23 de marzo de 2015

Mesopotamia antigua: la III Dinastía de Ur (2113-2004 a.e.c.)



Imágenes: arriba, un cono de arcilla de Ur-Bau, datado en la segunda dinastía de Lagash; abajo, vasija votiva en forma de embarcación-templo. III dinastía de Ur.

Desde la época de Naram-Sin, la inestabilidad de Acadia posibilita los asaltos a las fértiles tierras por parte del pueblo denominado Guti, nómadas establecidos desde antaño en las altas tierras de Mesopotamia, en la región de los montes Zagros. La irrupción de estos pueblos destruirá la ciudad de Akkad, destruyendo el estado acadio y afectando Elam y la baja Mesopotamia. Ocuparán algunos asentamientos se forma permanente. En virtud de que Sumer no sufrió tanto los embates de los Guti, se produjo una reacción de los antiguos núcleos sumerios y del sistema económico, religioso y político de la ciudad-templo autónoma que les era característico.
Será Lagash, con su segunda dinastía, la que adelante este proceso renovador, con sus ensi (entre los que destaca el famoso Gudea), ejerciendo como administradores terrenales del dominio de las divinidades y no como despóticos monarcas universales al modo acadio. Lagash en este momento ejecuta, por tanto, una cierta hegemonía sobra parte significativa del país de Sumer, aunque fuese manteniendo relaciones de colaboración con los Guti. Lagash se relanza económicamente y se convertirá en el predecesor del estado de Ur III. Se reelaboran los elementos tradicionales sumerios: surgen largos textos sumerios de carácter religioso y se exalta la emblemática figura del príncipe.
No obstante, la completa liberación de la Baja Mesopotamia de la mano de los Guti se produjo gracias a la labor de Uruk, cuya autonomía, como la de Lagash, fue notable. Será Utuhegal de Uruk quien oficialice, finalmente, la derrota Guti, lo que supondrá la victoria del pueblo y cultura sumeria. Los dioses sumerios apoyan al rey Utuhegal; por un lado, Enlil, que le encomienda la restitución de la realeza en Sumer; por otro, Inanna, que apoya en los combates, Dumuzi y Gilgamesh (este último héroe sumerio y patrono de Uruk). El soberano contó, así mismo, con el incondicional apoyo del sacerdocio de Nippur, clave para otorgarle legitimidad y para que pueda titularse rey de Uruk y “rey de las cuatro regiones”.
Ur III fue fundado por Ur-Nammu (2112-2095 a.e.c.), antiguo gobernador de Ur dependiente de Utuhegal. Incluso no es improbable que fuese pariente del antiguo rey de Uruk. De ahí que Uruk siempre gozara de especial respeto y funcionase como una segunda capital del estado. El primogénito del soberano de Ur ocupaba, de hecho, el puesto de gobernador de Uruk, y algunas princesas se residenciaron allí, quizá como una especial deferencia a Inanna, cuyos sacerdotes eran, en buena parte, miembros de la familia real. Tuvo que luchar, y derrotar, a Lagash y algunos textos todavía lo mencionan batallando contra los Guti. Este último hecho supondría, o bien un mecanismo propagandístico para limitar la gloria de Utuhegal, o bien que, en realidad, la expulsión de los Guti fue más difícil de lo que se supone, requiriendo el esfuerzo de varios reyes sumerios.
No es fácil detallar la extensión del nuevo estado de Ur III, pero lo cierto es que Ur-Nammu solamente adoptó el título de “rey de Ur” así como “rey de Sumer y Akkad”, una nueva titulatura que supone el reconocimiento de la dualidad de una región que tendría una única cultura. El arcaico “País de Sumer” amplía, de este modo, sus fronteras, tanto políticas como culturales. La labor de Ur-Nmmu, como el que restablece el antiguo orden, fue encomiable, pues reconstruye los grandes santuarios (Nippur, Eridu, Uruk, Ur), construye un palacio real en la capital, logra reabrir las antiguas vías comerciales y drena los campos y mejora el sistema de canalización del agua.
El estado de Ur III, bastante homogéneo, fue dotado de un buen aparato administrativo. Además, el principio dinástico consagró la dignidad de la monarquía. El sucesor de Ur-Nammu fue Shulgi (2094-2047 a.e.c.), un continuador de la obra de reorganización interna previamente iniciada. Lleva a cabo, en la política interior, una reforma de pesos y medidas, mientras que en política exterior instaura una suerte de pacifismo por mediación de alianzas matrimoniales. No obstante, se reedifican algunas murallas (Kazallu) y se hizo perentorio una reforma militar, indicios ambos de una pretendida expansión territorial. Al vigésimo año de su reinado, se auto titula como “rey de las cuatro zonas”, expresión de una nueva concepción imperial de la monarquía. De hecho, Shulgi inicia varias campañas y llega a controlar Assur. Ur III pudo disfrutar en su tiempo de un dominio sobre la Baja y Media Mesopotamia, así como una notable influencia política en regiones como Elam. El rey debe, más que ampliar sus territorios, defender los que ya controla, especialmente frente a las poblaciones nómadas septentrionales y frente a hurritas y semitas amorreos.
Los siguientes soberanos, Amar-Sin y Shu-Sin tuvieron que atender las fronteras. Para ello, erigieron fortines para prevenir las incursiones nómadas. No obstante, no fue suficiente, pues ya con Ibbi-Sin, sucesor de Shu-Sin, la historia de Sumer como entidad política llegó a su fin. El fin se debió a la irrupción de poblaciones extranjeras, en particular, los amorreos (martu en sumerio[1]), que se habían introducido pacíficamente en las tierras de los sedentarios y se habían ido integrando en las estructuras socioeconómicas del estado neo sumerio a través del desempeño de ciertos oficios. Sin embargo, fueron los elamitas[2], tradicional enemigo del país se Sumer, apoyados por los su, población de los Zagros, los que dieron la puntilla definitiva.
El vértice del estado de Ur III lo ocupaba la institución monárquica. La relativa aproximación a lo divino de los soberanos les permitió justificar un intervencionismo en la vida política y social de los súbditos (casi al modo acadio), aglutinando prerrogativas que previamente se consideraban exclusivas de las divinidades, como la edición de las normas de convivencia, códigos y recopilaciones de leyes[3], o el nombramiento de sacerdotes. Los reyes se ocuparon de ordenar el territorio, fijando límites y territorios provinciales, cada uno de los cuales estaba gobernado por un ensi, ahora un funcionario supremo del gobierno provincial. A su lado podía estar un shagin, suerte de jefe militar pero también con funciones civiles de la administración, como las obras públicas. Por debajo había una multitud de oficiales, policías y capataces.
Tras el rey y su familia, estas personalidades conformaban una especie de aristocracia funcionarial. Más abajo, se ubicarían las fuerzas productivas, es decir, agricultores, artesanos, pastores, marineros. Entre los hombres libres había, no obstante, categorías: aquellos de posición desahogada, pero con estatus jurídico inferior a las personas de mayor poder adquisitivo (mushkenum), o los eren, obreros, trabajadores, quizá peones que realizaban actividades civiles pero también, eventualmente, militares, pues aparecen encuadrados en destacamentos. Los eren son dependientes, asignados al templo o a la realeza, dedicados a las actividades agrarias y a las obras públicas (sobre todo aquellas de limpieza). Los esclavos, finalmente, eran propiedad de un individuo o de una institución.
Desde una óptica económica, se puede decir que en Ur III coexistió el templo, todavía centro económico primordial, con un aparato organizativo estatal, dependiente del palacio. Los soberanos seguirán siendo fieles a la tradición que les comprometía a mantener el brillo de los santuarios, donando animales para los sacrificios, alimentos u objetos manufacturados. La tierra fértil es propiedad del templo o del palacio, parte de las cuales se arriendan a particulares. Es probable que hubiese una relevante difusión de la propiedad privada de la tierra. En la actividad artesanal destacaba el trabajo del metal, sobre todo oro y plata para la orfebrería, y plomo, cobre o estaño como valor de cambio. Algunos de estos metales debían importarse (el cobre de Anatolia oriental y Arabia, el oro del Golfo Pérsico, y la plata de Elam). Los centros metalúrgicos principales serán Ur, Umma y Lagash. Además de la metalurgia fue relevante la actividad textil, en cuyos talleres trabajaban esencialmente mujeres. La actividad económica en general se verá fuertemente apoyada por la apertura internacional que favorece los intercambios, y de soslayo, la actividad bancaria, a través de préstamos y compras a crédito.
La cultura de Ur III implica la continuidad del florecimiento de las ciudades sumerias, de ahí la denominación, para categorizar la época, de Renacimiento Sumerio. Se retorna a las formas tradicionales artísticas sumerias, aunque ahora el estilo es un tanto academicista fruto de la previa influencia acadia. Arquitectónicamente se contempla ahora la plasmación definitiva del zigurat o torre-templo, la edificación de palacios y mausoleos reales. El estado neo sumerio de Ur III era bilingüe, aunque el proceso de semitización fue muy impulsado, sobre todo en el antiguo territorio de Akkad. Es la época del florecimiento de la gran literatura sumeria (narraciones, textos sapienciales, poemas), como, por ejemplo, La Maldición de Akkad. La gran novedad serán los himnos dedicados a los reyes, quizá una modalidad relacionada con la divinización de los monarcas, ya que anteriormente solamente se destinaban a las divinidades. En la religiosidad, se yuxtaponen deidades semitas y sumerias, si bien son estas últimas las principales (salvo Ishtar, asimilada a Inanna). Esta síntesis será, en cualquier caso, el fundamento de la evolución religiosa posterior.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB, Caracas. Doctorado en Historia, UCV


