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9 de enero de 2023

Mitología nórdica: Ragnarök, un final para un nuevo inicio


Imagen: el dios Thor peleando contra la serpiente Jörmundgander, en un cuadro de Johann H. Füssli (1788).

Los comienzos de la mitología nórdica se asocian a una religiosidad que fue elaborada por una sociedad guerrera y también agraria. A pesar del proceso de cristianización sufrido, la mitología y la religiosidad ha quedado vinculada al folclore y a la cultura popular, hasta el punto que los resurgimientos neo paganos de nuestros tiempos beben en esas fuentes.

Uno de los episodios destacables en el marco de esta mitología radica en el ineludible compromiso que las deidades tienen de cumplir un inevitable destino, que supone su muerte así como la destrucción del mundo conocido, lo cual dará paso a la construcción de uno nuevo. Es un relato influenciado por la tradición cristiana y, sobre todo, por los pormenores de la descripción del apocalipsis.

El término Ragnarök contiene el sufijo rök, que significa condenación, de ahí que estemos ante la condenación de las deidades. El final del mundo y el mito correspondiente viene precedido por aquel que narra la muerte de Baldr.

La destrucción del mundo natural tal y como es conocido conlleva la destrucción de la mayoría de los dioses a consecuencia de una guerra en la que estarán involucrados los Asir principales contra Surtur y un considerable conjunto de criaturas maléfica mitológicas malvadas. Las divinidades de la mitología nórdica tienen naturaleza divina, pero a la par pueden llegar a ser mortales. El final que supone Ragnarök es, en realidad, el principio de un mundo nuevo, positivo y sin maldad en su génesis.

Baldr, acostumbraba a tener sueños anunciadores de desastres personales y de malos augurios para las demás deidades. Un día decidió contarles a los dioses lo que le ocurría. Éstos se reunieron para averiguar qué pasaba y por qué el dios corría serio peligro. Decidieron hacer lo posible para que Baldr no tuviera problema alguno con nada. Para ello, la pidieron a su madre, de nombre Frigg, que pactase con los elementos, la naturaleza y las criaturas que en ella habitan para que nada pudiese herir a Baldr. Para comprobar la fiabilidad del pacto, los Asir quisieron probar la inmortalidad del dios asaeteándolo, tirándole piedras y golpeándole.

Pasada la prueba con éxito, un dios, Loki de nombre, parecía molesto con la lograda inmortalidad de Baldr, Vestido de mujer, Loki llega hasta Fensal, donde moraba Frigg. Allí le comentó que los dioses se divertían golpeando con objetos a Baldr.

Loki preguntó si todas las cosas creadas juraron no dañar a Baldr. Frigg le respondió con honestidad que al este del Valhalla una joven e inocente criatura llamada Mistelten (planta del muérdago blanco), no fue obligada a prestar juramento en función de sus virtudes e ingenuidad. Esta sería una vital información. Después de la conversación, Loki se dirigió al oriente del Valhalla, en donde arrancó el muérdago blanco. De vuelta a la asamblea en donde golpeaban a Baldr, convenció a Höðr, el hermano invidente del propio Baldr, de divertirse también, aunque no pudiese arrojar nada por su discapacidad. El malvado Loki acabó persuadiéndolo, al decirle el lugar hacia donde debía tirarle algo a su hermano y qué objeto emplearía. Así, le dio una parte de la rama del Mistelten. De esta manera, Baldr murió.

Los dioses, enfurecidos, clamaron venganza. Frigg preguntó quién quería conquistar su benevolencia yendo a buscar a Baldr hasta Hel; es decir, el inframundo, con el objetivo de hacer regresar después de abonar un rescate por su cuerpo. Hermod el Valeroso, hijo de Odín, se ofreció voluntario. Mientras Hermod cumplía su misión, los demás Asir llevaron el cadáver de Baldr hasta las orillas del mar para cremarlo. El barco Hringhorni se negó, de forma que se envió un heraldo a Jötunhem, para que alguno de los gigantes lograse mover el barco. Una gigante, Hyrrocken, montada en un lobo, se acercó y alejó el barco mar adentro. Thor, incapaz de evitar su ira, golpea a la giganta con su enorme martillo.

