba, un mapa con las zonas ocupadas por las doce tribus de Israel y por los filisteos; abajo, una pintura mural en la sinagoga de Dura Europos, con el Arca de la Alianza en poder de los filisteos, tras haber derrotado a los israelitas.

En la segunda mitad del siglo XI a.e.c. la confederación de tribus israelitas, unidas por un mítico origen común y ciertas señas de identidad, se unieron bajo el poder de un único soberano, Saúl, para poder hacer frente a una poderosa amenaza, la de los filisteos.
Los filisteos son, según el Génesis, descendientes de Cam, un vástago de Noé, considerado el padre de las poblaciones del África negra. Uno de los hijos de Cam, de nombre Mizraim (Egipto), engendraría varios pueblos, entre los que destacan los kaftoríes, de donde procederían los filisteos. Kaftor, no obstante, se identifica con Creta. Esta aparente contradicción no es tal para los redactores bíblicos[1], que señalan que los filisteos proceden de Kaftor pero son un pueblo vecino de Israel que mora en una cornisa de la costa del Mediterráneo oriental, una región gobernada por varios príncipes (cinco en total), cada uno con su propia capital: Ashdod, Ascalón, Ekrón, Gat y Gaza. Sería precisamente en Gaza en donde chocarían los intereses de filisteos e israelitas.
Los filisteos no eran judíos, adoraban al dios Dagón, deidad de la fertilidad, y su fuerza se debía a su capacidad de fabricar y emplear armas de hierro. Inicialmente enemigos de la tribu de Dan (a la que pertenecía el juez Sansón), más tarde expanden el conflicto hacia el este, hacia las tribus vecinas de Judá, Benjamín y Efraín. El origen del conflicto entre israelitas y filisteos, ejemplarizado en el famoso episodio de David y Goliat, es el suscitado entre dos agrupaciones étnicas distintas que reclaman para sí los mismos territorios.
El episodio de David y Goliat, que recuerda sobremanera la epopeya homérica, se llevó a cabo en el último tercio del siglo XI a.e.c., en el valle de Elah, en las proximidades de Jerusalén[2]. El gigante Goliat desafía a los israelitas  a que presenten un campeón que sea capaz de medirse a él en combate singular[3]. Los israelitas, sin embargo, se ven dominados por el temor y ninguno de sus guerreros se ofrece voluntario para entablar combate con el gigante. Será David, un héroe más bien humilde, un pastor de la localidad de Belén, el que, tras pedir permiso al rey Saúl, se enfrente al gigante. Como es bien sabido, David mata a Goliat con una piedra lanzada con su honda.
A pesar de tal gesto de valentía y heroicidad[4], los celos del rey Saúl obligarán a David a vivir, durante los siguientes años, como si fuese un auténtico bandolero, hasta el punto de servir, irónicamente, como mercenario de los propios filisteos.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCAB-UCV-FEIAP-UGR.



[1] Durante los reinados de Merneptah y Ramsés III los Pueblos del Mar, según las fuentes egipcias, fueron rechazados en el delta del Nilo. Esa derrota obligaría a ciertos de esos pueblos a asentarse en la costa sur de Palestina. Los peleset, mencionados en las fuentes egipcias que hablan de los Pueblos del Mar, podrían ser los filisteos bíblicos.
[2] Es en Jueces, Reyes y Samuel donde se recoge la pugna entre ambos bandos.
[3] El reto bíblico que anuncia Goliat es comparable con el de Alejandro (Paris) y Menelao y con el de Héctor y Aquiles. La panoplia militar de Goliat, tal y como es descrita, recuerda la de un guerrero micénico del siglo XI a.e.c. o, incluso, la de un hoplita del siglo VII.
[4] La breve descripción física de David que encontramos en Samuel (1Samuel, 16), le acerca ligeramente al ideal modélico del héroe homérico. Además, su amistad con Jonatás (hijo del rey) no deja de recordar la estrecha relación amistosa entre Patroclo y Aquiles.