[1] Los amorreos, de lengua semítica occidental, eran un pueblo nómada “sin casa” y “que no conocen el grano”, para sumerios y acadios. Parece factible que la región nuclear de los amorreos haya estado en Siria, aunque su localización nunca debió ser única ni fija.
[2] Los elamitas fueron una civilización que yuxtapuso la agricultura en la región sur de Irán y la minería y recursos forestales de las zonas limítrofes. Estuvieron muy influidos por la cultura sumeria: el arte, la concepción monárquica o la escritura cuneiforme. Shulgi había convertido la zona de Susa en un protectorado dependiente de Ur III, permitiendo que algunos elamitas se integrasen como mercenarios en las tropas del estado neo sumerio, pero sus sucesores fueron menos hábiles en el mantenimiento de esta política pragmática con Elam.
[3] La obligación del rey de garantizar un orden justo y la armonía entre los súbditos, justifican la facultad que poseían de promulgar leyes, aunque sea por delegación de las deidades. De lo que ha sobrevivido, sabemos que las leyes consistían en disposiciones relativas a la familia, a la vida agrícola, los esclavos y a las penas por lesionar a otra persona. Se destacan la imposición de multas y las compensaciones monetarias en lugar de los castigos físicos.

16 de marzo de 2015

Libros. Apuntes del mundo de la antigüedad


En este nuevo libro, Apuntes del mundo de la antigüedad. Una retrospectiva en imágenes (edic. Publicia, Barcelona-Saarbrücken, 2015, ISBN 978-3-639-55228-7, 225 pp.) se emprende la labor de reivindicar, entre otras propuestas, el hecho de que los ámbitos de la antigüedad no son islas sin conexión entre sí. Los procesos históricos de la protohistoria y la historia antigua no están aislados, y un conocimiento más caleidoscópico de los mismos requiere establecer asociaciones, analogías, referencias, vínculos. En tal sentido, se ofrecen visiones sobre aspectos del mundo antiguo, asociadas a casi sesenta ilustraciones. En unos días estará en la calle. Se distribuirá en librerías en Europa y en algunos países latinoamericanos (Brasil, Chile, Colombia, México y Ecuador). Para nuestro país tendré varios ejemplares que regala la editorial al autor. La ilustración de portada es la tumba de Humayún, emperador mogol en territorios de Afganistán e India en la primera mitad del siglo XVI.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-Caracas

12 de marzo de 2015

Los inicios del Imperio Parto Sasánida: Ardashir I y Shabuhr I


MONEDAS SASÁNIDAS DE COSROES II (KHUSRO II, 591-628)

