30 de septiembre de 2021

Vídeos. Arte antiguo. Arquitectura griega (parte II) y escultura arcaica


Nuevo vídeo de la serie Arte antiguo en el canal de YouTube Arte por Arte (Minutos de Historia con Julio López). En esta oportunidad se trata la arquitectura griega (en su segunda parte) y los inicios de la escultura, especialmente la escultura arcaica. Espero y deseo que pueda servir de ayuda o estímulo, además de interés, para algunas personas interesadas en estas temáticas referidas a la historia del arte antiguo. Saludos. 

Prof. Dr. Julio López Saco 
UM-FEIAP-UFM, septiembre, 2021.

16 de septiembre de 2021

Monstruos míticos en la Roma de la antigüedad


Imagen: memento mori, mosaico hallado de Pompeya, que simboliza la Rueda de la Fortuna. Datado en el siglo I a.e.c., hoy se encuentra en el Museo de Nápoles. 

La presencia de seres sobrenaturales, entre ellos difuntos pero también entidades monstruosas, parecen ser el resultado de una metafórica codificación de antiguos y enraizados miedos, angustias, malestares primordiales, esperanzas e ilusiones, como una forma de sublimar el más acá. Las variadas manifestaciones posibles de lo numinoso estaban tan presentes en la vida de los romanos como cualquier otro aspecto cotidiano y real. Se trataba de un fundamento más de la propia existencia, de la dimensión sobrenatural de dicha existencia. El miedo al monstruo, al difunto o al fantasma expresaba una intuición acerca de la propia existencia humana.

En la vida real del romano de a pie solamente se encontraba la naturaleza humana, en la que habitaban monstruos de distinta consideración, una naturaleza impregnada de un malestar o desconsuelo esencial y primigenio sobre el que no existía esperanza alguna. La realidad de la vida era angustiosa y oscura, y en ella habitaban monstruos evocadores del caos y la disolución. Sobrellevar el monstruo antiguo primordial implicaba dotarlo de un rostro que permitiese transformarlo en algo más definido que posibilitase su ubicación en espacios y contornos más controlables en los que el miedo pudiese ser medianamente conjurado a través de la magia o diferentes rituales.

La tradición popular romana estuvo poblada por un buen número de monstruos. Las narraciones populares y relatos que contenían tales entidades eran considerados patrañas para entretener que reflejaban la incredulidad y, sobre todo, la ignorancia de las clase más humildes. Se hizo notable la presencia de las estriges, unas aves de rapiña comedoras de carne humana o también brujas y hechiceras convertidas en ave a través de actos mágicos; de licántropos o versipelles, hombres lobo cuyas leyendas pudieron estar muy presentes en la más arcaica tradición itálica, así como de dragones, habitantes de lugares despoblados de humanos o moradores de oscuras cuevas y que resultaban ser una evidente amenaza a caminantes, viajeros y mujeres.

La primera mención literaria de la alimaña denominada estrige la encontramos en Plauto (Pséudolo, 800-836), en tanto que su relación con los lactantes la hallamos en Plinio el Viejo (Historia Natural XI, 95, 231 y ss.). Si estas terribles aves amamantaban a infantes tal vez fuese para envenenarlos o como una expresión de las nodrizas inhábiles. La más relevante de las leyendas itálicas sobre las estriges que atacan a lactantes se constata en los Fastos (VI, 130-168) de Ovidio, en donde el bisabuelo de Remo y Rómulo, de nombre Procas, rey de la mítica Alba Longa, que antecede a Roma, es la víctima. Será una ninfa, de nombre Carna (una antigua deidad itálica, tal vez lunar) la que le salve de estos seres maléficos. Es tentador comparar estas fabulosas estriges con las arpías que atosigan a Fineo en la saga de los Argonautas de Apolonio de Rodas, unas aves monstruosas con rostro femenino. En la erudición cristiana posterior, concretamente en San Isidoro (Etimologías XI 3-4), serán concebidas como seres humanos metamorfoseados gracias a brebajes o hierbas mágicas con el único objetivo de rapiñar. Otras menciones de las estriges se hallan en Tibulo (Elegías, I, 5, 47, en esta ocasión cantora) y en Lucano (Farsalia, VI, 520).

Tal vez el licántropo más reconocido es el que aparece en la cena de Trimalción del Satiricón (60-62), del afamado Petronio. La transformación en lobo de un soldado provoca la huida del animal hacia el bosque así como un ataque a un rebaño de ovejas, hasta que un esclavo lo alancea en el cuello. Vuelto a su humanidad, es atendido de la herida infligida previamente como animal. Tibulo, el mencionado poeta lírico del siglo I a.e.c. cuenta, en un contexto impregnado de brujería amatoria (Elegías I, 5, 38-60), la manera en que una alcahueta, en el fondo una bruja, posee mágicos poderes para convertirse en lobo. Otro hombre lobo famoso es, sin duda, el Meris de Virgilio. En las Églogas (VIII, 94-99),  Virgilio narra cómo el pastor Anfesibeo acude a una bruja con la intención de que le conceda los favores de su amada Dafnis. En este contexto se menciona la metamorfosis lobuna de Meris, obra, tal vez, del consumo de ciertas hierbas alucinógenas. Virgilio parece partir en esta oportunidad del Idilio de las hechiceras de Teócrito, autor del siglo III a.e.c., en donde una mujer despechada por su amante intenta atraer de nuevo sus favores  mediante poderosos encantamientos.

En el mundo romano, los dragones formaron parte activa de su marco tradicional y legendario. Uno de los casos más célebres es el del dragón de la ciudad de Lanuvio, próxima a Roma (Propercio, Elegías IV, 6, 4-15) asociado con el motivo folclórico de la doncella que entran en la morada de la entidad, generalmente una oscura caverna. Otro notable ejemplo es el dragón del Asno de Oro de Apuleyo (VIII, 18-22), que resultó ser un malévolo brujo que tenía por costumbre devorar caminantes. Un motivo común, propio de la fábula, es el de la figura del dragón que custodia oro, objetos y lugares preciados. Se trata de un motivo muy activo en el acervo folclórico de las poblaciones del Mediterráneo. En tal sentido, debe mencionarse la fábula moral de la zorra y el dragón de Fedro (Fábulas IV, 21). En la mitología griega, cabe recordar, ya estaba muy presente el motivo del dragón que cuida y protege un objeto de gran valía, como el caso de Ladón, un dragón de cien cabezas, protector de las famosas manzanas de oro del Jardín de las Hespérides, o el no menos célebre dragón de la Cólquide, que velaba por el ansiado vellocino dorado. Por su lado, el folclore tradicional romano menciona tesoros escondidos bajo tierra que son custodiados por genios denominados incubones, de quienes Tertuliano afirma (Sobre el alma, 44) que eran los responsables de las siniestras pesadillas.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, septiembre, 2021.

7 de septiembre de 2021

Vídeos. Asia religiosa V. Taoísmo

Amigas, amigos, colegas, estudiantes, lectores en general. Cordial saludo. En el vínculo se encuentra el vídeo-programa número 5 de la serie Asia Religiosa, dedicado al taoísmo chino, una corriente religioso-filosófica que bebe de fuentes chamánicas, que busca la inmortalidad y la simplicidad original del Dao, arremetiendo contra los artificios de la cultura. Un Dao inmanente, presente en todo, además de otro trascendente, fuera de cualquier diferenciación, marcan el contexto filosófico de esta corriente de pensamiento antiguo de China. Espero resulte de interés y de utilidad para algunas personas que deseen inmiscuirse en estos temas religiosos. Se puede seguir toda la serie, que constará de siete programas, en YouTube (Minutos con Julio López).  Saludo. 

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, septiembre, 2021.

3 de septiembre de 2021

¿Pueblos del Egeo o de Anatolia en Oriente Próximo en la Edad del Bronce?