Finalmente, la esposa de Baldr, Nanna se ofreció a inmolarse con su marido en el barco. Al funeral, en las costas de Asgard, asistieron gentes de todo tipo y condición, además de todos los dioses con sus criaturas. Hermod continuaba son su largo viaje. Al llegar al lado de la guardiana Modgunna le dijo que se dirigía al sitio donde viven los muertos y habita Hela, en una misión divina de lo más vital: buscar el alma de Baldr, Al llegar se encontró con Baldr, que aguardaba su destino. Hela consintió en dejar regresar al dios junto con los Asir. Pero para hacerlo, todos debían mostrar verdadera tristeza por su muerte. Una gigante, Thoecka (Loki metamorfoseado) no quiso llorar la pérdida de Baldr para evitar su regreso al mundo de los vivos.

Descubierto el culpable, Loki empezó a ocultarse en diversos lugares adoptando distintas formas. Acabó siendo capturado por Thor. El castigo impuesto fue terrible, tanto para él como para su familia. Se trata de un castigo para siempre, hasta que se libere de sus ataduras en el Ragnarök.

El Ragnarök llegará en el momento en que venga un invierno de nombre Fimbul, que será muy intenso y durará tres años. Se desatará una guerra entre todas las criaturas, en tanto que las divinidades se enfrentarán contra los gigantes y contra sus propias familias. Se sucederán las armas, primero el hacha, luego la espada y ya al final la muerte. Todo antes de que llegue el fin del mundo. Uno de los vástagos de Fenrir, Skoll, se comerá al Sol y su hermano Hati, a la Luna. A continuación, caerán las estrellas y se desatarán espantosos movimientos sísmicos en la tierra, rompiéndose así las cadenas que ataban a Fenrir, liberando al hijo de Loki.

El océano, que ocultaba en sus límites a la serpiente Jörmungander (el otro de los hijos de Loki transfigurado), chocará con la tierra de los gigantes, haciendo que el ofidio ataque Midgard. El barco Naglfar conducirá a todos los gigantes hasta el campo de batalla, mientras el lobo Fenrir abriendo su boca, provocará el caos destruyendo todo. La serpiente Jörmungander envenenará el cielo y el aire. Los hijos monstruosos de Loki destruyen el mundo.

Las hordas de gigantes de fuego y otras criaturas formarán un ejército, dirigido por Surtur, que unido a los hijos de Loki pasarán por el Bifrost, rompiendo el puente que une todos los reinos hasta llegar a la llanura de Yigrd (Vigrid), lugar de los combates. Loki se liberará de sus ataduras, reuniéndose con todos ellos.

Los Asir y los Vanes se reunirán, en tanto que Odín acudirá al pozo de la sabiduría para hallar la cabeza de Mimir. El fresno Yggdrasil (árbol que es axis mundi) temblará y todos los reinos sufrirán. Los Asir reunirán los guerreros del Valhalla, que serán comandados por Odín. Este dios se enfrentará a Fenrir. Thor, por su parte, vencerá en épico combate a la sierpe Jörmungander, pero al tiempo la serpiente le envenenará, poniendo fin a su vida. Fenrir acabará devorando a Odín, y Vidar, hijo de Odín, le hará frente, matándolo finalmente. Loki se enfrentará a Heimdal y ambos morirán en su pugna. Surtur, que vence a Frey, destruye todo con fuego y con su ira. Es el instante en que el océano inundará la tierra.

No obstante, quedará un sitio en el que los humanos vivirán eternamente. También una playa donde habitarán los muertos, en pequeños espacios orientados al norte. Las personas perversas irán a parar aquí tras el Ragnarök, mientras que en el Hvergelmer, Nidhoegg roerá los cuerpos de los muertos eternamente. En cualquier caso, habrá sobrevivientes, sobre todo, ciertos dioses y otras criaturas. Del mar provendrá una tierra virgen verde de la que crecerán los cereales, procurando alimento. Sobrevivirán, por ejemplo, los hijos de Thor, Magni y Modi, y Baldr y Hödr volverán a la vida después del combate.

Del fuego que generó Surtur saldrán dos humanos, Lif y Lif-Thraser, quienes procrearán para repoblar la tierra de nuevo. Su alimento será únicamente el rocío. El Sol dejará a su hija en la función de su vital labor, lo mismo que hará la Luna. De este modo, habrá supervivencia de la vida tras el terrorífico Ragnarök.