Hacia 238 a.e.c., los arsácidas, tribu nómada de Asia central, habían invadido la zona oriental de la meseta irania y establecieron una nueva dinastía que heredó un pasado persa y greco-macedónico. No obstante, gravitaron en torno a la cultura persa, de la cual adoptaron los ideales que habían establecido sus antiguos gobernantes. Mandatarios locales, los frataraka, gobernaban el área, denominada Fars. Allí, a comienzos del siglo III, una familia persa conocida como Sasan logró expandir su poder más allá de la antigua Istakhr, lo que dará pie al inicio del Imperio Sasánida. Ardashir I (Arsaces) derrotó a Ardawan (Artabano IV), el último rey arsácida[1], en la llanura de Hormozgan en 224, estableciendo los cimientos del futuro Imperio Sasánida. Ardashir toma el título de Rey de Reyes y comienza, sin dilación, la conquista de un territorio que se llamó Iranshahr. Las campañas para controlar la provincia de Persis o Fars habían comenzado unos años antes, en 205-206, cuando el padre de Ardashir I, Pabag, a la sazón, según las fuentes, sacerdote del templo del fuego de Anahid (Anahita[2]) en la ciudad de Istakhr, logró destronar al gobernante local de Istakhr, que pertenecía a la familia Bazrangida.
Ardashir invadió Siria, Armenia y la capadocia turca, pero con ello entró en conflicto directo con Roma, cuyo emperador en ese momento era Alejandro Severo. No obstante, en las guerras que los enfrentaron, entre 231 y 233, ninguno resultó vencedor. El equilibrio se rompió cuando el emperador romano murió, y Mesopotamia, Carrhae, Nisbis y Hatra fueron entonces territorios invadidos por los sasánidas. Consolidadas estas nuevas regiones, Shabuhr I, su hijo, continuaría sus conquistas y la expansión imperial.
Para conmemorar sus victorias, mandó erigir los relieves sobre las rocas en Firouzabad, Naqsh-i Rajab y Naqsh-i Rustam. En los relieves de este último lugar, Ardashir quiere mostrar, y hacer creer a los demás, que gozaba del beneplácito de los dioses para gobernar el territorio que las inscripciones denominan Iranshahr (el reino de los iranios o Aryos[3]), y a las gentes llamadas Eran (iranios). Esta idea fue aceptada por la población zoroastriana del imperio, así como por aquella que no lo era, sobreviviendo en la memoria colectiva de los persas entre los varios y diferentes estratos de la sociedad irania. Según el sacerdote zoroastriano Kerdir, Persis, Parthia, Babilonia, Mesene, Adiabene, Azerbayán, Isfahan, Kerman, Sistan, y Gurgan, hasta Peshawar, serían las provincias de Iranshahr, mientras que Siria, Cilicia, Armenia, Georgia y Albania, bajo control sasánida también, no serían propiamente hablando territorios Eran o iranios, es decir, “bárbaros”.
Ardashir se consideró a sí mismo un adorador de Ahura Mazda (Ohrmazd), así como un descendiente de la divinidad, quizá del epónimo de la dinastía, designado Sasan como una deidad zoroástrica, aunque tal dios no aparece mencionado en el Avesta[4]. No obstante, en el siglo I, en Taxila, se hallaron monedas con el nombre Sasa que pudieran conectarse con el mencionado Sasan, pues el emblema en las monedas encaja con aquel visible en el escudo de armas del propio Shabuhr I.  Además, el poema épico persa Shahnameh, de Ferdosi, también menciona conexiones orientales para Sasan, lo que podría hacernos creer que la familia vino del este. En cualquier caso, el rey se consideraba descendiente de los dioses (yazdan). Esta es una idea que puede ser reflejo, en parte, del pasado helénico de Irán, en tanto que Alejandro Magno y los reyes seléucidas se consideraron descendientes de theos. El arte del período sasánida corrobora esta sugerencia, ya que la imagen de Ohrmzad y la de Ardashir son análogas en los relieves visibles en Naqsh-i Rustam.
El hijo de Ardashir, Shabuhr I (Sapor I), se convierte en co-regente en 240. Esta medida la toma el rey porque tenía otros hijos que actuaban como gobernadores de provincias y podrían desear asumir el trono. El método de sucesión se basaba inicialmente en la elección que hacía el rey precedente a cargo, pero con posterioridad, fue la nobleza y el sacerdocio zoroástrico, quienes asumirían tal decisión.
Shabuhr I emprende guerras contra Roma. En 243, el emperador Gordiano invade Mesopotamia para recobrar lo que había sido dominado por Ardashir después de la muerte de Alejandro Severo. Según las inscripciones partas, Shabuhr fue capaz de matar al emperador en Misikhe en 244, cerca del Éufrates. Lo cierto es que Gordiano murió en Zaitha, en el norte de Mesopotamia, ese mismo año. Según el rey sasánida, el emperador romano había acudido con fuerzas de godos y germanos, que habían sido derrotadas en batalla. La derrota romana le costó a Roma, en efecto, la pérdida de un gran territorio y una suma en oro como compensación de guerra, de quinientos mil denarios. Los sasánidas tomaron de Roma grandes porciones deMesopotamia y Armenia. No se puede dejar de lado, también, que los dinastas sasánidas luchaban en Armenia contra una rama de la familia arsácida.
Shabuhr I conmemoró su victoria en relieves en Naqsh-i Rustam, y en Ka’be-ye Zardosht en Persis, en donde se muestra subyugando a dos emperadores romanos a su voluntad. En sus res gestae provee información de su convicción religiosa, linaje, las zonas sobre las que gobernaba y el destino sufrido por los romanos. En un contexto doctrinal zoroastriano los romanos representaban el concepto del desorden y el embuste, mientras que los persas eran los representantes de la verdad y el orden. La segunda campaña del rey comenzó en 252 contra otras fuerzas romanas en Barbaliso, cuyo resultado fue otra derrota de Roma. Varias ciudades de Siria y Mesopotamia fueron, según las inscripciones persas, tomadas. Una tercera campaña se produjo en 260, en la que Shabuhr I tomó la Mesopotamia oriental, Siria y la costa oriental del Mediterráneo. En esta campaña fue capturado el emperador Valeriano[5], además de un grupo de soldados y senadores, y fueron deportados a territorio sasánida. Es ahora cuando eslavos, godos y romanos, además de otras poblaciones próximo-orientales, son incorporadas al imperio. Los límites entre Persia y Roma fluctuaban entre el Tigris y el Éufrates. Armenia siguió siendo, hasta el final del imperio, el punto focal de desencuentros entre Roma y los sasánidas. De gran valía económica y estratégica, Armenia actuaba de amortiguador entre ambas potencias. Pero como una rama de la familia real parta permanecía en Armenia, debemos imaginar que Shabuhr quería poner fuera de circulación a sus representantes. A ello pudo deberse que planease el asesinato del rey Xosrov e instalase en el trono armenio un rey leal llamado Tirdates (Tirdad), quien gobernaría desde 252 a 262. 
Durante el reinado de Shabuhr I, la “iglesia” zoroástrica fue formada por Kerdir, quien intentó establecer un cuerpo legal, canonizar el Avesta, unificar el sistema de creencias, crear una doctrina común y establecer, finalmente, una jerarquía religiosa zoroástrica vinculada al estado. Al mismo tiempo, Mani emergía en Mesopotamia. Según las fuentes maniqueas, Mani, durante los últimos años de Ardashir I se había dirigido hacia India, pero en época de Shabuhr I había regresado a las tierras del Imperio sasánida, donde sería honrado y se le permitiría pregonar y difundir su doctrina.
El imperio centralizado de Ardashir I y Shaburh I necesitaba un aparato administrativo considerable. Según las res gestae, había gobernadores (šahrabs), virreyes (bidaxš), un administrador de la propiedad real, un comandante de la guardia real (hazarbad), además de escribas, tesoreros, jueces e inspectores de los mercados. Naturalmente, se mantenían reyezuelos locales (šahrdaran), príncipes de sangre real (waspuhragan), notables mayores (wuzurgan), una nobleza menor y otros oficiales. La gran nobleza permaneció sometida a los sasánidas. No obstante, a muchas de estas familias, como los Waraz, Suren, Karen o Andigan, se les concedieron honores y cargos, como ser maestros de ceremonias en el otorgamiento de la corona. A la par, se les permitía portar su emblema de clan o su escudo de armas sobre sus gorros, tal y como se desprende de los relieves rocosos.