23 de marzo de 2015

Mesopotamia antigua: la III Dinastía de Ur (2113-2004 a.e.c.)



Imágenes: arriba, un cono de arcilla de Ur-Bau, datado en la segunda dinastía de Lagash; abajo, vasija votiva en forma de embarcación-templo. III dinastía de Ur.

Desde la época de Naram-Sin, la inestabilidad de Acadia posibilita los asaltos a las fértiles tierras por parte del pueblo denominado Guti, nómadas establecidos desde antaño en las altas tierras de Mesopotamia, en la región de los montes Zagros. La irrupción de estos pueblos destruirá la ciudad de Akkad, destruyendo el estado acadio y afectando Elam y la baja Mesopotamia. Ocuparán algunos asentamientos se forma permanente. En virtud de que Sumer no sufrió tanto los embates de los Guti, se produjo una reacción de los antiguos núcleos sumerios y del sistema económico, religioso y político de la ciudad-templo autónoma que les era característico.
Será Lagash, con su segunda dinastía, la que adelante este proceso renovador, con sus ensi (entre los que destaca el famoso Gudea), ejerciendo como administradores terrenales del dominio de las divinidades y no como despóticos monarcas universales al modo acadio. Lagash en este momento ejecuta, por tanto, una cierta hegemonía sobra parte significativa del país de Sumer, aunque fuese manteniendo relaciones de colaboración con los Guti. Lagash se relanza económicamente y se convertirá en el predecesor del estado de Ur III. Se reelaboran los elementos tradicionales sumerios: surgen largos textos sumerios de carácter religioso y se exalta la emblemática figura del príncipe.
No obstante, la completa liberación de la Baja Mesopotamia de la mano de los Guti se produjo gracias a la labor de Uruk, cuya autonomía, como la de Lagash, fue notable. Será Utuhegal de Uruk quien oficialice, finalmente, la derrota Guti, lo que supondrá la victoria del pueblo y cultura sumeria. Los dioses sumerios apoyan al rey Utuhegal; por un lado, Enlil, que le encomienda la restitución de la realeza en Sumer; por otro, Inanna, que apoya en los combates, Dumuzi y Gilgamesh (este último héroe sumerio y patrono de Uruk). El soberano contó, así mismo, con el incondicional apoyo del sacerdocio de Nippur, clave para otorgarle legitimidad y para que pueda titularse rey de Uruk y “rey de las cuatro regiones”.
Ur III fue fundado por Ur-Nammu (2112-2095 a.e.c.), antiguo gobernador de Ur dependiente de Utuhegal. Incluso no es improbable que fuese pariente del antiguo rey de Uruk. De ahí que Uruk siempre gozara de especial respeto y funcionase como una segunda capital del estado. El primogénito del soberano de Ur ocupaba, de hecho, el puesto de gobernador de Uruk, y algunas princesas se residenciaron allí, quizá como una especial deferencia a Inanna, cuyos sacerdotes eran, en buena parte, miembros de la familia real. Tuvo que luchar, y derrotar, a Lagash y algunos textos todavía lo mencionan batallando contra los Guti. Este último hecho supondría, o bien un mecanismo propagandístico para limitar la gloria de Utuhegal, o bien que, en realidad, la expulsión de los Guti fue más difícil de lo que se supone, requiriendo el esfuerzo de varios reyes sumerios.