Estamos en presencia, por consiguiente, de una cosmología cíclica, que implica una continua destrucción y renacimiento. El nuevo mundo busca lograr estabilidad, eliminado el mal y buscando desarrollar una vida estable. Sin embargo, el caos se volverá a generar, de forma que otra vez se destruirá todo y volverá a resurgir la vida. El proceso, interminable, se reanuda tras el Ragnarök con el resurgimiento de las y con la creación de una humanidad nueva. Un mitema, un tema recurrente, como se puede comprobar (diluvios, por ejemplo), muy extendido en las distintas mitologías antiguas.

Prof. Dr. Julio López Saco

UM-AEEAO-UFM, enero, 2023. 



 

9 de agosto de 2019

La idea de caos en Hesíodo


El caos ha sido interpretado como espacio por Aristóteles (Física), como agua por los estoicos o bien, más generalmente, como materia informe anterior a la ordenación del mundo, como ocurre con Ovidio (Metamorfosis) o Luciano (Amores). En ambos se observa con claridad la interpretación que origina el concepto moderno de caos como confusión.
En Hesíodo, por su parte, chaos significa vacío, hueco, lo que implica que no es una materia, ni el estado anterior, en virtud de que caos seguirá existiendo con posterioridad a las cosas y objetos producidos a partir de él. Se trata de una entidad que, incluso, puede tener descendencia, producida como suele ser habitual en los seres primigenios; esto es, de forma automática, no en modo de reproducción sexual. Caos es aquí la condición de la diferenciación, ya que tiene la capacidad de crear distintas entidades debido a que provoca una separación entre ellas. En términos generales, es contemplado como una abertura (probablemente entre cielo y tierra).
Caos no fue así siempre y, por lo tanto, no es eterno. Nació, se produjo. En tal sentido, entonces, lo eterno es lo preexistente a chaos y en lo que se produjo la abertura. En consecuencia, caos refiere el nacimiento de una entidad divina, primigenia, que surge del interior de un arcaico continuo primordial. Gracias a la característica de su oquedad logra separar este “continuo”, permitiendo que emerjan (manifestándose como diferentes), un par de nuevas realidades, la de arriba (cielo) y la de abajo (tierra). La aparición de caos es, así, el primer acontecimiento. Su producción es el primigenio acontecer, la primera modificación producida sobre el anterior estado de cosas previo al inicio del proceso cosmogónico. No se trata tanto de que chaos fuera lo primero en orden, sino que caos fue el propio origen de los hechos ocurridos, de los acontecimientos. Con su aparición, se pone en marcha indetenible el reloj de los acontecimientos, iniciando con su discontinuidad la línea temporal.

Prof. Dr. Julio López Saco
UM-FEIAP, agosto, 2019. 

17 de junio de 2017

El ámbito geográfico en la mitología egipcia





Imágenes (de arriba hacia abajo): disco solar con la cobra Wadjet protegiendo el nombre del faraón egipcio Tutankamon. Dinastía XVIII, hacia 1350 a.e.c.; Hapy llevando una corona de flores de loto. Muro del templo de Seti I, bancada occidental del Nilo, Luxor y; Osiris paseando o navegando por las estrellas en su barca estelar de la eternidad. Techo estelar en el templo de Hathor, en Denderah.