Prof. Dr. Julio López Saco
Doctorado en Historia y Doctorado en Ciencias Sociales, UCV


[1]Ardawan I llevaba pasando ciertos apuros por esa época, tanto externa como internamente. Por una parte, se había enfrentado al emperador Caracalla y sus tropas cerca de Nisibis, en 217, mientras que internamente había sido desafiado por Balash (Vologases VI). Estos hechos pudieron ayudar sobremanera a que un guerrero local y su familia en la provincia de Fars (Persis), pudiera conquistar esos territorios con bastante rapidez.
[2] Esta diosa era, desde antaño, fuente de devoción en el Avesta, principal texto sacro zoroástrico, por parte de guerreros, héroes y reyes. Tanto su antiguo culto en Persis, así como su templo, pudieron servir como elementos prestigiadores de un lugar donde se mantendría viva la tradición persa. El carácter guerrero de Anahita surgió de la simbiosis de la Ishtar próximo-oriental con la griega Atenea.
[3] El término empleado para denominar al territorio tenía su precedente en el Avesta, en donde designaba un territorio mítico, hogar de los Aryos, y que ahora se traspasaba a la región en la que los sasánidas gobernaban.
[4] En algunos óstraca donde, presuntamente, aparece el nombre, podría referirse también a Sesen, antiguo dios semita encontrado en ugarítico ya en el segundo milenio a.e.c.
[5] En un relieve en Persis, Valeriano es mostrado arrodillado ante Shaburh I. Entre las ruinas de la ciudad de Bishabuhr existe un lugar marcado como la “prisión de Valeriano”. En algunas fuentes romanas, la derrota de Valeriano se debió a su paganismo y como un castigo por haber atormentado a los cristianos.

6 de marzo de 2015

Los Celtas: sus orígenes en las fuentes clásicas y la arqueología



Imágenes: lúnula con símbolos religiosos, animales y cabezas de ser humano. Tesoro de Chao de Lamas, Portugal, siglo II a.C.; modelo de etnogénesis de la entidad céltica, según Colin Renfrew.

Las poblaciones de centro Europa (el este de Francia, sur de Alemania, occidente de Austria y el norte de Suiza, compartían, hacia casi tres milenios, una serie de elementos culturales, como las costumbres, la lengua, la organización socio-económica, la cultura material y, quizá, ideas y creencias. Tal identidad aparece reflejada en las fuentes griegas y romanas con el nombre de Céltica. El final de la Primera Edad del Hierro, lo que se conoce como mundo hallstáttico, conformó la fundamentación étnico-cultural de la que surgirán los keltoi, los celtas, primer pueblo conocido al norte de los Alpes. A partir del siglo IV a.C. estos celtas se adueñaron de una significativa porción de Europa, instalándose en Grecia, Italia y Asia Menor, entre otras regiones.
En Hecateo de Mileto y en Heródoto hallamos las primeras referencias históricas escritas referidas a los keltoi. Para el primero, se encontraban en las cercanías de Massalia, mientras que para el segundo, se ubicaban en torno al río Istro (Danubio) y más allá de Gibraltar. En el siglo IV a.C., Éforo de Cumas señala a los celtas como uno de los pueblos bárbaros asentados al occidente (escitas, libios y persas estarían al norte, sur y oriente, respectivamente, de la periferia del ámbito griego). Según la Ora Marítima de Avieno (del siglo IV pero que recoge un periplo massaliota de hacia el siglo VI a.C.), los celtas habían desplazado a los ligures de la región atlántica europea, teniendo que movilizarse hacia el sur. Esto implicaría la presencia de la “entidad céltica” a finales de la mencionada Primera Edad del Hierro. Keltoi, término quizá recibido por los griegos de tradiciones orales, sería una suerte de etiqueta para las gentes del noroeste de Europa[1].
El término “céltico” puede tener varias significaciones y acepciones dispares. En primer lugar, podría referirse a las poblaciones denominadas de este modo por los autores griegos y romanos; en segundo término se referiría a pueblos que se auto denominan así; en tercer lugar, podría hacer alusión a un grupo lingüístico concreto definido por los estudiosos; en cuarto lugar, haría referencia al complejo arqueológico de la Segunda Edad del Hierro del centro occidente de Europa, llamado La Téne; en quinto, aludiría a un estilo artístico de esta mencionada edad; en sexto lugar, haría referencia a un hipotético “espíritu céltico”, cuyos rasgos, determinados por las fuentes clásicas, serían el heroísmo, la belicosidad o el individualismo, aspectos francamente mitificados y mitificadores; en séptimo lugar, se aludiría a un específico arte irlandés del primer milenio de nuestra era (de la Alta Edad Media, por tanto) y; finalmente, a los actuales “valores”, heredados del celtismo, presentes en la sociedad occidental. Apreciaciones como el espíritu o la herencia céltica carecen de rigor histórico y son fruto de una visión historiográfica romántica decimonónica.
Desde una óptica tradicional, el origen de los pueblos celtas se establecía linealmente desde la primera indoeuropeización de Europa con los kurganes de las estepas de Rusia y desde los portadores de la denominada “hacha de combate” del III milenio a.C. Tal continuidad se vería reflejada en culturas de la Edad del Bronce (Campos de Urnas, por ejemplo), y acabaría dando lugar a los celtas históricos. En el siglo V a.C., desde el área hogar céltico, los celtas migrarían por toda Europa y Asia Menor. Para estudiosos como Colin Renfrew, la indoeuropeización se asociaría con la introducción de la agricultura en Europa, cuya expansión difundió una lengua indoeuropea arcaica no diferenciada. Desde el sustrato común indoeuropeo habría habido evoluciones independientes, pero también contactos, a lo largo del tiempo, produciéndose una especie de acumulación de celticidad. Los dialectos en zonas con redes de intercambios explicaría el surgimiento de diferentes entidades célticas en el I milenio a.C., con lo que se desecharían las idea del hogar céltico y de las invasiones. Del indoeuropeo occidental hablado por los habitantes de los Campos de Urnas de la Edad del Bronce, aparecerían las lenguas célticas. Esto significa que los celtas estarían ubicados desde el principio en centro Europa, es decir, desde el Neolítico.
La cultura hallsttática occidental (región al septentrión de los Alpes) parece corresponderse con las más arcaicas manifestaciones de la entidad céltica. Torques, puñales de antenas y brazaletes de oro configuran elementos de la cultura material aquí bien delimitada. En esta cultura se produciría una jerarquización social, encabezada por los llamados jefes de las tumbas de carro. Esta diferenciación social parece comprobarse en los grandes hábitats fortificados, en los túmulos funerarios cercanos a ellos y en los ajuares funerarios de la fase Hallsttat D (entre 600 y 450 a.C.). La coincidencia del área nuclear hallsttática con el mundo céltico de la Segunda Edad del Hierro supondría que estos celtas serían antepasados de los celtas latenienses y que las poblaciones de la Primera Edad del Hierro serían proto célticos o celtas arcaicos.
Hacia 500 a.C., tal vez debido a crisis sociales y políticas, así como a dificultades para mantenerse activos en el comercio mediterráneo, los centros hallsttáticos principales pierden preeminencia y casi desaparecen los enterramientos fastuosos. El centro hallsttático se desplaza al norte (Renania, Bohemia), en donde pudo darse el cambio socio-cultural que implica el comienzo de la Segunda Edad del Hierro o cultura de la Téne. Ahora, las ciudades de esos jefes que antes mencionábamos desaparecen y son sustituidas por aldeas o granjas, no siempre fortificadas. Además, las tumbas aristocráticas se mezclan con otras en necrópolis y las diferencias de riqueza se hacen menos evidentes. Los carros ahora son de combate, con dos ruedas, y los puñales dejan su lugar a las espadas largas y las jabalinas. Por otra parte, parece evidenciarse un nuevo estilo artístico, que fusiona tradiciones indígenas autóctonas con motivos mediterráneos, como el loto. Las nuevas jefaturas guerreras asumen nuevas formas de explotar la tierra y de dominar el comercio. Un presumible crecimiento demográfico posibilita su expansión hacia el este y también hacia el oeste (norte de Francia, Península Ibérica, Reino Unido).
Aunque hoy en día no se sostienen ni invasiones ni migraciones masivas de los celtas, no se debe descartar la presencia de movimientos de población que recogen los textos clásicos (el ataque a Roma en 390 a.C., la expedición a Macedonia de 280 a.C. y el asentamiento de los Gálatas en Asia Menor). Estas expansiones pueden responder a mecanismos complejos de difusión, que impliquen la difusión de tipos como aspectos de estatus o a través de artesanos itinerantes (que explicarían los diferentes estilos artísticos). La interrelación entre cultura material y etnicidad es muy compleja de resolver para el caso céltico.
En los dos últimos siglos antes de Cristo, surgen en el mundo céltico centros urbanos de gran tamaño (oppida), y algunos pueblos logran desarrollar formas de organización estatal, que conforman estados tribales, cuya desaparición, por asimilación, se producirá a partir de la conquista romana.