Imágenes, de arriba hacia abajo: grupo de tres figurillas del Bronce anatólico; toro elamita o bien antólico hecho en bronce y; fragmento de cerámica micénica con peces hallada en una tumba en Chipre.

El movimiento masivo de población convencionalmente llamado “Pueblos del Mar”, denominación genérica que engloba a gentes de diverso origen que deambularon por la región oriental del Mediterráneo en afán de pillaje, aparece mencionado, si bien de manera poco concluyente en el aspecto de las identificaciones, en las inscripciones egipcias que conmemoran la victoria del faraón contra ellos luego de rechazar su ataque contra Egipto. El apelativo Pueblos del Mar es una expresión moderna, introducida por el egiptólogo francés Gaston Maspero a finales del siglo XIX. Las inscripciones reales egipcias refieren los nombres individuales de los distintos pueblos que proceden de “en medio del gran verde” (Mediterráneo) o ”de las islas”. 

Se ha señalado la posibilidad de que ciertos contingentes que estuvieron presentes en las oleadas destructivas fueran originarias del Egeo, pues figuran dos colectivos, designados por las fuentes egipcias como ekwesh y denyen que, según los paralelismos lingüísticos podrían evocar los nombres de los aqueos y los dánaos, respectivamente, ambos términos genéricos con los que son designados los griegos en el marco de los poemas homéricos. Los ekwesh figuran como los más relevantes aliados, procedentes de ultramar, de los libios que atacan Egipto, y que serían rechazados por el faraón Merneptah hacia 1220 a.e.c., como se cuenta en la Estela de la Victoria tebana y en las inscripciones de Karnak. Se menciona su procedencia de los países marinos, como consta asimismo en la estela de Athribis. Ahora bien, no está clara su ubicación como pueblos egeos, en función de un detalle no menor, y es que en las representaciones iconográficas aparecen circuncidados, lo cual no era una costumbre de las poblaciones egeas, pero sí una práctica común entre poblaciones semitas. Además, varias dificultades lingüísticas tampoco ayudan, en tanto que el sufijo final parece específico de regiones anatolias, de donde podrían proceder otros pueblos mencionados en las inscripciones egipcias. En tal sentido, los ekwesh podrían encontrar un fácil acomodo si se acepta que se trataba de gentes de la tierra de Ke-Que, en Cilicia.  

Es cierto que un aspecto esencial que favorece la identificación del colectivo ekwesh con los aqueos depende de aceptar el binomio entre el vocablo hitita Ahhiyawa y los micénicos, pues en los documentos hititas dicho reino se asocia en ocasiones con los lukka, uno de los nombres que figura, junto con los ekwesh, en las inscripciones egipcias, implicado en operaciones de piratería y razias por mar contra el territorio dominado por el imperio de la Anatolia central. A pesar de ello, subsisten interrogantes, y no puede afirmarse de forma concluyente que al menos una parte de los micénicos, bajo esta designación egipcia, participaran activamente en el proceso de destrucción y desplazamiento de poblaciones en el espacio de la cuenca oriental del Mediterráneo, si bien tampoco puede descartarse tal posibilidad, en virtud de su segura presencia en la costas occidentales de Asia Menor en estas épocas.       

El otro término, denyen, presenta muchos inconvenientes para ser identificado de forma definitiva con los dánaos. La denominación figura entre los nombres de los distintos pueblos procedentes de Oriente que atacaron Egipto en época de Ramsés III, en 1179 a.e.c., cuyo incontestable triunfo sobre las fuerzas invasoras se representa en los relieves de los muros del templo de Medinet Habu. Los relieves, y la inscripción correspondiente, describen una batalla naval y un enfrentamiento posterior terrestre en Djahi, localidad situada al sur de las costas sirio-palestinas. Es muy dudosa la condición de documento histórico de los relieves debido a su carácter fuertemente propagandístico e ideológico, pues su objetivo primordial no consistía en describir acontecimientos históricos, sino ensalzar las virtudes religiosas y militares del faraón.

Los denyen mencionados en las inscripciones (figuran como dnjn) se describen como gentes procedentes del mar. En el Papiro Harris, documento en el que se resumen los acontecimientos relevantes del reinado de Ramsés III, el faraón se jacta de haberles aniquilado “en sus islas”. Su identificación con los dánaoi homéricos fue sugerida desde antiguo, ya por los primeros egiptólogos en el siglo XIX, quienes entendieron que el término era una forma ortográfica revisada del arcaico Tanaya-Tanayu con el que los egipcios se referían a los habitantes del mar Egeo, muy probablemente los griegos. Esta asociación sería corroborada por la posterior vinculación de Dánao con Egipto en el ámbito del mito griego, siendo de esta forma un eco lejano de la práctica egipcia de llamar de esta forma a los griegos.      

Hay otras posibilidades muy factibles. En otros textos egipcios se designa a este pueblo como danuna. En una de las misivas de El-Amarna se menciona a su rey y se ubica su territorio de origen al norte de Ugarit. También se les atribuye el apelativo dene, en el Onomasticon de Amenope, lista de nombres de ciudades de Siria y Palestina con sus tribus, que se data a fines del siglo XII a.e.c. En la inscripción bilingüe de Karatepe, (siglo VIII a.e.c.), se alude al pueblo de los danunios dentro de un contexto local perteneciente al espacio geográfico de la Cilicia anatolia. Estos factores parecen aconsejar identificarles en este ámbito del Asia Menor meridional, zona donde aparece el topónimo Adana, que en la forma Adaniya figura del mismo modo en los textos hititas antiguos.

La identificación de dnnym o danuna con los antiguos habitantes de Adana parece demostrada, en tanto que el término fenicio dnnym corresponde, en luvita, o al término adanawa, o a adanawani, de tal manera que los danunios serían los habitantes de Adana y de su territorio. El país, citado como danuna, podría aparecer en la lista de ciudades conquistadas en Siria, e inscrita en el obelisco blanco de Asurnasirpal II, datado en el siglo IX a.e.c., en una inscripción fenicia de Zincirli, también de mediada la misma centuria, en donde se menciona que el monarca de los danunios ejerció cierto dominio sobre el país de Sam’al, y en las tablillas de Alalah, en la forma Atanni.

Su aspecto externo, como aparecen representados en los relieves de Medinet Habu, vestidos con un gorro compuesto de plumas o hierbas atado con una cinta bajo el mentón, los asimila a otros componentes étnicos de los Pueblos del Mar, caso de los Peleset o los Tjekker, que parecen ubicarse originariamente en este mismo contexto geográfico.       

En cualquier caso, y a pesar de las dificultades que presentan estas dos identificaciones reseñadas, no se puede descartar por completo una posible presencia de elementos egeos en el conglomerado étnico denominado Pueblos del Mar, en especial si se tiene en consideración que se ha probado la presencia micénica en las costas occidentales de Asia Menor, en concreto en Mileto, identificable con esa Millawanda de los textos hititas, y tal vez en otros sitios de la geografía anatolia meridional. En consecuencia, no sería una locura imaginar que hubieran participado en una serie de incursiones, con el objetivo primordial del saqueo, aprovechando el vacío de poder ante la inestabilidad imperante en el Mediterráneo oriental, y no tanto con el deseo de instalarse permanentemente en otros territorios. Hay que recordar que la práctica de la piratería por los reinos micénicos no fue inhabitual. De hecho, es muy factible que las incursiones hacia Egipto en busca de botín de parte del falso cretense que quiere simular Odiseo, podrían representar un recuerdo inmemorial de semejantes actividades.

Las noticias parcas y muy diseminadas sobre estos ataques y avances, halladas en fuentes orientales, particularmente egipcias, recogen, muy probablemente, sólo una pequeña porción de un fenómeno más complicado y extendido que pudo afectar a la mayoría del ámbito geográfico señalado y regiones periféricas colindantes, Uno de tales avances perturbadores podría estar detrás de la presunta realidad histórica oculta tras la mítica guerra de Troya que, en cualquier circunstancia, parece más el resultado o el síntoma de los disturbios del periodo que la causa directa o el origen de los mismos. En tal sentido, el ciclo épico de los Nóstoi o retornos de los diferentes héroes protagonistas en la guerra de Troya y su dispersión por diferentes rincones del Mediterráneo, oriental y occidental, configuró el modelo mítico adecuado para explicar la presencia griega en el exterior dando cuenta, además, y probablemente, de forma distorsionada, de un proceso migratorio general acontecido tiempo atrás, que habría dejado improntas en la tradición oral de la que emana la poesía épica.