No es fácil detallar la extensión del nuevo estado de Ur III, pero lo cierto es que Ur-Nammu solamente adoptó el título de “rey de Ur” así como “rey de Sumer y Akkad”, una nueva titulatura que supone el reconocimiento de la dualidad de una región que tendría una única cultura. El arcaico “País de Sumer” amplía, de este modo, sus fronteras, tanto políticas como culturales. La labor de Ur-Nmmu, como el que restablece el antiguo orden, fue encomiable, pues reconstruye los grandes santuarios (Nippur, Eridu, Uruk, Ur), construye un palacio real en la capital, logra reabrir las antiguas vías comerciales y drena los campos y mejora el sistema de canalización del agua.
El estado de Ur III, bastante homogéneo, fue dotado de un buen aparato administrativo. Además, el principio dinástico consagró la dignidad de la monarquía. El sucesor de Ur-Nammu fue Shulgi (2094-2047 a.e.c.), un continuador de la obra de reorganización interna previamente iniciada. Lleva a cabo, en la política interior, una reforma de pesos y medidas, mientras que en política exterior instaura una suerte de pacifismo por mediación de alianzas matrimoniales. No obstante, se reedifican algunas murallas (Kazallu) y se hizo perentorio una reforma militar, indicios ambos de una pretendida expansión territorial. Al vigésimo año de su reinado, se auto titula como “rey de las cuatro zonas”, expresión de una nueva concepción imperial de la monarquía. De hecho, Shulgi inicia varias campañas y llega a controlar Assur. Ur III pudo disfrutar en su tiempo de un dominio sobre la Baja y Media Mesopotamia, así como una notable influencia política en regiones como Elam. El rey debe, más que ampliar sus territorios, defender los que ya controla, especialmente frente a las poblaciones nómadas septentrionales y frente a hurritas y semitas amorreos.
Los siguientes soberanos, Amar-Sin y Shu-Sin tuvieron que atender las fronteras. Para ello, erigieron fortines para prevenir las incursiones nómadas. No obstante, no fue suficiente, pues ya con Ibbi-Sin, sucesor de Shu-Sin, la historia de Sumer como entidad política llegó a su fin. El fin se debió a la irrupción de poblaciones extranjeras, en particular, los amorreos (martu en sumerio[1]), que se habían introducido pacíficamente en las tierras de los sedentarios y se habían ido integrando en las estructuras socioeconómicas del estado neo sumerio a través del desempeño de ciertos oficios. Sin embargo, fueron los elamitas[2], tradicional enemigo del país se Sumer, apoyados por los su, población de los Zagros, los que dieron la puntilla definitiva.
El vértice del estado de Ur III lo ocupaba la institución monárquica. La relativa aproximación a lo divino de los soberanos les permitió justificar un intervencionismo en la vida política y social de los súbditos (casi al modo acadio), aglutinando prerrogativas que previamente se consideraban exclusivas de las divinidades, como la edición de las normas de convivencia, códigos y recopilaciones de leyes[3], o el nombramiento de sacerdotes. Los reyes se ocuparon de ordenar el territorio, fijando límites y territorios provinciales, cada uno de los cuales estaba gobernado por un ensi, ahora un funcionario supremo del gobierno provincial. A su lado podía estar un shagin, suerte de jefe militar pero también con funciones civiles de la administración, como las obras públicas. Por debajo había una multitud de oficiales, policías y capataces.