Prof. Dr. Julio López Saco
Doctorado en Historia, UCV-Escuela de Letras, UCAB


[1] Las descripciones sistemáticas de los celtas son muy tardías: Julio César en La Guerra de las Galias, Diodoro Sículo y Estrabón (Geografía), recogiendo este último, probablemente, datos de Posidonio. Todos ellos, entre el siglo I a.C. y el I de nuestra era. En estos autores vemos el uso de Keltai y Galli para grupos de la Galia, a su vez diferentes de los grupos de los Península Ibérica. Otros autores hablan de Galos y Gálatas como sinónimos de celtas. El contenido del vocablo celtas varió con el tiempo y puede referirse a una entidad que no es uniforme ni homogénea.

2 de marzo de 2015

El origen de los Tracios y su estructuración social



Arriba, tumba tracia de Sveshtari, Bulgaria; abajo, tumba nº 43 en la necrópolis eneolítica de Varna. V milenio a.e.c.

Las fuentes escritas, particularmente los poemas homéricos, mencionan a los tracios como una población sedentaria a fines del II milenio a.e.c., noticia que haría probable su presencia en la Edad del Bronce del III milenio. La arqueología ha sacado a la luz vestigios en el actual territorio búlgaro de culturas neolíticas y eneolíticas (entre los milenios VII y IV a.e.c.), con presencia de túmulos, necrópolis (como la de la ciudad de Varna) y poblados, además de cerámica y pequeñas figurillas. Las excavaciones de Ovcharovo, Gradeshnitsa o Stara Zagora proclaman la existencia de una arcaica civilización en la Península de los Balcanes entre el V y el IV milenio a.e.c., que fue destruida por la llegada de tribus nómadas desde el norte y noroeste, en donde puede hallarse la etnogénesis de las tribus tracias de la Edad del Bronce. Los portadores de la cultura de la Edad del Bronce en Tracia son, sin dudas, indoeuropeos.
Las interpretaciones lingüísticas de los topónimos, las diferentes excavaciones arqueológicas y ciertos datos antropológicos, indican que los tracios fueron una población indoeuropea del Bronce que se estableció en la región actualmente búlgara, en regiones de cultura eneolítica, a partir de diversas migraciones.
Los procesos etnogenéticos de la Edad del Bronce dieron origen a los tracios (cuyo nombre fue mencionado, hipotéticamente, en algunos textos micénicos) que se conformaron como población principal en el centro y este de los Balcanes. Según la Ilíada, con el nombre de la tribu, que vivía en la Tracia del Egeo, se denominó a varias tribus con lengua semejante. En el Catálogo de las Naves se menciona, entre los pueblos balcánicos, a ciconios, peonios y tracios. A partir del II milenio a.e.c. el nombre tracio se generalizó para designar a la población que habitaba entre los Cárpatos y el Egeo, hasta el Mar Negro. Quizá los tracios vivieran también, inicialmente, en la Hélade y en Asia menor, hasta su final asimilación. El conjunto mayoritario de las tribus tracias habitó al sur del Danubio en el I milenio a.e.c., mientras que al norte del río se habían asentado los dacios o tracios nórdicos, en donde se acabaría conformando el más grande y destacado de los estados de los tracios, el reino de los Odrisios, que terminó siendo destruido por Filipo II a fines del siglo IV a.e.c.
En la épica homérica, los tracios vivían al norte de la Hélade micénica, en el Ródope y la Tracia egea. Sus tierras eran, se dice, muy fértiles. Además, criaban caballos y ovejas, producían vino, vivían en poblados fortificados (como Poltimvria o Melsavria, la posterior Mesembria en el Mar Negro) y eran destacados mineros. La Ilíada manifiesta también que los tracios fueron una población emparentada con los troyanos, de ahí el apoyo tracio a los troyanos. A fines del II milenio a.e.c., centro y norte de la Península balcánica estaban habitadas por tracios (actuales Bulgaria, Rumanía, Grecia y parte de Turquía), mientras que en el occidente vivían las tribus ilirias. Según Heródoto los más numerosos de los tracios fueron los odrisios. Sus vecinos eran los besios (en la zona de Filipópolis-Pulpudeva, Plovdiv hoy). En el norte de la Bulgaria actual vivirían mesios, tribalios y getas, en el oeste, los denteletios; en el sudeste, tinios y astios.
Entre los siglos X y VI a.e.c., época precedente a la formación del estado tracio, la cultura tracia se desplegó en los valles fértiles de las regiones centrales de los Balcanes, el sur de Bulgaria. Esta zona, conocida en el mundo helénico como Hebros, estaba surcada por varios ríos navegables, que fueron las principales vías acuáticas de comunicación entre los griegos y las tribus tracias. En los valles de estos cursos de agua se establecieron las más relevantes de las poblaciones tracias, algunas posteriormente convertidas en ciudades, como el caso de Kabile, Filipópolis, Masteira, Uskudama y Sevtópolis, entre otras. Además, florecieron fortalezas, poblados de las poblaciones montañesas, en torno a las cuales se erigieron algunos santuarios rupestres asociados al culto del sol.
La clase gobernante tracia la conformaba la aristocracia tribal, que se agrupaba alrededor de un soberano local. El propio Homero describe las riquezas de esta aristocracia en forma de tierras y ganado, además de reconocer sus privilegios sacerdotales, militares y judiciales. Buena prueba de la fastuosidad que rodeaba a la aristocracia es la presencia de numerosos hallazgos en los grandes túmulos, como el sepulcro abovedado de Kazanlak[1], así como los monumentos megalíticos, sobre todo dólmenes. Esta aristocracia poseedora de la tierra tenía derechos sobre la población campesina sometida. Además, se constata la presencia de la esclavitud, muy probablemente ya desde el siglo VII a.e.c. Tales esclavos era, fundamentalmente, pastores en las haciendas de los gobernantes y también sirvientes domésticos. Un tema recurrente en las fuentes antiguas es la exportación de esclavos desde Tracia hacia las diferentes polis helénicas entre los siglos V y IV a.e.c.
En el primer tercio del siglo V a.e.c. los odrisios unificaron otras tribus tracias y crearon un reino tracio, que desempeñó un significativo rol en las relaciones políticas de los Balcanes, participando, incluso, en la Guerra del Peloponeso del lado ateniense[2]. Hacia mediado el siglo IV a.e.c. el estado tracio padeció muchos reveses debido a la acción de los gobernantes macedónicos más renombrados, Filipo II y su hijo Alejandro Magno. Al final, Tracia quedó incluida en el sistema de estados helenísticos, primero sometida al poder de los estrategos macedónicos y luego plenamente integrada en el reino de los antigónidas.
En diferentes regiones, no obstante, se fueron formando estados menores verdaderamente independientes, como el de los medas, el de los astios, el de los mesios y el de los denteletios. En estas condiciones de nuclearización los tracios entraron en contacto con la expansiva república romana. A fines del siglo I a.e.c. se creó la dinastía de los sapeos en torno a la ciudad de Viza. Aunque intentó mantenerse, el reino tracio así formado fue avasallado por Augusto. En el 45 a.e.c., finalmente, Tracia pasó a ser una provincia romana.