La tradición mítica helena, aglutinada en los poemas épicos como los Nóstoi o la Melampodia que se le atribuye a Hesíodo, recoge noticias sobre la emigración de ciertos héroes griegos hacia territorios orientales al finalizar la guerra de Troya o después de la destrucción de Tebas a manos de los Epígonos. Anfíloco, vástago de Anfiarao, marchó hacia Panfilia y Cilicia, fundando la ciudad de Malos, fundación compartida en otros testimonios con el adivino Mopso, quien habría conducido a los emigrados hasta las regiones levantinas de Siria y de Palestina; El nombre Mopso, de hecho, aparece en documentos orientales, caso de los textos hititas o la inscripción bilingüe de Karatepe, un factor que refleja la presencia griega en estas zonas, expresado en tradiciones míticas ulteriores. Teucro, por su parte, hijo de Telamón, se desplazó hasta Chipre, donde fundó Salamina; Agapenor, dirigente arcadio, se dirigió hacia la misma isla, en donde fundó la nueva Pafos.

El periodo de los retornos conforma un relato sobre naufragios e itinerancias, de establecimientos forzados en tierras alejadas, también de regreso a hogares fragmentados y dominados por pugnas familiares o sobre emigraciones con la finalidad de construir una vida en nuevos territorios. Heródoto se hace eco de estas tradiciones al mencionar que Anfíloco habría fundado la ciudad de Posideo, en la frontera entre cilicios y sirios, que los cilicios recibían antiguamente el nombre de hipaqueos o que los panfilios descendían de aquellos soldados que acompañaron a Calcante y Anfíloco después de la dispersión de los griegos que retornaban de Troya.

Aunque tales tradiciones no sean un eco o reflejo fidedigno de las migraciones de finales de la Edad del Bronce e inicios de la Edad Oscura, la dispersión de la cerámica micénica III C, de fabricación local, por las costas del Mediterráneo oriental, vendría a reflejar en el registro arqueológico la veracidad básica de tales mitos y leyendas.       

La posibilidad de que, en sus inicios, la implantación de los filisteos en Palestina estuviera relacionada directamente con los movimientos de población provenientes del Egeo, constituye una vía más hacia la presencia de gentes egeas, seguramente micénicos, en las costas orientales. En todo caso, los filisteos asentados en Palestina quedaron prontamente asimilados al entorno cananeo en el que habitaban, adoptando lengua y escritura locales, así como sus deidades, de manera que el probable legado egeo fue olvidado y las influencias locales se convirtieron en preponderantes. Existen dudas acerca de la realidad histórica de estas hipótesis. Es muy posible que la cerámica de tipo micénico III C, que combina elementos chipriotas y micénicos, pudiese avalar una migración oriental desde la isla de Chipre más que desde el ámbito egeo o de la Grecia continental, pues en Chipre pueden haber tomado forma los elementos del nuevo complejo cultural que caracteriza toda la región.

Debió existir un constante flujo de gentes que iban buscando seguridad y nuevas oportunidades que ofrecían espacios como Chipre. Para lograrlo recorrerían las antiguas rutas marítimas, llevando consigo esquemas artísticos e ideológicos. Estos migrantes pudieron ser, en cualquier caso, especialistas en determinadas habilidades artesanales o comerciantes, más que familias enteras.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, septiembre, 2021.

 

2 de agosto de 2021

Zoroastrismo. Una semblanza de la religiosidad persa aqueménida



Imágenes, de arriba hacia abajo: el dios Mitra, el rey Ardashir II (Artajerjes) en el centro y el dios Ahura Mazda a la derecha, que le entrega el poder. Siglo IV; Figura en terracota de un sogdiano, datada en el siglo VIII, con velo de capucha. Puede ser un sacerdote zoroastriano oficiando un ritual en un templo del fuego. Museo de Arte Oriental del Turín y; moneda de plata de Yazdegerd II, con presencia de un altar del fuego y dos presuntos sacerdotes o ayudantes.

La política religiosa persa aqueménida fue esencialmente tolerante. Este notable hecho contrasta con la práctica habitual, y mucho más tradicional en el Próximo y Medio Oriente, que era la de perseguir o desterrar la divinidad tutelar del pueblo vencido en combate, aislándola de su lugar de origen y residencia habitual.

La religión aqueménida se suele vincular a un individuo llamado Zoroastro. Lo poco que se sabe de este personaje procede de los gathas del Yasna, uno de los libros del Avesta. La situación político-social del mundo de Zoroastro estaba impregnada de valores guerreros, reflejando una distribución espacial fragmentaria que nada tenía que ver con la sociedad homogénea aqueménida y su estricto régimen monárquico. Por tal motivo quizá la presencia de Zoroastro haya que retrotraerla al tránsito entre el II y I Milenio a.e.c., lo que explicaría el escaso carácter mazdeísta de la dinastía fundadora de los persas. La formación del zoroastrismo se puede encuadrar, de modo genérico, entre 1600 y 1200 a.e.c., en la región del noroeste de Irán. Se trata de una de las primeras religiones henoteístas conocidas.

La religión irania parece haberse desarrollado, de modo genérico, en tres fases. En principio, una fase que supone un sistema politeísta, que sería la religión de los nómadas indoeuropeos; en segundo término, una etapa de renovación, propuesta por Zoroastro, para adecuarse a las nuevas estructuras sociales y económicas, y que supone ya un monoteísmo ético dualista, abiertamente opuesto al politeísmo previo; finalmente, un período de parcial recuperación del politeísmo a través de procesos sincréticos, elaborados teoréticamente por el clero (los sacerdotes avésticos y los magos medos), por necesidades de la política imperial. En el sistema religioso aqueménida Ahura Mazda no será el dios único, sino el más grande, un hecho que favorecía la política de integración de los territorios conquistados a través de un aparato ideológico. Los reyes persas se asimilarán a esta deidad, considerándose sus representantes en la esfera terrenal, lo cual les facilitaría la posibilidad de justificar el sometimiento de la población.

La religión en Irán antes de la reforma de Zaratustra-Zoroastro presentaba rasgos análogos a los de la India védica, como el sacrificio de animales, aquellos dedicados a la entidad divina llamada Geush Urvan, y el empleo de la bebida ritual haoma (soma védico). Los seres divinos pertenecían a dos clases, los ahuras o señores y los daivas o dioses. Se trataba de una religión que correspondía a la aristocracia guerrera. Con la reforma de Zaratustra (Zoroastro), se rechazaron los sacrificios sangrientos y se propuso un cambio en el panteón, que pretendía ser monoteísta y dualista al mismo tiempo.

Entre las fuentes del zoroastrismo, puestas por escrito entre los siglos IV y VI, se destacan el mencionado Avesta y los escritos en pahlavi o persa medio, redactados tardíamente (durante el siglo IX), entre los que deben señalarse el Zand, una interpretación del Avesta, el Bundahishn o génesis zoroastriano, el Denkard y el libro Namag, entre otros.

Con el zoroastrismo asistimos a una revolución puritana de las costumbres. El recurso a la idea del libre albedrío no supera, sin embargo, una contradicción lógica, pues Ahura Mazda, señor supremo, creador de los contrastes, tiene dos hijos gemelos, Spenta Mainyu (Espíritu Benefactor) y Angra Mainyu (Espíritu Negador), que deben escoger entre la verdad asha y la mentira druj, pero ambas consisten, a la vez, en pensamientos, acciones y palabras malas o buenas. Tal dualismo ético tiene aspectos cosmológicos, teológicos y antropológicos.