Tras el rey y su familia, estas personalidades conformaban una especie de aristocracia funcionarial. Más abajo, se ubicarían las fuerzas productivas, es decir, agricultores, artesanos, pastores, marineros. Entre los hombres libres había, no obstante, categorías: aquellos de posición desahogada, pero con estatus jurídico inferior a las personas de mayor poder adquisitivo (mushkenum), o los eren, obreros, trabajadores, quizá peones que realizaban actividades civiles pero también, eventualmente, militares, pues aparecen encuadrados en destacamentos. Los eren son dependientes, asignados al templo o a la realeza, dedicados a las actividades agrarias y a las obras públicas (sobre todo aquellas de limpieza). Los esclavos, finalmente, eran propiedad de un individuo o de una institución.
Desde una óptica económica, se puede decir que en Ur III coexistió el templo, todavía centro económico primordial, con un aparato organizativo estatal, dependiente del palacio. Los soberanos seguirán siendo fieles a la tradición que les comprometía a mantener el brillo de los santuarios, donando animales para los sacrificios, alimentos u objetos manufacturados. La tierra fértil es propiedad del templo o del palacio, parte de las cuales se arriendan a particulares. Es probable que hubiese una relevante difusión de la propiedad privada de la tierra. En la actividad artesanal destacaba el trabajo del metal, sobre todo oro y plata para la orfebrería, y plomo, cobre o estaño como valor de cambio. Algunos de estos metales debían importarse (el cobre de Anatolia oriental y Arabia, el oro del Golfo Pérsico, y la plata de Elam). Los centros metalúrgicos principales serán Ur, Umma y Lagash. Además de la metalurgia fue relevante la actividad textil, en cuyos talleres trabajaban esencialmente mujeres. La actividad económica en general se verá fuertemente apoyada por la apertura internacional que favorece los intercambios, y de soslayo, la actividad bancaria, a través de préstamos y compras a crédito.
La cultura de Ur III implica la continuidad del florecimiento de las ciudades sumerias, de ahí la denominación, para categorizar la época, de Renacimiento Sumerio. Se retorna a las formas tradicionales artísticas sumerias, aunque ahora el estilo es un tanto academicista fruto de la previa influencia acadia. Arquitectónicamente se contempla ahora la plasmación definitiva del zigurat o torre-templo, la edificación de palacios y mausoleos reales. El estado neo sumerio de Ur III era bilingüe, aunque el proceso de semitización fue muy impulsado, sobre todo en el antiguo territorio de Akkad. Es la época del florecimiento de la gran literatura sumeria (narraciones, textos sapienciales, poemas), como, por ejemplo, La Maldición de Akkad. La gran novedad serán los himnos dedicados a los reyes, quizá una modalidad relacionada con la divinización de los monarcas, ya que anteriormente solamente se destinaban a las divinidades. En la religiosidad, se yuxtaponen deidades semitas y sumerias, si bien son estas últimas las principales (salvo Ishtar, asimilada a Inanna). Esta síntesis será, en cualquier caso, el fundamento de la evolución religiosa posterior.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB, Caracas. Doctorado en Historia, UCV