Prof. Dr. Julio López Saco
Doctorado en Historia, UCV


[1] La tumba de Kazanlak, del siglo IV a.e.c., descubierta en 1944, está relacionada íntimamente con Seutópolis, localidad fundada por el rey tracio Seutes III a finales del siglo IV a.e.c., de fuerte influencia helenística griega. Es posible que la tumba, de hecho, decorada con escenas militares en el corredor y la bóveda, y con un banquete funerario en la cúpula, pueda ser la del propio monarca, quien luchó contra el diadoco Lisímaco.
[2] De hecho, en Atenas se hablaba mucho de los tracios, y se representaban algunos de sus mitos, en las tragedias y en las comedias. Incluso se conoció en la polis ateniense un culto tracio, el de la diosa Bendida. Las carreras de caballos nocturnas con antorchas eran habituales como un medio de honrar a la diosa.

24 de febrero de 2015

Deidades protectoras, arhats y místicos en el budismo tibetano








IMÁGENES, DE ARRIBA HACIA ABAJO: BRONCE DORADO CON VAJRAPANI EN UNIÓN DE SU CONSORTE. TÍBET CENTRAL, SIGLO XV; CABEZA DE BRONCE TIBETANO DEL SIGLO XIII. UN MAHASIDDHA CON EXÓTICA EXPRESIÓN; MAHASIDDHA GHANTAPA CON LA CAMPANA RITUAL Y EL VAJRA. SENTADO SOBRE UNA PIEL DE ANIMAL, LLEVA UNA CORONA CON UNA CALAVERA HUMANA. COBRE AMARILLO DORADO, SIGLO XVI; PIEDRA DORADA CON MAHAKALA. FINES DEL SIGLO XIII, ATRIBUIDO A LA ESCUELA DE ANIGE; TANGKA CON ARHAT CHUDAPANTHAKA. ESTÁ EN ARMONÍA CON LA SERENIDAD DEL PAISAJE DE ESTILO CHINO, AUNQUE PARECE ESTAR APARTE DEL MISMO, FLOTANDO MÁS ALLÁ DE LA MUNDANIDAD, CONCENTRADO EN EL CONTROL SOBRE SUS PODERES INTERNOS. SIGLO XVI; TANGKA TIBETANO (ESTANDARTE PINTADO), CON AMOGHASIDDHI RODEADO DE BODHISATTVAS. COMIENZOS DEL SIGLO XIII; TANGKA TIBETANO DEL SIGLO XV, CON MAHAKALA. APARECE RODEADO DE FEROCES DEIDADES, COMO LA PROTECTORA FEMENINA LHAMO, QUE APARECE SOBRE SU MULA. GOUACHE SOBRE ALGODÓN; YOGI SENTADO QUE MUESTRA EL PODER INTERNO DEL CONTROL DE LA RESPIRACIÓN. COBRE AMARILLO, TÍBET, SIGLO XI.