Ahora los ahuras son dioses que optan por asha, y los daivas demonios que eligen la mentira. Los intermediarios entre el espíritu benefactor y los seres humanos son los Anesha Spentas, Inmortales Benéficos, en realidad un conjunto de virtudes (pensamiento, verdad, devoción, plenitud, entre otros varios), propias de Ahura Mazda, pero también atributos de los mortales que se acogen al orden de la verdad.

Los sacerdotes avésticos orientales, y más tarde los sacerdotes occidentales, conocidos como magos, llevaron a cabo síntesis de los aspectos tradicionales. Recuperaron antiguos dioses y transformaron otros, como Indra, en demonios; además, aparecen otras divinidades mazdeas que son reinterpretaciones de la diosa indo-irania conocida como Sarasvati y de Mitra. En el panteón mazdeo Mitra preside, al lado de Sraosha y Rashnu, el juicio de las almas tras la muerte. Otras divinidades relevantes son ahora Verethragna, deidad de las victorias o Vayu, dios que preside el viento.

Como características cruciales del zoroastrismo derivado del mazdeísmo podríamos señalar las siguientes: la presencia del Faravahar, símbolo del alma antes de nacer y después del fallecimiento; la preeminencia del fuego como elemento sacro, lo cual redunda en el hecho de que la práctica funeraria no haya sido la cremación; y la creencia en una resurrección además de la existencia de un paraíso, en tanto que se espera un salvador, de nombre Saosyant al final de los tiempos, que hará resucitar a todos los fallecidos. Las almas tendrán que cruzar un puente y serán juzgadas tanto por sus actos como por sus palabras y hasta por sus pensamientos. Una vez eliminado el mal, la salvación se universaliza.

Las enseñanzas de Zoroastrismo, como religión monoteísta y dualista a la par, se focalizaron en la naturaleza espiritual y moral del ser humano, así como en el determinante encuentro entre el bien y el mal, destacando la libertad humana para elegir moralmente entre uno u otro. Acabaría siendo sustituida por el Islam a partir del siglo VIII.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, agosto, 2021.

 

30 de julio de 2021

Ejemplos del arte budista chino: relicario en plata


Algunos notabilísimos ejemplos de vajillas en plata de época Tang, como la que se muestra en la imagen, han sobrevivido hasta nuestros días. Extensamente usada por las clases superiores, solían adoptar formas y motivos propios de las regiones occidentales de Asia, unos territorios con los que los dignatarios Tang tenían estrechos contactos diplomáticos y comerciales. Una de estas piezas, depositada en el templo Famen (un lugar que estuvo bajo el patrocinio de la corte, en Fufeng, provincia de Shaanxi), es el relicario en plata dorada de la fotografía, que muestra a un bodhisattva arrodillado sobre un trono de loto.

En la inscripción se remarca que el objeto fue presentado al emperador en el año 871, con la esperanza de que le propiciase una larga vida, tuviese una gran progenie y fuese capaz de someter a su poder el mundo entero. Conviene recordar al respecto que entre los motivos del patrocinio del arte religioso budista se encuentran la piedad personal, el deseo de una larga vida y de una numerosa descendencia, pero también el mantenimiento del poder político.

Prof. Dr. Julio López Saco 

UM-FEIAP-UFM, julio, 2021.

22 de julio de 2021

Influencias orientales en la mitología y religión griegas. Una visión historiográfica

No es ya discutible hoy la influencia oriental (Mesopotamia, Próximo Oriente, Anatolia) sobre el ámbito cultural griego en aspectos como las ciencias, el arte, el comercio o la filosofía. No obstante, los campos en los que los paralelismos existentes entre el mundo griego y el oriental han llamado poderosamente la atención de los investigadores y estudiosos ha sido el de la mitología, tal como aparece reflejada, naturalmente, en la literatura, y el de la religión, sobre todo después del desciframiento de los textos mitológicos hititas y de la literatura ugarítica. En los años treinta del pasado siglo fue Franz Dornseiff uno de los primeros clasicistas que apostó, aunque no exento de cierta polémica, por el estudio de las formas paralelas de la poesía griega y la oriental, babilonia o fenicia, contribuyendo con una importante lista de préstamos griegos tomados de Oriente.

Sería la publicación del texto hitita Reinado del cielo, que menciona la castración de la deidad celestial por Kumarbi, la que acabaría siendo un notable punto de inflexión en función de las evidentes similitudes que ofrecía con el mito griego de Urano y Cronos tal y como se refleja en la Teogonía hesiódica. Otros trabajos pioneros relevantes fueron los de Peter Walcot sobre la relación entre la poesía de Hesíodo y Oriente Próximo, así como el enorme compendio sobre las relaciones de la mitología y la literatura griegas con las de Oriente Próximo de Martin West. Esta íntima relación entre los mitos griegos y los del Oriente Próximo fue explorada también en la segunda mitad del siglo xx por la investigadora francesa Jacqueline Duchemin, el historiador suizo de la religión griega Walter Burkert o la estudiosa española Carolina López Ruiz, por mencionar solamente algunos nombres de prestigio.

Debe mencionarse, del mismo modo, la sustancial contribución egipcia al desarrollo de la religión griega arcaica y clásica. En tal sentido, sobresale la arqueóloga estadounidense Emily Vermeule quien identificaba como préstamos procedentes de Egipto ideas griegas como la geografía del mundo subterráneo (modelada como un palacio de un reino de la Edad del Bronce) y la figura de Caronte, el peso de las almas de los muertos, o el concepto de los bienaventurados y su denominación (Makares), equivalente al egipcio Maakherou, alma en forma de ave. Incluso los juegos de mesa por parte de los difuntos también habría tenido su origen en las tierras del Nilo. El reconocido Walter Burkert sumaría el motivo del fuego dador de vida, idea que desempeña un rol relevante dentro del mito de los misterios de Eleusis.

La serie de comparaciones al respecto de las distintas realizaciones entre las culturas orientales y entre éstas y la griega se vio además facilitada por los muy sesudos estudios de ciertos indoeuropeístas de indudable prestigio, como es el caso, por ejemplo, de Jaan Puhvel.

A estos aspectos reseñados ha de sumarse también una determinada tendencia a desacralizar la cultura griega de parte de unos pocos reputados helenistas que han querido detectar la presencia de elementos “distorsionadores” dentro de un luminoso (e idílico) marco generado por los promotores del ideal milagro griego, presidido por la racionalidad, la armonía y el equilibrio. En semejante dirección se tiene que mencionar el celebérrimo trabajo de Eric Dodds, Los griegos y lo irracional, que se centraba en mostrar la cara oculta de la mentalidad griega, destacando la presencia y relevancia de determinadas formas de culto muy impregnadas de aspectos irracionales. En la misma línea se hallan los trabajos de la escuela de París, a cargo de los afamados Marcel Detienne y Jean-Pierre Vernant, quienes siguiendo los pasos del antropólogo Louis Gernet, pusieron de relieve las facetas de la cultura griega que no se ajustaban al esquema racionalista y modélico diseñado desde una clara óptica clásica idealizante.

A pesar de la creciente cantidad de evidencias que apuntan al reconocimiento de la influencia de las civilizaciones orientales en la formación de la cultura griega en determinados momentos de su desarrollo, han existido  resistencias por parte de algunos especialistas. Estos estudiosos se niegan a asumir la susodicha dependencia, argumentando disímiles y complejas estrategias para paliar los efectos de la misma si no queda más remedio que asumir tal posibilidad histórica. En ese orden de acontecimientos, cobró fuerza la idea de separar el legado mitológico griego del de sus vecinos orientales, sobre todo de la mano de renombrados estudiosos de la filología clásica, caso de U. Wilamowitz, M. Müller, Ch. G. Heyne o Friedrich Welcker. Aunque se maquillaban simplemente determinadas tendencias ideológicas antisemitas, la principal estrategia académica consistía en apuntalar el bien conocido ideal del genio griego particular, capaz de articular y generar por sí mismo las ingeniosas narraciones que han trascendido como mitos gracias a la tradición literaria  que  ha sobrevivido. Estos especialistas, herederos intelectuales de los conceptos de Winckelmann, fueron personalidades de gran erudición filológica, capaces de configurar el mito de la autarquía creativa-intelectual helénica, que marcaría a fuego al neohumanismo alemán originando el etéreo “milagro griego”.