El duat, el mundo subterráneo a través del cual el dios del sol y los seres humanos fallecidos tienen que viajar, se encontraba atravesado por un poderoso río, contenía desiertos infestados de serpientes, lagos de fuego e islas misteriosas. En una sección de los Textos de los Sarcófagos conocida como El Libro de los Dos Caminos, existían mapas que mostraban la localización de los cielos para el muerto, como el Campo de las Ofrendas y las Mansiones de Tot y Osiris.  Uno de los senderos a través del mundo subterráneo era por el agua, mientras que otro por tierra[1]. Los paisajes míticos se han inspirado, en consecuencia, en la peculiar geografía egipcia.
Los afloramientos rocosos y las colinas cónicas que asemejan las pirámides posteriores fueron marcas del terreno y lugares de reunión. Las tierras húmedas y verdes con hierba eran el hogar de una gran variedad de vida salvaje. Muchos animales, como el buitre, el león, el chacal o la gacela, entre otros varios, fueron asociados con las deidades egipcias. La ausencia de precipitaciones regulares hizo imperativo que la gente buscase fuentes permanentes de agua. Algunos grupos, los más, se asentaron en los márgenes del valle del Nilo y se aventuraron hacia las zonas pantanosas entre animales como hipopótamos, cocodrilos, toros salvajes o serpientes. En el IV milenio a.e.c. la gran mayoría de la población se encontraba asentada en el valle. Las zonas pantanosas fueron drenadas y liberadas de vegetación, de manera que comenzaron a florecer granjas de cereales y la agricultura se practicó a gran escala. Estos acontecimientos fueron hechos comprensibles a través del mito en el que Osiris viajaba entre la humanidad enseñándole las artes agrícolas[2]
El río Nilo es un factor geográfico omnipresente sin el que Egipto no se entendería. En el Delta del Nilo unas pocas colinas arenosas permanecían sobre el nivel de inundación. Este factor puede explicar porqué se decía en Heliópolis y en los sitios del norte de Egipto, que los montículos primigenios presentes en el mito estaban hechos de arena pura. En la cosmología, tanto el reino celestial como el inframundo poseían un río que discurría a través de ambos. En Egipto, la luna, el sol y las estrellas se mostraban navegando los cielos en botes. Tal es así que uno de los nombres para Egipto fue el de Dos Bancadas, en tanto que el río unificaba y, a la vez, dividía el país.
Nunca hubo puentes en el Nilo en la antigüedad, de forma que atravesar de una orilla a la otra suponía un riesgo de muerte, bien por ahogamiento o por la elevada posibilidad de ser devorado por un cocodrilo. El peligroso viaje en barco llegó a ser una parte central en el mito egipcio. El barco del dios del sol siempre era atacado por una manada de asnos salvajes o por la sierpe del caso, Apep-Apofis. La barca que llevaba el cuerpo de Osiris debía pasar a través de un conjunto de enemigos antes del que el dios renaciese de nuevo. Es bien conocido que la bancada oriental del Nilo, donde nace el sol, era el reino de la vida y, por consiguiente, el más apropiado lugar para erigir templos y ciudades, mientras que la bancada occidental, en donde se ponía el sol, era designada como  el reino del muerto y, por tanto, el lugar apropiado para edificar tumbas, cementerios y templos mortuorios.
Los egipcios contemplaron su territorio como dividido en dos zonas, la fértil Tierra Negra de la llanura inundable, la peligrosa Tierra Roja de los desiertos que rodean a la primera[3]. Isis, Osiris y Horus fueron las deidades asociadas a la primera región, en tanto que Neftis, Anubis y Set, lo fueron a la segunda. La Tierra Negra estaba bajo la constante amenaza del mar Mediterráneo y del desierto circundante. El Mediterráneo era conocido como Gran Verde, aunque un término más genérico fue el Enceñidor, el que circunda o rodea (y, por tanto, puede constreñir). De hecho, se creía que el océano primigenio, desde el cual el creador había emergido, rodeaba el mundo. La costa egipcia necesitaba elevados depósitos de limo para mantener la costa encima del nivel del mar. Una tierra contaminada con sal era inútil para el cultivo. Es por eso que un mito presentaba al Mediterráneo como un monstruo codicioso que amenazaba con cubrir la tierra entera a menos que se le ofrecieran tributos, que incluían una bella deidad, en este caso Astarté. Set, el más fuerte de los dioses, será el encargado, finalmente, de devolver el monstruo al mar[4].
Se pensaba que la fuente principal del Nilo estaba en el océano primigenio. La inundación anual era descrita, en consecuencia, como el retorno de Egipto a su estado primigenio. Las aguas de las crecidas tenían que ser cuidadosamente controladas por sistemas de de canales y diques para, de esa manera, impedir desastres.
Por tal motivo, se ofrecía más una adoración a los controladores divinos del Nilo, como los dioses creadores y las diosas de las estrellas, que al río mismo. Dieciséis vasijas, o el mismo número de figuras de Hapy, quien personificaba los aspectos benevolentes de la inundación, solían ubicarse en algunos templos para representar el nivel perfecto de agua. Con el paso del tiempo, ciertos mitos fueron reconfigurados para explicar la crecida y asegurar, así, su uniforme continuidad. De tal manera, las lágrimas que vierte Isis por su marido, así como las sustancias que transpira su cuerpo, se convirtieron en causas de la inundación. El poder de la inundación, para traer vida y muerte se vincula con el mito del Diosa Distante, una hija de Ra, la cual tras un altercado con su padre, se fue a vivir al desierto, y a la que se persuadía para que regresase.