[1] Los amorreos, de lengua semítica occidental, eran un pueblo nómada “sin casa” y “que no conocen el grano”, para sumerios y acadios. Parece factible que la región nuclear de los amorreos haya estado en Siria, aunque su localización nunca debió ser única ni fija.
[2] Los elamitas fueron una civilización que yuxtapuso la agricultura en la región sur de Irán y la minería y recursos forestales de las zonas limítrofes. Estuvieron muy influidos por la cultura sumeria: el arte, la concepción monárquica o la escritura cuneiforme. Shulgi había convertido la zona de Susa en un protectorado dependiente de Ur III, permitiendo que algunos elamitas se integrasen como mercenarios en las tropas del estado neo sumerio, pero sus sucesores fueron menos hábiles en el mantenimiento de esta política pragmática con Elam.
[3] La obligación del rey de garantizar un orden justo y la armonía entre los súbditos, justifican la facultad que poseían de promulgar leyes, aunque sea por delegación de las deidades. De lo que ha sobrevivido, sabemos que las leyes consistían en disposiciones relativas a la familia, a la vida agrícola, los esclavos y a las penas por lesionar a otra persona. Se destacan la imposición de multas y las compensaciones monetarias en lugar de los castigos físicos.

10 de diciembre de 2013

Masada: bastión de rebelión contra el poder de Roma

IMAGEN: CORTESÍA http://www.masada.org.il
 
 
La meseta conocida con el nombre de Masada (referida por los árabes como A-Saba), se ubica en la vertiente oriental del desierto de Judea, próxima al Mar Muerto y entre las localidades de Ein Guedi y Sodoma. Se eleva a casi quinientos metros sobre el nivel del mar. Su ubicación fue privilegiada en la antigüedad, pues se hallaba en las proximidades de dos caminos de relevancia: el que cruzaba el desierto de Judea, que llevaba al sur de Moab, y el sendero que comunicaba el Mar Rojo, la Arabá y Moab con Jerusalén. En cualquier caso su ubicación, lejana de centros habitados, propició su conversión en fortaleza. La principal fuente, al margen de la arqueología, por medio de la cual conocemos los avatares de Masada es Flavio Josefo, que vivió en el siglo I, y que se dedicó a escribir, desde Roma, los hechos acontecidos durante la rebelión contra el poder romano. El primer fuerte de Masada pudo haber sido erigido por el rey asmoneo Alejandro Janeo (103-76 a.n.E.), también conocido como el supremo sacerdote Jonatán[1].
Herodes el Grande (rey de Judea, Samaria, Idumea y Galilea, en condición de vasallo de Roma, entre 37-4 a.n.E.), aprovechando el indudable valor estratégico de la elevación, lo empleó como refugio ante los enemigos y como residencia de invierno. A él se deben ciertas construcciones como algunos palacios, almacenes y un complejo sistema de cisternas. Con la anexión de Judea al imperio romano (en el año 6), una guardia romana se instala en la zona.
Uno de los hechos más relevantes, según Josefo, del levantamiento antirromano del año 66 fue la toma de Masada por los Sicarios (cuyo nombre deriva del puñal curvo que portaban denominado sica en latín), aunque pudo haber también samaritanos y esenios en el grupo. Estos rebeldes estaban comandados por Menajem ben Yehuda el Galileo. La destrucción de Jerusalén en el 70 por orden del emperador Tito propició  que algunos rebeldes se refugiaran en la fortaleza, entre los que se encontraba Eleazar ben Yair, que acabaría haciéndose con el mando del grupo. Estos rebeldes son los responsables de la construcción de algunas edificaciones hoy visibles, como la sinagoga y los baños rituales (mikvá), llevando a cabo una convivencia comunitaria hasta el fin de sus días.
Flavio Josefo señala que masada fue el último baluarte rebelde en Judea. La X legión romana, comandada por Flavio Silva, se desplazó desde Jerusalén y puso la fortaleza bajo sitio. En torno a los años 73 y 74 más militares romanos, con tropas auxiliares (unos 8000 legionarios) se apostaron en la zona en ocho campamentos (el contorno de alguno de los cuales todavía es visible). Construyeron un baluarte y una rampa de asedio, hecha de vigas de madera y tierra apisonada, en la ladera occidental. El sitio duró varios meses. En su Guerra de los Judíos (VII, 394-406), Josefo afirma que Eleazar ben Yair convenció a los resistentes (casi mil personas) a suicidarse antes de humillarse ante los romanos y convertirse en sus esclavos. Tras la caída definitiva, queda apostada en Masada una unidad de tropas auxiliares romana hasta el inicio del siglo II.
Abandonada durante siglos, no fue sino hasta el V, durante el esplendor bizantino, cuando se levantó en Masada un monasterio de ermitaños (siguiendo la costumbre de crear asentamiento de monjes en el desierto de Judea[2]).
El redescubrimiento moderno de la fortaleza solamente acontece en el siglo XIX. Durante el XX, se transforma en centro de identificación de los movimientos juveniles sionistas, convirtiéndose, de la mano de S. Gutman, en un símbolo del nacionalismo judío. Las excavaciones arqueológicas sistemáticas únicamente comenzaron a producirse en la década de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, al mando de Igael Yadin, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, iniciándose un progresivo proyecto de restauración y conservación del lugar y sus principales vestigios. 

Prof. Dr. Julio López Saco
Doctorado en Historia, UCV


[1] Este Jonatán puede referirse al hermano de Judas el Macabeo, quien fue nombrado Sumo Sacerdote en 152 a.n.E. Lo cierto es que la arqueología ha sacado a la luz algunas monedas de época de Alejandro Janeo.
[2] Se ha querido identificar este monasterio con Marda, mencionado en la literatura de los patriarcas de la iglesia.