La contribución oriental a la cultura griega se llegó a minimizar hasta el paroxismo. Quedaría reducida a unas pocas costumbres, habilidades manuales, fetiches, ornamentos anticuados y utensilios específicos de unas repelentes divinidades. Algunos, como Julius Beloch, acabarían negando de forma drástica la presencia oriental (en un marco genérico de antisemitismo, hay que remarcar), así como la posibilidad de que en las leyendas pudiera encontrarse cualquier atisbo de realidad histórica, relegando al terreno de la mera fantasía insustancial cuestiones como el Cadmo fenicio o el Heracles de Tasos. Llegó a sostener incluso que los fenicios fueron solo un pueblo oriental de carácter mítico (denominación heredada de Phoenix, divinidad solar con credencial  de existencia histórica), que ulteriormente serían identificados con los habitantes de la costa del Levante oriental en el periodo arcaico griego.

Similares reacciones de esta suerte de negación radical de influencias orientales se oficializaron sin rodeos en terrenos como al arte o la filosofía (Eduard Zeller, Robert Cook o John Boardman, por ejemplo).

El ámbito clasicista fue el propiciador de ese modelo ideal, abstracto, denominado ”milagro griego”, en el sentido de la plasmación de un espíritu o genio específicamente helénico que marcaría todas las creaciones surgidas en el ámbito de la civilización griega con un sello distintivo propio, incomparable con el de otras culturas de la Antigüedad. Semejantes ideas fueron expuestas en obras de historiadores como Jacob Burckhardt, en trabajos de helenistas alemanes como Helmut Berve, Werner Jaeger y V. Ehrenberg, empeñados en descubrir valores y esencias protitípicos de la helenidad, así como en otros autores, de la talla de Johann G. Droysen o Victor Duruy.

En fechas ya bastante recientes (fines de los años ochenta del pasado siglo), se reabrió el debate (nunca realmente finalizado), sobre las relaciones entre la cultura griega y las civilizaciones orientales, gracias al seminal libro de Martín Bernal (Atenea Negra. Las raíces afroasiáticas de la civilización clásica), que provocó la reacción de quienes defendían los cimientos sobre los que se asentaba el predominio intelectual y educativo de la cultura clásica. El fin primordial, en consecuencia, era establecer el concepto de identidad griega nacional a modo de modelo de civilización autónoma y autosuficiente. En esta obra (hoy justamente desautorizada) se defiende la influencia ejercida por fenicios y egipcios sobre el mundo griego en el II milenio a.e.c., a través de oleadas invasoras y colonizaciones llevadas a cabo por egipcios y semitas en el Egeo hacia fines de la Edad del Bronce. Tales acontecimientos habrían quedado fijados de manera imborrable en las leyendas y mitos griegos.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, julio, 2021.

12 de julio de 2021

Arte antiguo budista en China hasta el siglo VII





Imágenes, de arriba hacia abajo: jarra cerámica con efigie del Buda; bronce dorado de un Buda meditando; cueva nº 285 en Mogao; grupo escultórico en bronce dorado de época Sui y; nicho pintado de Changzhi.

Las imágenes de Buda aparecieron en China como elementos aislados en la decoración de las tumbas de los miembros de las clases superiores, tanto en forma de pinturas murales como de relieves. La figura del Buda fue absorbida en la práctica funeraria y religiosa ya previamente existente en China. Fue una absorción específicamente fructífera en la zona sureste, en donde registros textuales sugieren la presencia de imágenes independientes de Buda realizadas ya a fines del siglo II. Se trata de figuras con presumible función de guía y protectoras de almas, aunque en un contexto ritual que incluye sacrificios a los ancestros.

Uno de los más antiguos motivos artísticos budistas de los que se tiene constancia arqueológica en China corresponde a una serie de jarras cerámicas fabricadas entre 250 y 280 en la región costera sureste de China, en el territorio del Estado de Wu, uno de los renombrados Tres Reinos constituidos tras la desmembración del imperio Han. Tales vasijas se debieron emplear en enterramientos en los que el cuerpo físico del difunto estaba ausente.

Otro de los varios sobresalientes ejemplos que se deben mencionar lo constituye una figura en bronce dorado de un Buda sentado en meditación, fechado hacia 338, que fue elaborado en el territorio del reno de Zhao Septentrional, una entidad política realmente efímera cuya capital estuvo en la célebre Luoyang. Esta pequeña imagen ilustra la relevancia de las cortes permitiendo la entrada en China del budismo como una religión de extranjeros, pero  que acabaría estableciéndose como una próspera institución de mecenazgo artístico y cultural. Los maestros budistas, operando en una época de constantes disputas y guerras, serían muy apreciados por los gobernantes de la tercera centuria.

Aunque no hay constancia arqueológica de esculturas indias en China, debieron existir, no obstante, imágenes importadas que estarían disponibles como modelos para los artesanos, tal vez dirigidos por monjes. Los textos budistas chinos más antiguos describen al Buda como una figura dorada, radiante, lo cual explicaría la prominencia de esculturas doradas. Serían imágenes no para ser ubicadas en los templos, sino dispuestas para formar parte de depósitos votivos con la finalidad de servir de protección a los donantes individuales de las mismas, al Estado o al mismísimo gobernante.

Las cuevas Tanyao, grupo de cinco cavernas esculpidas en unos acantilados en Yungang, cercanos a la ciudad de Datong, que datan del último tercio del siglo V (460-490), constituyen un complejo de arte budista templario cuyas raíces son indudablemente indias. Fueron construidas fuera de la capital de la dinastía Wei Septentrional, un Estado de conquistadores turcos servidos por aristócratas chinos, que dominó el norte de China entre los siglos V y VI. Los líderes de la comunidad budista, en respuesta al patrocinio regio, desarrollaron doctrinas que igualaban al mandatario con el propio Buda. En Tanyao destacan los cinco colosales Budas, erigidos en una época en la que se produjo una breve persecución del budismo (entre 444 y 450). Tal vez fueron construidos como un acto de expiación.

Estos cinco Budas probablemente representen los cinco emperadores Wei, aunque es también posible que el entero conjunto haya servido como un elaborado talismán para la protección de estado Wei, al construirse los enormes Budas siguiendo un programa iconográfico que incluía Budas del pasado, el futuro y el presente, a partir de influencias de origen cachemir. No se concibieron las esculturas, en cualquier caso, para que fuesen vistas por una gran congregación de fieles. Los donantes de las mismas, según se obtiene de las inscripciones, fueron monjas y devotas mujeres, nobles y asociaciones religiosas. Estas inscripciones reclaman bendiciones para las familias de los donantes y no, curiosamente, para la familia imperial. Los trabajadores responsables de las esculturas y programas iconográficos serían escultores de talleres imperiales, aunque las cuevas más pequeñas pudieron ser gestionadas por clientes privados.

En las cuevas de Mogao, en Dunhuang, provincia de Gansu, existió un monasterio mayor budista así como una serie de cuevas-templo que fueron objeto de peregrinaje, siendo visitadas por viajeros que transitaban las tutas terrestres entre China y el Asia occidental además de los que viajaban con la intención de adorar imágenes consideradas de especial eficacia. La peregrinación a sitios cultuales especiales fue una práctica cultural que el budismo adoptó en China. Encontramos en Mogao pinturas polícromas y escultura en terracota modelada sobre núcleos de madera. Uno de los ejemplos más notables es la cueva número 285, con presencia de escenas de cielos lunares y solares, narraciones alusivas a la vida del Buda histórico (Sakyamuni), así como una escenografía relativa al Paraíso Occidental (la Tierra Pura). Los murales de esta cueva conforman la evidencia más significativa del budismo esotérico en China. Tanto la cueva principal como los nichos y capillas adyacentes se usaron como técnicas de meditación por parte de monjes, de forma que tal vez no fueran accesibles a los peregrinos. Los pintores eran asistidos por los monjes del templo, bien como artistas propiamente dichos o bien como consejeros de la específica iconografía budista allí presente.