Los desiertos que rodeaban la Tierra Roja contenían importantes recursos vitales para los egipcios, como minerales o piedras necesarias para las construcciones. Por ese motivo, se enviaban expediciones para explotar tales recursos, aun a riesgo de morir de cansancio, de calor o por alguna tormenta de arena. La imperiosa necesidad de mantener limpios de arena los canales de irrigación era tan importante que, incluso, se esperaba que fuese también un trabajo que había que desempeñar en la otra vida.  En virtud de estas condiciones medioambientales no es sorprendente que la mitología egipcia haya estructurado la vida como una constante lucha entre las fuerzas del orden y las del caos. En esa batalla todos debían participar.
Los egipcios podían, eventualmente, dejar el mundo ordenado y penetrar en una zona pantanosa o desértica. Las áreas de marjales se localizaban en  las proximidades del valle del Nilo y, sobre todo, en ciertas zonas del Delta. Estas regiones pantanosas eran representadas en el arte egipcio y empleadas en la literatura como lugares de deleite pero también de extremo peligro. Eran territorios sacros para Hathor-Sekhet, la Gran Diosa Vaca, Sobek, el Señor de los Lagos, o Wadjet, la diosa cobra. En ocasiones, los fallecidos eran mostrados en las pinturas murales de las tumbas cazando o pescando en el dominio de esas divinidades. Los tranquilos cañaverales del Delta inspiraron el paraíso egipcio conocido como el Campo de las Cañas. No es difícil imaginar que las altas y delgadas plantas de papiro ocultasen la isla flotante de Chemmis, en donde la diosa Isis había dado a luz a su hijo Horus. 
Del mismo modo, peligrosos seres sobrenaturales podían hallarse más allá de las colinas que bordeaban el valle del Nilo. Hasta alrededor de 1500 a.e.c., el desierto fue imaginado como la casa de monstruos tales como felinos con cabeza de sierpe, grifos, o del dios Set, que mezclaba en sí elementos diversos de animales exóticos. Así, la gran Esfinge de Giza, con su cuerpo leonino y cabeza humana, se concebía como un monstruo del desierto que luchaba para el beneficio del orden. El profundo desierto era, asimismo, el reino de la Diosa Distante o la que Anda Errante en la Lejanía. Su historia se localizaba, en ocasiones, en el desierto occidental, en Libia, en el del sur (nubio), o, incluso, en la remota tierra de Punt. La diosa andaba vagando en la forma de un gato salvaje, una leona o un grifo hembra. Los dioses que eran enviados en su busca para encontrarla debían disfrazarse ellos mismos de monos o simios para correr menos riesgos al aproximarse a ella. El mismo Tot, el dios de la sabiduría, tuvo que emplear toda su elocuencia para persuadir a esta hija de Ra para que dejase su medioambiente salvaje y regresase a la sociedad civilizada en el valle del Nilo. El dios describe cuán desolado se encuentra Egipto sin su radiante presencia.
En muchas historias ocurrían cosas terribles a las gentes que dejaban Egipto. Es el caso, por ejemplo, de un príncipe que es atacado por un perro, una sierpe y un cocodrilo (El Príncipe Condenado), o de un sacerdote que es saqueado por piratas (El Viaje de Wenamun). El regreso del héroe a Egipto, con mayor sabiduría que la que poseía al salir, era el normal y apropiado final de estas historias.  El caso bien conocido de Sinuhé también es paradigmático. Al comienzo de esta historia Sinuhé se ve obligado a huir de Egipto después de haber sido implicado en un complot para asesinar el rey Amenemhet I (1985-1956 a.e.c.). Es forzado a exiliarse y vivir entre los moradores de las arenas.
Desde tiempos arcaicos, cada asentamiento, de cualquier consideración, poseía un santuario dedicado al dios o diosa que presidía la región. En ciertos períodos el gobernador hacía las veces también de gran sacerdote de la divinidad local. Eventualmente, cada uno de los cuarenta y dos nomos o distritos administrativos de Egipto tuvieron su deidad local o grupo de ellas. Esos nomos estaban representados por símbolos similares a los escudos heráldicos, que debían vincularse a la deidad del nomo o al título original del mismo. El décimo quinto nomo del Alto Egipto fue denominado el nomo de la Liebre, y estaba representado por uno de estos animales, aunque las divinidades que lo presidían eran Tot y la Ogdóada de Hermópolis. El décimo séptimo, por su parte, se llamaba el nomo del Chacal, y estaba representado por un chacal sentado con una pluma. El dios que presidía era, por supuesto, el dios chacal, Anubis.
Las tradiciones locales fueron, muy a menudo, registradas en listas de seres, lugares y objetos sacros. En este sentido, un papiro hallado en Tanis enlista los festivales, cementerios, tabúes, animales sacros, peces, deidades-sierpe, montículos, lagos y árboles sagrados de cada nomo[5]. Tales listas persiguen mostrar la variedad de creencias más allá de la uniformidad impuesta en el arte de los templos.
Los rasgos topográficos como los montículos con antiguos árboles o los huecos en los acantilados que asemejaban las legendarias montañas del horizonte, debieron dar comienzo a una mítica asociación, si bien tales asociaciones  serían reforzadas en ciertas épocas por acciones rituales. Las asociaciones debieron ser fomentadas por la manipulación artificial del paisaje. Los montículos serían construidos para llegar a ser el montículo primigenio o el lugar de residencia de Osiris. Lagunas o piscinas rituales fueron excavadas en los templos. Fueron empleadas para simbolizar el océano primigenio o el lugar en el que se desarrolló el gran combate acuoso entre Horus y Set.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP, Granada. Junio, 2017.