Existen muchas divinidades iracundas en el budismo tibetano que son, en el fondo, protectoras del Dharma, así como guerreros y reyes, míticos y humanos o históricos, que se han convertido en guardianes de la ley. Los lokapalas son los guardianes de las direcciones o Cuatro Reyes. El más relevante de los cuatro es Vaishravana, rey o guardián del norte. A pesar de las horrorosas apariencias, son figuras protectoras de la fe, y su naturaleza demoníaca representa no la personificación del mal sino la violencia, la vehemencia, que existe en el Universo, así como el tremendo esfuerzo que hay que hacer pasa desterrar el mal. Algunos guardianes tibetanos son también deidades en formas feroces, como Manjushri, quien en su forma terrorífica recibe el nombre de Vajrabhairava. Esta divinidad es típicamente representada con numerosos brazos y cabezas, con una cabeza de búfalo en el centro (entre cuyos cuernos se encierra otra feroz cabeza), así como un conjunto de amas y símbolos. Se trata de densas imágenes, rítmicas, que comunican una ferocidad demoníaca al tiempo que propician una atracción casi hipnótica.
Yidam es una clase de deidad protectora adorada como una deidad tutelar personal (lo fue para el gobernante mongol Kublai Khan), al igual que como guardián del reino como un conjunto. El yidam indio Mahakala se reverencia especialmente en Tíbet (siguiendo la herencia nómada de la región) en su papel de señor de las tiendas. Exuda poder, y se le considera la manifestación más feroz del bodhisattva Avalokitesvara, con el que mantiene una similar función de superador de obstáculos, especialmente aquellos considerados negativos. Su aterradora imaginería deriva de la forma furiosa del dios hindú Siva, conocido, en tal sentido, como Bhairava.
Palden o Penden Lhamo es una protectora femenina de la capital, Lhasa y, a la par, del Dalai Lama. En las pinturas que representan a Mahakala, Lhamo tiene una posición prominente como una de las figuras subsidiarias mayores. Parcialmente, su origen se halla en la diosa Kali, aunque, muy probablemente, también deriva alguno de sus atributos de divinidades nativas de la tradición Bon. Sus grotescas representaciones son visiones de una clase de actividad compasiva. Casada con un sangriento rey guerrero, se la representa a menudo llevando el cuerpo de su hijo muerto con ella sobre su mula, haciendo énfasis en que no se detendrá ante nada (lo que incluye matar a su hijo) con tal de alcanzar la paz.
Yab-yum (padre-madre) son parejas de divinidades masculinas y femeninas representadas en unión sexual. Al menos uno en la pareja, usualmente el representante masculino, tiene una forma feroz. Las figuras emparejadas expresan el proceso esencial de unión del conocimiento y la compasión (vínculo de la sabiduría y los medios útiles de acción). La figura masculina, que encarna la compasión, abraza a la femenina, que representa la sabiduría trascendente. El matrimonio de sabiduría y compasión es necesario para trascender las preocupaciones que ocultan los progresos hacia el entendimiento de la naturaleza última de la realidad. Las imágenes yab-yum se vinculan a aspectos fundamentales del inconsciente, sirviendo para identificar, y sublimar, los instintos, conscientes e inconscientes en una muy poderosa metáfora visual.
Los arhats son vistos como discípulos que expanden la doctrina después de la muerte del Buda. En Tíbet asumieron el rol principal de intermediarios que asistían al creyente en el transitar de su sendero hacia la iluminación, al modo de un bodhisattva. También se les aplicó una estatura mítica que incluía poderes mágicos extraordinarios y exóticas apariciones. En Asia oriental su culto original de cuatro aumentó a dieciséis o dieciocho, hasta que finalmente evolucionó en grupos de quinientos. Tal número de imágenes propició edificaciones propias separadas en los complejos arquitectónicos budistas. En algunos ejemplos chinos y tibetanos, se representa al arhat con piel oscura, mecanismo habitualmente usado por los artistas chinos para indicar temas indios. Las imágenes tibetanas derivan de modelos chinos y siguen, por tanto, el modo chino de retratar temáticas y personajes de India. Las referencias literarias en Tíbet a estas personalidades aparecen a partir del siglo X.
Las imágenes del Mahasiddha, un gran ser que ha alcanzado su meta, son muy poco conocidas fuera de Tíbet. Estas figuras, altamente veneradas, tienen su origen en India, pero son únicamente conocidas allí a través de la literatura. Se considera que fueron practicantes tántricos muy admirados por sus prácticas nada convencionales. Se trata de yogis, grandes místicos, que practican la absorción en estados especiales de experiencias extáticas, y poseen, como los arhats, toda una serie de poderes sobrenaturales con los cuales llevan a cabo acciones milagrosas. En las representaciones artísticas se muestran llevando ropas propias de los moradores de los bosques, a la manera de individuos excéntricos, en tanto que los arhats se retratan como monjes. Por tanto, los Mahasiddhas fueron famosos por sus excéntricos comportamientos y apariencias. Quizá el más popular fue Virupa, primer enseñante terrenal de los Sakyapa. Fue un maestro del tantrismo que vivió en India en el siglo IX, y de quien se creyó que había ganado poder sobre el sol. Además, también fue renombrado por su amor al licor.
Finalmente, también algunos filósofos y reyes históricos, conformaron una segunda categoría de protectores del dharma. Es el caso del primer rey religioso Songtsen Gampo y del gran adepto del siglo XI Atisha.

Prof. Dr. Julio López Saco
Escuela de Historia, UCV- Escuela de Letras, UCAB

17 de febrero de 2015

Hebreos: historia y religión en la época de los Patriarcas y los Jueces

Mapa de la probable distribución de las tribus de Israel y reinos adyacentes. Alrededor de los siglos XIII-XII a.e.c.