Los cambios doctrinales en el seno del budismo se reflejaron en novedosos arreglos iconográficos. En el siglo VII, las figuras individuales de gran formato que poblaban Yungang fueron sustituidas por típicos grupos de cinco figuras en los que los Budas aparecen flanqueados por bodhisattvas o discípulos (luohan), simbolizando en conjunto la doctrina del Mahayana o Gran Vehículo.

En tal sentido, una obra destacable al respecto es el grupo escultórico en bronce dorado, datado en el cuarto año del reinado de Kaihuang de la dinastía Sui (año 584), que fue encontrado en los suburbios de Chang’an, a la sazón la capital Sui. Este lugar se caracterizaba por la concentración de riquezas, el patronazgo político y una cultura aristocrática, aspectos todos ellos con los que se interrelacionaba la religiosidad budista. El grupo lo forma una figura central sedente del Buda Amitabha, mostrando el típico y elaborado repertorio ritual de gestos manuales (mudras), en este caso aquel que refiere la ausencia de temor. Aparece flanqueado por un par de bodhisattvas y, en frente, se encuentran dos Reyes Celestiales, guardianes del budismo, a su vez precedidos por dos leones gruñendo.

El donante de la imagen es un alto oficial de nombre Dong Qin, que ruega se bendiga al emperador de la nueva dinastía así como a su familia. Sigue a continuación un poema que enfatiza que las buenas acciones y la compasión con todos los seres vivos son parte esencial del proceso de renacimiento en el paraíso de la Tierra Pura. Los donantes atestiguan, de esta forma y al tiempo, tanto la piedad religiosa como la lealtad política.

El culto de Amitabha, el Buda de la Tierra Pura Occidental comenzó en China en un medio ambiente monástico alrededor del siglo V, expandiéndose al contexto doméstico hasta convertirse en la devoción budista por excelencia. En consecuencia, muchos santuarios caseros, característicos de la piedad popular, fueron realizados en diversos materiales, muchos perecederos.

La escultura en piedra, probablemente, no se empleó en contextos domésticos, sino que estuvo confinada en los templos, si bien vinculaba ambos espacios, casa y templo, a través del hecho de que las mismas solían ser sufragadas por donantes laicos. Un caso paradigmático al respecto es el grupo de un nicho pétreo pintado de Changzhi, en Shanxi, datado en el siglo VII, en el que se observa una figura sedente del Buda, en esta ocasión Maitreya, el Buda del futuro, flanqueado por una pareja de bodhisattvas vestidos con ropajes y adornados con joyas propios de los príncipes indios. Los Reyes Celestiales son remplazados ahora por discípulos vestidos con túnicas de monjes, en tanto que unos leones defienden el grupo. Este nicho pintado[1] fue, sin duda, un objeto de devoción.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, julio, 2021.



[1] Conviene recordar, en tal sentido, que al igual que en la antigua Grecia, en China la escultura estuvo originalmente decorada con una policromía naturalista.

 

6 de julio de 2021

Aspectos esenciales de la religiosidad Bön en Tíbet


Imagen: pintura a base de pigmentos minerales sobre algodón, que muestra un protector mundano, sometedor de demonios, propio de la religión bon. Rubin Museum Art, siglo XIX.

Se conoce con el término Bön a un tradición chamánica y animista tibetana, que hoy en día es una de las más relevantes escuelas espirituales en Tíbet. Uno de sus centros simbólicos principales será el muy conocido monte Kailash, sacro también para el hinduismo.

La adaptación del Bön al Budismo que llega de Khotan,  desde las culturas iraníes dentro del Tibet Occidental o desde India, propiciará la división entre el Bon Blanco y el Negro. Los textos fundamentales del primero son los Vehículos del Fruto, mientras que el Bon Negro o Arcaico rechaza el budismo y sus enseñanzas se contienen en los Cuatro Vehículos de la Causa. Este Bön antiguo se fundamenta en diversas creencias acerca de la naturaleza y en prácticas chamánicas de talante animista.

La tradición mítica del Bön, señala que fue fundado por un personaje mitológico de nombre Shenrab Miwo, quien habría habitado una suerte de tierra espiritual idealizada de nombre Omolungring, lo que parece ser una mezcla de la idea de Shambhala, el Monte Meru budista y el referido Kailash. Este lugar, asociado a tribus nómadas, estaría en Persia o Arabia o bien al occidente del reino de Zhangzhung, que se ubicaba en el Tibet Occidental. En consecuencia, es probable que el Bön provenga de Asia Central, tal vez de un área cultural iraní. Miwo llegaría a Zhangzhung, siempre según la tradición, entre los siglos XI y VII a.e.c.

La influencia de Zhangzhung se adentraría en el área de Yarlung, en Tibet Central, permaneciendo hasta la fundación, por parte de Songsten-gampo, del primer Imperio Tibetano.

En las primeras etapas del Bön existió un gran énfasis en el más allá, particularmente en el llamado Estado Intermedio, de ahí la práctica de rituales funerarios muy precisos.

Muchos textos zhangzhung fueron sepultados dentro de paredes de barro en el monasterio Samye por parte de un gran maestro llamado Jampa-namka. Los bonpos enterraron, por tanto, lo que puede entenderse como las enseñanzas Bön. Estos textos sepultados en Samye, fueron descubiertos por primera vez en 913, pero luego fueron codificados en 1017 por el gran maestro bonpo Shenchen Luga.

Hay algunos factores en común entre el Bön y las tradiciones del budismo tibetano. Podría considerarse a los bonpos como otra forma de budismo tibetano, si bien esto dependerá de la manera que se tenga de definir la tradición budista. Lo cierto es que el Bön habla sobre la iluminación, de alcanzar la iluminación y también de Budas. Además, el Bön posee la tradición de los debates, igual que las tradiciones budistas tibetanas, y enfatiza las ciencias tradicionales indias, como la medicina o la astrología. El Bön, como el budismo tibetano, posee monasterios y votos monásticos así como un sistema de tulkus, igual al de los monasterios budistas.

Algunos elementos tomados del Bön por el budismo tibetano son determinados métodos de adivinación y el llamado tejido de la armonía espacial, una tejido en forma de telaraña de hilos con muchos colores que representan los cinco elementos. Proviene de la idea de armonizar los elementos externos previamente al trabajo con los internos o karma. En el fondo, se trata de armonizar los elementos y advertirle a los espíritus que nos dejen tranquilos, pues el espíritu de alguna persona puede ser robado, eventualmente, por espíritus dañinos.

El concepto de las famosas banderas de oración proviene, asimismo del Bön. Poseen los colores de los cinco elementos y se cuelgan para armonizar y equilibrar los elementos externos. Muchas de tales banderas de oración portan la imagen del caballo del viento, asociado al caballo chino de la fortuna. Del mismo modo, elementos de la sanación Bön entraron al budismo como es el peculiar caso concreto de rociar agua bendita con una pluma de ave.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, julio, 2021.


1 de julio de 2021

Instrucción y consejo. Hombre, moral, política y Estado en la antigua China


Imágenes, arriba, edición del Hanfeizi de la Hongwen Book Company (Guangxu), de época Qing. Museo Provincial de Hunan; abajo, retrato anónimo de Mencio, National Palace Museum, Taibei, Taiwán.