[1] El camino del sol diurno podía ser concebido como una vaca celeste o como la diosa desnuda Nut, mientras que el camino del sol nocturno era, en ocasiones, pensado como un sendero bajo tierra o dentro del cuerpo de Nut.
[2] Inicialmente, las personas que llegarían a ser los antiguos egipcios eran cazadores y pastores de ganado y tenían un modo de vida semi nómada. 
[3] Kemet, tierra negra y desheret, tierra rojiza. Esta última representa el desierto, los países foráneos y los terrenos áridos. El rojo simboliza desolación, muerte, en oposición al negro o verde, que implica regeneración.
[4] La historia, que parece una adaptación de un mito ugarítico de Siria, fue casi trascendente en el Delta oriental, en donde Set, quien a la postre hizo huir al monstruo hacia el mar, fue una deidad muy popular.
[5] Un rollo ilustrado conocido como Papiro Jumilhac, datado hacia el siglo IV a.e.c., incluye mitos que explican los distintivos rasgos del nomo del Chacal, como los topónimos, los rituales, minerales, las plantas inusuales y los rasgos topográficos.

13 de mayo de 2013

Principios básicos de la cosmología budista (II)



Cosmología budista. Representación del Universo, con los cuatro continentes en el centro, los mundos subterráneos abajo y los estratos del mundo de las apariencias, arriba. Pintura sobre papel tailandesa. Primer tercio del siglo XIX.

El Cosmos es para el budismo el informe tejido a partir de todas las experiencias posibles, de todos los estados mentales por los que pasan los seres en su particular deambular por la existencia, esto es, por samsâra. El espacio y sus ámbitos vitales son creación del temperamento, el carácter y las acciones de los seres conscientes que lo habitan. En este sentido, el ser no es el que mora en el espacio, sino que es el espacio el que habita en el ser. Así, el espacio no es una categoría anterior a los conceptos que actúa como escenario teatral para la dramatización de la vida humana, sino el resultado de una creación mental. De este modo, una acción del pasado podría materializarse a través de la traza que dejó en la mente. Ello explicaría la emergencia de lo material desde lo mental.      
Los ámbitos cósmicos no poseen una completa y total estabilidad, sino que el espacio cósmico experimenta ciclos recurrentes de contracción y repliegue que son desencadenados por tres elementos fundamentales, el fuego[1], el agua y el aire, que van reduciendo los mundos en sentido ascendente; es decir, desde abajo hacia arriba, desde los ámbitos de existencia elementales a los más sutiles y desarrollados. La desaparición o extinción es de los ámbitos de existencia, de los seres vivos, y de los ámbitos receptáculo, de la materia inanimada a la par. Así, conforme desaparecen los seres lo hace también el espacio físico. Solo los ámbitos que corresponden al cuarto dhyâna permanecen al margen del repliegue cósmico. Las moradas puras o suddhâvâsa, así como los cuatro estados inmateriales (ârûpya), nunca se repliegan, conformando un universo latente cuando todo desaparece. Esto significa que es en estos estados en donde permanecen, en custodia, las potencialidades de los seres, cuyo sendero kármico sobrevive a las transformaciones cósmicas cíclicas, itinerario que es, de nuevo, efectivo en una nueva era de despliegue. Según Vasubandhu, los seres sometidos a tal contracción renacerían en ámbitos equivalentes de otros universos que no están en repliegue, preservando así la ley del karma.
Los períodos cósmicos de larga duración, asociados a los diversos ciclos de expansión y contracción del universo, son referidos con el vocablo sánscrito kalpa. Hay, según el Abhidharmakosa, cuatro eras o eones cósmicos. La era de repliegue se llama samvarta-kalpa, mientras que la de expansión vivarta-kalpa. Existen también, en relación a su duración, eras menores y mayores. El mundo tiene una duración de veinte eras menores. Transcurrido ese tiempo, comienza la fase de repliegue. La era de expansión, que dura veinte eras menores, se inicia con la aparición de un viento primordial, una ligera brisa que se manifiesta en el espacio vacío. Paulatinamente, esta suave brisa aumenta su intensidad y forma un círculo ventoso, formándose los receptáculos en los que se acogerán los ámbitos de existencia. En otras palabras, se genera el espacio físico y van a apareciendo los seres humanos  en los cuatro continentes. 
En definitiva, el universo en la concepción búdica no tiene origen, aunque se repliega[2] y expande de modo cíclico. Es el mapa mental, el conjunto de estados de ánimo. El “tiempo”, en tal sentido, se concibe entonces como la distancia que media entre la mente y el universo, mientras que el “espacio” es una actitud, un auténtico modo de ser.