La más antigua historia de Israel comienza con la presencia de los patriarcas, cuyo lugar de origen fue Jarán, territorio ubicado entre los ríos Tigris y Éufrates. Estos patriarcas eran aramos y se organizaban en clanes. Nombres como Harán, Teraj o Abraham son, con toda probabilidad nombres de clanes patriarcales A fines del II Milenio a.e.c. los semitas amorreos invadieron Siria, Palestina, zonas de Egipto y Mesopotamia. Uno de sus lugares de asentamiento fue, precisamente, Jarán. En los documentos de Mari se habla de los hapiru, nómadas identificables con los hebreos, un vocablo que definía a extranjeros, no a un grupo étnico. Los hebreos de los patriarcas eran descendientes, entonces, de nómadas invasores de Mesopotamia. Los patriarcas que llegaron a Palestina eran parte de tales invasores. Se trata de pastores de ovejas y cabras.
En una Palestina[1] ocupada por los cananeos, se vincularon algunos lugares de culto con los patriarcas, como el santuario del árbol, en Siquen, o el terebinto sacro de Mambré, cerca de Hebrón, lugares luego muy venerados entre las tribus israelitas. Más tarde, Jahvé prometió a estos patriarcas y a su gran descendencia, la posesión de las tierras de Palestina.
La presencia hebrea en Egipto es un tanto difusa. El Éxodo habla de la presencia hebrea en Egipto durante más de cuatrocientos años. La llegada de José y sus hermanos, además de Jacob a Egipto (Génesis 39, 7 y ss.), se suele vincular con la llegada de los hicsos, en torno a 1700 a.e.c. Es probable que durante el reinado de Rameses II (1290-1224 a.e.c.[2]) los israelitas trabajasen como obreros en las ciudades de Pi Ramsés, quizá Tarsis, y Pitón, hoy Tell-er-Retabeh. Tras la salida de Egipto, durante el siglo XIII a.e.c., la penetración de las tribus hebreas en Canaán[3] implicó un cambio de su vida nómada por otra sedentaria, propia de una cultura agraria y urbana. La conquista de Palestina pudo hacerse en fases, en la primera de las cuales se conquistó Jericó, en la segunda Judea y en la última Galilea[4]. En la Palestina central se ha supuesto la presencia de gentes aliadas o parientes de los israelitas, con las que harían alianzas. Aquí habitarían clanes hebreos y cananeos, unidos por una Alianza, y que rendirían culto a una divinidad llamada “Señor de la Alianza”.
Entre los siglos XII y XI a.e.c., Israel consolidó el territorio conquistado. Tuvieron que luchar, incluso, contra algunos invasores (contra los filisteos, uno de los Pueblos del Mar, hacia 1050). Israel era ahora una confederación de tribus unidas entre sí por estrechos vínculos religiosos que giraban en torno al Arca de la Alianza. Mientras, Moab o Edom estaban comandados por reyes; otras monarquías existían en Guezer, Beisán, Meggido y Jerusalén, y los cananeos seguían con sus ciudades-estado. El latente peligro y las frecuentes luchas propiciaron que los israelitas estableciesen como necesario la presencia de unos Jueces con carisma para que los gobernasen. Durante el mando de estos Jueces, que fueron contemporáneos de los primeros profetas, los enemigos más difíciles de los israelitas fueron los filisteos (enemistad expresada a través de las leyendas de David y Goliat o la de Sansón), pero también los moabitas, los amonitas, los cananeos (con sus ciudades amuralladas) y los medianitas fueron rivales encarnizados.
Es en esta época cuando la profecía se integra en la institución religiosa sacerdotal. El profeta, un mensajero, hablaba en nombre de Dios[5]. El menaje que se transmitía le llegaba por medio de la inspiración, presentada repentinamente. En su carácter carismático, los profetas hebreos interpretaban la actuación de Dios en la historia.
La religión de Israel se fundamentaba en la elección de Dios a Abraham para que fuese el “patriarca” de los creyentes, de un pueblo que habitaría Canaán. El Dios de los patriarcas es JHWH, “Dios de Abraham, Isaac y Jacob” o “Dios de mi padre”[6]. Existían nombres divinos compuestos sobre El, dios creador del panteón cananeo, y deidad suprema de la mayoría de pueblos semitas. Son nombres no relacionados con los patriarcas sino con lugares de culto, como El Olam, El de la eternidad, o El Elyon, dios de Jerusalén. Las tradiciones de los patriarcas señalan la fusión del “Dios de los padres” con el gran dios cananeo. En cualquier caso, es esencial para los patriarcas, la obediencia, la confianza en Dios, así como la cólera de éste como protección.
Por otra parte, piedras y árboles jugaban un papel destacado n la religiosidad de esta época. Las piedras (masséboth, los betilos), se conocían bien en la religión cananea, aunque fueron condenadas por los profetas, pues representaban la presencia del dios masculino. No implicaban la presencia de altares. Los árboles, como el terebinto de Siquem, o el tamarino de Beer-Sheba, eran lugares sacros en donde se obtenían oráculos. Entre los cananeos se les relacionaba con la fecundidad. Los teraphim debieron ser figurillas de la diosa de la fecundidad que se usaban como amuletos y para obtener, también, oráculos.
El fundador, como jefe político y religioso, de la religiosidad de Israel, fue Moisés, en virtud de que fue el intermediario entre la población y JHWH. Moisés, ras asesinar a un egipcio, se refugia en Median (tribu beduina del noroeste de Arabia) y allí se casa con Séfora, hija del sacerdote madianita Reonel. El “Dios de los Padres” se le reveló en una zarza en llamas y le encargó la liberación de su pueblo oprimido en Egipto. JHWH se aparece a los israelitas al pie de una montaña y concluye con ellos una Alianza (él es su Dios, y ellos su pueblo), que sigue las fórmulas de los contratos hititas. El Decálogo de la Alianza se guardó, dice el Éxodo, en el Arca. Se trataba, no obstante, de una Alianza que había que renovar de cuando en cuando.
La presencia de JHWH se simbolizaba en el Arca de la Alianza. La tradición sacerdotal refiere que el Arca se guardaba en una tienda, verdadero santuario, transportable, en el desierto, semejante al de los beduinos, cartagineses, o al de los nómadas árabes pre islámicos. Las tribus se agruparían alrededor del Arca y la tienda. Características de la religión mosaica son la adoración de un único Dios, lo que no presupone la negación de la existencia de los dioses de los demás pueblos, y la prohibición de hacer imágenes. No estamos, por tanto, ante un monoteísmo.
Los israelitas, pastores nómadas, y los cananeos, agricultores sedentarios, mezclaron sus concepciones religiosas y con ello se configuró la religión hebrea. La religión cananea se conoce bien gracias a los textos de Ugarit y Ebla (proto cananeos, entre los que se halla la primera mención de JHWH). Su dios supremo era El, el rey, el toro, el padre; su compañera era Athirat (JHWH nunca tuvo ni esposa ni familia); Baal era un dios de la fecundidad, de la vegetación, que muere y resucita: Astarté es una deidad de la fecundidad, equivalente a la Ishtar babilónica y la Inanna sumeria. Otras deidades eran Beth-Shemesh, dios solar; Shapshu también solar, y Beth Yerach, deidad lunar. Entre los cananeos fue relevante la prostitución sagrada, así como las liturgias de la muerte y resurrección asociadas a los cultos de la fecundidad.
El JHWH que se aparece en medio del fuego y desde el sonido del trueno, se emparenta claramente con los Baal de los textos ugaríticos. En esa época, no obstante, no existía todavía una diferencia evidente entre Baal y JHWH. De ahí la presencia abundante de nombres compuestos de Baal entre los israelitas. O bien uno se adoraba al lado del otro, o Baal era un epíteto de JHWH. Éste, por otro lado, pareciera estar subordinado a El, aunque en algunas ocasiones se les diferenciaba. El fue el antiguo creador del Cielo y la Tierra, función que asumió JHWH quizá en la época de la monarquía de David.
JHWH acaba siendo el Dios de Israel en época de los Jueces. Aparece en una teofanía, es el dios del trueno, la lluvia y del Sinaí. También es el dios de los guerreros. No obstante, durante mucho tiempo, en Israel, los israelitas, para obtener cosechas óptimas, invocaron a Astarté y Baal.
El culto israelita, en definitiva, se fundamenta en el Arca, que representa la presencia de JHWH, y que podía llevarse durante las guerras[7]. Algunos lugares de culto, previamente cananeos, fueron Bethel, Silo, Dan o Gibon, lugares asociados a teofanías. En ellos se llevaban a cabo sacrificios. Parece que los miembros varones de la tribu de Leví fueron los que conformaron el primer grupo sacerdotal, encargado, sin duda, de un culto sincrético. Se encargaban de los oráculos y los sacrificios. Sin embargo, también hubo profetas, videntes y adivinos.

Prof. Dr. Julio López Saco
Doctorado en Historia y Doctorado en Ciencias Sociales, UCV.


[1] La arqueología ha constatado algunos datos que la tradición hebrea atribuye a los patriarcas, como es el caso de la cámara sepulcral de Macpela en Mambré, un enterramiento familiar con presencia de vasos cerámicos llenos de alimentos y una serie de objetos que, presumiblemente, pertenecieron en vida a los difuntos.
[2] Sería su padre, Seti I (1308-1290 a.e.c.), según se desprende del Éxodo, quien al reorganizar el imperio egipcio en Palestina y Siria, empezase a oprimir a los israelitas.
[3] En esta época Canaán dependía de Egipto y se organizaba en unas pocas ciudades-estado fortificadas, quizá no más de diez, gobernadas por un rey.
[4] Las destrucciones, confirmadas por la arqueología de Laquis, Betel, Debir o Jasor, entre 1220 y 1200 a.e.c., demuestran la existencia de las campañas militares.
[5] El fenómeno de los profetas también existió en Egipto o en Mari, como se constata en el relato de Wenamón. En Israel, eso sí, la característica profética por excelencia no era el éxtasis, sino que Dios mandase al profeta a hablar en su nombre.
[6] Cierta terminología designa a Dios como miembro del clan de Isaac. Los nombres de algunas tribus serían denominaciones de deidades: Dan es un dios cananeo; Zabulón pudiera ser un epíteto divino en Ugarit. Lo mismo podría decirse de Asher o Gad. Habría dioses tribales, familiares o antepasados divinos.
[7] La guerra se consideraba santa, y se la convocaba tras un toque de trompeta. Los guerreros debían llevar a cabo ciertas prescripciones rituales, entre las cuales se encontraba interrogar a JHWH antes de entrar en combate. El botín se le consagraba a Dios.