Entre el diverso conjunto de corrientes de pensamiento chino de la antigüedad, deseamos destacar, y en esta oportunidad analizar brevemente, el ideal de la bondad humana en Mencio, contrapuesta a la maldad en Xunzi, la teoría estatal de Mozi y, finalmente, la practicidad de legalismo de Han Feizi. Todo ello en un marco cronológico que abarca desde el siglo V al III a.e.c.

Al igual que creía Confucio, Mencio (Mengzi, 孟子 372-288 a.e.c.) pensaba que el hombre superior, verdadero sabio, debía cultivar la benevolencia, virtud suprema, y debía también anteponer la rectitud, el deber, al interés provechoso. Mencio establecía que la naturaleza humana estaba conformada por un conjunto heterogéneo de deseos, apetitos y tendencias espontáneas, lo cual nos asemeja a los animales.

No obstante, existe una diferencia esencial respecto al mundo animal, que es el corazón (xin), justamente lo que el hombre superior cultiva y el común ignora. El corazón, que piensa y delibera, puesto que es el órgano del pensamiento, contiene cuatro sentimientos naturales, raíces de las virtudes y de las tendencias morales que son el fundamento de la bondad innata del hombre: la compasión, que espontáneamente nos conduce hacia la benevolencia; la vergüenza, que nos lleva hacia la rectitud; el respeto y la modestia, que es el camino hacia la urbanidad, las formas, la etiqueta y el cumplimiento ritual; y el sentir lo que está bien o mal, inicio del camino de la sabiduría. Estos sentimientos, raíz de las virtudes innatas en el hombre pueden, sin embargo, agotarse y llegar a desaparecer, lo que implica, necesariamente, su continuado cultivo.

Las virtudes morales son congénitas a la naturaleza humana. El mal procede de la ofuscación del entendimiento, de ahí la imperiosa necesidad, dice Mencio, de practicar la autodisciplina. El fundamento naturalista en Mencio se convertirá, finalmente, en una especie de utilitarismo.

Para Xun Kuang (Xunzi, 荀子 312-238 a.e.c.) el hombre es malvado por naturaleza, incontrolado, egoísta, y por eso debe, utilizando un mecanismo artificial, educarse con esfuerzo consciente y dedicación, así como disciplinarse en el seno del marco social para adquirir la bondad. En este sentido, se hace necesaria la influencia civilizadora de la legislación, de los ritos y de la virtud de la rectitud.

No obstante, aunque el ser humano no es bueno por naturaleza, si es, en cambio, inteligente, y posee un corazón que piensa, mecanismo que le puede servir para sobreponerse a sus impulsos naturales innatos y así alcanzar la bondad. Esta evidente negación de la filosofía de la naturaleza humana es una filosofía positiva de la cultura, puesto que todo aquello valioso, bueno y útil en el hombre es resultado directo del propio esfuerzo humano, un producto, por tanto, cultural. La bondad reside en el ordenamiento cultural que logramos imponer sobre el caos de nuestras tendencias espontáneas naturales.

En general, el hombre es un ser que desea todo de manera espontánea, al igual que los animales, factor por el cual tendemos a la pelea, la disputa, el conflicto. Es a través de la moralidad, las costumbres y las ceremonias, que establecen límites definidos, así como mediante la repartición de rangos, derechos y obligaciones, como podemos frenar nuestros impulsos naturales. Adquiridos estos buenos principios, y asimilados por el corazón humano, se convierten en una suerte de segunda naturaleza, de modo que aunque no podemos evitar los deseos naturales intrínsecos al ser humano, si podemos, por lo menos, evitar seguirlos en el futuro.

El hombre necesita imperiosamente organizarse para sobreponerse a las demás especies animales, para domeñarlas y someterlas a su servicio. El ordenamiento social es el que, compensando la debilidad física frente a animales más fuertes o rápidos, nos hace gobernar sobre el resto de seres vivos. En definitiva, la superación humana de los deseos individuales se produce a través de la disciplina que impone la organización social a partir de la moralidad compartida; el hombre, una tormenta de tendencias anárquicas, debe someterse al imperio de la sociedad, la cual, mediante la represión, educa, domestica y canaliza, las tendencias humanas al desorden hacia una dirección que beneficie a todos, un beneficio general o colectivo, que es el verdadero bien. Así pues, la sociedad educa, las instituciones forman y la cultura triunfa sobre la naturaleza.

La manifestación, desde el nacimiento, de conductas  antisociales y egoístas solamente puede corregirse, en fin, a través de la influencia beneficiosa que ejerce el orden social. La sabiduría verdadera implica, por consiguiente, un entrenamiento moral, obtenido mediante la observancia de las normas rituales y las convenciones sociales. Estamos, así, ante una filosofía pragmática.

Mozi (Mo Di, 墨子 468-391 a.e.c.), por su parte, desarrolló una teoría del origen del Estado, según la cual éste surge de una suerte de pacto social que supera un previo y primigenio estado de anarquía y caos. Su razón de ser radicará en su utilidad, pues es el mecanismo esencial que contribuye al bienestar de la población, factor éste que supone entender al Estado al servicio de la moralidad (la política es, en el seno del pensamiento antiguo chino, una rama de la moral, aquella que se ocupa de las relaciones humanas esenciales, las del súbdito y el soberano).

En el principio de los tiempos, los seres humanos vivían en un Estado natural, caótico, anárquico, desordenado. El pueblo entendió la necesidad de un Estado para poder salir del caos, que se configura a partir de la presencia y acción de un primer soberano salvador, nombrado por el Cielo. El Estado creará el orden unificando los diferentes estándares individuales, lo que supone la existencia de una única opinión, la del monarca, que pone su absoluta moralidad al servicio del bienestar del conjunto poblacional, propiciando y patrocinando la humanidad, esto es, el amor universal y el provecho mutuo.

El jefe del Estado debe ser un líder moral, dar ejemplo de benevolencia y rectitud. En virtud de ello, únicamente el hombre superior o sabio puede ser un monarca apropiado, auténtico rey (wang). Se trata, en consecuencia, de un Estado totalitario y unificado al servicio de un ideal humanitario, que reconoce la habilidad, la virtud, el mérito y el talento para elegir a los funcionarios, obviando los privilegios aristocráticos previos.

El gobierno político debe estar centralizado, en tanto que los funcionarios tienen que ascender según sus méritos. De esta forma se beneficiaba a todos los grupos sociales, en función de un principio de amor universal. El pensamiento de Mozi, por lo tanto, enfatiza el racionalismo con una poderosa orientación lógica.

Los denominados “hombres de métodos”, caracterizados por su realismo y por su practicidad política, asesoraban a los príncipes en una época en la que el feudalismo de interrelaciones familiares Zhou se desmoronaba y China estaba inmersa en una lucha sin cuartel entre varios Estados. Estos hombres ofrecían métodos adecuados para la correcta dirección estatal, señalando que el éxito del soberano no estaba vinculado con su expresa virtud moral, sino con su sapiencia a la hora de aplicar un mecanismo adecuado. Esto suponía el desprecio de la anquilosada ritualidad anterior, el abandono de la tradición y su sustitución por leyes promulgadas de modo público, que todo el mundo debía obedecer aunque fuesen impuestas por el soberano.

La justificación filosófica de este método y doctrina, que cimienta una filosofía política, fue llevada a cabo por Han Feizi (韩非子 280-233 a.e.c.). Los problemas de esta época convulsa, denominada Reinos Combatientes (484-221 a.e.c.) debían afrontarse, en consecuencia, mediante una vuelta a las reglas conductuales pasadas, sin emplear ningún tipo de moralismo utópico. Tres son los factores que debían tenerse en cuenta: fa, las leyes por las que el Estado puede ser regulado; shi, el poder del soberano, que respalda y asegura la vigencia y aplicación de la legislación; y shu, la habilidosa manipulación sobre la población para lograr imponer las leyes. Tal manipulación se alcanza al dosificar premios y castigos; nobles y señores feudales eran regulados por el li, las buenas costumbres, ceremonias y el comportamiento caballeroso, mientras que la gente común lo era por los xing, castigos, penas. El mundo sólo es gobernable de acuerdo a la naturaleza humana, en la cual hay sentimientos buenos y malos, de placer y de disgusto, de modo que los premios y castigos son efectivos en igual relación, motivando que órdenes y prohibiciones se cumplan a rajatabla.