Lecturas recomendadas

-Arnau, J., Antropología del budismo, edit. Kairós, Barcelona, 2007         
-_______., Cosmologías de India. Védica, sâmkhya y budista, edit. F.C.E., México, D.F., 2012
-Blacker, C. & Loewe, M. (edits.), Ancient Cosmologies, edic. George Allen & Unwin, Londres, 1975
-González Reimann, L., Tiempo cíclico y eras del mundo en la India, El Colegio de México, México D.F., 1988
-Sadakata, A., Buddhist Cosmology. Philosophy and Origins, Kaisei Publishing, Tokio, 2004
-Tola, F. & Dragonetti, C., Filosofía de la India, edit. Kairós, Barcelona, 2008
                                                                                                      
Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB

[1] Una vez ya agotadas las consecuencias del accionar colectivo de los seres, que son los responsables del mundo físico, surgen siete soles y consumen con sus llamaradas el mundo.
[2] El repliegue de lo material y sensible concreta un mundo no percibible y sin forma, pero con entendimiento. En él, los estados de conciencia siguen subsistiendo, “suspendidos”, al margen de lo material.

3 de mayo de 2010

La historia y la cosmografía en la antigüedad china II: Hanshu de Ban Gu

Hanshu, de Ban Gu
Prof. Dr. Julio López Saco
Hanshu 後漢書, Historia de la Dinastía Han Anterior, de Ban Gu 班固, es el “padre” de las historias dinásticas en China. En cien capítulos cubre el período que va desde el acceso al trono Han de Liu Bang-Gaozu (206 a.C.), hasta la interrupción dinástica llevada a cabo por Wang Mang. La historia está dispuesta en cuatro grupos de capítulos: aquellos de los anales imperiales, los de las ocho tablas, los de los diez tratados y, finalmente, aquellos de las biografías, que son unos setenta zhuan. Al conjunto, no obstante, hay que incluirle una serie de relatos acerca de pueblos foráneos. Se trata de un género de historia escrita o zhi, es decir, tratados o monografías inventadas en época Han y dedicadas al camino de Cielo y Tierra, al orden cósmico-social, verificado a través de la resonancia entre Cielo y hombre y manifestado en fenómenos anormales en el Universo, y a las catástrofes que se consideraban causadas por desórdenes en el gobierno en función del modo de reinar. En esta obra, en especial en el Wuxing Zhi, Tratado de las Cinco Fases (a veces poderes, energías-qi, posiciones-wei), inserto en ella, se representa una compleja cosmología formulada por grandes teóricos como Dong Zhongshu, Liu Xiang o Liu Xin, todos de época Han. Su estructura derivó del ya mencionado Hongfan o Gran Plan del Shangshu, incorporando la teoría de las Cinco Fases a una cosmología Tierra-Hombre-Cielo, de modo que los casos de presagios que aquí se presentan se correlacionan dentro de esos tres reinos o esferas de acción.
3 de mayo del 2010