Han Feizi propone, en esencia, un conductismo político por el que la población es condicionada a portarse adecuadamente, según las leyes estatales, y mediante la amenaza de sanciones castigadoras. La población, en su totalidad, debe ser obligada a hacer lo que al Estado le conviene; para los que no lo hagan habrá severas penas y castigos, pues de otro modo no se asegura un Estado en perfecto orden. En este sentido, por tanto, el Estado que así se propugna es totalitario, y con dos orientaciones cruciales, la agricultura y la guerra.

Al margen de la milicia, la administración estatal y la agricultura ennoblecedora, únicamente restan comerciantes, artesanos, parásitos sociales (muchos de ellos filósofos y letrados confucianos), así como vagabundos, destinados todos ellos, en el fondo, a ser arrinconados y despreciados, cuando no a ser simplemente aniquilados.

Aboga Han Feizi, por consiguiente y en resumen, por una suerte de dictadura regulada por leyes impersonales que fortalezcan el Estado, sobre todo para la guerra. Un gobernante debe utilizar estrategias que le permitan mantener el control sobre las funciones legislativas, así como tomar las acciones necesarias para impedir la usurpación del poder por parte de los funcionarios, debiendo en todo momento mantener la autoridad suprema.

Se puede afirmar que desde la propia perspectiva de todos estos pensadores y filósofos arriba reseñados, la clave radicaba en hallar a un noble o a un gobernante valioso y digno a quien poder aconsejar. Se les ofrecía esencialmente instrucción y consejo.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, julio, 2021.

Bibliografía básica

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Fraser, Ch., Mozi. The Essential Mozi. Ethical, Political, and Dialectical Writings, Oxford University Press, Oxford, 2020

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Graham, A.C., El dao en disputa. La argumentación filosófica en la China antigua, edic. FCE, México, D.F., 2013

Mosterín J., Historia de la filosofía. La filosofía oriental antigua, Alianza edit. Madrid, 1983

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Wade, D., Breve Historia de la Filosofía Oriental. Las principales disciplinas y sus fundamentos, edit. Andrómeda, Buenos Aires, 2007

Wang Tianhai, Xunzi jiaoshi, 2 vols., ed. Guji, Shanghai, 2005 

 

22 de junio de 2021

Arte funerario de época Han (206 a.e.c.-220) en China






Son varias las piezas artísticas, así como los lugares, que se pueden destacar de esta época histórica. Se hará hincapié en algunos ejemplos de entre otros varios que podrían tratarse. Uno de los que más sobresale es el estandarte de seda pintado hallado en una tumba en Mawangdui a comienzos de los años setenta del pasado siglo. Datada en 168 a.e.c. se encuentra ubicada en Changsha, en la provincia de Hunan. Esta prenda simbólica puedo tener diversas funciones. Se pudo usar en el ritual de invocación del alma tras la muerte, o ser empleada como prenda llevada en procesión como parte de los ritos funerarios, antes de su definitiva instalación en la tumba. Pero también pudo ser un estandarte o bandera de nombre, foco de veneración por parte de los deudos durante la ceremonia fúnebre. Presenta cuatro niveles, empezando desde la cima con los cielos, en donde el sol y la luna están representados con sus respectivos símbolos, un cuervo y un sapo, mientras que seres inmortales y dragones pululan cabriolando por los cielos.

Más abajo se encuentran dos niveles de la esfera terrestre, en donde el ocupante de la tumba es mostrado como una anciana mujer, con su séquito y rodeada de sus sirvientes. Una serie de vasijas sacrificiales se hallan ante su cadáver. Hacia el fondo se encuentra el mundo subterráneo. Este estandarte ni fue un trabajo aislado, sino que debió formar parte de los elaborados rituales de enterramiento aristocrático, rituales en los que la tumba misma, su espacio físico, así como su contenido, eran únicamente la parte visible de los mismos.

Otro notable ejemplo digno de señalarse es el incensario en plata del palacio de la princesa Yangxin, hermana del conocido emperador Han Wudi, quien reinó entre 140 y 87 a.e.c. Con la forma de una rama de bambú, soporta un modelo en miniatura de montaña con unas oquedades para permitir que salga el humo. No es una montaña real, sino un paraíso en el que debe habitar el alma de la princesa después de su muerte, en compañía de bestias mágicas e inmortales.

Estas compañías se muestran a través de objetos de tumbas imperiales Han como un jinete inmortal realizado en jade blanco, aparecido en la tumba del emperador Zhaodi, datada en torno al año 70 a.e.c. A menudo vestidos con plumas, estos inmortales pululan con libertad al margen de la mundanidad, tal y como aparecen en los textiles de Mashan o en los sarcófagos de Mawangdui. Tales objetos, fabricados para formar parte de las ceremonias fúnebres, contienen imágenes que inflaman la cultura de las clases superiores. Es bastante probable que las representaciones de escenas paradisíacas hayan influido en el ulterior interés chino en las representaciones paisajísticas.

Un monumento esencial del arte funerario del período Han más arcaico lo conforman los diferentes bajorrelieves hallados en diversos asentamientos septentrionales, en especial, el grupo de esculturas en bajorrelieve del santuario de Wu Liang que fue erigido en 151 a.e.c. para un personaje de clase alta con ese nombre, denominación que podría vincularse con el rey Wu Ding, el cuarto monarca Shang, que gobernó desde la ciudad de Anyang, que aquí haría el papel de ancestro. En realidad, se trata de un complejo de santuarios en los que se llevaban a cabo ofrendas en honor de los hombres muertos de la familia Wu, en Jiaxing, provincia de Shandong. Los miembros de esta familia ejercieron como oficiales o funcionarios de grado medio en las instituciones de gobierno. En definitiva, por lo tanto, no se trata de un recinto funerario, esto es, de una tumba.

A lo largo de la primera centuria de nuestra era se produjeron cambios tanto en las prácticas de inhumación como en las creencias religiosas. La adoración, enfocada en la casa imperial y en la elite cortesana se modificó desde los templos de los ancestros, relevantes en los períodos de la Edad del Bronce, Shang y Zhou, a la tumba misma. Ahora son los recintos funerarios o los santuarios cercanos, los lugares en donde se realizan los sacrificios. Esos santuarios, es relevante comentar, se concibieron como lugares públicos, abiertos a todo aquel que deseasen visitarlos.

Entre las escenas individuales en bajorrelieve esculpidas en los muros del santuario, destacan escenas, como la denominada Batalla del Puente. Muchos de los paneles aparecen acompañados de cortos textos que identifican personajes referidos a los textos clásicos, en buen número personalidades míticas. Se trata de personajes propios de la tradición filosófica y espiritual de la antigüedad china. Esta decoración del santuario vincula ideas ultramundanas y del alma con el orden social sobre la esfera terrenal empleando elementos de la historia humana y también cósmica. La temática representada, de gran valor y relevancia iconográfica y simbólica, comprende varios temas asociados con la mitología taoísta y la historia confuciana. Se distinguen cuatro grupos temáticos: el de los emperadores legendarios, en pequeñas losas individuales, en una posición semi-perfilada, y con inscripciones explicativas en su margen izquierdo; las escenas que ilustran célebres cuentos confucianos, sobre todo aquellos en los que se destaca el valor de la piedad filial; una serie de escenas de la historia previa a la dinastía Han y finalmente; varias escenas relativas a personajes o a relatos característicos de la mitología taoísta.

El uso de la piedra, poco usada en fases previas pero ahora relevante en el santuario, refleja ideas acerca de la permanente conmemoración asociada a ideas cambiantes referidas al otro mundo así como al lugar que el individuo ocupa en él.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-FEIAP-UFM, junio, 2021.